jueves, 28 de mayo de 2009

Evangelio Diario / Jesús ora a su Padre por sus discípulos

El amor de Cristo es eterno, está presente siempre y en todo lugar.

Juan 17, 11-19

Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.

Reflexión

Un padre de familia se ve obligado a dejar su hogar. El ejército lo necesita. Hace unos días recibió la carta, y hoy debe partir. Su esposa ya lo conocía; pero Jaime, su hijo "mayor" de 8 años, no. Ya en la calle, con su equipaje al hombro, después de darle un beso lleno de emoción a su mujer y a Nancy, su hija de dos años, se arrodilla para abrazar a su hijo. "Jaime, te pido que cuides de tu mamá y de tu hermanita. Estaré unos días fuera. Sé bueno y recuerda que eres el hombre de la casa". Con el corazón en la garganta se aleja por la calle...

Jesús, el Buen Pastor, antes de comenzar el drama de su pasión, encomendó a los suyos a quien sabía que velaría por ellos con tanto amor como Él lo había hecho: a su Padre. "Padre santo, cuida a los que me diste. Voy a ti y los dejo solos, cuida de ellos".

El amor de Cristo es eterno, supera la barrera del tiempo y del espacio. Su amor está presente siempre y en todo lugar. Ésta debe ser la principal alegría de un cristiano: saberse amado por Jesús y por su Padre. Con un amor más fuerte que el odio del mundo. Este amor de Cristo es nuestra insignia, nuestro escudo y nuestra arma de lucha. No puede concebirse un cristiano que huya de la lucha, que se oculte cobardemente tras un árbol quitándose una espina cuando sus pastores y tantos hermanos son atacados por los enemigos del rebaño de Cristo.

Por eso Cristo no pidió al Padre que nos apartara del mundo y nos encerrara en un "mundo perfecto", sino que nos santificara (que nos fortaleciera con su gracia) para vencer el mal y extender su Reino.

Autor: P. Vicente Yanes | Fuente: Catholic.net
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Aparición de Jesús a los discípulos

Espíritu de alegría, consuelo y fortaleza, sánanos del desánimo, el miedo y la tristeza.

Hoy es jueves, Señor.

Hoy Jesús, vengo ante Ti con el alma aligerada, con la alegría de una gran emoción que ya conoces porque Tu lo sabes todo de tus amadas criaturas y de mí.

Pero se que te gusta que te cuente "mis cosas" ya que eres mi confidente, mi gran amigo... Pues bien, lo que trae mi alma conmovida es, que como tu ya sabes, México ha sido consagrado al Espíritu Santo, el Espíritu Santo que es frecuentemente el GRAN DESCONOCIDO, y que es el Espíritu de Dios.

El es, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tres Personas distintas y un solo Dios Verdadero. Es el Misterio profundo de esa Trinidad donde ninguno es mayor ni menor que el otro. Tienen su propia personalidad, por decirlo así:

El Padre que no tuvo ni principio ni fin, que no fue hecho, ni creado, ni engendrado.


El Hijo no fue hecho, ni creado, sino engendrado en María la Virgen para hacerse hombre y


El Espíritu Santo que no fue hecho ni engendrado, sino que procede del Padre y del Hijo.

Dios Padre se da plenamente al Hijo con infinito amor, el Hijo se da al Padre con el mismo infinito amor y de esta comunicación de amor brota el Espíritu Santo, amor sustancial del Padre y del Hijo, es así como nos lo enseña Santo Tomás en su Suma Teológica.

Después de la muerte y a pesar de haber visto resucitado a Jesús, los apóstoles estaban sumidos en el miedo hecho terror. ¿Cómo ellos pobres pescadores, algunos analfabetos, podrían cumplir el mandato, la misión que les dejaba el Maestro y Señor?. Id, a predicar a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo... y también.... si yo no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros; pero si ve voy, os lo enviaré Y estando reunidos llegó el Espíritu de Dios y todo cambió para ellos.

Así también nosotros hemos de llamarlo:

¡Ven Espíritu Santo!

Él desea entrar para darnos sus Dones, es el Gran Consolador, Intercesor y Luz y se convierte en el dulce huésped del alma y nos llena de paz y de sabiduría. Lo necesitamos porque El es el fruto del Amor de Dios.

Y para terminar esta pequeña charla contigo mi amado Jesús, te diré que es un beneficio inmenso que nuestro querido México se haya consagrado al Espíritu Santo, en estos tiempos tan difíciles, como ya pasó, cuando en México se derramó sangre por tu amor allá por los años de 1927 y más, en la Guerra Cristera, y ahora también las fuerzas del mal, vemos claramente, que están presentes.

Vamos a tener la ayuda amadísima del Espíritu Santo y de rodillas ante ti, como lo haré todos los días pediré su ayuda y protección con esta oración.

CONSAGRACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

"Espíritu Santo, te consagramos nuestra patria. Intercede por quienes vivimos en ella.
No nos dejes perdernos por caminos sin Dios, reoriéntanos al gozo de la fe y la verdad.

Espíritu de paz, perdón y misericordia, líbranos de la violencia y la discordia y enséñanos a hablar las lenguas siempre nuevas de la fraternidad.

Espíritu de alegría, consuelo y fortaleza, sánanos del desánimo, el miedo y la tristeza.

Espíritu de generosidad y de justicia, apártanos del egoísmo y de la avaricia, inspíranos acciones para crear condiciones que permitan a todos vivir con dignidad.

Tu eres fuente de la vida, rescátanos de la cultura de la muerte, fecúndanos con tus dones, tus frutos y carísmas.

Ilumina nuestra tierra, renueva las naciones, ven como en Pentecostés e incendia con tu fuego de amor los corazones. AMÉN.

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 27 de mayo de 2009

91. Pablo y sus colaboradores. Un equipo magnífico

Esta es la gran bendición de la Iglesia: contar con hombres y mujeres entregados, que siguen las huellas de los grandes apóstoles.

Al leer las últimas cartas de Pablo, nos hemos encontrado con una larga lista de saludos inusual. No son precisamente los amigos y amigas de las otras cartas, sino los colaboradores que tiene en el Evangelio.

En sus cartas les lanza a todos este piropo que no se compra con millones:
“Apóstoles de las Iglesias, gloria de Cristo” (2Co 8,23)
Además, les asegura una recompensa inimaginable, el galardón supremo:
“Sus nombres están escritos en el libro de la vida” (Flp 4,3)

Y Pablo no dice esto de Pedro, Juan, Santiago, Mateo o Tomás, los apóstoles elegidos por Jesús.
¡No! Pablo se refiere a Silas, a Clemente, a Dimas, a Trófimo, a Sópatro, a Segundo, a Gayo, a Erasto, a Tíquico y Artemas, a Zenas y Apolo, a Aristarco, a Urbano, a Epafras, a otros más…
¿Qué nombres, verdad?...
Sí que los hemos oído y leído, pero no caemos en la cuenta de lo grandes que son.

Nos suenan mucho Bernabé, Lucas, Timoteo, Tito y Marcos, como los más conocidos; mientras que los otros han quedado en la penumbra, pero que son tan gloriosos ante Dios y tan beneméritos de la Iglesia.

Tiene Pablo muy presentes a las mujeres que le ayudaron mucho y de manara ejemplar en el apostolado.
Como evangelizadoras, aparte de Febe la diaconisa, cita Pablo a varias con el mismo elogio de muy trabajadoras: Trifena y Trifosa, “que han trabajado por el Señor”; María la judía romana, “que tanto ha trabajado”; Préside, “que ha trabajado mucho en el Señor”…

Y trae además el recuerdo emocionado de aquellas que le sirvieron de manera tan singular: Priscila, que junto con su marido se jugó la cabeza por Pablo; Lidia, la imprescindible de Filipos; la madre de Rufo, “que es también madre mía”…
El trabajo de la mujer en la Iglesia, con responsabilidad propia, no es cosa de nuestros días: es algo tan antiguo como la Iglesia primera de los Apóstoles.

Eso que dice Pablo sobre los “nombres escritos en el libro de la vida” no nos resulta del todo nuevo, pues el Señor ya se lo había dicho a aquellos que regresaban locos de felicidad después de la misión que les había encomendado:
“Alégrense, porque sus nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,20)

Ésta es la dicha de los evangelizadores.
Éste es el estímulo nuestro cuando queremos trabajar en la obra del Señor.
Y esta es la gran bendición de la Iglesia: contar con hombres y mujeres entregados, que siguen las huellas de los grandes apóstoles, muchas veces sin apariencias, sin meter ruido, pero cuya generosidad conoce bien el Dios que sabe escribir con letras de oro allá arriba…

Hemos admirado siempre a Pablo; su obra nos pasma. Pero, ¿habíamos reparado lo suficiente en este hecho que nos ocupa hoy: que siempre contó con unos compañeros magníficos en su obra de evangelización?
Pablo supo rodearse de hombres con su mismo ideal, enamorados de Jesucristo y entregados del todo a la obra del Señor.

¿Qué decir, por ejemplo, de Bernabé? Es una figura muy querida en la Iglesia. Judío helenista, natural de Chipre, en los principios de la Iglesia de Jerusalén realizó aquel gesto tan generoso de caridad con los pobres narrado por los Hechos. Poseía un campo, lo vendió, y puso el dinero a los pies de los apóstoles para que lo distribuyeran entre los necesitados.

Cuando nadie se fiaba de Pablo, el perseguidor que se había convertido, Bernabé fue el clarividente que tomó al antiguo enemigo y lo presentó confiadamente a los apóstoles y a la primera comunidad de Jerusalén.
Recordamos a Bernabé en Antioquía, en Chipre, en el Concilio de Jerusalén…
Bondadoso y humilde, pronto dejó el protagonismo en manos de Pablo, quedándose él en segundo lugar a lo largo de aquella primera misión evangelizadora por dentro del Asia Menor.

Junto con Bernabé hay que traer obligatoriamente a su sobrino Marcos, que en la primera Iglesia de Jerusalén era tan familiar a los Apóstoles.

Muchacho joven, acompañó a su tío Bernabé y a Pablo en la evangelización de Chipre
Durante la primera prisión de Roma, Pablo lo tenía consigo, y en la prisión siguiente le pidió a Timoteo: ¡Tráeme contigo a Marcos!... Señal esto de su valer y de lo mucho que Pablo lo apreciaba y quería.

¿Y qué decir de Lucas? Compañero fidelísimo de Pablo, no lo dejó nunca, ni en la prisión de Cesarea ni en las dos cárceles de Roma.
Escribió con cuidado histórico sin igual su Evangelio, del cual decía un racionalista e incrédulo famoso que era “el libro más bello del mundo”.
Los que amamos a la Virgen María no sabemos cómo agradecer a Lucas todo lo que nos cuenta de Ella.
Y sin su otro libro, los “Hechos de los Apóstoles”, tendríamos en el Nuevo Testamento un vacío imposible de llenar.
¡Lo que en la Iglesia debemos a Lucas!...

