sábado, 29 de noviembre de 2008

Andrés, el que acercaba a otros a Cristo

Es el instrumento de encuentro de los hombres con Cristo y que llena de gozo el Corazón del mismo Jesús.

Mañana, 30 de noviembre, celebramos el día del apóstol San Andrés, pero como empezamos el Adviento, meditaremos hoy acerca de este gran apóstol.

El Apóstol Andrés es un hombre sencillo, tal vez también pescador como su hermano Simón, buscador de la verdad y por ello lo encontramos junto a Juan el Bautista. No importa de dónde viene ni qué preparación tiene. Parece, por lo que conocemos de él en el Evangelio, que entre otras muchas cosas algo que va a hacer es convertirse en un anunciador de Cristo a otros.

"He ahí el Cordero de Dios" (Jn 1,36). Estando Andrés junto a Juan el Bautista escucha de él estas palabras. De repente se siente inquieto por ellas y se va con Juan tras Jesús. Él les pregunta: ¿Qué buscáis?, a lo que ellos le dicen: ¿Dónde vives?. Jesús entonces les dice: "Venid y lo veréis". Ellos fueron con Jesús y se quedaron con Él aquel día. Ha sido Juan el Bautista quien les ha enseñado a Cristo, y antes que nada Andrés ha querido hacer personalmente la experiencia de Cristo. Estando junto a él ha descubierto dos cosas: que Cristo es el Mesías, la esperanza del mundo, el tesoro que Dios ha regalado a la humanidad, y también que Cristo no puede ser un bien personal, pues no puede caber en el corazón de una persona. A partir de ahí, la vida de Andrés se va a convertir en anunciadora de Dios para los demás hasta morir mártir de su fe en Cristo.

"Hemos encontrado al Mesías" (Jn 1,41). La primera acción de Andrés, tras haber experimentado a Cristo, es la de ir a anunciar a su hermano Simón Pedro tan fausta noticia. Simón Pedro le cree y Andrés le lleva con el Maestro. Hermosa acción la de compartir el bien encontrado. Andrés no se queda con la satisfacción de haber experimentado a Cristo. Bien sabe que aquel don de Dios, a través de Juan el Bautista que le señaló al Cordero de Dios, hay que regalarlo a otros, como su Maestro Juan el Bautista hizo con él. Queda claro así que en los planes de Dios son unos (tal vez llamados en primer lugar) quienes están puestos para acercar a otros a la luz de la fe y de la verdad. ¡Gran generosidad la de Andrés que le convierte en el primer apóstol, es decir, mensajero, de Cristo, y además para un hermano suyo!

"Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús" (Jn 12,20). Se refieren estas palabras a una escena en la que unos griegos, venidos a la fiesta, se acercaron a los Apóstoles con la petición de ver a Jesús. Andrés es uno de los dos Apóstoles que se convierte en instrumento del encuentro de aquellos hombres con Cristo, encuentro que llena de gozo el Corazón del mismo Jesús. ¿Puede haber labor más bella en esta vida que acercar a los demás a Dios, se trate de personas cercanas, de seres desconocidos, de amigos de trabajo o compañeros de juego? Sin duda en la eternidad se nos reconocerá mucho mejor que en esta vida todo lo que en este sentido hayamos hecho por los otros. Toda otra labor en esta vida es buena cuando se está colaborando a desarrollar el plan de Dios, pero ninguna alcanza la nobleza, la dignidad y la grandeza de ésta.

El Apóstol Andrés se erige así, desde su humildad y sencillez, en una lección de vida para nosotros, hombres de este siglo, padres de familia preocupados por el futuro de nuestros hijos, profesionales inquietos por el devenir del mundo y de la sociedad, miembros de tantas organizaciones que buscan la mejoría de tantas cosas que no funcionan. A nosotros, hombres cristianos y creyentes, se nos anuncia que debemos ser evangelizadores, portadores de la Buena Nueva del Evangelio, testigos de Cristo entre nuestros semejantes. Vamos a repasar algunos aspectos de lo que significa para nosotros ser testigos del Evangelio y de Cristo.

En primer lugar, tenemos que forjar la conciencia de que, entre nuestras muchas responsabilidades, como padres, hombres de empresa, obreros, miembros de una sociedad que nos necesita, lo más importante y sano es la preocupación que nos debe acompañar en todo momento por el bien espiritual de las personas que nos rodean, especialmente cuando se trata además de personas que dependen de nosotros. Constituye un espectáculo triste el ver a tantos padres de familia preocupados únicamente del bien material de sus hijos, el ver a tantos empresarios que se olvidan del bienestar espiritual de sus equipos de trabajo, el ver a tantos seres humanos ocupados y preocupados solo del futuro material del planeta, el ver a tantos hombres vivir de espaldas a la realidad más trascendente: la salvación de los demás.

El hombre cristiano y creyente debe además vivir este objetivo con inteligencia y decisión, comprometiéndose en el apostolado cristiano, cuyo objetivo es no solamente proporcionar bienes a los hombres, sino sobre todo, acercarlos a Dios. Es necesario para ello convencerse de que hay hambres más terribles y crueles que la física o material, y es la ausencia de Dios en la vida. El verdadero apostolado cristiano no reside en levantar escuelas, en llevar alimentos a los pobres, en organizar colectas de solidaridad para las desgracias del Tercer Mundo, en sentir compasión por los afligidos por las catástrofes, solamente. El verdadero apostolado se realiza en la medida en que toda acción, cualquiera que sea su naturaleza, se transforma en camino para enseñar incluso a quienes están podridos de bienes materiales que Dios es lo único que puede colmar el corazón humano. ¿De qué le vale a un padre de familia asegurar el bien material de sus hijos si no se preocupa del bien espiritual, que es el verdadero?

Hay un tema en la formación espiritual del hombre a tener en cuenta en relación con este objetivo. Hay que saber vencer el respeto humano, una forma de orgullo o de inseguridad como se quiera llamarle, y que muchas veces atenaza al espíritu impidiéndole compartir los bienes espirituales que se poseen. El respeto humano puede conducirnos a fingir la fe o al menos a no dar testimonio de ella, a inhibirnos ante ciertos grupos humanos de los que pensamos que no tienen interés por nuestros valores, a nunca hablar de Cristo con naturalidad y sencillez ante los demás, incluso quienes conviven con nosotros, a evitar dar explicaciones de las cosas que hacemos, cuando estas cosas se refieren a Dios. En fin, el respeto humano nunca es bueno y echa sobre nosotros una grave responsabilidad: la de vivir una fe sin entusiasmo, sin convencimiento, sin ilusión, porque a lo mejor pensamos eso de que Dios, Cristo, la fe, la Iglesia no son para tanto.

Autor: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net
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viernes, 28 de noviembre de 2008

Echarle una mano a Dios

Pasamos la vida mirando al cielo y pedir a Dios que venga a resolver personalmente lo que es tarea nuestra mejorar y arreglar.

En una obra del escritor brasileño Pedro Bloch encuentro un diálogo con un niño que me deja literalmente conmovido.

— ¿Rezas a Dios? —pregunta Bloch.

— Sí, cada noche —contesta el pequeño.

— ¿Y que le pides?

— Nada. Le pregunto si puedo ayudarle en algo.

Y ahora soy yo quien me pregunto a mí mismo qué sentirá Dios al oír a este chiquillo que no va a Él, como la mayoría de los mayores, pidiéndole dinero, salud, amor o abrumándole de quejas, de protestas por lo mal que marcha el mundo, y que, en cambio, lo que hace es simplemente ofrecerse a echarle una mano, si es que la necesita para algo.

A lo mejor alguien hasta piensa que la cosa teológicamente no es muy correcta. Porque, ¿qué va a necesitar Dios, el Omnipotente? Y, en todo caso, ¿qué puede tener que dar este niño que, para darle algo a Dios, precisaría ser mayor que El?

Y, sin embargo, qué profunda es la intuición del chaval. Porque lo mejor de Dios no es que sea omnipotente, sino que no lo sea demasiado y que El haya querido «necesitar» de los hombres. Dios es lo suficientemente listo para saber mejor que nadie que la omnipotencia se admira, se respeta, se venera, crea asombro, admiración, sumisión. Pero que sólo la debilidad, la proximidad crea amor. Por eso, ya desde el día de la Creación, El, que nada necesita de nadie, quiso contar con la colaboración del hombre para casi todo. Y empezó por dejar en nuestras manos el completar la obra de la Creación y todo cuanto en la tierra sucedería.

Por eso es tan desconcertante ver que la mayoría de los humanos, en vez de felicitarse por la suerte de poder colaborar en la obra de Dios, se pasan la vida mirando hacia el cielo para pedirle que venga a resolver personalmente lo que era tarea nuestra mejorar y arreglar.

Yo entiendo, claro, la oración de súplica: el hombre es tan menesteroso que es muy comprensible que se vuelva a Dios tendiéndole la mano como un mendigo. Pero me parece a mi que, si la mayoría de las veces que los creyentes rezan lo hicieran no para pedir cosas para ellos, sino para echarle una mano a Dios en el arreglo de los problemas de este mundo, tendríamos ya una tierra mucho más habitable.

Con la Iglesia ocurre tres cuartos de lo mismo. No hay cristiano que una vez al día no se queje de las cosas que hace o deja de hacer la Iglesia, entendiendo por «Iglesia» el Papa y los obispos. «Si ellos vendieran las riquezas del Vaticano, ya no habría hambre en el mundo». «Si los obispos fueran más accesibles y los curas predicasen mejor, tendríamos una Iglesia fascinante». Pero ¿cuántos se vuelven a la Iglesia para echarle una mano?

En la «Antología del disparate» hay un chaval que dice que «la fe es lo que Dios nos da para que podamos entender a los curas». Pero, bromas aparte, la fe es lo que Dios nos da para que luchemos por ella, no para adormecernos, sino para acicateamos.

«Dios —ha escrito Bernardino M. Hernando— comparte con nosotros su grandeza y nuestras debilidades». El coge nuestras debilidades y nos da su grandeza, la maravilla de poder ser creadores como El. Y por eso es tan apasionante esta cosa de ser hombre y de construir la tierra.

Por eso me desconcierta a mi tanto cuando se sitúa a los cristianos siempre entre los conservadores, los durmientes, los atados al pasado pasadísimo. Cuando en rigor debíamos ser «los esperantes, los caminantes». Theillard de Chardín decía que en la humanidad había dos alas y que él estaba convencido de que «cristianismo se halla esencialmente con el ala esperante de la humanidad», ya que él identificaba siempre lo cristiano con lo creativo, lo progresivo, lo esperanzado.

Claro que habría que empezar por definir qué es lo progresivo y qué lo que se camufla tras la palabra «progreso». También los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atrás.

De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Es progresivo todo lo que va en la misma dirección en la que Dios creó el mundo. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa dirección.

Pero también es muy claro que la solución no es llorar o volverse a Dios mendigándole que venga a arreglarnos el reloj que se nos ha atascado. Lo mejor será, como hacía el niño de Bloch, echarle una mano a Dios. Porque con su omnipotencia y nuestra debilidad juntas hay más que suficiente para arreglar el mundo.

José Luis Martín Descalzo, "Razones para vivir".

Autor: José Martín Descalzo | Fuente: Catholic.net
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jueves, 27 de noviembre de 2008

Meditación ante el Santísimo Sacramento

Jesús Sacramentado ¿por qué tu Corazón nunca me ha juzgado tan severamente como yo acostumbro a juzgar a mis semejantes?

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá a vosotros. ¿Cómo es que miras la brizna en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?. ¿O cómo vas a decir a tu hermano: Deja que te saque esa brizna del ojo, teniendo la viga en el tuyo?. Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano. (Mateo 7, 1-5)

Señor, acabamos de leer tus palabras según el evangelista San Mateo. Con qué claridad nos está hablando el Maestro, con qué claridad nos llega tu mandato, Señor: ¡NO JUZGUÉIS!...

¿Y qué hago yo de la mañana a la noche? Juzgar, criticar, murmurar... voy de chisme en chisme sin detenerme a pensar que lo que traigo y llevo entre mis manos, mejor dicho en mi lengua, es la fama, la honestidad, el buen nombre de las personas que cruzan por mi camino, por mi vida. Y no solo eso, me erijo en juez de ellos y ellas sin compasión, sin caridad y como Tu bien dices, sin mirar un poco dentro de mí.

