lunes, 30 de junio de 2008

1. El Apóstol Pablo

¿Quién fue San Pablo? El perseguidor más furibundo del Cristo y sus seguidores y se convirtió en su evangelizador más ardiente y una de las figuras más grandes de su Iglesia.

El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008 al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que Dios regaló a la Iglesia naciente.

En las meditaciones de los lunes y martes realizaremos un modesto programa que pretende dar a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite a todos.
Pedro García Misionero Claretiano.

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¡Ya vemos, queridos amigos y amigas, el regalo que el Papa nos ha hecho con la proclamación del Año Jubilar de San Pablo por el Bimilenario de su nacimiento!...

Este Año es una gracia especial para toda la Iglesia. Se celebrarán Congresos, Asambleas de Estudios, Convenciones de Apostolado, Peregrinaciones devotas y Actos de Culto solemnes…

Nosotros, desde nuestras casas, desde nuestros puestos de trabajo e iglesias particulares, estaremos de corazón en todas esas celebraciones.

Aunque queremos hacer también algo más.
Como simples cristianos de a pie, nuestra participación en el Año de Pablo será sencilla, pero eficaz.


Queremos conocer mejor la figura y la persona de Pablo.

Queremos imbuirnos de la sabiduría cristiana de sus cartas inmortales.

Queremos acrecentar nuestro amor a Jesucristo bajo la guía del hombre más apasionado que ha tenido el Señor.

Y todo esto lo vamos a hacer y a conseguir siguiendo un programa sobre la Vida, las Cartas y los ejemplos del Apóstol.

Un programa eminentemente popular.
Que lo podamos entender todos.
Que se clave en nuestras mentes.
Que anide en nuestros corazones, por el amor que nos transmitirá a Nuestro Señor Jesucristo y por lo que nos va a estimular en la praxis de la vida cristiana.

Será Pablo quien nos seguirá evangelizando con sus propias palabras, con el acento inconfundible de su voz, con la energía de su carácter y con el fuego que pone al hablar de la Persona y de las cosas del Señor Jesucristo.

¿Quién fue San Pablo?, nos empezamos preguntando hoy.

Pablo fue un apóstol que no conoció de vista a Jesús; pero lo vio Resucitado cuando el Señor se le apareció ante las puertas de Damasco. Y Saulo, Pablo, que era el perseguidor más furibundo del Crucificado y de sus seguidores, se convirtió en su amante más apasionado, en su evangelizador más ardiente, en la figura más grande y emblemática de su Iglesia.

¿Y qué decir de Pablo?... Lo iremos viendo a lo largo de nuestro programa.

Los Hechos de los Apóstoles, uno de los libros más bellos de toda la Biblia, nos recordarán escenas y aventuras interesantes por demás.

Sus Cartas, lo más rico en doctrina que la misma Biblia encierra sobre Jesucristo y su misterio, nos irán descubriendo horizontes cada vez más vastos sobre la Persona de nuestro divino Salvador.

Y los ejemplos de su vida admirable nos estimularán a llevar una conducta cristiana generosa e intachable.

La figura de Pablo se nos presenta, ante todo, como la del gran amante de Jesucristo, y empieza con esta confesión: El amor de Cristo me urge, me apremia, me empuja, no me deja parar (2Co 5,14)

Por eso, sigue confesando Pablo, considero todas las cosas como una pérdida, comparadas con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor; y las tengo todas por pura basura a cambio de ganar a Cristo(Flp 3,8)

Siente de tal manera a Cristo dentro de sí, que dice frases tan atrevidas como ésta: Vivo yo, pero es que ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí (Co 2,20)

Y continúa diciendo lo que a nosotros nos parece el último disparate, lo que nunca diríamos nosotros: que tiene ganas enormes de morir. ¿Qué me interesa seguir en el mundo? ¡Venga la muerte cuanto antes!... Porque “ vivir es Cristo, y deseo ardientemente morir y estar con Cristo, que para mí me resultaría una enorme ganancia” (Flp 1,21)

Tanto amaba a Jesús, que no detiene su lengua ni su pluma al lanzar la maldición más trágica, aunque también la más simpática y más bella, cuando dice: “El que no ame a nuestro Señor Jesucristo, que sea maldito” (1Co 16,22)

Y exclama en un arrebato sublime: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni los peligros, ni la espada… ¡Nada! Ni la muerte, ni la vida, ni criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios que tenemos en Cristo Jesús, Señor nuestro (Ro 8,35-39)

Ese Pablo, que así vivía de Cristo y para Cristo, fue un hombre místico que había sido arrebatado por Dios en visión a lo más alto del Cielo, y confesaba: Vi tales cosas y escuché palabras tan inefables, que al hombre le resultan imposible el referir (2Co 12,4-5)

Con una espiritualidad semejante, parece que Pablo fuera un hombre sólo para el Cielo, un ser extraterrestre. Pero, no; Pablo era muy humano, se mostraba todo un caballero, y quería que los cristianos fueran tal como los describe él mismo: Hermanos, tengan en mucha estima todo lo que hallen de verdadero, de justo, de santo, de amable, de elogiable; toda virtud y todo lo que merece alabanza. Practiquen todo lo que aprendieron de mí, lo que recibieron de mí, lo que oyeron de mí, lo que vieron en mí (Flp 4,8-9)

Se considera a sí mismo una verdadera estampa del Señor, hasta atreverse a decir: Imítenme a mí, como yo imito a Jesucristo (1Co 11,1)Los heroísmos de su vida podrían hacernos estremecer: viajes cansadísimos, naufragios, asaltos de ladrones, muchas noches sin dormir, azotes sin cuento, cárceles tenebrosas, trabajos agotadores, fatigas continuas, muchos días sin comer, con frío y desnudez, o con calores inaguantables, sin contar sus enfermedades tan penosas (2Co 11,23-27)

Pero Pablo lo miraba todo en su desenlace final, merecedor de una gloria inmarcesible e interminable: Estas tribulaciones, momentáneas y ligeras, nos producen con exceso incalculable un eterno caudal de gloria. Por eso no ponemos nuestra mirada en las cosas que se ven, sino en las que no se ven; pues las que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas (2Co 4,17-18)

Así nos puede decir a todos: ¡Animo! Miren a los corredores del circo y a los atletas de las Olimpíadas: “Los atletas se abstienen de todo. Y ellos, al fin y al cabo, para ganar una corona de laurel que se marchita; en tanto que nuestra corona será inmarcesible” (1Co 9,25)

Entre el amor a Jesucristo, sus ansias por la vida eterna, y el hambre que siente por la salvación de todos sus hermanos, judíos y gentiles, hacen del Apóstol Pablo una figura excepcional, la más admirada y quizá también la más querida en la Iglesia.

Este es el Pablo que vamos a ver en nuestro programa. ¿Vale la pena vivirlo?... Siguiendo la senda que nos indica el Papa en este Año Jubilar de San Pablo, ¡cuántas y cuántas gracias vamos a reportar para nuestra vida cristiana!...

Autor: Pedro Garcia misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

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sábado, 28 de junio de 2008

La Virgen fue la primera cristiana

Precursora de nuestra Iglesia, Reina del Cielo y de la tierra. ¡María es la Madre de la Iglesia!

El primer cristiano, cuando el mundo todavía no conocía el misterio de la Redención, fue la joven y sorprendida Virgen María. El Angel le reveló ese día el mayor misterio de la historia del mundo, y Ella no podía salir de su asombro. ¡Ella!. ¡Madre de Dios!. Y en ese mismo instante en que se unieron para siempre la Criatura y Su Creador, dio comienzo la mayor historia de Amor que jamás existió ni existirá: la historia de Dios hecho Hombre y entregado por nosotros.

María fue ese día testigo de la unión del hombre con la Divinidad. Dios hizo Su Nido en la Criatura, y la Criatura se transformó en la casa de Dios. María, que siempre había tenido al Espíritu Santo viviendo a pleno dentro de Ella, tuvo desde ese momento al Hombre-Dios creciendo y tomando su humanidad, para caminar en el sendero de la Vida de Cristo desde la primera fila, desde su origen.

La Virgen fue la primer cristiana, la primera pieza humana del Cuerpo Místico de Cristo. Y fue de este modo también punto de partida de otro prodigio de Dios: en la unión de María con el Redentor se inicia el proceso que culmina en el nacimiento de la Iglesia. La Mujer Perfecta en el amor y la humildad recibió en su seno a Dios hecho Hombre, y así cumplió la misión que el mismo Dios le confió. De esta manera surgió la Nueva Jerusalén, el Nuevo Templo que iba a albergar al Santo de los Santos, Jesucristo, por los tiempos de los tiempos. ¡María es la Madre de la Iglesia!.

