sábado, 31 de enero de 2009

Que nunca nos falte María

Hablar de María, rezarle, cantarle, estar con Ella, es hacerla presente en el corazón.

Una hermosa canción a la Virgen empieza con estas palabras:

Tú eres, María, la Madre de Dios; Tú eres la Madre que Cristo nos dio.

Palabras tan sencillas, que las dice un niño. Palabras tan profundas, que no las sobrepasa el mayor teólogo.

No se puede decir nada más de la Virgen, ni tampoco se puede decir menos. Esas palabras resumen y nos dan todo lo que se ha dicho, se dice y se puede decir de María. María es totalmente Madre: Madre de Dios y Madre nuestra.

En los designios de Dios, Jesucristo fue la primera idea que Dios tuvo en la creación. Todo lo hizo en orden a su Hijo, que un día se haría hombre.

Jesucristo, ¿sería hombre verdadero? ¿no iba a ser un engaño? ¿tenía que ser hermano nuestro?...

Entonces, tenía que tener nuestra misma naturaleza. Tenía que ser un descendiente de Adán. Tenía que nacer de una mujer. Y María fue la elegida para ser la Madre del Dios hecho hombre.

¡Y cómo se quiso lucir Dios en su Madre! ¡Cómo se la preparó! ¡Cómo la preservó de toda mancha de pecado! ¡Cómo la quiso siempre Virgen, para no compartir con nadie su paternidad divina! La hizo totalmente pura, totalmente hermosa, totalmente agraciada. La hizo --es palabra de Dios en el Evangelio-- la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres.

Pero Dios hizo algo más en María. Al hacerla Madre suya, María se convirtió también en Madre de todos los redimidos, en la Madre espiritual de todos los hombres. ¿Cómo es esto?...

Jesús, en el momento supremo de la Redención, en el Calvario, la proclama sin atenuantes Madre nuestra.
- Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y tú, Juan, ahí tienes a tu madre.

Para entender el pensamiento de Jesús, vamos nosotros ahora a hacerle a hablar a Él desde la cruz en que está agonizando. Que nos explique su intención. Y oímos que dice a su Madre:
- ¡Mujer! ¡María! ¡Madre! Tú no tienes más que un hijo, yo, tu Jesús. Pero yo, tu Jesús, no soy una cabeza sin miembros. Soy un Jesús entero. Soy la cabeza y soy todos mis miembros. Estos miembros míos son la multitud de hombres y de mujeres que yo he conquistado con mi sangre. Si yo soy tu Hijo, tu Jesús, también tú eres entonces la Madre de todos ellos, porque yo y ellos no somos más que un Jesús, uno solo, el que tú concebiste en tus entrañas: a mí me llevaste físicamente; a ellos, espiritualmente, porque ellos y yo somos el único Jesús, tu Jesús.

La Iglesia de Jesucristo ha creído siempre esto, y esto es lo que sentimos nosotros. ¡Somos hijos de María, porque somos un solo Cristo con Jesús!... Y María, entonces, es intercesora nuestra ante Jesucristo y ante el Padre. Es Abogada nuestra. Porque nos ama con Corazón de Madre.

María, por otra parte, siendo Ella también una redimida por Jesucristo, aunque de una manera tan singular, ha sido ya glorificada plenamente en el Cielo, hecha por Dios el Modelo de la Iglesia en la peregrinación de la fe, e Imagen de nuestra glorificación final.

María va a ocupar un lugar muy distinguido en nuestros mensajes, nacidos del amor y que nos llevarán al amor de nuestra Madre, a la que decimos ya desde ahora:
- Quiero cantarte María, - como canta el ruiseñor. - Tú, adivina en cada nota - el latir del corazón.

Al fin y al cabo, no vamos a hacer sino cumplir la profecía y el encargo del Evangelio, de llamarla ¡Dichosa!, porque, como dijo Ella inspirada por el Espíritu, todas las gentes me llamarán bienaventurada.

La devoción a María ha sido considerada siempre en la Iglesia como una señal segura de salvación.
No se equivoca ciertamente la piedad cristiana cuando piensa así.

Porque nunca se pierde nadie que se ve estrechado por los brazos de la madre.

Eso de que Jesús nos entregara a María como hijos cuando Él pendía de la cruz, no era un gesto vacío de significado. Si Jesús nos la daba por Madre, ¿de qué nos iba a servir si no se empeñaba Ella en el negocio de nuestra salvación?

Convencidos de esta realidad, nosotros la veneramos, la invocamos, la obsequiamos, la amamos con todo el corazón. Así lo hemos hecho desde niños y así lo haremos siempre. Si María es nuestra Madre, no necesitamos razones para perdernos de amores por Ella...

¿Y cómo nos responde María?...
Corre por ahí el cuento de la princesa oriental, en la India misteriosa.

Junto a su castillo de oro se halla el hermoso jardín. Pero un día empezaron a marchitarse las flores, a secarse las plantas, a desaparecer el césped, a cubrirse de lodo las acequias, a cegarse las fuentes. Los pájaros ya no anidaban en los árboles ni cantaban por el cielo azul. Había desaparecido toda belleza. Y todo..., porque la hermosa princesa dejó de visitar el jardín. Los criados fueron a decirle acongojados:
- ¡El jardín se muere! ¿Por qué no regresas a él?...

La princesa linda volvió a pasear entre la maleza, la suciedad y el desorden, y el jardín recobró su antiguo esplendor y todos sus encantos.

Esto será María en nuestros mensajes. Porque hablar de María, rezar a María, cantar a María, estar con María, es hacer presente a la gentil Princesa en el jardín del corazón. ¡Y cómo se conserva lleno de poesía, si nunca se ausenta de él la Virgen y lo cuida con sus delicadas manos!....

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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viernes, 30 de enero de 2009

Dejar mi vida entre tus manos

Todavía me cuesta, Señor, poner las redes de mi vida entre tus manos. Sé que Tú tienes un camino distinto para mi vida.

Todavía me cuesta, Señor, poner las redes de mi vida entre tus manos.

Parece que temo tus proyectos, tus planes. Parece que todavía prefiero seguir mis gustos, gozar de salud, decidir mis pasos, tenerlo todo bajo el control de mis deseos.

Sé que Tú tienes un camino distinto para mi vida. Quizá difícil, quizá incomprensible, quizá lleno de espinas. Pero viene de Ti, y eres Tú quien sabes lo que es mejor, lo que me permite avanzar hacia el amor y la esperanza.

Ayúdame a descubrir ese proyecto. Dame fuerzas para confiar, para no olvidar que eres un Padre bueno. Permíteme reconocer que la Cruz es parte del camino del que ama, es una astilla que nos permite contagiarnos del fuego de amor que trajiste al mundo.

Dame también fuerzas para acompañar a quienes sufren a mi lado. Porque no encuentran sentido a sus fracasos. Porque no entienden que también el dolor encierra un tesoro inmenso. Porque olvidan que existe el cielo, donde el Perdón vence el pecado, donde el egoísmo queda lejos, donde el Amor lo es todo para todos.

Quisiera hoy, en estas horas de mi caminar frágil, dejar mi vida entre tus manos, como jarrón dócil, como vasija humilde, como barro confiado. Dejar que modeles en mi alma y en mi cuerpo tu proyecto; permitirte conquistar mis ideas y mis actos; prestarme para que también otros, desde mi vida transformada, puedan avanzar hacia la esperanza y descubrir Tu Amor eterno.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 29 de enero de 2009

Hoy es jueves, Señor, y yo te doy mi dolor

No soy yo el que voy a Ti. Tú eres el que viene a mi. Te acercas a mí porque sabes de mi sufrimiento, de mi dolor.

Llegué ayer del Hospital a mi casa. Hoy es jueves Señor, y voy a estrenar mi silla de ruedas. Voy a ocupar un lugar del cual ya no me moveré.

Hoy es jueves y muchas personas al comenzar el día se habrán levantado de su cama, habrán puesto los pies en el suelo y comenzado a hacer una y mil actividades distintas...seguro que no se han detenido a gustar de ese milagro: ¡poder caminar!. A mí me han tenido que traer a esta Capilla para contarte mis "cosas".

Hoy es jueves Señor, y recuerdo que también era jueves el día en que por primera vez fui a tu encuentro en mi Primera Comunión, después.... ¡cuánto brinco, cuántos juegos, cuántas carreras, cuántos bailes...!. Y años después, la "palomilla" escogió un día jueves para ir por primera vez un rato a la "disco" de moda...

Hoy es jueves también pero estoy atado a mi silla de ruedas. Voy a estar en ella para siempre. Y hoy, mientras te miro me he puesto a pensar en Ti, Señor, y he sentido que como aquel día de mi Primera Comunión, no soy yo el que voy a Ti. Tú eres el que viene a mi. Te acercas a mí porque sabes de mi sufrimiento, de mi dolor. Y yo te voy a hacer una pregunta, no ¿por qué, por qué a mi?. Eso solo lo sabes Tu. Te voy a preguntar, ¿para qué, para qué me tienes prisionero sin que mis pies vuelvan a pisar el campo, las playas... a correr, a caminar?. Y al hacerte esa pregunta queda inherente a ella mi entrega, mi aceptación, porque en mi se está haciendo Tu voluntad. Y sigue la pregunta, ¿para qué este cambio radical en mi vida?.

Tu Jesús, me lo vas a decir. Soy todo oídos, mi alma está alerta, mi corazón preparado. Tu me vas a decir qué quieres de mí en esta nueva forma de vida.

Dicen que hay pocos misioneros, que allá en las tierras donde están hace mucho calor, que se enferman, que sufren... que hasta los matan. Yo puedo ser misionero como lo fue la Santa de Lisieux, la pequeña Teresita sin salir del Convento, porque puedo ofrecer mi inmovilidad por el sufrimiento de unos pies hinchados, cansados de caminar por brechas y caminos lodosos para llevar la Palabra del Señor al corazón de los hombres y mujeres que no lo conocen.

Señor, tu estás junto a mí y ya me estás hablando... porque antes nunca pensé en estas cosas. Mi vida era alocada, vacía estéril... Ahora soy tierra fértil para la semilla de Tu palabra. La llama del dolor quemó en mi corazón toda la mala hierba y ahora lo siento acrisolado y limpio. Soy hombre nuevo.

Hoy es jueves, Señor, y voy a tender las alas de mi espíritu para adorarte aquí, para acompañarte en todos los Sagrarios del mundo, para hacerte compañía en Tu soledad, en Tu eterna espera, en Tu absoluta entrega. También te veo en la Cruz, inmóvil, clavado, así... como estoy yo. Y sin embargo tus manos y tus pies clavados nos vinieron a dar la libertad sobre la esclavitud del pecado. Nos dieron el triunfo sobre la muerte y nos hicieron hombres y mujeres nuevos.

Háblame, Señor, dime que quieres de mi... Hoy es jueves, Señor, y yo te doy mi dolor y Tu a cambio dame conformidad para mi nueva vida y déjame Tu Paz como el mejor de los regalos.

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 28 de enero de 2009

57. El Amor en nuestros corazones. Derramado a torrentes

Jesús nos ama como hermanos suyos, miembros de su propio Cuerpo místico. Nosotros nos amamos los unos a los como miembros del Cuerpo de Cristo.

En un arrebato de los suyos, Pablo tiene unas palabras de fuego: “El amor de Cristo nos urge” (2Co 5,14), nos apremia, no nos deja parar. ¿Cuál es este amor?...

Lo aclara después en otra carta posterior, la de los Romanos: “Nadie nos podrá separar del amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Ro 8,39)

Y esto, ¿por qué? Pues porque no se trata de un amor débil como puede ser el nuestro, sino el de Dios “que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5)

Viene ahora nuestro discurrir con multitud de textos de Pablo en un proceso que no falla.

El amor de Dios es uno solo.

El Padre ama con pasión divina a su Hijo Jesucristo. En Jesús, nos ama el Padre como a hijos suyos, porque nos ha hecho hijos en el Hijo.

Este amor suyo, el Padre lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que Él mismo nos dio.

Jesús nos ama como a hermanos suyos, como a miembros de su propio Cuerpo místico. Nosotros entonces nos amamos los unos a los otros como hermanos que somos y miembros del Cuerpo de Cristo.

Y viene por fin lo que tiene que suceder necesariamente: el amor no se puede quedar quieto.
Es fuego que consume.
Es viento huracanado que remueve todo.
Es fuerza que actúa sin cesar.