Señor, en este momento tengo la dicha inmensa e inmerecida de estar frente a Ti, Jesús, ¡qué pena tengo de ver esa viga que no está precisamente en mi ojo, sino en mi corazón...! ¿Por qué en este momento me siento tan pequeña, tan sin valor, con todas esas "cosas" que generalmente critico de los demás y que veo en mí son mayores y más graves?

Jesús Sacramentado ¿por qué tu Corazón nunca me ha juzgado tan severamente como yo acostumbro a juzgar a mis semejantes?
Solo hay una respuesta: ¡porque me amas!

Ahora mismo me estás mirando desde esa Sagrada Hostia con esos ojos de Dios y Hombre, con los mismos que todos los días miras a todos los hombres y mujeres, como miraste a María Magdalena, como miraste al ladrón que moría junto a ti y por esa mirada te robó el corazón para siempre... y así me estás mirando a mí esta mañana, en esta Capilla me estás hablando de corazón a corazón: "Ámame a mi y ama a los que te rodean, no juzgues a los que cruzan por tu camino, por tu vida... ámalos como me amas a mi, porque todos, sean como sean, son mis hijos, son mis criaturas y por ellos y por ti estuve un día muriendo en una Cruz... Te quiero a ti, los quiero a ellos, a TODOS...¡NO LOS JUZGUES!"

Señor, ¡ayúdame!

Arranca de mi corazón ese orgullo, esa soberbia, ese amor propio que no sabe pedir perdón y aún peor, ese sentimiento que me roe el alma y que no me deja perdonar... No perdones mis ofensas, mis desvíos, mi frialdad, mi alejamiento como yo perdono a los que me ofenden - así decimos en la oración que tu nos enseñaste, el Padrenuestro - a los que me dañan, a los que me lastiman, porque mi perdón suele ser un "perdón limitado", lleno de condiciones.... ¡Enséñame Señor, a dar ese perdón como es el tuyo: amplio, cálido, total, INFINITAMENTE TOTAL!

Hoy llegué a esta Capilla siendo la de siempre, con mi pereza, con mis rencillas muy mías y mis necedades, mi orgullo, mi intransigencia para los demás, sin paz, con mis labios apretados, sin sonrisa, como si el mundo estuviera contra mi...

Pero Tu me has mirado, Señor, desde ahí, desde esa humildad sin límites, desde esa espera eterna a los corazones que llegan arrepentidos de lo que somos... y he sabido y he sentido que me amas como nadie me puede amar y mi alma ha recobrado la paz.

Ya no soy la misma persona y de rodillas me voy a atrever a prometerte que quiero ser como esa custodia donde estás guardado y que donde quiera que vaya, en mi hogar, en mi trabajo, en la calle, donde esté, llevar esa Luz que he visto en tus ojos, en los míos, y mirar a todos y al mundo entero con ese amor con que miras Tu y perdonar como perdonas Tu....

¡Ayúdame, Señor, para que así sea!

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 26 de noviembre de 2008

43. En la Trinidad Santísima. Cómo nos habla Pablo

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes.

Les invito, amigas y amigos, a que cuenten las veces que se nos saluda en la Iglesia con estas palabras:

“La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre, y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes”.

¿Cuántas veces lo oímos?... ¿Y sabemos de quién son estas palabras?

Pues…, se las debemos a nuestro querido San Pablo, que así se despide de los Corintios (2Co 13,13)

Y empezamos con una pregunta: ¿Qué pensaba Pablo de la Santísima Trinidad?

Parecería fácil la respuesta, pero no resulta tan sencilla. Pensemos que Pablo era un judío acérrimo. Para él, no había más que un solo Dios, Yahvé y nadie más.
¿Y que le vengan ahora los de esa secta del Crucificado a decirle que Jesús es el Hijo de Dios, y Dios como su Padre? ¿Y que hablen de un Espíritu Santo, que también es Dios?...

A un judío tradicional esto no le entraba por nada en la cabeza. Por eso entregaron a Jesús, por blasfemo, porque se hacía pasar como Hijo de Dios y Dios como su Padre. Por eso apedrearon a Esteban, porque aseguró que veía a Jesús a la derecha de Dios, es decir, Dios también como Yahvé.

¿Cómo vino Pablo a saber que Jesús era Dios, y el Espíritu Santo también? Fue por iluminación clarísima de Dios. Al ver a Jesús que se le aparecía glorioso ante las puertas de Damasco, no lo dudó un instante: ¡Es el Hijo de Dios, y es Dios! Al recibir el bautismo tres días después, oye que le dice Ananías, el enviado de Dios: “Vengo para que te llenes del Espíritu Santo”.

A partir de ahora, sabe Pablo muy bien que Yahvé, el Dios de Israel, tiene un Hijo que es Dios, Jesucristo. Y sabe también que en Yahvé hay otra Persona divina, que se llama el Espíritu Santo.

¿Cómo hablará Pablo de las tres divinas Personas, qué dirá de cada una de ellas?
Sin hacer teología, siempre hablará del mismo y único Dios. Pero Pablo irá atribuyendo al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo lo que cada una de las tres Personas ha hecho y hace en la obra de la salvación y santificación de los hombres.
El Padre es el Dios todo en todas las cosas. (1Co 15,28)

Jesús, el Hijo, es el Dios bendito por los siglos (Ro 9,5) El Espíritu Santo es, dentro del mismo Dios, el único que sondea las profundidades infinitas de Dios (1Co 2,10)

¿Y qué hace el Padre por nuestra salvación? “Por el inmenso amor que nos tuvo” (Ef 2,4), “envió a su Hijo, nacido de una Mujer”, de María, con la cual únicamente comparte su paternidad divina (Gal 4,4). Y nos lo dio de tal manera, “que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Ro 8,32)

¿Qué hace para salvarnos Jesús, el Hijo de Dios? Cada uno en particular repite con Pablo: “¡Que me amó y se entregó a la muerte pro mí!” (Gal 2,20)

¿Qué hace el Espíritu Santo?... “Se nos ha dado, y por él se ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones” (Ro 5,5)

Qué preciosidad de obra la del Dios Trinidad, tal como nos la describe San Pablo en sólo un par de líneas:

Es Dios, el Padre, quien nos da toda la fuerza en Cristo, su Hijo, y nos marca en nues-tros corazones con el sello de su Espíritu (2Co 1,21-22)

El Padre nos comunica toda su vida, y por eso somos sus hijos; lo hace el Padre mediante Jesucristo, en quien habita la plenitud de la Divinidad; y sella y garantiza su vida en nosotros para la eternidad con las arras del Espíritu Santo.

Tenía mucha razón aquel gran Papa y Doctor de la antigüedad cristiana, San León Mag-no, cuando se dirigía al bautizado:
“¡Reconoce, cristiano, tu dignidad!”. No encontrarás a nadie más grande que tú en la redondez del mundo.

Entre tantas veces que Pablo nos trae en sus cartas a las Tres Divinas Personas, podemos escoger una de singular valor:

“El Espíritu Santo se une a nuestro propio espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Ro 8,16-17)
Aquí encontramos la mística de lo que es en nosotros la Santísima Trinidad.

Nos encontramos, ante todo, con el Padre que nos ama, y, porque nos ama, nos manda su Hijo a nuestros corazones. Con Él nos da su Vida y todas sus riquezas. Con el Hijo que el Padre nos ha dado y vive dentro de nosotros, tenemos expedito el camino que nos conduce al Padre y hallamos abierta la puerta del Dios que nos espera.

Jesucristo nos pasa a nosotros todos sus derechos de Hijo de Dios; nos comunica la Vida de su Padre Dios que Él posee en plenitud; nos hace herederos de su misma Gloria. Jesús es el Hijo Primogénito de Dios, y nosotros, sus hermanos, hijos también de Dios.

El Espíritu Santo, Espíritu del Señor Jesús, está muy metido en nosotros, invadiendo todo nuestro ser, y asegurándonos que sí, que tengamos fe y esperanza, porque Él mismo sale garante de que somos hijos de Dios. Es el Espíritu quien nos hace gritar cuando nos dirigimos a Dios: ¡Abbá, Padre, Papá!
Es el Espíritu Santo quien inspira nuestra oración y quien nos llena de anhelos celestiales y divinos. Y será el Espíritu Santo, concluye Pablo, quien, después que ha resucitado a Jesús de en-tre los muertos, nos resucitará también a nosotros, sacándonos de nuestros sepulcros para la gloria inmortal (Ro 8,11)

San Pablo no se mete a hacer teologías sobre la Santísima Trinidad. Pero lo que nos dice de Ella - y la cita en un montón de pasajes de sus cartas - no cansa el leerlo, el meditarlo, el asimilarlo como lo más dulce, tierno y subido de la vida cristiana.

¡Trinidad Santísima!, la Trinidad que Pablo nos enseña. Ven y vive en los hijos que tienes en la tierra, y que no pueden con las ganas que sienten de gozarte allá arriba, donde Tú los esperas a todos…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 25 de noviembre de 2008

De la fe al amor

Vivimos una crisis de amor. No hay capacidad de darse, de pensar en los demás, de salir de uno mismo para servir. Esta crisis es consecuencia de una crisis de fe.

San Agustín decía que cuando uno se aparta de la fe se aleja de la caridad, pues no podemos amar lo que no sabemos si existe o no existe. En otras palabras, desde la fe reconocemos y aceptamos a otros en su bondad, en sus valores y riquezas personales, y sólo a partir de esta aceptación podemos amarlos (cf. De doctrina christiana I, 37, 41).

En muchos corazones se vive una crisis de amor. No hay capacidad de darse, de pensar en los demás, de salir de uno mismo para servir, para dar. Esta crisis de amor es consecuencia de una crisis de fe. Quizá nos faltan ojos para descubrir en cada hombre, en cada mujer, la presencia del Amor de Dios, un Amor que dignifica cualquier existencia humana.

Es verdad que algunas malas experiencias en el trato con otros nos hacen desconfiados, precavidos, “prudentes”. No resulta nada fácil ofrecer nuestro tiempo o nuestro afecto a alguien que nos puede engañar o tal vez podría llegar a darnos una puñalada por la espalda. Pero más allá de esos puntos negros que nos hacen desconfiados ante los extraños, existe la posibilidad de renovar la fe y de abrir ventanas al mucho bien presente en los otros.

Además, cientos de hombres y mujeres que caminan a nuestro lado nos miran con fe, con afecto, confían en nosotros. A veces lo hacen por encima de algunas faltas que hayamos podido cometer contra ellos. Su mirada nos dignifica, nos hace redescubrir esos valores que hay en nosotros, ese amor que Dios nos tiene, también cuando somos pecadores. ¿No vino Cristo a buscar a la oveja perdida? ¿No hay fiesta en el cielo por cada hijo lejano que vuelve a casa?

Hemos de pedir, cada día, el don de la fe. Una fe que nos permita crecer en el amor. Una fe que sea entrega, lucha, alegría, a pesar de los fracasos. Fe en el esposo o la esposa, fe en los hijos, fe en el socio de trabajo, fe en quien busca romper el ciclo de la corrupción con un poco de honradez. Hay que renovar esa fe que nos lleve a crecer en el amor.

Es cierto que en el cielo ya no hará falta tener fe. Pero ahora, mientras estamos de camino, la fe nos hace mirar más allá, más lejos, más dentro. Nos permite vislumbrar que el amor es más fuerte que el pecado y las miserias de los hombres. Nos permite entrar en un mundo de bondades que hacen la vida hermosa y que nos preparan para recibir el don del paraíso, el don del amor eterno del Dios Padre nuestro.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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lunes, 24 de noviembre de 2008

42. Pablo, ¡qué apóstol! Cómo se retrata a sí mismo

A mí lo que me interesa, lo que me alegra y me seguirá alegrando, es que Cristo sea anunciado de una manera u otra.

