jueves, 6 de agosto de 2009

La Transfiguración cambia la vida

Los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará.

El hecho de la Transfiguración de Jesús en el monte Tabor tiene en los Evangelios una importancia muy grande. Como la tiene después para la vida de la Iglesia, que le consagra hoy una fiesta especial, la cual reafirma nuestra esperanza en el Señor Resucitado, pues sabemos que, cuando se nos manifieste, transformará nuestros cuerpos mortales, eliminando de ellos todas las miserias, y configurándolos con su cuerpo glorioso e inmortal...

Lo que pasó en el Tabor lo sabemos muy de memoria.
Jesús, al atardecer de aquel día, deja a los apóstoles en la explanada galilea y, tomando a los tres más íntimos --Pedro, Santiago y Juan--, se sube a la cima de la hermosa montaña.

Pasa el Señor la noche en oración altísima, dialogando efusivamente con Dios su Padre, mientras que los tres discípulos se la pasan felices rendidos al profundo sueño...

Al amanecer y espabilar sus ojos los discípulos, quedan pasmados ante el Maestro, que aparece mucho más resplandeciente que el sol...

Se le han presentado Moisés y Elías, que le hablan de su próxima pasión y muerte...

Se oyen los disparates simpáticos de Pedro, que quiere construir tres tiendas de campaña y quedarse allí para siempre...

El Padre deja oír su voz, que resuena por la montaña y se esparce por todos los cielos: -¡Éste es mi Hijo queridísimo!...

Y la palabra tranquilizante de Jesús, cuando ha desaparecido todo: -¡Animo! ¡No tengáis miedo! Y no digáis nada de esto hasta que yo haya resucitado de entre los muertos...

Pedro recordará muchos años después en su segunda carta a las Iglesias:
- Si os hemos dado a conocer la venida poderosa de nuestro Señor Jesucristo, no ha sido siguiendo cuentos fantasiosos, sino porque fuimos testigos de vista de su majestad. Cuando recibió de Dios Padre honor y gloria, y de aquella magnifica gloria salió la poderosa voz: ¡Éste es mi Hijo amadísimo en quien tengo todas mis delicias! Y fuimos nosotros quienes oímos esta voz cuando estábamos con él en la montaña santa.

Este hecho del Tabor tuvo muchas repercusiones en la vida de Jesús y de los apóstoles.

Sí, en la de Jesús ante todo. Porque Jesús no era insensible al dolor que se le echaba encima con la pasión y la cruz. La vista de la gloria que le reservaba el Padre por su obediencia filial fue para Jesús un estímulo muy grande al tener que enfrentarse con la tragedia del Calvario.

Para los apóstoles, ya lo sabemos también. Acabamos de escuchar a Pedro. Y sabemos cómo la visión del Resucitado ante las puertas de Damasco fue para Pablo una experiencia extraordinaria, que supo transmitir después en sus cartas a las Iglesias: -¡Nuestro cuerpo, ahora sujeto a tantas miserias, será transformado conforme al cuerpo glorioso del Señor!...

Así lo es también para nosotros. Porque la vida no se nos ofrece siempre risueña, sino que muchas veces nos presenta unas uñas bien aceradas.

En esos momentos de angustia, recordamos con la visión del Tabor la palabra del apóstol San Pablo:
- Comprendo que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará.

Cuando todo nos va bien en la vida, solemos decir con Pedro --del que dice el Evangelio que no sabía lo que se decía--: ¡Qué bien se está aquí!...

Pero es cuestión de dejar el Tabor para después. Ahora hay que subir a Jerusalén con Jesús. Es decir, hay que cargar con la cruz de cada día, porque en el Calvario nos hemos de encontrar con el Señor, para encontrarnos seguidamente con Él en el sepulcro vacío...

La Transfiguración fue un paréntesis muy breve, aunque muy intenso, en la vida de Jesús. Detrás quedaban casi tres años de apostolado muy activo, en los que había predicado y hecho muchos milagros. Ahora había que enfrentarse con Getsemaní, la prisión, los tribunales, los azotes y el Gólgota. Pero la experiencia del Tabor le anima a seguir adelante sin decaer un momento.

Para nosotros, es cuestión de mirar a nuestro Jefe y Capitán, Cristo Jesús.

