sábado, 28 de febrero de 2009

Cuaresma es tiempo de arrepentimiento

Sábado después de Ceniza. Quitar de nuestro corazón todo aquello que lo aparte de Dios Nuestro Señor.

La cuaresma es tiempo de arrepentimiento. Quizá a nosotros la llamada al arrepentimiento que es la Cuaresma, podría parecernos un poco extraña, un poco particular, porque podríamos pensar: ¿de qué tengo yo que arrepentirme?. Arrepentirse significa tener conciencia del propio pecado. La conversión del corazón es el tema que debería de recorrer nuestra Cuaresma, tener conciencia de que algo he hecho mal, y podría ser que en nuestras vidas hubiéramos dejado un poco de lado la conciencia de lo que es fallar. Fallar no solamente uno mismo o a alguien a quien queremos, también la conciencia de lo que es fallarme a mí.

Pudiera ser también que en nuestra vida hubiéramos perdido el sentido de lo que significa encontrarnos con Dios, y quizá por eso tenemos problemas para entender verdaderamente lo que es el pecado, porque tenemos problemas para entender quién es Dios. Solamente cuando tenemos un auténtico concepto de Dios, también podemos empezar a tener un auténtico concepto de lo que es el pecado, de lo que es el mal.

La cuaresma es todo un camino de cuarenta días hasta la Pascua, y en este camino, la Iglesia nos va a estar recordando constantemente la necesidad de purificarnos, la necesidad de limpiar nuestro corazón, la necesidad de quitar de nuestro corazón todo aquello que lo aparte de Dios N. S. La Cuaresma es un período que nos va a obligar a cuestionarnos para saber si en nuestro corazón hay algo que nos está apartando de Dios Nuestro Señor. Esto podría ser un problema muy serio para nosotros, porque es como quien tiene una enfermedad y no sabe que la tiene. Es malo tener una enfermedad, pero es peor no saber que la tenemos, sobre todo cuando puede ser curada, sobre todo cuando esta enfermedad puede ser quitada del alma.

Qué tremendo problema es estar conviviendo con una dificultad en el corazón y tenerla perfectamente tapada para no verla. Es una inquietud que sin embargo la Iglesia nos invita a considerar y lo hace a través de la Cuaresma. Durante estos cuarenta días, cuando leemos el Evangelio de cada día o cuando vayamos a Misa los domingos, nos daremos cuenta de cómo la Biblia está constantemente insistiendo sobre este tema: “Purificar el corazón, examinar el alma, acercarse a Dios, estar más pegado a Él. Todo esto, en el fondo, es darse cuenta de quién es Dios y quién somos nosotros.

Por otro lado, el hecho de que el sacerdote nos ponga la ceniza, no es simplemente una especie de rito mágico para empezar la Cuaresma. La ceniza tiene un sentido: significa una vida que ya no existe, una vida muerta. También tiene un sentido penitencial, quizá en nuestra época mucho menos, pero en la antigüedad, cuando se quería indicar que alguien estaba haciendo penitencia, se cubría de ceniza para indicar una mayor tristeza, una mayor precariedad en la propia forma de existir.

Preguntémonos, si hay en nuestra alma algo que nos aparte de Dios. ¿Qué es lo que no nos permite estar cerca de Dios y que todavía no descubrimos? ¿Qué es lo que hay en nosotros que nos impide darnos totalmente a Dios Nuestro Señor, no solamente como una especie de interés purificatorio personal, sino sobre todo por la tremenda repercusión que nuestra cercanía a Dios tiene en todos los que nos rodean?. Solamente cuando nos damos cuenta de lo que significa estar cerca de Dios, empezaremos a pensar lo que significa estar cerca de Dios para los que están con nosotros, para los que viven con nosotros. ¿Cómo queremos hacer felices a los que más cerca tenemos si no nos acercamos a la fuente de al felicidad? ¿Cómo queremos hacer felices a aquellos que están más cerca de nuestro corazón si no los traemos y los ayudamos a encontrarse con lo que es la auténtica felicidad?.

Qué difícil es beber donde no hay agua, qué difícil es ver donde no hay luz. Si a mí, Dios me da la posibilidad de tener agua y tener luz, ¿solamente yo voy a beber? ¿Solamente yo voy a disfrutar de la luz?. Sería un tremendo egoísmo de mi parte. Por eso en este camino de Cuaresma vamos a empezar a preguntarnos: ¿Qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Qué es lo qué Dios exige de mí? ¿Qué es lo que Dios quiere darme? ¿Cómo me quiere amar Dios?, para que en este camino nos convirtamos, para aquellas personas que nos rodean, en fuente de luz y también puedan llegar a encontrarse con Dios Nuestro Señor.

Ojalá que hagamos de esta Cuaresma una especie de viaje a nuestro corazón para irnos encontrando con nosotros mismos, para irnos descubriendo nosotros mismos, para ir depositando esa ceniza espiritual sobre nuestro corazón de manera que con ella vayamos nosotros cubriéndonos interiormente y podamos ver qué es lo que nos aparta de Dios.

La ceniza que nos habla de la caducidad, que nos habla de que todo se acaba, nos enseña a dar valor auténtico a las cosas. Cuando uno empieza a carecer de algunas cosas, empieza a valorar lo que son los amigos, lo que es la familia, lo que significa la cercanía de alguien que nos quiere. Así también tenemos que hacer nosotros, vamos a ir en ese viaje a nuestro corazón para que, valorando lo que tenemos dentro, nos demos cuenta de cuanto podemos dar a los que están con nosotros.

Este es el sentido de ponerse ceniza sobre nuestras cabezas: el inicio de un preguntarnos, a través de toda la Cuaresma, qué es lo que quiere Dios para nosotros; el inicio de un preguntarnos qué es lo que el Señor nos va a pedir y sobre todo, lo más importante, qué es lo que nosotros vamos a podré dar a los demás. De esta manera, vamos a encontrarnos verdaderamente con lo más maravilloso que una persona puede encontrar en su interior: la capacidad de darse.

Recorramos así el camino de nuestra Cuaresma, en nuestro ambiente, en nuestra familia, en nuestra sociedad, en nuestro trabajo, en nuestras conversaciones. Buscar el interior para que en todo momento podamos encontrarnos en el corazón, no con nosotros mismos, porque sería una especie de egoísmo personal, sino con Nuestro Padre Dios; con Aquél que nos ama en el corazón, en lo más intimo, en lo más profundo de nosotros.

Que el bajar al corazón en esta Cuaresma sea el inicio de un camino que todos nosotros hagamos, no solamente en este tiempo, sino todos los días de nuestra vida para irnos encontrando cada día con el Único que da explicación a todo. Que la Eucaristía sea para nosotros ayuda, fortaleza, luz, consuelo porque posiblemente cuando entremos en nuestro corazón, vamos a encontrar cosas que no nos gusten y podríamos desanimarnos. Hay que recordar que no estamos solos. Que no vamos solos en este viaje al corazón sino que Dios viene con nosotros. Más aún, Dios se ofrece por nosotros, en la Eucaristía, para nuestra salvación, para manifestarnos su amor y para darse en su Cuerpo y en su Sangre por todos nosotros.

Autor: P. Cipriano Sanchez LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Vocación de Leví

Nada en la vida, ni placeres, ni riquezas, podrán compararse con el tesoro de encontrar a Dios.

Lucas 5, 27-32

En aquel tiempo vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: Sígueme. Él, dejándolo todo, se levantó y le siguió. Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos, y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban diciendo a los discípulos: ¿Por qué coméis y bebéis con los publicanos y pecadores? Les respondió Jesús: No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal. No he venido a llamar a conversión a justos, sino a pecadores.

Reflexión

Seguramente muchos de los amigos de Leví, no cabrían en su asombro al saber de lo que estaba pasando. Leví, el publicano, ofrecía un banquete de despedida porque iba a dejar todo lo que tenía, para seguir a un rabí llamado Jesús y que no tenía dónde reposar la cabeza.

La decisión la había tomado en la mañana, cuando, quién sabe por qué, Jesús había pasado por la recaudación de impuestos y le había invitado a seguirle. “Ven y sígueme”, eso es todo lo que nos dice el evangelio. No sabemos si ya lo conocía, si le había oído en alguna ocasión... nada, tan sólo que dejándolo todo lo siguió.

Eran muchas las cosas que Leví debía dejar abandonadas en el baúl de los recuerdos para siempre. Pero Leví no puso cara de camello triste, quejándose y lamentándose, de por qué le había tocado a él. Al contrario de todas las expectativas, organiza una fiesta.

Cuánto tenemos que aprender de Leví. Él sí se dio cuenta de que nada en la vida, ni placeres, ni riquezas, ni nada de nada, podían compararse con el Tesoro que había encontrado. Y como buen recaudador supo venderlo todo para adquirir una ganancia infinitamente mayor. Que en esta Cuaresma también nos encontremos nosotros con Cristo y sepamos dejarlo todo para seguir al único por el que vale la pena dejarlo todo: un rabí llamado Jesús.

Autor: José Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
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viernes, 27 de febrero de 2009

Dejar que Cristo entre en el corazón

Viernes después de Ceniza. La conversión no es simplemente obras de penitencia. La conversión es el cambio del corazón.

El tema del corazón contrito, de la conversión del corazón es el tema que debería de recorrer nuestra Cuaresma. Es el tema que debería recorrer toda nuestra preparación para la Pascua. La liturgia nos insiste que son importantes las formas externas, pero más importantes son los contenidos del corazón. La Iglesia nos pide en este tiempo de Cuaresma, que tengamos una serie de formas externas que manifiesten al mundo lo que hay en nuestro corazón, y nos pide que el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo hagamos ayuno, y que todos los viernes de Cuaresma sacrifiquemos el comer carne. Pero esta forma externa no puede ir sola, necesita para tener valor, ir acompañada con un corazón también pleno.