En la segunda carta de San Pablo a los de Corinto hay un pasaje curioso y lleno de mordaz ironía:

Van diciendo mis enemigos que no tengo elocuencia. A lo mejor tienen razón. Pero, ¿carezco de ciencia, o sé más que todos esos superapóstoles? ¿Me creen ustedes inferior a esos superapóstoles, o es que son ellos unos apóstoles falsos?... (2Co 11,5; 12,11)

Por dos veces usa Pablo la palabra “superapóstoles”, cargada de terrible malicia. A esos sus enemigos los describe ahora con un párrafo terrible:

“Esos tales son unos falsos apóstoles, unos trabajadores engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo. Y nada tiene de extraño, porque el mismo Satanás sabe disfrazarse de ángel de luz. Por tanto, no es mucho que sus ministros se disfracen también de ministros de santidad. Pero su fin será conforme a sus obras” (2Co 11,13-15)

Sus enemigos, los judaizantes, no lo soportaban.

Después de los judaizantes vendrán otros que se recomerán de envidia ante la figura enorme de aquel Saulo perseguidor, convertido en el Pablo admirado por todas las Iglesias. Por pura rivalidad predicarán también de Jesús, sólo para ser alabados ellos mientras Pablo se está consumiendo en su prisión romana.

Pero Pablo, al saberlo, escribirá gozoso:

Y a mí, ¿qué me va?
Según me dicen, algunos van predicando por ahí a Cristo llevados por la envidia y con ganas de llenarme de celos aquí en mi prisión.
¡Qué poco me conocen esos tales! ¿A mí qué me importa su intención tan torcida?
A mí lo que me interesa, lo que me alegra y me seguirá alegrando, es que Cristo sea anunciado de una manera u otra.
¿Lo hacen algunos con hipocresía? ¡Allá ellos! “Son muchos los que buscan su propio interés, y no el de Cristo Jesús”...
Mis colaboradores, al revés, ¿lo hacen con gran amor y llenos de celo santo, con sinceridad y valentía?... ¡Benditos sean!... (Flp 1,14-18; 2,21).

Estos desahogos de Pablo nos hacen pensar mucho en su apostolado tan singular, en su espíritu gigante, en su generosidad inmensa.

Lo que resulta más curioso es que Pablo, para demostrar la legitimidad y eficacia de su apostolado, no recurre ante sus enemigos al fruto que ha producido en todas partes.
La prueba que da, precisamente en esta segunda carta a los de Corinto, son las persecuciones que ha tenido que sufrir en todas partes. Su manera de pensar, es bien sencilla. Como si dijera:

¿Saben todos ustedes cómo nos salvó el Señor Jesús? Con la cruz, y nada más...
¿Saben cómo hemos de salvar nosotros al mundo, como ministros de Jesús? Con nuestra cruz, y nada más.
Hemos de hacer por la salvación del mundo lo que el Señor Jesús ya no puede hacer ahora: sufrir.
Sus apóstoles hemos de llevar en nuestra propia carne por la Iglesia los padecimientos que le faltan a la pasión del Señor, que la continúa en nosotros (Col 1,24-25)
Lo demás, mentira. Si no hay sacrificio, no hay apostolado valedero.

¿Qué pensaríamos si hablara así Pablo?

¡Pues, así es como habla!

Y, con el fin de probar sus palabras, pasa de la teoría a los hechos. Para dejar mutis a sus enemigos -dice-, “no tengo más remedio que hacer el loco, y contar lo que debiera tener callado”. Aguántenme, porque se lo digo.

Y viene el párrafo famoso, que tantas veces hemos leído:

¿Quieren saber lo que me ha tocado en la vida?
Apenas empecé a predicar en Damasco, el representante del rey Aretas tenía puesta guardia en la ciudad con el fin de prenderme. Por una ventana, y metido en una espuerta, me descolgaron muro abajo, y así escapé de sus manos.
Me he visto en muchos más trabajos que esos mis adversarios, los cuales se tienen por apóstoles tan grandes.
Metido en cárceles, mucho más que ellos. Muchísimos más azotes. Muchas veces, en pe-ligros de muerte.
Cinco veces recibí de los judíos mis paisanos los treinta y nueve azotes; aparte de las cinco veces que recibí los azotes con varas de los lictores romanos.
Una vez, en Listra, fui apedreado y dejado por muerto.
Naufragué tres veces; y hubo ocasión en que pasé un día y una noche en alta mar.
He hecho frecuentes viajes cansadísimos, con ríos caudalosos.
Me he visto en peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos.
Trabajos y fatigas, sin cuento; muchas veces, noches sin dormir.
He pasado hambre y sed; muchos días sin comer; he aguantado frío y desnudez.
Y todo esto, aparte de otras cosas, como es mi responsabilidad diaria y la preocupación por todas las iglesias. (2Co 11,23-33)

Esto lo escribía Pablo el año 57. Le faltaban diez años para morir, y no figuran en el anterior cuadro las dos prisiones de Cesarea y de Roma, de dos años cada una; el naufragio espantoso que dio con él en las costas Malta; la cárcel última de la cual salió para la muerte, y quién sabe cuántas aventuras más…

¿Le falta alguna cosa a Pablo para presentarnos una vida verdaderamente legendaria?...
Y todo por Jesús, por el Señor Jesús.

El Señor, cuando se apareció a Ananías en Damasco y le mandó ir a visitar a Pablo y bautizarlo, le dijo aquellas palabras:

“Yo le mostré cuánto tendrá que padecer por mi nombre”.

A nosotros nos viene a la memoria lo del anciano Simeón a María:

“Y a ti, una espada te atravesará el alma”.
Está visto, el Señor que salvó al mundo por la Cruz, no tiene otro sistema con sus grandes elegidos.

Pablo se reía de sus enemigos a los que llamaba irónicamente “superapóstoles”.
Esta palabra que se inventó él para ridiculizar a sus adversarios, nosotros la hacemos nuestra y se la aplicamos a Pablo para decirle que sí:

que él es el “superapóstol”;

que él no es un apóstol cualquiera;

que él es el apóstol más apóstol que ha tenido la Iglesia de todos los tiempos;

que él es “El Apóstol” sin más: gloria nuestra, porque lo admiramos y lo queremos mucho, como una de las glorias más grandes del Señor Jesucristo.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 22 de noviembre de 2008

María, la Virgen pura

En los ojos de María se veía la pureza. ¡Quién pudiera haberlos visto realmente tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante!

Siempre me ha hecho reflexionar mucho aquella bienaventuranza de Cristo:

Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.

¿Qué tendrá que ver la pureza con la vista? Desde luego, con la vista corporal quizá no tenga que ver apenas nada. Pero seguramente mucho con la vista espiritual. Porque está claro que a Dios no se le puede ver con los ojos de la carne, pero sí con los del espíritu, con los del corazón, que son la fe y el amor. Sólo cuando el alma es pura y cristalina está en condiciones de poder ver y contemplar a Dios. Sólo en un corazón puro -escribía San Agustín- existen los ojos con que puede Dios ser visto.

Me imagino que Cristo al formular esta bienaventuranza tenía en mente a su Madre. Ella era la creatura más pura que jamás ha existido y existirá. El corazón de María era como un mar de gracia profundo, cristalino y transparente. Nadie como Ella de pura.

Bien lo dijo San Ambrosio: Quién es más noble que la madre de Dios? ¿Quién más espléndida que aquella que fue elegida por el mismo Esplendor? ¿Quién más pura que la que generó una creatura sin contacto físico alguno? Ella era virgen pura no sólo en el cuerpo, sino también en el alma.

Se ha dicho siempre que los ojos son las ventanas del alma. Es cierto. A través de ellos se puede mirar al interior de otra persona. Por eso, mirando a los ojos a María podremos ver y apreciar la pureza inmaculada de su alma.

Los ojos de María. ¡Quién pudiera haberlos visto realmente tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante! Sólo a algunos privilegiados les tocó. Nosotros hemos de contentarnos con verlos desde la fe o con soltar un poco nuestra imaginación para hacernos una idea de cómo eran.

Los ojos de María.

Ojos hermosos, agradables, con esa belleza natural que no necesita de mejunjes ni postizos para ser encantadores.

Ojos sencillos, de esos que no saben mirar a los demás desde arriba.

Ojos bondadosos, que nunca se han desfigurado con guiños de ira o de odio.

Ojos sinceros, que no han aprendido a mentir; testigos de un interior sin sombra de doblez.

Ojos atentos a las necesidades ajenas y distraídos para fijarse y molestarse por sus defectos.

Ojos comprensivos y misericordiosos que, ante pecadores y malhechores, se transforman en manos abiertas que ofrecen la gracia a raudales.

Como los describen aquellos en versos de Pemán: A Tus ojos, luz de aurora / sobre el desierto frío. / Tu mirada, rocío / sobre la dura arcilla pecadora. Esos ojos cuya mirada Judas evitó al salir del cenáculo la noche de la traición... Esa misma mirada que a Dimas, en el Calvario, llevó a la conversión y al paraíso...

Ojos de mujer que reflejan nítidamente un alma preciosa, adornada de humildad, de bondad, se sinceridad, caridad, de comprensión y misericordia. Los ojos de María. Los ojos de un alma en gracia. Verdaderas ventanas al cielo. Porque cielo era toda su alma.

Ojos que pueden llorar y cuyas lágrimas al caer en la tierra, obran portentos también en el cielo. Bien comprendió esto aquel poeta que le rezaba a la Virgen: Tus lágrimas son las perlas / que compran mi salvación. / Jesús me perdona al verlas. / Son sangre del corazón / que se derrama al verterlas. Y es que de unos ojos así sólo pueden salir lágrimas cargadas de la omnipotencia del amor de quien es Madre de Dios y mediadora de toda gracia.

Los ojos de María, cuya penetrante y dulce mirada todo lo puede. Cuántos indiferentes se han visto interpelados por el brillo de pureza de esos ojos inocentes. Cuántos orgullosos han caído rendidos a sus plantas, desarmados por la mansedumbre que traslucen sus pupilas. Cuántos ánimos frágiles ante el mal se han armado de bravura y han vencido al tentador al recordar que Ella les miraba.

Cuántas veces la sola mirada de María fue sin duda bálsamo sobre el desgarrado corazón de algún vecino atribulado. Cuántas fue fuente de paz y consuelo que barrió de angustias el interior de algún contrariado pariente. Cuántas, esos luceros de su rostro, fueron luz cálida, manto que arropó de piedad e intercesión las almas atenazadas por el frío del pecado. Y cuántas siguen siendo aún todo eso y más para muchos de nosotros.

El ver las estrellas / me cause enojos, / pero vuestros ojos /más lucen que ellas, escribió con tino Lope de Vega. Es sumamente consolador saber que tendremos toda la eternidad para contemplar, sin cansancio ni aburrimiento, los hermosos ojos de María. Asomarse a ellos es asomarse a la maravilla más excelsa salida de las manos de Dios.

María fue su obra maestra. En Ella el Creador se lució. Ella es, en palabras de Pio IX, Aun inefable milagro de Dios; es más, es el más alto de todos los milagros y digna Madre de Dios. Pablo VI la describe como Ala mujer vestida de sol, en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural. Sin embargo, no hay que esperar a llegar al cielo para recrearnos en su contemplación.

Podemos desde ahora, con la fe, mirar sus ojos y sostener su mirada portentosa.
Pero me temo que muchos de nosotros somos incapaces de sostener una mirada tan luminosa. Nos molesta el chorro de luz que el alma pura de María despide a través de sus ojos y de todo su ser. Nuestras pupilas, tan acostumbradas quizá a las oscuridades de la impureza y del pecado, no soportan semejante claridad. A lo mejor no queremos que esa mirada materna desenmascare y purifique nuestra alma llena de barro. Porque no estamos dispuestos a dejar que en ella penetre la gracia de Dios y la limpie y la ordene y la santifique.

Todo eso cuesta mucho. El precio de la pureza es elevado, sólo las almas ricas pueden pagarlo. Ricas en amor, en generosidad, en desprendimiento de sí y de los placeres desordenados.

Sólo esas almas disfrutarán ya en la tierra del gozo espiritual incomparablemente más sublime, profundo y duradero que el más refinado placer corporal. Sólo ellas experimentarán la libertad interior del que no está encadenado por los instintos del cuerpo. Y sólo ellas gozarán de la bienaventuranza de la visión de Dios por toda la eternidad.

María ha sido la creatura más pura y por eso también la más auténticamente feliz y satisfecha, la más libre de espíritu, la mejor dispuesta para ver a Dios y saborear esa deliciosa visión con una intensidad inigualable.