Hay que tener fe en Dios, cuando nos brinda la misma gloria que a Jesucristo.

Porque si Dios nos ofrece el mismo cáliz que a su Hijo, es decir, la misma suerte en sus sufrimientos, es porque nos tiene destinados también a la misma gloria y felicidad que las de Jesucristo.

Jesús se manifiesta en el Tabor, más que en ninguna otra ocasión, como el esplendor de la gloria del Padre. Nadie ha visto la gloria interna de Dios. Pero mirando a Jesús envuelto en una luz que opaca y anula del todo la luz del sol, nosotros llegamos a barruntar lo que es ese Dios que un día veremos cara a cara y que nos envolverá con sus esplendores. Esplendores que son ya ahora una realidad que llevamos dentro, aunque no los vemos. La Gracia del Bautismo nos ha transformado en esa luz que nos hace gratos, ¡y tan gratos!, a los ojos divinos...

¡Señor Jesucristo! ¡Qué grande, qué amoroso, y qué humilde, te muestras en el Tabor! ¿Cuándo, pero cuándo nos será dado gozar de aquel espectáculo que enloqueció a los discípulos?...

Ya vemos que nos preparas cosa buena de verdad. El caso es que sepamos merecerla....

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / La Transfiguración de Jesús

En la Eucaristía, podemos decirle a Jesús "que bien se está aquí".

Marcos 9, 2-10

En aquel tiempo Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; - pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados.. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos» Y le preguntaban: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?» Él les contestó: «Elías vendrá primero y establecerá todo; mas, ¿cómo está escrito del Hijo del hombre que sufrirá mucho y que será despreciado? POr lo demás Yo les aseguro que Elías ha venido ya y lo trataron a su antojo, como estab aescrito de él.

Reflexión

Hoy parece ser el día de la revelación del Señor. Nos ha asegurado que algunos de los presentes no morirían sin ver la gloria de Dios. Pues bien, ya nos lo ha mostrado el evangelio: "...y se transfiguró delante de sus discípulos..."

Durante su vida terrena, no sólo hubo una sola transfiguración, sino que hubo más revelaciones o manifestaciones de su divinidad: el Nacimiento anunciado a los pastores, la voz que clama al salir Él de las aguas después de su bautismo, la entrada en Jerusalén, la Eucaristía, su muerte en la Cruz, su resurrección y ascensión a los cielos...

Pero, ¿cuáles son las transfiguraciones de Cristo en estos días? Parece ser que hay una que todos los días se lleva acabo: la Consagración del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre. Esa es la mayor manifestación que hay en nuestros días. Allí no están presentes ni Elías ni Moisés, sino solamente la Trinidad que nos da la certeza de estar presenciando un acto misterioso y milagroso a la vez.

Cristo nos invita a verle en la Eucaristía con ojos de fe, y decirle como Pedro: ¿qué bien se está aquí, Señor? Él nos está esperando para que le encontremos en el sagrario. Él está allí, y se te transfigurará sólo si estás dispuesto a seguirle con humildad y amor.

Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 5 de agosto de 2009

Bajar del Tabor, salir del Cenáculo

Buscar al Señor es aceptar Su Voluntad para cualquier cosa que El quiera hacer de nuestra vida, sea lo que esperamos, o todo lo contrario.

Cuando Jesús subió al monte Tabor y transfigurándose en luz apareció junto a los Profetas del Antiguo Testamento, generó tal gozo en los apóstoles que lo acompañaban que ellos quisieron quedarse allí, para vivir en forma permanente la Gracia de la Presencia de Dios en ese lugar. Sin embargo Jesús les explicó que la vida debe ser vivida en trabajo y obra para beneficio del Padre, no para disfrutar de las caricias que circunstancialmente el Cielo da. Bajaron entonces del Tabor a seguir el camino, que terminó en la Pasión y Cruz en Jerusalén.

Cuando María y los apóstoles se reunieron en el Cenáculo en Jerusalén y recibieron la llama del Espíritu Santo, no solo se llenaron de Sus Dones, sino que sintieron un gozo inmenso que los llevó a disfrutar en felicidad el momento. Y si bien se quedaron unos días disfrutando de la unión y llenos del Espíritu Divino, y en la Presencia de María, la Madre de Dios los envió a los cuatro puntos del mundo a evangelizar y crear la Iglesia de Dios. Salieron entonces del Cenáculo para seguir el camino, y muchos de ellos para terminar crucificados, lapidados o perseguidos por difundir la Palabra del Señor.

