miércoles, 19 de diciembre de 2007

Navidad es para todos...es también para ti

Dios es un Niño que ama, que te ama con un corazón de niño y con la fuerza de un Dios.

Quienquiera que seas,
detente un momento ante esa cueva.
¿Ves ese niño indefenso?
Es Dios, es el único Redentor.
Es para ti.
Si te sientes muy pecador…
É1 te dice que tienes perdón.
Si estás muy desesperado…
Él te ofrece la alegría de vivir.
Si eres pobre…
piensa que Él es más pobre que tú
y que es pobre por ti.
Si crees que no hay camino para encontrar la paz…
El es el Camino.
Si crees que todo es farsa y mentira
en la vida y en la sociedad…
Él es la Verdad.
Si crees que la vida no tiene sentido ni valor…
Recuerda que Él es la Vida.
Tú que te has detenido ante muchos palacios,
y tiendas, y salas de fiestas,
sin encontrar lo que buscas…
nada pierdes con intentar
comprar a ese Niño el amor,
la vida y la paz.
Y Él a cambio te pide
una pequeña limosna de amor.

Cada año vuelve a nacer donde le dejan
y vuelve a pasar frío, mucho frío en tantos corazones;
pero queda compensado por el calor y el cariño
de unos pocos que le aman con locura.
¿Qué le ofrezco yo en esta Noche Buena?
¿Unas pajas, un poquito de cariño,
el rescoldo de un viejo amor?
Voy a entrar a esa cueva de rodillas,
voy a besar ese pesebre y esas pajas.. .
El Amor se hizo pequeño,
se hizo débil, se hizo tierno,
se hizo carne,
carne como la nuestra,
carne que llora y sufre y tiene frío,
pero carne de amor: Dios es Amor Encarnado.
Dios es un Niño que ríe, que ríe contigo.
Dios es un Niño que llora, que llora por ti.
Dios es un Niño que ama,
que te ama con un corazón de niño,
y con la fuerza de un Dios.


Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

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martes, 18 de diciembre de 2007

La seriedad de la Navidad

¿Castañuelas, panderetas? ¡Bien! Pero no olvidemos el compromiso serio de este Dios Encarnado…pues comience a hablar nos va a pedir: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”.

En general, la Navidad toma la encarnación del Verbo de Dios en la parte más descomprometida e infantil. Es un niño quien ha nacido. Y un niño no dice cosas serias. Este Niño Dios no ha dicho todavía “Sed perfectos”, ni “sepulcros blanqueados”, ni “vende tus bienes y sígueme” ni “Yo soy la Verdad y la Luz”. Todavía está callado este niño. Y nos aprovechamos de su silencio para comprarle el Amor barato, a precio de villancicos y panderetas.

En esa Nochebuena no intuimos el tremendo compromiso que adquirimos los humanos. Como es un Niño el que nos ha nacido, no percibimos la Ley y el Compromiso serio, que nos trae debajo de su débil brazo. En torno a un niño todo parece ser cosa de juego y de algarabía. ¿También con el Niño Dios?

A qué nos compromete la Encarnación del Hijo de Dios? ¿Qué nos quiere decir a nosotros hoy la Encarnación?

A Belén se acercarán este año:

- El Papa, llevándole a Jesús todas las luces y sombras, las alegrías y las tristezas de la Iglesia.
- Los obispos y sacerdotes de todo el mundo, llevando a sus espaldas sus diócesis y parroquias, sus movimientos y grupos, para regalárselos a Jesús.
- Religiosos y religiosas, con sus corazones consagrados y sus ansias de seguirle en pobreza, castidad y obediencia.
- Misioneros y misioneras, dispuestas a aprender las lecciones de esa cátedra de Belén.
- Laicos, admirados o indiferentes, despiertos y somnolientos, santos y pecadores, sanos y enfermos, jóvenes y adultos, niños y ancianos.

¿Entenderemos todos lo que allí, en Belén, se juega? ¿Nacerá en cada uno de nosotros, ese Niño Dios?

Navidad no son las luces de colores, ni las guirnaldas que adornan las puertas y ventanas de las casas, ni las avenidas engalanadas, ni los árboles decorados con cintas y bolas brillantes, ni la pólvora que ilumina y truena.

Navidad no son los almacenes en oferta. Navidad no son los regalos que demos y recibimos, ni las tarjetas que enviamos a los amigos, ni las fiestas que celebramos. Navidad no son Papá Noel, ni santa Claus, ni los Reyes Magos que traen regalos. Navidad no son las comidas especiales. Navidad no es ni siquiera el pesebre que construimos, ni la novena que rezamos, ni los villancicos que cantamos alegres.

Navidad es Dios que se hace hombre como nosotros porque nos ama y nos pide un rincón de nuestro corazón para nacer. Por eso, ser hombre es tremendamente importante, pues Dios quiso hacerse hombre. Y hay que llevar nuestra dignidad humana como la llevó el Hijo de Dios Encarnado. Por eso, Navidad es tremendamente exigente porque Dios pide a gritos un hueco limpio en nuestra alma para nacer un año más. ¿Se lo daremos?

Navidad es una joven virgen que da a luz al Hijo de Dios. Por eso, dar a luz es tremendamente importante a la luz de la Encarnación, porque Dios quiso que una mujer del género humano le diese a luz en una gruta de Belén. Tener un hijo es tremendamente comprometedor, pues Jesús fue dado a luz por María. No es lo mismo tener o tener un hijo; no es lo mismo querer tenerlo o no tenerlo. Navidad invita al don de la vida, no a impedir la vida.

Navidad es un niño pequeño recostado en un pesebre. Por eso es tan tremendamente importante ser niño, y niño inocente, al que debemos educar, cuidar, tener cariño, darle buen ejemplo, alimentarle en el cuerpo y en el alma…como hizo María. Y no explotar al niño, y no escandalizar a los niños, y no abofetear a los niños, y no insultar a los niños.

Navidad son ángeles que cantan y traen la paz de los cielos a la tierra. Por eso, es tremendamente importante hacer caso a los ángeles, no jugar con ellos a supersticiones y malabarismos mágicos, sino encomendarles nuestra vida para que nos ayuden en el camino hacia el cielo y hacerles caso a sus inspiraciones. Por eso es tremendamente importante ser constructores de paz y no fautores de guerras.

Navidad son pastores que se acercan desde su humildad, limpieza y sencillez. Por eso, es tremendamente importante que no hagamos discriminaciones a nadie, y que si tenemos que dar preferencia a alguien que sean a los pobres, humildes, ignorantes. Quien se toma en serio la Encarnación del Hijo de Dios tiene que dar cabida en su corazón a los más desvalidos de la sociedad, pues de ellos es el Reino de los cielos.

Navidad es esa estrella en mi camino que luce y me invita a seguirla, aunque tenga que caminar por desiertos polvorientos, por caminos de dudas cuando desaparece esa estrella. La Encarnación me compromete tremendamente a hacer caso a todos esos signos que Dios me envía para que me encamine hacia Belén, siguiendo el claroscuro de la fe.

Navidad es anticipo de la Eucaristía, porque allí, en Belén, hay sacrificio y ¡cuán costoso!, y banquete de luz y virtudes, y ¡cuán surtidas las virtudes de Jesús que nos sirve desde el pesebre: humildad, obediencia, pureza, silencio, pobreza…; y las de María: pureza, fe, generosidad…y las de José: fe, confianza y silencio!, y Belén es, finalmente, presencia que consuela, que anima y que sonríe. Belén es Eucaristía anticipada y en germen. Belén es tierra del pan…y ese pan tierno de Jesús necesitaba cocerse durante esos años de vida oculta y pública, hasta llegar al horno del Cenáculo y Calvario. Y hasta nosotros llega ese pan de Belén en cada misa. Y lo estamos celebrando en este año dedicado a la Eucaristía.

Navidad es ternura, bondad, sencillez, humildad. Por eso, meterse en Belén es tremendamente comprometedor, pues Dios Encarnado sólo bendice y sonríe al humilde y sencillo de corazón.

Navidad es una luz en medio de la oscuridad. Por eso, la Encarnación es misterio tremendo que nos ciega por tanta luz y disipa toda nuestras zonas oscuras. Meterse en el portal de Belén es comprometerse a dejarse iluminar por esa luz tremenda y purificadora.

Navidad es esperanza para los que no tienen esperanza. Por eso, la Encarnación es misterio tremendo que nos lanza a la esperanza en ese Dios Encarnado que nos viene a dar el sentido último de nuestra vida humana.

Navidad es entrega, don, generosidad. Dios Padre nos da a su Hijo. María nos ofrece a su Hijo. Por eso, quien medita en la Encarnación no puede tener actitudes tacañas.

Navidad es alegría para los tristes, es fe para los que tienen miedo de creer, es solidaridad con los pobres y débiles, es reconciliación, es misericordia y perdón, es amor para todos. ¿Entendemos el tremendo compromiso, si entramos en Belén?

Ya desde el pesebre pende la cruz. Es más, el pesebre de Belén y la cruz del Calvario están íntimamente relacionados, profundamente unidos entre sí. El pesebre anuncia la cruz y la cruz es resultado y producto, fruto y consecuencia del pesebre. Jesús nace en el pesebre de Belén para morir en la cruz del Calvario. El niño débil e indefenso del pesebre de Belén, es el hombre débil e indefenso que muere clavado en la cruz.

El niño que nace en el pesebre de Belén, en medio de la más absoluta pobreza, en el silencio y la soledad del campo, en la humildad de un sitio destinado para los animales, es el hombre que muere crucificado como un blasfemo, como un criminal, en la cruz destinada para los esclavos, acompañado por dos malhechores.

En su nacimiento, Jesús acepta de una vez y para siempre la voluntad de Dios, y en el Calvario consuma y realiza plenamente ese proyecto del Padre.

¡Qué unidos están Belén y Calvario!

El pesebre es humildad; la cruz es humillación. El pesebre es pobreza; la cruz es desprendimiento de todo, vaciamiento de sí mismo. El pesebre es aceptación de la voluntad del Padre; la cruz es abandono en las manos del Padre. El pesebre es silencio y soledad; la cruz es silencio de Dios, soledad interior, abandono de los amigos. El pesebre es fragilidad, pequeñez, desamparo; la cruz es sacrificio, don de sí mismo, entrega, dolor y sufrimiento.

Ahora sí hemos vislumbrado un poco más el misterio de Belén, el misterio de la Navidad, el misterio de este Dios Encarnado.

¿Castañuelas, panderetas y zambombas? ¡Bien! Pero no olvidemos el compromiso serio de este Dios Encarnado…pues en cuanto comience a hablar nos va a pedir: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. Entonces nos darán ganas de tirar a una esquina la pandereta, las castañuelas y comenzar a escuchar a ese Dios Encarnado que por amor a nosotros toma la iniciativa de venir a este mundo, para enseñarnos el camino del bien, del amor, de la paz y de la verdadera justicia.

Terminemos con una oración:

“Niño del pesebre, pequeño Niño Dios, hermano de los hombres. El alma se me llena de ternura y el corazón de dicha, cuando te veo así, pequeño, pobre y humilde, débil e indefenso, recostado en las pajas del pesebre.

Enséñame, Jesús, a apreciar lo que vale tu dulce encarnación. Ayúdame a comprender el profundo sentido de tu presencia entre nosotros. Haz que mi corazón sienta la grandeza de tu generosidad, la profundidad de tu humildad, la maravilla de tu bondad y de tu amor salvador”.


Autor: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: Catholic.net

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lunes, 17 de diciembre de 2007

Navidad, Locura del Amor de Dios al Hombre

Si queremos que haya Navidad en nuestro corazón tenemos que abrir el corazón y aceptar esa invasión del amor de Dios.