El profeta Isaías veía con mucha claridad: “¿es lo que Yo busco: que inclines tu cabeza como un junco, que te acuestes en fango y ceniza?” Dios Nuestro Señor lo que busca en cada uno de nosotros es la conversión interna, que cuando se realiza, se manifiesta en obras, que cuando se lleva a cabo, tiene que brillar hacia fuera; pero no es solamente lo externo. De qué poco serviría haber manchado nuestras cabezas de ceniza, si nuestro corazón no está también volviéndose ante Dios Nuestro Señor. De qué poco nos serviría que no tomásemos carne en todos los viernes de Cuaresma, si nuestro corazón está cerrado a Dios Nuestro Señor.

La dimensión interior, que el profeta reclama, Nuestro Señor la toma y la pone en una dimensión sumamente hermosa, cuando le preguntan: ¿Por qué ustedes no ayunan y sin embargo los discípulos de Juan y nosotros si ayunamos? Y Jesús responde usando una parábola: “¿Pueden los amigos del esposo ayunar mientras está el esposo con ellos?” Jesús lo que hace es ponerse a sí mismo como el esposo. En el fondo retoma el tema bíblico tan importante de Dios como esposo de Israel, el que espera el don total de Israel hacia Él.

Esta condición interior, el esfuerzo por que el pueblo de Israel penetre desde las formalidades externas a la dimensión interna, es lo que Nuestro Señor busca. El ayuno que Él busca es el del corazón, la conversión que Él busca es la del corazón y siempre que nos enfrentemos a esta dimensión de la conversión del corazón nos estamos enfrentando a algo muchas veces no se ve tan fácilmente; a algo que muchas veces no se puede medir, pero a algo que no podemos prescindir en nuestra vida. ¿Quién puede palpar el amor de un esposo a su esposa? ¿Quién puede medir el amor de un esposo a su esposa? ¿Cómo se palpa, cómo se mide? ¿Solamente por las formas externas? No. Hay una dimensión interior en el amor esponsal del cual Jesucristo se pone a sí mismo como el modelo. Hay una dimensión que no se puede tocar, pero que es también imprescindible en nuestra conversión del corazón. Tenemos que ser capaces de encontrar esa dimensión interior, una dimensión que nos lleva profundamente a descubrir si nuestra voluntad está o no entregada, ofrecida, dada como la esposa al esposo, como el esposo a la esposa, a Dios, Nuestro Señor.

La conversión no es simplemente obras de penitencia. La conversión es el cambio del corazón, es hacer que mi corazón, que hasta el momento pensaba, amaba, optaba, se decidía por unos valores, unos principios, unos criterios, empiece a optar y decidirse como primer principio, como primer criterio, por el esposo del alma que es Jesucristo.

Sólo cuando llega el corazón a tocar la dimensión interior se realiza, como dice el profeta, que “Tu luz surgirá como la aurora y cicatrizarán de prisa tus heridas, se abrirá camino la justicia y la gloria del Señor cerrará tu mancha”. Entonces, casi como quien ve el sol, casi como quien no es capaz de distinguir la fuente de luz que la origina, así será en nosotros la caridad, la humildad, la entrega, la conversión, la fidelidad y tantas y tantas cosas, porque van a brotar de un corazón que auténticamente se ha vuelto, se ha dirigido y mira al Señor.

Este es el corazón contrito, esto es lo que busca el Señor que cada uno de nosotros en esta Cuaresma, que seamos capaces en nuestro interior, en lo más profundo, de llegar a abrirnos a Dios, a ofrecernos a Dios, de no permitir que haya todavía cuartos cerrados, cuartos sellados a los cuales el Señor no puede entrar, porque es visita y no esposo, porque es huésped y no esposo. El esposo entra a todas partes. La esposa en la casa entra a todas partes. Solamente al huésped, a la visita se le impide entrar en ciertas recámaras, en ciertos lugares.

Esta es la conversión del corazón: dejar que realmente Él llegue a entrar en todos los lugares de nuestro corazón. Convertirse a Dios es volverse a Dios y descubrirlo como Él es. Convertirse a Dios es descubrir a Dios como esposo de la vida, como Aquél que se me da totalmente en infinito amor y como Aquél al cual yo tengo que darme totalmente también en amor total.

¿Es esto lo que hay en nuestro corazón al inicio de esta Cuaresma? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en formulismos, en estructuras que son necesarias, pero que por sí solas no valen nada? ¿O quizá nuestra Cuaresma está todavía encerrada en criterios que acaban entreteniendo al alma? Al huésped se le puede tener contento simplemente con traerle un café y unas galletas, pero al esposo o a la esposa no se le puede contentar simplemente con una formalidad. Al esposo o la esposa hay que darle el corazón.

Que la Eucaristía en nuestra alma sea la luz que examina, que escruta, que ve todos y cada uno de los rincones de nuestra alma, para que, junto con el esposo sea capaz de descubrir dónde todavía mi entrega es de huésped y no de esposo.

Pidamos esta gracia a Jesucristo para que nuestra Cuaresma sea una Cuaresma de encuentro, de cercanía de profundidad en la conversión de nuestro corazón.

Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / El ayuno de los discípulos

Cristo vino a cargar con nuestras flaquezas. Él tiene el bálsamo que cura nuestra alma

Mateo 9, 14-15

En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercaron a Jesús, preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: -¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio y entonces ayunarán.

Reflexión

A un observador de las cosas de este mundo parecería que el hombre debe esperar a llegar al Cielo para tener una vida sin preocupaciones. Si hay carestía de algo en el mundo, no es precisamente de preocupaciones. El que tiene hijos se preocupa por ellos, quien tiene ancianos a su cuidado se preocupa por ellos. El empresario se preocupa porque su empresa vaya adelante, el ama de casa se preocupa de que su hogar esté en orden y dispuesto, el estudiante se preocupa por aprobar sus exámenes. Todos tenemos nuestra ración cotidiana de preocupaciones.

Algunas sin embargo son muy pesadas, y nadie puede negar su importancia. Son enfermedades o situaciones familiares y sociales de muy difícil solución. El evangelio de hoy nos presenta un aspecto de la figura de Cristo que debe llenar de esperanza los corazones atribulados. Cristo como aquel que “tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras iniquidades”. Esto puede parecernos simple palabrería, pues el que tiene problemas no siempre encuentra una solución a ellos en la oración. Y surge la tentación de pensar que a Cristo le son indiferentes nuestras preocupaciones. Sin embargo es cierto que Cristo vino a cargar con nuestras flaquezas.

Tal vez no como nosotros lo esperamos, pero seguro que sí como Él quiso entregarse. Porque lo que Cristo nos ofrece quizás no sea la solución material a nuestras dificultades, pero no cabe duda que nadie como Él tiene el bálsamo que cura nuestra alma, el remedio que calma nuestro espíritu, la palabra que pacifica nuestro corazón.

Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net
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jueves, 26 de febrero de 2009

La conversión del corazón

Jueves después de Ceniza. ¿A quién dirigimos el corazón? ¿Hacia quién me estoy dirigiendo yo?

Reflexionar es una conversión que no debe ser solamente una conversión exterior, sino que debe ir sobre todo hacia la conversión del corazón. La conversión del corazón que viene a ser el núcleo de toda la Cuaresma, es vista por la Escritura, como un momento de elección por parte del hombre que debe dirigir a Alguien. La pregunta es: ¿A quién dirigimos el corazón? ¿Hacia quién me estoy dirigiendo yo? En este período en el cual la Iglesia nos invita a reflexionar más profundamente tenemos que preguntarnos: ¿Hacia dónde voy yo?

En la primera lectura Dios pone delante del pueblo de Israel el bien y el mal, diciéndole que puede elegir, decir a quién quiere servir, qué quiere hacer de su vida. Tú también vas a decidir si quieres vivir tu vida amando al Señor tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a Él, o vas a tener un corazón que se resiste. Es en lo profundo de nuestra intimidad donde acabamos descubriendo hacia quién estamos orientando nuestra vida.

La Escritura nos habla por un lado de un corazón que se resiste a Dios y por otro lado de un corazón que se adhiere a Dios. Mi corazón se resiste a Dios cuando no quiero ver su gracia, cuando no quiero ver su obra en mi vida, cuando no quiero ver su camino sobre mi existencia. Mi corazón se adhiere a Dios, cuando en medio de mil inquietudes, vicisitudes, en medio de mil circunstancias yo voy siendo capaz de descubrir, de encontrar, de amar, de ponerme de delante de Él y decirle: “aquí estoy, cuenta conmigo”.

Jesús en el Evangelio nos presenta esta elección, entre resistencia del corazón y la adhesión del corazón como una adhesión por Él o contra Él: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue su cruz cada día y se venga conmigo.” Una conversión que no es solamente el cambiar el comportamiento; una conversión que no es simplemente el tener una doctrina diferente; una conversión que no es buscarse a sí mismo, sino seguir a Jesucristo. Esta es la auténtica conversión del corazón.

Jesús pone como polo opuesto, como manifestación de la resistencia del corazón el querer ganar todo el mundo. ¿Qué prefieres tú? ¿Cuál es la opción de tu vida, cuál es el camino por el cual tu vida se orienta, ganar todo el mundo si no te ganas a ti mismo?, pero si has perdido a base de la resistencia de tu corazón lo más importante que eres tú mismo, ¿cómo te puedes encontrar?. Solamente te vas a encontrar adhiriéndote a Dios.

Deberíamos entrar en nuestra alma y ver que estamos ganando o qué estamos perdiendo, a qué nos estamos resistiendo y a quién nos estamos adhiriendo. Este es el doble juego que tenemos que hacer y no lo podemos evitar. Nuestra alma, de una forma u otra, se va a orientar hacia adherirse a Dios, automáticamente está construyendo en su interior la resistencia a Dios. El alma que no busca ganarse a sí misma dándose a Dios, está automáticamente perdiéndose a sí misma.

Son dos caminos. A nosotros nos toca elegir: “Dichoso el hombre que confía en el Señor, éste será dichoso; en cambio los malvados serán como paja barrida por el viento. El Señor protege el camino del justo y al malo sus caminos acaban por perderlo”: ¿Qué camino llevo en este inicio de Cuaresma? ¿Es un camino de seguimiento? Me dice Nuestro Señor: ¿Eres de los que quieren estar conmigo, de los que quieren adherirse a Mí? ¿O eres de los que se resisten?

Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Necesidad de seguir a Jesús

Cristo nos pide llevar la cruz con alegría, optimismo, y sobre todo por amor a Él

Lucas 9, 22-25

En aquel tiempo, dijo Jesús: El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día. Decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?

Reflexión

Un campeón olímpico no se ganó las cinco medallas de pura chiripa. Detrás de esas cinco medallas hay muchos años de esfuerzos, toda una vida de sacrificios, privaciones, renuncias. Hay miles de horas de entrenamiento y ejercicios. Todo para adquirir una fisonomía atlética. También los cristianos somos “atletas”. Corremos durante esta vida terrena para llegar a la meta eterna: el cielo. Y como cabe suponer hay que estar preparados.

Ahora, tenemos ante nuestros ojos seis semanas de preparación para la Pascua, el corazón de todo el año litúrgico. Estos cuarenta días nos pueden transformar en verdaderos atletas de Dios, alcanzando una “fisonomía atlética católica”. No perdamos la oportunidad. El evangelio de hoy nos ofrece un programa magnífico para nuestra vida de cristianos: negarnos a nosotros mismos y llevar nuestra cruz detrás de Cristo.

Y Cristo como buen entrenador pone también las condiciones necesarias para seguirle. Pero en el fondo no pide nada especial, porque la cruz, queramos o no, todos la tenemos que cargar. Cristo lo que nos pide es llevar esa cruz que todos tenemos de una forma diferente: con alegría, optimismo, y sobre todo no lo olvidemos por amor a Él.
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Conoce más acerca de la Cuaresma para vivirla mejor.

Autor: José Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 25 de febrero de 2009

Evangelio Diario / Rectitud de intención

Miércoles de Ceniza. Esperar la recompensa no del aplauso de los hombres sino de Dios.

Mateo 6, 1-6.16-18.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Reflexión

Es propio del hombre la tendencia natural que siente a que se le recompense cuando ha hecho algo bien. Parte de la educación que recibimos de pequeños es por medio de la premiación y del regalo. Un regalo si nos portamos bien, si sacamos buenas notas en el colegio, si nos tomamos la medicina cuando estamos enfermos, etc. Y ya de mayores la mayoría de las veces actuamos para ser vistos por los demás, porque nos gusta llamar la atención en medio de un grupo de amigos o incluso en la propia familia. Y no digamos cuando hemos hecho un acto de beneficencia a otra persona. En estos casos pensamos que todos deben darse cuenta de la grandiosa generosidad con que cuenta el mundo con mi presencia en esta tierra. Nos incluimos dentro de las maravillas del mundo.

Sin embargo, el evangelio de hoy no enseña completamente lo contrario. Dice que ni siquiera la mano izquierda se debe enterarse de lo que hace la derecha. Parecería una exageración, pero detrás de este evangelio se encuentra la enorme riqueza y el enorme valor de Cristo. Pues, cuando quiere que le ofrezcamos un sacrificio, un acto de generosidad, quiere que se la ofrezcamos sólo a Él y para Él. Lo que llaman algunos “pureza de intención”. Es decir, hacer las cosas sólo por amor a Cristo. Esperando la recompensa no del aplauso de los hombres sino de Dios. Es un aplauso muy silencioso en la tierra pero exageradamente estruendoso en el cielo. Hagamos la prueba buscando no ser vistos y alabados por los hombres la próxima ocasión en que hagamos el bien a una persona.

MIÉRCOLES DE CENIZA

En este día los buenos cristianos asisten a las iglesias a que les impongan la ceniza, al mismo tiempo que escuchan unas palabras: “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”. Esas palabras explican el sentido de ese rito tan atrevido con el que da inicio la cuaresma. ¡Arrepiéntete!, se nos dice.

Hay tiempo de pecar y tiempo de convertirse. El tiempo de pecar suele ser muy largo. Todos pasamos por momentos malos, en que abandonamos el buen camino y nos adentramos en la mala vida. Incluso, podemos observar, cuando miramos hacia atrás, que hay un período en la vida en que nos hemos alejado mucho de Dios, de la Iglesia, de las buenas costumbres. Son esos días negros a los que no queremos mirar.

Pero hay también épocas buenas, en las que hemos sido capaces de hacer el bien, hemos estado en paz con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Si pudiéramos observar en una película nuestro mejor día vivido y nuestro peor día, nos asombraríamos de dos cosas: Primero: de cómo hemos bajado tanto. Quizá tendríamos que decir: “Nunca me imaginé que podía llegar a hacer lo que he hecho”. Pero también nos asombraríamos de lo bien que nos hemos portado en nuestro mejor día; de tal forma que si todos los días de nuestra vida hubieran sido como ese día, podríamos ser contados entre los hombres verdaderamente buenos y honrados de este mundo.

De aquí podemos sacar la siguiente conclusión: el hombre puede, si se esfuerza, subir mucho, mejorar; o, por el contrario, bajar, corromperse, destruirse. El ser humano puede llegar a ser un ángel o un demonio.

Se cuenta que a la hora de buscar a un personaje que representara a Cristo en una película, eligieron a un joven que, por su vida y costumbres reflejadas en el rostro, parecía ser el más idóneo. Al pasar el tiempo se trató de buscar a alguien que representara el papel de Judas, y después de mucho buscar, encontraron por fin a un hombre que, por la expresión de su cara parecía el más acertado. Era el mismo hombre que un día representó el papel de Cristo. ¿Tanto había cambiado...?
En la cuaresma se nos invita a un cambio. Dios nos da la oportunidad de arrepentirnos. Es un tiempo de gracia en que Dios nos ofrece su perdón con especial generosidad.

Aún sabiendo que lo tenemos que hacer, preferimos seguir lo mismo, dejando para más adelante esa conversión, ese cambio de vida que nos cuesta tanto.

Un hombre dejó hasta los 31 años su cambio. Una vez cuando sus compañeros decían: “vamos a cambiar la vida, pero más adelante”, el convertido les contestó: “Si alguna vez lo vas a hacer, ¿por qué no ahora?, y, si no lo haces ahora ¿por qué dices que lo harás más adelante? ¿Podrás? ¿Querrás hacerlo? ¿Tendrás tiempo?”

También de él es esta frase significativa: “Teme a Dios que pasa y que no vuelve”. Dios suele pasar una y varias veces por nuestra vida, pero no tiene obligación de volver apasar. Por eso decía respetuosamente aquél, que primero no tenía ningún miedo ni respeto: “Teme a Dios que pasa y que puede no volver a pasar en tu vida”.

¿Cambio, conversión? Vuelva usted mañana. El que deja las cosas para mañana, se encontrará con que un día no tendrá mañana.

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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martes, 24 de febrero de 2009

65. En la temida Jerusalén. Lo que tenía que suceder…

Llenos los atrios del Templo con habitantes de Jerusalén y peregrinos, se echaron sobre Pablo, lo arrastraron fuera del Templo, cerraron las puertas para que no pudiera volver.

Por fin, Pablo llegó a Jerusalén. Desecho. Con negros presentimientos. Y las cosas se le presentaron duras de verdad. Empezando por el recibimiento que le hicieron los hermanos, entusiasta el de unos, muy frío el de otros. (Hch 21,17-40; 22,1-23)

Los helenistas, los cristianos judíos venidos de la diáspora, se llenaron de alegría:
-¡Bienvenido, Pablo! Sabemos cuántas cosas ha hecho Dios por ti, y cuántos paganos han entrado en la Iglesia creyendo en el Señor Jesús. ¡Pablo, Dios te bendiga!…

A la par que estos cristianos helenistas, estaba la Iglesia de Jerusalén formada por cristianos judíos que no acababan de rendirse. Recibieron a Pablo fríamente y con formas muy diplomáticas, ya que no podían hacerle la guerra abiertamente, porque los apóstoles habían dicho su palabra definitiva en el Concilio de hacía diez años.

Reunidos los más notables de entre estos judeocristianos en casa de Santiago, Pablo les exponía punto por punto lo que había sido la evangelización entre los gentiles, cómo había crecido la Iglesia con tanto pagano convertido, y cómo se derramaba sobre ellos la gracia y los dones del Espíritu Santo.

Los oyentes no se entusiasmaban. La gran colecta que Pablo y sus compañeros traían era como para taparles la boca. Con ella podían comprobar la caridad y el amor de los cristianos venidos del paganismo para con los hermanos judíos pobres de Jerusalén. Pero no les conmovió gran cosa.

Y le contestaron como una réplica:

“Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de entre los judíos han abrazado la fe, y todos son fervientes partidarios de la Ley.
“Pero han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones. “¿Qué hacer, pues? Porque va a reunirse la muchedumbre al enterarse de tu venida”.

Será todo lo doloroso que queramos, pero así nos lo dice Lucas, testigo presencial.
Santiago, el apóstol tan judío, pero fiel a la doctrina del Concilio, quiso poner paz entre todos. Y bajo su dirección, aconsejaron a Pablo:

- Para que no puedan decir nada contra ti tantos hermanos fieles a la Ley y que aún siguen con la circuncisión, únete a los cuatro hermanos que han hecho un voto y ya se han rapado la cabeza; entra con ellos en el Templo, y todos verán que tú también eres un fiel cumplidor de la Ley.

El consejo no estaba mal, y Pablo aceptó. Sólo que, en vez de salir bien las cosas, se enredó todo de mala manera.
Unos judíos llegados de Asia por la fiesta de Pentecostés, reconocieron a Pablo en los atrios del Templo con los cuatro del voto, y empezaron a gritar furiosos a toda la multitud:

- ¡Auxilio, hombres de Israel! Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra este Lugar bendito. Y hasta se ha atrevido a introducir a unos griegos en el Templo, profanando este lugar Santo.

Mentían, desde luego. Pero la ocasión era magnífica, y se dijeron:

- ¡Ahora este Pablo las va a pagar todas juntas!...