Tito y Timoteo nos son familiares por las cartas que les dirigió Pablo.
Tito, convertido del paganismo, fue por designación de Pablo evangelizador de Creta y de Dalmacia.

Timoteo, el muchacho judío de Listra, llegó a ser el discípulo más mimado y entrañable de Pablo, el cual parece que no podía pasar sin él. Timoteo era débil y algo enfermizo. Pablo, con cariño grande, le recomienda:
-Está bien tu austeridad, pero toma moderadamente algo de vino, pues lo necesitas por tu débil estómago y por tus frecuentes enfermedades.
Al leer unas líneas como éstas a Timoteo, adivinamos lo que era Pablo para sus colaboradores: todo amor, todo ternura, todo solicitud de padre.

Pablo estaba orgulloso de todos los que le ayudaban en el Evangelio.

“Apóstoles de las Iglesias”, los llama con satisfacción inmensa.
“Gloria de Cristo”, les dice como elogio sin igual.
“Inscritos en el registro del Cielo”, les asegura rebosante de gozo inefable.

Esto eran entonces para Pablo, y esto son siempre para la Iglesia, los anunciadores de la Buena Nueva del Señor Jesús.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Jesús ora a su Padre por sus discípulos

El amor de Cristo es eterno, está presente siempre y en todo lugar.

Juan 17, 11-19

Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.

Reflexión

Un padre de familia se ve obligado a dejar su hogar. El ejército lo necesita. Hace unos días recibió la carta, y hoy debe partir. Su esposa ya lo conocía; pero Jaime, su hijo "mayor" de 8 años, no. Ya en la calle, con su equipaje al hombro, después de darle un beso lleno de emoción a su mujer y a Nancy, su hija de dos años, se arrodilla para abrazar a su hijo. "Jaime, te pido que cuides de tu mamá y de tu hermanita. Estaré unos días fuera. Sé bueno y recuerda que eres el hombre de la casa". Con el corazón en la garganta se aleja por la calle...

Jesús, el Buen Pastor, antes de comenzar el drama de su pasión, encomendó a los suyos a quien sabía que velaría por ellos con tanto amor como Él lo había hecho: a su Padre. "Padre santo, cuida a los que me diste. Voy a ti y los dejo solos, cuida de ellos".

El amor de Cristo es eterno, supera la barrera del tiempo y del espacio. Su amor está presente siempre y en todo lugar. Ésta debe ser la principal alegría de un cristiano: saberse amado por Jesús y por su Padre. Con un amor más fuerte que el odio del mundo. Este amor de Cristo es nuestra insignia, nuestro escudo y nuestra arma de lucha. No puede concebirse un cristiano que huya de la lucha, que se oculte cobardemente tras un árbol quitándose una espina cuando sus pastores y tantos hermanos son atacados por los enemigos del rebaño de Cristo.

Por eso Cristo no pidió al Padre que nos apartara del mundo y nos encerrara en un "mundo perfecto", sino que nos santificara (que nos fortaleciera con su gracia) para vencer el mal y extender su Reino.

Autor: P. Vicente Yanes | Fuente: Catholic.net
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martes, 26 de mayo de 2009

Una columna para Cristo

No es fácil ofrecer mi mensaje en una columna abierta, ante tantos lectores y tantas sensibilidades.

Si todos los periódicos del mundo decidieran dejar libre una columna, en primera página, para que Cristo pueda ofrecer un artículo, ¿qué escribiría?

La respuesta sólo puede darla Cristo. Nosotros, con mucho respeto, queremos imaginar algunas ideas que saldrían del corazón del Maestro y que se plasmarían en unas sencillas y pobres letras humanas. Desde luego, Él diría las cosas del mejor modo imaginable. Quizá incluso no escribiría... Pero dejamos espacio a la creatividad: ¿qué nos diría desde el cielo?

“No es fácil ofrecer mi mensaje en una columna abierta, ante tantos lectores y tantas sensibilidades. Con el permiso de mi Padre, quiero simplemente lanzar una invitación, una llamada, un gesto amigo para quien desee acogerlo.

Quisiera decirte, sencillamente, que eso que esperas, eso que anhelas, eso que buscas, ya es una realidad presente y concreta. Me encarné en María, nací en Belén, viví en Nazaret, prediqué en Judea y en Galilea, morí en una Cruz, resucité, para anunciarte la gran noticia: Dios está en el mundo y vive entre los hombres.

No tienes que esperar otro salvador. No tienes que buscar una doctrina complicada y difícil en las enseñanzas de los sabios. No tienes que sacrificar tu tiempo en técnicas mudables y siempre defectuosas. No tienes que sufrir ante dolores que parecen sin sentido.

La salvación ha llegado. La traigo yo con mi presencia, con mis palabras, con mis gestos, con mi amor. Vengo a buscar la oveja perdida, a sanar el corazón cansado, a perdonar al pecador abatido, a consolar a quien vive sumergido en penas profundas, a levantar al herido, a animar al justo, a defender al débil.

Sólo necesito que me dejes penetrar en tu existencia, que me permitas ordenar tus pensamientos, que me concedas tocar tu corazón confundido, que me concedas perdonar tu pecado, que me dejes estar siempre contigo.

Tendrás que dejar pasiones pasajeras, apegos al dinero, curiosidades peligrosas, placeres que te dañan a ti y dañan a otros, egoísmos con los que hasta ahora has vivido. Pero serás capaz de descubrir un mundo nuevo, donde el perdón restaura al más perverso, donde el amor lleva al heroísmo, donde las razas pueden vivir unidas, donde la guerra y el odio quedan arrojados lejos.

Estoy ahora, simplemente, a tu puerta. No te obligo a abrir, no te fuerzo a amarme. Espero, con respeto, tu respuesta. Si me abres, si me dejas amarte, si me permites ser tu amigo, penetraré en tu alma, te ungiré con mi Espíritu, y podrás descubrir que mi Padre es también Padre tuyo y de todos tus hermanos...”

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Jesús ora al Padre por sí mismo

Hoy Cristo nos enseña a orar con el alma cargada de temor, de miedo, de pena. Cristo nos dice cuánto se preocupa por nosotros.

Juan 17, 1-11

Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros.

Reflexión

Si alguna vez hemos dirigido a Dios una oración mientras pasábamos por un momento poco deseable, ¿cómo ha sido ese momento de unión con Dios? ¿Qué le hemos pedido, qué le hemos dicho? Lo más cierto es que hemos dejado desahogar nuestra alma contando a Cristo las penas que atravesábamos en ese momento.

Hoy Cristo nos enseña a orar con el alma cargada de temor, de miedo, de pena. Y hoy también Cristo nos dice cuánto se preocupa por nosotros. Que un hombre deje de lado sus sufrimientos y preste mayor atención a otras angustias que no son las suyas, o una de dos: o es un loco que busca fastidiarse la vida con masoquismos o ama vehementemente a los demás. Quien no ha sufrido por una persona ni la conoce ni la ama. Sin embargo, Cristo no se cansa de probarnos su amor. Porque sufrió por nosotros nos ama.

La respuesta más humana de nuestra parte debería de ser la de la gratitud. La de nuestra correspondencia a su amistad. Sufriendo un poco Él u ofreciendo el sufrimiento que ya padecemos. Pero también le agradecemos lo que hace por nosotros, y lo hacemos guardando los mandamientos pero sobre todo custodiando el distintivo que caracteriza a todo cristiano. La caridad. Si Cristo pidió algo ardientemente a su Padre fue precisamente la unidad. “Cuida en tu nombre a los que me has dado para que sean uno” Unidad en la familia, en el trabajo. Unidad en cualquier grupo social en el que nos encontremos. Es así como podríamos consolar a Jesús y como podríamos agradecer lo mucho que se preocupa por nosotros.

Autor: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net
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lunes, 25 de mayo de 2009

90. El Matrimonio cristiano. Un misterio grande.

Esposos, ¿saben quiénes son ustedes? Son Cristo y su Iglesia. Cristo los ha tomado como el signo viviente de lo que Cristo es y hace con su Iglesia.

Al leer la carta de Pablo a los Efesios nos quedamos sorprendidos cuando llegamos a un punto determinado. Quiere el Apóstol dar consejos sobre la vida cristiana, y, al hablar a los casados, se eleva a unas alturas teológicas y místicas sorprendentes (Ef 5,21-33)

Viene a decirles sin más:

-Esposos, ¿saben quiénes son ustedes? Son Cristo y su Iglesia. Porque Cristo los ha tomado como el signo viviente de lo que Cristo es y hace con su Iglesia.
¿Y quieren saber cómo se deben portar entre los dos? Miren a Cristo, miren a la Iglesia, y hagan ustedes exactamente lo mismo que Cristo y la Iglesia se hacen el uno con el otro.

Es curioso este modo de hablar. Para explicar lo que es Cristo y su Iglesia, Pablo recurre al matrimonio:

-¡Jesucristo se ha desposado con la Iglesia! La Iglesia y Jesucristo son dos enamorados, y se quieren tanto y se dan con tanto amor el uno al otro, como dos esposos que se aman intensamente.

Ante este hecho, Pablo se dirige después al marido y a la mujer, para decirles:
-¿Quieren saber lo que tienen que hacer ustedes para que su matrimonio sea perfecto y sea feliz? No tienen más que mirar lo que le hace Cristo a su Iglesia y lo que la Iglesia le hace a Cristo. Hagan ustedes lo mismo, y no se van a equivocar.

Así, de una manera tan elevada y sublime, habla Pablo sobre el matrimonio, del que dice las palabras famosas:

“El matrimonio es un misterio grande, referido a Cristo y a su Iglesia”.
El matrimonio, es una estampa de Cristo y la Iglesia. Y Cristo y su Iglesia son el modelo del matrimonio cristiano.

Pablo se remonta al Antiguo Testamento y se encuentra con los amores de Dios e Israel, de los cuales dice Isaías:

“Como un joven se casa con su novia, así te desposa tu Creador; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará Dios contigo” (Is 6,5),

Llega el Nuevo Testamento, y el Apocalipsis ve a la Iglesia “como una novia engalanada para su esposo”, por el que está suspirando: “¡Ven!” (Ap 21,2; 22,17)

Viene ahora Pablo y, en esta carta a los de Éfeso, nos pinta unos trazos sublimes de esta realidad del desposorio de Cristo con su Iglesia:

“Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para santificarla, purificándola con el baño del agua, para presentársela resplandeciente a sí mismo, sin que tenga mancha ni arruga, ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada”.