¡Que perfección!. ¡Que maravilloso es el Plan de Dios!. En la humilde Nazaret, en esa pequeña y desconocida Mujer se formó, con la intervención del Espíritu Santo, la mayor Obra Divina que el Cielo legó al hombre. En el mismo acto y en la presencia del Angel Gabriel y del Cielo todo, que admirado contemplaba, se encarnó Dios y se hizo Hombre, y surgió el primer cristiano. Y este primer cristiano fue luego elevado a la figura de Madre de todos los hombres, y Madre de la Iglesia.

Todo ocurrió en ese instante, en esa fracción de segundo, en la Palestina de hace dos mil años. El antiguo pueblo de Dios y Su Templo dieron paso al nuevo pueblo, el pueblo cristiano, y al nuevo Templo, la Santa Iglesia.

Virgen María, precursora de nuestra Iglesia, Reina del Cielo y de la tierra, puente entre la Divinidad y la criatura, alcánzanos con tu infinita Gracia los dones que nos hagan ser dignos integrantes del Pueblo del que Tu Hijo es Cabeza, Tu Padre es Creador y Tu Esposo es el soplo que le da la Vida.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org
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viernes, 27 de junio de 2008

La cruz es triunfo de Jesús por ti

Jesús conoce el corazón humano, sabe de qué estamos hechos y nos ayuda en todo lo que necesitamos.

¿Tu crees que la cruz de Jesús es un fracaso?

Si Dios quiere satisfacer el anhelo de amor del hombre con un Pacto de Comunión en el amor, la cruz ya es triunfo. Porque a pesar de la traición, de las negaciones, del abandono de sus discípulos, del sufrimiento físico, moral y espiritual, Jesús sigue ofreciendo su amistad y persiste en su voluntad de consumar este pacto y de sellarlo con su propia sangre, y se entrega entero por sus amigos y también por sus enemigos.

Jesús no ofrece su amistad solamente en las buenas, en la prosperidad, en un momento de satisfacción. Jesús ofrece un Pacto de Comunión en medio de la persecución de sus enemigos, y de la traición y negación de sus amigos, por eso la cruz es triunfo.

Jesús conoce el corazón humano, sabe de qué estamos hechos y sigue adelante. Jesús vence el miedo de perder todo porque ‘ser’ es más importante que ‘tener’, y Él ‘es’ el Hijo de Dios y cuenta con el amor incondicional del Padre. Jesús siente más miedo que Pedro, pero el miedo no lo domina, su voluntad de juntarnos, rompiéndose entero, es más fuerte que el miedo y que la infidelidad de aquellos que se llenaban la boca diciendo que morirían por Él como el mismo Pedro.

A cualquiera de nosotros las dificultades, la agresión, el desprecio, nos hacen un hueco en el corazón, por donde se nos va la fuerza y el sentido de la vida, y nos entra el resentimiento. Pero Jesús sigue adelante, y entrega su vida por sus amigos y también por sus enemigos. Por eso la cruz ya es un triunfo del Amor de Dios, el triunfo de la fidelidad al pacto ofrecido por sobre la infidelidad del hombre.

Autor: Guillermo Ortiz, S.J. | Fuente: Reflexiones Siglo XXI Continua Leyendo...

jueves, 26 de junio de 2008

Eucaristía y fidelidad

Dios en la Eucaristía fue fiel a su promesa de estar con nosotros hasta el final de los tiempos.

La fidelidad es cumplir exactamente lo prometido, conformando de este modo las palabras con los hechos. Es fiel el que guarda la palabra dada, los compromisos contraídos con Dios y con los hombres y con su propia conciencia.

Debemos ser fieles a Dios, a nuestras promesas, a nuestros cargos y encomiendas, a nuestra vocación, a nuestra fe católica y cristiana, a nuestra oración. Cristo en el Evangelio puso como ejemplo al siervo fiel y prudente, al criado bueno y leal en lo pequeño, al administrador fiel. La idea de la fidelidad penetra tan hondo dentro del cristiano que el título de fieles bastará para designar a los discípulos de Cristo (cf Hech 10, 45; 2 Co 6, 15; Ef 1, 1).

Hoy se echa de menos esta virtud de la fidelidad: se quebrantan promesas y pactos hechos entre naciones; se rompen vínculos matrimoniales por naderías o vínculos sacerdotales, por incoherencias. ¿Por qué esta quiebra en la fidelidad?

Un fallo fuerte en la fidelidad se debe a la falta de coherencia. Otras veces será el propio ambiente lo que dificulte la lealtad a los compromisos contraídos, la conducta de personas que tendrían que ser ejemplares y no lo son y, por eso mismo, parece querer dar a entender que el ser fiel no es un valor fundamental de la persona. En otras ocasiones, los obstáculos para la fidelidad pueden tener su origen en el descuido de la lucha en lo pequeño. El mismo Señor nos ha dicho: “Quien es fiel en lo pequeño, también lo es en lo grande” (Lc 16, 10).

¿Qué relación hay entre Eucaristía y fidelidad?

Fue en la Eucaristía donde Dios fue fiel a ese anhelo y voluntad de quedarse entre los hijos de los hombres. En la Eucaristía Dios cumplió lo que dice en el libro de los Proverbios: “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres” (8, 13). Dios en Cristo Eucaristía fui fiel a su promesa de estar con nosotros hasta el final de los tiempos.

La Eucaristía me da fuerzas para ser fiel a mi fe, a mi vocación, a mi misión como cristiano, como misionero, como religioso, como sacerdote. De la Eucaristía los mártires sacaron la fuerza para su testimonio fiel hasta la muerte. De la Eucaristía las vírgenes sacaron la fuerza para defender su pureza hasta la muerte, como lo demostró la niña santa María Goretti. De la Eucaristía los confesores sacaron la fuerza para confesar su fe y explicarla a quienes les pedían razones de su fe. De la Eucaristía el cristiano se alimenta para fortalecer sus músculos espirituales y así ser fiel a sus compromisos como padre o madre de familia, como esposo y esposa, como trabajador, como empresario, como profesor, como estudiante, como líder, como catequista.

¿Cómo va a ser fiel ese matrimonio, si no se alimenta de la Eucaristía? ¿Cómo será fiel ese joven a Dios, venciendo todas las tentaciones que el mundo le presenta, si no se fortalece con el Pan de la Eucaristía que nos hace invencibles ante el enemigo? ¿Cómo va a resistir la fatiga de la soledad y del cansancio esa misionera o esa religiosa, si no participa diariamente del banquete renovador de la Eucaristía? ¿Cómo será fiel a su celibato ese sacerdote, si no valora y celebra con cariño y devoción su santa Misa diaria? ¡Cuántos pobres y enfermos se mantienen en su fidelidad a Dios, gracias a la Eucaristía!

En la Eucaristía, Dios sigue siendo fiel a ese esfuerzo por salvar a los hombres, mediante su Palabra y mediante la comunión del Cuerpo de su querido Hijo que nos ofrece en cada Misa. Así como fue fiel a los patriarcas, profetas y reyes, así también sigue siendo fiel a cada uno de nosotros. Y donde Él ratifica su fidelidad es sin duda en la Eucaristía, el sacramento del amor fiel de Dios para con el hombre y la mujer.

El día en que Dios nos retirase la Eucaristía, ese día podríamos dudar de su fidelidad. Pero Dios es siempre fiel

Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net Continua Leyendo...

miércoles, 25 de junio de 2008

Dios, siempre actual

¿Por qué no nos empeñamos en descubrir a Dios en todo, si en todo lo vamos a encontrar?

Una de las cosas que más nos deben importar en nuestra vida es que Dios sea siempre en nosotros Alguien y actual, vamos a hablar así. Que siempre sea de interés. Que nos preocupe siempre. Que nunca lo releguemos al olvido. Que Dios lo llene todo: nuestra oración, nuestro trabajo, nuestro amor, nuestro gozar, nuestras penas y nuestras preocupaciones. Que en todo, absolutamente en todo, esté presente Dios, porque Dios es para nosotros es interés sumo.

Se cuenta de un gran escritor católico que presentó un artículo sobre Dios a una revista francesa para su publicación. Lo lee el director, y dice visiblemente contrariado:

Hubiéramos preferido un artículo de actualidad.

O sea, que Dios era un ser algo pasado de moda, algo que había que arrinconar, algo que ya no interesaba. Afortunadamente, nosotros somos unas personas que decimos todo lo contrario:

¿Dios?... ¡Bienvenido sea su recuerdo! Que no se oscurezca nunca de la mente, ni se escape del corazón...

Esos que así se desinteresan de Dios no reflexionan sobre el mal que se echan encima. Nada más abrir la magna carta de San Pablo a los fieles de Roma, se encuentran con unas palabras que podrían hacerles temblar, y que podemos expresar de este modo:
¿No se dan cuenta de que ni los mismos paganos van a tener excusa en el tribunal de Dios? ¿Es que no ven a Dios en todas sus obras? ¿Tan ciegos están? ¿No saben leer el nombre de Dios en las estrellas, ni adivinarlo en una flor, ni encontrarlo en la sonrisa de una madre feliz, ni descubrirlo en el propio corazón, ni percibirlo en el grito de la conciencia?...