Se armó un griterío infernal.

Atestados los atrios del Templo con muchos habitantes de Jerusalén y con tantos peregrinos, todos se echaron sobre Pablo, lo arrastraron fuera del Templo, cerraron las puertas para que no pudiera volver.
Ya se disponían a matarlo igual que habían hecho hacía veinticinco años con Esteban.
Aunque Pablo se salvó de milagro, debido a la fuerza romana.

Durante las fiestas, las autoridades romanas distribuían a los soldados por la ciudad, especialmente en los alrededores del Templo. En este momento, un soldado subió rápido las escaleras de la Torre para dar el aviso:

-¡Tribuno! Toda Jerusalén está revuelta.

Y el tribuno, sin perder un momento, bajó con varios centuriones y fuerte grupo de soldados, se llegó hasta Pablo, lo mandó atar con cadenas, y preguntó para informarse:

-¿Quién es éste? ¿De quién se trata?...

Lucas lo dice bien:

- Pero no sacó nada en claro, porque “entre la gente unos gritaban una cosa, otros otra”.

Al fin, y para que la chusma no linche a Pablo, manda que lleven al detenido a la cárcel. Al llegar a las escaleras de la Torre Antonia, tiene que ser agarrado Pablo por los soldados y subido en hombros, mientras la multitud seguía vociferando:

-¡Mátalo! ¡Que lo maten!...

Pablo no pierde la serenidad, y ya en las escaleras entre los soldados, pide al tribuno:

-¿Me permites decirte una palabra?

- ¿Cómo? ¿Es que tú sabes el griego? ¿No eres tú el egipcio que días pasados armó aquella revuelta con cuatro mil terroristas, y que tuvo que huir al desierto después de haber perdido cuatrocientos muertos y doscientos capturados?

Pablo habla con una gran tranquilidad:

- No, yo no soy ningún guerrillero. “Yo soy un judío, de Tarso de Cilicia, una ciudad importante”. ¿Me permite hablar al pueblo?

El tribuno se da cuenta de que Pablo no es un cualquiera, y se lo autoriza. Las escaleras de la Torre Antonia eran un buen púlpito, y Pablo empezó a hablar:

- Hermanos y padres, escuchen la defensa que hago ante ustedes. Se hace un silencio sepulcral cuando todos sienten que les habla en arameo:

- Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros padres.

Con estas palabras pareciera que Pablo desarmaba al auditorio, entre el que se oye decir:

- ¿Cómo podemos ir contra un judío semejante?... Este Pablo, un discípulo nada menos que de Gamaliel… Este Pablo, un doctor de la Ley... Este Pablo, hasta un perseguidor de los cristianos, esa secta maldita…

Piensan así, porque Pablo les aseguraba:

- Yo perseguía a muerte a los seguidores de Jesús, encadenando y arrojando a la cárcel a hombres y mujeres, como puede atestiguarlo el sumo sacerdote y el consejo de ancianos.

Pablo pasó a narrar la aparición del Señor ante las puertas de Damasco, y todos escuchaban en medio de un silencio impresionante, hasta que llegó a las palabras tan comprometedoras:

- El Señor me dijo: Y ahora, ¿qué esperas? Marcha, porque quiero enviarte lejos, a los gentiles.

Aquí volvió a reanudarse el griterío infernal:

- ¡Quiten a ése de ahí, pues no merece vivir! ¡Que muera ese judío renegado!...

Cualquiera diría que estamos narrando una novela. Y no, estamos con la historia más verídica que nos narran los Hechos de los Apóstoles.

Nos falta acabar la aventura de Jerusalén, para ir después hasta Cesarea, donde Pablo va a pasar preso los dos años que vienen, y donde nosotros le vamos a acompañar con nuestra admiración, pasmados de su fortaleza y de su amor a Jesucristo.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / El Hijo del hombre será entregado

Gracias Señor por dar tu vida por mí, tu muerte me da vida, tu Cruz es mi resurrección.

Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon del monte y atravesaron Galilea; no quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará»

Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor. Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» Y tomando un niño, le puso en medio de ellos, le estrechó entre sus brazos y les dijo: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado».

Reflexión

Imaginémonos en medio de los discípulos que caminaban con Jesús. Con ellos se habla de todo. En ciertos momentos en que se sienten cansados, se detienen un momento para reposar bajo un árbol. Se bebe, se come. Se cuentan las experiencias vividas durante los diversos viajes, los milagros, la relación con los fariseos, los comentarios de la gente. En fin, podemos imaginar un buen día de campo, sereno y lleno de alegría. Cada cierto momento Jesús se aleja del grupo, se retira y se va un poco a la lejanía para rezar, para estar solo con el Padre. Justo en estos momentos surgen las discusiones entre los discípulos. En esta ocasión versaban sobre quien era el más grande entre ellos. Él los invita a la simplicidad del corazón y de la mente: hacerse como niños. En las manos de Dios debemos tener la mima confianza de los niños en las manos de sus padres.

La vida espiritual es un caminar junto a Jesús. Cada día debe vivirse en la compañía de Jesús, buscando compartir nuestras cosas con él, nuestras alegrías, nuestras penas, todo. Así , lo tendremos siempre cercano como el amigo del alma.

Después de escuchar las palabras del maestro, hay asombro en los discípulos, hasta miedo y confusión, como dice el evangelio. Pero ellos no entendieron lo que les dijo y tuvieron miedo de preguntarle.

¿Miedo de qué? ¿De Cristo? No seguramente. Cómo temer al maestro, al amigo, al cual hasta los niños inspiraba confianza y cercanía. No era Jesús temido, sino las palabras que había pronunciado en el camino.

Esas palabras que causaron revuelo en su corazón y no las entendieron o no quisieron indagar más por miedo a la verdad. Esa verdad es la de la Cruz. “Locura para los gentiles, escándalo para los judíos”.

El mesías tenía que padecer y sufrir a manos de los hombres y resucitar al tercer día. Con ello vendría también la cruz para los discípulos, la persecución, el derramamiento de sangre. También Pedro tuvo miedo, cuando en Cesarea de Filipo tras afirmar la divinidad de Cristo, le persuade de no ir a Jerusalén donde morirá. El dolor es un hecho humano que toca a todo hombre, nos causa miedo. Pero si Cristo no hubiese padecido antes por nosotros el dolor, la cruz, no tendría sentido.

Gracias Señor por dar tu vida por mí, tu muerte me da vida, tu Cruz es mi resurrección a la gracia. Gracia perdida en otro árbol del paraíso lejano, y esta gracia del árbol de la cruz me abre las puertas del paraíso.

Autor: Luis Felipe Nájar | Fuente: Catholic.net
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lunes, 23 de febrero de 2009

64. Una Eucaristía en el viaje. Toda la noche en vela

¿Cómo celebraban la Eucaristía los primeros cristianos? Repetimos las mismas palabras de aquellos primeros hermanos nuestros en la fe.

No hemos olvidado nuestra meditación anterior, aquella velada durante toda la noche en una casa grande y espaciosa de Tróade, cuando Pablo resucitó al muchacho Eutiques que se había estrellado contra el pavimento.

Los cristianos habían cambiado ya el descanso y la guarda religiosa del sábado por el primer día de la semana, el que va a ser ya en los siglos por venir el Domingo, el Día del Señor.

Con la relación de aquella cena adivinamos todo lo que era la celebración de las primeras misas cristianas. Todos escuchando la Palabra. Los apóstoles o presbíteros hablando de cosas del Señor. Y alargando la conversación sin cansarse…

No lo hemos olvidado, pero se nos quedó pendiente el hablar precisamente de aquella celebración de la Eucaristía durante el viaje de Pablo desde Éfeso hasta Jerusalén.
Es lo que vamos a hacer ahora. ¿Cómo fue aquella Eucaristía? ¿Cómo celebraban la Eucaristía los primeros cristianos? ¿Tenemos algún documento que nos lo atestigüe?...

Por fortuna, contamos con un librito precioso, la Didajé, un escrito del tiempo de los Apóstoles que no está en la Biblia, y que es anterior a varios libros del Nuevo Testamento. Ese documento impagable nos guía en todo lo que hoy podemos decir, como ayuda a lo que nos dicen los Hechos de los Apóstoles (20,7-12) y el mismo San Pablo (1Co 11, 17-27)

La reunión cristiana constaba de dos momentos:

El primero, un banquete fraterno, el ágape, con una comida en común que estrechaba los lazos del amor y de la amistad, acompañado todo con cantos y plegarias.

El segundo momento era propiamente “La Cena del Señor”.

Con todo, los dos actos constituían una sola celebración.

Para el banquete, y prescindiendo todavía de la Fracción del Pan, se seguía una costumbre judía, practicada por el mismo Jesús. Ante el pan que se había de comer, ante el vino y todos los alimentos, se hacía una plegaria de acción de gracias y otra al final después de haberlo comido todo.
Esa plegaria de acción de gracias se llamaba “eucaristía” con palabra griega, y de ahí ha venido el quedar el rito sagrado con la palabra Eucaristía.

Pues bien, en aquel banquete fraterno, se traía el pan, se partía, y se colocaba en la mesa juntamente con la copa de vino en frente de quien presidía la celebración.
En aquella noche de Tróade lo pusieron todo delante de Pablo. La reunión se tuvo en la sala superior de la casa, profusamente iluminada, vivo trasunto del Cenáculo de Jerusalén en la última cena del Señor. Todos reunidos, se oró, se cantó, se escuchó largamente la palabra de Pablo, que no se cansaba al hablar del Señor Jesús.

Y vino el momento solemne de hacerse presente el Cuerpo y la Sangre del Señor.
Pero, ¿qué se hacía antes de la consagración del pan y del vino? Lo primero de todo, pedir en la comunidad perdón de los pecados.

