miércoles, 31 de diciembre de 2008

La noche vieja

¿Qué pasó con aquellos deseos que brotaron en nuestro corazón al terminar de oír las doce campanadas y nos hicieron decir: "¡Ahora sí, este año sí!

Suenan las campanas en el reloj.

Son las 12. Las 12 de la noche.

Parece que los meses del año que termina, con sus días y sus horas se columpian en cada una de ellas... Doce meses, doce campanadas. El año se va. El año se acaba. Se esfuman los doce meses como en un conjuro de tiempo y eternidad. Los tuvimos en nuestras manos paro ya no volverán.

Fueron instantes nuestros, únicos e irrepetibles, vividos dentro de nuestro libre albedrío, hora tras hora y ahora se van, perdiéndose en la noche última del año. La noche vieja.

El poeta dice:

El indivisible tiempo
lo hemos dividido en años
y así decimos que pasa
cuando nosotros pasamos.

Así es, decimos que el tiempo se va cuando somos nosotros los que nos vamos. Decimos que el tiempo corre, que el tiempo vuela, pero los que corremos, los que volamos sobre el tiempo somos nosotros. El tiempo siempre está, el tiempo ni tiene tiempo, ni es joven ni viejo, nosotros si.

Las 12. Es Noche Vieja. Un año nuevo está por comenzar.

Las 12 horas del 31 de diciembre. ¿Qué hicimos con estos trescientos sesenta y cinco días? ¿Qué dijimos, qué pensamos una noche como esta pero del año pasado? ¡Cuántos planes, cuántas promesas, cuántos propósitos! ¿Somos los mismos de aquella noche de otras muchas noches o sentimos que fuimos limando las aristas de nuestro carácter, rellenando "baches" en los que caíamos una y otra vez, quitando obstáculos, que quizá amábamos pero que nos hacían tropezar en nuestro plan de ser mejores como seres humanos en nuestra plenitud y dignidad? ¿Qué pasó con aquellos deseos vehementes que brotaron en nuestro corazón al terminar de oír las doce campanadas y nos hicieron decir: "¡Ahora sí, este año nuevo sí!

Poco a poco se nos fueron aminorando las fuerzas, el entusiasmo, y llegó esa desgana o indiferencia por las cosas. La bruma de la rutina nos envolvió en sus días grises y nos heló el corazón y el coraje.

O no fue así... y sentimos que sí ha habido un cambio positivo. Que el sol del amor nos arropa y podemos repartir el calor que hay en nuestra alma a los demás. Que estamos en pie de lucha, que las 12 campanadas resuenan en nuestro corazón como el tañer de las campanas de la ermita invitándonos a orar.


Que cada campanada se un:

Perdón y gracias, Dios mío, me estás regalando otro año para crecer en la fe y en el amor a Ti y a los demás. El tiempo pasado está en Tus manos , el que comienza en las mías, pero quiero que Tu me acompañes a vivirlo!.


Y con el año que se va y el nuevo que comienza, en esta Noche Vieja, la más vieja del año, recordamos al poeta que nos dice:

Un año más, no mires con desvelo
la carrera veloz del tiempo alado
que un año más en la virtud pasado
un paso es más que te aproxima al cielo.

Y siguiendo con los versos terminaremos esta pequeña reflexión con uno que una noche como esta me inspiro:

Esta noche es "noche-vieja"
y yo hago un alto en mi camino,
sentada bajo la luna
abro mi alforja y la miro.
¿Qué es lo que tengo en ella?
Oro y plata:-Te lo cambio
por la sonrisa de un niño.

Quiero caminar descalza
por lo prados con rocío
quiero soltar mis amarras
y extender libre mis alas
y sentir mi poderío.

Poderío y libertad
olvidando el claro-oscuro
de ambiciones que esclavizan
tan pesadas como un yugo.

Esta noche es "noche vieja"
tengo el alma transparente,
cuando llegue el año nuevo
que me encuentre en la vereda
como quién vuelve a nacer,
sin sandalias ,sin alforja,
con la piel limpia de luna
las estrellas en mi pelo
y cantando el "aleluya".

Esta noche es noche vieja,
y yo tengo el alma nueva...
¡quién lo pudiera creer!

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
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martes, 30 de diciembre de 2008

¿Qué deseo en un año nuevo?

Este año será distinto si te abres a Dios, si rompes con tu egoísmo, si empiezas a vivir no para ti mismo, sino para tantos corazones que te encontrarás este año.

La pregunta me deja un poco inquieto. Porque sé que el “año nuevo” es simplemente una hoja de calendario, un cambio en los números, una simple tradición humana. Porque el tiempo escapa a nuestro control, y fluye sin cesar.

Pero casi todos, al llegar el año nuevo, damos una mirada al año que termina y soñamos en el año que comienza.

Lo pasado queda allí: fijo, inmodificable, casi pétreo. Con sus momentos buenos y sus fracasos, con sus sueños realizados y con los sueños que se evaporaron en el vacío, con las ayudas que me ofrecieron y con las ayudas que pude ofrecer a otros, con mis omisiones y mis cobardías.

Lo futuro inicia, como inició ayer, como inició hace un mes, como iniciará mañana.

Cada instante se presenta como una oportunidad que en parte depende de mi prudencia y de mis decisiones. En otra buena parte, depende de las decisiones de otros. En los dos casos, y aunque no siempre nos demos cuenta, depende de Dios.

De nuevo, ¿qué deseo en un año nuevo? Desearía la paz en Tierra Santa. Para que nadie privase a nadie de su tierra, de su casa, de su familia. Para que las religiones fueran vividas como lo que son: un camino para unir a los hombres bajo la luz de Dios. Para que la tierra donde vivió, murió y resucitó Cristo testimoniase con un estilo de vida nuevo la gran belleza del Evangelio.

Luego, desearía la paz en tantos lugares del planeta. Especialmente en África, donde todavía unos poderosos venden armas para la muerte pero no ofrecen comida para los hambrientos.

Querría, además, que desapareciese el aborto en todos los países del mundo. Lo cual no es ningún sueño imposible: basta con aprender a vivir responsablemente la vocación al amor para que ningún hijo sea visto como un “enemigo” o un obstáculo en el camino de la propia vida. Porque lo mejor que podemos hacer es vivir para los demás. Porque cada niño pide un poquito de amor y de respeto. Porque cada madre que ha empezado a serlo merece ayuda y apoyo, para que no le falten las cosas que más necesite durante los meses de embarazo y los primeros años de su hijo.

En este nuevo año me gustaría dialogar con quien piensa de modo distinto en un clima de respeto, sin insultos, sin desprecios, sin zancadillas. Porque si él y si yo somos humanos, porque si él y si yo queremos encontrar la verdad, podemos ayudarnos precisamente con una palabra nacida desde los corazones que saben escucharse y, más a fondo, que saben amarse...