Vale la pena pensar en estas expresiones de Pablo. Jesucristo, al venir al mundo, se buscó una novia para desposarse con ella. Esa novia no era otra que la humanidad. Pero, ¿cómo encontró a la humanidad?
Sumida en la mayor abyección. Pecadora a más no poder. No pasaba de ser la prostituta más repugnante. Y, sin embargo, Jesucristo se dijo:

-¡Con ésta, con ésta me he de desposar!

¿Y qué hace Jesucristo para convertir a esa novia tan abyecta en la mujer más preciosa?
Nada menos que entregarse por ella a la cruz. Con el detergente de su propia Sangre, Jesucristo lavó, purificó, embelleció a la humanidad caída de tal manera, que la convirtió en una novia resplandeciente de hermosura, hasta poder exclamar enajenado:

-¡Qué belleza la de esta Novia mía!

Jesús aplica su Sangre purificadora a cada alma con el Bautismo. La limpia, dice Pablo, “con el baño del agua”, que elimina todo pecado, toda mancha.

Los lectores de Pablo entendieron perfectamente la comparación. En Grecia y Asia Menor lavaban a la novia, con ritos particulares, en las aguas de ríos o fuentes especiales, y así limpia la adornaban y embellecían después para presentarla al novio, que la recibía al verla deslumbrante de hermosura.

Pablo agarra la comparación, y, considerándose responsable de la Iglesia por él fundada, dice a los de Corinto:

“Tengo celos de ustedes con celos de Dios, pues los tengo desposados con un solo marido para presentarlos como casta virgen a Cristo” (2Co 11,2)

Ante esta realidad tan sublime del desposorio de Cristo con su Iglesia, viene ahora San Pablo a exponernos toda su teología del matrimonio en un párrafo inolvidable.

Se dirige primero a los casados, a los que ensalza y a la vez les advierte:

“El marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo…. Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella... Quien ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborrece jamás su propia carne; sino que la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia”…

¡Hay que ver lo que Pablo pide a los maridos, para ser imitadores de lo que Cristo hizo y sigue haciendo por su Iglesia!... Siguiendo estas pautas de Pablo, el hombre con su machismo se convierte en el caballero más galán…

Pablo se vuelve después a las casadas, les muestra su condición, y les pide tantos heroísmos como a los maridos:

“Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo”.

La tan traía y tan llevada liberación femenina, tan deseada y tan legítima, tiene dentro del matrimonio unos límites infranqueables, los mismos que la Iglesia, ¡tan libre!, tiene con su Esposo Jesucristo.

Vemos así cómo Pablo presenta la moral matrimonial, y se limita a decir:

-Mujer, respeta y sométete a tu marido, siguiendo el ejemplo de la Iglesia, siempre obediente a Jesucristo. Mira en tu marido a Cristo, y qué fácil te será complacerle en todo.
-Marido, vuélcate en amor a tu mujer. Hasta que llegues a morir por ella como Cristo murió por su Iglesia, tienes mucho que recorrer en tu entrega a tu mujer querida.

Pablo ve en cada acto de los esposos ─desde la intimidad amorosa hasta el más pequeño servicio mutuo─, un misterio sacramental del amor de Cristo con su Iglesia.
No grita Pablo contra el machismo del hombre ni contra las impertinencias de la mujer. A los dos los considera unas personas llenas de dignidad y de santidad cristiana.

Comparando Pablo el matrimonio con el celibato abrazado por el Reino de los cielos, dice a los de Corinto que cada cristiano tiene su propio regalo de Dios (1Co 7,7)
Es de admirar el celibato, ciertamente; pero el matrimonio cristiano es también regalo grande, ¡y tan grande!, del Señor…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano. | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Yo he vencido al mundo

Dios nos pide una fe pura, limpia, y una confianza sencilla, sin seguridades humanas.

Juan 16, 29-33

En aquel tiempo dijeron los discípulos a Jesús: Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios. Jesús les respondió: ¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo.

Reflexión

¡Asombra la claridad con que nos demuestra este evangelio la fragilidad del hombre y la acción de Cristo en nuestra vida! En este pasaje Jesucristo, actuando con la bondad con que le caracteriza, nos hace ver nuestra fragilidad humana y la necesidad de confiar plenamente en Él.

Adentrémonos en este diálogo de Jesucristo con sus discípulos. Para Cristo éstas son las horas previas a su muerte, a su pasión, y por encima del dolor y la angustia que esto le pueda causa, quiere olvidarse de ello y preocuparse sólo de sus discípulos; acerquémonos pues con confianza y escuchemos sus palabras.

En esta ocasión los discípulos quieren ellos mismos expresarle a Jesús su fe: “Señor ahora creemos que has salido de Dios”; seguramente esperaban una respuesta de Cristo que los halagara, que los felicitara,... Sin embargo, la respuesta de Cristo es dura, es una reprensión... ¿Por qué les responde de esta manera Cristo? ¿No eran acaso sus apóstoles, sus elegidos? ¡Claro que lo eran! Sin embargo, aun siendo ya sacerdotes, no dejan por ello de ser hombres, y por tanto débiles, heridos por el pecado.

La lección de Cristo es clara. Él nos pide una fe pura, limpia, y una confianza sencilla, sin racionalismos, sin seguridades humanas, sin nuestros mezquinos criterios egoístas.

Jesucristo sabe que no nos es fácil vivir en un mundo donde el único criterio de verdad viene a ser la opinión de la mayoría, los criterios de la “madre televisión”, etc. Él sabe que el mundo nos ofrece el éxito humano, las comodidades materiales y, peor aún, las pasiones más bajas de nuestro ser, como el fulcro de nuestra felicidad y nuestra confianza.

Jesucristo precisamente porque lo sabe, se ha quedado con nosotros, para luchar a nuestro lado y salir victoriosos de la batalla. La respuesta nos la da el mismo Jesucristo: “Confiad, yo he vencido al mundo”.

Autor: Lorenzo Gómez | Fuente: Catholic.net
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Feliz 2º Aniversario


Tarde pero sin sueño, por fin despues de unos 9 dias despues del aniversario hago el post oficial, el pasado 17 de mayo, gracias a Dios cumplimos un año en linea a traves de este blog, que aunque no es lo maximo ha sido visitado por personas de todo el mundo, de mas de 300 ciudades, de los 5 continentes, se que podria recibir mas visitas, pero si con estas que recibimos, uno solo de ellos eligio a Jesucristo nuestro Señor como su amigo ya cumplio el objetivo para lo que este blog fue creado y sigue mantenido desde entonces.

Aun recuerdo cuando comence la idea, todo lo que batalle porque tenga una cara diferente y hoy gracias a Dios y al apoyo de muchos aki esta esta nueva piel de nuestro blog. Agradezco a todos esos diseñadores que aun sin conocer ni que me conozcan me han impulsado para hacer esto, que aunque no es lo maximo, lo hice con todo mi corazon para mi Señora del Carmen y para mi Señor Jesus.

Dios bendiga y toque los corazones de todos mis hermanos que leen en este blog, que les conceda los anhelos de su corazon y sobre todo que se haga la voluntad de Dios en ellos.

Señor, hazme un instrumento tuyo, ayudame a seguir en este proceso de crecimiento en ti y sobre todo a ser mas docil a tus mandatos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amen.

Feliz cumpleaños sradelcarmen.blogspot.com, que cumpla muchos años mas al servicio de Dios y de la comunidad.

Bendiciones.

Paz y Bien.
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viernes, 22 de mayo de 2009

Y tú ¿dónde vas?

Es Dios a quien estabas buscando. Él detiene nuestra carrera, nuestra búsqueda desenfrenada.

¿Dónde vas?. Increíblemente, después de una vida junto a Jesús y Su Madre, Pedro necesitó de este empujón final del Señor para animarse a invertir sus pasos, y volver a Roma para entregarse al martirio final. ¿Dónde ibas, Pedro?. ¿Que hubiera sido de tu vida luego, si Jesús no te hubiera marcado el camino?. Pedro, la cabeza de nuestra amada iglesia, nos mostró siempre cómo se lucha contra nuestras propias flaquezas para finalmente triunfar y glorificar a Dios, haciendo Su Voluntad.

Y tú, ¿dónde vas?. ¡Seguramente al lugar equivocado!.

Buscamos y buscamos satisfacciones en este mundo. Soñamos con algo, y cuando lo alcanzamos, la alegría dura un instante y nuevamente nos sentimos vacíos. Sea un título, un bien material, conocer un lugar, e incluso un hijo o una pareja. Cuando esas cosas están en nuestros sueños nos motivan e impulsan para adelante. Pero cuando finalmente las alcanzamos sentimos una felicidad pasajera, y luego, a buscar otra meta para perseguir. ¡Y eso en el mejor de los casos!. Cuando esos sueños no se hacen realidad, nos frustramos, deprimimos, nos sentimos vacíos, fracasados en la vida.

¿Dónde vamos?. Alguien me preguntó hace poco tiempo: ¿Te llena Dios realmente la vida cuando lo descubres?. ¡Allí está el secreto!. Nada tiene sentido sin Dios, sólo Dios le pone sentido a nuestra vida. El detiene nuestra carrera, nuestra búsqueda desenfrenada, y nos dice:

Yo soy a quien estabas buscando, sin Mi nada tiene sentido. Ámame, descubre cual es Mi Voluntad respecto de tu misión en la vida, y encontrarás la paz verdadera.

En ese momento se acaban las fantasías terrenales, los falsos ídolos que construimos y adoramos: el dinero, el estatus, nuestra posición en la sociedad, nuestra forma de vida. Jesús toma entonces el lugar central dentro nuestro y hace que todo lo demás gire alrededor de Su Voluntad. Si trabajo, deseo hacerlo agradando a Dios, si educo a mis hijos, deseo formarlos en el amor a Dios, si hago un viaje, busco el modo de crecer en mi fe a través de los lugares que visito. En todo descubro la mano de Dios que me pone las oportunidades de crecer en el amor a El a cada instante.

Jesús, ese día, se apareció a Pedro con la Cruz sobre su hombro. Ya había resucitado y ascendido a los Cielos. Pedro huía de Roma ante la amenaza de ser arrestado por defender al Señor. Jesús le dijo entonces: “¿dónde vas Pedro?. Si tú te marchas, yo tengo que tomar tu lugar, con mi Cruz a cuestas”. Pedro, sintiéndose morir por ver a Jesús de ese modo, dio media vuelta a sus pasos y volvió a Roma aceptando ser crucificado en nombre de Cristo.

Y tú, ¿dónde vas?.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org
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Evangelio Diario / Alegría que nadie les podrá quitar

Cristo siempre está con nosotros, aunque no lo veamos, siempre habrá una luz de esperanza en las noches de más grande inquietud.

Juan 16, 20-23

«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada.

Reflexión

¡Cuánta alegría siente una familia al recibir un nuevo miembro! Es una alegría que llena el alma, pero ¿cuánto dolor se tuvo que sufrir? Mucho dolor durante algunos minutos u horas, pero ese dolor se ha transformado en todos en una alegría inmensa.