Al revés de esos que se cierran para no descubrir a Dios, vemos cómo los pensadores más grandes han sido creyentes. Los sabios, ordinariamente, son los primeros convencidos de que hay un Dios, y lo respetan, lo veneran, y esperan en Él.

Y nosotros, con muchas o pocas luces en nuestra inteligencia, pero con una fe inmensa recibida de Dios, cultivada por nosotros con esmero, gozamos cuando oímos y leemos algo de Dios, porque así avanzamos en el conocimiento de un Dios inmenso, incomprensible, pero que se esconde entero en nuestro corazón.

A los niños de la catequesis les enseñábamos un canto muy de niños: No hay reloj sin relojero, ni mundo sin Creador. Era un canto para niños, pero lo interesante es que un gran filósofo tenía bastante con este pensar de los niños, y se extasiaba ante un reloj precisamente, mientras se iba diciendo durante mucho rato:
El relojero es anterior al reloj, esto es evidente. Sin un relojero, no existiría el reloj. Y se decía a sí mismo entonces: Por lo mismo, el que ha hecho el mundo es anterior al mundo. Entonces, Dios es eterno.

Este sabio, de la obra del hombre, como es un reloj, ascendía con gran naturalidad a la obra de Dios y a Dios mismo.

Otro de los sabios más grandes, observador del firmamento, y el que determinó la ley de la gravitación universal, se descubría reverente la cabeza cuando oía el nombre de Dios.

La obra de Dios le hacía llegar al mismo Autor del Universo.

Un investigador moderno de la vida de los animales, y cuyos libros son una delicia, decía después de tanto estudio:

Yo no puedo decir que creo en Dios. Yo no puedo creer, porque yo veo a Dios.


Este observador de la Naturaleza, en los animalitos más pequeños encontraba la existencia de Dios de tal modo que casi se le hacía evidente.

Y es que toda la creación no es más que una moneda de oro en la que Dios el Creador acuñó su imagen, para que lo reconozca cualquiera que sepa leer y tenga ganas de interpretarla.

¿Ha pasado de moda esta manera de presentar la prueba de la fe? No; ni mucho menos. Por desgracia, hay todavía ateos en el mundo, y conviene ayudarles a abrir los ojos.

Pero no es esto precisamente lo que ahora nos interesa a nosotros. Nosotros, creyentes, lamentamos otra cosa, como es el disfrutar de la creación y no ayudarnos a tener a Dios mucho más presente en nuestra vida.

Hoy no vivimos estables en un rincón de nuestra tierra, sin más horizonte que unos kilómetros a nuestro alrededor. Hoy nos movemos mucho. Cada día descubrimos nuevos rincones cargados de belleza. La televisión nos ofrece programas estupendos sobre las maravillas del mundo. ¿Somos capaces de elevarnos a Dios aprovechando todos esos medios?

San Ignacio de Loyola acaba sus Ejercicios Espirituales con una magnífica meditación, llamada Contemplación para alcanzar amor.

Cuando se mira una planta, un gusanillo, el cielo tachonado de estrellas, todas las criaturas y todos los acontecimientos, se debe descubrir a Dios, para subir más hacia Él y crecer intensamente en su amor.

Así lo entendió un gran discípulo de San Ignacio, astrónomo de fama mundial, que escribió para su lápida sepulcral:

De la visión del cielo es corto el camino para llegar a Dios.

Volvemos a lo del principio: ¿Queremos que Dios nos interese a lo largo de todo el día? ¿Queremos que su luz se acreciente más en nuestra mente y que su amor encienda cada vez más nuestro corazón?... ¿Por qué no nos empeñamos en descubrirlo en todo, si en todo lo vamos a encontrar?....

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 24 de junio de 2008

Juan Bautista un gran hombre

Juan bautiza a quienes le hacen caso y quieren cambiar. Hoy te invita a que cambies tu.

La madre, Isabel, había escuchado no hace mucho la encantadora oración que salió espontáneamente de la boca de su prima María y que traía resonancias, como un eco lejano, del antiguo Israel. Zacarías, el padre de la criatura, permanece mudo, aunque por señas quiere hacerse entender.

Las concisas palabras del Evangelio, porque es así de escueta la narración del nacimiento después del milagroso hecho de su concepción en la mayor de las desesperanzas de sus padres, encubren la realidad que está más llena de colorido en la pequeña aldea de Zacarías e Isabel; con lógica humana y social comunes se tienen los acontecimientos de una familia como propios de todas; en la pequeña población las penas y las alegrías son de todos, los miedos y los triunfos se comparten por igual, tanto como los temores. Este nacimiento era esperado con angustiosa curiosidad. ¡Tantos años de espera! Y ahora en la ancianidad... El acontecimiento inusitado cambia la rutina gris de la gente. Por eso aquel día la noticia voló de boca en boca entre los paisanos, pasa de los corros a los tajos y hasta al campo se atrevieron a mandar recados ¡Ya ha nacido el niño y nació bien! ¡Madre e hijo se encuentran estupendamente, el acontecimiento ha sido todo un éxito!

Y a la casa llegan las felicitaciones y los parabienes. Primero, los vecinos que no se apartaron ni un minuto del portal; luego llegan otros y otros más. Por un rato, el tin-tin del herrero ha dejado de sonar. En la fuente, Betsabé rompió un cántaro, cuando resbaló emocionada por lo que contaban las comadres. Parece que hasta los perros ladran con más fuerza y los asnos rebuznan con más gracia. Todo es alegría en la pequeña aldea.

Llegó el día octavo para la circuncisión y se le debe poner el nombre por el que se le nombrará para toda la vida. Un imparcial observador descubre desde fuera que ha habido discusiones entre los parientes que han llegado desde otros pueblos para la ceremonia; tuvieron un forcejeo por la cuestión del nombre -el clan manda mucho- y parece que prevalece la elección del nombre de Zacarías que es el que lleva el padre. Pero el anciano Zacarías está inquieto y se diría que parece protestar. Cuando llega el momento decisivo, lo escribe con el punzón en una tablilla y decide que se llame Juan. No se sabe muy bien lo que ha pasado, pero lo cierto es que todo cambió. Ahora Zacarías habla, ha recuperado la facultad de expresarse del modo más natural y anda por ahí bendiciendo al Dios de Israel, a boca llena, porque se ha dignado visitar y redimir a su pueblo.

Ya no se habla más del niño hasta que llega la próxima manifestación del Reino en la que interviene. Unos dicen que tuvo que ser escondido en el desierto para librarlo de una matanza que Herodes provocó entre los bebés para salvar su reino; otros dijeron que en Qunram se hizo asceta con los esenios. El oscuro espacio intermedio no dice nada seguro hasta que «en el desierto vino la palabra de Dios sobre Juan». Se sabe que, a partir de ahora, comienza a predicar en el Jordán, ejemplarizando y gritando: ¡conversión! Bautiza a quienes le hacen caso y quieren cambiar. Todos dicen que su energía y fuerza es más que la de un profeta; hasta el mismísimo Herodes a quien no le importa demasiado Dios se ha dejado impresionar.

Y eso que él no es la Luz, sino sólo su testigo.

Autor: Archidiócesis de Madrid | Fuente: Archidiócesis de Madrid Continua Leyendo...

lunes, 23 de junio de 2008

Hágase Tu Voluntad

Unir nuestro querer al querer de Dios, haciendo que nuestro interés personal sea reemplazado por el interés de Dios.

¿Cuántas veces hemos rezado “hágase Tu Voluntad, así en la tierra, como en el Cielo”?. ¿Y hemos realmente entendido el profundo sentido de esta oración hecha por Jesús, Dios hecho Hombre, a Su Padre?.

Quizás hemos escuchado alguna vez que el crecimiento espiritual verdadero pasa por borrar nuestro ego, llegar a la muerte de nuestro yo, vencer a nuestra propia voluntad, reemplazándola por nuestra total entrega a la Voluntad de Dios.

Ser instrumentos de Dios en la tierra implica vencer a nuestro propio interés, haciendo que nuestros pensamientos y nuestras acciones estén totalmente inspiradas por la Voluntad Divina, por el deseo de obrar en beneficio del interés de Dios, ya no el nuestro. Sin dudas que esto implica dejar atrás todos los apegos que tenemos al mundo, ya que por allí pasa toda la manifestación de nuestro interés personal. Cuando uno llega a entender que sólo Dios cuenta, entiende que ni siquiera los afectos más profundos por nuestros seres queridos, pueden ser interpuestos a la realización de la Voluntad de Dios. ¿Por qué?. Porque solo Dios Es, solo Dios cuenta. Todo lo demás debe ser puesto a Su entera disposición, a Su Voluntad, uniendo nuestro querer al querer de Dios, haciendo que nuestro interés personal sea reemplazado por el interés de Dios.