¿Cuál es la enseñanza que vemos en estos dos hechos, que vienen directamente de Jesús y María?.

Muchas veces buscamos en la oración o en el contacto con Dios sólo consuelo o relajación por las presiones del mundo. Lamentablemente algunas disciplinas espirituales modernas llevan a la gente a la meditación sólo como forma de sentirse mejor, de liberarse del estrés del mundo actual. Particularmente las tendencias orientalistas tan en boga en muchas sociedades de occidente, que por moda buscan su espiritualidad en el lugar equivocado.

Orar es dialogar con Dios, es buscar Su encuentro en nuestros corazones. Muchas veces la oración nos encuentra en serenidad y alegría, mientras en otras oportunidades nos cuesta orar, como si estuviéramos caminando en arena pesada. ¿Entonces orar es malo?. ¿Debemos dejar de orar?. Como decía el Padre Emiliano Tardiff: ¡a veces es Viernes Santo y a veces es Domingo de Pascua!. Si Jesús tuvo momentos de enorme gozo y también momentos de inmenso dolor, nosotros no podemos pretender que al acercarnos a Dios sólo encontremos consuelo y relax. No podemos buscar a Dios como un consuelo o como un analgésico espiritual. El mensaje de Jesús es fuerte: ¡Hay que salir y enfrentar las injusticias y los dolores del mundo!. También hay que vencer las debilidades de la naturaleza humana, las tentaciones cotidianas.

Lo mismo ocurre con aquellos que buscan permanentemente la Presencia Mística de Jesús o María, los milagros, las manifestaciones de Ellos aquí. Pero se quedan con el placer que eso les da, sin cambiar su vida realmente, sin enfrentar los dolores y los altos costos de una conversión verdadera.

Buscar a Jesús es tomar su Cruz, y seguirlo. ¿Entendemos qué es realmente la Cruz?. ¿Creemos que llevar la Cruz es una forma de encontrar alivio a nuestros problemas mundanos?. Llevar la Cruz es una forma de imitar la disposición del Señor a enfrentar, por amor, todas las injusticias e impiedades del mundo.

Cuando encontramos regocijo, en esos momentos en que Dios nos da regalos que nos consuelan y acarician el alma, tocamos el Cielo, sentimos la cercanía del Reino. Pero no podemos quedarnos allí, ya que el camino al Gólgota nos está esperando allí abajo, en la forma y los tiempos en que la Voluntad de Dios disponga.

Buscar sinceramente a Dios no es buscar relajación, felicidad terrenal o solución a nuestros problemas. Todo lo contrario: buscar al Señor es aceptar Su Voluntad para cualquier cosa que El quiera hacer de nuestra vida, sea lo que nosotros esperamos, o todo lo contrario.

Dios, en Su infinito amor, nos regala momentos parecidos a lo que ocurrió en el Monte Tabor, o a lo que ocurrió en el Cenáculo en Jerusalén. No nos quedemos allí: bajemos del Tabor, salgamos del Cenáculo y vayamos al mundo a difundir Su Palabra, a dar testimonio de Su amor, aunque duela.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org
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Evangelio Diario / Mujer, qué grande es tu fe

Espera un poco. Insiste. Dios permite esa angustia para purificar tu intención.

Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. El no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: Atiéndela, que viene detrás gritando. Él les contestó: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: Señor, socórreme. Él le contestó: No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero ella repuso: Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Jesús le respondió: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.

Reflexión

Cuántas angustias y necesidades experimentamos en la vida. El dolor nos visita, los problemas abundan, las tristezas nos sofocan. ¡Ten compasión de mí, Señor! Es el grito del alma a un Dios que siente lejano.

Sin duda, buscamos una respuesta inmediata. Y nos desalentamos si no llega. ¡Cuántas veces pedimos y, quizás, sin resultado! ¿Por qué Dios no nos escucha?

Nos desconcertamos, llegamos a dudar de Dios y hasta nos desesperamos. ¿No será que Dios nos pone a prueba? ¿Hasta cuánto resiste nuestra fe?