Sí, locura de Cristo:

Siendo Dios Omnipotente, fuerte, Majestad...se hace bebé, débil, necesitado, pobre, indefenso, digno de compasión, con ojos para llorar y reír, con manos para trabajar, con cuerpo para sufrir, con corazón para compadecerse de nosotros, los hombres. ¿No es esto locura? Si locura es exceso de algo, desconcierto, el salirse uno de sus casillas...aquí en Belén Dios salió de sus casillas divinas para tropezarse con la choza, pobre y necesitada, del hombre.

Locura precisamente porque cuando el mundo estaba en grave descomposición, en grave crisis moral (libertinaje), en grave degeneración, en un auténtico colapso espiritual (basta leer el inicio de la carta a los romanos para darnos cuenta de cómo estaba el mundo antes de que Cristo viniese por vez primera), es en ese momento cuando aparece en nuestra pobre historia humana el sol naciente que venía a enterrar ese ocaso ya descompuesto y en putrefacción. Y no sólo crisis moral, sino también social (ociosidad: en las mañanas se dedicaban a recibir visitas, a hablar de todo y de nada), gimnasia, sauna o baño y una comida de lujo); crisis económica (auténtica bancarrota, debido al placer y al lujo).

Locura también porque viniendo como Médico divino a sanar a un gran enfermo, la Humanidad...este enfermo no le abre las puertas, no le acepta en su mesón, no quiere saber nada de El, y prefiere que el cáncer que le carcome por dentro siga galopando hasta matarle el alma.

Locura porque viniendo el Mesías por tanto tiempo esperado, nadie le reconoce, pues se presentó en ropa de pordiosero.

Locura porque siendo Rey, viene en plan de mendigo, pidiendo un trozo de tierra para nacer, un latido de mujer, unos brazos que le sostengan, unos labios que le besen...y nace en un pesebre, posada ésta indigna para un Dios, pero al parecer más digna que el corazón de los hombres.

Locura porque siendo Pastor amoroso, encuentra que sus ovejas no sólo están dispersas, sino que siguen la voz de otros pastores que son ladrones y salteadores que les han manchado y robado el alma, pero que les han prometido paraísos de muerte.

Locura porque viniendo como Luz verdadera, los hombres prefirieron las tinieblas para seguir haciendo sus perversas obras.

Locura porque viniendo como Manjar y alimento, los hombres disfrutaron de los alimentos corruptibles que les dejaban más hastiados.

Locura porque precisamente cuando el hombre vivía en su más atroz egoísmo, personificado en el tirano Herodes y en los ingratos posaderos de Jerusalén y en la inconsciencia de casi todos los humanos...Dios viene a darnos su corazón, pedazo tras pedazo. Pedazo en Belén; el primer latido del Hijo de Dios. Pedazos en Nazaret. Pedazos en la vida pública. Y el último latido en el Calvario.

El único motivo que movió a Dios a hacerse hombre fue el amor. No, no pudo ser el pecado, porque de una causa tan horrible (el pecado) no podía brotar un efecto tan extraordinario y generoso (la Encarnación del Hijo de Dios). La causa fue el amor; y la ocasión para que Dios manifestara una vez más ese amor que le desbordaba su corazón fue el pecado de los hombres. Quiso, por puro amor, sin estar obligado a nada, salir a la reconquista del hombre, pues El había venido a llamar a los pecadores.

Y ese amor de Cristo en la Encarnación y durante toda su vida fue:

1. Incomparable y único porque nos ama con todo su corazón. No ama como hacemos los mortales, "a ratos". Incomparable, porque nada hay que se pueda comparar con este misterio: un Dios que se hace pequeño. Único, porque como Dios nadie puede amarnos nunca.

2. Amor sanante porque viene a cubrir nuestras miserias, a condescender con nuestras fragilidades, a perdonar nuestros más hondos pecados. A pesar de que había una distancia infinita entre Dios y el hombre, entre el ser y la nada, entre la santidad y el pecado...sin embargo, para el amor no hay distancias ni obstáculos invencibles. Tanto se abajó el Hijo de Dios al hacerse hombre que san Pablo no vacila en llamar a este misterio no sólo destrucción sino auténtico aniquilamiento: "exinanivit, formam servi accipiens": tomando la forma de siervo.

3. Amor elevante porque no sólo limpia, sino que diviniza; no sólo perdona, sino que da la fuerza para auparnos a besar a Dios, a abrazarle, a acunarle. Sabemos por la sana filosofía que el amor cuando nace tiende irresistiblemente hacia la unión espiritual con el amado; y ese amor, cuando se consuma no es otra cosa que esa misma unión. Ahora bien, como el hombre no podía elevarse por sí mismo hacia Dios y abrazarle, entonces tuvo que ser el mismo Dios quien se agachó a nosotros, como contaba el filósofo chino. Pero al agacharse, Dios no perdió nada ("Siendo El de condición divina...", Fp 2,6).

Navidad: desbordamiento del amor de Dios al hombre. Locura del amor de Dios. Si queremos que haya Navidad en nuestro corazón no tenemos otra cosa que hacer que abrir el corazón y aceptar esa invasión del amor de Dios. Ojalá que también nuestro amor a El y a nuestros hermanos tenga algo de locura, porque nos damos sin medida, sin tasa, sin regateos, sin tacañerías.

Pidamos la locura del amor. Tenemos que incendiar este mundo y hacer de él un inmenso manicomio espiritual donde sólo tengan visado los apasionados y locos por Cristo y por el Reino.


Autor: P Antronio Rivero LC | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 12 de diciembre de 2007

La Guadalupana, tu madre

Para los que tienen fe, hay un faro de esperanza en la Colina del Tepeyac que se llama Santa María de Guadalupe

El nombre más repetido en las mujeres mexicanas es el de GUADALUPE. Por eso muchas celebran su santo el 12 de Diciembre, fecha en que una mujer vestida de princesa, se le apareció a un natural de esta tierra, a Juan Diego, en la Colina del Tepeyac.

Santa María de Guadalupe es el nombre de la celestial Señora. Ella pidió que se construyera un templo, y el templo se construyó. Más aún, hace algunos años se construyó un nuevo santuario más grande y moderno para dar cabida a un número mayor de peregrinos.

Hoy se encuentran muchísimos templos en todo México dedicados a la Virgen de Guadalupe. Casi todas las ciudades tienen el suyo.
¿Para qué pidió un templo? Para que todos nos sintiéramos en su casa cuando fuéramos allí a rezar, para poder decir a cada habitante de nuestro país las mismas palabras que dirigió a Juan Diego: “No temas, ¿no esto yo aquí que soy tu Madre?”

Hermosas palabras que nos quiere decir a cada uno todos los días, pero sobre todo en esos días amargos, días de dolor y desesperanza.

“No temas, ¿no esto yo aquí que soy tu Madre?...” Tenemos miedo de tantas cosas, miedo de perder la salud, el dinero, a que nos roben, miedo al futuro. Existe mucho miedo en el ambiente. “No temas...”, nos dice Ella.

El 12 de Diciembre hasta los más duros se ablandan, van de rodillas ante la Guadalupana.

Santos y pecadores, borrachos y mujeriegos, quizá hasta le juren a la Virgencita que van a cambiar para siempre, y al día siguiente vuelven a ser los mismos. Pero hicieron el intento, y cualquier intento es bueno. Ella se los toma en cuenta. Después de tantos intentos fallidos, basta que uno de esos esfuerzos de resultado.

Yo me pregunto si México sería el mismo si no hubiera intervenido en su historia la Reina del Cielo.

Me impresiona que los mismos inicios de México como nación, interviniera tan amorosamente esa Persona a quién con santo orgullo se le llama “Reina de México”.

En aquel momento era necesaria la ayuda y protección de la Madre de Dios. Hoy es mucho más necesaria. Los males de México son tantos y tan duros que se necesita la ayuda del cielo para remediarlos. Creo que no bastan los buenos políticos y los buenos economistas.

¡Reza, México, a tu Reina!, para que puedas ser liberado de este naufragio. Esa Reina no ha devaluado su amor a México ni a los mexicanos, hoy los quiere como entonces, pero se necesitan millones de manos alzadas al cielo, millones de rodillas que toquen la tierra rezando, millones de lenguas y corazones que unan su voz y su amor en una oración gigantesca y sonora a la Reina de México, para que venga a auxiliarnos en esta hora difícil.

Para los que tienen fe, hay un faro de esperanza en la Colina del Tepeyac que se llama Santa María de Guadalupe.

El tesoro más rico que México tiene es una tilma sencilla donde la Madre de Dios se pintó a sí misma para que al contemplarla oyéramos todos su dulce mensaje: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”


Autor: P. Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net

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martes, 11 de diciembre de 2007

El Buen Pastor siempre nos busca

Adviento. Esperar con la seguridad de que siempre estamos siendo buscados por un Pastor que se alegra cuando nos encuentra.

"Una voz dice: ´¡Grita!´ Y yo le respondo: ´¿Qué debo gritar?’. Todo hombre es como la hierba y su grandeza es como flor del campo. Se seca la hierba y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”.

Durante el Adviento no debemos olvidar dos dimensiones básicas de lo que la esperanza —virtud con frecuencia muy olvidada— significa para el ser humano. Lo que cada una de nuestras vidas tiene que anunciar al mundo en el que vivimos no es otra cosa sino que la esperanza se basa en un Dios cuya palabra permanece para siempre.

La esperanza no se basa en el hombre, sino en un Dios fiel, que llega lleno de poder y al que acompaña el premio de su victoria. Éste es el Dios en el cual nosotros creemos, en el cual nosotros esperamos: Un Dios que no defrauda; un Dios que apoya y sostiene al hombre en todo momento; un Dios que acoge y recibe al ser humano necesitado, hoy más que nunca, de alguien que le diga en quién puede esperar.

No puedes poner tu esperanza ni cimentar tu vida en nadie más, porque todo es como la flor y como la hierba: la flor se marchita y la hierba se seca. Si tú te afianzas en el Señor, jamás te marchitarás ni te secarás. Nunca serás una oveja perdida, jamás tu existencia estará alejada de Aquel que es tu gozo, tu alegría y tu certeza, porque estarás apoyado en Dios, cuya palabra permanece para siempre.

¡Qué hermosa imagen es la del pastor que lleva en sus brazos a los corderos recién nacidos que todavía no pueden caminar! ¡Qué bella figura es la del pastor que atiende a las ovejas que acaban de dar a luz a los corderitos, y que por estar más débiles, no pueden ir al ritmo del resto del rebaño en la peregrinación hacia los pastos verdes!

Pero, ¿quién es el Pastor? ¿Quién te carga? ¿Quién te espera? ¿Puedes decir con serenidad, con paz, que quien te carga y quien te espera es sólo Dios? ¡Cuántas veces eres cargado por la opinión de los demás, por las circunstancias, o por los bienes materiales! Y sin embargo, ninguno de ellos permanece para siempre.

Tenemos que tener en cuenta que es necesario afianzar nuestra esperanza en Alguien que nunca nos defraude, que nunca nos falle. Y que por mucho que nosotros esperemos en un hombre o en una mujer con muchas cualidades, que está muy cerca de nuestra vida, que nos apoya en todo momento, ese hombre o esa mujer son tan débiles como nosotros, y por lo tanto, no siempre nos van a poder sostener, ayudar o estar a nuestro lado.