¿Cuántas veces al día nos miramos a nosotros mismos desde los ojos de Dios?. ¿Entendemos que somos hijos, de entera Realeza, del mismo Dios?. Si actuamos haciendo honor a nuestro origen Real, somos verdaderos instrumentos de nuestro Creador, somos una manifestación de Él en la tierra.

Por eso, cuando recemos “hágase Tu Voluntad, así en la tierra como en el Cielo”, entendamos que estamos invitando a nuestro propio interés a desvanecerse, para poder nadar a pleno en el Divino Querer del mismo Dios, para compartir con Él Su Realeza, para ser parte de Su Reino, al unirnos plenamente a Su Voluntad, así en la tierra como en el Cielo.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: reinadelcielo.org Continua Leyendo...

jueves, 19 de junio de 2008

Internacionales La Eucaristía, Vida de Cristo en nuestras vidas

Meditaciones del Documento teológico de base para el Congreso Eucarístico Internacional de Québec. ¡Participa espiritualmente!

La Eucaristía, Presencia y Don de Cristo al mundo, estará en el centro de la gran asamblea de cristianos venidos de todos los continentes a la ciudad de Québec, para el 49° Congreso Eucarístico Internacional, que se celebrará del 15 al 22 de junio de 2008.

Este tema se encuentra desarrollado en un Documento teológico de base, aprobado por el Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos Internacionales.

Durante el Congreso, meditaremos cada una de las homilías y las catequesis inspiradas de este texto, que nos ayudarán en la preparación espiritual y animarán a la oración para que podamos unirnos espiritualmente a la celebración del Congreso.

TERCERA PARTE Para la vida del mundo

La Iglesia, asociada a su Señor resucitado, vive del don de Dios y se une a Jesucristo, sumo sacerdote, en la comunicación de este don a la humanidad. El mundo se beneficia de la caridad de los cristianos y también del culto de la Iglesia, que glorifica a Dios intercediendo por toda la humanidad. Bien sea en diálogo con Dios en el culto o con el mundo en la misión, la Iglesia no vive para sí misma, sino para Aquél que «vino para que todos tuvieran la vida y que la tengan en abundancia (cf. Jn 10,10).Su vida es un testimonio de la Vida del Señor compartida en la Sagrada Eucaristía.

IV.- La Eucaristía, Vida de Cristo en nuestras vidas

A. El culto espiritual de los bautizados

«Y así, por el bautismo, los hombres son injerta-en Cristo dos en el misterio pascual de Jesucristo: mueren con El, son sepultados con El y resucitan con El; reciben el espíritu de adopción de hijos “por el que clamamos: Abba, Padre” (Rom 8,15) y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca el Padre».24 (24.Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium n. 6.) El bautismo es una inmersión total en el agua asfixiante de la muerte, desde donde uno emerge con la alegría de respirar de nuevo, de respirar al Espíritu. Ya que el agua, transformándose de mortal en vivificante,
incorpora, según su simbolismo natural, la potencia resucitadora del Espíritu.25 (25. Cf. Basilio de Cesarea, Tratado sobre el Espíritu Santo 15. PG 32, 128-129.) El bautismo realizado en la fe de la Iglesia introduce al fiel en la experiencia del misterio pascual de Jesucristo, que ha muerto al pecado y vive por Dios. La inmersión simboliza la muerte y la emersión la vida nueva del cristiano que se compromete a seguir a Jesucristo en la obediencia del Padre por el poder del Espíritu Santo.

Por este motivo San Pablo exhorta a los bautizados a vivir una vida nueva. «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual» (Rom 12,1). Este culto espiritual consiste, según la visión paulina, en la ofrenda total de sí mismo en
unión con toda la Iglesia.

San Pablo habla de una vida totalmente renovada: «Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Cor 10,31).«No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios» (Rom 12,2). Este culto nuevo se manifiesta, entre otras cosas, por la humildad y el servicio, «según la medida de la fe que otorgó Dios a cada cual» (Rom 12,3).

Ya que, como dice Pablo, «Nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo» (Rom 12,4-5). El culto espiritual consiste en el ejercicio de su propio carisma en un espíritu de solidaridad y de servicio humilde. San Pablo concluye recordándonos la lucha constante que tiene que vivir el cristiano frente a las fuerzas del mal «No te dejes vencer por el mal antes bien, vence al mal con el bien» (Rom 12,21). San Cipriano nos recuerda en su comentario del Padre Nuestro que el sacrificio más grande que podamos ofrecer a Dios, es nuestra paz, el acuerdo fraterno, el vivir como pueblo reunido en la misma unidad que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.26

La Vida de Cristo, que alimenta nuestra ofrenda por la Eucaristía, nos asemeja a Jesús y nos hace estar disponibles a los otros, en la unidad de un solo Cuerpo y un solo Espíritu. La Vida de Cristo transforma a la comunidad cristiana en templo de Dios vivo para el culto de la Nueva Alianza: «Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y recibís este sacramento vuestro. Respondéis “Amén” (es decir, “sí”, “es verdad”) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis. Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “amén”. Por lo tanto, se tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero. Este es el sacrificio de los cristianos: ser todos un solo Cuerpo en Cristo Jesús. Este es el misterio que la Iglesia celebra en el sacramento del altar, donde ella aprende a ofrecerse a sí misma en la oblación que hace a Dios» (S. Agustín, serm. 272) 27

B. La verdadera adoración

La celebración eucarística hace presente a Cristo en el acto de adoración por excelencia que es su muerte sobre la cruz. Por su acto de amor absoluto hasta la muerte, Cristo retorna al Padre con la humanidad reconciliada y obtiene para todos el Espíritu de amor y paz que anima la adoración de la Iglesia en espíritu y en verdad. Por Él, con Él y en Él, toda la Iglesia es adoradora en nombre de la humanidad redimida. El acto de adoración por excelencia de Cristo y de la Iglesia se realiza en la ofrenda del santo sacrificio in Persona Christi, Caput et Corpus, según la expresión de San Agustín, incluyendo la participación activa de los fieles en este misterio de alabanza, de acción de gracias y de comunión.

Claro que si la participación es en primer lugar interior, la participación también se expresa en palabras y gestos: respuesta a las palabras del celebrante, escucha de la Palabra, canto, oración universal, aclamaciones eucarísticas y particularmente el amén, comunión con el pan de vida y también con la copa de salvación. Todo esto expresa el sacerdocio real de los bautizados, el cual es la consagración de su dignidad primera e inalienable de seres humanos.

El acto de adoración de Cristo y de la Iglesia dentro de la celebración eucarística no se termina, sin embargo, con la acción litúrgica, sino que se continúa en la permanente presencia sacramental, suscitando la participación de los fieles mediante la adoración del Santísimo Sacramento. La adoración eucarística fuera de la misa prolonga el memorial e invita a los fieles a permanecer cerca de su Señor, presente en el Santísimo Sacramento: «El Maestro está ahí y te llama» (Jn 11,28).Por medio de la adoración eucarística, los fieles reconocen la presencia real del Señor y se unen a su ofrenda de sí mismo al Padre. Su adoración participa en la de Cristo, en cierto modo, por que es por Él, con Él y en Él que toda oración y toda adoración suben hacia el Padre y son aceptadas por Él. Cristo, quien anuncia a la Samaritana que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-26) es, sin ninguna duda, el primer adorador y quien encabeza todos los adoradores (cf. Hb 12,2.24).

«Permaneciendo ante Cristo, el Señor, disfrutan de su coloquio íntimo, le abren su corazón tanto por sí mismos, como por todos los suyos y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo sacan de este intercambio admirable un aumento de su fe, esperanza y caridad.»28 «Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el “arte de la oración” ¿cómo no sentir una renovada necesidad de permanecer largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento?».29 Este «arte de la oración», al que Juan Pablo II asocia la adoración eucarística, conoce un renovado fervor en nuestra época, en todas partes de la Iglesia, aumentando al mismo tiempo su testimonio de amor a Dios y su intercesión por las necesidades del mundo. La práctica de la adoración refuerza, en efecto, en los fieles, el sentido sagrado de la celebración eucarística que desafortunadamente ha conocido una disminución en ciertos ambientes. Al reconocer explícitamente la presencia divina en las santas especies eucarísticas, fuera de la misa, contribuye a cultivar la participación activa e interior de los fieles en la celebración y les ayuda a comprender más claramente que la misa es mucho más que un rito social.