Autor: P. Marcelino de Andrés L.C | Fuente: Catholic.net
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viernes, 21 de noviembre de 2008

Con María, el día de su presentación en el Templo

Este día, la Santa Iglesia festeja el día en que, pequeñita, María fue presentada en el Templo.

Al meditar sobre tu vida, Madre querida, nos queda siempre en el alma alguna enseñanza, un prudente consejo, un camino...

Este 21 de noviembre la Santa Iglesia festeja el día en que, pequeñita, fuiste presentada en el Templo.

Por más que intento, Madrecita, no puede descubrir mi corazón una enseñanza en esta parte de tu vida. Me quedo en oración. Acabo de recibir a tu Hijo bajo la apariencia de pan. Así, mi corazón hecho pregunta se postra ante ti.

Enséñame, Madre...

Me abrazas el alma y siento que te acompaño en tan hermoso día.

Vas llegando al Templo de la mano de tus padres. La mano de Joaquín te llena de fuerza y confianza. La de Ana te sostiene un equipaje de amor, besos y abrazos para que te acompañe en el viaje trascendental que emprendes.

Con tu inocencia, jamás perdida, y tu ternura, exquisitamente multiplicada en años venideros, vas acercándote al lugar del que tanto te han hablado y vas aprendiendo a abrazarte al Dios eterno que conociste de la boca de tus amados padres.

Por estas cosas de la imaginación una María mamá, tal como me la recuerda la imagen de la Parroquia, me acompaña a descubrir a una María niña.

Vamos subiendo las escalinatas... Al llegar al último escalón distingo, a una prudente distancia un personaje conocido...

¡ Madre! ¿Acaso esa mujer que está allí, observando de lejos es... ?

-Si, hija, es Ana, la profetisa.

Claro, según dice la Escritura: "... casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones" (Lc 2, 36-37)

Ana... quien años más tarde hablaría "... acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén"...(Lc 2,38)

Ana... mira a esta niña de ojos dulces, belleza serena y sonrisa de cielo.

Ana... guarda ese rostro en su corazón, pues el rostro de María es inolvidable.

Me descubro nuevamente arrodillada en la Parroquia. Te miro con el alma, María, y descubro de tu mano la enseñanza. Simple y profunda. Simple como una mujer viuda mirando de lejos. Profunda, como el amor que nos tienes.

¡Nadie puede olvidarte, Madre!. Una vez que se te ha conocido, no es posible el olvido.

Aunque pasen muchos años entre el encuentro y el abrazo... entre la mirada y la sonrisa.

Nadie, que te haya visto, aunque sea una vez, puede olvidarte. Verte... no con los ojos del cuerpo, sino con los del alma. El encuentro es interior. El abrazo, único.

Mi corazón está feliz pues me has enseñado, una vez más, que meditar en tus ejemplos no es en vano, ni "pérdida de tiempo". Meditar en ti calma las angustias del alma, encamina los pasos del corazón y nos acerca a tu Hijo.

Este 21 de noviembre quiero pedirte que subas conmigo las escalinatas de mi vida. Que me lleves de la mano y me proveas de un imprescindible equipaje interior. Que sepa mantener ese equipaje meditando siempre en tus virtudes y ejemplos.

Feliz recuerdo de tu Presentación, Madre.

Hermano que lees estas sencillas líneas. Acompaña a Maria recordando con ella este día. Acompáñala con una oración, con un pensamiento, con una obra de caridad... Suma tu sencilla ofrenda a la que hizo de su vida la más pura ofrenda de amor.

NOTA de la autora:

Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.

Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net
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jueves, 20 de noviembre de 2008

La Eucaristía , nuestra respuesta es la caridad

Que todo cristiano, alimentándose del Cuerpo y de la Sangre del Señor, crezca en el amor a Dios y en el servicio generoso a los hermanos.

Quisiera ilustrar el vínculo entre la Eucaristía y la caridad. "Caridad" ―en griego ágape, en latín caritas― no significa en primer lugar el acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lo impulsa a entregarse a su vez a Dios mismo y al prójimo (cf. Rm 5, 5).

Toda la existencia terrena de Jesús, desde su concepción hasta su muerte en la cruz, fue un único acto de amor, hasta tal punto que podemos resumir nuestra fe con estas palabras: Iesus Caritas, Jesús Amor. En la última Cena, sabiendo que "había llegado su hora" (Jn 13, 1), el divino Maestro dio a sus discípulos el ejemplo supremo de amor, lavándoles los pies, y les confió su más preciosa herencia, la Eucaristía, en la que se concentra todo el misterio pascual, como escribió el venerado Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia (cf. n. 5).

"Tomad, comed: este es mi cuerpo... Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre" (Mt 26, 26-28). Las palabras de Jesús en el Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la conciencia con que la afrontó, transformándola en el don de sí, en el acto de amor que se entrega totalmente.

En la Eucaristía, el Señor se entrega a nosotros con su cuerpo, su alma y su divinidad, y nosotros llegamos a ser una sola cosa con él y entre nosotros. Por eso, nuestra respuesta a su amor debe ser concreta, debe expresarse en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la acogida recíproca y en la atención a las necesidades de todos. Numerosas y múltiples son las formas del servicio que podemos prestar al prójimo en la vida diaria, con un poco de atención. Así, la Eucaristía se transforma en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida de cada día y renueva así también el mundo en el amor de Cristo.

Ejemplares testigos de este amor son los santos, que han sacado de la Eucaristía la fuerza de una caridad activa y, a menudo, heroica. Pienso ahora sobre todo en san Vicente de Paúl, que dijo: "¡Qué alegría servir a la persona de Jesucristo en sus miembros pobres!". Y lo hizo con toda su vida. Pienso también en la beata madre Teresa, fundadora de las Misioneras de la Caridad, que en los más pobres de entre los pobres amaba a Jesús, recibido y contemplado cada día en la Hostia consagrada. Antes y más que todos los santos, la caridad divina colmó el corazón de la Virgen María. Después de la Anunciación, impulsada por Aquel que llevaba en su seno, la Madre del Verbo encarnado fue de prisa a visitar y ayudar a su prima Isabel.

Oremos para que todo cristiano, alimentándose del Cuerpo y de la Sangre del Señor, crezca cada vez más en el amor a Dios y en el servicio generoso a los hermanos.

Ángelus. Palabras del Papa Benedicto XVI, el domingo 25 de septiembre de 2005.

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 19 de noviembre de 2008

41. Servidor y apóstol. La conciencia misionera de Pablo

Con gusto completo en mi carne lo que falta a tus tribulaciones, oh Cristo mío, a favor de tu cuerpo, que es la Iglesia

Hoy en la Iglesia se ha despertado en muchos laicos la conciencia del apostolado.
Pablo les sigue animando como a los suyos de Filipos y Corinto:

- ¡Son los apóstoles de las Iglesias, son la gloria de Cristo, son los que tienen escrito su nombre en los cielos! (2Co 8,23; Flp 4,3)

Si esto dice de sus colaboradores, ¿qué nos va a decir Pablo de sí mismo, qué sentía de la misión que Dios le había confiado?

Sin complejos de falsa humildad, Pablo le escribe a su querido discípulo y colaborador Timoteo:

“He sido constituido heraldo y apóstol de Cristo Jesús, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad” (1Tm 2,7)

Por trabajos que esta su vocación le pueda costar, Pablo se siente feliz al haberse entregado a Jesucristo para llevar el Nombre bendito del Salvador por todos los rincones del Imperio. Cuando el venerable Ananías se resistió a ir a Pablo después de la visión de Damasco, le respondió el Señor:

- Anda a ver a ese Saulo, y no temas. Pues éste es un instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre. (Hch 9,13-16)

Cuando pasen los años, y Pablo haya recorrido ya muchas tierras, escribirá a las Iglesias sus cartas inmortales. ¿Y cómo las comenzará? Era costumbre griega y romana empezar el autor su escrito haciendo su presentación, y para ello ponía detrás del nombre los títulos honoríficos o de cargo que ostentaba. Si Pablo hubiera escrito antes de caer ante las puertas de Damasco, se hubiera llamado: “Saulo, Pablo, discípulo de Gamaliel, Maestro de la Ley”… ¡Quién sabe lo que hubiera dicho, de qué se hubiera ufanado!

Ahora, sus cartas las comienza así:

“Pablo, esclavo de Jesucristo, llamado al apostolado”.

Aquí está su mayor gloria. Ser todo del Señor Jesús; servirle sin reserva y llevar una vida entregada de lleno a la gloria de Jesucristo.

Pablo tiene una conciencia honda de su misión de apóstol. Sus palabras son reveladoras, y nos muestran sus disposiciones íntimas:

“Somos colaboradores de Dios… Que todos los hombres nos tengan por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que sean fieles”… Somos embajadores de Cristo e instrumentos en la mano de Dios que les exhorta por nosotros” (1Co 3,9; 4,12; Co 5,20)

Cada una de estas palabras es un programa tanto de gloria como de graves exigencias. Pablo les dice a los fieles, a los creyentes:

“Ustedes son campo de Dios, son un edificio de Dios” (1Co 3,8-9)

Y en esta perspectiva, ¿qué y quién es el apóstol?...

Todo apóstol, como Pablo, es uno que se pone a las órdenes de Dios para trabajar con Él. Dios es generoso; y el que lo puede todo -el que puede salvar al mundo por Sí mismo, pues no necesita de nadie-, ha querido hacer todo lo contrario. Invita a voluntarios:

-¿Quién quiere venir a trabajar conmigo a la viña, quién viene a recoger las mieses de mis campos? ¿Quién me ayuda en la construcción de mi templo, el que me preparo para la Gloria?...

Con lo generoso que es Dios, a cada uno de sus trabajadores, dice Pablo, “Dios le dará el salario, a cada cual conforme a su rendimiento”.

Pero lo de menos es el jornal que Dios quiere pagar. La mayor satisfacción del apóstol es la de poder trabajar con el mismo dueño de los campos o subirse a los andamios con el mismo empresario de la construcción.

¡Hay que ver la confianza que Dios deposita en sus apóstoles!...

Pablo da otra definición de sí mismo y de todo apóstol: es un servidor de Cristo.
Hay que saber desentrañar lo que encierra esta palabra. El “siervo” no era el empleado nuestro, el trabajador a sueldo.
En el Imperio Romano, siervo era el esclavo, el que trabajaba sin recompensa alguna, el que había de obedecer sin chistar, el que acababa en el suplicio, frecuentemente la cruz, si al amo le venía bien divertirse con la muerte de quien le había servido toda la vida.

Pero, en el lenguaje de la Biblia, vemos algo muy diferente respecto del siervo.
Conocemos al Siervo de Yahvé pintado por Isaías (Is 52,13-15; 53,1-12) Es el Hijo, el Hijo queridísimo, que se llama “Siervo” porque obedece sin rechistar al Padre, y con un amor filial enternecedor. Esto fue Jesús, el Jesús que fue a la Cruz en acto de obediencia suprema.

Viene ahora Pablo, y se confiesa “esclavo” y “servidor” de Cristo. Es decir, un entregado total y sin temores a su amo, con la misma generosidad obediente con que Jesús se puso en las manos del Padre. A Pablo no le importan los trabajos, el sufrimiento, las persecuciones que ha de soportar.

¿Cómo mira Pablo todas esas contradicciones? Le viene a decir a Cristo:

Mi Señor Jesucristo, Tú ya no estás en la cruz; Tú ya no puedes sufrir por tantos hombres y mujeres que se tienen que salvar;
Tú ya no puedes darte al apostolado como lo puedo hacer yo.
¡Descansa Tú, Señor, que ya te fatigaste bastante! Ahora me toca trabajar a mí.
Eso que le falta a tu Pasión, lo que trabajarías ahora, ya lo haré yo.
“Con gusto completo en mi carne lo que falta a tus tribulaciones, oh Cristo mío, a favor de tu cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24-25)

Pablo, como todo apóstol, ve cómo en sus manos ha depositado Dios todas sus riquezas: su Palabra, el Bautismo, el Cuerpo del Señor, “el cuidado de todas las Iglesias” (2Co 11,28)

Este sentido tiene para Pablo ser “administradores de Dios”, lo cual supone una confianza total de Dios en el apóstol, y en el apóstol una fidelidad inquebrantable a Dios.