Volvemos al principio:

El Padre celestial nos crea por amor y por amor nos adopta como hijos suyos.

Jesús se entrega por nosotros y nos une a todos en Sí mismo como un solo cuerpo.

El Espíritu Santo, alma del Cuerpo místico de Cristo, nos hace amarnos a todos unos a otros, y con sus carismas y dones nos tiene en movimiento continuo para el desarrollo y expansión de todo el cuerpo hasta que llegue a su perfección final.
Nosotros, con ese “amor de Cristo que nos urge”, trabajamos de manera incansable por el bien y la salvación de todos.

En todo este párrafo -un poco oratorio si queremos-, no hay una sola palabra que no esté confirmada por un texto o varios textos de San Pablo, los cuales en su conjunto forman un himno grandioso a la Caridad:

la caridad con que Dios nos ha amado,

la caridad con que nosotros amamos a Dios,

la caridad con que nosotros nos queremos como hermanos,

la caridad que nos lleva a trabajar incansablemente por Dios y por todos los hombres.

Al final, no tendremos más remedio que decir con el mismo Pablo: “El amor es el ceñidor de la perfección” (Col 3,14), la cadena fuerte que mantiene unidas todas las virtudes, y “la plenitud de la ley” (Ro 13,10). A quien tiene amor le sobra todo.

¿Nos ama Dios Padre?

Es la primera pregunta que se nos puede ocurrir, y Pablo la responde de manera contundente:

“Por el inmenso amor que nos tuvo” (Ef 2,4), “Dios envió a su Hijo para que recibiéramos la condición de hijos, de modo que ya no eres esclavo, sino que eres hijo” (Gal 4,5)

Nos amó el Padre.

¿Y nos amó Jesucristo, el Hijo enviado por el Padre para salvarnos?

“Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5,2), dice Pablo de una manera general.

Pero después personaliza, y nos lo dice de manera ponderativa e inolvidable, para que cada uno repita sus mismas palabras:
“¡Que me amó, y se entregó a la muerte por mi!” (Gal 2,20)
¡Por mí! Como si no hubiera en el mundo nadie más que yo.

Igual que Jesucristo y el Padre, ¿nos amó también el Espíritu Santo?...

Merecido este Don divino por la muerte redentora de Jesucristo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5)

¿Y el amor de los hermanos?...

Pablo nos acaba de decir que el amor del Espíritu Santo ha sido derramado en el corazón de cada uno. Si todos tenemos el mismo Amor de Dios, que es el Espíritu Santo, entonces el desamor no cabe en un hijo de la Iglesia.

Asombra la grandeza del amor cristiano, nacido de la fuente única del “Dios que es amor” (1Jn 4,8) Pero Pablo no se detiene en indicar la fuente del amor que llevamos dentro, sino que señala además las exigencias que ese amor único de Dios impone a todos.

¿Nos exige algo el ser hijos de Dios? El Padre, haciéndonos hijos en su Hijo Jesús, nos ha infundido el amor filial, y con él le decimos, sin atrevimiento, sino con toda naturalidad: “¡Padre! ¡Abbá! ¡Papá!”. Nos sale espontáneo del corazón, y es el mismo Espíritu Santo quien nos empuja a llamar así a Dios con la oración (Ro 8,16-17)

El amor a Jesucristo lo llevamos muy adentro del corazón, y mirando al Señor -lo mismo chiquitín en Belén, que en la Cruz o glorioso en el Cielo donde nos está esperando con impaciencia-, a nosotros no nos cabe en la cabeza eso de no amar a Jesucristo.

La única frase de Pablo que casi tomamos a broma es aquella suya tan repetida: “El que no ame al Señor Jesucristo, que sea maldito” (1Co 16,22)

Eso va para otros seguramente, no para nosotros…

El querido Espíritu Santo, “amor de Dios derramado en nuestros corazones” (Ro 5,5), está volviendo hoy en la Iglesia a un puesto que nunca debiera haber perdido en la devoción de los cristianos. Estamos atentos a su voz, “a ver qué dice el Espíritu a las Iglesias” (Ap 2,7), para seguir sus indicaciones.

San Pablo nos lo dice de aquella manera memorable: “Todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Ro 8,14)

Si ahora concluimos con la exigencia del amor a los hermanos, vemos a las tres divinas Personas metidas de lleno en este amor.

¿Hijos del mismo Padre?...

¿Miembros de Cristo y hermanos suyos? ¿Templos todos del Espíritu Santo, el animador de la Iglesia, cuerpo único de Cristo, hecha por el Espíritu “un solo corazón y una sola alma”?... (Hch 4,32)
¡Imposible el desamor! Imposible no amarse unos a otros.

El amor llena de punta a punta todas las Cartas de San Pablo. Amor de Dios y a Dios en Cristo Jesús por el Espíritu Santo y derramado a todos los hombres.

La palabra “Amor”, la caridad, es la palabra más rica que figura en el diccionario. Como que es la que define todo el actuar de Dios, porque Dios es amor…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 27 de enero de 2009

Con doce solamente...

¿Valoramos a nuestra Iglesia? ¿Estamos orgullosos de nuestra fe católica? ¿Nos apegamos cada vez con más fuerza a nuestros pastores, el Papa y los Obispos?

Nadie duda de que la Iglesia Católica, aún mirada humanamente, es la institución más grande, disciplinada, robusta, autorizada e influyente del mundo. ¿Cómo se explica esto, si no tiene ningún poder temporal? ¿Quién fue el genio que la organizó y qué estructuras le dio para hacerla tan fuerte y tan robusta que es incapaz de deshacerse y desaparecer?

Cuando se le hacía esta observación a un filósofo malo, malo de verdad, y furioso perseguidor de la Iglesia con sus escritos y su propaganda, el conocido francés Voltaire -que se había propuesto la idea insensata de acabar nada menos que con la Iglesia-, comentó una vez furioso:
- Ya estoy harto de escuchar que bastaron doce hombres para introducir el cristianismo en el mundo. Yo voy a demostrar por fin que basta un hombre para destruirlo.

Lo curioso es que Voltaire murió hace ya más de dos siglos, y la Iglesia, sin hacerle ningún caso, sigue tan lozana en el mundo y disfrutando de muy buena salud...

Nosotros lo entendemos muy bien, porque sabemos el Evangelio. En la Iglesia está toda la fuerza de Dios. Jesús, el carpintero de Nazaret, se lanza a predicar al mundo la presencia del Reino de Dios, que lo trae Él mismo y lo quiere dejar establecido de manera perenne, hasta el fin de los tiempos.

Escoge para ello a doce hombres, noblotes y buenos, pero sin estudios especiales, trabajadores humildes y sin ninguna influencia en la sociedad. Los tiene consigo durante tres años, haciéndoles compartir su propia vida, enseñándoles su doctrina, y los manda después con esta misión:

- Id y predicad lo que yo os he enseñado... Os doy mi autoridad... Dispongo para vosotros el Reino, igual que el Padre lo dispuso para mí... Comeréis y beberéis en mi mesa, y seréis vosotros los que juzgaréis al mundo, los que gobernaréis a las doce tribus de Israel, es decir, a mi Iglesia, el nuevo Israel de Dios...

Jesús muere, resucita, se sube al Cielo, y deja aquí a esos doce hombres sin más defensa que la fuerza de su palabra. Con todo, llevamos ya dos mil años sin que se desmorone la obra de aquel carpintero y de aquellos pescadores y campesinos de Galilea.

¿Por qué será, y quién nos sabe responder?...

La elección de los apóstoles estuvo revestida de especial importancia en la vida de Jesús. Se pasa la noche entera en oración. Habla con su Padre sobre todos y cada uno de los posibles candidatos. Piensa sobre sus cualidades, sobre su carácter, sobre las garantías que ofrecen.

Y llegado el día, escoge a doce entre los discípulos, se los queda consigo, los instruye, los forma, y les encomienda toda su obra. Los doce son iguales, aunque pone al frente de ellos a Simón Pedro, como roca visible de esa Iglesia de la que Él, Jesús, es el fundamento invisible e insustituible.

Morirá Jesús, morirán los apóstoles, morirá Pedro, y, sin embargo, la Iglesia sigue sobre los mismos fundamentos.

Jesús, el Señor, la gobierna invisiblemente por su Espíritu. Visiblemente, sigue su Vicario el Papa, sucesor de Pedro, como cabeza y lazo de unión de los Obispos, a los que confirma continuamente en la fe, como sucesores en bloque de los Apóstoles.

Y nosotros seguimos también descansando tan felices sobre una Roca que sabemos es indestructible...

Como hijos de la Iglesia, esta seguridad que tenemos se nos convierte en un compromiso. A nuestros pastores, el Papa y los Obispos, no solamente los admiramos y los amamos -sabiendo que en ellos admiramos y amamos al mismo Jesucristo a quien representan-, sino que los ayudamos en el cumplimiento de su misión. La Iglesia, por esos pastores nuestros, se mantendrá firme y estable, pero necesita siempre del trabajo de todos para su progreso y expansión. La Iglesia es de Dios, pero necesita de nosotros.
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Un célebre investigador moderno, el francés Henry Fabre, siendo ya anciano, pasaba muchos ratos de charla con el Cura Párroco de su aldea campesina. Un día el Cura se le despide rápido:

- Perdone, pero tengo que ir a preparar el sermón.
- ¿Y de qué va predicar?
- Sobre la divinidad de la Iglesia.
- ¡Oh!, ese es un tema muy fácil.
-¿Muy fácil? Usted, señor Fabre, ¿qué diría?
- Muy sencillo. Yo le diría a la gente de nuestra aldea: tomen doce hombres, instrúyanlos durante tres años, y después mándenlos a la Plaza de la Concordia de París a fundar una nueva religión. Y después de dos mil años, invite usted a todos a que contemplen a ver qué ha pasado con aquellos doce campesinos y con la obra que ellos iniciaron...

El gran sabio sabía lo que se decía. Lo que proponía era un imposible. ¿Doce aldeanos a reestructurar París, toda Francia y después el mundo entero, y sin que su obra se destruya?... Eso es imposible para los hombres. Para Jesús no fue un imposible, y su obra, la encomendada a doce aldeanos de Galilea, todavía sigue...
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¿Valoramos a nuestra Iglesia? ¿Estamos orgullosos de nuestra fe católica? ¿Nos apegamos cada vez con más fuerza a nuestros pastores, el Papa y los Obispos, a los que Jesús nos deja como Vicarios suyos, que hacen con nosotros sus veces?...

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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lunes, 26 de enero de 2009

56. La Esperanza que no falla. Optimismo total

Meditaciones de San Pablo. ¿En qué se funda esta esperanza tan segura que corre por todas las cartas de San Pablo? En Cristo Jesús.

“¡Confíen! Al mundo lo tengo yo vencido!”, dijo Jesucristo como un reto horas antes de que lo llevaran a la cruz (Jn 16,33).

¡Se necesitaba ser valiente!...
La confianza en su victoria final no se la podía quitar nadie al divino Maestro.

Y esa confianza es la que legó a su Iglesia:

“¡Voy al cielo a prepararles un lugar”. “¡Volveré!” (Jn 14,2 y 26)

Y la Iglesia desde entonces, plenamente segura, sabiendo que vendrá, no cesa de clamar:
“¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20)

No valoramos los cristianos la felicidad de que gozamos con la esperanza que tenemos en Dios y que el mismo Dios nos ha infundido.
Es una felicidad continua, porque nunca dudamos de la dicha que nos espera al final.

El apóstol San Pablo nos habla continuamente de ella, y se refiere siempre a la esperanza en la vida eterna. Nos hace mirar siempre al final, como en este párrafo tan bello:

“Las tribulaciones actuales, que pasan rápidas, nos procuran un caudal de gloria eterna sobre toda medida; por eso no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas que se ven son pasajeras, mientras que las que no se ven son eternas” (2Co 4,17-18)

¿En qué se funda esta esperanza tan segura que corre por todas las cartas de San Pablo?
Como siempre -pues no cabe otra cosa en Pablo-, nuestra esperanza se fundamenta en Cristo Jesús. “Cristo en nosotros es la esperanza de la gloria” (Col 1,27)

Nuestra esperanza la tenemos sólo en Jesús.

En el Jesús que murió para salvarnos.

En el Jesús que resucitó y nos espera en el Cielo.

En el Jesús que nos ama y piensa en nosotros.

En el Jesús que está arraigado en nuestros corazones.