Espera un poco. Insiste. Dios permite esa angustia para purificar tu intención, para que sigas creyendo en Él aunque no te atienda a la primera. La mujer cananea del evangelio seguía a Jesús gritando. Los discípulos perdieron la paciencia y obligaron a Jesús a detenerse para atenderla. Nos sorprende la primera reacción de Cristo.

¿Acaso no se conmovió su Corazón, lleno de misericordia? Desde luego que sí. Pero prefirió esperar y ver hasta qué punto la mujer confiaba en Él. Como su fe era grande, Jesús le dijo finalmente: “que se cumpla lo que deseas”.

Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net
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martes, 4 de agosto de 2009

Las visitas a Cristo y a la Virgen

Ellos están ahí, cerca de tu puerta, con una sonrisa cada día, con amor cada hora, con las manos repletas de bendiciones para ti.

Las visitas a la Santísima Virgen y a Jesucristo, realizadas con fe y fervor, infunden no pocos ánimos. En tu ciudad viven, a unos pasos de tu calle; no cuesta gran cosa visitarles un minuto, darles los buenos días, pedirles una misericordia para la jornada. Esas pequeñas visitas, esos pequeños momentos, robados a tu abultada agenda, inyectarán vigor a tu alma triste; ve a visitarles con más frecuencia, con más amor y menos prisa, que son los amigos de tu alma, los que ponen suavidad y eficacia en tus actividades febriles.

María Santísima y Jesús están ahí, cerca de tu puerta, con una sonrisa cada día, con amor cada hora, con las manos repletas de bendiciones para ti.

Jesús y María son dos antiguos amigos desaprovechados; siempre los tuviste, siempre los tendrás muy cerca de ti, a total disposición, con un amor que, si supieras... pero conocer es el arte que pocos aprenden; si conocieras quién es... suena a dulce reto.

Si el arte de vivir es amar y ser amado, ahí tienes dos amigos que siempre te han querido y a los que no has sabido amar.

Una breve visita, un corto detenerse, un pequeño gesto de cariño, un mirar y ser mirado, un alargar la mano y dar la diaria limosnita de amor.

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Jesús camina sobre las aguas

Caminar con la mirada puesta en Él, así todo lo puedo, a pesar de las tempestades y dificultades.

Mateo 14, 22-36

En aquel tiempo, después de que se hubo saciado la muchedumbre, Jesús obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino Él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Jesús les dijo enseguida: ¡Animo, soy yo, no tengáis miedo! Pedro le contestó: Señor, si eres tú mándame ir hacia ti andando sobre el agua. Él le dijo: Ven. Pedro bajó de la barca y se echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame. Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? En cuento subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios. Terminada la travesía, llegaron a tierra de Genesaret. Y los hombres de aquel lugar, apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por aquella comarca y trajeron donde él a todos los enfermos. Le pedían tocar siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaron curados.

Reflexión

No siempre es fácil discernir el verdadero del falso profeta. En ocasiones se nos presentan circunstancias personales o sociales en las que no sabemos a ciencia cierta descubrir la voluntad de Dios en nuestra vida. Un criterio seguro de discernimiento se mide por el contenido de las promesas: cuando todo parece de color de rosa y se nos asegura una vida cómoda, hay muchas sospechas de que venga de Dios.

Cristo nos dijo que, si queríamos seguirlo, deberíamos tomar nuestra cruz e ir detrás de Él. Nunca nos habló de triunfos rápidos y fáciles, al estilo del mundo. Más bien, nos alertó ante el desaliento de la prueba, pero nos aseguró, al mismo tiempo, la fuerza para vencerla: “En el mundo habréis de encontrar tribulación, pero confiad: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). Al ver a Jesús andar sobre las aguas por su propio poder debe llenarse nuestra alma de confianza y seguridad: a pesar de todas las dificultades del mar, de todos los vientos y tempestades, si vamos con Cristo, todo lo podemos. En su nombre, también nosotros podemos caminar sobre las aguas. Lo importante es tener fe en Él, confiar en la fuerza de su palabra y no aceptar dudas. Hemos de mirarlo a Él sin ponernos aconsiderar el viento y el mar.

Sólo cuando bajamos los ojos de su Persona y nos miramos a nosotros mismos, empezamos a hundirnos, como Pedro.