La Didajé nos lo dice así:

“Reúnanse cada día del Señor, rompan el pan y den gracias, después de haber confesado sus pecados, a fin de que su sacrificio sea puro…. Que nadie coma y beba de vuestra eucaristía, sino los bautizados en el nombre del Señor. Pues acerca de ello dijo el Señor: no den lo santo a los perros… Por eso, ¡todo el que es santo, que venga! ¡El que no lo es, que se convierta!”.

Como vemos, la Iglesia ha seguido hasta nuestros días la misma práctica: comenzamos la Santa Misa pidiendo el perdón de nuestras culpas con el cato penitencial. A la Comunión hay que acercarse con conciencia pura.

Pablo, aquella noche, había de repetir los gestos del Señor en la Ultima Cena. Pero antes estaba la oración que nos ha conservado la Didajé sobre el vino y sobre el pan, con este orden precisamente:

“Primero sobre la copa: -Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo, la que nos diste a conocer por medio de Jesús. A ti sea la gloria por todos los siglos. Amén-.

“Luego sobre el pan partido: -Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos amén-.

“Como este pan estaba disperso por los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente”.

Recitadas estas oraciones tan sentidas, tan bellas, tan profundas, Pablo, como siempre, pronunció sobre el pan y el vino las mismas palabras del Señor: “Esto es mi cuerpo… Este es el cáliz de mi sangre”. Y hecha la consagración, venía la acción de gracias con esta otra oración de la Didajé:

“Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre, que has hecho habitar en nuestros corazones… ¡A ti gloria en los siglos!...
“Acuérdate, oh Señor, de tu Iglesia para librarla de todo mal y perfeccionarla en tu amor; reúnela de los cuatro vientos, una vez santificada, en el reino tuyo que preparaste para ella. ¡Porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos!
¡Venga tu gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Maran atha! ¡Ven, Señor!”

Si se rezaba la oración del Señor, el Padre nuestro, se le añadía al final la doxología o alabanza que la Didajé nos ha conservado y que nosotros recitamos también en cada Misa:

“Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”.
Nos emocionamos, sencillamente, al saber que repetimos las mismas palabras de aquellos primeros hermanos nuestros en la fe.

San Pablo nos mandó algo muy importante con estas palabras, escritas no mucho tiempo antes de esta Eucaristía de Tróade: “Cada vez que coman este pan y beban este cáliz, anuncien la muerte del Señor, hasta que venga” (1Co 11,26)
Si esto mandaba Pablo, esto hizo él también en esta noche, y exclamó:
-¡El Señor murió por nosotros! ¡El Señor que resucitó, y que un día ha de volver!...
Hoy seguimos diciendo lo mismo que aquellos cristianos de hace ya casi veinte siglos:
-Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!

Con todo esto, vemos que la Iglesia, cuanto más avanza, más se apega al principio, a sus orígenes, a los Apóstoles, al mismo Señor Jesús.
El Señor lo mandó en la Última Cena: “Hagan esto como memorial mío”.
Los Apóstoles cumplían el mandato del Señor: “Hagan esto como memorial mío”.
Y nosotros no cambiamos nada.

Con esta página de los Hechos vemos confirmada siempre la verdad que se nos enseña hoy con ahínco: Donde está la Iglesia hay Eucaristía, y donde se celebra la Eucaristía allí hay Iglesia.

¡Bendita sea la presencia del Señor Jesús entre nosotros!...

Autor: Pedro García Misioneo Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Curación de un endemoniado

Marcos 9, 14-29. Tiempo Ordinario. Para grandes males, la única forma de resolverlos es con oración y ayuno.

En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte y llegó al sitio donde estaban los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué están discutiendo con ellos?» Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido» Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros». Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante, gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él». Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les dijo: «Esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración y el ayuno».

Reflexión

Algo que me llama la atención de este pasaje evangélico es la respuesta que da Cristo a sus discípulos a la última pregunta: "porque este tipo de demonios sólo se pueden echar con oraciones y ayuno".

¿Realmente tiene tanta importancia la oración? Parece que en los evangelios se nos muestra que sí, porque Cristo, cada vez que obraba el bien, elevaba su plegaria a Dios Padre para que le concediera la gracia que le pedía: "...gracias, Padre, porque me escuchaste, Yo sé que siempre me escuchas..." Además antes de tomar grandes decisiones o llevar a cabo acciones que le implicarían un gran sacrificio, Jesucristo ora: ora antes de escoger a los discípulos, ora antes de resucitar a Lázaro, hace una oración que es agonía en el huerto de Getsemaní antes de morir. La oración es el alimento del espíritu de Cristo, en su rato de descanso, en el que penetra en el santuario del amor divino para quedarse allí, solo con su Padre.

Ante el terrorismo, el aborto, la eutanasia... lo que podemos hacer es rezar. Aprendamos a orar, no sólo a rezar, para que nuestro rezo sea una ocasión de orar. Porque rezar es simplemente un repetir fórmulas hechas y se puede repetir sin meter el corazón. Orar significa platicar con Dios, decirle lo que sentimos, nuestros problemas, y encontrar en Él la paz y tranquilidad en los momentos duros. Orar no es difícil, es como platicar con una persona real que te ve y te escucha.

Haz la prueba y verás que Él está allí para escucharte.

Autor: José Rodrigo Escorza | Fuente: Catholic.net
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sábado, 21 de febrero de 2009

El ayuno, don total de uno mismo a Dios

"En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno." Benedicto XVI

¡Queridos hermanos y hermanas!

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor: la oración, el ayuno y la limosna, para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual).

En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer´ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo ! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma.

Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / La Transfiguración de Jesús

Marcos 9, 2-13. Tiempo Ordinario. En la Eucaristía, podemos decirle a Jesús "que bien se está aquí".

En aquel tiempo Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; - pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados.. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos observaron esta recomendación, discutiendo entre sí qué era eso de «resucitar de entre los muertos» Y le preguntaban: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?» Él les contestó: «Elías vendrá primero y establecerá todo; mas, ¿cómo está escrito del Hijo del hombre que sufrirá mucho y que será despreciado? POr lo demás Yo les aseguro que Elías ha venido ya y lo trataron a su antojo, como estab aescrito de él.

Reflexión

Hoy parece ser el día de la revelación del Señor. Nos ha asegurado que algunos de los presentes no morirían sin ver la gloria de Dios. Pues bien, ya nos lo ha mostrado el evangelio: "...y se transfiguró delante de sus discípulos..."

Durante su vida terrena, no sólo hubo una sola transfiguración, sino que hubo más revelaciones o manifestaciones de su divinidad: el Nacimiento anunciado a los pastores, la voz que clama al salir Él de las aguas después de su bautismo, la entrada en Jerusalén, la Eucaristía, su muerte en la Cruz, su resurrección y ascensión a los cielos...

Pero, ¿cuáles son las transfiguraciones de Cristo en estos días? Parece ser que hay una que todos los días se lleva acabo: la Consagración del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre. Esa es la mayor manifestación que hay en nuestros días. Allí no están presentes ni Elías ni Moisés, sino solamente la Trinidad que nos da la certeza de estar presenciando un acto misterioso y milagroso a la vez.

Cristo nos invita a verle en la Eucaristía con ojos de fe, y decirle como Pedro: ¿qué bien se está aquí, Señor? Él nos está esperando para que le encontremos en el sagrario. Él está allí, y se te transfigurará sólo si estás dispuesto a seguirle con humildad y amor.

Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
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viernes, 20 de febrero de 2009

No dejarse envenenar por el rencor

Pronto empezará la Cuaresma y sería bueno irnos "lavando" de palabras vacías, prejuicios, falsedades y de toda suciedad de la que estémos cubiertos.

El Papa Benedicto XVI nos llama a la purificación, para no dejar que el alma quede envenenada por el rencor. A la necesidad de la purificación interior, como condición para vivir la comunión con Dios y con los hermanos:

A esto exhorta el Jueves Santo, a no dejar que el rencor hacia los demás se vuelva veneno del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos de corazón los unos a los otros, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder dirigirnos todos juntos hacia el banquete de Dios».

Día tras día estamos como recubiertos de suciedad multiforme, de palabras vacías, de prejuicios, de sabiduría reducida y alterada; una multiplicidad de falsedades se filtra continuamente en nuestro ser más íntimo.

Todo esto ofusca y contamina nuestra alma, nos amenaza con la incapacidad ante la verdad o el bien. Si acogemos las palabras de Jesús con el corazón atento, éstas se revelan cómo verdadera limpieza, y purificación del alma.

Caridad y purificación son dos palabras que Jesucristo logró sintetizar con el gesto del lavatorio de los pies a sus discípulos.

Si acogemos las palabras de Jesús con el corazón atento, se convierten en auténticos lavatorios, purificaciones del alma, del hombre interior. A esto nos invita el Evangelio del lavatorio de los pies: a dejarnos siempre de nuevo lavar por esta agua pura, a ser capaces de la comunión con Dios y con los hermanos.

Pero del costado de Jesús, tras el golpe de la lanza del soldado, no sólo salió agua, sino también sangre. Jesús no sólo habló, no sólo nos dejó palabras. Se entrega a sí mismo. Nos lava con la potencia sagrada de su sangre, es decir, con su entrega "hasta el final", hasta la Cruz.

Su palabra es algo más que simplemente hablar; es carne y sangre "por la vida del mundo". En los santos sacramentos, el Señor se arrodilla nuevamente ante nuestros pies y nos purifica. Pidámosle que seamos cada vez más penetrados por el baño sagrado de su amor y de este modo quedemos verdaderamente purificados.

Tenemos necesidad del "lavatorio de los pies", el lavatorio de los pecados de cada día, y por este motivo necesitamos confesar los pecados».

Tenemos que reconocer que también en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Tenemos necesidad de la confesión tal y como ha tomado forma en el sacramento de la reconciliación. En él, el Señor nos lava siempre de nuevo los pies sucios y nosotros podemos sentarnos a la mesa con Él.

En la misa en la Cena del Señor. 20 marzo 2008

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Toma tu cruz y sígueme

Seguir a Cristo significa dolor, sufrimiento y abnegación; todo esto más la salvación eterna.