También, cuando van a operar a una persona, ésta se siente afligida y no piensa en otra cosa que en lo que le está sucediendo, pero cuando ha pasado todo, después de esas horas de suspenso, se siente tranquila y en paz, hasta con una mayor alegría de seguir el camino con vida.

Así es la vida del hombre, los dolores siempre preceden a las alegrías, y a veces es al revés. Nunca hay un estado perpetuo de alegría o de dolor, siempre habrá una luz de esperanza en las noches de más grande inquietud.

Cristo nos quiere prevenir en este pasaje que no estaremos solos por mucho tiempo, sino que siempre le tendremos a Él cerca, y así nuestro dolor por la separación se transformará en alegría cuando le veamos de nuevo. No perdamos la esperanza, Cristo siempre regresará, aunque no lo veamos. Pidámosle la gracia de darnos mayor confianza en su palabra, y así esperarle con alegría.

Autor: P. José Rodrigo Escorza | Fuente: Catholic.net
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jueves, 21 de mayo de 2009

Tomad, esto es mi cuerpo..

Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. En el sagrario, está a la disposición de todos.

Tomad, esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre...
Mc 14,12-16.22-26

Durante siglos algunos han dado mil vueltas a estas palabras. Han querido quitar de ellas todo lo que suena a exigencia. Han tratado de dar otra interpretación diferente de la católica a las palabras de Cristo. Sin embargo, es la fe de la Iglesia, durante 2,000 años, que Cristo realmente está presente en la Eucaristía. No dijo "Esto parece o simboliza mi cuerpo" sino "Esto es mi cuerpo".

Si aceptamos que Cristo realmente está presente en la Eucaristía, entonces es una razón muy fuerte para ir a Misa los domingos y comulgar. Cristo se ha hecho Eucaristía para alimentarnos espiritualmente. En cierto sentido nos hacemos “co-corpóreos" y "co-sanguíneos" con Cristo.

Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. Allí, en el sagrario, está a la disposición de todo hombre.

“Nos dejaste tu último recuerdo palpitante y caliente, a través de los siglos, para que recordáramos aquella noche en que prometiste quedarte en los altares hasta el fin de los tiempos, insensible al dolor de la soledad en tantos sagrarios".

Cuando tenemos una dificultad, en vez de sumergirnos en nosotros mismos, deberíamos visitar a Cristo en el sagrario. Allí está el amigo, el médico, el hermano que quiere y puede ayudarnos.

La Misa no debe ser una obligación pesada sino una cita con la Persona que más me ha amado y más me ama. Cuando uno escucha esta pregunta: "Padre, ¿por qué la Iglesia nos obliga a ir a misa los domingos?", uno sabe que esa alma concibe la religión de una manera legalista. Sólo le falta preguntar: "Padre, ¿qué es lo mínimo que debo hacer para poder entrar en el cielo?"

"Cada vez que le conozco (a Cristo en la Eucaristía), me entra un deseo más y más grande de poseerle. Me pasa lo que al hidrópico, que mientras más bebe, mayor es su sed. ¡Quién me diera poder saciarme de Él! Pero aún no llega la hora”


Puedes hacer una visita fervorosa al Santísimo.

Autor: P. Fintan Kelly LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / La tristeza y el gozo

Todos los cristianos deberíamos vivir en esa alegría: Cristo ha resucitado, y está presente entre nosotros.

Juan 16, 16-20

“Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver”. Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: “¿Qué es eso que nos dice: "Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver" y "Me voy al Padre"?” Y decían: “¿Qué es ese "poco"? No sabemos lo que quiere decir”. Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: “¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho: "Dentro de poco no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver?" “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”.

Reflexión

Cuando muere un familiar o un amigo, sentimos una enorme tristeza, un vacío insufrible. Dejamos de verlo. Se crea en la familia, en el lugar de trabajo, en el club de amigos, un hueco que no sabemos cómo ocupar. El o ella ya no están con nosotros. Y aunque le necesitemos, ya no lo vemos...

Algo parecido pasó con Cristo. Murió. Los discípulos se quedaron "fuera de combate". El mundo, la sociedad, la prensa, los orgullosos y egoístas, celebraron fiesta. Pero Cristo resucitó. Lo vieron pocos, muy pocos, y se llenaron de alegría. Todos los cristianos deberíamos vivir en esa alegría: Cristo ha resucitado, y está presente entre nosotros.

Cuando nos detenemos en el frenesí de cada día y entramos en una iglesia, allí lo podemos encontrar. El "mundo" no se da cuenta de esto, pues todos tienen mucho que hacer, y les falta tiempo para abrir los ojos de la fe y encontrarse con Cristo. Pero Él está allí. Te espera, y me espera...

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 20 de mayo de 2009

89. ¡Perfectos! Nada de medianías. El crecimiento en Cristo

Quien empezó en ustedes la buena obra, la irá perfeccionando hasta el Día de Cristo Jesús.

¿Sabemos cómo San Pablo quiere al cristiano? Eso de “niños grandes”, como decimos despectivamente nosotros, no le entra a Pablo en la cabeza. Al cristiano lo quiere adulto, en pleno desarrollo, hasta ser un tipo completo, con la misma talla de Jesucristo.

Empezamos hoy con un texto magnífico de la carta a los Efesios, en el que Pablo nos presenta a Cristo disponiendo muy bien las cosas en su Iglesia. Y grita el Apóstol:
“Lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de un hombre perfecto, a la plena madurez en Cristo”..

¿Y esto, para qué?...

“Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce al error.

¿Y cómo se consigue ideal semejante?

“Practicando la verdad en el amor, crezcamos en todo hasta llegar a ser como aquel que es la cabeza, Cristo” (Ef 4,12-15).

Aquí Pablo habla de dos clases de cristianos. Unos son perfectos, mejor dicho, trabajan tanto por ser perfectos, que van creciendo siempre por la fe, por el amor, por su esfuerzo y contando con la gracia de Dios, hasta que llegan a un desarrollo pleno, asemejados en todo a Cristo Jesús el Señor. ¡Qué elogio el de estos cristianos, hombres y mujeres de belleza sin igual!...

Al hablarnos Pablo de esta manera, nos da ocasión para decir algo de la perfección cristiana tal como la entendía él. Esa perfección es el empeño por un crecimiento tal en la fe y el amor, que al fin se consigue una semejanza completa con el mismo Jesucristo.

No significan otra cosa las palabras que Pablo nos acaba de decir:
- plena madurez en Cristo,
- por un conocimiento cada vez mayor del Señor,
- vivido por un amor ardiente que crece sin entibiarse nunca.

“Crezcamos por todo en Cristo” (Ef 4,15). Aquí está fuerza mayor de todo lo que nos dice San Pablo, confirmado por él con palabras inolvidables:

“Para mí el vivir es Cristo” (Flp 1,20), “de manera que ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20)

Por eso, porque Pablo lo siente y lo vive, tiene autoridad para pedirnos: “Tengan ustedes los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5)

Si analizamos estos textos de Pablo, adivinamos que él mismo se pudo preguntar muchas veces como un examen de conciencia:
¿Qué pienso? Lo mismo que Jesús.
¿Qué quiero, qué deseo? Lo mismo que Jesús.
¿Qué amo, y cómo amo? Lo que amaba Jesús y como lo amaba Jesús.
¿Qué hago? Lo mismo que haría Jesús.
¿Cómo rezo, cómo trabajo, cómo cumplo mis deberes? Igual que Jesús.
¿Cuál es el motor de mi vida? Jesús, y nadie más.
¿Qué pasos doy en mi vida? Los que daría Jesús.
¿Cómo sufro, al llegar el dolor? Como sufrió Jesús.
Hasta que mi corazón no sea el mismo Corazón de Cristo, no habré llegado a la perfección de Cristo en mí.

Así pudo preguntarse y examinarse Pablo, sacando para sí la conclusión que dictaba a sus discípulos:

“Permanezcan perfectos en la voluntad de Dios” (Col 4,12), decía a los de Colosas.
Y les añadía a los de Roma:

“Transfórmense de manera que cumplan la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Ro 12,2)

Era como decirles:

- Si queremos ser perfectos, yo como ustedes, lo conseguimos plenamente al cumplir la voluntad de Dios en todo, como la cumplía el Señor Jesús.
Entonces Dios Padre, Jesús y nosotros, vendremos a ser una sola cosa y poseer la perfección a que Dios nos llama.

Este modo de hablar es el que emplea Pablo con Timoteo:
Así el hombre de Dios y la mujer cristiana se encuentran perfectos y preparados para toda obra buena” (2Tm 3,17)

Tenemos en nuestros días a la Madre Teresa. ¿Cómo pudo realizar tales prodigios entre los más pobres y ser la admiración del mundo? Porque amaba con el mismo corazón de Cristo, según su frase famosa a las Misioneras de la caridad: “Nuestro compromiso no es con los pobres, sino con Cristo”.

Así pudo amar a los pobres como los ama el mismo Jesús y hacer por ellos lo que sólo Jesús hubiera hecho.

Cuando San Pablo habla dos o tres veces de los cristianos “niños” se refiere a la debilidad de su fe. No conocen lo suficientemente a Cristo, y de aquí vienen sus dudas, su estancamiento, su ningún progreso en la perfección cristina.

Pablo no los desprecia, pero les dice con cierto cariño:

“Sean niños en malicia, pero maduros por su mentalidad”, por sus criterios (1Co 14,20)
Por eso encarga a los evangelizadores, que se dedican a robustecer la fe en las Iglesias:
“Anunciamos a Cristo, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo” (Col 1,28).

La fe en Cristo Jesús va acompañada de un amor ardiente. Esto, por supuesto. Pablo sigue con sus frases atrevidas, y dice de sí mismo que él ama “con las mismas entrañas de Cristo” (Flp 1,8)
Si esto era verdad, entendemos toda la vida de Pablo. Al tener el mismo corazón de Cristo, ¿con qué corazón iba a amar y de qué manera iba a amar?...

Pablo tiene unas palabras arrebatadoras.
Aludiendo a su conversión, dice que Jesucristo le miró, se tiró detrás de él, y le alcanzó. Atrapado por Cristo que se le puso delante, ahora es Pablo quien se tira detrás del Señor en una carrera frenética, y nos confiesa:
“No es que lo haya conseguido a estas horas o que ya sea yo perfecto, sino que sigo en mi carrera hasta alcanzar a Cristo, como Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Flp 3,12)

Dios no deja a nadie solo en esta tarea de llegar a la perfección en Cristo Jesús. Pues le asegura Pablo:
“Quien empezó en ustedes la buena obra la irá perfeccionando hasta el Día de Cristo Jesús” (Flp 1,6)

Ante la medianía y la pobreza espiritual que hoy padece gran parte del mundo, la Iglesia puede ofrecer en muchos de sus hijos un gran ideal: ¡Perfectos como Jesucristo, el Hombre dechado de toda perfección!