En el Jesús que nos tiene ya sentados con Él en los cielos.

En el Jesús que tiene nuestra vida escondida con su misma vida en Dios.

Cuando se meditan todas estas expresiones de San Pablo, se llega a la convicción de que la vida eterna es algo tan seguro que no admite en el creyente duda alguna:

“Nosotros somos ciudadanos del cielo” (Flp 3,20)Y en el bolsillo llevamos la cédula o el carnet de identidad.

“Nuestra salvación está en esperanza”, nos dice Pablo. Aunque de momento no veamos lo que se nos promete. Por eso nos sigue diciendo:

“Una esperanza que se ve, no es esperanza, pues, ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con paciencia” (Ro 8,24-25)

Cuando se tiene una fe viva y un amor ardiente en Jesucristo, se enciende en el alma el ansia viva de unirse a Cristo en la gloria, como lo experimentó el mismo Pablo:

“Me veo presionado por dos anhelos vehementes, y no sé qué escoger. Por una parte, morir cuanto antes, para estar con Cristo; pero, por otra, permanecer aquí para bien de ustedes” (Flp 1,23-24) Entonces, no le quedaba más remedio que acogerse a la paciencia.

Porque muchas veces, Pablo usa la palabra “paciencia” con el mismo
significado que esperanza. Así se lo enseña, por ejemplo, a los mayores de edad:
“Los ancianos sean íntegros en la fe, en el amor, en la paciencia” (Tt 2,2)

¡Tengan calma, calma, que todo llegará!... El premio lo tienen ya en la mano.

Y tengamos presente todos “que la esperanza no confunde”. No falla.

¿Por qué? Porque se funda en el amor de Dios, un amor que no se enfría ni se retracta nunca, “amor que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,5)

Esa esperanza “es una esperanza de vida eterna, prometida desde toda la eternidad por Dios, el cual no miente” (Tt1,2)

Y Dios no puede faltar a su palabra. Por eso, fiados nosotros en ella, “mantengamos firme nuestra esperanza, pues es plena-mente fiel el autor de la Promesa” (Hb 10,23)

Sin esperanza no podríamos vivir. San Pablo lo sabe muy bien, y por eso nos recuerda tantas veces en sus cartas el premio que nos aguarda. Como cuando nos dice:

“Considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que esperamos y que un día se nos va a manifestar” (Ro 8,18), ya que “hemos sido constituidos herederos, en esperanza de vida eterna” (Tt 3,7)
El dolor y el trabajo no terminan en fracaso, sino en una herencia de gloria inmarcesible y eterna.

San Pablo les pide a los efesios que “con los ojos del corazón contemplen la esperanza a que han sido llamados por Cristo, y cuán inmensa es la riqueza de la gloria que se les va a otorgar a los santos” (Ef 1,18)

Esa esperanza no nace de nosotros, sino que nos viene directamente de Dios y es el gozo de la vida.

Y por eso nos desea Pablo:

“Que el Dios de la esperanza les colme de toda alegría y paz en la fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Ro 15,13)

Para acabar, San Pablo nos lanza gritos de triunfo:

“¡Gloriémonos en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios!” (Ro 5,2)
“Vivamos alegres siempre con la esperanza!” (Ro 12,12)
“Mantengamos la confianza y gloriémonos en la esperanza” (Hb 3,6)

Pablo nos ha dicho que nosotros no contemplamos las cosas que se ven, porque pasan, pasan… De ellas no nos quedará nada, mientras que las que no se ven son eternas.

¡Dichosos nosotros, que pensamos así, sabiendo que no nos equivocamos! Los bienes que Dios nos promete los tenemos más seguros en las manos con la esperanza que todo el oro del Banco Nacional en su bóveda impenetrable.

¡Dios nuestro!

La esperanza no nos engaña. Eres Tú mismo quien nos la da.

¡Dale esperanza al mundo, tan necesitado de ella.

Que el mundo la sienta.

Que todos tus hijos la vivan.

Que nadie desespere.

En Cristo Jesús, el que murió, resucitó, y está en el Cielo, tenemos la respuesta a todas nuestras preocupaciones. Cuando estemos contigo, ya no esperaremos nada, porque lo tendremos todo…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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jueves, 22 de enero de 2009

Cae la tarde, Señor y yo me acuerdo de ti...

Vengo ante ti, Señor, que estás solo, siempre esperando, quiero ser tu compañía, y yo necesito la tuya. ¡Cómo te necesito, Señor!

Cae la tarde, Señor, y yo me acuerdo de ti...

Hoy me he sentido especialmente sola. El mundo se agita, corre, sueña, baila, grita, ríe, llora, canta, hay dolor, hay alegría ... pero nada de eso hay en mí, solo la soledad es mi compañera y la tarde se va en un crepúsculo de suave luz... y yo, Señor, me acuerdo de ti.

Vengo ante ti, Señor, que también estás solo, siempre esperando, y quiero ser tu compañía, pero yo necesito la tuya, ¡cómo te necesito, Señor!

Quédate conmigo porque tu eres mi luz y sin ti estoy en tinieblas.

Quédate conmigo, Jesús, porque necesito sentir tu presencia para no olvidarte porque ya ves con cuánta frecuencia te abandono.

Quédate , Señor, conmigo, porque se hace tarde y se vienen las sombras, es decir, se pasa la vida, se acerca la cuenta, la eternidad y es preciso que redoble mis días, mis esfuerzos y que no me detenga en el camino de la oración y de dar más amor... por eso te necesito.

En mi vida se está haciendo tarde, Señor, viene la noche, las tentaciones, sequedades, penas y cruces... y te necesito ¡oh, mi buen Jesús!.

Quédate conmigo porque soy muy débil y necesito de tu fuerza para no caer tantas veces.

Quédate Señor conmigo, porque deseo amarte mucho y con ese mismo amor, amar a mis semejantes.

Quédate, quédate conmigo para no sentir mi soledad, porque tengo frío y a veces todo me da miedo. Necesito tu presencia para sentir el calor de tu amor y tu mirada, la caricia de tus manos cuando lloro...tu dulce sonrisa que me da ánimo para seguir...

Quédate, Señor conmigo, porque Tu solo sabes dar amor, porque solo Tu tienes palabras de vida eterna y nos dices que quien en Ti cree, no muere: Yo soy la luz, la Verdad, el Camino y la Vida.

Soy como un pobre mendigo que implora una limosna, pero limosna de amor, esa que Tu sabes dar con tanta dulzura, con tanta plenitud, sin fijarte en lo poco que valgo, en lo poco que soy y en lo mal que se corresponder a tu gran amor. No tomes en cuenta esto y ¡quédate conmigo, te necesito tanto, oh, Señor!.

Ya se que en tu soledad del Sagrario un día soñaste con este encuentro y siempre me estabas esperando. Pues bien, Señor, aquí estoy, por fin, llegué cansada y triste, Tu lo sabes bien, pero al sentir tu presencia y tu compañía, todo cambió. Una suave serenidad arropa mi alma y el calor y la seguridad de tu amor me hacen mirar de frente a la vida.

¡Gracias mi Jesús Sacramentado!

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 21 de enero de 2009

55. ¡Gracias a Dios! Por "la gracia" precisamente…

La gracia en nosotros es lo que nos cambia totalmente en Dios, haciéndonos participantes de la Vida divina.

San Pablo tiene en la carta a los Romanos una exclamación triunfal: “¡Gracias sean dadas a Dios!”. Y lo decía precisamente por el don de la Gracia con que Dios nos había enriquecido.

¿Y qué entendía Pablo por “La gracia”, sobre todo en esta carta a los Romanos?
Nos lo explica después que ha hablado del pecado y de la justificación.

Desde niños hemos aprendido a hablar de la gracia de Dios como de la Vida de Dios que llevamos dentro:

Es Dios brillando como un sol en el cielo azul y límpido de nuestra alma.

Es el Padre, que nos ha hecho hijos suyos en Jesucristo su Hijo.

Es Jesucristo que por la fe y el amor vive en nuestros corazones (Ef 3,17)

Es el Espíritu Santo, que ha hecho de nosotros su morada, su templo, constituyéndose en el “dulce Huésped del alma” (1Co 6,19)

La gracia en nosotros es Dios mismo que se nos da, que vive en nosotros, que nos transforma totalmente en Él.

Si enchufamos la corriente eléctrica a una resistencia de hierro, el hierro se vuelve resiente, transformado totalmente en fuego. El fuego sigue siendo fuego, y el hierro sigue siendo hierro. Pero fuego y hierro se han hecho una sola y misma cosa. Esto es la gracia en nosotros: lo que nos cambia totalmente en Dios, haciéndonos a nosotros participantes de la Vida divina.

Sabiendo que esto es la gracia, ¿recordamos lo que San Pablo nos dijo sobre el pecado?
Aquella noche negrísima, aquellas tinieblas espantosas, aquella esclavitud tiránica de Satanás, aquella condenación que pesaba encima…, todo eso tan espantoso se ha cambiado en un cielo espléndido, en belleza sin igual, en libertad gozosa y en esperanza firme de una vida eterna y feliz.

Esto es lo que hizo Dios en nosotros por la justificación, de la que nos habló Pablo después de exponer lo tétrico del pecado. Hoy nos va a mostrar el proceso y los pasos que Dios tuvo que dar para conseguir que la gracia viviera a nuestras almas.

Todo parte de una iniciativa de Dios Padre. Cuando todos los hombres y mujeres del mundo, desde Adán y Eva hasta el último de los mortales -la humanidad entera, dicho con una sola palabra- se hundió en el pecado, Dios no tenía obligación alguna de salvarla. Pudo decir:
-Ustedes lo han querido, ustedes se las arreglen. Ustedes se han vendido a Satanás, con Satanás se las entiendan.

“Pero Dios -vamos a ir dejando la palabra a San Pablo-, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó en Cristo y nos salvó por pura benevolencia” (Ef 2,4-5)

Ya tenemos a la vista la fuente de la gracia: fue la misericordia infinita de Dios Padre, que tuvo la corazonada de salvarnos en vez de condenarnos, y esto “cuando estábamos sin fuerzas”, “cuando éramos enemigos suyos” (Ro 5,6-10)

Pablo no ahorra elogios a la bondad inmensa de Dios Padre:

“En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las culpas de los hombres” (2Co 5,19)
Pablo ha insinuado ya por qué el Padre obró así: “Por Cristo”, al que le dijo con amor: -Hijo mío, vete y salva al mundo.
En Cristo vamos a encontrar la clave de todo.

¿Y cómo iba a venir el Hijo de Dios al mundo? ¿Cómo una luz misteriosa, cegadora, bellísima, que arrebatara con los esplendores de la Divinidad?... No. El amor de Dios escogía unos medios desconcertantes, y Pablo nos lo dice en toda su cruda desnudez: “Dios envió su propio Hijo en una carne igual a la del pecado y de la muerte” (Ro 8,3)

Dios quiso al Redentor como un hombre cualquiera, sin privilegio alguno, sujeto a todas las limitaciones, miserias y debilidades de los hombres y mujeres que serían sus hermanos.

Y llegado el momento, “Dios mostró públicamente a ese su Hijo, el Hombre llamado Jesús, como instrumento de propiciación por su propia sangre”, diciendo a todo el mundo, para que todos lo entendieran bien:
-¡Oh mundo, mira a mi Hijo! Míralo colgado en esa cruz. Míralo cómo chorrea sangre por tantos agujeros como han abiertos en sus carnes (Ro 3,25)

Jesús por su parte no se acobardó, porque, empujado por el Espíritu Santo, “el Espíritu eterno” -como lo llama la carta a los Hebreos-, “se ofreció como víctima intachable a Dios”, repitiendo las palabras que dijo al entrar en el mundo:
“No has querido, Padre, sacrificios de animales que no te agradaban. Pero aquí estoy yo con este cuerpo, que te puedo ofrecer” (Hbr 9, 14; 10,5-7)

¡Adónde nos ha llevado Pablo hoy!... A la fuente misma de la gracia, que es Dios:

un Dios Padre que por nosotros no perdona ni a su propio Hijo;

un Dios Hijo, hecho Hombre, Jesús, nuestro querido Jesús, que sube valiente a la cruz;

un Dios Espíritu Santo que mueve todos los resortes divinos a trueque de que la humanidad no perezca y se salve.