Marcos 8, 34-9,1

Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles
Y añadió: Yo les aseguro que algunos de los de aquí presentes no morirán sin haber visto primero que el Reino de Dios ha llegado ya con todo su poder.

Reflexión

¿Quién puede soportar estas palabras? ¿Seremos capaces realmente de seguir esta doctrina que se nos presenta hoy? ¿Podremos vivir el significado cristiano de la palabra abnegación?

Son algunas preguntas que se me presentan al leer este pasaje. Cristo es claro: seguirle significa dolor, sufrimiento y abnegación. Sí, significa todo esto más la salvación eterna. Pero ¿qué quiere decir eso de salvación eterna? Muy fácil, es la plenitud de la propia felicidad, es el cielo, vivido con Jesús y María, y todas las demás potestades.

Ya los antiguos, tenían la certeza que existía un mundo después de esta vida, por eso no tiene que extrañarnos que Jesucristo nos quiera dar como premio la vida eterna.

Con una motivación tan fuerte, el sacrificio propio queda transformado como un medio para llegar a tener la felicidad que anhelamos. Ofrezcamos los pequeños sacrificios de nuestra vida diaria, para que Dios los convierta en gracias de salvación.

Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
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jueves, 19 de febrero de 2009

Evangelio Diario / Confesión de Pedro


Nada puede estar por encima del amor a Dios y de su voluntad.

Marcos 8, 27-33

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas» Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo» Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó a parte y trataba de disuadirlo. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole:¡Quítate de mi vista, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Reflexión

¿Cómo es posible que un mismo hombre sea alabado y al poco rato denigrado? Cristo ensalza la grandeza de la obra de Dios, que nos da el conocimiento de los misterios de la vida de Cristo. Alaba el oído atento de Pedro que escucha con atención lo que el Señor le comunica a través de su espíritu Santo.

Pero también lo recrimina con palabras muy duras: ¡Apártate Satanás!, tú no piensas como Dios sino como los hombres. ¿Qué tiene de malo un poquito de amor a su Amigo que le lleva a buscar otras maneras de llevar a cabo el plan de Dios? En cierto sentido Pedro siente un amor intenso a Jesús ¡qué duda cabe! pero este amor no puede estar por encima del amor a Dios y de su voluntad.

No hay que buscar darle la vuelta al designio de Dios, más bien tenemos que adherirnos a él para ser plenamente felices. Aprendamos del Señor a ser coherentes con nosotros mismos de cara a Dios. Si somos cristianos, demos a la voluntad de Dios el lugar que le corresponde: el primero.

Autor: P. José Rodrigo Escorza | Fuente: Catholic.net
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En la frente... una cruz de ceniza bendecida

Pero los que están en la fila de la ceniza... ¡ni una mirada, ni un saludo, ni una reverencia a Dios que está escondido en el Sagrario!

Al comenzar la Cuaresma, tiempo penitencial para los católicos, vemos como infinidad de personas, quizá algunas que hace mucho tiempo no han acudido a la Iglesia, se forman en largas filas para que les marquen la frente con una cruz de ceniza bendecida.

Llegan, se forman en la fila, reciben la ceniza y se van... Personas buenas, almas cándidas quizá, que siguen una tradición que tienen carácter de ritual al que pudiera caber, en su entendimiento, algo mágico y que por nada del mundo dejarían pasar esta fecha sin llevar en su frente la huella de la ceniza.

Cosa buena es que esta tradición del Miércoles de Ceniza esté tan arraigada en el corazón de los fieles católicos.

Quizá todos los que estén en la fila sepan qué es lo que significa y que de ninguna manera es, ni obligación ni Sacramento.

Quizá todos vayan meditando -ya que de eso se trata- sobre el punto filosofal de que polvo somos y en polvo nos convertiremos.

Quizá todos deseemos empezar la Cuaresma con un acto de humildad y pidiendo perdón por nuestros pecados.

Tal vez, y esto esta muy bien, pero hay "algo" que no está bien.

Veamos: hemos entrado al Templo, estamos en la Iglesia, en la casa de Dios y no parecería posible entrar en esa casa y no saludar al Dueño, al Señor, al Dios Supremo Hacedor de todas las cosas, al Rey de Reyes, el Altísimo Señor, el Omnipotente que está en infinita humildad en el Sagrario en Cuerpo y Alma. Tan auténtico como cuando caminaba por las orillas del Jordán, tan real como cuando se sentó en el borde del pozo para pedirle agua a la samaritana, el mismo Dios, el mismo Cristo.

La puerta del Sagrario está cerrada, una luz roja parpadeante nos anuncia que está ahí el Señor, Dios nuestro.

Las personas están en la fila de la Ceniza... ¡ni una mirada, ni un saludo, ni una reverencia al Dios que está escondido en el Misterio de amor que es la Eucaristía!

¿Cómo es esto posible? ¿Será más importante llevar en la frente un signo de humildad que caer primero de rodillas ante el Sagrario y aunque no lo veamos con los ojos de la carne, decirle con los del alma: "Creo en Tí, Señor, y te amo", o simplemente con las palabras de Santo Tomás: "Señor mío y Dios mío" ?

Y ya que estamos en este tema diremos que ocurre lo mismo cuando algunas personas entran en la Iglesia y se van derechitas al Santo de su devoción. Se arrodillan, le piden quién sabe que cosa y se van. Tal vez no haya culpa, es falta de formación y de que no nos hayan dicho una y mil veces, hasta que nos cale, que al que tenemos que reverenciar y adorar es al Dios vivo que está presente con su Cuerpo, su Alma y su Divinidad en el Sagrario. Los grandes santos son intercesores de las gracias que pedimos ante Dios.

Tal vez también sea que creer en esto, es más difícil que creer en el poder del Santo. El culto a los Santos, - como nos dice en sus homilías Mons. George Chevort, no es obligatorio, sino facultativo." Pedirle a los Santos es como una etapa, como un escalón, no un término.

El objetivo de nuestra religión es la Santísima Trinidad que tiene derecho a nuestra adoración y de la cual proceden todos los bienes que necesitamos y el Mediador indispensable es Jesucristo, Hijo de Dios y hombre.

Glorifiquemos a Dios en sus Santos. Ahora bien, la primera de todos los Santos: no fuera de, sino en primer rango y un rango a parte, es la Bienaventurada Virgen María. La primera y aparte porque no solo es obra de Dios, sino que es la obra maestra de Dios. Es la Madre de Dios porque Ella difundió en el mundo la luz Eterna, Jesucristo Nuestro Señor.

¡Cuánta preparación y cuánta información sobre nuestra Fe nos hace falta para vivir y obrar como verdaderos cristianos!. Vivamos nuestra religión con orden y profundidad. Que seamos el ejemplo viviente para los que nos ven, que formándonos y estudiando podremos cumplir con los grandes misterios de nuestra religión tal y como nos lo enseña nuestra Santa Madre la Iglesia Católica y que imitando a los Santos entremos en esta Cuaresma con espíritu de oración y sacrificio.

Autor: Ma esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 18 de febrero de 2009

El paquete de galletas

Cuando todo nos parece evidente e intolerable, debiéramos tener el valor de preguntarnos si nuestras ideas son tan claras y comprobadas como pensamos

Aquella tarde llegó a la vieja estación y le informaron de que el tren en que ella viajaba se retrasaría casi media hora. La elegante señora, bastante contrariada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua, se dirigió hacia el andén central, justo donde debía llegar su tren, y se sentó en un banco dispuesta para la espera.
Mientras hojeaba su revista, un chico joven se sentó a su lado y comenzó a leer el periódico. De pronto, la señora observó con asombro que aquel muchacho, sin decir una palabra, extendía la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente. La mujer se sintió bastante molesta. No quería ser grosera, pero tampoco le parecía correcto dejar pasar aquella situación o hacer como si nada estuviera pasando. Así que, con un gesto manifiesto, quizá exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió manteniendo la mirada de aquel chico.

Como respuesta, el chico tomó otra galleta e hizo algo parecido, esbozando incluso una ligera sonrisa. Aquello terminó de alterarla. Tomó otra galleta y, de modo aún más ostensible, se la tomó manteniendo de nuevo la mirada sobre aquel muchacho tan atrevido. El dialogo de miradas y pensamientos continuó de modo un tanto grotesco entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, cuando en el paquete sólo quedaba la última galleta, ella pensó: «No podrá ser tan descarado». El chico alargó la mano, tomó la última galleta, la partió en dos y ofreció la mitad a la señora. «¡Gracias!», dijo la mujer conteniendo su rabia y al tiempo no queriendo manifestar exteriormente su enfado.

Entonces el tren anunció su llegada. La señora se levantó y subió hasta su asiento. Antes de arrancar, desde la ventanilla todavía podía ver al muchacho sentado en el andén y pensó: «¡Qué insolente, qué mal educado, qué será de este mundo con esta juventud!». Sintió entonces que tenía sed, por las galletas y por el disgusto que aquella situación le había provocado. Abrió el bolso para sacar la botella de agua y se quedó petrificada cuando encontró, dentro del bolso, su paquete de galletas intacto.

No es infrecuente que nos suceda esto. Muchas veces hacemos juicios rotundos, implacables, apodícticos. Pero con un pequeño detalle: están fundamentados sobre un dato supuesto que luego resulta ser equivocado. Y muchas personas tienden a hacer ese tipo de juicios de modo habitual. Presuponen con gran facilidad la mala acción o mala intención ajena, construyen enseguida una explicación de lo que creen que sucede, y deducen con rapidez una conclusión que luego les cuesta mucho variar. Son personas que manifiestan casi siempre un exceso seguridad, una especial predilección por las evidencias que no son tales, sobre todo cuando se trata de malinterpretar lo que hacen los demás. Es un fenómeno que suele ir asociado al victimismo, pues quien se ha acostumbrado a pensar mal de los demás suele ceder pronto a la comodidad del papel de víctima, que, aunque sea triste y amargo, refuerza siempre las explicaciones maquinativas y conduce a conclusiones irreductibles.