¿Quién gana en belleza al hombre y a la mujer que se han desarrollado plenamente en Cristo Jesús?... ¡Nadie! No hay hombre o mujer más cabales.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Cuando venga el Espíritu Santo

Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al corazón.

Juan 16, 12-15.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.

Reflexión

Mucho tengo todavía que deciros…

Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído, al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna, alimento para nuestras almas.

Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas y la historia del mundo haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Entonces seremos los golosos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la salvación.

Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación entera a la instauración total en Cristo.

Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
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martes, 19 de mayo de 2009

María, eres mi madre y mi maestra

Es María Santísima quien me abre la puerta del Corazón de Jesús, quien me enseña a amarlo.

¡Oh, María, no sólo eres mi madre, sino también mi maestra, y quiero ser una obra maestra en tus manos! Alfarera divina, estoy ante ti como un cantarillo roto, pero con mi mismo barro puedes hacer otro a tu gusto. ¡Hazlo! Toma mi barro, el barro de mis dificultades, de mis problemas, de mis defectos, de mis pecados. Toma ese barro, ese barro que se ha deshecho tantas veces por obra de Satanás, del mundo, de las tentaciones, de la carne, y construye otro cantarillo nuevo, mejor que el del principio. Quiero ser santo en tu escuela, María; quiero ser un gran sacerdote en tu escuela, quiero ser un gran apóstol en tu escuela, María de Nazaret.

Quiero, en la escuela de María de Nazaret, aprender el arte de vivir. Maestra, sobre todo, del amor a Jesús. Si en algo ella ha sido maestra, ha sido en el amor. Por eso, si es el amor el que nos va a salvar, el único que nos va a salvar, nos importa ir a esa escuela donde hay una maestra sublime, excelsa, en el arte, precisamente, de amar. Ninguna criatura ha amado tanto, y tan bien como María, a Dios. Ninguna criatura ha amado y ama a los hombres como Ella, porque es su Madre. Por tanto, Ella es la persona que mejor nos puede enseñar a nosotros a amar.

Se es fiel, sólo por amor. Se es auténticamente feliz, sólo en el amor. Se es idéntico, sólo amando. Si esto es verdad, la gran fuerza, la única fuerza, capaz de arrancarnos de nuestro egoísmo y lanzarnos hacia Dios y hacia nuestros hermanos, es el amor. Pues bien, María de Nazaret tiene una escuela de amor. Es una maestra insigne, y a nosotros, sus hijos predilectos, nadie mejor que Ella nos puede enseñar el amor.

María, se ha dicho, es el camino más corto y más hermoso para llegar a Jesús. El camino más fácil para conocer al Hijo es el corazón de su Madre. Yo tendré un santo orgullo en decir que fue María Santísima quien me abrió la puerta del Corazón de Jesús. Quien me enseñó a amarlo.

Decía San Pablo, también, "¿Quién me arrancará del amor a Cristo?" Yo quiero decir lo mismo, pero añadir también estas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a mi Madre?.” Un santo decía:” "Creo en mi nada unida a Cristo". Yo también quiero decirlo: “Creo en mi nada unida a Cristo.” Pero también quiero decir: "creo en mi nada unida a María Santísima".

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / La promesa del Espíritu Santo

Él está con nosotros siempre, aunque no lo veamos físicamente.

Juan 16, 5-11

Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: "¿Dónde vas?" Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.

Reflexión

Siempre las horas más tristes tienen que ser las de la despedida, no de aquellas en las que se dice sencillamente "hasta luego", sino las que comprenden en su totalidad el significado del "adiós". En esos momentos nos asaltan las lágrimas de los ojos y no sabemos qué decir. La tristeza nos invade, y todo queda cubierto por la niebla.

Así era como se sentían los discípulos en las horas del adiós al Maestro. Para ellos parecía el adiós definitivo, mientras que para Él sólo era un hasta pronto. Además sabe que la tristeza de los discípulos se volverá en alegría, cuando Él regrese. También nos promete un Consolador, aquél que nos ayudará a entender lo que nuestra pobre inteligencia no alcanza en esta vida.

Por eso no desesperemos en la tristeza de ver que Cristo no está entre nosotros. Él está, aunque no físicamente, pero sí espiritualmente. Él vendrá en el tiempo señalado, y quiere encontrarnos en vela para entrar con Él en su Reino.

Pidamos a Dios que nos dé la gracia de vivir siempre esperando a Cristo, no con cara llena de tristeza, sino con rostros de resucitados.

Autor: P. José Rodrigo Escorza | Fuente: Catholic.net
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lunes, 18 de mayo de 2009

88. Pablo, el héroe de la humildad. El menor que el más pequeño

Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo

¿Qué concepto, qué idea tenemos formada de San Pablo? Desde luego, para muchos, para todos quizá, Pablo es la figura más grande de la Iglesia y uno de los hombres más notables que ha producido la humanidad.
¡Qué vida tan legendaria! ¡Qué ideas y qué ideal! ¡Qué inteligencia! ¡Qué cartas! ¡Qué amor tan apasionado!... Su personalidad subyuga. Pasa con Pablo, proporcionalmente, lo mismo que con Jesús el divino Maestro. O con él o contra él, pero no se puede estar indiferente.

Eso es Pablo para nosotros. Sin embargo, ¿quién era Pablo para Pablo?

Podemos llamarlo: un héroe de la humildad.
Basta ver cómo se llama a sí mismo en su carta a los de Éfeso, como anota acertadamente un célebre biblista y profundo conocedor del griego.

No se llama “el más pequeño de los santos”, “el menor de los cristianos”, “el discípulo pequeñísimo”. Pablo se inventa una palabra, hace un comparativo de un superlativo, y dice de sí mismo: “yo, menor que el más pequeño de entre los santos” (Ef 3,8)

Pablo es para Pablo el último en la Iglesia, y por eso se pone al servicio de todos, porque todos son más santos y más dignos que él.

Y cuando no puede menos de reconocer lo que ha hecho por Jesucristo en la predicación del Evangelio -pues ha trabajado más que nadie, ha realizado más prodigios que ninguno, y ha sufrido más que cualquiera en aventuras mil-, añade para esquivar toda alabanza:

El Señor Jesús se me apareció el último de todos a mí, que soy como un aborto. Pues yo soy el último de los apóstoles, indigno de llevar el nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios.

Pero al no poder negar lo que ha hecho, le da toda la gloria a Dios:

Sin embargo, por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí, pues he trabajado más que todos ellos; pero no he sido yo quien lo ha hecho, sino la gracia de Dios conmigo y por medio de mí (1Co 15,8-10)

Estas palabras de Pablo, ¿son un arranque oratorio nada más? ¿Sentía de verdad lo que decía? ¿Era consciente de ser un cristiano tan indigno? Si se llamaba “pecador”, ¿sabía que lo era, o que lo había sido antes de su clamorosa conversión?

No dudemos un momento que Pablo se sentía pequeño e indigno de verdad ante Dios y ante los hermanos. Unas palabras suyas, dirigidas a su discípulo más querido, nos lo atestiguan de manera emocionante:

Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo” (1Tm 1,15)

El que se firmaba siempre “Pablo, siervo de Jesucristo”, y era un volcán de amor, se confesaba con sinceridad que desconcierta y emociona, “el mayor de los pecadores”, el que rompía la fila e iba a la cabeza de todos como el pecador más grande…

Tanto es así, que su mismo apostolado lo toma como un deber serio, y no como un privilegio, de modo que tiembla ante una posible infidelidad: “¡Hay de mí, si no evangelizare!”.

Y Pablo sabe, además, que ha de esforzarse en ser un santo, un cristiano cabal, además de ser un apóstol entregado y decidido, pues añade:
“Me venzo a mí mismo y me esclavizo; no sea que, habiendo predicado a los demás, venga a ser yo un réprobo que me pierda” (1Co 9, 16 y 27)

No entendemos cómo cabe tanta humildad con santidad tan excelsa y con empresas tan deslumbrantes. Pero así era Pablo.

En realidad, no es de extrañar esta humildad en Pablo si examinamos los principios en que se fundamentaba. Si recorremos sus cartas vemos lo que enseñaba a los demás, pero empezaba a practicarlo siempre por él mismo, pues vivía lo que predicaba.

Si alguno de los cristianos tenía dones y gracias de las que pensaba presumir, se encontraba con la voz severa de Pablo:
-¿De qué te glorías? “¿Tienes algo tuyo que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te engríes, si te lo han dado todo?” (1Co 4,7)

Desde ser gallardo el hombre o bonita la mujer, todo es puro regalo de Dios. Porque “somos hechura de Dios” (Ef 2,10), nos advierte Pablo prudentemente, y, aunque el provecho sea nuestro, la gloria por la obra de arte es del inteligente Hacedor.

Pablo se nos presenta como un modelo admirable de humildad, como cuando dice:
“Yo, que fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente, alcancé misericordia de Dios”, y “no me glorío sino en mis propias enfermedades, para que se manifieste en mí la fuerza de Cristo, pues cuando me siento débil es cuando soy más fuerte” (1Tm 1,13; 2Co 12,9-10)

El humilde Pablo tenía entonces autoridad para pedir a las Iglesias:
“Al tanto con imaginarse alguien que es importante, porque ese tal se engaña miserablemente a sí mismo”. “Por eso, no se estimen más de lo que conviene…, y no aspiren a grandezas, sino vayan siempre detrás de los más humildes”, de modo “que nadie se engría sobreponiéndose a otro” (Gal 6,3; Ro 12,3 y 16; 1Co 4,6).

Decían de Pablo sus detractores:
“Tiene una presentación pobre y su hablar es despreciable” (2Co 10,10)
¿Es cierto eso de que Pablo no era buen orador? No nos engañemos. Los discursos de Antioquía de Pisidia y del Areópago en Atenas, dicen todo lo contrario.
Pablo debió ser buen orador. Pero, con una humildad profunda, renunció a sus magníficas cualidades para que no se desvirtuase la Palabra y se atribuyese el triunfo a las dotes humanas de Pablo y no a la fuerza del Evangelio.

Nuestro admirado y querido San Pablo no es sólo el aventurero audaz que traspasa las montañas del Tauro…; ni el que lleva el cuerpo surcado de llagas con tantas veces azotado por judíos o lictores romanos…; ni el indomable luchador contra los judaizantes…

Pablo es más que nada el humilde “siervo de Jesucristo” y el que “se hace todo para todos”, con humildad sincera y entrañable, a fin de ganarlos a todos para el Señor.

