miércoles, 24 de octubre de 2007

¿Cuántas veces hay que orar? Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. El que ama lo dice en la oración.

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola a sus discípulos para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. La parábola es la de la viuda inoportuna. A la pregunta: «¿Cuántas veces hay que orar?», Jesús responde: ¡Siempre!

La oración, como el amor, no soporta el cálculo de las veces. ¿Hay que preguntarse tal vez cuántas veces al día una mamá ama a su niño, o un amigo a su amigo? Se puede amar con grandes diferencias de conciencia, pero no a intervalos más o menos regulares. Así es también la oración.

Este ideal de oración continua se ha llevado cabo, en diversas formas, tanto en Oriente como en Occidente. La espiritualidad oriental la ha practicado con la llamada oración de Jesús: «Señor Jesucristo, ¡ten piedad de mí!». Occidente ha formulado el principio de una oración continua, pero de forma más dúctil, tanto como para poderse proponer a todos, no sólo a aquellos que hacen profesión explícita de vida monástica. San Agustín dice que la esencia de la oración es el deseo. Si continuo es el deseo de Dios, continua es también la oración, mientras que si falta el deseo interior, se puede gritar cuanto se quiera; para Dios estamos mudos. Este deseo secreto de Dios, hecho de recuerdo, de necesidad de infinito, de nostalgia de Dios, puede permanecer vivo incluso mientras se está obligado a realizar otras cosas: «Orar largamente no equivale a estar mucho tiempo de rodillas o con las manos juntas o diciendo muchas palabras. Consiste más bien en suscitar un continuo y devoto impulso del corazón hacia Aquél a quien invocamos».

Jesús nos ha dado Él mismo el ejemplo de la oración incesante. De Él se dice en los evangelios que oraba de día, al caer de la tarde, por la mañana temprano y que pasaba a veces toda la noche en oración. La oración era el tejido conectivo de toda su vida.

Pero el ejemplo de Cristo nos dice también otra cosa importante. Es ilusorio pensar que se puede orar siempre, hacer de la oración una especie de respiración constante del alma incluso en medio de las actividades cotidianas, si no reservamos también tiempos fijos en los que se espera a la oración, libres de cualquier otra preocupación. Aquel Jesús a quien vemos orar siempre es el mismo que, como todo judío de su tiempo, tres veces al día –al salir el sol, en la tarde durante los sacrificios del templo y en la puesta de sol-- se detenía, se orientaba hacia el templo de Jerusalén y recitaba las oraciones rituales, entre ellas el Shema Israel, Escucha Israel. El Sábado participa también Él, con los discípulos, en el culto de la sinagoga y varios episodios evangélicos suceden precisamente en este contexto.

La Iglesia igualmente ha fijado, se puede decir que desde el primer momento de vida, un día especial para dedicar al culto y a la oración, el domingo. Todos sabemos en qué se ha convertido, lamentablemente, el domingo en nuestra sociedad; el deporte, en particular el fútbol, de ser un factor de entretenimiento y distensión, se ha transformado en algo que con frecuencia envenena el domingo... Debemos hacer lo posible para que este día vuelva a ser, como estaba en la intención de Dios al mandar el descanso festivo, una jornada de serena alegría que consolida nuestra comunión con Dios y entre nosotros, en la familia y en la sociedad.

Es un estímulo para nosotros, cristianos modernos, recordar las palabras que los mártires Saturnino y sus compañeros dirigieron, en el año 305, al juez romano que les había mandado arrestar por haber participado en la reunión dominical: «El cristiano no puede vivir sin la Eucaristía dominical. ¿No sabes que el cristiano existe para la Eucaristía y la Eucaristía para el cristiano?».


Autor: P. Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia | Fuente: Catholic.net

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viernes, 19 de octubre de 2007

¿Por qué tantos tristes?

La enfermedad más terrible y extendida se llama tristeza y desesperación.

El mundo está lleno de gente triste, desesperanzada, gente amargada. Y uno se pregunta: ¿Por qué? Muchos responden: ¿Es que es posible vivir de otra manera? ¿Hay alguna razón para vivir alegres?

Yo nada más digo: ¿ No tenemos por ahí un Dios, un Padre amoroso que se preocupa de nosotros? ¿Para qué lo queremos? ¿No tenemos una Madre en el cielo, la Virgen de Guadalupe, que es la mejor Madre, y que sabe cuidar de sus hijos? Me pregunto: ¿Para qué la queremos? Y ¿no tenemos una fe y no tenemos una Iglesia y no tenemos tantos buenos libros y tantas oportunidades? ¿No tiene estrellas el cielo?

¿Para qué queremos los días, la salud? ¿Para qué queremos los amigos, para qué queremos tantas cosas buenas que hay en el mundo? ¿Por qué empeñarnos en llevar los ojos mirando hacia la tierra, los ojos cerrados a tanta bondad, a tanta hermosura, que debieran hacernos profundamente felices?

La enfermedad más terrible y extendida se llama tristeza y desesperación.


Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 17 de octubre de 2007

La oración es hablar con Dios

Hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza.

La oración es buscar a Dios, es ponernos en contacto con Dios, es encontrarnos con Dios, es acercarnos a Dios.

Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Es un diálogo de amor.

Santa Teresa dijo en una ocasión: “Orar es hablar de amor con alguien que nos ama”.

La oración no la hacemos nosotros solos, es el mismo Dios (sin que nos demos cuenta) el que nos transforma, nos cambia. Podemos preguntarnos, ¿cómo? Aclarando nuestro entendimiento, inclinando el corazón a comprender y a gustar las cosas de Dios.