¿Acabó aquí la gracia de Dios? No, la gracia no se detuvo en sólo el perdón de los pecados y la justificación, en la paz con Dios. Porque Dios lo hizo, nos asegura Pablo, “en orden a las buenas obras que habríamos de practicar” (Ef 2,10)

De este modo, la justificación, la santidad que Dios metió en nosotros, iría creciendo cada día más y más “hasta llegar a la perfección de la plena madurez en Cristo” (Ef 4,13)

Tenía Pablo mucha razón cuando escribió después de enseñarnos todas estas cosas:
“Donde abundó el delito sobreabundó la gracia” (Ro 5,20)

¡Qué sabiduría la de Dios!

El pecado y la condenación parecían la victoria total y definitiva de Satanás.
Dios nos justifica, y el pecado se vuelve paz con Dios, la muerte se cambia en vida, y la condenación se convierte en gloria eterna.

Dios vino a decirle al demonio:

- ¿Creías que me ibas a ganar? Mi amor y mi sabiduría son mucho más grandes que tu malicia, tu odio y tu cerebro. Venciste al hombre, pero por el Hombre que yo envié has quedado vencido para siempre.

Escuchada la lección que nos enseña Pablo, acabamos nosotros diciendo igual que el maestro:

¡Gracias sean dadas a Dios por su gracia!

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 20 de enero de 2009

Los que no servimos para nada

Dios se basta a sí mismo, pero parece que prefiere seguir contando contigo, con tus nadas, con tus casi -nadas.

Yo estoy seguro de que los hombres no servimos para nada, para casi nada. Cuanto más avanza mi vida, más descubro qué pobres somos y cómo todas las cosas verdaderamente importantes se nos escapan. En realidad es Dios quien lo hace todo, quien puede hacerlo todo. Tal vez nosotros ya haríamos bastante con no enturbiar demasiado el mundo.

Por eso, cada vez me propongo metas menores. Ya no sueño con cambiar el mundo, y a veces me parece bastante con cambiar un tiesto de sitio. Y, sin embargo, otras veces pienso que, pequeñas y todo, esas cosillas que logramos hacer podrían llegar a ser hasta bastante importantes. Y entonces, en los momentos de desaliento, me acuerdo de una oración de cristianos brasileños que una vez escuché y que no he olvidado del todo, pero que, reconstruida ahora por mí, podría decir algo parecido a esto:

Sí, ya sé que sólo Dios puede dar la vida; pero tú puedes ayudarle a transmitirla.

Sólo Dios puede dar la fe, pero tú puedes dar tu testimonio.

Sólo Dios es el autor de toda esperanza, pero tú puedes ayudar a tu amigo a encontrarla.

Sólo Dios es el camino, pero tú eres el dedo que señala cómo se va a Él.

Sólo Dios puede dar el amor, pero tú puedes enseñar a otros como se ama.

Dios es el único que tiene fuerza, la crea, la da; pero nosotros podemos animar al desanimado.

Sólo Dios puede hacer que se conserve o se prolongue una vida, pero tú puedes hacer que esté llena o vacía.

Sólo Dios puede hacer lo imposible; sólo tú puedes hacer lo posible.

Sólo Dios puede hacer un sol que caliente a todos los hombres; sólo tú puedes hacer una silla en la que se siente un viejo cansado.

Sólo Dios es capaz de fabricar el milagro de la carne de un niño, pero tú puedes hacerle sonreír.
Sólo Dios hace que bajo el sol crezcan los trigales, pero tú puedes triturar ese grano y repartir ese pan.

Sólo Dios puede impedir las guerras, pero tú pues no reñir con tu mujer o tu hermano.

Sólo a Dios se le ocurrió el invento del fuego, pero tú puedes prestar una caja de cerillas.

Sólo Dios da la completa y verdadera libertad, pero nosotros podríamos, al menos, pintar de azul las rejas y poner unas flores frescas en la ventana de la prisión.

Sólo Dios podría devolverle la vida del esposo a la joven viuda; tú puedes sentarte en silencio a su lado para que se sienta menos sola.

Sólo Dios puede inventar una pureza como la de la Virgen; pero tú puedes conseguir que alguien, que ya las había olvidado, vuelva a rezar las tres avemarías.

Sólo Dios puede salvar al mundo porque sólo Él salva, pero tú puedes hacer un poco más pequeñita la injusticia de la que tiene que salvarnos.

Sólo Dios puede hacer que le toque la Primitiva a ese pobre mendigo que tanto la necesita; pero tú puedes irle conservando esa esperanza con una pequeña sonrisa y un "mañana será".

Sólo Dios puede conseguir que reciba esa carta la vecina del quinto, porque Dios sabe que aquel antiguo novio hace muchos años que la olvidó; pero tú podrías suplir hoy un poco esa carta con un piropo y una palabra cariñosa.

En realidad, ya ves que Dios se basta a sí mismo, pero parece que prefiere seguir contando contigo, con tus nadas, con tus casi -nadas.


Tomado del libro: "Razones desde la otra orilla"

Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net
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lunes, 19 de enero de 2009

54. ¿Qué es eso de Justicia? En Pablo, continuamente

Todos pecaron... Y son justificados gratuitamente del todo, en virtud de la redención obrada en Cristo Jesús.

En las cartas de San Pablo, sobre todo a los Gálatas y a los de Roma, encontramos muchas veces las palabras “justicia”, “justificación” y “justo”. Son importantísimas. ¿Hacemos un esfuerzo para entenderlas?... Porque se trata de algo capital al leer y estudiar a San Pablo.

Hemos de partir de algo que es fundamental.
Dios crea a Adán y Eva en su amistad, los eleva a la vida del mismo Dios y los destina a su misma gloria. Fue todo pura gracia, puro regalo. Dios no les debía nada, porque no debe nada a nadie. Por desgracia, vino el pecado, y Dios podía castigar sin remedio; pero usó misericordia con el hombre y la mujer pecadores en el paraíso, a los cuales prometía un Salvador.

¿Y cómo iba Dios a eliminar ese obstáculo del pecado, que quitaba la paz y la amistad de Dios? Fue por la muerte de Jesucristo en la cruz, porque Jesucristo intercedió por nosotros, y pagó la deuda que nosotros teníamos contraída con Dios.

Pablo es clarísimo:
“Todos pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios. Y son justificados gratuitamente del todo, en virtud de la redención obrada en Cristo Jesús. (Ro 3,23-24)

La justificación se realizó por esta muerte de Jesús en la Cruz. El pecado quedaba per-donado, como lo dice San Pablo con unas palabras grandiosas:
“A Jesucristo, que no conoció el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, a fin de que nosotros viniéramos a ser justicia de Dios en él” (2Co 5,21)

Es decir, Jesús inocentísimo tomó sobre Sí todos los pecados, como si Él fuera el grande y único pecador de la humanidad. Pero, como estábamos todos metidos en Jesucristo nuestro hermano, en Jesucristo nos perdonó Dios a todos. Fue una justificación totalmente de balde.

La muerte de Jesús quitaba el pecado. Y con su resurrección, al darnos el Espíritu Santo, Dios nos devolvía su vida, su amistad, su paz, su amor, y quedábamos transformados totalmente en justos, en santos. La justificación nuestra se realizaba de modo completo. ¡Y todo gratis!...

Quitado ese estorbo del pecado, y recibido el Espíritu Santo por la fe y el bautismo, el cristiano queda convertido en justo, y se establece la paz y la amistad entre Dios y nosotros, con la esperanza firme en la gloria futura, pues sigue San Pablo:
“Justificados por la sangre de Jesús, seremos también salvados por medio suyo” (Ro 5,9)

Sigue Pablo diciendo a los Romanos con aire casi triunfal: “Antes eran esclavos del pecado. Pero ahora, liberados del pecado, han quedado esclavos de la justicia” (Ro 6,16-18)

Pablo usa una comparación interesante. El esclavo que quería la libertad iba ahorrando dinero, y cuando tenía la cantidad requerida la depositaba en el templo del dios que fuera. Llevaba allí a su dueño, que recibía el dinero y entregaba el esclavo a la divinidad. El dios dejaba entonces en libertad al esclavo, y éste se convertía en un “liberto del dios”.

Los lectores de Pablo entendían esto perfectamente. Insolventes nosotros, Jesucristo con su sangre pagó al Padre nuestra deuda, el Padre nos dejaba libres del pecado y de la condenación, y nosotros pasábamos a ser esclavos de Dios, con libertad de hijos, pero deudores de la justicia, de la santidad.

¡Bendita nuestra esclavitud actual! ¡Esclavos de la santidad! ¡A ser santos ahora, así como antes éramos pecadores!...

¿Qué significan, entonces, esas tres palabras que hemos dicho al principio??

“Justicia” es la paz que hay entre Dios y el hombre.

“Justificación” es el acto con Dios perdona la deuda, y hace las paces con el pecador.

“Justo” es el que vive y está en paz con Dios.

¿Cuál era la vida de aquellos paganos del Imperio Romano antes de convertirse? Pablo los describía así:
“Impuros, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, ultrajadores, explotadores”.

Y les añade a los de Corinto, aunque sin ofenderles:
“Y esto eran algunos de ustedes” (1Co 6,9-10) Hasta que se les echó encima santidad de Dios y los convirtió en santos.

¿Qué les toca ahora? Con la comparación de antes, hay que decir: ¡Cambiar de dueño!
Antes eran esclavos de la culpa y de Satanás. Ahora son esclavos de la santidad y de Dios. Todas las energías que antes gastaban sirviendo al mal, ahora las gastan en servir a todas las virtudes cristianas.
Antes, esclavos de la culpa, ¡qué pena!
Ahora, esclavos de la santidad, ¡qué gloria!

Esto es la justicia: es estar en paz y amistad con Dios, porque ya no existe entre Dios y el hombre la valla o el muro que los separaba.

Es un caminar por la santidad bajo la mirada complacida de Dios. Es un esperar con seguridad y con gozo la gloria futura, la salvación completa, pues sigue diciendo Pablo:

“Así como reinó el pecado para muerte, así reina la justicia para la vida eterna, por Jesucristo Señor nuestro” (Ro 5,21)

En San Pablo, una idea fundamental, importantísima, sobre la justicia de Dios, es ésta:

La justificación es totalmente gratuita. Dios no nos debía nada. Estábamos perdidos sin remedio. Pero Dios, “rico en misericordia”, nos justificó, nos santificó, absolutamente de balde.

La santidad que nos comunicó fue un completo regalo. No se debió a ninguna obra buena que nosotros hubiéramos hecho. Por eso se llama “gracia”, “regalo” “don”
Pero viene después otra cosa.

Una vez justificados, nosotros aumentamos la justicia, la santidad, con nuestras obras. Obras que hacemos con la ayuda de Dios. Es la fe que actúa movida por el amor (Ga 5,6) *

De esta manera, Pablo se atreve a decir a cada uno, igual que a su discípulo más querido:
“Corre detrás de la justicia, de la fe, de la caridad, de la paz con cuantos invocan al Se-ñor con puro corazón” (2Tm 2,22)

¡Hay que ver lo que significa esta palabra, “justicia” en la mente de San Pablo! Bondad inmensa de Dios, que todo nos lo da gratis, con fidelidad a su propia palabra. Fe y confianza en Dios, que nos amó cuando aún éramos injustos y pecadores (R 5,8-9) Generosidad nuestra, para responder con nuestras obras a lo que exige la fe.

¡Dios justo, Dios santo! ¡Haznos justos, haznos santos por Jesucristo!

¡Y guárdanos en tu justicia, en tu santidad, hasta la vida eterna!...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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viernes, 16 de enero de 2009

Si hoy Dios me llamara...

Si hoy Dios me llamara, ¿qué haría, en qué pensaría, de qué me arrepentiría, que suplicaría?

Podría ocurrir hoy mismo. Tengo el corazón en muchas cosas, un deseo grande de hacer esto o lo otro, muchos planes para este día. Pero quizá este sea mi último día, el día que me aleja de este mundo. Los planes, los deseos, los proyectos, quedarían, para siempre, arrinconados.

Si hoy Dios me llamara... Muchos no sabemos ni cómo ni cuándo llegará ese día, pero sabemos que la muerte es posible para todos, sanos o enfermos, jóvenes o ancianos, ricos o pobres, malos o buenos.

Si hoy Dios me llamara, ¿qué haría, en qué pensaría, de qué me arrepentiría, que suplicaría?