Pablo se llamó a sí mismo “menor que el más pequeño de los santos”.
Pues, si Pablo era el más pequeño, ¿cómo será el más grande?...
Puestos nosotros a hacer encuestas entre los cristianos, vemos que Pablo se colocó en el último lugar.
¿Quién es, entonces, el que ocupa el primero?
No lo sabemos, pues sólo Dios lo sabe. Pero a nosotros nos cuesta colocar a Pablo en el segundo puesto, contra todo lo que él mismo diga…

Autor: P. Pedro García Cmf | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Ustedes darán testimonio

Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad.

Juan 15,26. 16,4.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

Reflexión

Para oír basta con no estar sordo. Para escuchar hacen falta muchas otras cosas: tener un alma despierta; abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, entre en ti; ponerte en la misma longitud de onda que el que está conversando con nosotros; olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestros pensamientos para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo. ¡Todo un arte!

Este relacionarse, «ser social», es algo propio, natural de todo hombre. "La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación". (Gaudium et Spes, nn. 24-25)

El mensaje que Jesús nos propone hoy retumba fuertemente en el mundo actual. Nos promete que nos enviará al Consolador. Nos dice que daremos testimonio de Él. Y nos previene para que no nos escandalicemos: seremos perseguidos, calumniados, e incluso, muchos morirán en su nombre. Este es el resumen del cristianismo a lo largo de dos milenios.

Un Espíritu que sopla y conforta. Un testimonio único e invaluable de caridad cristiana. Un número incontable de mártires y defensores de la fe. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un anciano no hay ayuda como un rato de conversación sin prisas y un poco de comprensión. El indigente necesita más nuestro cariño que nuestra limosna. Para el parado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo por el trabajo que le pagarán. Y es que la esencia del cristianismo es la caridad. No hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en que abundan los constructores de barreras.

En un mundo de zanjas ¿qué mejor que dedicarse a la tarea de superarlas? Ser un cristiano auténtico que sabe acoger en su alma al Espíritu Santo. Que da testimonio de Cristo en todo el mundo. Que vive la caridad y acepta el dolor por el bien de la Iglesia y del Reino de Dios.

Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad. Ojalá que quien se acerque a nosotros se quede marcado para siempre, no por nuestra personalidad o nuestras cualidades, sino porque somos reflejo del amor de Cristo al hombre, a todo hombre. Que se diga de nosotros lo mismo que se decía sobre los primeros cristianos: «¡Mirad, cómo se aman!».

Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net
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jueves, 14 de mayo de 2009

Hoy voy a hablar contigo de Ella, de tu Madre, de mi Madre

Es mayo, Señor, y la Iglesia que tu fundaste le ha dedicado este mes a María. Señor, Jesús, gracias porque tu Madre es mi Madre.

Es mayo, Señor, y la Iglesia que tu fundaste le ha dedicado este mes a María.

Vengo ante ti, la Capilla está vacía y en este silencio y soledad encuentro el momento propicio para hablar un rato contigo... podemos hablar de muchas cosas.... y traigo en el alma tantas penas, tantas preocupaciones, tantos desvelos, todos encerrados en mi "pequeño mundo", pero no. Hoy no te voy a hablar de mi, tu me conoces, tu lo sabes todo, Señor..

Hoy voy a hablar contigo de Ella, de tu Madre, de mi Madre, porque tu me la diste, me la entregaste desde la Cruz donde ya estabas a punto de morir.

Los brazos de María son los primeros que te arroparon allá, en una noche fría pero la más bella y buena de todas las noches y así empezaste a conocer lo que es el amor y el calor de una madre. Después atravesaste montañas y pueblos, siempre arropado en los brazos de una mujer, tu madre, que con el corazón de latir asustado, huía a otras tierras para proteger tu vida.

Tiempo después la vuelta y la vida tranquila, sencilla y humilde en la aldea de Nazaret... ¿Te acuerdas, Jesús del pozo donde la acompañabas a buscar el agua? ¿Te acuerdas de sus risas, de la mirada de sus ojos dulces y hermosos, desbordada de amor e infinita ternura?...¡Qué bonitos días, cuánta paz, cuánto amor!.

Tu crecías.... te estabas convirtiendo en un jovencito y Ella siempre a tu lado. Fuieste con tu "padre" y Ella a Jerusalém, entraste en el Templo y por aquel "misterioso mandato" te quedaste a participar en las discusiones de los grandes pensadores... y te dolía el corazón porque sabías del dolor de "esos dos seres" tan amados al vivir la zozobra de tu ausencia.... pero es que ya estabas empezando a cumplir tu misión...

Después volviste con "ellos" y ¡qué años tan inolvidables y hermosos! ¡Qué unión, qué felicidad, qué hogar tan pleno de armonía y de amor!. Cuántas veces la mirarías en el quehacer de las labores en la humilde casa, a la hora de estar reunidos en la comida, en la oración, desbordándose tu amor de hijo en aquella dulce y tierna mujer, sencilla pero con dignidad de reina, alegre y dispuesta... ¡cuánto te quería, cuánto la amabas... ¿Te acuerdas Jesús? Y un día la viste llorar... José, "tu padre" había muerto, Ella lo amaba mucho y lloraba...y tus brazos la rodearon y Ella apoyando su cabeza en tu pecho encontró, a pesar de su dolor, la paz.

El tiempo pasó y llegó el día...Día en que habías de "saber decir adiós" y tenías un nudo en la garganta pero la viste a Ella con el brillo de las lágrimas en los ojos, pero serena, otra vez "el fiat" en su corazón, esclava a la voluntad de Dios, pero con la dignidad de reina y señora despedirte con el más fuerte y amoroso de los abrazos, de unos brazos que tal vez no te volverían a envolver y apretar contra su corazón hasta que te entregaran en ellos después de bajarte de la cruz...¡qué despedida, Jesús, qué despedida!. Así los dos nos enseñasteis a "saber decir adiós."

Seguro que alguna vez regresaste para verla y estar con Ella pero... tu Misión había comenzado y ya no "eras suyo".

Después tu subiste al Calvario y Ella lo subió contigo para estar al pie de la cruz. ¡Jesús, si habías tenido todos los más crueles sufrimientos que un hombre puede tener, creo que ninguno pudo atormentar tu corazón como el volverla a ver en aquellos momentos! y nos la diste por Madre para que sus brazos, ya sin ti, pudieran abrazar a toda la Humanidad y en ella, a mí!. ¡Gracias, Jesús!.

¡Aleluya, Aleluya!. Otra vez Tu y Ella abrazados. ¡Madre querida, aquí estoy, he resucitado! ¿Te acuerdas, Jesús?. ¡No hubo una mañana más hermosa para Ti y para Ella!.

Y después el tiempo pasó...y un día, un día muy especial, Ella subió al cielo para estar contigo, con San José, con los Santos y los ángeles en la infinita y gloriosa presencia de Dios.

Estamos en el mes de mayo, Jesús, y hemos hecho un pequeño recuerdo de esa gran mujer, ejemplo de todas las madres del mundo: Estrella de la mañana, Reina de los ángeles, Virgen fiel, Virgen misericordiosa, Puerta del Cielo, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Reina de la Paz....

Señor, Jesús, gracias porque tu Madre es mi Madre.

Santa María, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
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Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Los discípulos amigos de Jesús

Fiesta de San Matías apóstol. Si llevamos en nuestro corazón a Dios tendremos el verdadero amor.

Juan 15, 9-17

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.

Reflexión

“Amaos los unos a los otros como yo os he amado”; es el nuevo mandamiento que sale del Corazón de Dios; no sale de la ley, ni de una prohibición. Sale de un reclamo de Cristo que quiere que le imitemos hasta dar nuestra vida por nuestros hermanos, porque así lo ha hecho Cristo muriendo en la cruz.

Muy cerca de nosotros está la Virgen María; nadie mejor que ella ha amado a Dios y a todos los hombres, pues por su amor en la Anunciación se convirtió en Madre de Dios, y por su amor en la cruz en Madre de todos los hombres; su amor ha sido tan grande que ni siquiera el pecado, se ha atrevido a tocarla. La clave de todo está en el amor, donde se encuentra la paz, donde se encuentra la fortaleza en el seguimiento de la voluntad de Dios.

Como dice san Juan: “Dios es amor”. Por lo tanto si llevamos en nuestro corazón a Dios tendremos el verdadero amor, y la medida del amor a Dios está en el amor a nuestros hermanos, porque si no somos unos mentirosos, como dice la carta de Santiago.

Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 13 de mayo de 2009

87. El Misterio de Cristo. Un secreto revelado

Dios les conceda comprender con todos los santos el amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento, y se llenen de toda la plenitud de Dios

Hay una palabra en el Nuevo Testamento que es casi exclusiva de San Pablo. Es la palabra “Misterio”, empleada especialmente en la carta a los Efesios, en la cual desarrolla lo que él quiere decir con esta palabra tan sugestiva. Es posible que hoy repitamos cosas ya dichas anteriormente, pero no importa. Tratándose de Jesucristo, siempre resultan nuevas…

¿Y a qué se refiere Pablo?

Empecemos por leer este pasaje célebre, escrito en la prisión de Roma, aunque suprimiendo bastantes palabras para seguir mejor el pensamiento del Apóstol.

“Yo Pablo, el prisionero de Cristo, recibí por una revelación el conocimiento del misterio de Cristo, “misterio que en generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido revelado ahora a sus apóstoles.
“A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida la gracia de anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo,
“y esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido desde siglos en Dios,
“manifestado ahora mediante la Iglesia,
“conforme al designio eterno realizado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Ef 3,1-11)

¿Qué quiere decirnos Pablo con palabras tan solemnes? Quiere enseñarnos una verdad tan grandiosa como las palabras que usa.

“Misterio” no quiere decir algo que no se entiende. Pablo pretende expresar un “secreto” que Dios se guardaba escondido, sin que lo conociera nadie, para manifestarlo cuando llegara el momento propicio.

Pero, ¿qué era lo que se callaba Dios? Se trataba de lo que iba a realizar con Cristo, especialmente con Cristo Crucificado.

No convenía que lo supiera nadie, y menos el demonio. Pero, una vez realizado todo, y Jesús ya resucitado de entre los muertos, Dios lo daba a conocer y quería que su Iglesia lo publicara en el mundo entero.

El “misterio” significaba:


que con Cristo Crucificado se había saldado la deuda contraída por la Humanidad ante Dios con el pecado;

que con Cristo había vuelto la santidad al mundo;

que con Cristo podría la humanidad entera -tanto los judíos como los paganos- entrar en la Gloria, el verdadero paraíso perdido.

Es interesante seguir el proceso con el que Dios desarrolló su plan, según el pensamiento de Pablo. Nosotros podemos describirlo de esta manera:


Dios había creado al hombre en santidad y lo había destinado a la Gloria.

Pero el hombre, instigado por Satanás, estropeó en el paraíso todo el plan de Dios.