El año que inicia querría tener más energías, más entusiasmo, más convicción, para enseñar a los otros lo que para mí es el tesoro verdadero: mi fe católica. Enseñarla, sobre todo, con mi vida. Querría ser, en ese sentido, más coherente, más bueno, más abierto, más disponible, más cercano. Especialmente cuando me encuentre con un pobre, con un enfermo, con una persona triste o desesperada, con quien llora porque sabe lo que muchos no se atreven a reconocer: que ha pecado. Porque sólo cuando me pongo ante mis faltas con honestidad clara y completa, descubro mi miseria y comprendo la de los otros. Y porque cuando reconozco mi miseria y la ajena puedo entender que necesitamos al único que puede limpiarnos con su palabra llena de perdón y de esperanza: Dios.

¿Qué deseo en un año nuevo? Quizá deseo demasiado. Quizá he soñado despierto. Quizá me he dejado llevar por una emoción inconsistente. Mientras, el reloj sigue su marcha, y, sin saberlo, me dice: este año será un poco distinto si te abres a Dios, si rompes con tu egoísmo, si empiezas a vivir no para ti mismo, sino para tantos corazones que encontrarás en los mil cruces de camino de este año que está iniciando...

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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viernes, 26 de diciembre de 2008

Recordar al festejado

Acoge a nuestro Rey que ha nacido en medio de la humildad. Pídele con todo tu amor que te permita cargarlo y acógelo en tu corazón.

Siempre me ha gustado pasar a saludar a los niños en sus salones de clases. Me parecen muy simpáticos en el momento en que dan su opinión personal o cuando hablan de algún tema en el que se sienten especializados.

Hace unos años fui a un colegio en el mes de diciembre. Para introducir una plática quise hacer participar a los niños preguntándoles cómo pasaban las fiestas navideñas en su familia. Varios levantaron la mano y me decían en pocas palabras lo primero que se les venía a la mente. "Ponemos el arbolito de Navidad". "Cenamos en casa de la abuela con mis tíos y primos". Vamos a esquiar a la nieve". "Nos quedamos en casa". "Abrimos los regalos que nos trae Santa Claus".

Recibí todo tipo de respuestas, pero, para mi asombro, no obtuve la que deseaba. En la última fila de bancas vi una niñita rubia con la cabeza agachada. Le pregunte: "y tú ¿qué haces durante las fiestas navideñas con tu familia?". Levantó la cabeza y se me quedo viendo con sus inmensos y luminosos ojos azules. Me respondió con una voz apagada y tímida que apenas era impulsada por el aire de sus pequeños pulmones: "festejamos el nacimiento del niño Jesús". ¡Esa era la respuesta que esperaba!

Es excelente planear unas buenas vacaciones familiares. También ayuda al ambiente festivo y de alegría una casa con adornos navideños. Pero no podemos preocuparnos tanto de todo ello, y "Sagrada Familia fuera de casa". En ocasiones descubrimos que la gente se ha olvidado de lo fundamental.

Claro que no nos hemos ido hasta ese extremo. Nuestras tradiciones religiosas en la celebración de la Navidad siguen vivas. Es hermoso ver a las familias preparándose con entusiasmo en la presentación de pastorelas. Las tradicionales posadas aún continúan. A veces hasta nos llevamos al burro a la fiesta para subir a la muchacha que representará a la Virgen María. Las piñatas, los aguinaldos, los tamales. Decoramos nuestros "nacimientos" con figuritas, luces, musgo y heno. Todo esto nos trae muchos y buenos recuerdos.

Refleja un corazón sensible a la fe. Una fe sencilla y llena de amor. El niño Jesús todavía está en el nacimiento de nuestras casas y lo acogemos en el "pesebre" de nuestros corazones.

Lo importante es no pasar estas celebraciones acostumbrados por ser un año más. Es necesario que reflexionemos en el sentido de la venida de nuestro Salvador a este mundo. Si Él vino por amor, con ese mismo amor hay que recibirlo.

Dos mil años han pasado. Nadie lo recordaría en la historia, pero ese niño hoy es todo un acontecimiento. Está en la mente y en los corazones de millones de personas.

Nació en Belén, un pueblito de Judea; sigue naciendo en cada uno de nosotros. Vivió en Nazareth; hoy habita en casi todos los rincones de nuestro planeta. Ni siquiera fue reconocido como príncipe en sus tiempos; ahora lo veneramos como el Rey de reyes.

Es el Niño Jesús quien nos recuerda su amor naciendo nuevamente esta Navidad. Es Él quien vino. ¿Estamos celebrando su venida entre nosotros?

Recuerda el maravilloso misterio de amor y reza. Acoge a nuestro Rey que ha nacido en medio de la humildad. No sólo hay que contemplar cómo María, su madre, lo acuesta en el pesebre. Pídele con todo tu amor que te permita cargarlo en tus brazos y acógelo en tu corazón.

Ese niño ha venido al mundo por ti y por mí. Nos trae el amor y la salvación. ¿Cómo no lo vamos a acoger preparando nuestro pesebre? ¿Cómo no vamos a prepararle un lugar en nuestro corazón?

Autor: Javier González Bejarano | Fuente: Catholic.net
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martes, 23 de diciembre de 2008

¡Se quedó sin nada!

Detente un momento ante esa cueva.¿Ves ese niño indefenso? Es Dios, es el único Redentor.

Quienquiera que seas,
detente un momento ante esa cueva.
¿Ves ese niño indefenso?
Es Dios, es el único Redentor.

Es para ti.
Si te sientes muy pecador…
É1 te dice que tienes perdón.
Si estás muy desesperado…
Él te ofrece la alegría de vivir.
Si eres pobre…
piensa que Él es más pobre que tú
y que es pobre por ti.

Si crees que no hay camino para encontrar la paz…
El es el Camino.
Si crees que todo es farsa y mentira
en la vida y en la sociedad…
Él es la Verdad.
Si crees que la vida no tiene sentido ni valor…
Recuerda que Él es la Vida.

Tú que te has detenido ante muchos palacios,
y tiendas, y salas de fiestas,
sin encontrar lo que buscas…
nada pierdes con intentar
comprar a ese Niño el amor,
la vida y la paz.
Y Él a cambio te pide
una pequeña limosna de amor.

Se quitó los rayos, se quitó la fuerza
y se quedó sólo con el amor.

Si te hacen un pequeño favor,
das las gracias.
Si el favor es muy grande,
sientes la obligación de agradecerlo muchísimo más.

El favor que Dios te hace volviéndose hombre por ti,es mayor que el mar, mayor que el cielo,
mayor que todo.

Pero dime si alguna vez le has dicho ¡gracias!,
como a los que te hacen pequeños favores.