La gloria última del apóstol que señala Pablo es la de ser “embajadores” del mismo Dios. Y el embajador no hace otra cosa que representar dignamente a su soberano, cumplir fielmente sus órdenes y hablar en nombre del rey o del emperador.

Esta es la conciencia que tiene Pablo de su misión. “Ser apóstol” es lo que lo define, porque es lo que constituye todo su ser.
Con su ejemplo, ha arrastrado Pablo a miles y millones a hacer algo por el Señor Jesús.
Y, no lo dudemos, es lo que seguirá haciendo hasta el fin. ¿También con muchos de nosotros?...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 18 de noviembre de 2008

Zaqueo, el malo

El Señor, que dio a Zaqueo la oportunidad de cambiar, nos da a nosotros, a ti y a mí, otra oportunidad

Un día, Nuestro Señor, acompañado de una gran muchedumbre, atravesaba la ciudad de Jericó. Había allí un hombre llamado Zaqueo -jefe de publicanos y rico -, que hacía por ver a Jesús, pero por ser pequeño, no podía. Corriendo adelante, subió a un sicomoro para verlo, pues había de pasar por allí. Cuando llegó a aquel sitio, Jesús levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy me hospedaré en tu casa”. Él bajó a toda prisa y lo recibió con alegría. Viéndolo, todos murmuraban porque Cristo había entrado a casa de un pecador.

Zaqueo, en pie, dijo al Señor: “Doy la mitad de mis bienes a los pobres, y, si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo cuatro veces”. Díjole Jesús: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, por cuanto éste es también hijo de Abraham; pues el Hijo del Hombre ha venido a salvar y a buscar lo que estaba perdido”.

Todos le miran mal, murmuran, le insultan: es el malo, el ladrón. Cristo, al contrario, no maldice, no escupe; conoce mejor que nadie la maldad, nadie se lo tiene que decir; pero también conoce las vetas sanas.

¡Cuántas veces la gente mala da lecciones de bondad impresionantes a los que se consideran buenos! Cristo acertó con ese pequeño hombre al mirarlo de otra forma.

El amor y la misericordia hicieron el milagro, y harán el milagro contigo y conmigo. Conoce que hay en ti fallos incluso grandes, perezas, egoísmos, sentimentalismo, etc.; pero conoce las partes sanas, y con ellas se queda. Por eso insiste, espera lo mejor, sabe que se puede, que tú puedes.

Si Cristo te sigue buscando es muy buena señal. Lo contrario significaría que ya no le importas. Por eso, déjate invitar, déjate querer por el Maestro.

“Zaqueo, baja pronto”. Vemos que Cristo toma la iniciativa: el más interesado en tu felicidad es Él. ¿No has sentido los pasos de Cristo en los patios, los jardines de tu casa? Cristo te ha hablado en tantos lugares y te ha trasmitido mensajes personalísimos. Él ha estado hablándote durante toda la vida.
El hombre bajó a toda prisa y lo recibió con alegría. El malo de Zaqueo aquí se portó a la altura, se sacó un diez: a toda prisa, no pensó más, no dejó que la falsa prudencia le aconsejara mal: es que no tengo preparada la comida; me agarró en curva; otro día mejor; mira, no lo había previsto. A toda prisa...

¡Bien por ese hombre, y bien por todos los Zaqueos y Zaqueas que lo invitan con alegría! Yo me pregunto si puedo recibir en casa, con cara triste, con amargura, con indiferencia, a este gran Huésped... Y, no es el “mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder, mañana”, sino, ahora le abrimos.

Todos murmuraban ¡Cuidado con erigirse en jueces de los demás! Es la pantomima del fariseo del templo: “Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás”... Cuando veas a alguien faltando, robando, siendo infiel, no juzgues.

Recuerda lo que decía San Agustín: “No soy adúltero, porque faltó la ocasión”... “Yo podría ser él o ella si no fuera por la misericordia de Dios.”

Se atreven ahora a criticar a Cristo aquellas gentes. Antes mordían a Zaqueo, lo despedazaban con la lengua de víbora, ahora muerden al mismo Cristo. Quien se atreve a murmurar de sus hermanos, un día murmurará de su Padre.

La salida de Zaqueo a la tribuna libre: “Doy la mitad de mis bienes a los pobres, y, si a alguno he robado, le devolveré cuatro veces más...” No era un santo ni de comunión diaria, no iba al templo, pero un gesto de simpatía de Cristo le robó el corazón: “Mira, Zaqueo, todos te odian, todos te critican; yo te quiero, por eso deseo comer hoy en tu casa. ¿Me aceptas?” Dejémonos impresionar y robar el corazón por ese mismo Cristo que ha tenido y tiene tantos detalles con nosotros.

Yo me quedo con Zaqueo, el malo, como Cristo, y con Dimas, a quien hoy llamamos el buen ladrón, con María Magdalena la mala, que hoy es santa María Magdalena.

“Hoy ha llegado la salvación a esta casa”, le dijo a aquel hombre, “este es también hijo de Abraham”. También ha llegado la salvación a tu casa, pues el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Si en tu ayer encuentras algo de Zaqueo o de María Magdalena, no te preocupes, vuelve a empezar.

El Señor, que dio a Zaqueo la oportunidad de cambiar, nos da a nosotros, a ti y a mí, otra oportunidad.


Cualquier día es bueno para frenar en seco el mal comportamiento y comenzar una nueva vida. Zaqueo cambió radicalmente un día cualquiera en que Cristo se cruzó en su camino.

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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lunes, 17 de noviembre de 2008

40. Urgidos por el amor. Amor DE Cristo, amor A Cristo.

Jesús nos ama, derramando en nuestros corazones su Espíritu, y con su Espíritu amamos también nosotros a Jesús.

¿Nos ama Jesucristo?... -¡Vaya pregunta!, me dirán ustedes. El Corazón más grande que existe, ¿no nos va a amar?...
Y ahora hago la otra pregunta. ¿Amamos nosotros a Jesucristo?... -¡Otra que tal!, me responden ustedes también. Si no amamos a Jesucristo, ¿a quién vamos a amar? Que somos unos malditos, ¿o qué?...

¡Bueno! Vamos a quedar todos en paz, pues ya se ve que las preguntas son didácticas, pedagógicas, sólo para enseñar y aprender.
Ese amor de Jesucristo a nosotros, y el amor nuestro a Jesucristo, lo queremos mirar hoy a la luz de las Cartas de San Pablo, el gran conocedor y el gran amante de Jesucristo.

Me inspira el tema de hoy esa maldición tan llena de cariño y simpatía que lanza Pablo al acabar su carta primera a los de Corinto:

“Que sea maldito quien no ame a nuestro Señor Jesucristo” (1Co 16,22)

Cuando pensamos sobre este amor, pasamos, sencillamente, un rato delicioso, y es lo que vamos a hacer hoy: entretenernos con dichos de Pablo que nos hagan disfrutar con el amor más bello que existe.

Pablo exclama enajenado en esta carta segunda a los Corintios:

“¡El amor de Cristo nos urge!”, nos apremia y no nos deja nunca quietos (2Co 5,14)

Siempre estamos pensando en lo que Jesús nos quiere, y siempre estamos cavilando a ver cómo amaremos más a Jesús y haremos algo por Él.

Pero, preguntamos: cuando habla Pablo de este amor de Cristo, ¿de qué amor habla, del de Cristo a nosotros o del nuestro a Cristo?
Es el mismo amor. Jesús nos ama, derramando en nuestros corazones su Espíritu, y con su Espíritu amamos también nosotros a Jesús.

Con las Cartas de Pablo en la mano, vamos a la pregunta primera: ¿Nos ama Jesucristo?
Y Pablo nos responde con expresiones que se nos clavan en la mente como cuñas.
Les dice a los de Éfeso:
“Cristo nos amó, y se entregó por nosotros en sacrificio” (Ef 5,2)
Pero Pablo detalla mucho más. No se contenta con decir: “Por todos”, por la humanidad entera. Pablo se emociona, y particulariza:
“¡Cristo me amó, y se entregó a la muerte por mí!”(Gal 2,20)
“”Por mí”, nada de “por todos” en general.
Por mí, como si en su mente divina y ante sus ojos no estuviera más que yo.

Y me amó a mí, y nos amó a todos, a pesar de lo que éramos: malos de verdad.
Jesucristo no se tiró para atrás, y Pablo pondera la generosidad inmensa del Señor:
-Cristo murió por nosotros, impíos. La verdad es que apenas se encontrará quien se atreva a morir por una persona buena. Pero lo grande es que Cristo murió por nosotros siendo peca-dores, ingratos, odiosos (Ro 5,7)

¿Nos ama Jesucristo?... Si Jesucristo no nos amara, diríamos que habría dejado de amarse a Sí mismo.
Le preguntamos a Pablo el porqué, y nos responde con palabras profundas.
-Porque Cristo vive de tal manera en nosotros y nosotros en Él, que Él y nosotros somos un mismo y un solo Cristo, como dice a los de Roma:
“Somos muchos, pero entre todos no formamos sino un solo cuerpo en Cristo” (Ro 12,5)
Jesús es la Cabeza, nosotros los miembros, pero Jesús y nosotros no formamos sino un solo cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo.
Y quien es la Cabeza, ¿puede descuidar uno solo de los miembros del cuerpo, sin que lo quiera, lo cuide, lo mime, lo defienda, los cure, lo honre?...
Es imposible que Jesucristo olvide y deje de amar uno solo de sus miembros.
Sería como decir que Jesucristo no se cuida de Sí mismo.
No hay cristiano que no esté adentrado en lo más íntimo del Corazón de Jesucristo.

¿Nos ama, entonces, Jesucristo? La pregunta sobra por completo.
Jesucristo es el mayor amador que existe.

Viene la otra pregunta: ¿amamos nosotros a Jesucristo? ¿lo amamos al estilo de Pablo?...
Hablemos primero de Pablo.
Y empiezo contándoles una curiosidad, un capricho que he tenido para esta charla. No soy el primero que ha tenido ese capricho, pero hoy lo he realizado por cuenta mía: he con-tado las veces que Pablo, en sus trece cartas, saca el nombre de Jesús en sus diversas formas: Jesús, Cristo Jesús, Jesucristo, el Señor, y demás…

He tomado para ello la nueva Biblia Vulgata, en latín, la oficial de la Iglesia.
Pues bien, si no me he equivocado, saca Pablo el nombre de Jesús en las trece Cartas 576 veces, y suben a 603 si añadimos la de los Hebreos, que es de algún discípulo de Pablo, aunque en ella lo cita sólo 27 veces, muchas menos de lo que es habitual en Pablo, lo cual quiere decir que no fue Pablo el autor de esa carta.

Entre tantas maneras como Pablo cita a Jesús, la forma más usada es “Cristo”, con 219 veces, seguida de “El Señor” con 149.
Y siguen “Cristo Jesús”, “El Señor Jesucristo”, “Jesucristo”, “El Señor Jesús”, y otras como “El Hijo”, y una tan bonita como ésta: “El Amado”…

¿Sabemos lo que indica el que Pablo ponga el mismo Nombre del Señor 576 veces en sólo trece cartas?...
Un hecho semejante quiere decir que Pablo era un enamorado tal de Jesús que no tenía otra idea en su cabeza ni otro amor en su corazón sino sólo JESUS; y que al hablar y al es-cribir era un torrente que soltaba impetuoso el nombre del Señor Jesús.
Jesús le llenaba a Pablo la vida entera.

Vienen entonces esas expresiones de Pablo que hemos traído tantas veces ya en nuestras charlas, y que las volveremos a repetir otras tantas veces más.
“Mi vivir es Cristo” (Flp 1,21)
“Vivo yo, pero es que no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20)
“Todo lo tengo por mera basura, a trueque de ganar a Cristo” (Flp 3,8)
Y nos dice a todos, como a Timoteo: “¡Acuérdate siempre de Jesucristo!” (1Tm 2,8)
Nada digamos, finalmente, de su arrebatada protesta:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo?... ¡Nada ni nadie podrá arrancarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Ro 8,39)

El amor de Jesucristo impregna la vida cristiana entera.
El que más ama a Jesucristo es el más santo y el que más trabaja por el Señor y por el Reino. Basta mirar a Pablo para convencerse de ello.
Jesús dijo que “todo lo iba a atraer hacia Sí”. ¡Y a fe que lo ha conseguido bien!
Nadie ha amado como Jesucristo, pero tampoco nadie ha sido ni será amado jamás como Jesucristo el Señor…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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viernes, 14 de noviembre de 2008

El mundo gira, la cruz permanece en pie

Recordarlo, mientras miramos un crucifijo y pedimos al Señor que sea nuestro Camino, Verdad y Vida, en el tiempo y en lo eterno.