Buscaría aprovechar las últimas horas, los últimos minutos, en pedir perdón. Perdón a Dios, a quien tantas veces he fallado, a quien tantas veces he olvidado, ha quien tantas veces he negado. Perdón a Dios que no dejó de amarme, de buscarme, de curarme, de esperarme.

Luego, pediría perdón a tantas personas a las que no supe amar, ni ayudar, ni comprender, ni escuchar. A quienes esperaron de mí un poco de consuelo. A quienes buscaron en mí un poco de alegría. A quienes llamaron a mi puerta para pedir el pan que aliviase su miseria. A quienes suplicaron que les atendiera, que les escuchara, que les ofreciera algo de mi tiempo para hacer llevadera la cruz pesada que llevaban en sus vidas.

Luego, intentaría dar las gracias a una multitud de corazones buenos que me tendieron su mano, que me ofrecieron una palabra de aliento, que me aconsejaron y me apartaron del mal camino, que me soportaron en mis peores momentos, que me levantaron tras la caída, que me curaron en mis fiebres y mis heridas.

Luego, quedaría la hora de volver la mirada a Dios. Por Él nací, por Él descubrí la Redención, por Él fue marcado en el bautismo, por Él pude recibir mil veces el Sacramento de la misericordia, por Él estuve al lado de Cristo Eucaristía.

La muerte será el momento del encuentro definitivo con un Dios que nos ha revelado su amor de Padre, para siempre, sin misterios. Un Dios que es Padre y que es Justicia: pesará mi corazón y verá si está ya maduro para llorar el propio pecado y suplicar humildemente su misericordia.

No sé si estoy listo para ese momento, con ese leve equipaje para el viaje. Ese equipaje que consiste en la docilidad, la apertura, la sencillez de corazón, la humildad para volver a pedir perdón, la esperanza ante la llegada del Esposo. Sé sólo que llegará ese día, y podría ser hoy, en unos minutos, en unas horas.

Si hoy Dios me llamara, le pediría que la Sangre de su Hijo me lavase de tanta mancha y me permitiera, al menos en estos últimos instantes, tener un corazón arrepentido y dispuesto a acoger, como barro dócil, su abrazo eterno y lleno de cariño.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 15 de enero de 2009

Eucaristía y Sagrario

Dios está en el Sagrario para nosotros, para hacer compañía, fortalecer, iluminar, consolar y para llenar la vida.

El Sagrario es como un imán.

¿Han visto ustedes un imán? ¿Qué hace un imán? Atrae el hierro. Pues así como el imán atrae al hierro, así el Sagrario atrae los corazones de quienes aman a Jesús. Y es una atracción tan fuerte que se hace irresistible. No se puede vivir sin Cristo eucaristía.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando un imán no atrae al hierro? ¿De quién es la culpa, del imán o del hierro? Del imán ciertamente no.

San Francisco de Sales lo explicaba así: “cuando un alma no es atraída por el imán de Dios se debe a tres causas: o porque ese hierro está muy lejos; o porque se interpone entre el imán y el hierro un objeto duro, por ejemplo una piedra, que impide la atracción; o porque ese pedazo de hierro está lleno de grasa que también impide la atracción”.

Y continúa explicando San Francisco de Sales:

- “Estar lejos del imán significa llevar una vida de pecado y de vicio muy arraigada”.
- “La piedra sería la soberbia. Un alma soberbia nunca saborea a Dios. Impide la atracción”.
- “La grasa sería cuando esa alma está rebajada, desesperada, por culpa de los pecados carnales y de la impureza”.

Y da la solución:

- “Que el alma alejada haga el esfuerzo del hijo pródigo: que vuelva a Dios, que dé el primer paso a la Iglesia, que se acerque a los Sacramentos y verá cómo sentirá la atracción de Dios, que es misericordia”.
- “Que el alma soberbia aparte esa piedra de su camino, y verá cómo sentirá la atracción de Dios, que es dulzura y bondad”.
- “Que el alma sensual se levante de su degradación y se limpie de la grasa carnal y verá cómo sentirá la atracción de Dios, que es pureza y santidad”.

Así es también Cristo eucaristía: un fuerte imán para las almas que lo aman. Es una atracción llena de amor, de cariño, de bondad, de comprensión, de misericordia. Pero también es una atracción llena de respeto, de finura, de sinceridad. No te atrae para explotarte, para abusar de ti, para narcotizarte, embelesarte, dormirte, jugar con tus sentimientos. Te atrae para abrirte su corazón de amigo, de médico, de pastor, de hermano, de maestro. Si fuésemos almas enamoradas, siempre estaríamos en actitud de buscar Sagrarios y quedarnos con ese amigo largos ratos, a solas.

Si fuésemos almas enamoradas, no dejaríamos tan solo a Jesús eucaristía. Las iglesias no estarían tan vacías, tan solas, tan frías, tan desamparadas. Serían como un continuo hormigueo de amigos que entran y salen.

Tengamos la costumbre de asaltar los Sagrarios, como dice san Josemaría Escrivá. Es tan fuerte la atracción que no podemos resistir en entrar y dialogar con el amigo Jesús que se encuentra en cada Sagrario.

Y para los que trabajan en la iglesia, pienso en los sacristanes, esta atracción por Jesús eucaristía les lleva a poner cariño en el cuidado material de todo lo que se refiere a la eucaristía: Limpieza, pulcritud, brillantez, gusto artístico, orden, piedad, manteles pulcros, vinajeras limpias, purificadores relucientes, corporales almidonados, pisos como espejos, nada de polvo, telarañas o suciedades. Estas delicadezas son detalles de alguien que ama y cree en Jesús eucaristía.

Pero, ¿por qué a veces el Sagrario, que es imán, no atrae a algunos? Siguen vigentes las tres posibilidades ya enunciadas por san Francisco de Sales, y yo añadiría algunas otras.

No atrae Cristo eucaristía porque tal vez hemos sido atraídos por otros imanes que atraen nuestros sentidos y no tanto nuestra alma. Pongo como ejemplo la televisión, el cine, los bailes, las candilejas de la fama, o alguna criatura en especial, una chica, un chico. Lógicamente, estos imanes atraen los sentidos y cada uno quiere apresar su tajada y saciarse hasta hartarse. Y los sentidos ya satisfechos embotan la mente y ya no se piensa ni se reflexiona, y no se tiene gusto por las cosas espirituales.

A otros no atrae este imán por ignorancia. No saben quién está en el Sagrario, por qué está ahí, para qué está ahí. Si supieran que está Dios, el Rey de los cielos y la Tierra, el Todopoderoso, el Rey de los corazones. Si supieran que en el Sagrario está Cristo vivo, tal como existe – glorioso y triunfante – en el Cielo; el mismo que sació a la samaritana, que curó a Zaqueo de su ambición, el mismo que dio de comer a cinco mil hombres....todos irían corriendo a visitarlo en el Sagrario.

Naturalmente echamos de menos su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de acariciar a los niños. Nos gustaría volver a mirarle de cerca, sentado junto al pozo de Jacob cansado del largo camino, nos gustaría verlo llorar por Lázaro, o cuando oraba largamente. Pero ahora tenemos que ejercitar la fe: creemos y sabemos por la fe que Jesús permanece siempre junto a nosotros. Y lo hace de modo silencioso, humilde, oculto, más bien esperando a que lo busquemos.

Se esconde precisamente para que avivemos más nuestra fe en Él, para que no dejemos de buscarlo y tratarlo. ¡Que abajamiento el suyo! ¡Qué profundo silencio de Dios! Está escondido, oculto, callado. ¡Más humillación y más anonadamiento que en el establo, que en Nazaret, que en la Cruz!

Señor, aumenta nuestra fe en tu eucaristía. Que no nos acostumbremos a visitarte en el Sagrario. Que seas Tú ese imán que nos atraiga siempre y en todo momento. Quítanos todo aquello que pudiera impedirnos esta atracción divina: soberbia, apego al mundo, placeres, rutina, inconsciencia e indiferencia.

¡El Sagrario!

“El Maestro está aquí y te llama”, le dice Marta a su hermana.

Nuestra ciudad está rodeada de la presencia Sacramental del Señor. Tomen en sus manos un mapa de la ciudad y vean cuántas iglesias tienen, señaladas con una cruz. Esas cruces están señalando que ahí está el Señor, son como luceros o como constelaciones de luz, visibles sólo a los ángeles y a los creyentes, diría Pablo VI.

¡Seamos más sensibles, menos indiferentes! ¡Visitemos más a Cristo Eucaristía en las iglesias cuando vamos de camino al trabajo o regresamos! Asomemos la cabeza para decirle a Jesús: ¡hola! Dejemos al pie del Sagrario nuestras alegrías y tristezas, nuestras miserias y progresos.

Imaginen unos novios que se aman. Trabajan los dos. El trabajo de uno está a dos calles del otro. ¿Qué no haría el amado para buscar ocasiones para ver a la amada, llamarla por teléfono, saludarla, aún cuando fuera a distancia?

¿Pequeñeces? Son cosas que solamente entienden los enamorados. Con el Señor hemos de hacer lo mismo. Si hace falta, caminamos dos, tres o más calles para pasar cerca de Él y tener ocasión de saludarlo y decirle algo. Con una persona conocida, pasamos y la saludamos brevemente. Es cortesía. ¿Y con el Señor no?

En cada Sagrario se podría poner un rótulo “Dios está aquí” o “Dios te llama”. Es el Rey, que nos concede audiencia cuando nosotros lo deseamos. Abandonó su magnífico palacio del Cielo, al que tú ni yo podíamos llegar, y bajó a la tierra y se queda en el Sagrario y ahí nos espera, paciente y amorosamente.

El mismo que caminó por los senderos de Palestina, el que curó, el que fundó la iglesia, es el mismo que está en el Sagrario.

¿Para quién y para qué está ahí? Para nosotros, para hacer compañía al solo, para fortalecer al débil, para iluminar al que duda, para consolar al triste, para llenar la vida de jugo, de alegría, de sentido.

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 14 de enero de 2009

53. ¿Arrancar del pecado? Extraño, pero es así

¡Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia!. ¡Y gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro!

Aquel sacerdote profesor de Biblia, explicando la carta de San Pablo a los Romanos, un día se metió con el “pecado”, y una alumna linda y buena, interrumpió:

- ¡Uff, qué palabra! Qué mal pega en medio de tanta gracia, de tanto amor, de tanta vida cristiana, de tanta belleza sobre Jesucristo. ¿No la podría pasar por alto, Padre?...

El profesor le sonrió cariñosamente:
- Precisamente por eso la traigo. Porque Pablo en esta carta, ya desde la primera página, arranca de esta palabra tan tenebrosa y tan tétrica para llegar a la Gracia y a Jesucristo.

Al mundo moderno hay que meterle la noción de pecado que ha perdido. Y hay que hacerlo, como lo hace Pablo y lo queremos hacer nosotros, así: sustituyéndola definitivamente por la gracia, por Jesucristo.

En el grupo se hizo silencio, y continuó el sacerdote por donde quería acabar, con pala-bras del mismo San Pablo:

Saben que “la paga del pecado es la muerte” (Ro 6,23) Pero ahora, libres del pecado y esclavos de Dios, ustedes fructifican para la santidad, cuyo fin es la vida eterna.

Es muy gráfica esta comparación del pecado y la muerte. Pablo ve a los pecadores, que lo éramos todos, como los soldados en fila, firmes, esperando la “soldada”, es decir, el jornal que el comandante en jefe del ejército les pagaba por el servicio prestado. Aquí el pecado es el general que paga a cada uno lo suyo. Va pasando por sus soldados en fila, y les va entregando a cada uno su salario:

- ¡Toma, la muerte! Esta es mi paga…

Ante esta actitud del pecado, que paga el sueldo con la muerte, Pablo mira a Dios que va diciendo a cada uno de los suyos:

- ¡Toma, la vida eterna! Esta es mi paga para los que están en mi Gracia por Cristo Jesús.

Por extraño que nos parezca, el tema del que arranca toda la gran Epístola de Pablo a los Romanos es el pecado, desgracia suma del hombre, que no tenía remedio alguno. Menos mal que vino la gracia de Dios, totalmente gratuita, merecida por Jesucristo, y con ella la salvación.

Una salvación tan asombrosa que hace exclamar a Pablo con voz de triunfo: “Todos pecaron y todos están necesitados de la gracia de Dios” (Ro 3,23). “Pero donde abundó el delito sobreabundó la gracia” (Ro 5,20)

Por lo mismo, la misericordia de Dios fue inmensamente mayor que nuestra malicia.
Dios se empeñó en salvarnos a toda costa.