En el Evangelio de San Mateo, Cristo nos habla de un Pastor que no sólo nos sostiene y nos carga, sino que nos habla de un Pastor que busca a la oveja que se perdió. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que este Pastor encuentre a la oveja? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que la oveja se dé cuenta que está siendo buscada por su Pastor? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que la oveja acepte al Pastor que la busca? ¿Qué pasaría si la oveja ve venir al Pastor, se mete por vericuetos muy complicados y huye más lejos, o si a la oveja le da vergüenza haber huido del rebaño, se esconde y no permite que el Pastor llegue a ella?

No importa cuánto tiempo tenga que pasar, ni dónde se haya metido la oveja, el Pastor la va a seguir buscando. Estemos donde estemos: en el rebaño o fuera de él; estemos como estemos: cansados o con temor, siempre tenemos que tener la certeza, la esperanza de que el Pastor jamás va a dejar de buscarnos, de que Él siempre estará dispuesto a cargarnos sobre sus hombros.

¡El Pastor siempre busca! A veces busca Él mismo en tu corazón, a veces te busca a través de otros seres humanos, a veces te busca a través de las circunstancias, porque lo último que quiere el Pastor es que pierdas la esperanza de que estás siendo buscado. Esa certeza es lo que aviva el alma de todo hombre y de toda mujer de la peor de las desesperaciones, de la peor de las angustias, que es la desesperación y la angustia de la propia soledad, del saberse solo frente a la propia miseria, del saberse abandonado frente a la propia pequeñez.

Cuando la esperanza se apoya en el Señor, cuando Dios sabe que tu alma está esperando en Él, el primero que se alegra es Él. ¿Cuánto vale una oveja entre noventa y nueve? Muy poco, casi nada. Y sin embargo, ese muy poco y casi nada se multiplica por el amor infinito de Jesucristo, por el amor infinito de un Señor y de un Redentor que te busca en sus inspiraciones, en las circunstancias, a través de los hombres, a través de caminos de santificación cristiana.

Adviento es el tiempo de la esperanza en el que caminamos al encuentro del Pastor que ha venido a Belén para poder amarnos con un corazón como el nuestro, para poder mirarnos con unos ojos como los nuestros, para poder entregarse en la Cruz con un cuerpo como el nuestro. Hay que saber esperar con la seguridad de que siempre estamos siendo buscados por un Pastor que se va a alegrar cuando nos encuentre.

Que el Adviento sea un motivo de esperanza, porque tenemos la certeza de que ese dolor, ese miedo, esa tristeza, esa desesperación o esa debilidad de nuestra existencia está siendo buscada por un Pastor que no te busca sólo a ti, sino que a través de ti quiere ser luz y esperanza para poder encontrar a otros muchos.

¿Quién te buscó a ti? ¿Quién te encontró? ¿Llegaste solo? ¿Quién te trajo? Quien te trajo fue un pastor, y ese pastor, a su vez, fue traído por otro Pastor. Convierte tu corazón en fuente de esperanza para tantos hombres y mujeres que no la tienen. Transforma tu vida en un camino del Pastor que busca sin cesar a todo hombre y a toda mujer que, por la razón que sea, no está en su rebaño.


Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

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jueves, 6 de diciembre de 2007

Anunciad a todos los pueblos: Dios viene, nuestro Salvador.

¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora!

La liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: Dios viene. Esta expresión tan sintética contiene una fuerza de sugestión siempre nueva.

Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado--Dios ha venido-- ni el futuro, --Dios vendrá--, sino el presente: Dios viene. Si prestamos atención, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que siempre tiene lugar: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá una vez más. En cualquier momento, «Dios viene».

El verbo «venir» se presenta como un verbo «teológico», incluso «teologal», porque dice algo que tiene que ver con la naturaleza misma de Dios. Anunciar que «Dios viene» significa, por lo tanto, anunciar simplemente al mismo Dios, a través de uno de sus rasgos esenciales y significativos: es el Dios-que-viene.

El Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con el pasar de los días, de las semanas, de los meses: ¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora! El único verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene.

Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir» se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos.

Vivamos pues este nuevo Adviento --tiempo que nos regala el Señor del tiempo--, despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad así en el cielo como en la tierra.

Dejémonos guiar en esta espera por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos de los siglos. Amén.


Extracto de la homilía que pronunció Benedicto XVI durante la celebración de las vísperas del primer domingo de Adviento. Diciembre 2006


Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 5 de diciembre de 2007

Saberse necesitado de Dios

Adviento. Permitamos que Cristo entre en nuestro corazón para que sea Él quien guíe nuestra vida.

Isaías: 25, 6-10.
San Mateo: 15, 29-37.

“¿Dónde vamos a conseguir, en este lugar despoblado, panes suficientes para saciar a tal muchedumbre?”. Este párrafo del Evangelio nos ubica en una dimensión del Adviento muy básica: el hecho de que cada uno de nosotros tiene que saberse necesitado de Dios.

Es muy fácil decir “yo necesito a Cristo”, “el Señor es alguien importante para mí”, “Él me hace falta”. Pero, cuántas veces, la experiencia nos lleva a la afirmación contraria, nos lleva a pensar que somos hombres o mujeres que podemos bastarnos a nosotros mismos. En muchas ocasiones esto no lo hacemos de una forma consciente, pero sí de una forma escondida dentro de nuestro corazón. Y tenemos que tener muy claro que por el hecho de estar escondida, no significa que no sea efectiva y válida.

No basta saber que uno está alejado de Dios, tenemos que sabernos necesitados de Él. Solamente puede llegar a Belén, puede encontrarse con Cristo, aquel que lo necesita. Si no es así, es como si uno de estos tullidos, ciegos, lisiados o mudos, de los que nos habla el Evangelio, dijese: “Estoy tullido, estoy ciego, estoy lisiado o estoy mudo, pero yo de Jesús no necesito nada”.

¿Qué significa necesitar a Cristo? Significa, en primer lugar, darme cuenta que Él tiene que ser el elemento fundamental de mi vida. Él tiene que convertirse en criterio, en norma, en ley, en orientación de mi existencia. Cristo tiene que ser el punto de referencia al cual yo le pregunto, con el cual yo me confío, con el cual yo me presento.

Necesitar a Cristo, por otra parte, significa estar dispuesto a poner el remedio que Él me quiera indicar, estar dispuesto a asumir todo lo que Él me pida. Cuántas veces nos creemos muy inteligentes y, entonces, tomamos de Cristo lo que nos conviene tomar, la parte que nos interesa, la parte que nos satisface. Cuántas veces soy yo el que le dice a Cristo lo que necesito, en vez de dejar que sea Él el que me lo indique. Cuántas veces no le damos a Cristo la libertad para que sea Él el que nos diga: “Esto es lo que tú necesitas”. Cada uno de nosotros tendría que revisar cuáles son las condiciones que le quiere imponer a Cristo, y preguntarse si nada más necesita un trocito de Cristo o lo necesita totalmente.

Pidámosle a Nuestro Señor que nos conceda la gracia de sentirnos necesitados de Él. Permitamos que Cristo entre en nuestro corazón para que sea Él quien guíe nuestra vida, porque sólo así estaremos en el camino verdadero que conduce al encuentro con el Señor en Belén.


Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

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martes, 4 de diciembre de 2007

El amor platónico

Si tienes un novio o una novia, pregúntale: ¿serías capaz de morir por mí?

Cuando era niño me gustaba escuchar hablar a mis hermanos sobres sus amores platónicos. Apenas podía comprender al mayor de todos: con sólo 16 años ya tenía 10 amores platónicos y en la lista 3 cantantes, 4 actrices de moda y tres de sus profesoras.

- ¿Cómo puedes amar a las diez al mismo tiempo?

- No te preocupes, enano –respondía con aire de don Juan- cuando seas grande comprenderás.

Años más tarde comprendí. El amor platónico es aquel que se va tan rápido como viene, el amor sin interlocutor y del cual te avergüenzas cuando llegas a la edad madura. El amor idealista.

Peno no sólo aprendí eso. Supe que hay amores ideales, amores platónicos que llegaron a ser realidad.

Bruno, el protagonista de esta historia lo cuenta así a sus amigos:

- Hoy, hace 27 años, en una tarde de verano, Isabel pasó por primera vez delante de mis ojos, para quedarse por siempre en mi corazón. Ella, joven bien educada, de familia burguesa, rostro angelical. Yo, muchacho loco en servicio militar…

Recuerdo –continua Bruno- que aquella misma noche fui con Nuestra Señora, para decirle: “Madre, esta joven será mi mujer”. Y así fue. Una primera palabra, un primer encuentro, dos años de noviazgo, un matrimonio de ensueño.

¿Cuál es la diferencia entre Bruno y tantos otros hombres y mujeres que juegan al amor platónico?, ¿qué le falta al amor?, ¿qué nos falta a nosotros?

Yo sé lo que falta. Le falta determinación, le falta ese acto de voluntad por el que yo escojo a alguien como objeto de mi amor. Le falta identificación con la persona amada hasta el don de sí mismo. Es este el verdadero amor conyugal. Para los romanos el amor conyugal era ese lazo de amistad creado por la semejanza de costumbres. El cristianismo lleva este amor más lejos, hasta la identificación en una sola carne de una mujer y de un hombre. Sólo quien está dispuesto a perderse en el amado, a hacerse uno con lo que se ama, está listo para iniciar el combate del amor.

Si tienes un novio o una novia, pregúntale: ¿serías capaz de morir por mí? Si me muero en este instante, ¿me guardarías en tu corazón eternamente, sin buscar a nadie más, esperando con ansiedad el día de tu muerte para encontrarme de nuevo? Son preguntas radicales, pero cuando se trata de amar no hay extremos. Los amores epidérmicos, las promesas de amor eterno bajo la luna, son amores idealistas si sólo buscan aprovecharse del otro. Si la luna hablara, cuántas verdades nos diría a cerca de tantas mentiras.

La nueva realidad de este amor de dos hecho uno, exige un paso de compromiso. El que ama busca los medios más propicios, el ambiente donde el amor continuará creciendo. Propio del amor conyugal es el estar protegido por un pacto. La alianza es la culminación de mi elección y el paso natural para quien ama verdaderamente.
Quienes ven el matrimonio un enemigo de la libertad, niegan al mismo tiempo la sinceridad de sus sentimientos. En pocas palabras, quien dice: “Quiero una relación libre” está diciendo: “Tú has tomado una parte de mi libertad, no quiero que vayas a manipularme completamente”.

Esta misma realidad se aplica a los hombres y mujeres unidos por un matrimonio donde no hay verdadero amor. Tan falso es el amor sin compromiso como el compromiso sin amor.

El matrimonio es sólo una etapa. El compromiso ratifica el amor, al mismo tiempo que lo abre a la realidad de la comunión. El amor conyugal se convierte en caridad conyugal por el ejercicio cotidiano de la entrega. Las palabras, los gestos, las actitudes, todo cuenta en esta nueva realidad entre dos. Una llamada durante una gira de trabajo, una confidencia, una sonrisa… todos los detalles encienden el fuego de la caridad conyugal. Y por supuesto, el matrimonio abre el amor a los hijos.

He aquí el camino recorrido por Bruno: elección, identificación, compromiso y don de sí. Gracias Bruno por tu ejemplo. Gracias a todos los hombres y mujeres casados que nos edifican con su fidelidad en la entrega de todos los días.


Autor: Rogelio Villegas, LC | Fuente: Catholic.net

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Él vino a Belén para quedarse con nosotros para siempre.

Adviento. Jamás debemos sentirnos solos. Dios está cerca de nosotros, se ha hecho uno de nosotros, naciendo de María.

Un Adviento de esperanza

"El reino de Dios está cerca. Estad seguros: no tardará"

Estas palabras, expresan el clima, impregnado de ferviente esperanza y oración, de nuestra preparación para las fiestas navideñas, ya cercanas.