Los cartujos adoptaron en sus monasterios un lema que conserva toda su fuerza: “Stat crux dum volvitur orbis”: la cruz permanece en pie, mientras el mundo gira.

Las crisis económicas, las catástrofes por terremotos o huracanes, las desgracias que surgen con las guerras y la delincuencia, recuerdan a cada generación una verdad que olvidamos en los tiempos de bonanza: nada en el mundo permanece, todo lo material y humano está sometido a la ley del cambio.

La cruz de Cristo, sin embargo, conserva la vitalidad y la fuerza de su mensaje para cada generación, para cada pueblo, para cada persona, para cada circunstancia de la vida.

Porque en medio de las guerras y los crímenes la cruz consuela a las víctimas e invita a los verdugos al arrepentimiento.

Porque en los periodos de sequía y de hambre la cruz mueve los corazones para que sepan compartir sus alimentos (pocos o muchos) con quienes viven en medio de la miseria.

Porque en los momentos de bendiciones y de paz la cruz invita a no apegarnos a lo pasajero y a usar del dinero y de los bienes materiales para compartirlos con los más necesitados.

Porque en los tiempos de crisis y de bancarrota la cruz permite mirar hacia el cielo y reconocer que en el dinero no lo es todo.

Porque en la hora de la enfermedad y de la muerte la cruz consuela y acompaña al enfermo y a sus familiares y permite emprender la última travesía agarrados a un madero de esperanza, según una famosa expresión de san Agustín.

Porque, en definitiva, lo único importante en la vida humana, con sus penas y sus alegrías, sus fiestas y sus funerales, consiste en dejarse abrazar por Jesús el Nazareno, en acoger su Sangre bendita, en suplicarle el perdón de nuestras culpas, y en ofrecerle un gesto de caridad en quienes lo necesitan: los enfermos, los pobres, los ancianos, los desilusionados por los mil avatares de la vida.

El mundo gira y cambia, la cruz sigue en pie. Vale la pena recordarlo, mientras miramos a un crucifijo y le pedimos al Señor que sea nuestro Camino, nuestra Verdad, nuestra Vida, en el tiempo y en lo eterno.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 13 de noviembre de 2008

Eucaristía y matrimonio

El matrimonio se fortalecerá en fidelidad, si ambos cónyuges se alimentan de la eucaristía.

Antes de dar la relación entre ambos sacramentos, repasemos un poco la maravilla del matrimonio.

Es Dios mismo quien pone en esa mujer y en ese hombre el anhelo de la unión mutua, que en el matrimonio llegará a ser alianza, consorcio de toda la vida, ordenado por la misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos.

El matrimonio no es una institución puramente humana. Responde, sí, al orden natural querido por Dios. Pero es Dios mismo quien, al crear al hombre y la mujer, a su imagen y semejanza, les confiere la misión noble de procrear y continuar la especie humana.

El matrimonio, de origen divino por derecho natural, es elevado por Cristo al orden sobrenatural. Es decir, con el Sacramento del Matrimonio instituido por Cristo, los cónyuges reciben gracias especiales para cumplir sus deberes de esposos y padres de familia.

Por tanto, el Sacramento del Matrimonio o, como se dice, el “casarse por Iglesia” hace que esa comunidad de vida y de amor sea una comunidad donde la gracia divina es compartida.

Por su misma institución y naturaleza, se desprende que el matrimonio tiene dos propiedades esenciales: la unidad e indisolubilidad. Unidad, es decir, es uno con una. Indisolubilidad, es decir, no puede ser disuelto por ninguno. El pacto matrimonial es irrevocable: “Hasta que la muerte los separe”.

No olvidemos que los ministros del Sacramento son los mismos contrayentes. El sacerdote sólo recibe y bendice el consentimiento.

¿Qué relación tiene el Sacramento de la eucaristía con el del Matrimonio?

La eucaristía es sacrificio, comunión, presencia. Es el sacrificio del cuerpo entregado, de la sangre derramada. Todo Él se da: Cuerpo, Alma, Sangre y Divinidad. Es la comunión, el cuerpo que hay que comer y la sangre que hay que beber. Y comiendo y bebiendo esta comida celestial, tendremos vida eterna. Es la presencia que se queda en los Sagrarios para ser consuelo y aliento.

El matrimonio también es sacrificio, comunión y presencia. Es el sacrificio en que ambos se dan completamente, en cuerpo, sangre, alma y afectos. Y si no hay sacrificio y donación completa, no hay matrimonio sino egoísmo.

El matrimonio es comunión, ambos forman una común unión, son una sola cosa, igual que cuando comulgamos. Jesús forma conmigo una común unión tan fuerte y tan íntima, que nadie puede romperla.

El matrimonio, al igual que la eucaristía, también es presencia continua del amor de Dios con su pueblo.

El amor es esencialmente darnos a los demás. Lejos de ser una inclinación, el amor es una decisión consciente de nuestra voluntad de acercarnos a los demás. Para ser capaces de amar de verdad es necesario desprenderse cada uno de muchas cosas, sobre todo de nosotros mismos, para darnos sin esperar que nos agradezcan, para amar hasta el final. Este despojarse de uno mismo es la fuente del equilibrio, el secreto de la felicidad.

Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 12 de noviembre de 2008

39. Hacia la Ciudad futura. La ilusión más grande

Todos tendremos que presentarnos ante el tribunal de Jesucristo y cada cual tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios.

¿Queremos transportarnos más allá de las nubes y subir alto, alto… hacia donde subió Jesucristo aquel día desde el Monte de los Olivos?... Nos basta leer este párrafo lleno de añoranza divina en esta segunda de Pablo a los de Corinto:
“¡No desfallecemos! Aun cuando nuestro cuerpo se va desmoronando, el espíritu se va renovando de día en día. La breve tribulación actual nos consigue sobre toda medida un pesado caudal de gloria eterna a los que no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas” (2Co 4,16-18)

Esto es precioso y estimulante.
Exige fe en lo que no vemos.
Exige esperanza en lo que no palpamos.
Pero tenemos la certeza inconmovible de que eso, precisamente eso que se nos promete y que no vemos, vale más que todo el mundo.

Porque todo lo de aquí pasa, corre, vuela sin dejar huella detrás de sí.
Brilla todo un instante, como un cohete de fuegos artificiales, que nos encanta por unos instantes pero, tal como se ve, desaparece para siempre.
Mientras que lo otro, lo que Dios nos promete, inmensamente más valioso que todo lo terreno, durará para siempre, no pasará jamás, porque será un bien eterno.

Pero Pablo sigue discurriendo:
“Porque sabemos que si esta tienda terrestre de nuestro cuerpo se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada no hecha por mano de hombres, sino eterna, que está en los cielos” (2Co 5,1)

A una tienda de campaña ─¡eso es nuestro cuerpo!, que sirve sólo para una noche y al amanecer se enrolla─, sucede el entrar en posesión de una mansión espléndida, que no se desmoronará jamás, pues no habrá terremoto que la pueda destruir.
Eso será el cuerpo glorificado.

Ante realidad semejante, Pablo sigue soñando a lo divino, pero lleno de dulce nostalgia:
“Y así suspiramos con el deseo ardiente de vernos ya en posesión de aquella habitación celestial. El que nos ha destinado a esto es Dios, el cual nos ha dado en arras el Espíritu” .

Con semejante garantía ─¡nada menos que el Espíritu Santo, el cual mora dentro de no-sotros!─, la promesa es segura, no puede fallar, y hablamos ya como los moradores de esa casa que Dios nos ha construido en las alturas (2Co 5,2-5)

Sin fe en la vida eterna, sin esperanza de una gloria y felicidad sin fin, el paso del cris-tiano por la tierra y el seguimiento de Jesucristo no tienen sentido alguno.
Pues podría pasarse la vida haciéndose las mismas preguntas, para las cuales no hallaría respuesta:
¿A qué viene el fatigarse?
¿A qué el sufrir con un Cristo clavado en una cruz?
¿A qué privarse de tanta diversión que gozan los demás?...

Y se haría otra pregunta, seria e indescifrable: ¿A qué viene la redención de Jesucristo?
La tragedia del Calvario, donde moría un hombre Dios, fue demasiado grande y sólo se explica si había de evitar una condenación horrorosa y merecer una felicidad inimaginable.

Si ahora quisiéramos traer todas las veces que San Pablo nos habla de la vida, la gloria y la felicidad en la visión de Dios a lo largo de todas sus cartas, nos haríamos interminables.
Son muchas, y ello indica que en su predicación y en la de los demás Apóstoles, la vida eterna ocupaba un lugar destacadísimo.

No ocultaban, ni Pablo ni los otros Apóstoles, el aspecto negativo de la vida eterna, es decir, la condenación de los que se pierden por su culpa propia.
Por ejemplo, lo que Pablo enseña con palabras muy graves:
“Todos tendremos que presentarnos ante el tribunal de Jesucristo” y “cada cual tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios”, “el cual dará a cada uno el pago según sus obras”; “ya que ningún fornicario, o impuro o codicioso o idólatra tendrá parte en el reino de Dios”, “porque éstos sufrirán el castigo de una pena eterna, alejados de la presencia de Señor y de su gloria” (2Co 5,10; Ro 14,12; Ro 2,6; Ef 5,5; 2Ts 1,9)

Por serio que fuera todo eso, Pablo ─más que mirar la suerte desdichada de los que se alejan para siempre de Dios─, mira mucho más la gloria de los que son fieles a Jesucristo.
El cristiano, como los patriarcas de la Biblia, “no tiene aquí ciudad permanente, sino que va en busca de la futura, preparada por Dios. Es la ciudad del Dios viviente, la Jerusalén celestial, inundada de millones y millones de ángeles, asamblea festiva de tantos que ya triunfaron y se salvaron” (Hbr 11,10-16; 12,22-13; 13,14)

Hay que mirar el plan grandioso de Dios al querer otorgar y dar su gloria a los elegidos. San Pablo lo expresa de manera preciosa.
Los convoca en Cristo Jesús y dirige todas las cosas hasta conseguir su salvación.
Los predestina a ser imágenes vivas de Jesús, su Hijo hecho Hombre.
Los que quieran ser como Jesús, ¡vengan, que los llama Dios!...
Los que han aceptado este llamamiento y han venido, se convierten en santos como Dios.
Los que se han santificado de verdad, ¡ahora entran en la misma gloria de Dios!...

Este es el proceso que Dios ha seguido en su elección. Y Dios, al ver a todos los redimi-dos por su Hijo Jesús, se dice gozoso:
-¡Son hijos míos! Por lo tanto, herederos también de mi gloria, la que di a mi Hijo Jesús.

¿Y cuál es la gloria que Dios les da a los que han sido fieles y perseverado hasta el fin?
Es imposible describirla, pues nos faltan términos de comparación.
Jesús dijo: “¡Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8).
Comentará Juan: “Cuando se manifieste lo que vamos a ser, entonces seremos como Dios, porque veremos a Dios tal como es Él” (1Jn 3,2)
Y completará Pablo: “Ahora vemos en un espejo, en enigma o adivinanza. Entonces ve-remos cara a cara” (1Co 13,12)
Lo cual significa que “ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni en cabeza humana cupo jamás el imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1Co 2,9)
Todo esto es, sencillamente, incomprensible.

Porque siendo Dios infinito en su grandeza, ¡vaya eternidad que espera a los que se sal-ven!
Avanzarán y avanzarán en la contemplación de Dios, sin cansarse nunca, porque siempre les resultará nueva aquella visión de una Hermosura inimaginable.

San Pablo, después de tantas veces como habla de la felicidad futura, acaba como debía acabar:
¿Lo que aquí podemos trabajar y sufrir?... Todo ello “no se puede comparar con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”.
“Por lo mismo, hermanos míos muy amados, a mantenerse firmes, inconmovibles, pro-gresando siempre en la obra del Señor, sabiendo que su trabajo no es vano en el Señor” (Ro 8,18; 1Co 15,58)
Resultaría muy pobre todo lo que nosotros quisiéramos añadir a palabras semejantes…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: CAtholic.net
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martes, 11 de noviembre de 2008

Ante un arroyo de montaña

¿Qué misterios encierra nuestra vida? ¿Será corriente, será manantial, será océano profundo, sereno, oscuro?