La oración es dialogar con Dios, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza.

Orar es ponerse en la presencia de Dios que nos invita a conversar con Él gratuitamente, porque nos quiere. Dios nos invita a todos a orar, a platicar con Él de lo que más nos interesa.

La oración no necesita de muchas palabras, Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo digamos. Por eso, en nuestra relación con Dios basta decirle lo que sentimos.

Se trata de “hablar con Dios” y no de “hablar de Dios” ni de “pensar en Dios”. Se necesita hablar con Dios para que nuestra oración tenga sentido y no se convierta en un simple ejercicio de reflexión personal.

Cuanto más profunda es la oración, se siente a Dios más próximo, presente y vivo. Cuando hemos “estado” con Dios, cuando lo hemos experimentado, Él se convierte en “Alguien” por quien y con quien superar las dificultades. Se aceptan con alegría los sacrificios y nace el amor. Cuanto más “se vive” a Dios, más ganas se tienen de estar con Él. Se abre el corazón del hombre para recibir el amor de Dios, poniendo suavidad donde había violencia, poniendo amor y generosidad donde había egoísmo. Dios va cambiando al hombre.

Quien tiene el hábito de orar, en su vida ve la acción de Dios en los momentos de más importancia, en las horas difíciles, en la tentación.


Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

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martes, 16 de octubre de 2007

Union de Enfermos Misioneros

estimados hermanos misioneros, por este medio les envio un cordial saludo, y les pido su apoyo en oracion para la UEM, ya que este domingo estaran realizando su encuentro. Pasen la voz a quienes no tenga acceso a este medio. Mil gracias, Dios les bendice.
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sábado, 13 de octubre de 2007

Para meditar las palabras del Salve Regina

Te saludamos con sonrisas, flores, y canciones. Oh María, la mujer más digna del amor.

Dios te salve

Te saludamos con sonrisas, flores, y canciones
Oh María, la mujer más digna del amor.
Desde niño me enseñaron esta oración mis padres
queriendo que yo te amara y venerara
como ellos lo hacían.
Y desde entonces sigo rezando y cantando
esta bella plegaria todos los sábados
y a la hora del rosario cotidiano.
Dios te salve, maravilla de mujer y de Madre,
lirio hermoso de los valles y praderas.
Pensando en Ti me vuelvo poeta
me dan ganas de cantar.
Mis versos son para Ti,
mis canciones te las canto a Ti.


Reina y Madre de misericordia

Lo que más necesitamos es misericordia,
porque somos infinitamente miserables.
Tu amor inmenso hacia tus hijos se convierte
en océano de bondad, de misericordia, y de piedad.
Te agradecemos tu amor, tu virtud excelsa,
veneramos tu grandeza incomparable
pero sobre todo agradecemos
la misericordia de tu rostro y de tu corazón.
Tienes ojos y corazón hechos de bondad.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia…


Vida nuestra

Nos animas a vivir,
Haces feliz nuestra vida,
Nos otorgas calidad de vida,
porque contigo vale la pena vivir.
No vamos solos por la vida.
¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
Tú lo dijiste. Y cumples las promesas.


Dulzura

Suavidad, serenidad, paz.
Contigo estamos al abrigo de tormentas y huracanes.
Tu corazón es refugio montañero,
es brisa de primavera, es cantar de pajarillos,
es cristalina fuente,
dulzura de la vida, de mi vida.


Y esperanza nuestra

Todo lo espero de Dios por medio de Ti,
porque Dios te ama muchísimo
y Tú me amas muchísimo.
Contigo no cabe la desesperanza y la tristeza.
En las orillas de tu manso río
crecen los pastos y las flores en toda estación.
Tú eres una eterna primavera,
rosal florido, perfumado, digno de contemplarse.
De Ti lo espero todo y más de lo que esperan
todos los niños de sus mamás.
Espero que me lleves al cielo.
Espero que me hagas feliz.
Espero contemplarte en el cielo
en un éxtasis de amor.
Eres hermosísima paloma blanca
que vuelas en mi jardín.
Alegras mis días y mis noches.
Me haces sonreír y mirar hacia delante
con ilusión y entusiasmo.
La vida sin Ti no tendría sabor ni sentido.
Pero contigo sí quiero vivir.
Quiero contemplarte en el lirio del campo,
en la rosa perfumada, en el blanco clavel,
en todas las flores de las praderas,
en las estrellas de la noche.


Dios te salve

Te saludamos, te cantamos,
te llevamos mañanitas, Oh dulce madre.
Dios te salve.


A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva

Fuimos hijos de Eva para desgracia nuestra.
Pero somos hijos tuyos para completa felicidad.
Si triste y dura fue la herencia de nuestra madre Eva,
inmensamente rica es la herencia
que nos viene de Ti.
El destierro se dulcifica
porque Tú nos acompañas cada día.
Así nuestro desierto florece y se vuelve llevadero.
¡Qué dura sería la vida sin tu dulce compañía!
¡Qué cardos, qué espinas no produciría!
Pero entre los cardos y espinas tu mano amorosa
ha plantado muy bellas rosas.


A Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas

Siempre nos quedas Tú.
En medio de los peligros eres refugio,
pararrayos contra la justa ira de Dios.
En medio de las lágrimas, eres consuelo.
Tus hijos pueden sufrir, por ser ley todos,
pero nunca desesperan.
Saben mirar a través de las lágrimas
tu rostro materno que les llena de esperanza.