Los frutos de la adoración eucarística influyen también en el culto espiritual de toda la vida, el cual consiste en el cumplimiento cotidiano de la voluntad de Dios. La contemplación de Cristo en estado de ofrenda y de inmolación en el Santísimo Sacramento enseña a entregarse sin límites, activa y pasivamente, a entregarse hasta ser distribuido como pan eucarístico que pasa de mano en mano por la santa comunión. Aquél a quien se visita y honra en el Sagrario nos enseña a perseverar diariamente en el amor, acogiendo todas las circunstancias, los acontecimientos y hasta los minutos que se viven, con su contenido humano y sus cargas, sin excluir nada, excepto el pecado, tratando siempre de producir el mayor fruto posible. De esta forma se prolonga en lo íntimo de la comunidad y de los fieles la adoración de Cristo y la de la Iglesia, actualizadas sacramentalmente en la celebración eucarística.

C. Los ministros de la Nueva Alianza

La participación activa de los miembros del pueblo de Dios, laicos o ministros ordenados, es indispensable, porque hace parte del culto de la Nueva Alianza. La presentación de las ofrendas y la acción del ministro simbolizan, en cierta manera, el conjunto de esta participación. «El pan y el vino se convierten, en cierto sentido, en símbolo de todo lo que la asamblea eucarística lleva de sí misma como oblación a Dios, y que ella ofrece en espíritu».30 Por la mediación del ministro que actúa en su Nombre e incluso en su Persona (Persona Christi) pronunciando las palabras de la consagración, Cristo asume la ofrenda de la asamblea en la suya y la transforma en su Cuerpo y en su Sangre.

«En efecto, en las memorias de los apóstoles o evangelios, nos transmitieron el mandato de Jesús: tomó el pan, dio gracias y dijo: Haced esto en memoria mía. Esto es mi Cuerpo. De la misma forma tomó el cáliz, dio gracias y dijo: Esta es mi Sangre.Y la distribuyó sólo a ellos. A partir de entonces continuamos renovando sin cesar la memoria entre nosotros».31 La asamblea que hace memoria se vuelve signo de la Iglesia. Constituida de miembros muy diversos y sin embargo unidos entre ellos y a las otras comunidades en la Iglesia universal. Esta Iglesia de Cristo, confiada a Pedro y a sus sucesores, acoge el signo de que quien preside es Cristo en el ministro que actúa en su nombre en medio de la asamblea. El ministerio de los obispos y presbíteros manifiesta entonces que esta asamblea recibe siempre el memorial del Señor como un don, un don que ella no se hace a sí misma sino que recibe del Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra (cf. Ef 3,14-15).

Tal responsabilidad llama a los ministros del Señor, particularmente en la Iglesia latina, a vivir el compromiso del celibato que configura al presbítero a Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia. «La Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado. Por eso, el celibato sacerdotal es un don de sí mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Señor» 32. El celibato permanece, en consecuencia, a pesar de la incomprensión de la cultura contemporánea, como un don inestimable de Dios, como un «estímulo de la caridad pastoral»33 ,como una participación particular en la paternidad de Dios y en la fecundidad de la Iglesia. Profundamente
enraizado en la Eucaristía, el testimonio gozoso de un sacerdote feliz en su ministerio es la primera fuente de nuevas vocaciones.

Autor: S.E. Mons. Pierre-André Fournier | Fuente: Estatuto del Comité Pontificio para los Congresos Eucarísticos
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martes, 17 de junio de 2008

Exigencia y cariño, una receta segura

Sólo cuando se ama verdaderamente a los hijos se llega a conocer la imperiosa necesidad de ser exigentes con ellos

Exigencia y cariño, una receta segura
Sólo cuando se ama verdaderamente a los hijos se llega a conocer la imperiosa necesidad de ser exigentes con ellos, para que aprendan a querer, a adquirir virtudes y a discernir principios y valores.
Estas dos actitudes: exigencia y cariño son dos elementos difíciles de resolver en toda familia, pero son esenciales para la formación de los hijos.
Debo exigir, pero siempre con cariño.

¿Cuando debo exigir? ¿En que cosas? Si exijo, ¿disminuirá el cariño y el afecto de mi hijo? ¿Sabrá comprenderme, entenderme?
Estas y otras preguntas pueden asaltarnos y llenarnos de dudas a la hora de exigir. Esto es lógico que ocurra, por lo que se hace necesario que nuestro exigir esté asentado en actitudes justas.
Actitudes y razones que debo estar siempre dispuesto a explicar, a exponer el porqué de la exigencia.
Jamás de los jamases debe haber tras la exigencia una postura caprichosa, una postura que no tenga una razón de ser.

Como padres debemos recordar que ambos elementos, exigencia y cariño, se encuadran dentro del proceso de ser padres educadores, y que estamos obligados a ello por ser responsables de haberles dado la vida. Vida que debe ser formada para lograr que sean personas con capacidad para desempeñarse en la vida, para desempeñarse en el mundo.

Entre las reglas que según Bill Gates hay que enseñarle a los chicos de hoy hay una en la que les dice que antes de que ellos nacieran, los padres no eran tan aburridos.
Los padres se volvieron aburridos cuando empezaron a ser menos exigentes, cuando empezaron a pagar los gastos caprichosos de los chicos, cuando se los complacía comprando ropa de marca y lo peor es cuando tuvieron que escuchar, hablar y aguantar de las nuevas ondas cuando ya era adolescente.

Ondas que defendían la ecología, lo natural, la libertad sin límite, la limpieza, vaya a saber uno de que limpieza.
Eran adolescentes que antes de empeñarse con sus ideas ecologicas y querer limpiar lo que está contaminado, había que haber empezado a enseñarle por limpiar las cosas de su propia vida. Empezando por su propia habitación.

Educar significa “acompañar en el camino”.
Ahí está resumida la misión de ser padres: facilitar todos los medios para que aprendan como deben comportarse en ese arduo y duro diario vivir.

Educar también significa “sacar de adentro”.
Los padres deben facilitar que sus hijos hagan florecer desde su interior todas las posibilidades que están en su ser, tanto en lo intelectual como en lo espiritual, en lo social, en lo afectivo, en lo físico, etc.

No puede haber cariño sin exigencias......ni exigencias sin cariño. Porque en los hechos, si verdaderamente amamos a nuestros hijos, sabemos que necesitamos exigir para que el proceso formador pueda desarrollarse y dar frutos.

¿Cuando obtendremos la mejor respuesta de nuestros hijos?
Cuando perciban que la primera exigencia para el logro de estos objetivos la tenemos con nosotros mismos.
Nada podemos exigirles que no vean que sus padres son los primeros en hacerlo. No pretendáis que no fumen, si ven que el padre o la madre fuman.
No pretendáis que sean ordenados si lo que ven a su alrededor es desorden.
Uno puede exigir, si primero se es exigente con uno mismo.

Cada día es más frecuente la cantidad de familias que se rompen.
Los hijos que ven trocear su familia es el mayor daño que unos padres pueden hacerles a sus hijos.
Una familia que se trocea, que se destruye, es el peor ejemplo para hablar de exigencia y cariño. Una familia que se destruye es el ejemplo en vivo y en directo de la falta de amor y de exigencia.

Muchos son los padres que ignoran el daño formativo que clavan en la vida de sus hijos, cuando ven que su padre y su madre, no se exigen a sí mismos, el seguir siendo padre y madre que se aman, es decir que prescinden de actuar como hombre y como mujer. Aquellos que ponen por delante el seguir siendo padres, se exigen a si mismos ser testimonio del amor de seguir siendo padres para el bien de sus hijos.

Si no lo hacen, no nos quejemos después de los modelos de familia que por ahí se irán creando.
El autentico modelo de familia, el modelo de familia que lleva a la felicidad, es aquella asentada en un hombre que es hombre y en una mujer que es mujer que asumen amándose la responsabilidad de ser padres.
Así será como nacerán familias sólidas, armónicas en las cuales su miembros se amaran, se respetarán y se honrarán.
Y podrán seguir desparramando cariño, exigiendo.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net
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viernes, 13 de junio de 2008

Debes perdonar como Él

No te canses de perdonar como Cristo. Tú eres esa mano y ese beso de Dios.

Si perdonas en nombre de Cristo, debes hacerlo como Él. ¡Qué difícil! Pero hay que intentarlo porque Cristo quiere perdonar, y el hombre necesita ser perdonado, y tú puedes dar ese perdón.

No te canses de perdonar como Cristo, aunque falte mucho para igualar al modelo; no te canses y si además lo tratas de hacer como Él lo haría, ¡mil gracias!

Necesitan tus hermanos sentir la mano de Cristo en el hombro, el beso de Dios en la frente; la mano que enjuga las lágrimas. Tú eres esa mano y ese beso de Dios; intenta hacerlo como Dios. Si perdonas como Él, te perdonarán; si enjugas lágrimas con idéntica ternura, ellos te amarán; si les besas en la herida purulenta, sanarán.