La muchacha del “¡Uff, qué palabra!” fue la primera en aplaudir al profesor:
-¡Qué bien! ¡Siga! Esto es magnífico…

Y el profesor siguió.

Ante todo, ¿qué es el pecado tal como lo ve el Apóstol? Lo que sabemos todos. Es el obstáculo, el estorbo, el muro que nos separa de Dios. Amistad con Dios y pecado son dos cosas imposibles, que jamás pueden ir juntas.

El pecado, tantísimo pecado -el personal como el de toda la colectividad humana-, había debilitado de tal modo la naturaleza y había enrarecido tanto el ambiente moral del mundo, que el pecado se convirtió en la actividad normal del hombre y de la mujer.

El pecado se había hecho universal, reinaba en el mundo entero, hasta poder asegurar lamentablemente Pablo: “Todos nosotros vivíamos así sumidos en los pecados y éramos por naturaleza hijos de ira” (Ef 2,1-3)

La humanidad vivía en el pecado como en su ambiente normal. A un pecado seguía otro y otro en cadena interminable hasta constituir una situación de desespero.

Se lee el capítulo primero de la Carta de Pablo a los Romanos, y hace estremecer el cuadro que presenta. Así era el mundo. Así lo veía Dios. ¿Y qué iba a hacer?... ¿Ira sobre ira, castigo sobre castigo, hasta parar todos en una condenación irremediable?...

Dios, “el rico en misericordia”, como lo llama Pablo, no iba a perdernos a nosotros como podía hacerlo en justicia, dando de esa manera la victoria a Satanás por quien entró el pecado en el mundo.

Y entonces, en vez de aplicarnos una desgracia inmensa, prosigue Pablo, “cuando estábamos nosotros muertos por los pecados, nos vivificó con la gracia de Cristo, por la cual hemos sido salvados” (Ef 2,4-5)

Se vislumbra el triunfo de Dios. Pablo habla con el lenguaje de la Biblia y se remonta al primer pecado del paraíso. Satanás había triunfado de momento. Pero la maldita serpiente tuvo que oír allá en el jardín: “Un hijo de la mujer te machacará la cabeza” (Gn 3,15)

Vendrá ahora Pablo, y clamará triunfalmente:

“Así como por el delito de uno solo, Adán, todos los hombres quedan reos de condenación, así por la justicia de uno solo, Jesucristo, todos los hombres alcanzan la justificación, que es vida” (Ro 5,18)

Ya tenemos aquí desplegadas las banderas de la victoria. Contemplando a la humanidad caída, todo eran lamentaciones inútiles, dice Pablo:
“Las pasiones de los pecados actuaban en nuestros miembros para llevarnos a la muerte” , “Porque la muerte es la paga del pecado” (Ro 7,5; 6,23)

Ante semejante desgracia, grita el pecador en el desespero:
“¡Infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de pecado y de muerte?”…

Y viene la respuesta gloriosa:
“¡La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro!” (Ro 7,24-25)

Ante esto, ¿quién se va a perder en adelante?... ¡Nadie! Se pierde sólo el que no quiera aprovechar la Redención de Jesucristo. Sólo el que no acepte el perdón que le ofrece Dios por la sangre de su Hijo.

San Pablo lo dice con dos frases triunfales:

“¡Donde abundó el delito, sobreabundó la gracia!”.
“¡Y gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Señor nuestro!” (Ro 5,20 y 7,25)

¿Le damos o no le damos la razón a Pablo cuando nos dicta esas palabras triunfales?...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 13 de enero de 2009

¿Vivimos nuestra fe católica?

La fe no es una simple teoría. Es un compromiso que llega al corazón, a las acciones, los principios, las decisiones, al pensamiento y a la vida.

La fe no es una simple teoría. Es un compromiso que llega al corazón y a las acciones, a los principios y a las decisiones, al pensamiento y a la vida.

Vivimos nuestra fe cuando dejamos a Dios el primer lugar en nuestras almas. Cuando el domingo es un día para la misa, para la oración, para el servicio, para la esperanza y el amor. Cuando entre semana buscamos momentos para rezar, para leer el Evangelio, para dejar que Dios ilumine nuestras ideas y decisiones.

Vivimos nuestra fe cuando no permitimos que el dinero sea el centro de gravedad del propio corazón. Cuando lo usamos como medio para las necesidades de la familia y de quienes sufren por la pobreza, el hambre, la injusticia. Cuando sabemos ayudar a la parroquia y a tantas iniciativas que sirven para enseñar la doctrina católica.

Vivimos nuestra fe cuando controlamos los apetitos de la carne, cuando no comemos más de lo necesario, cuando no nos preocupamos del vestido, cuando huimos de cualquier vanidad, cuando cultivamos la verdadera modestia, cuando huimos de todo exceso: “nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias” (Rm 13,13).

Vivimos nuestra fe cuando el prójimo ocupa el primer lugar en nuestros proyectos. Cuando visitamos a los ancianos y a los enfermos. Cuando nos preocupamos de los presos y de sus familias. Cuando atendemos a las víctimas de las mil injusticias que afligen nuestro mundo.

Vivimos nuestra fe cuando tenemos más tiempo para buenas lecturas que para pasatiempos vanos. Cuando leemos antes la Biblia que una novela de última hora. Cuando conocer cómo va el fútbol es mucho menos importante que saber qué enseñan el Papa y los obispos.

Vivimos nuestra fe cuando no despreciamos a ningún hermano débil, pecador, caído. Cuando tendemos la mano al que más lo necesita. Cuando defendemos la fama de quien es calumniado o difamado injustamente. Cuando cerramos la boca antes de decir una palabra vana o una crítica que parece ingeniosa pero puede hacer mucho daño. Cuando promovemos esa alabanza sana y contagiosa que nace de los corazones buenos.

Vivimos nuestra fe cuando los pensamientos más sencillos, los pensamientos más íntimos, los pensamientos más normales, están siempre iluminados por la luz del Espíritu Santo. Porque nos hemos dejado empapar de Evangelio, porque habitamos en el mundo de la gracia, porque queremos vivir a fondo cada enseñanza del Maestro.

Vivimos nuestra fe cuando sabemos levantarnos del pecado. Cuando pedimos perdón a Dios y a la Iglesia en el Sacramento de la confesión. Cuando pedimos perdón y perdonamos al hermano, aunque tengamos que hacerlo setenta veces siete.

Vivimos nuestra fe cuando estamos en comunión alegre y profunda con la Virgen María y con los santos. Cuando nos preocupa lo que ocurre en cada corazón cristiano. Cuando sabemos imitar mil ejemplos magníficos de hermanos que toman su fe en serio y brillan como luces en la marcha misteriosa de la historia humana.

Vivimos nuestra fe cuando nos dejamos, simplemente, alegremente, plenamente, amar por un Dios que nos ha hablado por el Hijo y desea que le llamemos con un nombre magnífico, sublime, familiar, íntimo: nuestro Padre de los cielos.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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lunes, 12 de enero de 2009

52. ¡Fe! Vivir de la fe. El tema de toda la carta

Meditaciones de San Pablo. ¡Hay que ver la gloria que se le da a Dios cuando se le puede decir: ¡No veo, pero creo!

Hubo un Santo en nuestro tiempo, clavado horas y más horas del día en el confesonario, que repetía convencido y machacón a todos sus penitentes: -¡Fe, fe!

¡Mucha fe!...

¿Se equivocaba San Leopoldo Mandiç, el sacerdote capuchino que pasó su vida oyendo confesiones?... San Pablo, desde el Cielo, le debía aplaudir cada vez que lo aconsejaba. Porque Pablo afirma categóricamente: “El justo vivirá de la fe” (Ro 1,17)

Pase lo que pase, “quien tiene fe está plenamente convencido de lo que espera”, sin dudar jamás, porque Dios lo ha dicho y con esto es bastante, aunque no se vea nada (Hb 11,1)

Fe en el Dios que nos ama.
Fe en Dios que nos perdona.
Fe en el Dios que nos salva.

Quien tiene fe, alimenta una confianza inquebrantable en que Dios no le va fallar en ninguna de sus promesas: “Porque es fiel el que los ha llamado y es él quien lo hará” (1Ts 5,24), asegura Pablo, porque sabe que Dios cumplirá su palabra.

Quien tiene fe, “la cual actúa por la caridad” (Gal 5,6), no se amodorra en la inacción ni le deja a Dios que lo haga todo Él, sino que se pone en la mano de Dios para realizar siem-pre obras que agradan a Dios y con las cuales alcanza la perfección cristiana.

Quien tiene fe, está plenamente convencido de que “Cristo habita por esa fe en nuestros corazones, arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 17), y entonces deja traslucir a Cristo en todo lo que hace.

Todo esto dice que la fe profesada por el cristiano es una convicción profunda en la palabra de Dios, y no un simple sentimiento que le hace dejar a Dios de una manera vaga el problema de la salvación.

La fe enseñada y exigida por Pablo es el motor que lleva al cristiano a cumplir siempre la ley del Evangelio, “abundando en toda obra buena” (2Co 9,8), de manera que su fe no es algo muerto, sino vida de su misma vida.

Para San Pablo, todo el misterio de la fe recae sobre la Persona de Jesucristo, el cual encierra toda nuestra esperanza, la gloria que nos aguarda en herencia, la grandeza inconmensurable de su gloria.
¿Y cómo se va a conocer todo esto, que supera todo el poder del entendimiento humano?

San Pablo lo dice muy bellamente a los de Éfeso: “Porque Dios ilumina los ojos de sus corazones” (Ef 1,18)

La Biblia de Jerusalén lo comenta con mucho acierto:

- Dios conoce el corazón, y el cristiano ama a Dios con todo el corazón;
- Dios ha depositado en el corazón del cristiano el don del Espíritu Santo;
- Cristo por la fe habita en nuestro corazón;
- los limpios de corazón, los sencillos, los humildes, conforme a la palabra de Jesús, verán a Dios, porque están abiertos sin limitaciones a la presencia y a la acción de Dios.

La fe tiene y tendrá siempre misterios, pero esos ojos del corazón de que habla Pablo, sencillos y puros, escrutan mucho en las profundidades de Dios. Alma limpia y corazón que ama tiene unos ojos mucho más avizores que el cerebro…

San Pablo pide un esfuerzo para llegar a la firmeza de la fe, “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” (Ef 4,13)

Porque esos ojos del corazón, por muy claro que vean, siempre tienen por delante la os-curidad. “A Dios no lo ha visto nadie nunca”, dice Juan apenas abre su Evangelio (Jn 1,18) Por eso la fe se basa en la palabra de Dios, que ni se engaña ni puede mentir.

Podrán venir dudas de fe, como las han experimentado los mayores Santos. Resulta trágico leer las vidas de Vicente de Paúl, Teresa del Niño Jesús, o la Madre Teresa de Calcuta… Metidas sus almas en una noche oscurísima, les venía a la mente:

- ¡No existe nada! ¡Todo es mentira!

¡Después de la muerte sólo está el vacío! ¡Es inútil todo lo que hago!... A estas expresiones podemos reducir lo que se decían esos gigantes de la santidad. El mismo Pablo confiesa de sí mismo: “Me vi abrumado sobre todas mis fuerzas de tal manera que me daba hastío hasta el vivir” (2Co 1,8)

Sin embargo, estos Santos nunca fallaron en la fe. ¿Por qué?... Porque una cosa tenían clara, clarísima: -¡Dios lo ha dicho! ¡Dios lo quiere!...

Y con su palabra tenían bastante. Todos ellos se decían lo de Pablo: “Sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy seguro de que me conservará fiel hasta el fin” (2Tm 1,12)

La fe no trata de “comprender” lo que Dios ha dicho, porque el entendimiento humano nunca llegará a ello; sino que trata de “aceptar” lo que Dios dice, aunque pareciera un absurdo.

Pablo se gloriaba de la fe activa de sus discípulos, como los de Tesalónica, una Iglesia tan querida suya: “Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre el obrar de su fe”.

Unas obras de fe que no debían ser tan fáciles, cuando les añadía: “Conozco el trabajo difícil de su caridad y la tenacidad de su esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1Ts 1,3)

Aquí se ve cómo el creer es de valientes y generosos. El entendimiento acepta sin titubeos ni dudas la fe que Dios le propone. Y entonces la voluntad, movida siempre por el amor, convierte la fe en abundante cosecha de obras agradables a Dios.