Ea, pues, Señora, abogada nuestra…

El nombre de abogada significa defensora.
Tú nos defiendes del maligno,
del que atacó a nuestra madre Eva en el Paraíso,
y la hirió pasándonos la herida.
Tú nos libras de peligros y tentaciones
que nos pudieran hacer perecer.
Contigo llevamos la frente alta por la vida,
hasta el destino final que es el cielo.
Desde allí intercede ante tu Hijo
por cada uno de tus hijos,
por mí también.


Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos

Sí, tus ojos...
Yo quiero asomarme a tus ojos, contemplarlos,
porque sólo de mirarlos me curo de mis tristezas,
su alegría se me contagia,
su pureza infinita se me participa.
Tus ojos, Madre Virgen, son océano
de gracia y de pureza.
Por eso necesito mirarlos, contemplarlos,
para que la bienaventuranza de los puros de corazón
me toque a mí también.
Nos miras con amor y misericordia.
Necesitamos de ambas realidades a morir.
porque somos débiles y miserables en abundancia.
Misericordia es lo que suplicamos.
Suplicamos a la misericordiosa Virgen.
Suplicamos a la más amorosa Madre.
A través de tus ojos aspiramos esa misericordia
y ese amor.
Es lo mejor que nos puedes regalar.
Eres misericordia y eres amor,
dos realidades que heredaste de Dios,
para regalarlas a tus hijos.


Y, después e este destierro…

Destierro, porque la patria no está aquí.
Porque la tierra, que es en sí hermosa,
se nos vuelve inhóspita y agraz, al pensar en el cielo.
Destierro, porque aquí te tenemos y tenemos a Dios,
pero todavía no es del todo y para siempre.
Podemos perderte, podemos perder a Dios,
¡Oh terrible posibilidad!
En el cielo Tú serás nuestra y nosotros tuyos
del todo y por toda la eternidad.
¡Qué inmensa beatitud!


Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre

Lo más grande que Tú tienes es Jesús.
Muéstranoslo, queremos verlo, conocerlo,
amarlo entrañablemente.
Desde que fuiste Madre de Jesús,
nunca podrás separarte de Él, es tu hijo.
Pero lo mismo que a Él, nos has engendrado
a cada uno de nosotros.
Somos por eso sus hermanos y tus hijos.
Ser hijo no siempre es bien valorado por éste
pero ser madre es muy bien conocido por ella.
Yo no conozco bien lo que significa ser tu hijo,
pero Tú sí sabes lo que significa ser mi madre.
Jesús es el hermano mayor y especial.
Debemos asemejarnos a Él.
danos la gracia de conocerlo como Tú lo conoces:
Un Dios amor que nos quiere
hasta la muerte de cruz,
que nos dio a su Madre, a Ti, para cada uno.
Déjanos ver su rostro, déjanos conocer su corazón,
concédenos amarlo con todas nuestras fuerzas.


Oh clemente, Oh piadosa, Oh dulce Virgen María

Clemente, piadosa y dulce:
la trilogía de la misericordia encarnada en Ti.
Permítenos beber en tu fuente
el agua dulce de tu piedad.
Estamos tan necesitados de clemencia,
dulzura y piedad.
Pero tu fuente rebosa de esa agua pura.
Virgen María dulce: Eres el rosal sin espinas,
belleza de rosas perfumadas:
corremos al olor de tus perfumes.
Virgen María clemente: De Dios lo aprendiste,
Oh Madre del hijo pródigo.
Si algo sabes hacer con excelencia,
es el arte de la misericordia con tus hijos pecadores.
Necesitamos tanto tu capacidad de compasión,
porque somos pecadores maltratados por Satanás.
Virgen María piadosa:
Te compadeces del pecador,
de sus heridas purulentas, no queriendo ver su culpa.
Respondes con piedad y misericordia
a la negra ingratitud, como tu Hijo.
Misericordia del Hijo, misericordia de su Madre.
Gracias por ser dechados de piedad para nosotros,
que, si algo necesitamos, es misericordia y piedad.


Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

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jueves, 11 de octubre de 2007

Software de santidad cristiana

Si después del mes no consigues ser santo, revisa si has cumplido todas las instrucciones

Manuel no lo podía creer: ¡un programa de computación para ser santos!. Además, según decía la presentación, “de modo seguro y con dificultades, en un mes”. Lo normal es que te digan “de modo fácil”, pero lo de las dificultades estimuló a aquel joven de 17 años.

Tomó en seguida aquella caja. Fue a la computadora. Introdujo el cdrom y empezó a correr la presentación. Como saludo inicial, aparecieron un Cristo crucificado, una tumba abierta y una silueta de la Virgen. Sonaban las notas de una música desconocida pero serena, como un Ave María lleno de lirismo.

En la parte superior derecha brillaba de modo intermitente una especie de corona como esa que ponen a los santos en las imágenes. Manuel apretó allí, y apareció una nueva pantalla:

“Es muy fácil ser santo, pero exige mucha voluntad. ¿Te atreves?” El sí y el no se encendieron a los lados.

Manuel apretó el sí. “¿Seguro que tienes voluntad? Este programa no vale para personas inconstantes”.

Con un nuevo sí entró en el siguiente menú: “Condiciones de uso”. El preámbulo era severo:

“Para iniciar el camino hacia la santidad hay que recordar lo que Dios nos pide en los Mandamientos y lo que Jesús nos enseña en el Evangelio, especialmente las bienaventuranzas. ¿Sabes cuáles son los Mandamientos? ¿Conoces las bienaventuranzas?” Al final, una flecha permitía pasar al siguiente menú.