La corriente fluye, fresca, ágil, cristalina. Viene de lo alto, de la lluvia, de la tierra que almacena recuerdos de agua viva. Se dirige a lugares desconocidos, lejanos: un lago, un valle fértil, el mar con sus misterios y sus olas.

Miramos, de nuevo, nuestro arroyo. Se escucha un rumor constante, quebrado por golpes de prisa, detenido en momentos de pausa. Un gorrión se acerca, bebe un poco de agua, se zambulle unos instantes y vuela, libre, contento, refrescado.

¿Qué misterios encierra nuestra vida? ¿Será corriente, será manantial, será océano profundo, sereno, oscuro? Todo transcurre muy deprisa. El tiempo no se detiene. La sangre pasa de venas a arterias y de arterias a venas. Mientras, el corazón trabaja, noche y día. Muchas células nacen y mueren, en un esfuerzo titánico por conservar el aliento de la vida.

¿Qué queda tras el viento, la lluvia, el silencio sugestivo de una noche de verano? ¿Por qué nuestra alma, inquieta, no se contenta con su mirar el agua que grita y pasa? ¿De dónde nace el deseo de amar, de dar, de construir un mundo mejor, de mirar a un niño y sonreír ante sus sueños de inocencia?

El arroyo no ha dejado de levantar murmullos. Las rocas, un día más, han resistido el golpe de la corriente. Quizá los años puedan quebrarlas, quizá algún día dejarán su firmeza para terminar, hechas pedazos, en una playa de arena blanca y tibia.

Nosotros miramos al cielo. Alguien nos hizo grandes, y, a la vez, nos formó de arcilla. El camino se hace frágil, el viento deja sus heridas, y un cariño nos llena de esperanza, mientras los grillos cantan y las golondrinas terminan la cosecha de su día.

La vida encierra mil misterios. El amor no termina, nos lanza a mundos nuevos, nos empuja a cielos infinitos. Dios mira con cariño a cada hombre, y espera que un día, cansado o fuerte, anciano o niño, arroyo impetuoso o río sereno, abra el Evangelio y aprenda a llamarle con el nombre que más quiere: Padre nuestro que estás en los cielos...

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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lunes, 10 de noviembre de 2008

38. Reconciliados los hombres con Dios

Esa reconciliación y redención de Cristo, Dios la ha comunicado por el Espíritu Santo mediante el Bautismo

En la segunda carta de Pablo a los de Corinto nos encontramos con un grito casi desga-rrador:

“En nombre de Jesucristo se lo digo: ¡Reconcíliense con Dios!”.

¿Cómo? ¿Es que somos enemigos de Dios, o qué?... Lo fuimos en un tiempo malhadado. Por más que ahora nos hemos hecho amigos entrañables de Dios. Pablo nos dice esto dentro de uno de esos párrafos preciosos salidos de su pluma apasionada (2Co 2,14-21)

No tenemos que extrañarnos de grito semejante. Porque, sí; éramos enemigos declarados de Dios, y de enemigos nos hemos convertido en amigos y amigas íntimos, de modo que nosotros constituimos las delicias de todo un Dios.

¿Es posible esto?... Vayamos una por una a las afirmaciones de Pablo.

Arrancamos con Pablo de un hecho: Dios hizo las paces con nosotros. Porque Dios y nosotros éramos enemigos. Esta es la verdad, por dura que sea.

Hablando de la Humanidad pecadora, Pablo lo dice de mil maneras:

“Se convirtieron con todos sus miembros en esclavos de la impureza y de toda maldad”, les dice a los de Roma (Ro 6,20)

De este modo, el Dios que es Dios de vivos, no de muertos, se encontró con todos los hombres esclavos de la muerte, y Dios no podía pactar con muertos:

“Obedecieron al pecado para convertirse en esclavos de la muerte”, pues “por el pecado de Adán reinó la muerte en todos” (Ro 6,19; 5,17)

Era una muerte que llevaba después a una perdición eterna: “porque aquel delito trajo sobre todos los hombres la condenación” (Ro 6,19; 5,17-18)

Así, la Humanidad entera se hallaba envuelta en la oscuridad más tétrica, en un verdadero “reino de las tinieblas” (Col 1,3), cuyo jefe era Satanás (Hbr 2,14), llamado por Pablo nada menos que “el dios de este mundo” (2Co 4,4)

¡Vaya cuadro que nos pinta Pablo!
¿Cómo podía haber amistad entre el hombre pecador y el Dios santísimo? No había más que odio, desamor, guerra implacable y continua. Eso, lo primero que nos asegura Pablo.

Pero lanza en medio de la tragedia un grito de victoria:

“¡Dios nos ha reconciliado consigo por Cristo!”. Y lo repite:
“¡Dios estaba reconciliando consigo al mundo, sin tomar en cuenta las culpas de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación”.

¿Es posible tanta generosidad en Dios? ¡Claro! Ahora viene San Pablo y da la razón que nosotros llamaríamos “tumbativa” en Dios: nada menos que su Hijo Crucificado.
“Tanta bondad proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo”, “pues Cristo murió por todos”.

Y Dios hizo esto de manera tan misteriosa que nos deja desconcertados:

“A Jesús, que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros nos convirtiéramos en santidad”.

Este versículo tan profundo nos dice cómo el Hijo de Dios, al hacerse Hombre, se solidarizó de tal manera con nosotros, se hizo de tal modo UNO con nosotros, que Dios no nos veía a nosotros sino metidos en Jesucristo. Y al morir Jesucristo por el pecado del mundo, todo el mundo moría al pecado junto con Jesucristo.

Cuando Dios contemplaba la Cruz, su ira se convertía en misericordia; el odio en amor; la condenación en salvación; la muerte en vida y en resurrección. Así desaparecían las esclavitudes y las enemistades de antes.

En vez del pecado, aparecía la santidad:
“Ya están ustedes en Cristo Jesús, hecho para nosotros justicia, santidad, redención” (1Co 1,30) “Y libres del pecado y esclavos de Dios, ya no producen sino frutos de santi-dad” (Ro 6,23)

La muerte, malherida, ya va de vencida, porque “si la muerte fue la paga del pecado, ahora el regalo de Dios es la vida eterna” (Ro 6,13)

Sacados del reino de las tinieblas, Satanás no tiene que hacer nada con los que son de Cristo, pues con Cristo están en el Reino de la luz (Col 1,13)

Como dice Pablo con expresión bellísima, había empezado “la nueva creación; pasó lo viejo, ahora todo es nuevo”.

Esa reconciliación y redención de Cristo, Dios la ha comunicado por el Espíritu Santo mediante el Bautismo, después que el creyente ha respondido a Dios con fe ardiente:

- ¡Sí, yo creo!

Y viene el expresar su fe a lo largo de toda la vida, como dice Pablo, “fructificando en toda clase de obras buenas” (Col 1,10)

El gran secreto de este cambio en Dios y en el hombre ha sido la Sangre de Jesucristo. Se han rendido el uno y el otro.

Por parte de Dios, Pablo lo expresa con estas palabras:

“Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, nos vivificó juntamente con Cristo… Porque en Cristo, los que antes estaban lejos, ahora por la sangre de Cristo están cerca” (Ef 2,4 y 13)

Por parte del hombre - que era el culpable y el responsable de aquella lejanía -, ahora se decide y le confiesa a Dios:

- Ya no viviré para mí mismo, sino para Aquel que por mí murió y resucitó… Si vivo, vivo para el Señor; si muero, muero para el Señor. En vida y en muerte soy del Señor. (2Co 5,15; Ro 13,7)

Dios y el hombre, reconciliados, se estrechan la mano, se sientan a la misma mesa, se hablan como amigos. ¡Esto es la reconciliación con Dios! ¡Esto es la Redención de Jesucristo!

San Pablo, con ese grito lacerante: “¡Reconcíliense con Dios!”, nos ha enseñado dónde se encuentra la felicidad verdadera: en la amistad entrañable con Dios.

Ser amigos de Dios…

Tratarle sin miedo a Dios de tú a tú…

Cruzar con Dios las sonrisas más bellas sin tener que fijar con pena ni miedo los ojos en el suelo…

Seguros de semejante amistad, el cristiano y la cristiana caminan por el mundo con ele-gancia inimitable, derrochando simpatía y juventud, al fin y al cabo como Jesús, el Joven eterno…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 8 de noviembre de 2008

María cumple la misión que Dios le da

Pedirle a María que nos de la fuerza para saber responder a Dios cada día.

Toda vida humana es una llamada no solamente a la existencia, sino que encierra en sí misma una misión determinada, aunque a veces escondida para nosotros. María es el ejemplo más noble de una creatura que recibe una misión de Dios y la lleva a término de modo acabado y perfecto.

Al nacer se nos da una misión. Nuestra vida comienza más auténticamente cuando recibimos la gracia del bautismo. ¿De qué nos hubiera valido nacer -dice S. Agustín- si no hubiéramos sido redimidos? Con el nacimiento de María quedó marcado, de modo singular, en la historia el plan de Dios, el misterio escondido desde todos los siglos. Ella, como todos nosotros, fue elegida antes de la creación del mundo para ser santa en el amor. Pero María tiene una misión muy particular y única: La de hacer posible la presencia del Verbo entre nosotros. Gracias a que María aceptó la misión de ser Madre del Salvador, pudo realizarse la redención del género humano.

Dios elige nuestra misión. No somos nosotros los que hemos decidido vivir, ni tampoco quienes escogimos las circunstancias de nuestro nacimiento. No nos define, por tanto, en primer lugar, la libertad, sino la dependencia de Dios. “El mundo y el hombre -nos dice el Catecismo de la Iglesia católica, n.34- atestiguan que no tienen en ellos mismos ni su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que es el Ser en sí, sin origen y sin fin”. Hemos sido elegios en Cristo y “destinados de antemano según el designio de quien todo lo hace conforme al deseo de su voluntad” (Ef 1,11). Esta es la elección general. Dios providente nos presenta a cada cual el modo como tenemos que llevar adelante esa elección. En María se manifiesta de una forma muy patente: Dios envió a su ángel, a una ciudad de Nazaret, en el sexto mes, a una doncella llamada María. Dios sabe el cuando de cada una de nuestras vidas y de un modo u otro nos descubre la forma de llevar adelante nuestra vocación: Amarle en esta vida y gozar de El eternamente en el cielo.

Responsabilidad en el cumplimiento de la misión. Este plan de salvación de Dios para cada uno de nosotros exige una respuesta responsable y madura. En ella nos jugamos el destino de nuestras vidas. No es, por tanto, una cuestión de poco más o menos. Es la cuestión fundamental de la vida. “El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad, si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su creador” (Gaudium et Spes, n. 19). María escucha con atención el plan que el Señor le propone en el mensaje del ángel y con plena conciencia, confiando en la palabra de Dios, responde: “Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según dices”.

Pedirle a María que nos conceda la fuerza para saber responder a Dios cada día con mayor autenticidad y responsabilidad.

Autor: P. Antonio Izquierdo, P. Florian Rodero | Fuente: Catholic.net
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viernes, 7 de noviembre de 2008

Una carta sobre la esperanza

Te pido la gracia de ser un poco como Tú: buen samaritano dispuesto a curar las heridas y las penas de los hombres.

El padre abad llegó cansado a su habitación. Tomó la silla y un papel. Empezó a escribir.

“Señor, te mando el mensaje por escrito, desde mi cuarto. Tengo mucho que decirte, y no sé cómo empezar.

Esta semana me has hecho tocar tantas penas de los corazones. Padres que han visto morir a uno de sus hijos. Hijos que no saben cómo afrontar la vejez de sus padres. Novios que rompen después de muchos años de promesas. Adultos que pierden su trabajo. Jóvenes aprisionados por la droga. Ancianos que viven solos y sin el cariño de los suyos.

Me abruma este mundo de dolor y de lágrimas en el que caminamos durante un tiempo frágil. Sé que es verdad lo que dice la Carta a los Hebreos: no tenemos aquí ciudad permanente. Pero muchos no continúan con la segunda parte de ese texto, que habla de buscar la ciudad futura (cf. Heb 13,14).