Cuando todo nos parece evidente e intolerable, debiéramos tener el valor de preguntarnos si nuestras ideas son tan claras y comprobadas como pensamos, si otorgamos a los demás al menos el beneficio de la duda, y si nosotros mismos resistiríamos un juicio tan demoledor como nosotros hacemos de los demás.

Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: Interrogantes.net


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63. De Tróade a Mileto y Jerusalén. Viaje problemático

Yo me encuentro dispuesto no sólo a ser atado, sino también a morir por el nombre del Señor Jesús.

Estaba Pablo en Corinto, después de los tres años legendarios de Éfeso, cuando le dicen algunos misteriosamente:

- ¿Vas a ir a Jerusalén? Anda con cuidado. Los judíos te han puesto una emboscada, y. vas a parar en el fondo de mar…
Pablo escucha sereno, y modifica los planes del viaje (Hch 20,1-36; 21,1-22)

Era la primavera del año 58. Marchan todos por tierra hasta Tróade, y aquí se presentó el primer episodio, recordado por Lucas:

“El primer día de la semana, estando reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía marchar al día siguiente, disertaba ante ellos y alargó la charla hasta la media noche”.

Todos escuchaban atentos, pero un muchacho se alejó algo del grupo, se sentó en el borde de la ventana para respirar mejor, quedó vencido por el sueño, y se alzó un grito enorme:

- ¡Eutiques se ha caído ventana abajo, está tendido en tierra y no da señales de vida!...

Gritos, lágrimas, lamentos… Pablo guarda la serenidad, baja desde el tercer piso hasta donde estaba el muchacho, se echa sobre él, lo toma en brazos, y trata de calmar a todos:
-¡No se alarmen! Su alma está dentro de él…

El milagro era patente. Lucas dice que todos se alegraron mucho, que siguió la fracción del Pan, y Pablo continuó hablando del Señor Jesús hasta el amanecer…

A los pocos días se hallaban todos en Mileto, hasta donde habían venido los ancianos de Éfeso, llamados por el mismo Pablo, para poder despedirse en ellos de aquella Iglesia tan querida. Pablo empezó a hablarles con emoción honda:

“Saben cómo me comporté entre ustedes desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas, entre las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los judíos…
“Cómo predicaba y enseñaba en público y por las casas para que creyeran en nuestro Señor Jesús”.

Pablo presentía lo peor, y prosiguió diciendo:
“Miren que ahora yo, encadenado en mi espíritu, me dirijo a Jerusalén sin saber lo que allí me sucederá.
“Solamente sé que el Espíritu Santo en cada ciudad me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones”.

Empezaba a subir la emoción en todos, sobre todo cuando Pablo les dijo:

“Yo sé que no me van a volver más ustedes, entre los que he predicado el Reino de Dios. “Pero no se desanimen.
“Y tengan cuidado de ustedes y de todo el rebaño, en medio del cual les ha colocado el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios”.

Casi con lágrimas en los ojos, les hace ahora Pablo la más triste profecía:

“Yo sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos rapaces que no perdonarán al rebaño, y también de entre ustedes mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos detrás de ellas”.

Después de oír estas palabras de Pablo, ya no nos extraña nada el encontrar en la Iglesia de todos los tiempos muchos falsos profetas que destrozan al Pueblo de Dios…

Pablo se defiende ahora ante posibles calumnias:

“Yo de nadie codicié ni oro ni plata ni vestidos. “Pues ustedes saben bien que estas manos proveyeron a mis necesidades y a las de mis compañeros, y trabajaron para socorrer a los necesitados, conforme a la palabra del Señor: “Hay mayor felicidad en dar que en recibir”.

¡Qué recuerdo este del Señor!

Es una palabra, una sentencia de Jesús, que no consta en los Evangelios. Estaba este dicho en la tradición viva de la primera Iglesia, como tantas otras tradiciones del Señor que no constan en la Biblia.

Pero la Iglesia las conserva frescas en su Tradición y las transmite hasta nuestros días tan puras como salieron de la boca de Jesús y de los apóstoles.

Al acabar Pablo de hablar, todos cayeron de rodillas, y nos sigue diciendo Lucas:

“Todos rompieron a llorar, y arrojándose al cuello de Pablo, le besaban, afligidos sobre todo por lo que les había dicho: que ya no volverían a ver su rostro. Y fueron acompañándole hasta la nave”.

No ha terminado todavía el viaje, y nos esperan aún otras emociones. Llega la nave a Tiro, y los discípulos de aquella Iglesia insisten a Pablo:

- ¡No subas a Jerusalén!

Pero Pablo se mostró inflexible:

- He de ir allá, pase lo que pase.

Acabados los siete días, dice Lucas, “todos nos acompañaron con sus mujeres e hijos, hasta las afueras de la ciudad. En la playa nos pusimos de rodillas y oramos; nos despedimos unos de otros; nosotros subimos a la nave, mientras ellos se regresaban a sus casas”.

En Cesarea se hospedaron todos en casa del diácono Felipe, el de los Hechos de los Apóstoles, el cual tenía cuatro hijas solteras, vírgenes entregadas al Señor, y dotadas del don de profecía, las cuales suplicaban e insistían también:

-¡Pablo, no subas a Jerusalén!

Aunque la palabra más grave para Pablo no le vino de las jóvenes profetisas, sino de Ágabo, profeta que llegaba de Judea.
Se acercó a los viajeros, agarró el cinturón de Pablo, se ató con él las manos y los pies, y dijo con gesto severo:

“Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al dueño de este cinturón, y lo entregarán en manos de los gentiles”.

Todos lloraban y rogaban a Pablo:

- No subas a Jerusalén. ¡Por favor, no subas!

Duro, muy duro. Pero Pablo respondía firme y resignado:

“¿Por qué lloran, destrozándome el corazón? Pues yo me encuentro dispuesto no sólo a ser atado, sino también a morir también en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”.

Lucas nos da la última palabra:

- No hubo manera. Como no se dejaba convencer, dejamos de insistir, y dijimos: “Hágase la voluntad del Señor”.

Llegamos nosotros también ahora a Jerusalén. Con el corazón prensado. Pero orgullosos de poder contar con un Pablo tan valiente.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 17 de febrero de 2009

El Cristo de la tolerancia

Nos viene muy bien el mirar a Jesús, que nunca trataba de imponer sus ideas, invitaba a que le siguieran.

Probablemente no hay ningún Cristo que lleve este nombre, pero si hay un “Cristo de los faroles” o “de los gitanos”... con mayor razón se puede hablar del “Cristo de la tolerancia”. Veamos: El 1995 fue el Año Internacional de la Tolerancia, mucho nos tememos que pasó sin pena ni gloria, aunque, a decir verdad, en mucha gente hay cada vez mayor predisposición para esta importante virtud.

Desgraciadamente, a lo largo de los siglos, las diversas religiones en general no sólo no la han promovido, sino todo lo contrario. El afán de “imponer”, como sea, a los demás las propias creencias ha dado origen a muchos odios y guerras. Y no han faltado cristianos afectados por esta lacra. Afortunadamente nada tiene que ver esta conducta con la manera de actuar de Jesucristo, ni con el pensamiento de la Iglesia claramente expresado en el Concilio. Precisamente Juan Pablo II en su carta ante el Tercer Milenio ha dicho: “Otro capítulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento está constituido por la aquiescencia manifestada con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad”.

Pero si bien es cierto que hubo épocas pasadas en las que se llegó a hechos extremos (como la Inquisición), hay que reconocer que en cierta manera en bastantes cristianos aun permanece vivo cierto espíritu inquisitorial. Curiosamente entre personas que se creen muy religiosas se puede dar una especie de afán de meterse en la vida de los demás, en juzgar a la ligera su modo de actuar, en condenar no a la hoguera, pero sí con ese fuego destructor que a veces es la lengua, como si ellos tuvieran el monopolio de la verdad. Por supuesto que también en las filas de los no religiosos se da esta misma actitud respecto de los creyentes.

Por eso nos viene muy bien el mirar a Jesús, que nunca trataba de imponer sus ideas. Invitaba a que le siguieran, pero nunca coaccionaba a nadie. Cuando terminaba de hablar solía decir: “el que tenga oídos para oír, que oiga”. Más bien Él fue víctima de la intolerancia de los sacerdotes, escribas y fariseos, a quienes criticaba por estar demasiado aferrados a la letra de la ley. Mientras éstos todo lo arreglaban con el cumplimiento estricto de las normas, Jesús dice que no ha sido creado el hombre para la ley, sino la ley para el hombre. Y así Jesús “violaba el sábado”, curando enfermos en días en que la ley lo prohibía; era criticado porque a veces no cumplían ni él ni sus discípulos las normas del ayuno; aunque respetaba el templo, lo relativizó (Para orar enciérrate en tu cuarto, adora a Dios en espíritu y en verdad); consideró injusta la ley que castigaba a la adúltera, daba más importancia al amor al prójimo que a ciertas leyes rituales ( Véase la parábola del Buen Samaritano). Cuando algunos de sus discípulos se celaban de que otros expulsaran demonios en su nombre, Él les reprendió. Otro tanto ocurrió cuando le pidieron que mandase fuego del cielo y consumiera a aquellos que no les quisieron recibir en una aldea de Samaría.

Todos sabemos que muchos de los amigos de Jesús, de las personas que le acompañaban, no se distinguían precisamente por su buena fama, llámense, Mateo, Zaqueo, Magdalena o la Samaritana... Jesús, en este sentido, pasaba ampliamente de los comentarios y cuchicheos de la gente. Era una persona verdaderamente libre. Por eso mismo era tolerante. O en todo caso, si alguna vez sacó el genio, fue precisamente con los intolerantes. Porque, eso sí, Jesús nunca renunció a sus firmes convicciones y a su lucha contra la mentira, la injusticia y el pecado, como tampoco nosotros debemos renunciar.