El Adviento mantiene viva la espera de Cristo, que vendrá a visitarnos con su salvación, realizando en plenitud su reino de justicia y paz. La conmemoración anual del nacimiento del Mesías en Belén renueva en el corazón de los creyentes la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por tanto, el Adviento es un fuerte anuncio de esperanza, que toca en lo más hondo nuestra experiencia personal y comunitaria.

Todo hombre sueña un mundo más justo y solidario, donde unas condiciones de vida dignas y una convivencia pacífica hagan armoniosas las relaciones entre las personas y entre los pueblos. Sin embargo, con frecuencia no sucede así. Obstáculos, contrastes y dificultades de diversos tipos abruman nuestra existencia y a veces casi la oprimen. Las fuerzas y la valentía para comprometerse en favor del bien corren el riesgo de ceder ante el mal, que parece triunfar en ocasiones. Es especialmente en estos momentos cuando viene en nuestra ayuda la esperanza.

El misterio de la Navidad, que reviviremos dentro de pocos días, nos asegura que Dios es el Emmanuel, Dios con nosotros. Por eso, jamás debemos sentirnos solos. Dios está cerca de nosotros, se ha hecho uno de nosotros, naciendo de María. Ha compartido nuestra peregrinación en la tierra, garantizándonos la alegría y la paz a las que aspiramos en lo más íntimo de nuestro ser.

Al hombre, que busca la comunión con Dios, el Adviento, y sobre todo la Navidad, le recuerda que es Dios quien tomó la iniciativa de salir a su encuentro. Al hacerse niño, Dios asumió nuestra naturaleza y estableció para siempre su alianza con la humanidad entera.

Por consiguiente, podríamos concluir que el sentido de la esperanza cristiana, que el Adviento nos vuelve a proponer, es el de la espera confiada, la disponibilidad activa y la apertura gozosa al encuentro con el Señor. Él vino a Belén para quedarse con nosotros para siempre.

Alimentemos, por tanto, amadísimos hermanos y hermanas, estos días de preparación inmediata para la Navidad de Cristo con la luz y el calor de la esperanza.

¡Feliz Adviento! y ¡Feliz Navidad a todos!

Fragmento tomado de la Audiencia general del miércoles. Diciembre de 2003.


Autor: Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

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jueves, 29 de noviembre de 2007

La espera

Esperar a Dios y ser esperados por Dios. El encuentro definitivo llegará, para alguno, este día.

«Salvados por la esperanza» («Spe salvi»), la nueva encíclica de Benedicto XVI, se publicará el 30 de noviembre.

La segunda encíclica de este pontificado continúa meditando en la segunda de las virtudes teologales, después de haber reflexionado sobre el amor en «Deus caritas est» (firmada el 25 de diciembre de 2005)

Benedicto XVI reflexiona en la carta de san Pablo a los Romanos 8, 24, en la que dice: Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve?.

Meditemos hoy sobre esta virtud de la Esperanza para prepararnos a esta Encíclica del Papa:

En una esquina, junto al bar, a la entrada de un cine, en la estación: en muchos lugares hombres y mujeres esperan.

Esperan. ¿Qué esperan? Cada uno espera a alguien. Al novio, una chica enamorada. A la novia, un chico que necesita algo de esperanza. Al hijo, el padre que lo vio partir un día hacia una guerra inesperada. Al padre, ese hijo que lo quiere otra vez en casa, después de años sin poderse abrazar.

Esperan. ¿Cuándo llegará? El tiempo pasa, los minutos se hacen eternos. Los ojos giran y giran para descubrir si aquel bulto, a lo lejos, es ese ser querido, la persona esperada, la alegría que anhela el corazón.

Unos esperan y otros son esperados. Quien camina al lugar de la cita sólo desea una cosa: que le estén esperando. Es triste llegar al cine y no encontrarse con el amigo, o regresar al pueblo y no ver a nadie en la estación. Causa un dolor inmenso descubrir que quien debía esperarnos ya no se encuentra en el mundo de los vivos...

Esperar y ser esperado. Podemos preguntarnos ahora: ¿espera Dios? ¿Le esperamos? Más allá de las nubes y más acá de las flores, donde el horizonte se viste de colores y donde los niños juegan a canicas, donde una anciana busca sus gafas oxidadas y donde un nieto deja su “nintendo” para ayudar a preparar la cena.

Dios nos espera detrás de cada pensamiento, de una lágrima, de un diploma o de un choque en carretera. Dios nos espera también cuando pecamos, cuando probamos un poco el gusto de una libertad mal usada, lejos de sus brazos y lejos, a veces, de los brazos de quienes nos aman de veras. Dios nos espera cuando permite una enfermedad o esos ratos largos, eternos, de insomnio en una noche de verano.

Nosotros, ¿esperamos a Dios? ¿Lo buscamos en la oficina, en la fábrica, en los campos que se visten de amapolas, en los jilgueros que cantan la mañana?

Esperar a Dios. No hay que ir lejos para ir a su encuentro, aunque a veces no nos resulte fácil abrir el corazón a ese cariño que nos hace desear su abrazo, porque nos abruman los mil problemas de la vida, porque nos distraen pequeños juegos o programas informáticos.

Esperar a Dios y ser esperados por Dios. El encuentro definitivo llegará, para alguno, este día.

Una estrella se apaga y otra se enciende, mientras la luna acaricia, con suave luz, una tierra que llora a los que parten, mientras los ángeles del cielo inician la fiesta del banquete. Un hijo entra en casa y es abrazado por un Padre que lo esperaba con amor eterno...


Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

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sábado, 17 de noviembre de 2007

María, remedio de remedios

¡Virgen María! el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado es mucho mayor que el mal del enemigo.

Nos gusta mucho mirar los males que padece nuestro mundo, la sociedad que nos rodea. Y no es porque seamos pesimistas, o porque tengamos manías autodestructivas o masoquistas, como se dice, ¡no!... Si mi-ramos nosotros el mal, es porque queremos oponerle el bien.

Tenemos el optimismo debido, sabiendo que los males se pueden remediar cuando nosotros les aplicamos los medios oportunos.
Es lo que hacemos en nuestros mensajes siempre que sacamos a relucir algunos males: es porque sabemos que aplicamos a la enfermedad la medicina apropiada.

Hoy, por ejemplo, me gustaría tender de nuevo una mirada al mundo nuestro. El que ha perdido el sentido del pecado, el de las guerras, el de la droga, el del sexo desbordado, el del tráfico de la mujer y de los menores para la prostitución, el del materialismo, el de la rebeldía juvenil, el del infanticidio con el aborto despiadado, el del paganismo galopante... ¿De veras que no tiene remedio tanto mal?...


Digo esto, porque se me ocurre una anécdota muy interesante:

A mitades del siglo diecinueve, el Papa Pío IX estaba muy preocupado por los males que aquejaban al mundo. Le obsesionaba, sobre todo, el avance del Racionalismo que amenazaba gravemente el por-venir de la Iglesia. El Papa meditaba, exponía sus temores, consultaba. Y un Cardenal, famoso en la Roma de entonces por el montón de lenguas que hablaba, le decía repetidamente al Papa:

- Santidad, defina el dogma de la Inmaculada Concepción.

El insigne Cardenal sabía lo que se decía. Venía a decirle al Papa:

- Proponga al mundo, Santo Padre, un ideal muy alto de santidad, de belleza y de pureza.

El Papa le hizo caso y definió el dogma de la Inmaculada.


El Cielo, con las apariciones de Lourdes cuatro años después, vino a ratificar el gesto del Vicario de Jesucristo.

El Racionalismo encontró una roca de contención en su avance. Y la piedad cristiana se acrecentó enormemente con la devoción a la Virgen Inmaculada.

Ahora nos podemos preguntar nosotros. - ¿Nos encontramos hoy mejor o peor que en los tiempos del Papa Pío IX? ¿Tenemos o no tenemos derecho a estar preocupados? ¿Nos importa o no nos importa que muchos deserten de su fe; que se acomoden a un mundo cada vez más secularizado; que acepten prácticas totalmente paganas; que se rebelen contra la Iglesia y su Autoridad; en una palabra, que se vayan alejando cada vez más de Dios?...
Nos preocupa esto, y mucho, a los que nos llamamos cristianos y católicos, porque sabemos el riesgo que muchas almas corren de perderse.

Pero, al mismo tiempo, ¿no sabremos oponernos eficazmente para detener el mal y promover el bien?... ¿No podremos hoy volver también los ojos a la Inmaculada Virgen María?...

Si vivimos nosotros el amor, la invocación, la imitación de la Virgen, y si lo hacemos vivir a los demás, promoviendo su devoción, ¿no pondríamos el remedio de los remedios a muchos de los males que nos rodean?
La salvación nos vendrá siempre de Dios por Jesucristo. Pero, es que Jesucristo y Dios han tenido la elegancia con su Madre de confiarle a Ella los problemas más grandes de la Iglesia.

Además, nos la han propuesto como el modelo y el ejemplar de lo que Dios quiere de nosotros. ¿Qué ocurriría entonces, si amamos a la Virgen y la hacemos amar?...

¿Mirar a la Inmaculada, triunfadora del demonio en el primer instante de su Concepción, y dejarle al Maligno que avance por el mundo, destruyendo el Reino de Dios?... Imposible.

¿Mirar a María, ideal de pureza sin mancha alguna, y seguir sus hijos como víctimas vencidas de la impureza?... Imposible.

¿Mirar a María, la Mujer elevada a la máxima altura de Dios, honor y orgullo de la Humanidad, y no respetar, defender, promover y amar a la mujer como lo hacemos con María?... Imposible.

¿Mirar a María e invocarla, para que ayude hoy a la Iglesia, como la ayudó en los momentos difíciles de otros tiempos, y que Ella nos abandone a nuestra pobre suerte?... Imposible.

Todas esas cosas son imposibles porque María tiene un Corazón de Madre. Y es imposible que la Madre permanezca indiferente a los males de sus hijos.

Ciertamente que habremos de contar siempre con la malicia humana, guiada por el enemigo que desde el paraíso nos persigue a muerte para evitar nuestra salvación, llevado del odio que le tiene a Dios y la envidia con que nos mira a los redimidos. Dios previno esta lucha entre el dragón y la Mujer, pero la victoria definitiva se la asignó a la Mujer y no al dragón. María, Mujer delicada y Madre tierna, se presenta al mismo tiempo en la Biblia como una guerrera invencible en las batallas de Dios.

¡Virgen María! El mal del mundo es muy grande. Pero el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado es mucho mayor. La Iglesia, Pueblo y Familia de Dios, te invoca confiada. ¿Quién va a poder más, el enemigo o Tú?....


Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

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jueves, 15 de noviembre de 2007

¿Cómo hablar de alcohol con tus hijos?

¿Cómo hablar de alcohol con tus hijos?