¡Señor, aumenta mi fe y mi confianza en ti! Nunca permitas que me mire a mí mismo. Enséñame siempre a caminar en la vida con mi mirada puesta en ti, pues contigo todo lo puedo, a pesar de todas las tempestades y dificultades.

Autor: P Clemente González | Fuente: Catholic.net
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lunes, 3 de agosto de 2009

¿Es malo el placer?

Es malo cuando se lo agranda, cuando se cree que la vida pasa por ahí, cuando uno construye la vida desde ahí, cuando uno cree que la felicidad pasa por ahí

Creo que los que se van a vivir en pareja dan una prioridad al placer y dejan en un segundo plano la responsabilidad.

Hay que comprender que el placer es una gran seducción.
Negarlo sería no reconocer una realidad.

¿A quién no le atrae el placer?
¿A quién no le gusta pasarlo bien? ¡Hay tantos placeres que nos seducen!
¿A quién no? Y todos los placeres.

Los placeres de la vista.
Los placeres del paladar.
Los placeres genitales. ¿Y es malo el placer? NO, no es malo el placer.

Es malo cuando se lo agranda, cuando se cree que la vida pasa por ahí, cuando uno construye la vida desde ahí, cuando uno cree que la felicidad pasa por ahí.
Eso es lo malo. Cuando todo lo medimos desde ahí.
Cuando todo lo medimos, desde el pasarlo bien.

Vivir en pareja tiene su mayor debilidad en haber dejado en segundo plano la responsabilidad, las obligaciones que todo futuro impone a la vida.
El vivir teniendo en cuenta el futuro, debería condicionar nuestros actos de hoy. Esto se llama vivir en la responsabilidad.

La base de la responsabilidad se encuentra en la libertad que cada uno de nosotros tenemos.
Es la libertad que Dios le dio al hombre para su buen uso.
Muchos creen que la libertad le fue dada al hombre para hacer lo que quiera.
Y no es así. La libertad le fue dada para hacer lo que debe, no lo que quiere.

El hombre es feliz si hace lo que debe y no lo que quiere.
El querer, siempre es un impulso primario.
El deber, es siempre razonado, pensado y reflexionado,


Al tomar una decisión, hacer una elección, al ir a vivir en pareja o en matrimonio, cada uno de nosotros ha tenido que pensarlo y realizarlo conscientemente.
Y somos responsables de las consecuencias.
Sean ellas buenas o malas.

Esto es asumir futuro.
Mi acto personal y libre tendrá consecuencias.
Persona responsable es quien está dispuesto a dar respuesta y la da efectivamente a todas las exigencias de la vida diaria y asume las obligaciones que le vienen.
Cuando las cosas empiezan a andar mal, andan precisamente mal, porque no se tienen en cuenta las obligaciones.

Se fueron a vivir juntos, se atrajeron, se gozaron, se entregaron sus cuerpos, pero no se entregaron el alma.
Para entregarse el alma, se necesita la total entrega del ser, no solo de una parte de mí.
............un sobrino vivía en pareja: le expliqué la diferencia y se lo quedó pensando. Sobre todo cuando le remarqué que desde aquel instante, cada vez que hicieran el amor, no podrían evitar recordar que su entrega no es total, no es absoluta, cualquiera de los dos puede pegar el portazo e irse tan campante.
Eso no es el amor, podrá ser cualquier cosa, menos el amor.

Si no hay un compromiso definitivo, no se puede construir nada.
Si no hay un compromiso definitivo, no le puedo decir al otro, que yo lo amo.
Porque una de las cosas propias del amor, ¿saben que es?
Es decirle para siempre.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net
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¿A qué temo más?

Señor, sé mi brújula cada día. Ahuyenta los falsos temores del mundo, dame la fortaleza necesaria para no tener miedo

El hombre. Un cascabel de temores, inseguridades y angustias. Los corazones de las personas se llenan de miedo de perder el empleo, miedo de ser abandonado, de enfermarse, de perder a los seres queridos, miedos de todo tipo.

¿Pero, existe algún temor que sea de alguna manera útil en mi camino de crecimiento espiritual? Claro que existe: es el temor de no ser digno, de errar el camino. Temo a mi mismo, temo no ser digno de Dios, temo no tener la fortaleza suficiente para no pecar, temo olvidarme que sólo Dios Es, temo pensar que SOY algo, que algo es mérito mío.