Nadie te ha amado como Él.
Nadie te amará como Él.
Mucho ama el que mucho perdona.
El te ha perdonado lo que nadie te perdonaría.

Pedir una limosna de amor para Él, ¿es mucho pedir?
Vivir la Navidad en paz con Dios,
¿es mucho pedir?

Me atrevería a sugerirte una cosa:
Si tú, como adulto, no sabes amar a ese Niño-Dios,
deja a tus hijos que lo amen,
diles que lo amen por ti,
que disfruten la Navidad por ti.

Se quitó los rayos, se quitó la fuerza
y se quedó sólo con el amor.
Yo me quito la careta de hipocresía,
mi coraza de pecador
y me quedo sólo con la gratitud.

Autor: P Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net
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viernes, 19 de diciembre de 2008

Una invitación... de Jesús

Entre las postales o los mensajes que me lleguen durante estos días, el más importante viene del Corazón de Cristo.

Llega la Navidad. Para algunos, un tiempo de descanso. Para otros, momentos de inquietud: salen a la luz tensiones y problemas que uno, a veces, puede ocultar gracias al trabajo. Para los cristianos, un momento de fiesta: ¡nace el Salvador!

Para Dios, ¿qué es la Navidad? Dios no tiene tiempo, lo sabemos. Pero entró en el tiempo. Jesús sigue siendo Hombre en el cielo: cada Navidad “recuerda” que es su “cumpleaños”.

Ese día (lo hace todos los días, pero también en Navidad) mirará al mundo con cariño inmenso. Buscará, como hace más de 2000 años, a la oveja perdida. Pensará en su pueblo, en su raza, en quienes viven en Tierra Santa entre de odios tristes, angustias profundas, lágrimas por los fallecidos y los ausentes.

Mirará el corazón de cada hombre, de cada mujer, para mendigar algo de cariño. Más aún, para ofrecer su Amor, para derramar bálsamos de ternura, para vendar heridas profundas, para animar buenos deseos que no acaban de hacerse realidad.

Me mirará también a mí, con mi historia, con mis penas, con mis esperanzas, con mis angustias, con mi generosidad. Querrá decirme que sintió frío porque quería calentar mi corazón egoísta, que pasó sed porque venía a darme agua viva, que conocerá el hambre porque se convertirá en el Pan que se inmola por el mundo.

Entre las postales o los mensajes que me lleguen durante estos días, el más importante viene del Corazón de Cristo. Me invita a abrir el Evangelio, a descubrir que los pobres son llamados al banquete, a recordar que el pecador no es condenado, a vivir en la alegría profunda del perdón divino. Me buscará, aunque tenga que pasar entre abrojos, para tomarme sobre sus hombros, para llevarme nuevamente a casa, para sentarme en un banquete eterno.

Llega la Navidad. La invitación de Dios descansa sobre mi mesa de trabajo o en lo más profundo de mi espíritu hambriento de esperanzas. Es una invitación sencilla y perfumada, amable y sugestiva, bondadosa y humilde. Como todo lo que viene de Dios, que abraza a los que se hacen como niños, a los que viven con la sencillez propia de quienes se sienten muy amados.

Autor: P Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 18 de diciembre de 2008

El silencio de san José

Dejémonos "contagiar" por este silencio. Nos es muy necesario, en un mundo ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios.

En estos últimos días del Adviento, la liturgia nos invita a contemplar de modo especial a la Virgen María y a san José, que vivieron con intensidad única el tiempo de la espera y de la preparación del nacimiento de Jesús. Hoy deseo dirigir mi mirada a la figura de san José. (......)

Desde luego, la función de san José no puede reducirse a un aspecto legal. Es modelo del hombre "justo" (Mt 1, 19), que en perfecta sintonía con su esposa acoge al Hijo de Dios hecho hombre y vela por su crecimiento humano. Por eso, en los días que preceden a la Navidad, es muy oportuno entablar una especie de coloquio espiritual con san José, para que él nos ayude a vivir en plenitud este gran misterio de la fe.

El amado Papa Juan Pablo II, que era muy devoto de san José, nos ha dejado una admirable meditación dedicada a él en la exhortación apostólica Redemptoris Custos, "Custodio del Redentor". Entre los muchos aspectos que pone de relieve, pondera en especial el silencio de san José. Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina. En otras palabras, el silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino, al contrario, la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos.

Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia.

No se exagera si se piensa que, precisamente de su "padre" José, Jesús aprendió, en el plano humano, la fuerte interioridad que es presupuesto de la auténtica justicia, la "justicia superior", que él un día enseñará a sus discípulos (cf. Mt 5, 20).

Dejémonos "contagiar" por el silencio de san José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios. En este tiempo de preparación para la Navidad cultivemos el recogimiento interior, para acoger y tener siempre a Jesús en nuestra vida.

Meditación del Ángelus. Domingo 18 de diciembre de 2005

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 17 de diciembre de 2008

49. Con las obras del Espíritu. El vencedor de todo mal

¡No hay manera! Quiero hacer el bien, y me encuentro haciendo siempre el mal…

Un sacerdote de criterio riguroso se enfrenta con la directora de un grupo de la Renovación Carismática, y le suelta con brutal sinceridad:

- No entiendo su cristianismo ni su espiritualidad. Cantos, aplausos, éxtasis, dicen que lenguas también…, ¿y a qué viene todo esto? ¿hay algún cambio en la vida? ¿alguna obra social en un mundo que necesita acción?...

Les miro a ustedes y esto es lo que yo presiento, lo que adivino, lo que veo en todos los que asisten a sus reuniones.

La señora callaba con educación. Y respondió con mesura:

- ¿De veras que lo ve todo? Desde que yo estoy metida en el grupo no he tenido un día tranquila. Ahora sé lo que es complicarse la vida. Y todo, porque procuro hacer caso al Espíritu Santo, que me dice continuamente: “Vete aquí, vete allá; haz esto, haz aquello”… Y en especial porque siento en mí la dos fuerzas del bien y del mal. O le hago caso a la carne o le hago caso al Espíritu. La lucha se ha convertido en algo habitual. Vivo la paz del alma porque he aprendido a vencerme, siempre bajo la guía del Espíritu Santo y con Él a mi lado…

El sacerdote exigente escuchaba silencioso, y al fin reconoció con lealtad:

- Señora, retiro mi palabra. Y le doy la razón. Sólo con un duro batallar se conquista esa paz que es don tan preciado del Espíritu.


¿A qué viene este recuerdo, vivido en una reunión de carismáticos?

Hablamos de Pablo, que era un hombre de lucha, y toda su vida fue un pelear continuo. Peleaba por la fe primeramente, y después por la virtud cristiana, precisamente bajo la acción del Espíritu Santo.

Según San Pablo, ¿cuál es la realidad que arranca de Adán, esa realidad que llamamos el pecado original, el de la humanidad entera, y que Pablo nos ha descrito magistralmente?...