“Ya estoy harto de escuchar a mis papás diciendo que soy un alcohólico. No quiero que me hagan sentir más mal de lo que ya me siento. Lo que quiero es que me ESCUCHEN, que simplemente me digan como mis amigos, no la ”riegues” sin regañar, sino con consejos. Yo empecé a tomar a los 14 en casa de mis amigos porque sino tomaba no era cool; pero ahora sólo soy tomador social, no como mis amigos que lo hacen por su conflicto con la sociedad y su familia; porque sus papás van y los “avientan” los viernes a la plaza, les dan $500 pesos y se van con la novia, los amigos, al golf y ni los pelan; ni quien les diga nada; para mí que les da miedo cuidar a sus hijos. Los papás creen que los hijos andan en bola en el cine, que están seguro, pero ni saben que los chavitos ya saben que si toman vodka huele menos y que si se “meten” coca ni se dan cuenta de que andaban hasta atrás. Además, con qué cara los regañan si cuando pasan por ellos “andan” igual”. (Testimonio de un joven universitario recabado en Focus Group para la Cátedra)

En días pasados se hicieron públicos los resultados de la Primera Encuesta sobre Adicciones entre los Capitalinos ; en dicho estudio se anuncia que casi 3 millones de personas entre los 12 y los 45 años consumen alcohol. 37.3% de los jóvenes entre los 12 y 17 años se declararon bebedores y 17.7% ya tienen condición de dependencia (14.6% hombres, 3.1% mujeres). Estas cifras suenan coincidentes con los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2006 desarrollada por el Instituto Nacional de Salud Pública que publicó que existe una tendencia sostenida a incrementar la ingesta con la edad. Particularmente reportó que en el grupo que comprende a los jóvenes entre 16 y 19 años, 21% de hombre y 10% de las mujeres dijeron consumir semanalmente de cinco a más copas en una ocasión.

Sin lugar a dudas muchos de nuestros lectores en estos momentos estarán pensando mi hijo, un sobrino, un amigo o un compañero muy probablemente es parte de esa estadística; ¿qué puedo y debo hacer? El pensamiento derivado de dicha reflexión habrá de llevar a muchos a decir: “tengo que hablar seriamente con él”; “¿Cómo le digo que está mal?”; “Sólo aprenderá hasta que le ocurra un accidente”; “lo llevaré con un especialista”. Un sector más activista hablará con algún amigo o compañero de trabajo y empezarán a mandar correos con presentaciones de accidentes, recolectarán firmas, pedirán el cierre de antros, negarán permisos y discutirán por horas con sus hijos sin llegar a una solución concreta. Pero, ¿realmente estas alternativas son la mejor solución para hablar de alcohol con los hijos?

Primeros pasos

Como padres, el temor porque nuestros hijos se expongan a situaciones de riesgo o se involucren en acciones que deriven en el abuso del alcohol es natural. No obstante, pocas son las veces en que encontramos el momento oportuno, la palabra precisa o el lugar indicado para abordar el tema del alcohol en la familia.
Los expertos hoy día han encontrado que más allá del ataque, la satanización del alcohol o el emprender medidas radicales hay que emprender estrategias inteligentes de educación y prevención basadas en la comunicación efectiva y afectiva. ¿Cómo iniciar?

1.Dar testimonio. La falta de límites, reglas claras y testimonios de congruencia en el seno familiar son la principal motivación para la iniciación, el consumo y el abuso. Dado que el consumo de bebidas con alcohol está tan arraigado en nuestra cultura y nuestras costumbres, desde pequeños los hijos han visto que en casa la mayoría de las personas adultas beben alcohol en situaciones específicas asociadas con el festejo, las celebraciones y la interacción social natural. Por ello, se vuelve importante que sean los padres y los adultos cercanos los que muestren un consumo moderado y responsable que jamás derive en la embriaguez.

2. No ser permisivos ni tolerantes ante el consumo de menores. Por muy común que sea el uso de alcohol en nuestra cultura es un hecho científico que los menores no deben beber alcohol y mucho menos el que sean los padres los que permitan y toleren esta situación. Tanto niños como jóvenes son más sensibles a los efectos del alcohol y más vulnerables a involucrarse en situaciones peligrosas debido a que por lo general los adolescentes no preveen riesgos. Además, se ha comprobado que entre más temprano se inicien en el consumo más propenso serán a tener problemas con la bebida.

3. Fije normas y límites. ¡Cumpla su palabra! Cuando un niño o un adolescente no tiene normas claras es casi un hecho que opte por beber a la primera manifestación de presión social o curiosidad. Establezca normativas precisas sobre el consumo de alcohol: “los adolescentes no deben beber”, “no se debe conducir si se ha tomado”. Es muy importante que establezca sanciones y que nunca las suspenda o disminuya.

4. Fomentar la responsabilidad. Si uno como padre ha decidido beber, debemos ser los primeros en ser responsables. El alcohol en sí no es malo, lo que resulta inconsciente es el uso inapropiado. Nuestros hijos deben saber esa diferencia; deben saber que existen personas que como ellos no deberían beber: el alcohólico, los hipersensibles al alcohol, las mujeres embarazadas, los enfermos, los que manejan, los que están trabajando. Si los hijos ven que sus padres abusan del alcohol ellos repetirán la conducta. Los hijos deben ver en sus padres un modelo responsable y digno de imitar.

5. Hablar y conocer. Para cualquier acercamiento sincero es importante el diálogo y la comunicación con los jóvenes. Es fundamental establecer empatía mostrando interés por su mundo y su persona. La comunicación profunda permitirá a los padres conocer y descubrir los problemas personales, familiares o sociales que mueven en el fondo a sus hijos al consumo y abuso del alcohol.

6. Diga no a los sermones. La edad ideal para hablar sobre el alcohol, no es después del primer consumo o abuso. Los especialistas recomiendan hacerlo entre los 8 y los 11 años; edad en la que aún no manifiestan la rebeldía del adolescente que busca ser independiente, pero ya cuentan con la suficiente madurez para comprender. Se recomienda hablar en periodos cortos y oportunos; al otro día en que el chico bebió, nunca cuando esté bebido. Hable claro y exponga siempre los riesgos y las posibles consecuencias. Para una buena comunicación, aprenda a escuchar y dar un ejemplo o testimonio que refuerce lo dicho.

7. Cariño e interés. En cierto momento de su desarrollo, tanto niños como jóvenes se sienten solos y buscan en sus pares el afecto, la estima y la atención que no encuentran en casa.

8. Ofrecerles información objetiva. Los jóvenes particularmente rehuyen a las actitudes autoritarias y moralistas, tienden a desconfiar de los adultos que les brindan información distorsionada, que sataniza conductas o exagera los peligros. ¡Cuide muy bien lo que les diga!

Su contacto con los medios de comunicación, otros jóvenes y adultos hace que no se crean todo contenido o información que reciban. En la medida que sean motivados a ser autogestivos, a usar su creatividad e imaginación buscarán definir su problemática e identificar soluciones.

Si aún está a tiempo, hable con sus pequeños y adolescentes sobre el alcohol. Si ya han decidido beber, recuerde: nunca es tarde para hacerlo responsablemente. No arriesgue a su familia, mejor arriésguese por una buena comunicación.

Dónde acudir

Para mayor información te invitamos a consultar los servicios informativos que ha desarrollado la Fundación de Investigaciones Sociales A. C (FISAC) en colaboración con la Cátedra FISAC-Anáhuac en comunicación para la responsabilidad en el consumo y la sana convivencia:
Portal:www.alcohlinformate.org.mx
Blog para padres: www.padres.alchlinformate.org.mx
Blog para jóvenes: www.jovenes.alcholinformate.org.mx
O solicitando en su escuela los Talleres Tipps para la promoción de la salud, la responsabilidad y moderación ante el consumo de bebidas con alcohol impartidos por FISAC: 5545-6388, 5545-7027, 5545-7216 y 5545-9981 en la ciudad de México

Puntos importantes a considerar

1:

¡Foco Rojo! ¿Cómo saber que se está rebasando el consumo responsable?
· Deseo persistente por beber
· Tolerancia
· Incapacidad de control
· Emplean mucho tiempo para conseguir alcohol o recuperarse de sus efectos
· Reducción de actividades sociales, laborales o recreativas debido al consumo
· Uso continuado a pesar de tener conciencia de problemas psicológicos o físicos causados por el consumo

2:

Principales lugares de consumo en los menores
· Casa (34.88%)
· Casa de otras personas (26.92%)
· Restaurantes (10.97%)
· Bares o antros con licencia para expender alcohol (11.58%)
· Lugares sin licencia para expender alcohol (2.83%)
· En la calle (6.05%)
· En el trabajo (2.39%)

3:

Situaciones que favorecen el inicio en el consumo de bebidas con alcohol
· Acontecimientos sociales
· Quince años
· El paso de la adolescencia a la adultez
· Bodas
· Partidos de futbol
· Conciertos
· Salida a antros

4:

Tipps para una fiesta responsable
Con el fin de iniciar una cultura de responsabilidad ante el consumo en casa ofrecemos los siguientes consejos:
• Inicie las reuniones familiares ofreciendo bebidas sin alcohol: jugos de frutas, refrescos o agua. Piense también en los invitados que han elegido no ingerir bebidas con alcohol.
• Sus amigos y usted son el alma de la fiesta, las bebidas son un complemento.
• Organice juegos, baile, conversaciones sobre temas de interés.
• Para que su fiesta o reunión tenga un final feliz, recuerde que lo ideal es divertirse, no excederse.
• Ofrezca botanas al comenzar la fiesta, ya que el alimento hace que el alcohol llegue más lentamente a la corriente sanguínea.
• Beba despacio e intercale bebidas sin alcohol.
• Si está bebiendo para cambiar su estado de ánimo, ¡cuidado!
• Si alguien se emborracha en su casa, invítelo a que se quede a dormir, llévalo a su casa o pídela un taxi de sitio.
• Si alguien sufre una congestión alcohólica, llévelo a la institución hospitalaria más cercana, al área de urgencias, y procure que repose de costado, ya que podría vomitar y ahogarse.

5:

¿Por qué algunos jóvenes han decidido no beber alcohol?
En la Encuesta Nacional de Adicciones 2002, 64% de los menores -que confesaron que nunca habían bebido- mencionaron como causas: el que en su casa no se acostumbraba; por su religión; por miedo a tener problemas y porque no les llamaba la atención. Mientras que en el 36% restante se vio que -más allá de los modelos difundidos por los medios de comunicación y la presión social- es en la propia casa o en la de familiares y amigos donde se indujo a la prueba, ya sea porque era una conducta normal entre los miembros de la familia; los padres quisieron romper mitos, tabúes y “enseñar” que no tenía nada de mala; para superar la curiosidad o simplemente como una forma de iniciación o mostrar maduración a la sociedad.

6

¿Por qué si lo tienen todo, los jóvenes quieren beber?
Durante las entrevistas realizadas, los jóvenes comentaron que consumen bebidas con alcohol: porque si no toman, no están en el mismo canal que sus amigos; por la presión social; por costumbre; porque si no serán vistos como los aburridos; por quedar bien con el novio/a; porque han sufrido violencia intrafamiliar; por presión escolar y la extrema exigencia de los padres; por sus problemas familiares y sociales.

“En México más de 3.5 millones de jóvenes entre los 12 y los 17 años se consideran actualmente bebedores” (Encuesta Nacional de Adicciones 2002)


Autor: Jorge Alberto Hidalgo Toledo | Fuente: Catholic.net

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martes, 13 de noviembre de 2007

Dos caminos, ¡escoge!

Repasa un poco tu vida y contempla si tienes las manos llenas o vacías

Recojo aquí los pensamientos de un joven que un buen día se puso a reflexionar sobre qué camino iba a seguir en su vida, para aprovecharla bien y tomársela en serio. Te invito a reflexionar también sobre el rumbo que vas a dar a tu existencia. Hay muchos caminos. Así pensaba este joven:

Uno, el camino fácil del "tirar adelante" por la vida, sin mayor preocupación: buscarme una buena fuente de recursos para mi sustento y, eventualmente, para asegurar el futuro de una familia; tratar de ganar buen dinerito; soslayar del mejor modo posible las penurias de la vida; y gozar al máximo los pocos años que tenía delante de mí.

El otro camino se presentaba, con mucho, más arduo y escabroso. Se trataba de construir la vida, minuto a minuto, mirando hacia la eternidad. Tomar cada instante de mi tiempo como una oportunidad que Dios me concedía para hacer algo por Él y por el bien de mis hermanos. "Invertir", por así decir, cada segundo, en algo constructivo, en algo que sirviera para los demás, y me asegurara, además, la vida eterna.