Todos los testimonios de San Pablo hacen ver clara una cosa, fundamental en el cristianismo, a saber: - La fe no es una confianza vaga en un Cristo que nos va a salvar sin hacer nosotros nada.

Muy al contrario, la fe es una fuerza incoercible, imposible de resistir, que lleva al amor, el cual impulsa al cristiano a actuar siempre, a abundar en obras de santidad. Si se cree en Cristo, se quiere hacer algo por Él. Si se ama a Cristo, el amor de Cristo no deja estar quietos.
Fe dormida es una fe muerta.

La luminosa carta a los Hebreos dirá que “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hb 11,1) Y al revés, la fe es una satisfacción inmensa que se le tributa al Dios a quien no se ve. ¡Hay que ver la gloria que se le da a Dios cuando se le puede decir: ¡No veo, pero creo!

¡Hay que ver el mérito que encierra el profesar: ¡No veo, pero creo sin titubeos!
Y así las cosas, nos convencemos de la razón que tenía aquel Santo cuando repetía a to-dos hasta cansarlos: “¡Fe! ¡Fe! ¡Mucha fe!”...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 10 de enero de 2009

Madre mía te quiero con todo mi corazón

Caminar contigo es tocar el cielo con la mano; vivir junto a Ti es ya adelantar la gloria. Contigo los dolores se mitigan, las amargas lágrimas se detienen.

Dulcísima Madre mía,
he venido a saludarte con cariño
en este nuevo día.
¿Quién te hizo tan bella?
Quizás Tú no lo sepas,
pero yo no puedo contemplar tu rostro
y mirar tus ojos de cielo
sin emocionarme hasta el alma.

¿Quién me amó tanto, tanto,
que me hizo hijo luyo?
Hermosísima Reina, Madre de bondad,
estás hecha de bondad y de amor.

¡Qué felices nos has hecho,
qué afortunados por tenerte como madre!
Era yo un gitanillo que inspiraba compasión,
Era un niño pobre, un niño malo.
Había caminado descalzo
Por sendas de piedras y maleza;
traía una carita sucia de lágrimas antiguas
y polvo de muchos caminos.

Era un niño pequeño,
pero había sufrido ya como adulto.
Se me había olvidado la sonrisa.
El futuro era negro de nubes espesas.
Y, de pronto, apareciste Tú en mi vida.
Una mujer muy hermosa,
una mujer que inspiraba todo el cariño del mundo.

Me mirabas con una sonrisa de cielo.
Me llamaste con una voz tan dulce…
Me esforcé en sonreír un tanto,
y me fui acercando temblando de emoción.
De pronto, tus manos se abrieron
y me sumergí en un abrazo tan dulce
que todas mis penas se fueron;
y me sentí el niño más feliz del mundo.

Pero mi alegría fue más grande que yo mismo,
cuando de tus labios graciosos brotó esta palabra: “Hijo mío.”
Quise decir algo que brotaba con ímpetu del corazón.
No pude decirlo, no me atrevía.
Miré mis sandalias rotas, mi vestido raído;
mi corazón y mis manos no eran limpios.

“Hijo mío, cuanto te quiero,
cuánto te he esperado, hijo de mi alma.”
Entonces ya no pude callarme y le dije
con las lágrimas más puras
y la alegría de un niño feliz:
“Madre mía te quiero con todo mi corazón.”
Y un abrazo fundió
a la Madre pura y santa
y al niño pecador.

“He ahí a tu Madre, he ahí a tu hijo”
El que dijo estas bellas palabras
era Dios mismo,
un Dios que moría por mí en una cruz:
un Dios que me dio a su misma madre
en un impulso de amor.
No es un rato de contento,
es una eternidad de felicidad.
La eternidad de la alegría
comenzó desde ese momento
en que Jesús dijo esas palabras en la cruz.
Nos daba su vida y su sangre,
nos daba la Madre de sus sueños.

Desde entonces ya no soy el niño malo;
que malo no puedo seguir siendo
junto a una Madre tan buena.
Ya no soy un niño huérfano,
ni triste ni harapiento.
Soy el niño más feliz.
Ya mis lágrimas son de de amor y alegría,
por Ella, por mi Madre del cielo.

Caminar contigo es tocar el cielo con la mano;
vivir junto a Ti es ya adelantar la gloria.
Contigo los dolores se mitigan,
las amargas lágrimas se detienen
y el desierto vuelve a florecer.
Mi desierto ha vuelto a florecer.
Todo cambió desde aquel día,
el día maravilloso en que te conocí, oh Madre.
Yo no te conocía, primor de los valles.
Ignoraba que existías, amor de mi vida.
Pasé junto a valles hermosos y bellísimas flores
y nunca imaginé que Tú tenías
la luz y la belleza de los valles y las flores.
Vida mía, amor mío,
Vida, belleza y amor ensamblados.

Eres una senda florecida
que me ha conducido a Dios.
Me enamoré de Ti primero para siempre,
pero tu amor me llevó dulcemente, sin fatiga,
hacia el Dios Amor.
Tú me hiciste querer a ese ser infinitamente amable.
Presentaste a mis ojos
a un Dios Niño, ternura infinita,
un encanto de Dios hecho niño por mí.

La mujer que es amor
llevando en sus brazos al Niño que es amor,
porque es el Niño Dios.
Oh Madre dulcísima,
no quiero jamás separarme de Ti,
no quiero jamás separarme del Dios
que me has enseñado a querer;
el mismo Dios que Tú amas tanto
porque es tu Dios y es hijo de tus entrañas.
Enséñame a amarlo con todo mi corazón.

Autor: P. Mariano de Blas L.C. | Fuente: Catholic.net
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viernes, 9 de enero de 2009

Abrazando la cruz...para ti mujer

Pon tu alma adolorida en el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, y encontrarás el consuelo que jamás imaginaste.

Me han dicho que sufres, y que sufres mucho. Que sabías que había dolor en el mundo pero nunca pensaste en que a ti te alcanzaría... ¡Y en qué forma!

Quisiera llegar a tu corazón, mujer que sufres.

En cualquier parte del mundo existe el dolor, y a ti, seas del lugar que seas, te ha alcanzado su dardo. No se quién eres...tal vez la luna ha besado ya tus cabellos dejando en ellos sus rayos de plata y tus ojos tienen la profundidad de la experiencia de una larga vida compuesta de muchas realidades y ya muy pocos sueños...
Tu corazón sufre lo que jamás imaginaste, la amargura sin igual que te ha proporcionado ese hijo o hija en el que pusiste todas tu esperanzas, al que meciste en tus brazos, el que apretaste contra tu corazón para que nadie lo hiriese ¡por el que tanto te sacrificaste! y ahora... tu sola mujer, puedes conocer toda la magnitud de tu dolor.

También puede ser que seas joven, muy joven. Aún esperas, mejor dicho, esperabas mucho de la vida... aún resuenan en tus oídos las notas de aquella marcha nupcial en la mañana radiante en que unías tu vida a la de aquel hombre, que ahora ya, ¡no tienes a tu lado!... o tal vez, y permíteme que te diga que así es más profunda tu tragedia, lo tengas junto a ti y sin embargo la inmensidad de un abismo os separa... tal vez teniéndolo a tu lado te sientes infinitamente sola.

No lo se, quizá tengas el gran dolor de una madre que ve la cuna vacía... Oh, mujer, yo no lo se pero tu si sabes cual es tu historia y por qué te duele tanto el corazón, por qué hay veces que te pesa tanto la vida...

Yo no me atrevo a entrar en tu alma pero me acerco a ti con respeto y cariño. Quisiera llevar hasta ti, no el remedio a tus penas, pero si un poco de serenidad y paz, aún a pesar de tu dolor. Quiero pedirte que seas valiente y que no pierdas tu fe. Si te acercas a un Cristo clavado en una Cruz se abrirán tus ojos, pues no hay dolor como su dolor y que como bien dicen los teólogos de la Verdad: era suficiente solo una gota de sangre, la más ligera humillación, un solo deseo que hubiera brotado de su corazón, para la redención completa de la Humanidad y sin embargo...¡contémplalo! está en la Cruz para que sepas que su corazón te comprende, que pasó por todos tus dolores y más y ese Cristo es tu Dios que muere en un Cruz para que cuando sufras lo tengas muy presente.

Míralo bien. Dile que le das tu corazón herido para que de tus espinas florezcan rosas fragantes que deseas poner en sus llagados pies ¡clavados en la Cruz para esperarte! Se valiente.

Quisiera que grabaras en tu memoria pero sobre todo en tu corazón estas palabras hermosas y llenas de gran sabiduría: "No es el sufrir sino la manera de sufrir, lo que dignifica". Es preciso tratar bien a las espinas ¡más sufre el que las pisa que el que las besa!. Pasa por la vida heroicamente y poniendo tu alma adolorida en el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, hallarás el consuelo que jamás imaginaste.

Quiero que seas valiente y que sonrías...Se que eso cuesta mucho pero aún voy a atreverme a pedirte más: que si hay alguien o algo que tienes que perdonar, que perdones. Perdona a quién robó tu calma, tu felicidad, a quién no tuvo reparo en destrozar tu vida, tus sueños, a quién te hundió en la soledad y el abandono. A quién te hizo mucho daño...¡perdónalo!.

Arranca de tu corazón hasta la más leve sombra de rencor y verás cuánta más luz hay en tu vida. Verás que así te sientes más buena y mucho más valiente para caminar con tu cruz. No lleves tu pesada cruz arrastras, abrázala contra tu corazón, esa cruz pesa mucho ya lo se, pero abrazada a ella ya es diferente y serás la mujer fuerte de la que nos habla el Evangelio, una mujer nueva y total.

¡Que el Señor nos de fuerza a todos, cuando el dolor nos alcanza, para abrazar nuestra cruz!

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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martes, 6 de enero de 2009

Ni eran reyes, ni eran tres

Entrevista al historiador italiano Franco Cardini autor del libro: Los Reyes Magos, historia y Leyenda

Según explica el historiador italiano Franco Cardini, autor del libro Los Reyes Magos, historia y Leyenda, los Magos de Oriente que fueron a Belén a adorar a Jesús, no eran Reyes ni eran tres, y ni siquiera viajaban en dromedario, sino que todas estas singularidades les fueron atribuidas en interpretaciones teológicas posteriores al evangelio.

En una entrevista concedida a la agencia Efe, Franco Cardini resaltó que el único evangelio de los cuatro canónicos que hace referencia a estos populares personajes es el de San Mateo. El evangelista se limita a consignar que «unos magos que venían del Oriente», sin especificar cuántos, se presentaron en Jerusalén conducidos por una estrella, que señalaba el nacimiento del Rey de los Judíos.

Los historiadores consideran que, con el término «mago», San Mateo se refería a astrólogos o sacerdotes persas que profesaban el mazdeísmo, la religión de Zaratustra, explica Cardini en su libro, recientemente publicado en español por Península.

El evangelio de San Mateo especifica también que los magos ofrecieron al niño Jesús como presentes oro, incienso y mirra. A partir de aquí, explica Cardini, «el número de tres magos se fija bastante rápidamente» entre los Padres de la Iglesia, dado que «se hace una relación entre el número de regalos y el número de magos» No obstante, hasta entrado el siglo V, en algunos escritos seguían hablando aún de cuatro magos. El primero que convirtió en Reyes a los magos fue Tertuliano, quien descubrió en el Antiguo Testamento, concretamente en los Salmos de David, un pasaje que aseguraba que unos Reyes acudirían a ver al Mesías poco después de su nacimiento. El tratamiento de Reyes era mucho más aceptable para los teólogos que el de Magos que «se asociaba con nigromantes o brujos», explica Cardini.

San Agustín, por su parte, determinó que los Reyes habían llegado hasta Belén montados en dromedarios para salvar una incongruencia temporal. «Según la tradición cristiana occidental, la estrella subió al cielo en el momento en que Jesús nació, el 25 de diciembre, y los Reyes llegaron desde Asia a Belén en 13 días, lo que es difícil de creer para la época», indica Cardini. Ante esta contradicción, y haciéndose eco de un evangelio apócrifo que aseguraba que los Magos viajaron en camellos, San Agustín dedujo que los Reyes debieron montar en dromedarios «porque él era africano y sabía que eran más veloces que los camellos».