Nos dice el apóstol textualmente:

- Veo en mí una fuerza divina, ideales sobrehumanos, ansias infinitas de subir hasta Dios… Con todo, me es imposible. ¡No hay manera! Quiero hacer el bien, y me encuentro haciendo siempre el mal… (Ro 7,15-20)

Ante esta ley interna que Pablo siente en sí mismo - aunque vive transformado en Cristo Jesús, y sabe que es la realidad dura de cada cristiano-, viene a decirnos:
-¡No teman! Eso es lo que nos dejó nuestro primer padre Adán.

Pero vino después Jesucristo, y con Él su gracia, su fuerza, su Espíritu.

La vida será una lucha; pero la victoria la tienen segura “los que se dejen llevar por el Espíritu y no hacen caso de los apetitos de la carne” (Ga 5,16-26)

Es lo que Pablo nos enseña hoy, con esta página aleccionadora de los Gálatas y que tiene como protagonista, nada menos, que al Espíritu Santo.

El cristiano siente en sí dos voces:

- ¡Sígueme!, le dice una, tiránica, la del enemigo que miente.
- ¡No le hagas caso, y vente conmigo!, le sugiere finamente el Espíritu.
¿Por cuál de las dos voces se va a tirar?...

El cristiano fue regenerado en el bautismo. Le invadió la vida divina. Se vio convertido en hijo o hija de Dios.
Proporcionalmente, escuchó lo mismo que María:
- ¡Tienes el alma llena de gracia!

O lo mismo que Jesús en el Jordán:
-¡En este mi hijo, en esta mi hija tengo todas mis delicias!

Pero no obstante esa maravilla, la naturaleza humana -el cuerpo de muerte, como lo llama San Pablo- sigue con la dentellada del pecado original clavada en sus carnes.

¿Y qué ocurre entonces? Que el mal, el pecado -instigado siempre además por Satanás-, acecha a la gracia, la quiere destruir, trata de matar al Cristo que vine en el bautizado.

Pero dentro está el Espíritu Santo, que invade todo el ser del cristiano, el Espíritu que da fuerza, y sugiere, y anima, y actúa.

Entonces, la carne y el Espíritu van actuando cada uno a su manera, según les permita el cristiano.

¿Le deja actuar a la carne?...

Entonces la carne realiza sus obras detestables, enumeradas así por San Pablo: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, magia, enemistades, riñas, celos, enfados, ambiciones, discordias, divisiones, envidias, orgías, bacanales y otras cosas semejantes.

Para espantarse. Pablo lo sabe mejor que nadie, y por eso añade con verdadero miedo:
-Recuerden que les dije: los que practican tales desmanes no heredarán el Reino de Dios.

Después de este cuadro tenebroso, viene lo interesante de verdad. Y ante esas brutalidades sugeridas y ordenadas por Satanás, ¿qué hace el cristiano que no hace caso al enemigo, sino que sigue las insinuaciones tan amorosas del Espíritu Santo?

San Pablo las enumera con aire triunfal:

-¿Quieren saber cuál es la obra del Espíritu Santo en ustedes y el fruto que produce? Apréndanlo: amor, alegría, paz, magnanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí.

Para entusiasmarse. Esto es maravilloso. Pablo lo sabe, y por eso añade con júbilo:

-¡Ánimos! Contra ustedes no hay ley que valga. Son libres del todo. Porque no están esclavizados a nada ni nadie, más que a Cristo Jesús. ¡Éste es el premio que tienen por seguir la voz del Espíritu Santo!

Vendrá entonces la pregunta:

- ¿Qué hay que hacer para que triunfe el Espíritu Santo y no Satanás, el espíritu del mal?

Y Pablo responderá:

- Es lo que yo me pregunté, y me respondí a mí mismo: “¡Pobre de mí! ¿Quién me podrá librar de este cuerpo de muerte?... ¡Gracias sean dadas a Dios, que tengo el remedio a mano! ¡La gracia de Dios por Jesucristo, Señor nuestro!” (Ro 7,24-25)

Estas dos páginas gemelas de Gálatas y Romanos plantean al bautizado frente a la lucha por la virtud cristiana.
Los dos generales que dirigen la batalla son:

el uno Satanás, que tiene como gran aliada la naturaleza caída;

y otro el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que se nos ha dado.

Dicen los más autorizados comentaristas de la Biblia que la sentencia clave de Pablo en esta carta a los Gálatas es ésta tan precisa:

“Lo que vale en Cristo Jesús es la fe que actúa por la caridad” (Ga 5,6)Un amor que siempre está en movimiento, es un amor triunfador.

La señora aquella que aplaudía y cantaba y se extasiaba al ritmo del Espíritu Santo, sabía también luchar, y por el Espíritu gozaba de tanta paz…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 16 de diciembre de 2008

Adviento es un período para abrir los ojos

Volver a centrarse, prestar atención, tomar conciencia de la presencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas.

El Adviento no cambia a Dios. El Adviento profundiza en nuestro deseo y en nuestra espera de que Dios realice lo que los profetas anunciaron. Rezamos para que Dios ceda a nuestra necesidad de ver y sentir la promesa de salvación aquí y ahora.

Durante este tiempo de deseo y de espera del Señor, se nos invita a rezar y a profundizar en la Palabra de Dios, pero estamos llamados ante todo a convertirnos en reflejo de la luz de Cristo, que en realidad es el mismo Cristo. De todas formas, todos sabemos lo difícil que es reflejar la luz de Cristo, especialmente cuando hemos perdido nuestras ilusiones, cuando nos hemos acostumbrado a una vida sin luz y ya no esperamos más que la mediocridad y el vacío. Adviento nos recuerda que tenemos que estar listos para encontrar al Señor en todo momento de nuestra vida. Como un despertador despierta a su propietario, Adviento despierta a los cristianos que corren el riesgo de dormirse en la vida diaria.

¿Qué esperamos de la vida o a quién esperamos? ¿Por qué regalos o virtudes rezamos en este año? ¿Deseamos reconciliarnos en nuestras relaciones rotas? En medio de nuestras oscuridades, de nuestras tristezas y secretos, ¿qué sentido deseamos encontrar? ¿Cómo queremos vivir las promesas de nuestro Bautismo? ¿Qué cualidades de Jesús buscaremos para nuestras propias vidas en este Adviento? Con frecuencia, las cosas, las cualidades, los regalos o las personas que buscamos y deseamos dicen mucho sobre quiénes somos realmente. ¡Dime qué esperas y te diré quién eres!

Adviento es un período para abrir los ojos, volver a centrarse, prestar atención, tomar conciencia de la presencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas.

Adviento ofrece la maravillosa oportunidad de realizar las promesas y el compromiso de nuestro Bautismo.