Manuel pudo leer así los diez mandamientos (Deuteronomio 5, 6-21) y las bienaventuranzas (evangelio según san Mateo, capítulo 5). El programa parecía exigente: “Amarás al Señor tu Dios...” Cada mandamiento tenía un tono claro y comprometedor. Luego, las bienaventuranzas: felices los que tienen hambre de la justicia, los mansos, los limpios de corazón, los misericordiosos...

Acabada esta parte del software, apareció un texto:

“Ya conoces el programa de Cristo en sus líneas generales. Te falta por leer todo el Evangelio y el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Te comprometes a hacerlo?” Después de dar el sí, brilló una nueva pregunta: “¿Estás seguro? Te advierto que no es fácil, que tendrás que dejar cosas que te gustan y que muchos empezarán a reírse de ti”. Manuel volvió a apretar el sí.

“Te quedan dos pasos importantes. El primero consiste en vivir muy cerca del Espíritu Santo, dialogar continuamente con Él, tomar todas las decisiones bajo su consejo. ¿Aceptas?” Tras apretar el sí Manuel se encontró con una pantalla imprevista: “¿De verdad sabes quién es el Espíritu Santo? Si no lo sabes, lee el Catecismo” (con un enlace que permitía acceder a una explicación sobre el Espíritu Santo).

Manuel, que había estudiado algo de religión, que había ido a clases muy buenas de catequesis para prepararse a la confirmación, dijo que sí. Entonces el programa le llevó a la última etapa.

“El segundo paso es que tienes que comprometerte a vigilar y rezar. Vigilar para no caer en tentación. Si caes alguna vez, aprieta aquí [y se habría una pantalla en la que se explicaba el sacramento de la confesión]. Luego, rezar, porque sólo Dios es Santo, sólo Dios puede darte la santidad”. [Y aparecía un enlace que llevaba a la explicación de la oración cristiana].

“¿Estás listo para empezar?” Manuel volvió a decir que sí. La penúltima pantalla decía así:

“¡Felicidades por tu valor! Ahora te queda un mes para probar. Si después del mes no consigues ser santo, revisa si has cumplido todas las instrucciones. Si las has llevado a cabo y aún no eres santo, tienes derecho a que te devuelvan el dinero, pero te aseguramos que no habrás perdido tu tiempo...”

Un cuadro en el centro de la parte inferior brillaba con estas palabras: “No olvides que...” Manuel apretó encima y apareció el último menú, con una hermosa imagen de la Virgen:

“Recuerda: la Virgen María es nuestra Madre. No dejes de tratarla con cariño. Ella es la más buena y más santa entre los seres humanos. Ser santos consiste, simplemente, en cogerse de su mano y repetir como Ella, en cada momento, en cada situación: ‘He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’”.


Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

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Yo soy el pan vivo, bajado del cielo

Cristo quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida.

Jesús tomó cinco panes y dos peces, levantó los ojos al cielo, los bendijo, los partió, y los dio a los Apóstoles para que los fueran distribuyendo a la gente (cf. Lc 9, 16). Como observa san Lucas, todos comieron hasta saciarse e incluso se llenaron doce canastos con los trozos que habían sobrado (cf. Lc 9, 17).

Se trata de un prodigio sorprendente, que constituye el comienzo de un largo proceso histórico: la multiplicación incesante en la Iglesia del Pan de vida nueva para los hombres de todas las razas y culturas. Este ministerio sacramental se confía a los Apóstoles y a sus sucesores. Y ellos, fieles a la consigna del divino Maestro, no dejan de partir y distribuir el Pan eucarístico de generación en generación.

El pueblo de Dios lo recibe con devota participación. Con este Pan de vida, medicina de inmortalidad, se han alimentado innumerables santos y mártires, obteniendo la fuerza para soportar incluso duras y prolongadas tribulaciones. Han creído en las palabras que Jesús pronunció un día en Cafarnaúm: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre" (Jn 6, 51).

Jesús se define "el Pan de vida", y añade: "El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo" (Jn 6, 51).
¡Misterio de nuestra salvación! Cristo, único Señor ayer, hoy y siempre, quiso unir su presencia salvífica en el mundo y en la historia al sacramento de la Eucaristía. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participación en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Nosotros queremos permanecer con Cristo, y por eso le decimos con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Con la misma convicción de Pedro, nos arrodillamos hoy ante el Sacramento del altar y renovamos nuestra profesión de fe en la presencia real de Cristo.


Buen Pastor, verdadero pan -le diremos con confianza-. Oh Jesús, ten piedad de nosotros, aliméntanos y defiéndenos, llévanos a los bienes eternos. Tú que todo lo sabes y todo lo puedes, que nos alimentas en la tierra, guía a tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos. Amén.

Fragmento de la homilía en la Solemnidad de Corpus Christi. 22 de junio 2000.


Autor: Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 10 de octubre de 2007

Chemita

Luchen diario por lo que quieren y acuérdense de esto en las mañanas y cuando tengamos más flojera que nunca



Esta foto es de Chemita... El sábado antepasado estaba de guardia en la Cruz Roja y llegó una niña de 17 años que seguro se había tomado algo para abortar... y dio a luz a este bebé... (no les pongo las demás fotos para que los que no son médicos no se traumen). El caso es que un amigo y yo nos quedamos cuidándolo las pocas horas que vivió... chequen el tamaño de sus manitas por favor... (la mano de encima es la mía). La mamá tenía apenas cuatro meses de embarazo!!! pero él ya estaba perfectamente bien formadito... uñitas, deditos, orejitas, boquita, todo...