La humanidad entera con Adán se convertía en pecadora.

Dios, ofendido, exigía justicia, y el hombre no podía pagar la enorme deuda contraída.

No había más remedio que una condenación eterna para todos.

Pero, ¿qué sacaba Dios con ello? Hablando a nuestro modo, Dios tenía que aguantar un fracaso total, y dar a Satanás una victoria completa.

No podía consentir esto la gloria de Dios, y tampoco lo soportaba su amor.

Entonces, Dios se decidió desde toda la eternidad, cuando previó este su fracaso, y se preguntó: ¿Por qué no salvo al hombre?...

Las Tres divinas Personas -como el Alto Mando en una guerra- tuvieron consejo, que debía quedar secreto al enemigo. Y se decidió en estos puntos:


como el hombre no puede pagar en justicia a Dios, el que pague tiene que ser Dios;

entonces, el Hijo que se haga hombre, que cargue con el pecado de todos los hombres, y que pague por todos sus hermanos;

la justicia quedará satisfecha, porque un Dios Hombre, inocente, habrá pagado la enorme deuda del hombre pecador;

ante tanto amor del Hijo, obediente hasta la muerte de cruz, Dios se rendirá y devolverá al hombre todo lo que había perdido instigado por el demonio;

el Hijo, el Crucificado, resucitará, porque siendo Dios no puede estar bajo el dominio de la muerte;

como el Hijo hecho Hombre unirá en Sí a todos los hombres, todos resucitarán después con Él y podrán entrar en la misma Gloria del Hijo.

De este modo.


Dios, en su justicia, habrá quedado plenamente satisfecho y habrá triunfado su amor.

El Hijo hecho Hombre será el centro de toda la creación.

El hombre, salvado, recobrará todos los bienes para los que fue creado.

Y Satanás quedará burlado con una derrota total.

El plan de Dios se ejecutó en el momento previsto, “cuando llegó la plenitud de los tiempos, y el Hijo se hizo Hombre, nacido de una mujer” (Gal 4,4)

La Mujer, elegida por Dios desde toda la eternidad como segunda Eva, era María. Dios la predestinaba con el mismo decreto con el que determinaba la encarnación de su Hijo.

Pablo, que pensaba todo esto, escribirá orgullosamente ante el triunfo de Dios y de su Cristo:

“Allí donde abundó el delito, sobreabundó la gracia” (Ro 5,20)

Y acabará con un párrafo grandioso escrito a los Efesios:

“Dios les conceda comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa a todo conocimiento, y se llenen de toda la plenitud de Dios” (Ef 3,17-19)

¡Cristo Jesús!

He aquí el mayor secreto de Dios, guardado celosamente desde toda la eternidad, y anunciado y publicado después como la noticia más sensacional y de mayor resonancia.

¿Quién tan conocido como Cristo Jesús? Nadie…
¿Quién más amado como Cristo? Nadie…

¿Quién con más influencia que Cristo en el mundo? Nadie…

El Padre le dijo desde toda la eternidad: Hijo mío, vete y salva al mundo.

El Espíritu Santo, lo tomó por su cuenta:
Yo lo haré Hombre nacido de una Mujer.

El Hijo respondió: -¡Aquí estoy!…
Este es el drama ideado y realizado por Dios.

Y los hombres, los grandes beneficiarios, nos limitamos a decir: -¡Gracias, Señor Dios nuestro! ¡Qué bien sabes hacer las cosas!...
Autor: Pedro García Misionero Claretiano. | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Yo soy la vid y mi Padre el viñador

Para poder dar fruto necesitamos pernanecer cerca del viñador, del Padre que está en los cielos.

Juan 15, 1-8

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.

Reflexión

Recuerdo una vez se me ocurrió la loquera de entrevistar a todos los sacerdotes ya avanzados en años que me encontrara, y entre las preguntas que les hacía, les planteaba la siguiente hipótesis: "Si usted tuviera la oportunidad de decir algo a todos los católicos del mundo, ¿qué les diría?

La respuesta ha pasado a ser en mi corazón una de esas frases lapidarias que se guardan para toda la vida, tanto es así que te la transcribo aquí de memoria: "Que amen a Cristo, que amen a Cristo, porque sin él nada podemos hacer".

A lo mejor estás pensando que estoy cambiando un poquito el evangelio, o que estoy mezclando citas diversas, pero cuando Cristo dice: "permaneced en mí" está queriendo decir que lo amemos, es así como nos unimos a él, y es así como permanecemos en él. Es así como damos fruto. Un manzano da frutos dando manzanas y un limón dando limones, pero un cristiano, ¿cómo da frutos? Amando y haciendo que otros amen.

Dios nunca se deja ganar en generosidad. Tiene un defecto, no sabe medirse, cuando ama, se da totalmente. Y si su amor no tiene límites, que no lo tenga tampoco el nuestro. Para ilustrar esta generosidad el evangelio nos ayuda mucho, si lo amamos: - Permanecemos en él, es decir, vivimos el cielo por adelantado. - Damos fruto, es decir si amamos, nos realizamos porque es para esto para lo que fuimos creados y para hace que otros amen.

- Podemos pedir lo que queramos porque lo conseguiremos.
- Y además damos gloria a Dios porque su gloria es que nosotros demos mucho fruto y que permanezcamos en Cristo, que seamos sus discípulos.

Más fácil, no se puede, lo único que tenemos que hacer es: "Amar" que como ya dijimos, amar es cumplir sus mandamientos; y para concluir te comparto una frase en el que el P. Marcial Maciel, L.C. sintetiza perfectamente esta gran realidad: "Amor es donación".

Autor: Cristian González | Fuente: Catholic.net
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martes, 12 de mayo de 2009

Madurar en Dios

Hay otro camino para madurar. Consiste en vivir en un diálogo continuo, sereno, confiado, constante, con Dios.

Hay quienes maduran a base de golpes. Tras un mal paso, después de una traición, al descubrir la propia debilidad, uno empieza a darse cuenta de muchas cosas...

Quedan, sí, heridas, porque el pasado no perdona y “pasa” siempre su factura. Pero al menos aprendimos a no ser ingenuos, a no ser presuntuosos, a no apoyarnos en el dinero, a no empezar el segundo vaso de vino, a dejar lejos la curiosidad de ver qué se siente si...

Hay, sin embargo, otro camino para madurar. Consiste en vivir en un diálogo continuo, sereno, confiado, constante, con Dios.

La vida, en este segundo camino, es vista como una llamada, como un don, como un viaje entre mil compañeros y con un destino común: el cielo.

El caminante madura desde la escucha continua del mensaje divino. Toma entre sus manos el Evangelio. Descubre la invitación a rezar continuamente, a dejar de lado la obsesión por el dinero, a cuidar las miradas, a controlar los pensamientos, a dejar espacio al servicio, al perdón, a la acogida, a la esperanza.

El Evangelio sirve como hoja de ruta y como mensaje que llega a lo más hondo del alma: hay un Dios que me ama, que me busca, que me espera, que desea mi bien. Hay un Dios que me pide que aprenda a amar a mis hermanos, a los que se encuentran a mi lado.

Hay un Dios que también me ayuda si he dado un mal paso, si he cometido un pecado, si me dejé vencer por el egoísmo, si cedí a las insidias de la soberbia.

Es un Dios que no me quita placeres buenos, pues nunca será bueno algo hecho de modo egoísta. Al contrario, me ofrece una alegría mucho más rica, porque viene del mismo Dios que se hace presente en la historia de cada uno de sus hijos.

Dios me invita, en este día, a caminar hacia la madurez verdadera. Con ella será posible dar el paso más profundo, más completo, más hermoso que pueda realizar cualquier ser humano: amar a Dios y amar al prójimo, sin medida, sin miedos, con alegría, con esperanza. Viviré así como imagen, como semejanza, de un Dios que podemos definir con una simple palabra: Amor.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Cristo da su paz a los discípulos

En Cristo está nuestra paz, y con Él a nuestro lado, ¿qué nos puede turbar?

Juan 14, 27-31

Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: "Me voy y volveré a vosotros." Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado.

Reflexión

Cristo se está despidiendo. Se acerca su pasión, morirá en la cruz por nosotros, y nos quiere dar las recomendaciones finales, nos quiere dejar las lecciones que él considera más importantes.

Primero nos da su paz, y nos dice que no se turbe nuestro corazón porque "me voy pero volveré" y en otro pasaje: "yo estoy y estaré con ustedes, todos los días, hasta el final del mundo..." En él está nuestra paz, es más, él es nuestra paz, y con él a nuestro lado, ¿qué nos puede turbar?

Sólo nos podemos preocupar por aquello que afecte nuestra amistad con Él o nuestra salvación eterna, lo demás no es esencial. Sólo Dios, sólo Él.

Las últimas dos líneas de este pasaje son las más importantes: "...llega el príncipe de este mundo. No tiene ningún poder sobre mí, pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según me ha ordenado". Dicho en palabras más claras, Cristo está diciendo que el demonio no tiene poder sobre Él, pero que va a morir en la cruz libremente porque quiere que aprendamos, que sepamos que lo más importante es amar a Dios, y amar es cumplir sus mandamientos, es obedecerle. Adán y Eva pecaron desobedeciendo, Cristo nos redimió obedeciendo, y obedeciendo por amor.

Autor: H. Cristian González | Fuente: Catholic.net
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lunes, 11 de mayo de 2009

86. ¡Viva la Vida de Dios! Vivir en gracia

Quien ve a un cristiano, ve al mismo Jesucristo, de tan fielmente como lo reproduce.

Ocurrió en un Encuentro Juvenil. Aquel excelente muchacho, líder indiscutido, es interrogado por antiguos compañeros, no digamos de parranda y vicio, pero sí de loca diversión:
- Tú, siempre con “La Gracia” en los labios. ¿Qué es para ti La Gracia?

Y él, con sinceridad espontánea y simpática:
- ¿La Gracia?... ¡Mi gran negocio! Una verdadera ganga. Si quieren, lo prueban por sí mismos.

¿Tenía o no tenía arzón el muchacho?...
Aunque nosotros, al querer hablar de la Gracia según San Pablo, nos encontramos casi en un apuro. Porque el Apóstol no habla de la Gracia como a nosotros nos gustaría, sino que lo hace a su manera, sobre todo por comparaciones.

¿Y qué es entonces la gracia en San Pablo, según esas sus comparaciones suyas?

La gracia es ante todo una VIDA, la vida de Dios en el bautizado. El muerto quedó convertido en un ser viviente, como confiesa Pablo:
“Estando nosotros muertos por nuestros pecados, Dios, llevado del exceso del amor con que nos amó, nos dio la vida por Cristo y con Cristo” (Ef 2,5; Col. 2,13)

Esto es algo grande, algo inimaginable.
¡Ser partícipes de la vida de Dios!
Dios metido en la vida del cristiano porque le ha invadido todo su ser.