¡Qué difícil! Pero tienes que intentarlo, aunque al principio no te salga igual; intenta hasta que seas de verdad ese Cristo en la tierra, ese Cristo que los hombres odian, y que, sin embargo, necesitan más que el pan y el vino. Te necesitan, no te escondas de ellos, aunque sólo en el cielo te lo agradezcan.

Tu corazón debe acostumbrarse a amar y hacerlo con gusto y con amor; tu corazón debe aprender a perdonar, a perdonar mucho, a perdonar con amor. Si perdonas en nombre de Cristo, debes hacerlo como Él.

Autor: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net
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jueves, 12 de junio de 2008

Eucaristía y Sagrado Corazón

Visitando al Santísimo Sacramento, vivo en cada Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús recibe adoración y amor de nuestra parte.

La Eucaristía fue el regalo más hermoso y valioso del Sagrado Corazón de Jesús. La Eucaristía nos introduce directamente en el Corazón de Jesús y nos hace gustar sus delicias espirituales. En la eucaristía, como en la cruz, está el Corazón de Jesús abierto, dejando caer sobre nosotros torrentes de gracia y de amor.

En la Eucaristía está vivo el Corazón de Cristo y en una débil y blanca Hostia, parece dormir el sueño de la impotencia, pero su Corazón vela. Vela tanto si pensamos como si no pensamos en Él. No reposa. Día y noche vela por nosotros en todos los Sagrarios del mundo. Está pidiendo por nosotros, está pendiente de nosotros, nos espera a nosotros para consolarnos, para hacernos compañía, para intimar con nosotros.

Hay por lo tanto una relación estrechísima entre la eucaristía y el Sagrado Corazón. ¿Cuál es el mejor culto, la mejor satisfacción, la mejor devoción que podemos dar al Sagrado Corazón?

Participando en la Eucaristía, Jesús recibe de nosotros el más noble culto de adoración, acción de gracias, reparación, expiación e impetración.

Visitando al Santísimo Sacramento, vivo en cada Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús recibe adoración y amor de nuestra parte. Por eso está encendida la lamparita, símbolo de la presencia viva de ese Corazón que palpita de amor por todos.

Damos culto al Corazón de Jesús, haciendo la comunión espiritual, ya sea que estemos en el trabajo, en el estudio, en la calle. Es ese recuerdo, que es deseo profundo de querer recibir a Cristo con aquella pureza, aquella humildad y devoción con que lo recibió la Santísima Virgen. Con el mismo espíritu y fervor de los santos.

Haciendo Hora Santa, Jesús recibe también reparación. Cada pecado nuestro le va destrozando e hiriendo su divino corazón. Con la Hora Santa vamos reparando nuestros pecados y los pecados de la humanidad. Así se lo pidió Cristo a santa Margarita María de Alacoque en 1673 en Paray-Le-Monial (Francia).

También los primeros viernes de cada mes son ocasión maravillosa para reparar a ese corazón que tanto ha amado a los suyos y que no recibe de ellos sino ingratitudes y desprecios.

El culto al Sagrado Corazón de Jesús es la respuesta del hombre y de cada uno de nosotros al infinito amor de Cristo que quiso quedarse en la eucaristía para siempre. Que mientras exista uno de nosotros no vuelva Jesús a quejarse: “He aquí el Corazón que tanto ha amado y ama al hombre y en respuesta no recibo sino olvido e ingratitud”.

Este culto eucarístico es la respuesta de correspondencia nuestra al amor del Corazón de Jesús, pues es en la eucaristía donde ese corazón palpita de amor por nosotros.

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 11 de junio de 2008

¡No corras a Dios de tu vida!

Cuando Dios no está en nuestras vidas, todo es diferente, nos sentimos vacíos, solos, tristes. ¡Ven con nosotros Señor!

Hay en nuestro mundo una costumbre que se va agudizando cada vez más. Y es la costumbre, incluso diría yo la manía, de ir corriendo a Dios de nuestro mundo. Correrlo de la familia, porque no nos sirve, porque estorba, porque es molesto. Correrlo de la sociedad, correrlo del mundo cultural, correrlo incluso de las iglesias. No queremos saber nada de El.

¿Por qué? Porque nos estorba, nos fastidia, nos molesta. Porque no lo necesitamos ya. Más aún, hay gente que presume de haber logrado este gran triunfo: Ya hemos puesto al hombre en su lugar. No necesitamos de Dios.

Pero, ¿qué es lo que realmente sucede? El que pierde no es El. El que pierde es el hombre. Y, así, podemos constatar estadísticamente que los lugares donde Dios está ya casi fuera, el hombre se ha vuelto contra sí mismo. Hay, casualmente, más suicidios. Casualmente más egoísmo. Hay, casualmente también, más guerras, más violencia.

¿Por qué en nuestro siglo ha habido tantas guerras, hay tantos desastres, hay tantos suicidios? ¿No será por esa manía de dar un puntapié a Dios y correrlo de nuestro mundo?

Repito que el que pierde no es El, porque El está tranquilo. El nos ve, El dice: A ver que puede hacer el hombre solo, sin Mí. Y el resultado es trágico. Por eso, hay todavía algunos que le queremos decir a El: No te vayas, por favor, porque entonces nos va a ir muy mal.

¡Pobre hombre! Has corrido a Dios de tu mundo, y te estás muriendo. ¿A quién vas a recurrir ahora?.

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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martes, 10 de junio de 2008

El Perdón

Si enseñamos a los hijos a pedir perdón, también enseñémosles a perdonar

Nicolás Bravo, héroe del perdón

Don Leonardo Bravo amaba mucho a su patria; por eso, cuando se inició la lucha por la independencia, él, su hermano Miguel y su hijo Nicolás, se enrolaron como soldados, dispuestos a dar su vida. A don Leonardo lo tomaron prisionero y lo trajeron a México donde fue fusilado el 13 de septiembre de 1812.
Mientras tanto, su hijo, don Nicolás, venció a los españoles en la batalla del Palmar y les tomó 300 prisioneros. Ése mismo día recibió la noticia del fusilamiento de su padre. Lleno de dolor, su primera reacción fue ordenar que fusilaran a todos sus prisioneros al amanecer del día siguiente. Humanamente hablando era lo lógico, pero esa noche don Nicolás ganó otra batalla, la más importante de su vida, la batalla contra su deseo de venganza, y ¡perdonó la vida a los 300 prisioneros, además de ordenar su liberación!

Perdón y clemencia

El perdón es no tomar en cuenta la culpa. Clemencia es perdonar también la pena, y todo esto por benevolencia, es decir, por el amor de aquel que perdona.

Cuando alguien me ofende tiene culpa y merece una pena. Si la culpa es grave, la pena la aplica la autoridad designada para ejercer justicia. Si la culpa es leve, la pena suele ser que yo ya no le hable a esa persona, que la borre de la lista de mis amigos y que jamás vuelva a beneficiarla. Pero si procedo a hacerle el mal, entonces hablamos de venganza que suele ser más injusta que la ofensa original.
Lo contrario al amor es el odio y es este sentimiento el que nos lleva a guardar rencores interminables y a planear venganzas que nos hacen más indignos que el que nos ofendió. El odio nace de un exagerado amor a nosotros mismos, es decir, de nuestro egoísmo. Se dice que sufre más el que odia que el odiado y es muy cierto.

¿Por qué perdonar?

El perdón nace de la bondad natural de la persona o del amor natural que se tiene al que cometió la culpa. Los padres perdonan con mucha facilidad las faltas de los hijos porque los quieren.
Cuando se perdona una gran culpa, entonces se habla de que el que perdona tiene magnanimidad. Si además se perdona el castigo merecido por la culpa, entonces es clemente.
Los cristianos perdonamos, además, por nuestros principios evangélicos.
En la solapa de un católico vi un escudito que decía 70X7 y, de pronto, no capté el significado. Le pregunté y me dijo lleno de orgullo por sus conocimientos bíblicos: “Jesús le dijo a Pedro que perdonara setenta veces siete”. (Mt 18, 21)
Los que seguimos a Jesús perdonamos siempre. Perdonamos como el Padre Dios nos perdona (Mt 6, 12).

Perdón y castigo

Si enseñamos a los hijos a pedir perdón, también enseñémosles a perdonar.
El perdón está muy relacionado con la justicia. El hijo flojo puede pedir perdón por no haber aprovechado la escuela. Los papás ciertamente lo perdonan, pero, en justicia, deben corregir al hijo e incluso aplicarle un castigo correctivo que lo enseñe a ser responsable de sus obligaciones. Se perdona la culpa, pero se le pide al hijo que no salga de la casa, que no vaya con los amigos, que no vea televisión, para que recupere el tiempo perdido en sus estudios. No es una venganza, es un castigo justo que el hijo deberá cumplir incluso con alegría porque sus padres lo perdonaron. ¡Cuidado! Si el castigo denigra, es venganza.