Te confieso que estas frases han cambiado por completo mi existencia. Las leo y releo con mucha frecuencia. Alimentan mi ilusión, mi deseo de aprovechar con avaricia la vida.

Y a ti, ¿no te dicen nada? ¿Qué camino has escogido o piensas escoger? Para escoger entre estas dos opciones nunca será tarde mientras nos dure la vida. No dudes, reflexiona, medita, escoge...

Por mi parte, no quiero terminar mi existencia en este valle sin dejar huella en el mundo y en los corazones de quienes se han encontrado conmigo. Pero sobre todo, no deseo, por nada del mundo, llegar a la eternidad con las manos vacías.

"No hay persona con la que nos hayamos puesto en contacto que no sea un poco mejor o un poco peor por habernos conocido. No importa que nuestro encuentro haya sido breve; influimos, para bien o para mal, en todos aquellos que se acercan a nosotros". Leía hace unos días este pensamiento en un diminuto libro de Leo J. Trese, titulado "Un paso me basta".

Sinceramente, no me había detenido a pensar mucho en esta realidad. ¿Cuántas, cuántas personas han hablado y convivido conmigo? ¿Cómo he influido en su vida? A veces, ni siquiera se han acercado a nosotros, pero nos han escuchado, han leído nuestros artículos o libros, nos han visto de lejos o de cerca.

Pregúntate con la poetisa: "Y al fin, cuando me vaya fría, pálida, inerte.... ¿Qué dejaré a la Vida? ¿Qué llevaré a la muerte?".

Repasa un poco tu vida y contempla si tienes las manos llenas o vacías.

Pasa la mirada por nuestro querido planeta y contempla quién va por ambos caminos. En uno encontrarás gente tirada, hastiada, con ganas de dar marcha atrás o de acabar pronto. Y hay miles de salidas rápidas, de emergencia.

En el otro, gente llena de ilusión y felicidad, con ganas de vivir, con fuerzas para sonreír, con ojos de satisfacción.

Que tu vida no sea una melodía vulgar, monótona y ramplona, como escribió en una ocasión Pío Baroja.

Concluyo con unas palabras de este mismo joven del que te hablo, palabras que figuran en su diario unos cuantos años más tarde: "Cómo quisiera detener el tiempo con una mano y seguir trabajando con la otra. Pero el tiempo es inexorable. Rueda y rueda, y cada vuelta me va robando energías y vida".


Autor: - | Fuente: Catholic.net

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martes, 6 de noviembre de 2007

Él saca de cada uno lo mejor que tiene.

Cristo sacó de todos los que le siguieron lo mejor que tenían y también lo sacará de ti.

“Jesucristo es y seguirá siendo piedra de escándalo por su caudal precioso de ideas y perspectivas que, en choque con las tendencias bajas del hombre, ha querido elevarle, ennoblecerle y hacerle consciente de lo auténticamente importante y trascendente de su existencia.”

“Dime con quien andas y te diré quien eres.” Este dicho popular tiene mucha sabiduría. No hay nada que echa a perder tanto a un joven como un mal compañero, y al contrario, no hay nada que lo construya más como un amigo verdadero y auténtico. Con demasiada frecuencia un chico saca lo peor de una chica y viceversa. Podemos decir con toda certeza que Cristo sacó de todos los que le siguieron lo mejor que tenían.

Pensemos en el caso de Simón Pedro, el pescador de Galilea. Si no fuese por Cristo, ése hubiera pasado toda la vida entre sus labores, sin demasiada trascendencia, en el lago de Galilea. Desde que Cristo lo llamó se convirtió en “pescador de hombres.”

Es el caso también de Leví, o Mateo, el publicano. No hay duda de que ganaba un buen dinero, siendo colaborador de los romanos en ese oficio tan remunerativo, pero odiado por los judíos. Mateo descubrió en Cristo la verdadera riqueza y lo siguió con presteza. El ha marcado la historia, no sólo como un gran Apóstol, sino también como un gran Evangelista.

El caso de Judas Iscariote es dramático. El Señor trató de formarlo, de llevarlo al arrepentimiento, incluso llamándolo “amigo” en el momento mismo de la traición. Aunque Cristo ofrezca toda su gracia a una persona, si ésta no quiere colaborar con ella, no le aprovecha nada. Es el caso triste de Judas que pasó a la historia como “el traidor” y paradigma de toda persona de ese tipo.

Cristo no sólo sacó lo mejor de las personas en su día, sino sigue haciéndolo el día de hoy. Hay miles de personas que han encontrado en Cristo el modelo de su vida, la guía, el mejor maestro.

“Él es mi único amor, mi máxima ilusión, mi luz, mi camino, mi ejemplo, mi todo...quisiera que ustedes disfrutaran de esa dicha inefable de amar lo que Él ama, sentir como Él siente, pensar con sus criterios... y que gozaran de la dicha inefable de su hermosura sobrenatural, humana, moral...”

Si comparamos los resultados que producen los líderes modernos y el gran Líder, Cristo, en los hombres, no nos queda lugar a duda de que Él es el mejor. Muchos líderes cinematográficos, deportistas, intelectuales... van dejando a la humanidad cada vez más pobre. Se tiene la tentación de optar por estos ídolos modernos que destruyen a la persona humana en su dignidad. Cristo es el Líder que mejor eleva al hombre, pues cada vez que se le sigue más de cerca, uno es más hombre.

Cristo nos enseña a pensar correctamente, usando nuestra propia razón y a no dejarnos lavar el cerebro por cualquier “profeta” que aparece por allí. Él nos exige tener fuerza de voluntad y a no ser volubles, dejándonos llevar de remolque por nuestros constantes cambios de ánimo. Cristo nos pide desarrollar nuestro sentimientos, pero sin dejarnos llevar por el sentimentalismo.

Pilato dijo a la multitud “¡Aquí está el hombre!”, refiriéndose a Cristo azotado y coronado de espinas. Todos los hombres tenemos que mirar a este Hombre para conocer la medida del hombre. Si no nos asemejamos a Él, no habrá valido la pena vivir.


Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net

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sábado, 3 de noviembre de 2007

Altar de Muertos

Hola chavos, aki les presento 2 videos, el primero de cuando estabamos realizando la base del altar de muertos, y Yaaresi nos muestra como no se debe realizar un corte con caladora, y el segundo video, es del altar ya arreglado, bueno, fue el primer intento pq despues lo cambiaron de orden.

Video 1


Video 2

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miércoles, 24 de octubre de 2007

¿Cuántas veces hay que orar? Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. El que ama lo dice en la oración.

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola a sus discípulos para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. La parábola es la de la viuda inoportuna. A la pregunta: «¿Cuántas veces hay que orar?», Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. ¿Hay que preguntarse tal vez cuántas veces al día una mamá ama a su niño, o un amigo a su amigo? Se puede amar con grandes diferencias de conciencia, pero no a intervalos más o menos regulares. Así es también la oración.

Este ideal de oración continua se ha llevado cabo, en diversas formas, tanto en Oriente como en Occidente. La espiritualidad oriental la ha practicado con la llamada oración de Jesús: «Señor Jesucristo, ¡ten piedad de mí!». Occidente ha formulado el principio de una oración continua, pero de forma más dúctil, tanto como para poderse proponer a todos, no sólo a aquellos que hacen profesión explícita de vida monástica. San Agustín dice que la esencia de la oración es el deseo. Si continuo es el deseo de Dios, continua es también la oración, mientras que si falta el deseo interior, se puede gritar cuanto se quiera; para Dios estamos mudos. Este deseo secreto de Dios, hecho de recuerdo, de necesidad de infinito, de nostalgia de Dios, puede permanecer vivo incluso mientras se está obligado a realizar otras cosas: «Orar largamente no equivale a estar mucho tiempo de rodillas o con las manos juntas o diciendo muchas palabras. Consiste más bien en suscitar un continuo y devoto impulso del corazón hacia Aquél a quien invocamos».

Jesús nos ha dado Él mismo el ejemplo de la oración incesante. De Él se dice en los evangelios que oraba de día, al caer de la tarde, por la mañana temprano y que pasaba a veces toda la noche en oración. La oración era el tejido conectivo de toda su vida.

Pero el ejemplo de Cristo nos dice también otra cosa importante. Es ilusorio pensar que se puede orar siempre, hacer de la oración una especie de respiración constante del alma incluso en medio de las actividades cotidianas, si no reservamos también tiempos fijos en los que se espera a la oración, libres de cualquier otra preocupación. Aquel Jesús a quien vemos orar siempre es el mismo que, como todo judío de su tiempo, tres veces al día –al salir el sol, en la tarde durante los sacrificios del templo y en la puesta de sol-- se detenía, se orientaba hacia el templo de Jerusalén y recitaba las oraciones rituales, entre ellas el Shema Israel, Escucha Israel. El Sábado participa también Él, con los discípulos, en el culto de la sinagoga y varios episodios evangélicos suceden precisamente en este contexto.

La Iglesia igualmente ha fijado, se puede decir que desde el primer momento de vida, un día especial para dedicar al culto y a la oración, el domingo. Todos sabemos en qué se ha convertido, lamentablemente, el domingo en nuestra sociedad; el deporte, en particular el fútbol, de ser un factor de entretenimiento y distensión, se ha transformado en algo que con frecuencia envenena el domingo... Debemos hacer lo posible para que este día vuelva a ser, como estaba en la intención de Dios al mandar el descanso festivo, una jornada de serena alegría que consolida nuestra comunión con Dios y entre nosotros, en la familia y en la sociedad.

Es un estímulo para nosotros, cristianos modernos, recordar las palabras que los mártires Saturnino y sus compañeros dirigieron, en el año 305, al juez romano que les había mandado arrestar por haber participado en la reunión dominical: «El cristiano no puede vivir sin la Eucaristía dominical. ¿No sabes que el cristiano existe para la Eucaristía y la Eucaristía para el cristiano?».


Autor: P. Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia | Fuente: Catholic.net

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viernes, 19 de octubre de 2007

¿Por qué tantos tristes?

La enfermedad más terrible y extendida se llama tristeza y desesperación.

El mundo está lleno de gente triste, desesperanzada, gente amargada. Y uno se pregunta: ¿Por qué? Muchos responden: ¿Es que es posible vivir de otra manera? ¿Hay alguna razón para vivir alegres?

Yo nada más digo: ¿ No tenemos por ahí un Dios, un Padre amoroso que se preocupa de nosotros? ¿Para qué lo queremos? ¿No tenemos una Madre en el cielo, la Virgen de Guadalupe, que es la mejor Madre, y que sabe cuidar de sus hijos? Me pregunto: ¿Para qué la queremos? Y ¿no tenemos una fe y no tenemos una Iglesia y no tenemos tantos buenos libros y tantas oportunidades? ¿No tiene estrellas el cielo?

¿Para qué queremos los días, la salud? ¿Para qué queremos los amigos, para qué queremos tantas cosas buenas que hay en el mundo? ¿Por qué empeñarnos en llevar los ojos mirando hacia la tierra, los ojos cerrados a tanta bondad, a tanta hermosura, que debieran hacernos profundamente felices?

La enfermedad más terrible y extendida se llama tristeza y desesperación.


Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 17 de octubre de 2007

La oración es hablar con Dios

Hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza.

La oración es buscar a Dios, es ponernos en contacto con Dios, es encontrarnos con Dios, es acercarnos a Dios.

Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Es un diálogo de amor.

Santa Teresa dijo en una ocasión: “Orar es hablar de amor con alguien que nos ama”.