El caso y lo padre de la situación fue que como ni siquiera lo pudimos intubar, (no había cánulas tan chiquitas... además le podíamos tronar los pulmoncitos), entonces tuvimos que quedarnos junto a él toooodo el tiempo calentándolo con sábanas y lámparas y echándole aire por la boquita. Llegó un momento en que nos quedamos maravillados de la fuerza que tenía ese bebé... créanme que cuando veíamos que su corazoncito empezaba a fallar, dejábamos de darle respiraciones para que no sufriera más... y en el momento en que le quitábamos el aire, el ritmo cardíaco volvía a subir... IMPRESIONANTE!!!! nos trajo así casi 4 horas!!! Después de muchos intentos, cuando lo vimos que ya estaba medio mal, lo bautizamos (sí, salió la educación religiosa cañón... pero no podíamos dejar que alguien así, que había luchado tanto, se fuera sin un nombre, como si no hubiera pisado este mundo... y como no sabíamos aún si era niño o niña, le pusimos José María... "Chemita" pa´ los cuates...)

Cuando murió, (debo confesar que lloré muchísimo) me puse a pensar en todo lo que él quería vivir, en todo lo que él luchó... y ¡caray! vivió sólo 4 horas!!! y yo a mis 21, casi 22, no he hecho un pepino, me da flojera despertar y vivo "jetona"!!!

El sábado fui con unos niños de prepa y secundaria y les puse la foto, les expliqué lo mismo que les digo a ustedes, etc... y créanme... chequen la cantidad de vidas (la mía, la de mi familia, mis amigos, los doctores y enfermeras de la Cruz, los chavos del sábado y ahora ustedes...) en las que ha influido Chemita... en 4 horas de vida!!!!

Ya quisieramos muchos esas ansias de luchar por lo que queremos, por vivir... pero la neta es que lo vemos como algo de todos los días, como algo que siempre pasa... ya se nos hizo costumbre respirar, despertarnos, y no vemos lo increíble y la dicha que tenemos de poder cambiar diario este mundo... hacer algo bueno por alguien...

IMAGÍNENSE LAS ENORMES GANAS QUE TENÍA ESE CHIQUITO DE SOBREVIVIR... así que neto, luchen diario por lo que quieren y acuérdense de esto en las mañanas y cuando tengamos más flojera que nunca.

Se me hizo padre contarles esta experiencia, creo que vale muchísimo la pena....y pues si quieren o así... denle forward... a ver en cuantas vidas puede seguir influyendo alguien que vivió 4 horas!


Autor: Julia Salinas

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El agua que Tú das no se agota nunca.

Dios no excluye a nadie de esta agua divina, Los que tengan sed, vengan, y beban gratis cuanta agua quieras.

Podríamos comenzar hoy con la visita a una espléndida iglesia de Viena. Nos vamos a detener ante el grandioso cuadro de un artista que quiso hacernos ver lo que es la Gracia de Dios derramada en toda la Iglesia.

Arriba del cuadro está en su trono de gloria la Santísima Trinidad, fuente de la Gracia, que por Jesucristo va a caer sobre toda la Humanidad redimida.

La primera que la recibe y queda llena a rebosar es María, y junto a Ella San José, el Santo más favorecido de Dios.

Siguen hacia abajo San Juan Bautista y los Niños Inocentes, tan distinguidos en el Evangelio.

Después, la corona espléndida de los Apóstoles, a los que rodean una multitud de mártires, vírgenes, santos y santas de todas las edades y estados de vida.

Los predestinados de antes de la venida de Jesucristo aparecen ofreciendo el incienso del sacrificio al Eterno Padre, el Dios a quien adoraron.

Este cuadro es el eco de aquella visión del Apocalipsis, que nos describe a Dios en su trono y ante Él una multitud inmensa que nadie puede contar, de santos y santas llegados de todos los pueblos, lenguas y naciones, cantando felices el aleluya eterno de la salvación.

Este es el cuadro. La imaginación del artista, como la nuestra, no llega a más. Pero todos sabemos que la realidad supera a todo lo que nosotros podemos pensar.

La fuente de la vida es Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
El Hijo de Dios se hace hombre, abre el chorro y de la Gracia, que estalla a borbotones y se difunde en todos los elegidos.

Es ésta la inundación que vio el profeta Ezequiel, cuando contempló la Jerusalén restaurada rodeada de torrentes incontenibles, y que convertían la sequedad clásica de la ciudad y de sus contornos en frondosos bosques y jardines exuberantes.

Dios no excluye a nadie del beneficio de esta agua divina, y hace gritar a Isaías:
- Los que tenéis sed, venid, y bebed gratis cuanta agua queráis.

Hace alusión el profeta a la costumbre de sus tiempos en Palestina. Hoy nosotros compramos más bien una coca-cola fresca u otra soda embotellada. En aquel entonces había vendedores ambulantes que llevaban por las calles agua potable, algo cara a veces por lo mucho que escaseaba, y la ofrecían a precio bien elevado. Viene Dios ahora y la ofrece de balde.

Jesús repetirá la invitación, y dirá:
- El que tenga sed, que venga a mí, y beba.
La primera que queda saciada y en una abundancia inimaginable es María, saludada por el Angel como la llena de Gracia.

E igual que María, todos los santos habidos y por haber, hasta nosotros, portadores de esa vida divina que llamamos la Gracia Santificante.

Cuando se haya consumado en el Cielo, estaremos metidos en el mar inmenso de la Gloria de Dios, término de toda la obra de la salvación y consumación feliz de la vida de la Gracia.