Digamos para terminar que aunque todo esto ya lo sabemos no está de más que refresquemos la memoria, pues en la práctica no pocas veces lo olvidamos, cayendo con frecuencia en la tentación de juzgar, de condenar, de querer imponer nuestros criterios... de distinguir “alegremente” entre buenos y malos (los malos los demás, los buenos nosotros), de creernos poseedores absolutos de la verdad, de no saber comprender al otro “y sus circunstancias” de entrometernos en ese recinto sacro que es la conciencia de los demás.

Santo Cristo de la Tolerancia, ruega por nosotros.

Autor: Máximo Alvarez | Fuente: Carholic.net
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lunes, 16 de febrero de 2009

62. Los apóstoles laicos. Pablo, animador y maestro


Meditaciones de San Pablo. Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, los hemos de ejercitar en la medida de nuestra fe

Recordemos una anécdota interesante:

Rodeado un día el Papa San Pío X con algunos Cardenales y colaboradores del Vaticano, les preguntó medio en broma medio en serio, como hablaba tantas veces él:

- ¿Qué creen ustedes que es lo más importante para la reforma de la Iglesia?... Y los interrogados, sabiendo las aficiones y preferencias del Papa, iban respondiendo:

- La enseñanza de la Doctrina…, la renovación litúrgica…, la devoción a la Eucaristía…

El Papa movía la cabeza negativamente a cada respuesta: -¡No!..., ¡No!...

Y al fin él, serio en medio de su buen humor:
- ¿Saben ustedes qué es lo más importante? Reunir en torno a cada párroco un grupo de seglares, que tomen responsabilidad de la Iglesia, que trabajen bajo la dirección de los Pastores, y pronto tendremos una Iglesia totalmente renovada.

¿Tenía razón aquel Papa tan providencial, San Pío X?...
Era cuestión de que la Iglesia dejase de considerarse tan clerical, a la vez de que los seglares o laicos tomaran conciencia de su responsabilidad de cristianos, los cuales tienen el derecho y el deber de trabajar por el Reino de Dios, por la Iglesia de Jesucristo, por la salvación de sus hermanos.

Todo ello, con los Pastores como dirigentes, pero también con la autonomía y libertad que les confiere su condición de laicos metidos en el corazón del mundo.

Llegó el Concilio, y, con su Decreto sobre el Apostolado de los Seglares, dio el espaldarazo a tantos laicos como hoy trabajan -vamos a usar palabras de San Pablo- como verdaderos apóstoles de las Iglesias y gloria de Jesucristo (2Co 8,23)

¿Ha inventado la Iglesia algo con esto del apostolado de los laicos?

¡No, ni mucho menos! La cosa viene desde al principio.

Si miramos los Hechos de los Apóstoles, y sobre todo las cartas de San Pablo, vemos que la actividad apostólica de los seglares es tan antigua como la misma Iglesia.

Comunidades eclesiales como Antioquía -y probablemente también la de Roma-, fueron fundadas por laicos, que llevaron desde Jerusalén la Buena Nueva del Señor Jesús.
Después, enterados los Apóstoles, mandaban sus delegados, o iban ellos mismos, para confirmar lo que el Espíritu Santo se había adelantado a hacer. Los apóstoles establecían presbíteros, organizaban y daban institución a una Iglesia iniciada por seglares.

En las cartas de San Pablo tenemos ejemplos admirables de apóstoles laicos, admirados, tan queridos y elogiados por Pablo. Los vemos en todas las cartas, pero el final de los Romanos es sumamente aleccionador.
Miremos a quiénes saluda:

Les recomiendo a Febe. Recíbanla en el Señor. Asístanla en todo lo que necesite, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo.
Saluden a Priscila y Áquila, colaboradores míos en Cristo Jesús, que expusieron sus cabezas por salvarme, y saluden también a la iglesia que se reúne en su casa.
Saluden a María, que ha trabajado tanto por ustedes.
Saluden a Urbano, nuestro colaborador en Cristo.
Saluden a Trifena, Trifosa y Pérside, que tanto se fatigaron y trabajaron mucho en el Señor (Ro 16,1-12).

¿Nos damos cuenta? Todos eran laicos. Y tal vez más mujeres que hombres.

El mero hecho de ser cristianos los autorizaba a colaborar con los apóstoles, obispos y presbíteros, e incluso a tomar ellos iniciativas importantes para el desarrollo de la Iglesia.

Pablo, al buscar y aceptar colaboradores, les dictaba la razón que los debía estimular:

- Miren que son miembros del Cuerpo de Cristo. Y cada miembro debe trabajar “según su actividad propia, para el crecimiento y edificación en el amor” (Ef 4,16)

Comentando esta razón de San Pablo, les dice el Concilio a los seglares:

“El que no contribuye según su propia capacidad al aumento del cuerpo debe considerarse como inútil para la iglesia y para sí mismo” (AA 2)
Pero, junto a la amenaza, el Concilio sabe animar:
“Insertos los seglares por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo y robustecidos por la confirmación, es el mismo Señor quien los destina al apostolado” (AA 3)

Aunque nos podemos preguntar: ¿Con qué auxilios cuenta el laico para el apostolado? ¿Qué gracia les da Dios?

Aquí vienen ahora los “carismas” del Espíritu Santo, el cual los reparte abundantes entre los laicos, hijos de la Iglesia, para que se entreguen a ella con generosidad, competencia, celo apostólico, y puedan hacer las maravillas que tantas veces nos toca contemplar.

El apóstol San Pablo es en esto el gran maestro. En las cartas a los Romanos (12,6-8), a los de Corinto (1ª, 12 y 14) y a los de Éfeso (4,11), enumera unas listas de carismas o dones del Espíritu Santo que nos dejan pasmados.
No todos los laicos valen para todos los apostolados, pero todos, hasta los más humildes, pueden ejercer ministerios valiosísimos. Pablo viene a decir a cada uno:

Tú, que sabes hablar, exhorta, predica, consuela. Haz de profeta.
Tú, que sabes instruir, trabaja como catequista.
Tú, doctor que dominas la doctrina del Señor, enseña con competencia.
Tú, que tienes tan buen corazón, dedícate a obras de misericordia con los necesitados.
Tú, tan diestro en oficios, sirve a la Iglesia en cosas materiales, a veces muy humildes.
Tú, inquieto siempre, propaga el Evangelio, habla, no te calles.
Tú, escritor y propagandista, difunde la Fe por “los medios”.
Tú, que eres líder por naturaleza, ponte al frente de los jóvenes inquietos y llévalos a todos al Señor.

Pablo puede seguir señalando con el dedo a cada uno y diciéndole lo que es capaz de hacer por el Señor en su Iglesia. Sus palabras son estimulantes:

“Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, los hemos de ejercitar en la medida de nuestra fe”

Entre las grandes gracias de Dios a su Iglesia en los tiempos modernos, resalta como ninguna la conciencia despertada en los laicos sobre su responsabilidad en el apostolado, conforme a la intuición de aquel Papa tan clarividente.

Sabemos lo que San Pablo hizo en Éfeso por medio de sus colaboradores -laicos en su inmensa mayoría-, con los cuales llenó del Evangelio toda la Provincia romana del Asia.
Y nos podemos preguntar: ¿Pensamos que los católicos seglares de hoy no pueden realizar maravillas semejantes?... Las pueden hacer, y las están haciendo.

Autor: Pedro García Misiopnero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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jueves, 12 de febrero de 2009

Ante la presencia de Jesús ...un consolador recuerdo

Prisionero tras la puerta de madera, me parece que oigo latir tu corazón y adivino el mirar de tus ojos en la espera.

Estoy aquí , Señor, vengo envuelta entre el tráfico, arrastrada en el vendaval del agitado mundo, de sus prisas, de sus noticias, que muchas veces dan escalofrío,... de música que no tiene armonía y melodía sino que ruidos estridentes y discordantes... de caras crispadas por gran impaciencia...

Las personas en medio de este mundo caótico se sienten solas y esa soledad abraza su espíritu con un abrazo de ahogo y tristeza infinita.

Así me sentía yo... y hoy vengo ante ti, mi amado Jesús, y el recuerdo, aunque lejano de un tiempo pasado, de una tarde como esta ante tu Presencia en el Sacramento de la Eucaristía, buscando lo que solo Tu podías entender, mis dolores, mis agobios... voy recordando:

La puerta de la pequeña Iglesia, de un pueblecito más pequeño aún, perdido en la serranía, dio un lastimero crujido cuando la empujé... la nave, humilde y sencilla, silenciosa y vacía...Tenía una luz que se filtraba atravesando unos ventanales en forma de arcos que le daban claridad a la semipenumbra del recinto, pero... ahí estabas Tu, al frente, ahí donde brillaba una lucecita roja que parpadeaba como si fuese la señal del latir de tu Corazón.

Despacio llegué hasta Ti...me puse de rodillas y suavemente fue brotando este pequeño verso ante aquel Sagrario, que ya nunca olvidaré...

Jesús : Ya no me importa la soledad,
ni el sufrimiento ya me acobarda...
Tu me enseñaste que es estar solo....
¡que es entregarse con toda el alma!

¿Cómo podré correr ansiosamente tras el lujo, la vida loca y vana,
si aprendí la mejor lección del mundo, en esta Iglesia, tan pequeña y olvidada?

¡Tu Rey de reyes, Tu que todo lo hiciste de la nada!
¡Encerrado en un Sagrario de madera
sin pulir, sin pintar....!
y sobre el altar, cuatro flores empolvadas!

¡Tu que Todo lo eres, te perdiste en la Nada...!.
¡Qué infinita humildad!.
Prisionero tras la puerta de madera, me parece que oigo latir tu corazón
y adivino el mirar de tus ojos en la espera ...

Han de ser tan dulces, tan sinceros....
han de ser tus ojos, Jesús mío,
la apoteosis de la luz y la belleza.

De tal modo se hirió mi corazón,
ante tanta grandeza y humildad,
que ahora vivo prisionera del recuerdo,
y ese recuerdo Divino es como un faro bendito, que alumbra mi oscuridad....

Este mi pequeño verso es mi mejor reflexión para adorarte y bendecirte, mi amado Jesús Sacramentado.

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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