La oración no la hacemos nosotros solos, es el mismo Dios (sin que nos demos cuenta) el que nos transforma, nos cambia. Podemos preguntarnos, ¿cómo? Aclarando nuestro entendimiento, inclinando el corazón a comprender y a gustar las cosas de Dios.

La oración es dialogar con Dios, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza.

Orar es ponerse en la presencia de Dios que nos invita a conversar con Él gratuitamente, porque nos quiere. Dios nos invita a todos a orar, a platicar con Él de lo que más nos interesa.

La oración no necesita de muchas palabras, Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo digamos. Por eso, en nuestra relación con Dios basta decirle lo que sentimos.

Se trata de “hablar con Dios” y no de “hablar de Dios” ni de “pensar en Dios”. Se necesita hablar con Dios para que nuestra oración tenga sentido y no se convierta en un simple ejercicio de reflexión personal.

Cuanto más profunda es la oración, se siente a Dios más próximo, presente y vivo. Cuando hemos “estado” con Dios, cuando lo hemos experimentado, Él se convierte en “Alguien” por quien y con quien superar las dificultades. Se aceptan con alegría los sacrificios y nace el amor. Cuanto más “se vive” a Dios, más ganas se tienen de estar con Él. Se abre el corazón del hombre para recibir el amor de Dios, poniendo suavidad donde había violencia, poniendo amor y generosidad donde había egoísmo. Dios va cambiando al hombre.

Quien tiene el hábito de orar, en su vida ve la acción de Dios en los momentos de más importancia, en las horas difíciles, en la tentación.


Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

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martes, 16 de octubre de 2007

Union de Enfermos Misioneros

estimados hermanos misioneros, por este medio les envio un cordial saludo, y les pido su apoyo en oracion para la UEM, ya que este domingo estaran realizando su encuentro. Pasen la voz a quienes no tenga acceso a este medio. Mil gracias, Dios les bendice.
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sábado, 13 de octubre de 2007

Para meditar las palabras del Salve Regina

Te saludamos con sonrisas, flores, y canciones. Oh María, la mujer más digna del amor.

Dios te salve

Te saludamos con sonrisas, flores, y canciones
Oh María, la mujer más digna del amor.
Desde niño me enseñaron esta oración mis padres
queriendo que yo te amara y venerara
como ellos lo hacían.
Y desde entonces sigo rezando y cantando
esta bella plegaria todos los sábados
y a la hora del rosario cotidiano.
Dios te salve, maravilla de mujer y de Madre,
lirio hermoso de los valles y praderas.
Pensando en Ti me vuelvo poeta
me dan ganas de cantar.
Mis versos son para Ti,
mis canciones te las canto a Ti.


Reina y Madre de misericordia

Lo que más necesitamos es misericordia,
porque somos infinitamente miserables.
Tu amor inmenso hacia tus hijos se convierte
en océano de bondad, de misericordia, y de piedad.
Te agradecemos tu amor, tu virtud excelsa,
veneramos tu grandeza incomparable
pero sobre todo agradecemos
la misericordia de tu rostro y de tu corazón.
Tienes ojos y corazón hechos de bondad.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…


Vida nuestra

Nos animas a vivir,
Haces feliz nuestra vida,
Nos otorgas calidad de vida,
porque contigo vale la pena vivir.
No vamos solos por la vida.
¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
Tú lo dijiste. Y cumples las promesas.


Dulzura

Suavidad, serenidad, paz.
Contigo estamos al abrigo de tormentas y huracanes.
Tu corazón es refugio montañero,
es brisa de primavera, es cantar de pajarillos,
es cristalina fuente,
dulzura de la vida, de mi vida.


Y esperanza nuestra

Todo lo espero de Dios por medio de Ti,
porque Dios te ama muchísimo
y Tú me amas muchísimo.
Contigo no cabe la desesperanza y la tristeza.
En las orillas de tu manso río
crecen los pastos y las flores en toda estación.
Tú eres una eterna primavera,
rosal florido, perfumado, digno de contemplarse.
De Ti lo espero todo y más de lo que esperan
todos los niños de sus mamás.
Espero que me lleves al cielo.
Espero que me hagas feliz.
Espero contemplarte en el cielo
en un éxtasis de amor.
Eres hermosísima paloma blanca
que vuelas en mi jardín.
Alegras mis días y mis noches.
Me haces sonreír y mirar hacia delante
con ilusión y entusiasmo.
La vida sin Ti no tendría sabor ni sentido.
Pero contigo sí quiero vivir.
Quiero contemplarte en el lirio del campo,
en la rosa perfumada, en el blanco clavel,
en todas las flores de las praderas,
en las estrellas de la noche.


Dios te salve

Te saludamos, te cantamos,
te llevamos mañanitas, Oh dulce madre.
Dios te salve.


A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva

Fuimos hijos de Eva para desgracia nuestra.
Pero somos hijos tuyos para completa felicidad.
Si triste y dura fue la herencia de nuestra madre Eva,
inmensamente rica es la herencia
que nos viene de Ti.
El destierro se dulcifica
porque Tú nos acompañas cada día.
Así nuestro desierto florece y se vuelve llevadero.
¡Qué dura sería la vida sin tu dulce compañía!
¡Qué cardos, qué espinas no produciría!
Pero entre los cardos y espinas tu mano amorosa
ha plantado muy bellas rosas.


A Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas

Siempre nos quedas Tú.
En medio de los peligros eres refugio,
pararrayos contra la justa ira de Dios.
En medio de las lágrimas, eres consuelo.
Tus hijos pueden sufrir, por ser ley todos,
pero nunca desesperan.
Saben mirar a través de las lágrimas
tu rostro materno que les llena de esperanza.


Ea, pues, Señora, abogada nuestra…

El nombre de abogada significa defensora.
Tú nos defiendes del maligno,
del que atacó a nuestra madre Eva en el Paraíso,
y la hirió pasándonos la herida.
Tú nos libras de peligros y tentaciones
que nos pudieran hacer perecer.
Contigo llevamos la frente alta por la vida,
hasta el destino final que es el cielo.
Desde allí intercede ante tu Hijo
por cada uno de tus hijos,
por mí también.


Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos

Sí, tus ojos...
Yo quiero asomarme a tus ojos, contemplarlos,
porque sólo de mirarlos me curo de mis tristezas,
su alegría se me contagia,
su pureza infinita se me participa.
Tus ojos, Madre Virgen, son océano
de gracia y de pureza.
Por eso necesito mirarlos, contemplarlos,
para que la bienaventuranza de los puros de corazón
me toque a mí también.
Nos miras con amor y misericordia.
Necesitamos de ambas realidades a morir.
porque somos débiles y miserables en abundancia.
Misericordia es lo que suplicamos.
Suplicamos a la misericordiosa Virgen.
Suplicamos a la más amorosa Madre.
A través de tus ojos aspiramos esa misericordia
y ese amor.
Es lo mejor que nos puedes regalar.
Eres misericordia y eres amor,
dos realidades que heredaste de Dios,
para regalarlas a tus hijos.


Y, después e este destierro…

Destierro, porque la patria no está aquí.
Porque la tierra, que es en sí hermosa,
se nos vuelve inhóspita y agraz, al pensar en el cielo.
Destierro, porque aquí te tenemos y tenemos a Dios,
pero todavía no es del todo y para siempre.
Podemos perderte, podemos perder a Dios,
¡Oh terrible posibilidad!
En el cielo Tú serás nuestra y nosotros tuyos
del todo y por toda la eternidad.
¡Qué inmensa beatitud!


Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre

Lo más grande que Tú tienes es Jesús.
Muéstranoslo, queremos verlo, conocerlo,
amarlo entrañablemente.
Desde que fuiste Madre de Jesús,
nunca podrás separarte de Él, es tu hijo.
Pero lo mismo que a Él, nos has engendrado
a cada uno de nosotros.
Somos por eso sus hermanos y tus hijos.
Ser hijo no siempre es bien valorado por éste
pero ser madre es muy bien conocido por ella.
Yo no conozco bien lo que significa ser tu hijo,
pero Tú sí sabes lo que significa ser mi madre.
Jesús es el hermano mayor y especial.
Debemos asemejarnos a Él.
danos la gracia de conocerlo como Tú lo conoces:
Un Dios amor que nos quiere
hasta la muerte de cruz,
que nos dio a su Madre, a Ti, para cada uno.
Déjanos ver su rostro, déjanos conocer su corazón,
concédenos amarlo con todas nuestras fuerzas.


Oh clemente, Oh piadosa, Oh dulce Virgen María

Clemente, piadosa y dulce:
la trilogía de la misericordia encarnada en Ti.
Permítenos beber en tu fuente
el agua dulce de tu piedad.
Estamos tan necesitados de clemencia,
dulzura y piedad.
Pero tu fuente rebosa de esa agua pura.
Virgen María dulce: Eres el rosal sin espinas,
belleza de rosas perfumadas:
corremos al olor de tus perfumes.
Virgen María clemente: De Dios lo aprendiste,
Oh Madre del hijo pródigo.
Si algo sabes hacer con excelencia,
es el arte de la misericordia con tus hijos pecadores.
Necesitamos tanto tu capacidad de compasión,
porque somos pecadores maltratados por Satanás.
Virgen María piadosa:
Te compadeces del pecador,
de sus heridas purulentas, no queriendo ver su culpa.
Respondes con piedad y misericordia
a la negra ingratitud, como tu Hijo.
Misericordia del Hijo, misericordia de su Madre.
Gracias por ser dechados de piedad para nosotros,
que, si algo necesitamos, es misericordia y piedad.


Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

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jueves, 11 de octubre de 2007

Software de santidad cristiana

Si después del mes no consigues ser santo, revisa si has cumplido todas las instrucciones

Manuel no lo podía creer: ¡un programa de computación para ser santos!. Además, según decía la presentación, “de modo seguro y con dificultades, en un mes”. Lo normal es que te digan “de modo fácil”, pero lo de las dificultades estimuló a aquel joven de 17 años.

Tomó en seguida aquella caja. Fue a la computadora. Introdujo el cdrom y empezó a correr la presentación. Como saludo inicial, aparecieron un Cristo crucificado, una tumba abierta y una silueta de la Virgen. Sonaban las notas de una música desconocida pero serena, como un Ave María lleno de lirismo.

En la parte superior derecha brillaba de modo intermitente una especie de corona como esa que ponen a los santos en las imágenes. Manuel apretó allí, y apareció una nueva pantalla:

“Es muy fácil ser santo, pero exige mucha voluntad. ¿Te atreves?” El sí y el no se encendieron a los lados.

Manuel apretó el sí. “¿Seguro que tienes voluntad? Este programa no vale para personas inconstantes”.

Con un nuevo sí entró en el siguiente menú: “Condiciones de uso”. El preámbulo era severo:

“Para iniciar el camino hacia la santidad hay que recordar lo que Dios nos pide en los Mandamientos y lo que Jesús nos enseña en el Evangelio, especialmente las bienaventuranzas. ¿Sabes cuáles son los Mandamientos? ¿Conoces las bienaventuranzas?” Al final, una flecha permitía pasar al siguiente menú.

Manuel pudo leer así los diez mandamientos (Deuteronomio 5, 6-21) y las bienaventuranzas (evangelio según san Mateo, capítulo 5). El programa parecía exigente: “Amarás al Señor tu Dios...” Cada mandamiento tenía un tono claro y comprometedor. Luego, las bienaventuranzas: felices los que tienen hambre de la justicia, los mansos, los limpios de corazón, los misericordiosos...