Nuestro mundo tiene mucha necesidad de estas visiones bíblicas, representadas con acierto por el arte para hacernos comprender, o barruntar al menos, lo que es el don de Dios. Jesús se lo expresó a la Samaritana con la misma comparación del agua:
- Si supieras tú quién es el que te dice dame de beber, serías tú quien le pedirías a él, y él te daría agua viva.
¡Si supiera el mundo de hoy quien es ese Jesucristo! Él se sigue ofreciendo para apagar la sed que atormenta a todos los hombres.

¿Amor?... Jesucristo es el mayor amador, que da su Espíritu e incendia la tierra.
¿Justicia?... Jesucristo, con su precepto de caridad hace imposibles las desigualdades entre hermanos.
¿Vida de Dios?... Jesucristo quiere convertirnos en surtidores de agua que salta hasta la vida eterna.

Las Naciones Unidas han elaborado estudios muy serios sobre la situación del agua en el mundo, y ven que para los próximos siglos se echa encima un problema muy grave, a no ser que se tomen medidas urgentes y de mucha envergadura. Es muy de alabar esta solicitud de esos hombres tan preocupados por el bien de la Humanidad.

Pero a nosotros, cristianos, nos preocupa, y muy seriamente también, el problema de la otra agua, la de la Gracia de Dios, que escasea en tantos pueblos donde se mete la incredulidad o en los que se prescinde de la Ley de Dios. ¿Llegan a darse cuenta de la sed que padecen?...
¡Señor Jesucristo!

En tu Corazón tienes remansada toda la Gracia de Dios, merecida por ti en la Cruz.
Danos sed, ya que tenemos donde saciarla, porque esa agua que Tú das no se agota nunca.

Queremos beber, y, al beber, queremos tener cada vez una sed más ardiente, que Tú sabes apagar cuando nos acercamos a ti, cuando aplicamos los labios a la llaga de tu costado, cuando nos abrevamos en la mera fuente de la Eucaristía.


Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net

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martes, 9 de octubre de 2007

¡No tengas miedo!

Ábrele las puertas a Cristo. Es tu Salvación.

A los que nos toca vivir esta hora grandiosa de la Historia, nos resultará siempre actual aquel grito que nos lanzó el Papa Juan Pablo II al inaugurar su pontificado:
- ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Jesucristo! Y se dirigía a todos: -No le tengáis miedo y abridle las puertas.

Vosotros, que tenéis ya la dicha inestimable de creer. Vosotros, que vais buscando todavía a Dios. Y también vosotros, que camináis atormentados por la duda. ¡No tengáis miedo!...

¡Qué le vamos a tener miedo, por favor! Si en Jesucristo está nuestra salvación... Precisamente es lo que más queremos. Hacer una realidad lo que nos pedía un antiguo escritor de la Iglesia:

Que Cristo se meta en tu respirar y en toda tu vida; entonces sabrás lo que es el fruto del verdadero descanso.

Si hoy el mundo quiere respirar otros aires, nosotros no queremos respirar más que a Jesucristo, en quien tenemos nuestra paz y el descanso de nuestras almas.

¿Quién es Jesucristo?... Muchas veces nos hacemos y nos vamos a repetir esta pregunta. Pero nadie nos lo ha respondido como el apóstol San Pablo, cuando escribe:
- En Cristo tenemos la redención, el perdón de los pecados. ¡Jesucristo es nuestro Salvador!
- Él es imagen del Dios invisible, primogénito de Dios, existente antes que cualquier criatura. ¡Jesucristo es Dios! ¡Dios verdadero! ¿Más grande que Jesucristo, que es Dios? Nada ni nadie...
- Todas las cosas han sido creadas por él y en vistas a él. ¡Jesucristo es el Creador, y el centro de todo lo que existe, porque todo converge en Él, y en Él se resume todo!
- Él es el Cabeza de la Iglesia, el primero en haber resucitado de entre los muertos.

¡Jesucristo es y será siempre el primero en todo!
- Por medio de Él, y por su sangre derramada en la cruz, Dios ha reconciliado consigo todas las cosas del cielo y de la tierra.
¡Jesucristo es nuestra paz, ya no somos enemigos de Dios, sino sus hijos y los herederos de su gloria!

Hoy el mundo se debate en medio de muchas tragedias, que nos hacen sangrar el corazón a todos, porque todos tenemos corazón al ver las angustias que aplastan a tantos hermanos nuestros. Y no se arreglará nada con las armas, sino con el amor a Jesucristo.

Una Religiosa valiente y un guerrillero nos dieron una lección que vale por miles de discursos en las Naciones Unidas. La Hermana Religiosa se mete a hablar con los bandoleros de Colombia, allá por los años sesenta. A uno le habló de Cristo, de la Virgen, del pecado... Y al final, el bandolero:
- Hermana, yo le doy la pistola y usted me da su Crucifijo.
Hacen el intercambio. La monjita valiente no utilizó nunca la pistola para matar, y el bandolero dejó de matar y daba miles de besos al Crucifijo... ¡Qué gesto tan significativo! ¡Qué realidad!...

Si el mundo empieza a escuchar la voz de Jesucristo que llama; si el mundo empieza a amar a Jesucristo y ama como Jesucristo, que reparte amor; si el mundo empieza a hacer caso a Jesucristo, que nos enseña...,
entonces el mundo se salvará, el mundo tendrá paz, el mundo será más feliz...