El cardenal Joseph Ratzinger ha escrito que "el objetivo del año litúrgico consiste en recordar sin cesar la memoria de su gran historia, despertar la memoria del corazón para poder discernir la estrella de la esperanza. Esta es la hermosa tarea del Adviento: despertar en nosotros los recuerdos de la bondad, abriendo de este modo las puertas de la esperanza".

En este tiempo de Adviento, permítanme presentarles algunas sugerencias:

Acaben con una riña. Hagan la paz. Busquen a un amigo olvidado. Despejen la sospecha y sustitúyanla por la confianza. Escriban una carta de amor.

Compartan un tesoro. Respondan con dulzura, aunque les gustara una respuesta brutal. Alienten a un joven a tener confianza en él mismo. Mantengan una promesa. Encuentren tiempo, tómense tiempo. No guarden rencor. Perdonen al enemigo. Celebren el sacramento de la reconciliación. Escuchen más a los otros. Pidan perdón si se han equivocado. ¡Sean gentiles aunque no se hayan equivocado! Traten de comprender. No sean envidiosos. Piensen antes en el otro.

Rían un poco. Ríanse un poco más. Gánense la confianza. Opónganse a la maldad. Sean agradecidos. Vayan a la iglesia. Quédense en la iglesia más de tiempo de lo acostumbrado. Alegren el corazón de un niño. Contemplen la belleza y la maravilla de la tierra. Expresen su amor. Vuélvanlo a expresar. Exprésenlo más fuerte. Exprésenlo serenamente.

¡Alégrense porque el Señor está cerca!

Autor: P. Thomas Rosica | Fuente: Catholic.net
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lunes, 15 de diciembre de 2008

48. ¿Está María en San Pablo?... ¿Probamos a ver?

Pablo, sin poner el nombre de María, la cita una sola vez expresamente a Ella, ¡y vaya lo que nos dice de la Virgen!

¿Quieren saber, amigas y amigos, la lamentación y la pregunta que se me dirigió un día?… Fue ésta:

- ¡Ay! ¡Cómo siento no encontrar en las cartas de San Pablo nada sobre María! No sabe lo que me hubiera gustado el que Pablo nos dijera algo acerca de la Virgen!...

¿Por qué no se le ocurrió escribir algo sobre la Madre de Jesús?...
Esto, lo que se me dijo una vez.
Pero, ¿tenía razón quien así se lamentaba y quien hacía esa pregunta?...

No, no tenía razón alguna. Porque Pablo, sin poner el nombre de María, la cita una sola vez expresamente a Ella, ¡y vaya lo que nos dice de la Virgen!

Al pensar en sus palabras, nos encontramos con que María es la Madre de Dios y la Ma-dre nuestra. Es decir, confiesa la mayor grandeza de la Virgen-Madre, la mayor altura a que ha podido ascender una mujer: ¡Madre de Dios y Madre de todos los redimidos!

Empecemos por las palabras de Pablo, que dice escribiendo a los de Galacia:

“Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para liberar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la condición de hijos” (Gal 4,4-5)

Miremos lo que teólogos eminentes y doctores en Sagrada Escritura nos dicen sobre estas palabras de Pablo, tal como las debemos leer en la Biblia.

Esta expresión, “Cuando llegó la plenitud de los tiempos”, nos lleva atrás, muy atrás, en los días de la Biblia.

Hasta David, cuando el rey judío recibe del profeta Natán el anuncio de que Dios le va a dar un vástago que será el Mesías, el Rey de los siglos eternos (2S 7,12-16)

Hay que subir más atrás aún, hasta los Patriarcas como Abraham, a quien Dios prometía un descendiente, en el cual serían bendecidas todas las naciones del mundo (Gn 12,3)

Pero hay que ir más atrás todavía, al paraíso, cuando peca Adán, y Dios le dice al demonio escondido en la serpiente: “Voy a poner enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ese descendiente de la mujer te machacará la cabeza” (Gn 3,15)

Sin embargo, aún no estamos en lo último. Hemos de hundirnos en la eternidad de Dios, cuando Dios, como nos dice Pablo, nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo y decretó la encarnación de su Hijo (Ef 1,4)

Al ver Dios a su Hijo que se hacía Hombre, veía también, sin poderla separar de Él, a la Mujer que le iba a dar la carne nuestra, la naturaleza nuestra, la que le iba a hacer un Hombre como nosotros.

Por lo mismo, ¿dónde estaba María cuando Dios tomaba estas determinaciones y hacía estas promesas? María estaba en la mente de Dios, como la Mujer elegida que había de dar carne al Hijo de Dios, el cual sería Dios por ser el Hijo Unigénito de Dios, y sería también Hombre, hijo de una Mujer.

La Biblia llama “la plenitud de los tiempos” al momento oportuno en que había de venir al mundo el Cristo prometido. Cumplida esa “plenitud de los tiempos” recordada por Pablo, ahí estaba a punto María, la predestinada por Dios desde toda la eternidad para ser la Madre de Jesucristo su Hijo.

Al analizar las palabras de Pablo, nos encontramos con algo sorprendente. En el pueblo judío la mujer no figuraba para nada legalmente, sino sólo el varón. Por lo mismo, el Cristo debía venir y citarse siempre por el padre, nunca por la madre.

Y así lo vemos en la genealogía del Evangelio. Pero Mateo, al llegar a José -con nombres sólo de varones, uno tras otro, como descendiente de David y de Abraham-, detiene su lista, y salta con sorpresa a estas palabras:

“José, el esposo de María, de la cual nació Jesús” (Mt 1,16)

No entra José para nada como padre de Jesús.

Jesús no tiene más Padre que Dios, ni más Madre que María, una MADRE-VIRGEN.

Pablo dice lo mismo que el Evangelio: “Dios mandó a su Hijo nacido de mujer”.

Expresión clarísima de Maria la VIRGEN, tal como pensaba y lo sabía la Iglesia primitiva, conforme lo escribieron el Evangelio de Mateo y especialmente el de Lucas (Lc 1,35)

Pablo supo todo esto directamente de los apóstoles que habían estado con Jesús. Nos dice él mismo que conversó ampliamente con Pedro, con Santiago el pariente del Señor, y vio a Juan, el cual tenía consigo a la misma Virgen María (Hch Gal 1,18-21)Por todos ellos se enteró Pablo muy bien de los orígenes humanos de Jesús.

“Dios nos dio su Hijo, hecho de mujer, para que nosotros seamos hijos de Dios”. ¿Nos damos cuenta bien de lo que Pablo afirma?

Pablo, al saber el origen humano de Jesús, no pudo hablar mejor de María. En sus palabras hallamos esta confesión fundamental de nuestra fe: Jesús es verdadero Dios y verdadero Hombre, tan perfecto Hombre como perfecto Dios.