Acabada esta parte del software, apareció un texto:

“Ya conoces el programa de Cristo en sus líneas generales. Te falta por leer todo el Evangelio y el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Te comprometes a hacerlo?” Después de dar el sí, brilló una nueva pregunta: “¿Estás seguro? Te advierto que no es fácil, que tendrás que dejar cosas que te gustan y que muchos empezarán a reírse de ti”. Manuel volvió a apretar el sí.

“Te quedan dos pasos importantes. El primero consiste en vivir muy cerca del Espíritu Santo, dialogar continuamente con Él, tomar todas las decisiones bajo su consejo. ¿Aceptas?” Tras apretar el sí Manuel se encontró con una pantalla imprevista: “¿De verdad sabes quién es el Espíritu Santo? Si no lo sabes, lee el Catecismo” (con un enlace que permitía acceder a una explicación sobre el Espíritu Santo).

Manuel, que había estudiado algo de religión, que había ido a clases muy buenas de catequesis para prepararse a la confirmación, dijo que sí. Entonces el programa le llevó a la última etapa.

“El segundo paso es que tienes que comprometerte a vigilar y rezar. Vigilar para no caer en tentación. Si caes alguna vez, aprieta aquí [y se habría una pantalla en la que se explicaba el sacramento de la confesión]. Luego, rezar, porque sólo Dios es Santo, sólo Dios puede darte la santidad”. [Y aparecía un enlace que llevaba a la explicación de la oración cristiana].

“¿Estás listo para empezar?” Manuel volvió a decir que sí. La penúltima pantalla decía así:

“¡Felicidades por tu valor! Ahora te queda un mes para probar. Si después del mes no consigues ser santo, revisa si has cumplido todas las instrucciones. Si las has llevado a cabo y aún no eres santo, tienes derecho a que te devuelvan el dinero, pero te aseguramos que no habrás perdido tu tiempo...”

Un cuadro en el centro de la parte inferior brillaba con estas palabras: “No olvides que...” Manuel apretó encima y apareció el último menú, con una hermosa imagen de la Virgen:

“Recuerda: la Virgen María es nuestra Madre. No dejes de tratarla con cariño. Ella es la más buena y más santa entre los seres humanos. Ser santos consiste, simplemente, en cogerse de su mano y repetir como Ella, en cada momento, en cada situación: ‘He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’”.


Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

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Yo soy el pan vivo, bajado del cielo

Cristo quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida.

Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y los dio a los Apóstoles para que los fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16). Como observa san Lucas, todos comieron hasta saciarse e incluso se llenaron doce canastos con los trozos que habían sobrado (cf. Lc 9, 17).

Se trata de un prodigio sorprendente, que constituye el comienzo de un largo proceso histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de generación en generación.

El pueblo de Dios lo recibe con devota participación. Con este Pan de vida, medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y mártires, obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones. Han creído en las palabras que Jesús pronunció un día en Cafarnaúm: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre" (Jn 6, 51).

Jesús se define "el Pan de vida", y añade: "El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).
¡Misterio de nuestra salvación! Cristo, único Señor ayer, hoy y siempre, quiso unir su presencia salvífica en el mundo y en la historia al sacramento de la Eucaristía. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participación en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Nosotros queremos permanecer con Cristo, y por eso le decimos con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Con la misma convicción de Pedro, nos arrodillamos hoy ante el Sacramento del altar y renovamos nuestra profesión de fe en la presencia real de Cristo.


Buen Pastor, verdadero pan -le diremos con confianza-. Oh Jesús, ten piedad de nosotros, aliméntanos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos. Tú que todo lo sabes y todo lo puedes, que nos alimentas en la tierra, guía a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos. Amén.

Fragmento de la homilía en la Solemnidad de Corpus Christi. 22 de junio 2000.


Autor: Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 10 de octubre de 2007

Chemita

Luchen diario por lo que quieren y acuérdense de esto en las mañanas y cuando tengamos más flojera que nunca



Esta foto es de Chemita... El sábado antepasado estaba de guardia en la Cruz Roja y llegó una niña de 17 años que seguro se había tomado algo para abortar... y dio a luz a este bebé... (no les pongo las demás fotos para que los que no son médicos no se traumen). El caso es que un amigo y yo nos quedamos cuidándolo las pocas horas que vivió... chequen el tamaño de sus manitas por favor... (la mano de encima es la mía). La mamá tenía apenas cuatro meses de embarazo!!! pero él ya estaba perfectamente bien formadito... uñitas, deditos, orejitas, boquita, todo...

El caso y lo padre de la situación fue que como ni siquiera lo pudimos intubar, (no había cánulas tan chiquitas... además le podíamos tronar los pulmoncitos), entonces tuvimos que quedarnos junto a él toooodo el tiempo calentándolo con sábanas y lámparas y echándole aire por la boquita. Llegó un momento en que nos quedamos maravillados de la fuerza que tenía ese bebé... créanme que cuando veíamos que su corazoncito empezaba a fallar, dejábamos de darle respiraciones para que no sufriera más... y en el momento en que le quitábamos el aire, el ritmo cardíaco volvía a subir... IMPRESIONANTE!!!! nos trajo así casi 4 horas!!! Después de muchos intentos, cuando lo vimos que ya estaba medio mal, lo bautizamos (sí, salió la educación religiosa cañón... pero no podíamos dejar que alguien así, que había luchado tanto, se fuera sin un nombre, como si no hubiera pisado este mundo... y como no sabíamos aún si era niño o niña, le pusimos José María... "Chemita" pa´ los cuates...)

Cuando murió, (debo confesar que lloré muchísimo) me puse a pensar en todo lo que él quería vivir, en todo lo que él luchó... y ¡caray! vivió sólo 4 horas!!! y yo a mis 21, casi 22, no he hecho un pepino, me da flojera despertar y vivo "jetona"!!!

El sábado fui con unos niños de prepa y secundaria y les puse la foto, les expliqué lo mismo que les digo a ustedes, etc... y créanme... chequen la cantidad de vidas (la mía, la de mi familia, mis amigos, los doctores y enfermeras de la Cruz, los chavos del sábado y ahora ustedes...) en las que ha influido Chemita... en 4 horas de vida!!!!

Ya quisieramos muchos esas ansias de luchar por lo que queremos, por vivir... pero la neta es que lo vemos como algo de todos los días, como algo que siempre pasa... ya se nos hizo costumbre respirar, despertarnos, y no vemos lo increíble y la dicha que tenemos de poder cambiar diario este mundo... hacer algo bueno por alguien...

IMAGÍNENSE LAS ENORMES GANAS QUE TENÍA ESE CHIQUITO DE SOBREVIVIR... así que neto, luchen diario por lo que quieren y acuérdense de esto en las mañanas y cuando tengamos más flojera que nunca.

Se me hizo padre contarles esta experiencia, creo que vale muchísimo la pena....y pues si quieren o así... denle forward... a ver en cuantas vidas puede seguir influyendo alguien que vivió 4 horas!


Autor: Julia Salinas

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El agua que Tú das no se agota nunca.

Dios no excluye a nadie de esta agua divina, Los que tengan sed, vengan, y beban gratis cuanta agua quieras.

Podríamos comenzar hoy con la visita a una espléndida iglesia de Viena. Nos vamos a detener ante el grandioso cuadro de un artista que quiso hacernos ver lo que es la Gracia de Dios derramada en toda la Iglesia.

Arriba del cuadro está en su trono de gloria la Santísima Trinidad, fuente de la Gracia, que por Jesucristo va a caer sobre toda la Humanidad redimida.

La primera que la recibe y queda llena a rebosar es María, y junto a Ella San José, el Santo más favorecido de Dios.

Siguen hacia abajo San Juan Bautista y los Niños Inocentes, tan distinguidos en el Evangelio.

Después, la corona espléndida de los Apóstoles, a los que rodean una multitud de mártires, vírgenes, santos y santas de todas las edades y estados de vida.

Los predestinados de antes de la venida de Jesucristo aparecen ofreciendo el incienso del sacrificio al Eterno Padre, el Dios a quien adoraron.

Este cuadro es el eco de aquella visión del Apocalipsis, que nos describe a Dios en su trono y ante Él una multitud inmensa que nadie puede contar, de santos y santas llegados de todos los pueblos, lenguas y naciones, cantando felices el aleluya eterno de la salvación.

Este es el cuadro. La imaginación del artista, como la nuestra, no llega a más. Pero todos sabemos que la realidad supera a todo lo que nosotros podemos pensar.

La fuente de la vida es Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
El Hijo de Dios se hace hombre, abre el chorro y de la Gracia, que estalla a borbotones y se difunde en todos los elegidos.

Es ésta la inundación que vio el profeta Ezequiel, cuando contempló la Jerusalén restaurada rodeada de torrentes incontenibles, y que convertían la sequedad clásica de la ciudad y de sus contornos en frondosos bosques y jardines exuberantes.

Dios no excluye a nadie del beneficio de esta agua divina, y hace gritar a Isaías:
- Los que tenéis sed, venid, y bebed gratis cuanta agua queráis.

Hace alusión el profeta a la costumbre de sus tiempos en Palestina. Hoy nosotros compramos más bien una coca-cola fresca u otra soda embotellada. En aquel entonces había vendedores ambulantes que llevaban por las calles agua potable, algo cara a veces por lo mucho que escaseaba, y la ofrecían a precio bien elevado. Viene Dios ahora y la ofrece de balde.

Jesús repetirá la invitación, y dirá:
- El que tenga sed, que venga a mí, y beba.
La primera que queda saciada y en una abundancia inimaginable es María, saludada por el Angel como la llena de Gracia.

E igual que María, todos los santos habidos y por haber, hasta nosotros, portadores de esa vida divina que llamamos la Gracia Santificante.

Cuando se haya consumado en el Cielo, estaremos metidos en el mar inmenso de la Gloria de Dios, término de toda la obra de la salvación y consumación feliz de la vida de la Gracia.

Nuestro mundo tiene mucha necesidad de estas visiones bíblicas, representadas con acierto por el arte para hacernos comprender, o barruntar al menos, lo que es el don de Dios. Jesús se lo expresó a la Samaritana con la misma comparación del agua:
- Si supieras tú quién es el que te dice dame de beber, serías tú quien le pedirías a él, y él te daría agua viva.
¡Si supiera el mundo de hoy quien es ese Jesucristo! Él se sigue ofreciendo para apagar la sed que atormenta a todos los hombres.

¿Amor?... Jesucristo es el mayor amador, que da su Espíritu e incendia la tierra.
¿Justicia?... Jesucristo, con su precepto de caridad hace imposibles las desigualdades entre hermanos.
¿Vida de Dios?... Jesucristo quiere convertirnos en surtidores de agua que salta hasta la vida eterna.

Las Naciones Unidas han elaborado estudios muy serios sobre la situación del agua en el mundo, y ven que para los próximos siglos se echa encima un problema muy grave, a no ser que se tomen medidas urgentes y de mucha envergadura. Es muy de alabar esta solicitud de esos hombres tan preocupados por el bien de la Humanidad.

Pero a nosotros, cristianos, nos preocupa, y muy seriamente también, el problema de la otra agua, la de la Gracia de Dios, que escasea en tantos pueblos donde se mete la incredulidad o en los que se prescinde de la Ley de Dios. ¿Llegan a darse cuenta de la sed que padecen?...
¡Señor Jesucristo!

En tu Corazón tienes remansada toda la Gracia de Dios, merecida por ti en la Cruz.
Danos sed, ya que tenemos donde saciarla, porque esa agua que Tú das no se agota nunca.

Queremos beber, y, al beber, queremos tener cada vez una sed más ardiente, que Tú sabes apagar cuando nos acercamos a ti, cuando aplicamos los labios a la llaga de tu costado, cuando nos abrevamos en la mera fuente de la Eucaristía.


Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

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