Hoy constatamos a cada momento que allí donde entra Jesucristo entra con Él la felicidad. Hogares a lo mejor antes deshechos, apenas han permitido a Jesucristo meterse en ellos, se han convertido en mansiones de paz. Personas que vivían sin ideal, apenas conocido Jesucristo y decididas a hacer algo por El, se tornan verdaderos apóstoles, que recuerdan tanto a aquel convertido frente a las puertas de Damasco.

Y es que Jesucristo es un verdadero revolucionario de almas. Es imposible aceptarlo y no sentir una transformación total. Desaparece la vejez del pecado y aparece la novedad de la vida de Dios. Realiza Jesucristo lo que promete en el Apocalipsis: -Mirad que hago nuevas todas las cosas.

Jesucristo nos sigue enseñando y guiando por los Pastores de la Iglesia, especialmente por su Vicario el Papa, y estaremos siempre atentos a la Doctrina de los Apóstoles, como aquella comunidad de Jerusalén, la de nuestros primeros hermanos en la fe.

¡Jesucristo, Señor! Nosotros creemos en ti. Y te escuchamos. Y te amamos. Y queremos seguir adelante con paso alegre, mientras nos dirigimos gozosos a tu encuentro....


Autor: Pedro García, Misionero Claretiano

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miércoles, 3 de octubre de 2007

El amor de Dios y la lucha diaria

Cristo nos repite, casi nos grita en medio del silencio: Te amo con un amor eterno.

No es fácil responder en pocas palabras a quien pregunta: ¿cuál es la esencia del cristianismo? La riqueza del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia es tan grande que dar una respuesta breve significa muchas veces no decir casi nada.

De todos modos, podemos empezar a responder con dos ideas centrales de nuestra fe. La primera: Dios nos ama. La segunda: vivimos todos los días una lucha continua contra las fuerzas del mal.

Dios nos ama. Esta verdad no es sólo una bella poesía o una frase hermosa que dicen, de vez en cuando, los sacerdotes en la misa, o los padres cuando enseñan la fe a sus hijos pequeños. El amor de Dios es una realidad profunda, vital, una experiencia que todo cristiano puede y debe descubrir en el fondo de su corazón. Nos invade siempre un cariño eterno. Dios no puede dejar de mirarnos con amor: nos quiere “demasiado”.

El amor de Dios se concretiza en la cruz y en la Resurrección de Cristo. Esos dos momentos son el centro de la misa. Cada vez que el sacerdote toma el pan y el vino y pronuncia las palabras de consagración, Cristo está allí, misteriosa pero realmente, y nos repite, casi nos grita en medio del silencio: “Te amo con un amor eterno”. O, como dice la canción, “nadie te ama como yo”.

Esta verdad es capaz de cambiar cualquier vida. A nivel humano nos alegra, nos provoca un cosquilleo especial en el corazón el sentir que alguien nos mira con cariño. Pero es mucho más grande y profunda la paz que nace cuando damos vida, por el recuerdo, a esa gran certeza: “el Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2, 20).

La segunda verdad puede resultar extraña, pero también es una experiencia de todos los días. La lucha contra el mal es tan real que nos toca a la hora de levantarnos, o cuando hay que llevar a los niños a la escuela, o cuando se insinúa la posibilidad de una pequeña trampa en el trabajo, o cuando nace en el corazón un molesto sentimiento de envidia. Esa lucha llena las páginas de los periódicos, los minutos de los noticieros, la conversación cuando encontramos a los amigos.

Existe una tentación muy fuerte de creer que el mal es más fuerte que el bien, que el cristianismo es un sueño para pocos, que la vida normal no es la de los santos, que podemos pactar “un poco” con la traición, la cobardía, la dejadez, la borrachera y alguna que otra infidelidad a la esposa o al esposo. Parece que el mal triunfa y gobierna los corazones y los pueblos.

Pero esta tentación no tiene sentido en quien cree de verdad en Dios, en quien conoce a Jesucristo. Con el bautismo fuimos acogidos por el amor infinito del Padre, y quedamos liberados de las cadenas del demonio. Desde entonces es posible vencer el mal con el bien, la injusticia con la honradez, el desamor con el perdón, la pereza con el espíritu de servicio a los demás, la infidelidad matrimonial con la alegría de quienes saben rezar juntos, como esposos y como padres, en los momentos más importantes de la vida familiar.

Esto no quita, sin embargo, que todos los días tengamos que luchar. Las malas tendencias tienen raíces profundas, y brotan con energía si nos descuidamos medio minuto. Pero siempre existe la posibilidad de limpiar y de sanar las heridas, incluso las más profundas. En cada buena confesión triunfa el amor sobre el pecado, y el mal retrocede un poco para que crezca y venga en el mundo el Reino de Cristo.

Dicen que cada acto de amor hace brillar de un modo nuevo las estrellas. Si no es verdad, al menos hará un poco mejor y más hermosa la vida sobre la tierra. Será un paso, pequeño o grande, hacia el encuentro con el Amor de Dios. Sólo en el cielo sabremos lo mucho que nos amó. Ahora nos toca, todos los días, con las lámparas encedidas y con las armas de la fe y del amor, luchar contra el mal. Y la cruz, estamos seguros, vencerá.


Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

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martes, 2 de octubre de 2007

Nuestro Ángel de la Guarda

Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo con el propio ángel de la guarda.

Muchos tienen la costumbre de hablar con su ángel de la guarda. Le piden ayuda para resolver un problema familiar, para encontrar un estacionamiento, para no ser engañados en las compras, para dar un consejo acertado a un amigo, para consolar a los abuelos, a los padres o a los hijos.