Según Cardini, los Reyes Magos acabaron convirtiéndose en la tradición teológica e iconográfica occidental en «un símbolo de todos los paganos que se convierten al cristianismo sin pasar por la tradición judía». «Los tres Magos son los representantes de todos los pueblos de la Tierra y cada uno de ellos se convierte en rey de uno de los tres continentes conocidos y en encarnación de las razas humanas: hay un europeo, un asiático y un africano», asegura el historiador italiano, quien precisa que, a partir, del siglo XII y XIII, se coloca ya habitualmente «un mago negro».

Franco Cardini relata como los Reyes Magos «son también símbolo del tiempo, del pasado, el presente y el futuro, y por eso sus figuras representan un hombre anciano, uno de mediana edad y uno joven». Además, los Magos son símbolos de la Trinidad y encarnan los tres papeles de Cristo como Dios (la divinidad), como Rey (el alma) y como hombre (el cuerpo), según el historiador italiano. Asimismo, sus regalos representan el poder político (oro), la divinidad (el incienso) y la resurrección (la mirra).

Autor: Franco Cardini | Fuente: Agencia EFE
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Sigue la estrella que brilla para ti

La estrella de nuestra vida es Dios, si lo buscamos, nuestra vida siempre estará iluminada.

Todos hemos oído contar la leyenda del joven escalador, que aquel fin de semana se echó la mochila a la espalda y se fue a caminar, a caminar lejos... Sube a las alturas y descubre horizontes cada vez más vastos, más lejanos, y también más encantadores y maravillosos. ¡Adelante, adelante!, se dice a sí mismo. Llega ya el anochecer, y se encuentra en la cima de una montaña altísima. A sus pies, un abismo inmenso que le detenía los pasos.

¡Bueno! Me quedaré aquí. En esta altura pasaré la noche, y mañana veremos.
Desenrolla su tienda de campaña, y a dormir. De repente, al querer despedirse de las estrellas que van a velar su sueño, contempla en la lejanía una estrella de singular belleza. Nunca había visto una estrella semejante. Le pareció que había explotado una estrella novísima, y se dijo:
¡Esa estrella será mía! ¡Yo no me la pierdo! Voy a clavar allí mis pies, mejor que una bandera, y esa estrella no me la quita nadie. ¡Esa estrella será mía, será mía!...

Pero no podía esperar al día siguiente. El camino de una estrella sólo se puede seguir de noche. Y antes había contemplado el abismo inmenso que tenía a sus pies. ¿Quién lo podía saltar? Era un imposible. ¿Qué camino seguir para vadearlo? No se veía ninguno. Y la estrella seguía allí en el horizonte, donde se juntan casi el cielo y la tierra, llamándole como un desafío:
¡Ven! ¡Acércate hacia aquí! Y después, sube, sube...

Ante el imposible, el muchacho empieza a llorar calladito, como si se avergonzara de sus lágrimas. Cuando, de repente, ve a su lado un niño luminoso, que le pregunta:
¿Por qué lloras?

Porque quiero llegar hasta aquella estrella y no puedo, no puedo pasar este abismo y acercarme allí.

¡Si es muy fácil cruzar este abismo! Si quieres, te llevo yo.

¿Tú? ¿Tú, un niño tan pequeño, me llevas hasta aquella estrella? Pues, ¿quién eres tú?

Aquella estrella es Dios, y yo soy la oración ¿Quieres que te lleve yo en un instante?...

La leyenda hermosa no necesita explicación ninguna, porque es clarísima la lección que de ella se desprende.

Dios, ese Dios en quien pensamos como término de todas nuestras ilusiones, se nos presenta, igual que al joven escalador, como algo grande y deslumbrador, de hermosura singular y término de todas nuestras aspiraciones. ¡Dios tiene que ser mío! Hasta que descanse en Él, no estaré nunca en paz, nos decimos tantas veces. Pero, ¿está Dios tan lejos que no lo podremos alcanzar nunca?

Es cierto que entre Dios y nosotros existe un abismo insondable, porque Dios está sobre todas las cosas. Y, sin embargo, en nuestras manos tenemos el poder para agarrarlo, para asirnos a Él, para meternos en Él, para no soltarlo nunca.

La oración, que en nuestros días es un signo inequívoco de renovación en la Iglesia, es para nosotros algo ya tan familiar, que, gracias a Dios, pronto no vamos a saber prescindir de ella.

La oración, que nos puede salir del corazón y de los labios en cada momento, si nosotros queremos, nos une con nuestro Dios y nos hace vivir en Él más que en nosotros mismos.

La oración es la respiración de la vida cristiana. ¿Quién tiene mejor salud que quien respira bien, con unos pulmones siempre oxigenados, con una sangre siempre pura?

La oración es un consuelo singular en medio de las dificultades. ¿Quién triunfa en la vida como aquel que siempre cuenta con Dios?

La oración es unión con Dios. ¿Quién tiene más segura su salvación, que aquel que no hace más que hablar con Dios, y se sumerge de continuo en la vida divina?

La oración, por otra parte, no es privilegio de algunos nada más. La oración es de todos.

Es del niño, que le habla a Dios con candor de ángel.

Es de la persona adulta, que se siente tanto más pequeñita ante Dios cuanto más crece.

Es de esa persona santa, que no sabe vivir sin su Dios día y noche.

Es de esa persona que siente sobre sí toda la carga insoportable de la culpa, y descubre que Dios, y sólo Dios, es quien la comprende, la sigue amando y la quiere salvar.

La oración no es una ciencia misteriosa que necesite de muchas explicaciones. Lo sería, si Dios no la hubiera hecho tan fácil para nosotros. Y digo para nosotros, los cristianos, que desde nuestro Bautismo llevamos dentro el Espíritu Santo, cuya acción dentro del alma se manifiesta precisamente por la oración.

El Espíritu Santo es quien nos enseña a orar, a dirigirnos a Dios nuestro Padre, a clamar continuamente por el Señor Jesús. San Pablo lo dice con palabras que llegan a emocionar, cuando nos asegura que nosotros no sabríamos ciertamente cómo dirigirnos a Dios, pero el Espíritu Santo ora de continuo en lo más secreto del corazón con gemidos inenarrables...

Llevar una vida de oración es llevar una vida escondida en Dios.

Es hacerse con el Dios creador de las estrellas.

Y dirigir una oración a Dios cuesta menos, mucho menos, que escalar una alta montaña y vadear un abismo muy hondo.
Elevar una oracioncita a Dios no cuesta nada, nada.

Ahora mismo lo podemos hacer, y lo hacemos, cada uno de nosotros.

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 3 de enero de 2009

La noche de los Reyes Magos

Noche mágica y misteriosa...¡Qué bonito sería pensar que esta noche todos duermen con esta espera maravillosa!

Noche de Reyes...

Noche mágica y misteriosa...

Noche que hace palpitar aceleradamente los corazones infantiles y que al cerrar sus ojos para dormir, los hará soñar con la tierna ilusión de una muñeca o de un tren de bonitos colores. Porque a pesar de que ahora los juguetes han alcanzado perfecciones insospechadas y técnicas admirables, nada podrá igualar al maravilloso encanto y tierna sencillez de una muñeca "vestida de azul" o de un tren de alegres y vivos colores.

Sueñan los niños y porque sus almas son inocentes y tienen fe, encontrarán sobre sus zapatitos, que esta noche brillan de tan limpios que están, los juguetes anhelados... "porque se portaron bien" y escribieron una carta que siempre empezó así: Queridos Reyes Magos....y los mágicos personajes, Melchor, Gaspar y Baltasar, vendrán al conjuro de esos deseos ingenuos, con sus hermosas capas, con dos coronas y un turbante, para dejar sus regalos.

De tanto pensar en ellos, sienten los niños que en el silencio de esta noche han oído como un rumor de pasos, roce de sedas, terciopelos y brocados... Son los tres Reyes Magos que han pasado. Y ojalá que esos niños guarden para siempre la ilusión y magia de esta noche tan singularmente bella para que, cuando adultos, en sus nuevos hogares, siempre haya una "noche de Reyes". ¡Qué bonito sería pensar que esta noche todos los niños duermen con esta espera maravillosa!

Pero el cuadro tiene su claro-oscuro. Las sombras que nos estrujan el corazón de miles y miles de niños que esta noche no pondrán sus zapatitos porque no los tienen, porque sus pies caminan descalzos sobre la tierra de este Planeta. Que no pedirán ni un tren ni una muñeca sino un mendrugo de pan para tener algo que comer en esta noche de Reyes. Estos niños nos están gritando con el grito silencioso de su presencia, que de nada sirven los tecnicismos de esta era si a los hombres se nos ha endurecido el corazón. Pobre humanidad, envanecida y orgullosa...¡de qué podemos estarlo! si los hombres se matan y los niños tienen hambre.

Hacer a los niños felices sería el mejor regalo y más aún para nuestras conciencias. Que la mejor meta al llegar el año 2009 sería que no existiera un solo niño sobre la faz de la tierra, en la calle, con hambre y descalzo.

Será sin duda el mas severo juicio al que seremos sometidos ante el Creador, porque estuvieron a nuestro lado y no los quisimos ver, tuvieron hambre y no les dimos de comer, tuvieron sed y no les dimos de beber...

Esta noche, noche de Reyes, la humanidad entera y cada uno de nosotros, tendríamos que convertirnos en un Rey Mago, abrazar contra nuestro pecho a un chiquitín, besar sus mejillas sucias, sus ojos tristes y caer de rodillas y pedirles perdón.

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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viernes, 2 de enero de 2009

¡Acabamos de estrenar un nuevo año!

Si el año que terminó lo hemos puesto en la Misericordia de Dios, pongamos en su Providencia el año que acabamos de estrenar.

Terminamos un año, y nos invita el tiempo a reflexionar, a dar gracias por todos los beneficios que se nos ha dado. Ha sido un año con dificultades y situaciones difíciles que nos han hecho crecer como personas y como cristianos, porque Dios siempre nos da las cosas que necesitamos para que crezcamos, para que maduremos. Han sido 365 días que han tenido sus amaneceres y sus atardeceres, y todo ha tenido su encanto.

Gracias a Dios porque ha sido bueno con nosotros y por ello estamos contentos. Pongamos en sus Manos misericordiosas el año que terminó, de todo aquello que hicimos mal, o cuando dejamos de hacer el bien. Todo lo hemos de poner en la misericordia de Dios, nuestras heridas, nuestros resentimientos, nuestras envidias, nuestra pereza para hacer el bien, nuestro orgullo frente a la vida... dejemos en Dios todo aquello que nos ató, aquello que nos esclavizó, y caminemos con la libertad de los hijos de Dios al encuentro del nuevo año que acabamos de estrenar.

Iniciar el nuevo año, con un corazón agradecido, porque si no valoramos el trabajo que Dios ha hecho por nosotros, entramos al nuevo año con la tristeza del pasado, con la angustia de lo que nos hizo sufrir, y el nuevo tiempo, se tornaría como el deseo de fugarse del presente para esperar algo nuevo y esperar algo bueno como si fuera fortuna, como si fuera la suerte... sin ser responsable de nuestra existencia.

Un nuevo año es tiempo de encuentro y por lo tanto de celebración, porque es encuentro de oportunidades; ha de ser celebrativo porque lo iniciamos con un corazón agradecido, ha de ser un tiempo de encuentro donde tenga cabida la sorpresa, el milagro, el estupor. No es una esperanza fortuita, ni producto de un juego de azar, sino es ir al encuentro del nuevo tiempo en la esperanza, de la realización plena del amor de Dios.

Si el año que terminó lo hemos puesto en las manos misericordiosas del Padre, pongamos en su Providencia el año que acabamos de estrenar, que todos nuestros días que están por venir estén confiados a la Divina Providencia del Señor, que, bien sabemos, cada instante de nuestra vida depende totalmente de Dios. Es Él quien nos cuida, es Él quien nos protege, quien nos provee de lo necesario para cada día, pues cada día tiene lo necesario para que podamos descubrir Su amor y cada día tiene su propio afán.

El amor de Dios se complace en hacer nuevas todas las cosas, un amor que se regocija en compartirse en cada instante, es el mismo Amor que nos ha creado de la nada. Es Dios mismo que se comparte con nosotros en cada instante especialmente en la Eucaristía. Por eso, podemos aventurarnos ya desde este momento a desear y esperar un buen año y...¡Que se realice como nuestro Padre Dios lo haya dispuesto!

Autor: P. Idar Hidalgo | Fuente: Catholic.net
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