El bautizado es igual que el hierro dentro de la fragua, o la resistencia invadida por la corriente eléctrica. No hay molécula del hierro rusiente que no esté convertida en fuego. Así el cristiano, por la gracia, está convertido totalmente en Dios.

San Pablo usa muy gráficamente la comparación del VESTIDO. Antes, con la vida de pecado, el hombre era un pobretón miserable y andrajoso. Pero el bautismo, al comunicarle la gracia, le hizo aparecer bellísimo a los ojos de Dios.
“Todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo” (Gal 3,27). Han quedado “revestíos de Jesucristo el Señor” (Ro 13,14)

Aunque hay que entender correctamente esta comparación de Pablo. No se trata de un vestido externo, de sólo apariencias, como enseñaba un error fatal. Aquel error decía, y aún se sigue repitiendo por muchos:

- Aunque seamos pecadores, ¿qué importa? Dios nos echa encima el precioso y elegante vestido de los méritos de Jesucristo, único vestido que Dios mira, no nuestro pecado.
¡Jamás admitiremos nosotros en la Iglesia semejante barbaridad!

El vestido de la gracia transforma al bautizado por completo, por dentro y por fuera, de modo que a los ojos de Dios aparece como hombre impecable, como mujer bellísima…

Otra comparación familiar a Pablo es la de la IMAGEN: la gracia convierte al bautizado en imagen de Jesucristo. Pablo nos presenta a Dios Padre mirando desde la eternidad a los que iban a responder a su vocación cristiana. Por eso, al determinarse a crearlos:
“Dios los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo”, de modo que, “así como llevamos la imagen del Adán terreno, llevemos ahora la imagen de Jesucristo, el Adán celestial” (Ro 8,29. 1Co 15,45-49)

Ninguna fotografía, ningún retrato, ningún cuadro del más célebre pintor, ninguna estatua, pueden representar a Jesucristo mejor que lo copia un bautizado. Quien ve a un cristiano, ve al mismo Jesucristo, de tan fielmente como lo reproduce.

Y esto, ¿por qué?... San Pablo profundiza mucho más, y presenta al cristiano por la gracia convertido en un MIEMBRO de Cristo, como parte del mismo Cristo:
“¿No saben que ustedes mismos son miembros de Cristo?” (1Co 6,15)

El bautizado, al ser miembro de Cristo, se ha convertido por eso mismo en HIJO O HIJA DE DIOS. Esto lleva consigo el derecho a ser “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro 8,15-17), destinados a la resurrección, como asegura Pablo:

“Cristo transfigurará nuestro cuerpo humilde según la forma de su cuerpo glorioso”.
“Porque cuando se manifieste Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros seremos manifestados en gloria juntamente con él” (Flp 3,21. Col 3,3-4)

La gracia ha transformado del todo al bautizado. No importa nada la historia anterior, como atestigua Pablo a aquellos cristianos salidos del paganismo:

“Han sido lavados, han sido justificados, han sido santificados, han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Co 6,11)

Es decir, se ha realizado en ellos una transformación total y esplendorosa, conforme a otra comparación tan familiar a Pablo: ¡La Luz!

“Son ustedes hijos de la luz y del día; no son de la noche ni de las tinieblas” (1Ts 5,5)
“Eran en otro tiempo tinieblas, pero ahora son luz en el Señor; caminen, pues, como hijos de la luz” (Ef 5,8)
“Ustedes, cristianos, brillan como antorchas en el mundo” (Flp 2,15)

Por eso, confiesa Pablo, gozoso de sí mismo y de sus discípulos::
“Nosotros, reflejando como espejos la gloria del Señor, nos vamos transformando de gloria en gloria a su misma imagen, iluminados por el Espíritu del Señor”,
“y así irradiemos la gloria de Dios, que resplandece en el rostro de Cristo Jesús” (2Co 3,18; 4,6)

Dios, que es grande en todo, ha querido ser grande en sus regalos. Y con este regalo de la Gracia santificante se ha lucido de verdad.

Hacernos el Padre participantes de su vida divina, como hijos e hijas suyos…

Convertirnos en miembros de Cristo…

Consagrarnos en templos vivos del Espíritu Santo…

Todo esto es algo inimaginable.

Aquel muchacho llamaba a la Gracia su “gran negocio”. ¿Tenía o no tenía razón?...

El Ángel saludó a María llamándola “llena de gracia”. Su Maternidad divina es algo único, ciertamente y plenitud de gracia como en María no se ha dado ni se dará jamás.

Pero, ¿se puede llamar también a los bautizados los “llenos de gracia”?... Pablo nos ha dicho algo!

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Voy a mandar al Espíritu Santo

¿Qué gracia más grande podemos pedir? ¡Tenerle a él dentro de nosotros! Es una experiencia única. No nos la podemos perder.

Juan 14, 21-26

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas -no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

Reflexión

"El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.

Y entonces Judas le dice que por qué no se manifiesta también al mundo y no sólo a ellos. ¡Qué respuesta de Cristo! No me manifestaré sólo a ustedes sino a todo aquel que me ame, es decir que guarde mis mandamientos por amor, y no sólo me manifestaré sino que además vendré a él y haré morada en él...

¿Qué gracia más grande podemos pedir? ¡Tenerle a él dentro de nosotros! Es una experiencia única. No nos la podemos perder. Es la mejor oferta que alguien te puedo hacer. Pues, ¿quién puede ofrecernos algo mejor que Dios mismo habite en nuestra alma? Es tanto como adelantarnos y vivir el cielo por anticipado, y eso sí que es excepcional, una vida terrena llena de cielo y por si fuera poco, una eternidad vivida junto a Él. Lo único que tienes que hacer para vivir así, con sabor a cielo, es guardar sus mandamientos, vivir amando a Dios sobre todas las cosas.

La verdad es que no es fácil, amar a Dios sobre todas las cosas, no es fácil, pero llena el alma de felicidad. Es un camino difícil pero no complicado, Cristo lo ha caminado primero y está dispuesto a caminarlo contigo otra vez. Cuando te cueste, cuando te parezca imposible, mira a Cristo crucificado, y está seguro de que su amor es suficiente para darte fuerzas. Entre los que somos cristianos, el desaliento, la desesperanza, no caben, porque sabemos que si es verdad la primera parte, cruz, sufrimiento, dolor... no es menos verdad la segunda, felicidad, resurrección, esperanza, amor...

Con inmensa emoción deberíamos recibir las palabras de Cristo en este evangelio. ¡Lo tenemos en el corazón! Sí, lo tenemos, cuando estamos en vida de gracia, cuando lo amamos cumpliendo sus mandamientos.

En la vida hay cosas que son esenciales, como por ejemplo: amar, es más, es lo esencial, pues al final de la vida nos van a juzgar de lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres, dicho en otras palabras, nos van a juzgar de cuánto hayamos amado... Sí, hay que amar, es maravilloso, para eso fuimos creados, para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y ahí tenemos el camino: Guardar sus mandamientos.

Autor: H. Cristian González | Fuente: Catholic.net
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viernes, 8 de mayo de 2009

Cuando sufrir es bello

Hay quienes ven el dolor como un enemigo, como una derrota y hay quienes descubren que sólo a través del sufrimiento la vida llega a ser verdaderamente humana.

El sufrimiento es, para muchos corazones, un enemigo que se busca alejar a cualquier precio. Porque parece que sufrir es fracasar, es perder. Porque el dolor es visto por muchos como algo negativo, una derrota que debería desaparecer en el mundo de los hombres.

Pero la vida humana, ¿mejora realmente si dejamos de sufrir, si eliminamos todo dolor? ¿No es injusto el precio que hay que pagar para conseguir una existencia más placentera, más exitosa, más fácil? ¿Qué gana quien rehuye todo esfuerzo, quien aparta sus ojos del dolor ajeno, quien se esconde a la hora de repartir tareas pesadas que “alguien” tiene que llevar a cabo?

En el camino de la vida el dolor aparece de mil maneras. A veces como un accidente inesperado. Otras veces desde una enfermedad que avanza poco a poco. En ocasiones, desde la pena ajena: no puede resultarnos indiferente la angustia de la madre que pierde a su hijo, el dolor de un viudo solitario, la tristeza del obrero despedido.

Si hay quienes ven el dolor como un enemigo, como una derrota, también hay quienes descubren que sólo a través del sufrimiento la vida llega a ser verdaderamente humana. Porque sufrir no es sinónimo de perder. Muchas veces es, simplemente, la consecuencia de un amor maduro, solidario, pleno. Es entonces cuando sufrir es bello.

Así lo explicaba el Papa Benedicto XVI: “Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo” (encíclica “Spe salvi” n. 39).

El Papa preguntaba en ese mismo texto: “¿somos capaces de ello? ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? ¿Es tan importante para mí la verdad como para compensar el sufrimiento? ¿Es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo?”

La respuesta, para la fe cristiana, es “sí”. Sí: vale la pena darse al otro, vale la pena amar sin reservas, vale la pena dejar comodidades para embarcarse en el mundo de la donación, de la verdad, de la justicia. Porque Dios mismo nos ha dado ejemplo, pues Él, que es “la Verdad y el Amor en persona”, quiso “sufrir por nosotros y con nosotros” (“Spe salvi” n. 39).

Con la mirada en la Cruz de Cristo, con el descubrimiento del verdadero sentido del dolor y del sufrimiento “por amor del bien, de la verdad y de la justicia”, podemos superar el deseo de comodidades y el miedo a lo difícil, y hacer que nuestra vida sea plena, sea verdadera, sea buena.

“La verdad y la justicia han de estar por encima de mi comodidad e incolumidad física, de otro modo mi propia vida se convierte en mentira. Y también el ‘sí’ al amor es fuente de sufrimiento, porque el amor exige siempre nuevas renuncias de mi yo, en las cuales me dejo modelar y herir. En efecto, no puede existir el amor sin esta renuncia también dolorosa para mí, de otro modo se convierte en puro egoísmo y, con ello, se anula a sí mismo como amor” (“Spe salvi” n. 38).

No es hermosa la vida que renuncia al dolor bueno, ese dolor que nace cuando amamos sin medida. Porque quien no ama hasta el dolor sincero llevará una vida raquítica, llena tal vez de pequeñas satisfacciones momentáneas pero hueca en lo que de verdad nos define como seres humanos: esa capacidad de amar hasta sufrir por el bien del otro.

Sólo cuando nos abramos al amor pleno, sólo cuando dejemos egoísmos y mentiras que empobrecen, entraremos en un horizonte de entrega donde no faltarán heridas ni penas, pero donde la alegría del discípulo será semejante a la del Maestro y del Pastor que sufrió y dio la vida porque amaba a sus amigos...

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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