Otros tienen al ángel de la guarda un poco olvidado. Quizá escucharon, de niños, que existe, que nos cuida, que nos ayuda en las mil aventuras de la vida. Recordarán, tal vez, haber visto el dibujo de un niño que camina, cogido de la mano, junto a un ángel grande y bello. Pero desde hace tiempo tienen al ángel “aparcado”, en el baúl de los recuerdos.

De grandes es normal que hablemos a los niños de su ángel de la guarda. Nos sería de provecho pensar también en nuestro ángel que, desde el bautismo, está a nuestro lado y nos ayuda de mil modos.

Es verdad: Dios es el centro de nuestro amor, y a veces no tenemos mucho tiempo para pensar en los espíritus angélicos. Podemos, sin embargo, ver a nuestro ángel de la guarda no como una “devoción privada” ni como un residuo de la niñez, sino como un regalo del mismo Dios, que ha querido hacernos partícipes, ya en la tierra, de la compañía de una creatura celeste que contempla ese rostro del Padre que tanto anhelamos.

Necesitamos renovar nuestro trato afectuoso y sencillo, como el de los niños que poseen el Reino de los cielos (cf. Mt 19,14), con el propio ángel de la guarda. Para darle las gracias por su ayuda constante, por su protección, por su cariño. Para sentirnos, a través de él, más cerca de Dios. Para recordar que cada uno de nosotros tiene un alma preciosa, magnífica, infinitamente amada, invitada a llegar un día al cielo, al lugar donde el Amor y la Armonía lo son todo para todos. Para pedirle ayuda en un momento de prueba o ante las mil aventuras de la vida.

Necesitamos repetir, o aprender de cero, esa oración que la Iglesia, desde hace siglos, nos ha enseñado para dirigirnos a nuestro ángel de la guarda:

Ángel del Señor, que eres mi custodio,
puesto que la Providencia soberana me encomendó a ti,
ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname en este día.
Amén.


Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

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lunes, 1 de octubre de 2007

Buen Inicio de Semana

Te haz puesto a pensar en lo que haz utilizado todo lo que Dios te ha dado en esta vida, las cuales son tantas cosas como el tiempo, el que puedas caminar, pensar y moverte por ti solo, tu familia, tus amigos, la posicion economica que aunque no eres rico pero tienes los necesario para vivir y para poder dar aunque sea un poco, pero sobre todo el conocer de la doctrina que Jesus nos dejo en sus evangelios; porque es aqui donde es necesario analizar que es lo que haz sembrado, recuerda todo lo que tienes solo es prestado en esta vida, asi que cada dia siembra una semilla de tal manera que el dia de mañana sea una gran cosecha pero no para ti sino para áquel que lo dio todo por cada hijo suyo

Ma. Elena Martinez

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Aprender a equivocarse

Lo más difícil no es el de no caerse nunca, sino el de saber levantarse y seguir el camino emprendido.

Una de las virtudes-defecto más cuestionables: el perfeccionismo. Virtud, porque evidentemente, lo es el tender a hacer todas las cosas perfectas. Y es un defecto porque no suele contar con la realidad: que lo perfecto no existe en este mundo, que los fracasos son parte de toda la vida, que todo el que se mueve se equivoca alguna vez.

He conocido en mi vida muchos perfeccionistas. Son, desde luego, gente estupenda. Creen en el trabajo bien hecho, se entregan apasionadamente a hacer bien las cosas e incluso llegan a hacer magníficamente la mayor parte de las tareas que emprenden.

Pero son también gente un poco neurótica. Viven tensos. Se vuelven cruelmente exigentes con quienes no son como ellos. Y sufren espectacularmente cuando llega la realidad con la rebaja y ven que muchas de sus obras -a pesar de todo su interés- se quedan a mitad de camino.

Por eso me parece que una de las primeras cosas que deberían enseñarnos de niños es a equivocarnos. El error, el fallo, es parte inevitable de la condición humana. Hagamos lo que hagamos habrá siempre un coeficiente de error en nuestras obras. No se puede ser sublime a todas horas. El genio más genial pone un borrón y hasta el buen Homero dormita de vez en cuando.

Así es como, según decía Maxwel Brand. "todo niño debería crecer con convicción de que no es una tragedia ni una catástrofe cometer un error". Por eso en las persona siempre me ha interesado más el saber cómo se reponen de los fallos que el número de fallos que cometen.

Ya que el arte más difícil no es el de no caerse nunca, sino el de saber levantarse y seguir el camino emprendido.

Temo por eso la educación perfeccionista. Los niños educados para arcángeles se pegan luego unos topetazos que les dejan hundidos por largo tiempo. Y un no pequeño porcentaje de amargados de este mundo surge del clan de los educados para la perfección.

Los pedagogos dicen que por eso es preferible permitir a un niño que rompa alguna vez un plato y enseñarle luego a recoger los pedazos, porque "es mejor un plato roto que un niño roto".

Es cierto. No existen hombres que nunca hayan roto un plato. No ha nacido el genio que nunca fracase en algo. Lo que sí existe es gente que sabe sacar fuerzas de sus errores y otra gente que de sus errores sólo casa amargura y pesimismo. Y sería estupendo educar a los jóvenes en la idea de que no hay una vida sin problemas, pero lo que hay en todo hombre es capacidad para superarlos.

No vale, realmente, la pena llorar por un plato roto. Se compra otro y ya está. Lo grave es cuando por un afán de perfección imposible se rompe un corazón. Porque de esto no hay repuesto en los mercados.


Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net
Tomado de "Cristo Hoy"

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