Y dice mucho más este afortunado texto de los Gálatas: por haber nacido Jesús de María, nosotros somos hijos de Dios.

Había llegado la plenitud de los tiempos.
Dios nos adoptaba como hijos suyos ya en el seno de María. Hijos adoptados, pero hijos de verdad, porque nos comunicaba su misma naturaleza divina en Cristo Jesús. Por Jesús, el Hijo de Dios e Hijo de María, los esclavos de la Ley se habían convertido en hijos amados de Dios.

La Maternidad de María se nos muestra aquí en todo su esplendor.

María es plenamente Madre, totalmente Madre.

María es Madre de Cristo, porque le dio su ser de Hombre.

María, al ser Madre de Cristo, es Madre de Dios, porque Cristo es Dios.

María es Madre nuestra, porque nos llevó con Cristo encerrados en su seno bendito.

Dios había elegido a María desde toda la eternidad para confiarle la misión más grandiosa que podía caber en una mujer: ser totalmente Madre, con una Maternidad que supera en grandeza los cielos y abarca en su amplitud a todas las gentes de la tierra. No cabe otra interpretación de las palabras de Pablo.

En esta misión grandiosa y sublime de María, elegida por Dios desde toda la eternidad, se fundamenta el culto que los cristianos tributamos a María. Honrando a María, la gloria de este culto termina en Cristo su Hijo, de quien le viene a María, la Virgen Madre, toda su grandeza.

Jesús, Hijo de Dios, es también Hijo de María, una Madre Virgen. Y siendo Madre de Jesús, es por lo mismo Madre espiritual de todos los redimidos.

María, Madre de Dios.

María, Madre nuestra.

¡Gracias, Pablo, por lo bien que nos lo has dicho!...


Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net Continua Leyendo...

miércoles, 10 de diciembre de 2008

47. Con las Llagas de Cristo. Y con Pablo, otros y otros

El cristiano, guiado por el Espíritu Santo, ha visto los clavos de Jesucristo y sus llagas en los sufrimientos de la vida.

La carta de Pablo a los de Galacia termina con unas palabras tan misteriosas como su-blimes:

“¡Déjenme en paz! ¡No me sigan molestando más! Porque yo llevo en mi cuerpo las llagas de Jesús…

Estoy clavado en la misma cruz con Cristo…

Y lejos de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo" (Ga 2,20; 6, 14 y 17)

¿Qué significó esto de las llagas en Pablo, qué significa en la vida cristiana?...
Pablo ve en las llagas de Cristo, en las señales del martirio, el sello de su pertenencia a Cristo y la garantía de su apostolado.

Usaba Pablo con esas palabras una comparación trágica. Los estigmas eran las señales, marcadas con hierro rusiente, que se le imprimían en el cuerpo al esclavo para indicar el señor o dueño al que pertenecía.

Pablo se llamaba a sí mismo “esclavo de Jesucristo”, y venía a decir ahora:

¿Soy de veras de Jesucristo? ¿Soy su apóstol?... ¡Mírenme bien! No puedo esconder los estigmas de Cristo en mis carnes. Los azotes sin cuento, y las pedradas que en Listra me dejaron por muerto, dicen bien a las claras a quien pertenezco: ¡Soy de Jesucristo, y de nadie más!

Pero vienen ahora las preguntas inquietantes:

¿Fue sólo Pablo el que llevó las llagas de Cristo marcadas en su cuerpo?

¿Habla Pablo solamente de sí mismo o bien de todos los cristianos?

¿Qué quiere decir con esas palabras: llagas, marcas, divisas?...

Pablo se remonta con ellas a otro hecho muy superior: a la crucifixión de Jesucristo que por el bautismo sufre cada cristiano.
Es una crucifixión mística, misteriosa, espiritual, moral.

Si todos los bautizados llevan místicamente señaladas en su alma y en su ser de cristianos las llagas de Cristo, ha habido Santos que, por gracia muy singular de Dios, las han llevado visibles en su cuerpo.

San Francisco de Asís fue el primero que recibió visibles las llagas de Cristo en el monte Alvernia, y se convirtió durante su vida en una imagen viviente del Señor Crucificado.

En nuestros días tenemos a San Pío de Pietralcina, el famoso y tan querido Padre Pío, franciscano capuchino. Comprobado durante cuarenta años por decenas de miles de testigos, todos veían las llagas con sangre fresca cuando en el confesonario les absolvía el Santo o les daba la Comunión en la Santa Misa.

Hubo amigo suyo que le dijo:

- Padre, ¿y si le pedimos a Dios que nos permita aliviarle sus sufrimientos?...
A lo que el Padre Pío contestó amable:
- Esto no es para ustedes. Caerían desplomados.

Ya se ve que aguatar los dolores de los clavos de la cruz tiene que ser algo superior a todas las fuerzas humanas, y que sólo con la gracia de Dios y un auxilio suyo extraordinario se puede soportar.

Entonces, ¿dónde están las llagas de Jesús que lleva marcadas el cristiano?
Unas palabras de San Pablo nos lo dicen con toda precisión: “Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus malas inclinaciones” (Ga 5,24)

Jesucristo clavó en la cruz el pecado para expiarlo, para destruirlo, para aniquilarlo. ¿Qué le toca por lo mismo hacer al cristiano que sigue a Jesucristo?

Mirando a Jesucristo que cuelga del madero, no tiene el cristiano otra opción que dejarse clavar con Él aplastando a la serpiente infernal, sujeta y vencida al pie de la cruz.

Aquel discípulo de Pablo se lo dice así a los lectores de su carta: “Todavía no han resistido ustedes hasta llegar a la sangre en su lucha contra el pecado” (Hbr 12,4)

Las llagas de Cristo no son en el cristiano ni los azotes ni las pedradas de Pablo, o los balazos de tantos mártires en nuestros días, sino la violencia heroica con que lucha por mantenerse fiel a Dios.

El instinto cristiano, guiado por el Espíritu Santo, ha visto los clavos de Jesucristo y sus llagas en los sufrimientos de la vida, cuando se saben sostener por amor a Jesucristo.

¿Qué es el trabajo de cada día?...
¿Qué es la enfermedad que sujeta en el lecho del dolor?...
¿Qué es la pobreza invencible muchas veces, sobre todo la pobreza injusta?...

Todas estas contradicciones y muchas más son los clavos que abren las llagas de Cristo en el cuerpo y en el corazón de los seguidores de Jesús. Llagas dolorosas y gloriosas a la vez, porque si mantienen crucificado al discípulo de Cristo, manifiestan al mismo tiempo que vive ya en la tierra la gloria del Resucitado.

En esta visión de Jesucristo sangrante en la cruz contempla el cristiano sus propias llagas, las cuales pierden su fuerza torturadora para convertirse en una gloria.