Me gustaría tener la sencillez de Cristo para hablar a los corazones y ayudarles así a contemplar el cielo, las estrellas, las golondrinas, los jazmines. Me gustaría ayudarles a descubrir en este mundo magnífico tantas cosas buenas que son reflejo de tu cariño por cada uno de tus hijos.

Pero muchos no tienen fuerzas para levantar su mirada hacia Ti. La enfermedad, la calumnia, el abandono, les ha llenado de penas y amarguras. Otros viven sumergidos en la tristeza del pecado: caen una y otra vez y no saben cómo romper con el vicio, cómo dejar la droga, cómo acabar con la adicción al sexo o al dinero.

Me pregunto cómo ves Tú este mundo de tantas luchas, de tantas lágrimas, de tantos rencores, de tanta sangre. ¿No sientes pena por los hijos abortados antes de nacer, por los ancianos tristes y marginados, por los emigrantes despreciados o explotados, por los niños que no tienen con qué llenarse el estómago?

Perdona si Te hablo así, con el corazón en la mano. Sé que la única esperanza que nos queda a los humanos eres Tú. Pero a veces me dan ganas de hacer mías las palabras que hace años te escribió Giovanni Papini, cuando Te pedía que al menos hicieses un milagro visible para todos, que pisases nuestro suelo y volvieses a encender un poco de esperanza.

Como ves, estoy haciendo un poco el necio, porque no hace falta que “vuelvas”. Ya estás vivo entre nosotros. Estás en el Sagrario, en un silencio lleno de amores y de afectos. Estás en el enfermo, esperando una caricia y medicinas. Estás en el pobre, pidiendo un poco de limosna. Estás en el anciano, que desea solamente tener a su lado a alguien que le escuche unos momentos.

Estás en mi corazón, como sacerdote, a pesar de que tiemblo por mis miedos y que también estoy herido por el pecado. Estás en tantas almas contemplativas que no dejan de sostener la llama de tu Amor en el mundo entero.

Te pido la gracia de ser un poco como Tú: buen samaritano dispuesto a curar las heridas y las penas de los hombres y mujeres que encuentre cada día en mi camino. Ellos piden sólo la ayuda de un hermano que les recuerde y les manifieste tu Amor infinito por cada uno de tus hijos”.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 6 de noviembre de 2008

Eucaristía y visitas eucarísticas

Cuando te encuentres cerca de un Sagrario, piensa “ahí está Jesús”. Y desde ahí te ve, te oye, te llama, te ama.

En una Iglesia de España entraron unos estudiantes de arte y le preguntaron al cura párroco:

- ¿Qué es lo que hay de más valor en esta Iglesia, digno de visitar?
- ¡Vengan!,- les respondió el cura.

Algunos de los chicos iban exclamando: ¡qué linda iglesia! ¡qué columnas! ¡fijaos qué rosetones! ¡qué capiteles!

Cuando el sacerdote llegó al presbiterio saludó al Señor con una genuflexión.

- Aquí tienen. Esto es lo de más valor que tenemos en la Iglesia. ¡Aquí está el Señor y Dios!

Esos chicos tardaron unos segundos en reaccionar. No sé si les parecía que el cura les tomaba el pelo, el caso es que se fueron arrodillando uno tras otro. Después el sacerdote les explicó otros valores artísticos de la iglesia. Junto a la lección de arte, aquellos turistas recibieron una sencilla y maravillosa lección de fe y piedad.

De aquella visita eucarística, este buen sacerdote se sirvió para inculcarles el respeto y veneración ante lo sagrado y para descubrirles, de un modo gráfico, que en un templo católico a quien hay que darle la primacía es al Señor en el Sagrario.

Cuando te encuentres cerca de un Sagrario, piensa “ahí está Jesús”. Y desde ahí te ve, te oye, te llama, te ama.

El arte debe estar en función de la belleza de Dios y de la presencia real de Cristo. Por eso, para un cristiano, la visita a una iglesia no debería ser nunca ni exclusiva ni principalmente “artística”. Primero hay que visitar y saludar al Señor de la casa, y secundariamente se podrán visitar las muestras de arte, hechas con cariño por generaciones de cristianos que han dejado allí signos de su amor y de su adoración.

Por eso la costumbre de los cristianos, tan recomendada hoy y siempre por la iglesia, de visitar a Jesús en el Sagrario, es una finura de amor que contrasta con la actitud irreverente que algunos adoptan ante el Santísimo. Incomprensión, ¡no saben quién está ahí! Indiferencia, ¡no les importa! Irreverencia, ¡hablando, riendo, comiendo en la iglesia!

Si nos fijamos, por ejemplo, en cómo se comportan los fieles que acuden a una iglesia, ya sea en el modo de vestir, de estar, de sentarse, de hacer la genuflexión, podemos deducir en buena medida el grado de fe de esas personas, aunque a veces sólo es falta de la mínima cultura religiosa. No se sabe responder. Se ponen de pie cuando hay que arrodillarse. Están con la gorrita en la cabeza. Distracciones. Se habla durante la misa. Novios que se están besando, abrazando, tocando, mirando. ¡Qué desubicados!

¿De qué tenemos que hablar en esas visitas eucarísticas?

Abrir el corazón. Dejarnos quemar, calentar por los rayos de Cristo. Hablarle de nuestras cosas. Encomendar tantas necesidades. Pedirle fuerzas. Alabarlo. Adorarlo. Darle gracias.

¿Cómo tenemos que hablarle?

Con sencillez, sin palabras rebuscadas: “Él me mira y yo le miro”. Con la humildad del publicano, reconociendo su grandeza y nuestra miseria. Con la confianza de un amigo. Con la fe del centurión, de la hemorroisa. Con mucha atención, sin distracciones.

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 5 de noviembre de 2008

37. Carta segunda a los Corintios. Seguían las inquietudes

El cristiano manifiesta a Cristo de por dondequiera que vaya. Lo lleva en sus ojos, en sus labios, en todo su porte.

La carta primera de Pablo a los de Corinto nos causó muy buena impresión, ¿no es verdad?... Muchos avisos, muchas reprimendas, pero también páginas brillantes de doctrina muy subida y de hechos consoladores.

Sin embargo, las cosas no siguieron del todo bien en aquella Iglesia tan prometedora. Pablo mandó desde Éfeso a Timoteo, y las informaciones con que volvió no fueron nada halagüeñas.

- ¿Qué ocurre allí, Timoteo?, pregunta Pablo inquieto.

- Siguen los grupitos disidentes, empeñados en desautorizarte. El edificio de la comunidad se resquebraja por varias partes.

Pablo no pudo más, y se decidió a hacer una rápida visita, que empeoró las cosas en vez de arreglarlas. Uno de la comunidad, orgulloso y descarado, se enfrentó a Pablo, le humilló; de modo que el Apóstol hubo de marcharse con el corazón destrozado. Y escribió otra carta, que por desgracia se perdió y no la tenemos.

Cuando Pablo salió de Éfeso y se halló en Macedonia, allí encontró a Tito que le trajo noticias tranquilizadoras.

- Cuéntame, Tito. ¿Cómo siguen las cosas en Corinto?

- Muy bien, Pablo. No te preocupes. Cuando recibieron tu carta, todos lloraban. El que te injurió de aquella manera está arrepentido. La reacción ha sido muy buena.

Pablo respiró profundo. Y hacia finales del año 57 vino esta carta que llamamos segunda, a veces patética, a veces enternecedora, en la que Pablo no tuvo más remedio que abrir su alma de par en par y contar cosas que nunca hubiera dicho.

Ante las noticias que le trajo Tito, Pablo se conmueve, da gracias a Dios, alaba a los corintios por su arrepentimiento, pide que perdonen con generosidad al que le había ofendido tan injusta y tan groseramente en aquella breve visita que le partió el alma.

Sin desarrollar ningún punto de doctrina, Pablo va diciendo cosas y cosas, verdaderas joyas para nuestra vida cristiana, pero sin orden alguno, tal como le van viniendo a su mente, que es un hervidero. Empieza con el pensamiento en Dios.

“¡Bendito sea Dios, y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones!” (1,3-4)

¡Hay que ver cómo retratan estas palabras a Dios nuestro Padre, y la confianza que inspiran en cualquier pena que se viene encima!...

Podemos confiar en Dios. ¿Por qué?... Porque Dios es el Fiel, el que cumple sus promesas, y al que nosotros correspondemos con igual moneda. Pablo nos lo dice muy a la judía:

“¡Por la fidelidad de Dios!... Todas las promesas hechas por Dios han sido un Amén... Cristo Jesús no fue sino un Amén… Y nosotros somos un Amén también” (1,18-20).

¿Adivinamos el pensamiento de estas palabras? El “Amén” para un judío era un “Sí” rotundo, firmísimo. Entonces nos dice Pablo:

¿Dios prometió algo? Lo cumplirá con toda seguridad.

Y con toda fidelidad cumplió en Cristo todas sus promesas de salvación. Cristo a su vez cumplió sin el menor fallo todo lo que supo era voluntad del Padre.

¿Qué le toca al cristiano, si quiere ser como Dios y como su Cristo? Ser también un “Amén” en toda la vida. Los compromisos del bautismo, cumplidos a rajatabla. Porque lo que se promete a Dios, no se retracta jamás.

Mira Pablo lo que son los auténticos evangelizadores de Cristo, en contraposición de los que negocian con la palabra de Dios, y pone esta bella comparación:

“Nosotros somos para Dios el buen olor de Cristo”.

Pablo alude tácitamente, sin mencionarla, a una práctica militar. Cuando un general había ganado la batalla decisiva, y se le concedía el triunfo, llevaba consigo al rey y jefes vencidos, mientras los turiferarios iban con los incensarios envolviendo en una nube de humo triunfal al general vencedor.
Pablo con su predicación es uno de esos turiferarios que caminan incensando a Cristo, el Salvador, el cual con su Evangelio va triunfando en todas partes donde es anunciado.

Y saca Pablo la consecuencia:

El cristiano, como el evangelizador, es un frasco de perfume embriagador, que contrapesa los miasmas deletéreos del mundo pecador. El Evangelio embalsama el mundo y lo llena de vida; aunque para quienes lo rechazan se convierte en pestilencia y en muerte (2,15)

¿No se distingue el cristiano en el mundo?

Miremos lo que le dice Pablo:

“Ustedes son nuestra carta, escrita en sus corazones y leída por todos los hombres. Son una carta patente de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones” (3,2-3)

¡Qué preciosidad! El cristiano manifiesta a Cristo de modo inconfundible por dondequiera que vaya. Lo lleva en sus ojos, en sus labios, en todo su porte. El Evangelio no está escrito en un libro: está escrito en la vida, la que se desarrolla desde el amanecer hasta la noche, leído y entendido por cualquiera que lo ve.

El cristiano refleja como en un espejo la gloria del Señor, y lo va transformando en su imagen cada vez más gloriosa; así es cómo actúa el Señor, que es Espíritu” (3,17-18)

Párrafo bello de verdad. Viviendo la gracia del Señor, el cristiano es un foco potente de luz, cada vez en aumento, reflejo del que es el sol del Cielo, Cristo Jesús.

Las quejas de Pablo sobre la conducta de algunos corintios no son sin ton ni son.
Todos los males que lamenta están causados por Satanás en persona, empeñado en perder la obra de la salvación. Pablo lo reconoce:

“No queremos que sean engañados por Satanás, pues no ignoramos sus propósitos… Es el dios de este mundo, el diablo, quien cegó los ojos de los incrédulos para impedir que vean el resplandor del glorioso Evangelio de Cristo que es imagen de Dios” (2,11 y 4,4)

La tercera parte de la carta es del todo singular y merecerá reflexión aparte. Los enemigos del ministerio de Pablo -hilos que manejaba a placer Satanás-, quedaron descartados para siempre. Eran evangelizadores falsarios.

Los corintios, por el contrario, se adhirieron a Pablo para siempre también. Y los grandes beneficiarios hemos sido nosotros, al tener una carta en nuestras manos que se lee con gran placer.

¡Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo!..., sigue repitiendo Pablo.

Autor: P. Pedro García Cmf | Fuente: Catholic.net
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