Este Santo Temor, Santo porque significa que no quiero ofender a Dios, es la base del Temor de Dios, ese importante Don del Espíritu Santo. Temer no ser capaz de agradar al Señor, temor de no estar interpretando la Voluntad de Dios del modo correcto, temor de estar actuando por las necesidades del ego (ese falso ídolo que construimos en nuestro interior) en lugar de satisfacer el querer de Jesús.

Cuando el temor de Dios se coloca por encima de nuestros temores terrenales, los miedos cotidianos se terminan de un plumazo. Si mis temores se basan en mi deseo de agradar al Creador, ¿por qué temer a los dolores que pueda tener en este mundo? Nada se interpone, todo se resume en la mirada de Jesús puesta en nosotros. ¿Por qué temer entonces a la muerte, los problemas de trabajo o salud? Si la Voluntad de Dios se manifiesta en nuestras vidas dándonos alegrías o pruebas, ¿por qué voy a temer a lo que me pueda pasar, si todo es parte del plan de Dios?

Cuando algo grave pasa en nuestra vida, enfrentamos la prueba suprema: algunos, entonces, se enojan con Dios porque no pueden entender que El envíe algo malo sobre sus vidas. ¡No tienen temor de Dios! ¿Cómo poder enojarse con Dios? ¿Cómo puede uno pretender saber qué es bueno o malo para nuestra vida? Sin embargo ocurre a diario.

Otros (al enfrentar momentos de supremo dolor) se entregan aún más a Dios, entendiendo que el alma nada puede ni nada DEBE hacer frente a la Voluntad Divina. De este modo sus almas se purifican en el crisol del dolor, que quema las impurezas y desintegra los deseos de la propia voluntad, uniendo el alma a la Voluntad del Creador. Nada importa, solo interpretar la Voluntad del Señor en nuestras vidas, y seguirla.

No podemos pretender entender por qué Dios hace las cosas, sólo El conoce el plan de nuestra vida. Entonces, no se debe temer a las cosas del mundo, sólo debemos temer a nuestra propia debilidad, a nuestra incapacidad para agradar al Señor.

Temo ser uno más que clava espinas en Tu Santa Frente, Señor. Temo agregar más peso a la Cruz que este mundo sigue cargando sobre Tu Espalda. Temo ser un clavo en Tus Santas Manos. Temo ser la espada que atraviesa tu Sagrado Corazón. ¡Temo no ser un consuelo para Ti, Señor!

Santo temor de Dios, sé mi brújula cada día. Ahuyenta los falsos temores del mundo, dame la fortaleza necesaria para no tener miedo alguno a los avatares de mi vida. Vacíame de mi mismo, hazme un hueco profundo en el que pueda entrar Tu Santo Espíritu. Lléname de Ti, Señor.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / La multiplicación de los panes.

Cristo necesita de ti para dar de comer a muchas almas.

Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Les dijo: "Traédmelos". Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente: Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Reflexión:

Los profesionales, las madres, los estudiantes, los trabajadores, los maestros, los padres, los hijos, en definitiva, todos los hombres buscan, consciente o inconscientemente, algo que les realice plenamente, algo que trascienda sus vidas, que les llene de paz interior.

Estos hombres y mujeres hambrientos y sedientos de Dios se acercan a las puertas de la fe. Y al cruzar el umbral se encuentran con otros hombres y mujeres, como ellos, a quienes Jesús les ha mandado; dadles vosotros de comer.

Así ha querido Jesús darse a conocer a lo largo de los siglos; por medio del testimonio y la evangelización de personas con una vocación especial: son los sacerdotes, las religiosas, las personas consagradas y los laicos.

Es el milagro de los que han recibido a Cristo como alimento. Unidos a Jesús por medio de la Iglesia, son capaces de saciar el hambre de miles de personas. Pero son pocos, muy pocos los que lleven a Cristo a los demás. En pleno siglo XX, hay más de cuatro mil millones de personas que todavía no conocen a Jesús. Muchos de ellos sienten la necesidad de orientar sus vidas hacia Dios y no tienen quien les ayude. Cristo nos urge a colaborar con Él en la tarea de dar de comer a las almas hambrientas de trascendencia.

Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net
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