Te perdono, pero ni creas que se me olvida

Cuando el que nos ofende es un ser muy querido, causa en nosotros un gran dolor unido a la desilusión natural por la pérdida de la confianza en el ser amado. Se puede perdonar, incluso se desea perdonar, pero ¿cómo restaurar la confianza? Se ha perdido la ilusión y va a ser muy difícil que renazca.
El que ofende y pide perdón debe comprender que pasará mucho tiempo para que se vuelva a la confianza original y que a él le toca hacer méritos para que “se le olvide” la ofensa al ser amado.

Sus hijos aprenderán a perdonar...

Si ustedes, esposos, no permiten que se ponga el sol sobre su enojo.
Si no se aplican esa ley del hielo que mata de frío el amor conyugal.
Si son capaces de reconciliarse con esos parientes que no los quieren.
Si no se hacen del rogar ni piden condiciones cuando sus hijos piden su perdón.
Si ustedes mismos reconocen sus culpas y piden el perdón de los hijos humildemente.
Si oran con sus hijos por las personas que les hacen daño.
Si les piden que se perdonen entre hermanos simplemente porque se quieren.

Autor: P. Sergio G. Román | Fuente: Semanario Desde la Fe
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¡Yo amo a Jesucristo!

Jesucristo es nuestro ideal más grande, la ilusión mayor que tenemos en la vida: amarlo, hacer algo por Él.

La religión católica se centra en una persona, en NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, y nada más.

Con las verdades cristianas proclamamos lo que Jesucristo nos enseñó.

Con el culto expresamos nuestro amor a Jesucristo.

Con la oración nos unimos a Jesucristo.
Con los Sacramentos nos llenamos de la vida de Jesucristo.

Con la limosna ayudamos a Jesucristo, que vive necesitado en nuestros hermanos pobres.

Con el apostolado anunciamos a Jesucristo y extendemos su reinado.

Y así con todo lo demás: Jesucristo es lo único que nos interesa.

Mirando en la Biblia a los Apóstoles, nos encontramos con el ejemplo clamoroso de San Pablo. Si alguien ha entendido lo que es el cristianismo ha sido precisamente San Pablo. Pues bien, la libertad en todas esas prácticas que hemos citado era para él algo muy importante. Y así nos dirá:
- Que cada uno siga en su propio gusto y su parecer.

Exige, eso sí, una fidelidad total a la doctrina que han aprendido, y en esto era tan riguroso que maldice al que enseñe algo contrario a lo que los apóstoles han transmitido a la Iglesia. En lo demás, lo que importaba era el amor al Señor Jesucristo, de modo que acaba su carta primera a los de Corinto:
- El que no ame a nuestro Señor Jesucristo, que sea un maldito.

Ese amor de Pablo a Jesucristo se demuestra con un hecho hermoso. En sólo trece cartas ―pues no contamos la de los Hebreos―, saca el nombre de Jesús nada menos que 640 veces en sus diversas acepciones: Jesús, Cristo, Jesucristo, el Señor... Si así lo cita cuando escribe, quiere decir que el recuerdo y el amor a Jesucristo llenaba por completo lo más íntimo de todo su ser.

Una vez hemos llegado a conocer a Jesucristo, la vida ya no es la misma. Un planeta nuevo ―lo vamos a suponer dotado de inteligencia― que se quisiera meter en sistema solar, no podría salirse de su órbita aunque quisiera. Daría vueltas y vueltas alrededor del Sol, y jamás sería capaz de escaparse de allí donde un día se metió voluntariamente.

Esto le ocurre a cualquiera que ha conocido y ha llegado a amar a Jesucristo: necesita al Señor de todas maneras. No se contentará jamás con ninguna novedad que vengan a cantarle al oído. Y si en algún momento hiciera caso a voces extrañas, pronto notaría que se trata de sirenas engañosas que no le van a satisfacer y lo quieren llevar mar adentro del error. Consciente o inconscientemente volvería a Jesucristo siempre: o con al amor o con el remordimiento, pero volvería a Jesucristo.

Esta es la esencia del Cristianismo. En el amor a Jesucristo tenemos cifrada la fe verdadera. Quien ama, es porque cree. Y quien no ama a Jesucristo, aunque diga que cree en Él, en realidad no tiene fe. Ni hará nada por Jesucristo. Mientras que el que ama a Jesucristo, por Él lo hace todo.

Y es que Jesucristo es el único por quien nos podemos jugar la vida. Así lo reconocía Napoleón, cautivo después de tantas victorias que ya no le servían de nada:
- Yo he enardecido a millares y millares que murieron por mí. Pero ahora estoy aquí, atado a una roca, ¿y quién lucha por mí?... ¡Qué diferencia entre mi miseria y el reinado de Cristo, que es predicado, amado y adorado por todo el mundo y vive por siempre!...

Es triste que los grandes de la Historia hayan de reconocer tan tardíamente su error. Nosotros somos más afortunados. Nosotros amamos a Jesucristo desde siempre, y no nos equivocamos, no...

Jesucristo es nuestro ideal más grande, la ilusión mayor que tenemos en la vida: amarlo, hacer algo por Él....

Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net
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lunes, 9 de junio de 2008

¡Aguanta!...

Firmes e inconmovibles en hacer el bien, sabiendo que todo esfuerzo no es inútil ante el Señor.

¿Hay alguno que nos diga cuál es el peor enemigo con el que se tiene que luchar para conseguir éxitos en la vida?

Pues, dicen, que el peor enemigo que existe es el TIEMPO. Si esto es verdad, ¿por qué no convertimos el tiempo en nuestro mejor aliado? ¿Para qué nos va servir la virtud de la CONSTANCIA?...

Al querer hablar de la constancia nos metemos con una virtud muy humana y muy cristiana también.

Quien no es constante en las cosas que emprende, no triunfa nunca en la vida ni pasa nunca de ser una pobre medianía.

Y quien no es constante en los asuntos de Dios podría jugarse hasta su porvenir eterno, pues la palabra de Dios todavía sigue en pie:
- Tenéis necesidad de la constancia para que, una vez cumplida la voluntad de Dios, alcancéis a poseer lo que se os ha prometido.

Si somos cristianos santamente ambiciosos, sabemos que para cargarnos de mérito no basta una vida rutinaria, sino la vida esforzada que requiere una constancia sin límites en el trabajo por el Reino.

Nos hemos preguntado: ¿Por qué el tiempo es el peor enemigo? Pues, porque es un enemigo encantador. Callado, jamás alza la voz. Nunca declara la guerra ni presenta batalla abiertamente. Se limita a esperar, y, sin darnos cuenta, lo ha destruido todo, lo ha corroído todo, lo ha pulverizado todo. Ante él no han valido ni los buenos propósitos, ni las promesas más firmes, ni las palabras empeñadas con más honor.

En nuestra vida ocurre lo mismo que en las mayores edificaciones existentes. Las grandes pirámides y construcciones parecían construidas para milenios sin fin.

Hoy están las naciones comprometidas en salvar de la erosión esas obras monumentales, patrimonio de toda la humanidad, y, sin embargo, ellas se van corroyendo de manera irreparable. Solamente un esfuerzo gigantesco de la ciencia, unido al empeño de todos los visitantes, serán capaces de conservarlas por otros cinco mil años más, arrancándoselas de sus garras al tiempo destructor.

Si esta es también la condición de nuestra naturaleza en el orden espiritual, ¿estamos por eso perdidos? ¿Nada podemos hacer contra el cansancio? El tiempo que nos espera, ¿va a ser más fuerte que nosotros?... En modo alguno.

Vemos, efectivamente, cómo siempre comenzamos bien las cosas. No hay actividad o profesión que no tenga sus principios llenos de ilusión. Pero viene después el cansancio fatal, el tiempo paciente y destructor.

El estudiante empieza muy bien en el colegio o la universidad. ¿Por qué decae y no aprueba el año? Pues, porque no vence cada día la desgana con un nuevo esfuerzo.

El matrimonio comenzó con luna de miel dulcísima. ¿Cómo es que ahora se está desmoronando? Porque le faltó cada día ese dominar el mal carácter, la incomprensión y la falta de ilusión.

Y así en mil cosas más.

Por esta razón hemos de contar con esa virtud humana que se llama constancia, la cual se encarga, con esfuerzo y paciencia, de vencer poco a poco al tiempo tranquilo y astuto.

Empezar es de todos. Acabar, de pocos. Y estos pocos son los que le presentan cara al tiempo, y lo vencen no con violencia, sino oponiéndole cada día un poquito de esfuerzo en los puntos que se presentan más débiles.

Es sabido cómo las construcciones más resistentes de piedra solidísima se dejan atravesar por una cosa tan débil al parecer como el agua, de la cual se dice: La gota agujerea la piedra, no con violencia, sino cayendo muchas veces. Es ésta una regla que no tiene excepciones.