Aquella mujercita anciana y enferma vivía en una chabola miserable, en nuestras mismas tierras latinoamericanas. Ni agua corriente, ni luz eléctrica, ni una cama decente, ni una cocinita de gas sino un fogón de leña…
Eso, sí; las muchas estampas pegadas en las paredes de madera y cartón, sobre todo la gran lámina de Jesús Crucificado que dominaba toda la mísera estancia, pregonaban la piedad que aquella alma respiraba y difundía.
Recibe la visita de una religiosa y misionera centroeuropea, que le lleva toda la ayuda que puede.
La anciana y enferma se lo agradece, a la vez que le replica mirando la gran estampa del Santo Cristo:
- Madrecita, ¿pero por qué se preocupa tanto por mi suerte? ¡Si todo esto mío no es nada en comparación de lo que mi Señor Jesucristo padeció por mí!...

Aquella alma bendita, pobre a más no poder, era también a más no poder una gran santa, clavada como se veía con Jesucristo en la misma cruz.

Son muchos los que sin apariencia alguna llevan las llagas tan reales como las del Mártir del Calvario. Son esos de los que habla Pablo en la carta a los Gálatas. Son los que luchan por la virtud cristiana, que les cuesta sacrificios constantes. Nos rodean. No nos damos cuenta de ellos. Pero forman toda una legión de héroes, de los cuales Jesucristo se siente orgulloso…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 9 de diciembre de 2008

46. En Cristo Jesús. Esta insondable expresión paulina

Piensen, sientan y vivan “en Cristo Jesús”. Les aseguro que no querrán saber nada más. Les doy mi palabra que lo tendrán todo.

Si queremos entretenernos al leer a San Pablo, miremos de contar las veces que el Apóstol emplea esta expresión:

“En Cristo Jesús”

Son muchas. Pero las podremos contar.
Lo que no contaremos -mejor dicho, lo que no mediremos jamás- es la profundidad que se esconde en esas tres palabras.

En Jesús “reside toda la plenitud de la Divinidad”, nos dice Pablo (Col 2,9)
Entonces, cuando nos metemos en el alma de Jesús, cuando penetramos en su Corazón, nos hundimos en un abismo infinito sin encontrar fondo jamás.

Sin embargo, con ese En Cristo Jesús, Pablo nos mete en realidad dentro de nosotros mismos, que estamos hechos una sola cosa con Cristo. Y es entonces cuando nos pasmamos de nuestra propia grandeza cristiana.

Cristo, todo en mí.
Yo, del todo en Cristo.
Cristo y yo, un solo Cristo.

Dicho esto por cada cristiano, ¿dónde se esconde la razón de semejante grandeza?
Es el mismo Pablo quien nos lo va a decir.

En el bautismo, un día nos hundimos en la muerte de Cristo, y, al salir de las aguas, éramos unas nuevas criaturas, o como dice Pablo, éramos una nueva creación. Desaparecimos nosotros para encontrarnos convertidos en el mismo Cristo, y esto hace que tengamos una vida totalmente diferente de la que antes poseíamos.

San Pablo nos lo dice así:

Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús… vivimos una vida nueva (Ro 6,3-4)

Es la vida nueva del Resucitado, con el que no formamos más que un solo cuerpo, de modo -sigue diciendo Pablo con osadía verdadera- que somos “uno solo en Cristo Jesús”, como una sola persona (Ga 3,28)

En estas palabras tenemos la clave para ir entendiendo la expresión grandiosa y sublime: ¡En Cristo Jesús!.
¿Queremos saber lo que somos y hacemos en Cristo Jesús?... Podemos escoger al azar muchos textos de San Pablo. Citamos unos cuantos nada más, y sin orden alguno.

Dios nos resucitó con Cristo y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en nosotros la enorme riqueza de su gracia en Cristo Jesús. Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús, para realizar las buenas obras que Dios dispuso de antemano que practicáramos nosotros. (Ef 2,6-10)

En tan poquísimas palabras trae Pablo cuatro o cinco veces el En Cristo Jesús, cada una con sentido diferente.

Antes que nada, Dios nos había creado “en Cristo Jesús”. ¿Para qué?... Metidos en Cristo Jesús -o, si queremos, con Cristo Jesús dentro de nosotros-, agradamos grandemente a Dios, de modo que Dios tiene en nosotros todas sus delicias, como las tenía en Jesús y lo manifestó en el río Jordán al ser Jesús bautizado, cuando dejó oír su voz entre las nubes: “¡Este es mi Hijo amado, en quien tengo todas mis deliias!”.

Palabra que repite con satisfacción divina sobre cada uno de los bautizados:
- ¡Este mi hijo, esta mi hija tan queridos!... .

Aún antes de morir, Dios ya nos había resucitado “en Cristo Jesús” a la par que resucitaba el mismo Jesús, como si Dios tuviera prisa de sacarnos del sepulcro antes de que nos metan en él.

Además, ya nos tiene Dios sentados en el Cielo, metidos en Cristo Jesús.
Y esto, sencillamente, porque Dios no nos puede separar de Jesús.

Caminamos aparentemente muy pobres por el mundo; pero, sin darnos cuenta, Dios nos ha enriquecido enormemente en Cristo Jesús, porque en Jesús nos ha dado toda su Vida. No quiere decir otra cosa Pablo cuando escribe:

“¡Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha enriquecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales en Cristo!” (Ef 1,3)

Todas las acciones del cristiano se hacen dignas de Dios cuando están hechas con los sentimientos del Señor, como encarga Pablo a sus discípulos de Filipos:

“Tengan los mismos sentimientos que anidan en Cristo Jesús” (Flp 2,5), sentimientos que a ustedes los convierten en Cristo, porque piensan y viven lo mismo que Jesucristo.

¿Queremos, para acabar, un extraordinario “En Cristo Jesús” de Pablo?

Es aquel con que finaliza la exposición doctrinal de su carta a los de Roma:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo?... Nada ni nadie… Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni criatura alguna podrá depararnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro 8,38-39)

Este párrafo, citado tantas veces, resulta grandioso si se mira a Dios, si se mira a Jesucristo, si nos miramos a nosotros mismos.

Dios se pierde de amor por nosotros. Amor manifestado expresamente “en Cristo Jesús”.

Jesús entonces tiene las manos atadas para castigar. Lo dice Pablo en este contexto:

- Cristo, el que murió por nosotros, el que nos resucitó junto consigo mismo, y que está en el Cielo intercediendo siempre por nosotros, no nos puede condenar. Metidos nosotros “en Cristo Jesús”, Jesús no puede ir contra Sí mismo.