El que persevera en un trabajo, triunfa siempre. El estudiante se hace sabio. El agricultor, un perito. El mecánico, un especialista. El profesional, una autoridad... La enfermera, la maestra, la secretaria, el ama de casa..., se convierten en unas mujeres excepcionales.
Y todos, con perseverancia en nuestras decisiones ante Dios, en unos santos...

San Pablo quería que esta constancia la llevásemos al problema de la salvación, y por eso nos dice:

Aguantad firmes e inconmovibles en obrar el bien, sabiendo que vuestro esfuerzo no es inútil ante el Señor.

Entonces, con nuestra constancia, el tiempo, de enemigo que era, se ha hecho el compañero de nuestro triunfo.

Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Caholic.net
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miércoles, 4 de junio de 2008

MONTEFIORE

Nuestras asambleas de los dias domingos se llavan a cabo en el salon destinado para esa actividad del centro Catolico Carismatico, ubicado en la zona este de la calle 166, del Bronx, Nueva York. Dicho lugar ha tenido que ser acondicionado, en mas de una ocasion, debido al incremento de las personas que se acercan alli todas las semanas para ser testigos de la presencia de un Dios vivo y lleno d epoder.

Un dia domingo, ante la necesidad de contar con mayor espacio para asi ubicar mas personas en otro nivel, solicitamos al Obispo Josu Iriondo -quien reside en el sitio donde se encuentra nuestra comunidad- ampliar el lugar; con su anuencia, al lunes siguiente muy temprano comenzamos a trabajar para concluir todo antes de la reunion del siguiente domingo.

Ese mismo dia lunes, por la noche, en un hospital llamado Montefiore, habia una ninya en terapia intensiva cuyo estado de salud empeoraba minuto a minuto. Ante una nueva crisis provocada por la leucemia, los medicos estimaron que solo viviria unas pocas horas mas y asi se lo manifestaron a su madre. Por esa razon, le dijeron, seria conveniente que fuera avisando a los demas seres queridos para que la mueete no los tomara de sorpresa.

La senora escucho atentamente. Sin embargo, en vez de llamar por telefono a algun familiar, se postro de rodillas en un rincon del piso de terapia intensiva del hospital y empezo a orar al Senor, a quien presento la situacion. Ella cuenta que, en ese instante, oyo una voz que le dijo: "Levantate de ahi, ve hacia el Centro Carismatico y busca a los Misioneros de Jesus". Alrededor de 35 minutos es lo que tardo en llegar del hospital al lugar indicado por Dios. Ella, sin comunicarse con nadie tomo un taxi al Centro Carismatico.

Cuando llego alli, alrededor de las diez de la noche, las oficinas se encontraban cerradas. El horario de atencion es de nueve de la manana a cinco de la tarde. Por ello encontro el lugar a oscuras, pero no se dio por vencida. Toco el timbre insistentemente. El obispo, que habia llegado de una reunion y estaba haciendo sus orciones para acostarse oyo que alguien llamaba a la puerta. Bajo a ver que ocurria y le pregunto a la senora en que podia ayudarla.

Ella le conto su problema. Le explico que su hija estaba muriendo, pero que al estar orando, el Senor claramente le dijo que fuera a buscar a los Misioneros de Jesus a ese lugar.. Monsenor, por su parte, no recordaba que estabamos trabajando; le aseguro que no estabamos ahi, pero ella insistio: "Dios me dijo que ellos estaban aqui".

El no queria discutir con ella, deseando que se fuera tranquila. La invito a conocer el Centro Catolico Carismatico. Fue asi que le mostro la casa de retiro, la capilla, la cafeteria y las oficinas. Luego de mostrarle todos esos lugares, la condujo al salon utilizado en la asambea que, para sorpresa del obispo, tenia la luz encendida. Al abrir la puerta nos encontro alli.

Ella corrio hacia nosotros, sin advertir que estabamos muy cansados, luego de ardua jornada. Tambien nos relato lo que estaba ocurriendo, incluyendo la parte en que Dios le dijo que fuera a buscarnos. El obispo, al vernos fatigados trato de intervenir, y le sugirio dejar el asunto para el dia siguiente. Ella se dio vuelta y dijo: "Monsenor, Dios me dijo ahora". Nosotros sabiamos que no podiamos ganar la discusion, por la conviccion que tenia la senora; entonces decidimos ir con ella.

Fuimos un grupo al hospita Montefiore. Cuando llegamos alli nos encontramos con otro inconveniente: el hoarrio de visitas habia concluidoy, salvo familiares, nadie estaba autorizado a entrar. Entonces la mujer converso a solas en una esquina con el hombre de seguridad. Ignoro lo que ella le dijo al hombre, pero si es que le hablo del modo que lo hizo con el obispo y conmigo, no tenia ninguna duda que nos dejaria entrar. Asi fue.

Ingresamos a terapia intensiva de ninos. Observe las diferentes habitaciones, con muchas camas con pequenos por todas partes, en estado grave. Incluso, uno de ellos, estaba muriendo de Sida por haber nacido con esa enfermedad. Seguimos caminando hasta que llegamos a un lugar donde alrededor de una cama habian muchas personas en movimiento. Aproximadamente nueve personas, entre medicos y enfermeras, daban vueltas en torno de ella. La hermana se dirigio a ese lugar con prisa. Al verla, uno de los medicos fue hacia ella y la impidio avanzar, igual que lo hizo conmigo. Pronuncio las siguientes palabras: "Senora, no puede avanzar. Su hija sufrio una nueva crisis y acaba de morir".

Esa mujer estaba creyendo en algo firmemente. En lugar de llamar a su esposo o a algun miembro de su familia, se subio a un taxi, y nos fue a buscar con la esperanza de que Dios pudiera obrar en su hija. A pesar de ello, cuando llego al hospital el medico le comunico que su hija habia muerto. La senora bajo la cabeza y dijo: "Gracias doctor por todo lo que ustedes han hecho. Ahora quiero que Dios obre en mi hija".

Aquel medico, al escuchar sus palabras sonrio y dijo textualmente: "Esta bien, no hay ningun problema". Luego, en tono de burla, repitio al resto del personal las palabras pronunciadas por la senora. Es decir: "que su Dios iba a obrar en su hija", mientras los miro haciendo una mueca. No pude dejar de pensar en aquel pasaje que describe la Biblia en el que, previamente a que Jesus resucitara a la hija de Jairo, la gente se burlo de el (Mc 5, 35-43).

Me acerque a la camila donde estaba el cuerpo sin vida de la nina. Se encontraba banada en sangre, pero aun no le habian quitado los aparatos. Se respiraba muerte en todo el ambiente. La maquina me la ensenaba con una raya plana, horizontal y sin movimiento: The flat line (la linea muerta). Mis oidos tambien escuchaban muerte el tipico silbido de las maquinas cuando el corazon dejo de latir, era continuo y persistente.

La mama de la pequna fallecida me dijo: "Hermano Neil, vamos a ahcer lo que Dios nos encomendo". Fue asi que me dio la orden de imponer las manos. Yo, por mi parte, no deje de admirar en ningun momento la fe increible de esa mujer. Mirandola, fui dirigiendo mis manos hacia el cuerpo de esa nina. Al posarlas sobre su pecho, ore, y termine mi plegaria con la frase: !En el nombre de Jesus!. En ese instante, aquel cuerpo sin vida entro en convulsion. La linea de la muerte empezo a moverse y el ruido de la muerte empezo a modificarse ante la mirada estupefacta de enfermeras y doctores.

Dios toco con su presencia tambien aquel personal medico que estaban alli, lleno de dudas y burlandose, convirtiendolos en hombres de fe. A tal punto fueron transformados por lo que ocurrio esa noche que hasta el dia de hoy nos siguen invitando para que demos una clase de "Sanidad Divina" a estudiantes de medicina.

Dios, no solo levanto a la nina, no solo la sano de la leucemia, no solo toco a aquellos hombres, sino que en el trancurso de la semana siguiente todos los ninos internados en terapia intensiva fueron dados de alta, entre los que se encontraba el pequeno con sida. Ellos quedaron sanos par la honra de Dios.

Gloria a Dios!!

Amadisimo hermano (a):

Repite junto a mi estas palabras:
Senor, creo en ti; Senor, creo en ti; Senor, creo en ti.
Creo que eres el dador de vida. Creo que eres mi Salvador.
Creo que tu eres la resurrecion y la Vida. Ayudame a mantenerme firme en lo que estoy creyendo.
"El que cre en mi hara las mismas obras que yo hago y, como ahora voy al Padre, las hara aun mayores. Todo lo que pidan en mi Nombre lo hare, de manera que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y tambien hare lo que me pidan invocando mi nombre". Puedes encontrar estas palabras en San Juan, 14, 12-14

Amen.

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