Y nuestro amor a Dios también es un amor firme, seguro, que no falla, porque está ci-mentado, escondido y garantizado “en Cristo Jesús”

¿Cómo ve Pablo a todos aquellos que él había evangelizado y recibido el Bautismo?
Los mira “santificados en Cristo Jesús”, “mediante la gracia otorgada por Dios en Cristo Jesús”, “gracia determinada desde toda la eternidad en Cristo Jesús” y que debía ser consumada en la eternidad.

es la fórmula con que Pablo nos dice de dónde nos viene todo, lo que realmente somos, y lo que nos espera para siempre (1Co 1,2-4; 2Tm 1,9)

Con tanto repetir hoy “en Cristo Jesús”, ¿hemos dicho algo que valga la pena?...
Si se lo preguntamos a Pablo, seguro que nos contestará:

Piensen, sientan y vivan siempre “en Cristo Jesús”. Les aseguro que no querrán saber nada más. Les doy mi palabra de honor de que lo tendrán todo, que no les faltará nada, y serán completamente felices. Porque no existe garantía mayor de salvación y de dicha verdadera que aquella que se funda y se encierra “en Cristo Jesús”…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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lunes, 8 de diciembre de 2008

Volver los ojos a la Inmaculada Virgen María

¡Virgen María! el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado es mucho mayor que el mal del enemigo.

Nos gusta mucho mirar los males que padece nuestro mundo, la sociedad que nos rodea. Y no es porque seamos pesimistas, o porque tengamos manías autodestructivas o masoquistas, como se dice, ¡no!... Si miramos nosotros el mal, es porque queremos oponerle el bien.

Tenemos el optimismo debido, sabiendo que los males se pueden remediar cuando nosotros les aplicamos los medios oportunos. Es lo que hacemos en nuestros mensajes siempre que sacamos a relucir algunos males: es porque sabemos que aplicamos a la enfermedad la medicina apropiada.

Hoy, por ejemplo, me gustaría tender de nuevo una mirada al mundo nuestro. El que ha perdido el sentido del pecado, el de las guerras, el de la droga, el del sexo desbordado, el del tráfico de la mujer y de los menores para la prostitución, el del materialismo, el de la rebeldía juvenil, el del infanticidio con el aborto despiadado, el del paganismo galopante... ¿De veras que no tiene remedio tanto mal?...


Digo esto, porque se me ocurre una anécdota muy interesante:

A mitades del siglo diecinueve, el Papa Pío IX estaba muy preocupado por los males que aquejaban al mundo. Le obsesionaba, sobre todo, el avance del Racionalismo que amenazaba gravemente el por-venir de la Iglesia. El Papa meditaba, exponía sus temores, consultaba. Y un Cardenal, famoso en la Roma de entonces por el montón de lenguas que hablaba, le decía repetidamente al Papa:

- Santidad, defina el dogma de la Inmaculada Concepción.

El insigne Cardenal sabía lo que se decía. Venía a decirle al Papa:

- Proponga al mundo, Santo Padre, un ideal muy alto de santidad, de belleza y de pureza.

El Papa le hizo caso y definió el dogma de la Inmaculada.


El Cielo, con las apariciones de Lourdes cuatro años después, vino a ratificar el gesto del Vicario de Jesucristo.

El Racionalismo encontró una roca de contención en su avance. Y la piedad cristiana se acrecentó enormemente con la devoción a la Virgen Inmaculada.

Ahora nos podemos preguntar nosotros. - ¿Nos encontramos hoy mejor o peor que en los tiempos del Papa Pío IX? ¿Tenemos o no tenemos derecho a estar preocupados? ¿Nos importa o no nos importa que muchos deserten de su fe; que se acomoden a un mundo cada vez más secularizado; que acepten prácticas totalmente paganas; que se rebelen contra la Iglesia y su Autoridad; en una palabra, que se vayan alejando cada vez más de Dios?...
Nos preocupa esto, y mucho, a los que nos llamamos cristianos y católicos, porque sabemos el riesgo que muchas almas corren de perderse.

Pero, al mismo tiempo, ¿no sabremos oponernos eficazmente para detener el mal y promover el bien?... ¿No podremos hoy volver también los ojos a la Inmaculada Virgen María?...

Si vivimos nosotros el amor, la invocación, la imitación de la Virgen, y si lo hacemos vivir a los demás, promoviendo su devoción, ¿no pondríamos el remedio de los remedios a muchos de los males que nos rodean?
La salvación nos vendrá siempre de Dios por Jesucristo. Pero, es que Jesucristo y Dios han tenido la elegancia con su Madre de confiarle a Ella los problemas más grandes de la Iglesia.

Además, nos la han propuesto como el modelo y el ejemplar de lo que Dios quiere de nosotros. ¿Qué ocurriría entonces, si amamos a la Virgen y la hacemos amar?...

¿Mirar a la Inmaculada, triunfadora del demonio en el primer instante de su Concepción, y dejarle al Maligno que avance por el mundo, destruyendo el Reino de Dios?... Imposible.

¿Mirar a María, ideal de pureza sin mancha alguna, y seguir sus hijos como víctimas vencidas de la impureza?... Imposible.

¿Mirar a María, la Mujer elevada a la máxima altura de Dios, honor y orgullo de la Humanidad, y no respetar, defender, promover y amar a la mujer como lo hacemos con María?... Imposible.

¿Mirar a María e invocarla, para que ayude hoy a la Iglesia, como la ayudó en los momentos difíciles de otros tiempos, y que Ella nos abandone a nuestra pobre suerte?... Imposible.

Todas esas cosas son imposibles porque María tiene un Corazón de Madre. Y es imposible que la Madre permanezca indiferente a los males de sus hijos.

Ciertamente que habremos de contar siempre con la malicia humana, guiada por el enemigo que desde el paraíso nos persigue a muerte para evitar nuestra salvación, llevado del odio que le tiene a Dios y la envidia con que nos mira a los redimidos. Dios previno esta lucha entre el dragón y la Mujer, pero la victoria definitiva se la asignó a la Mujer y no al dragón. María, Mujer delicada y Madre tierna, se presenta al mismo tiempo en la Biblia como una guerrera invencible en las batallas de Dios.

¡Virgen María! El mal del mundo es muy grande. Pero el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado es mucho mayor. La Iglesia, Pueblo y Familia de Dios, te invoca confiada. ¿Quién va a poder más, el enemigo o Tú?....

Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net
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viernes, 5 de diciembre de 2008

Generosidad para dar gloria a Dios

Adviento. El encuentro con Jesús en la Navidad debe transformar nuestra vida.

"Aquí esta nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae porque la mano del Señor reposará en este mundo”.

Estas palabras del profeta Isaías, que vemos cumplirse de una forma muy especial en el Evangelio, son también palabras que tendríamos que repetir en nuestra vida.

La vida del hombre es, en el fondo, una especie de tensión constante entre una esperanza y una realización; entre un no tener todavía la plenitud de la gracia y, por otro lado, encontrar la plenitud en Cristo. Cuantas veces tenemos dificultades y problemas de cara a la esperanza, y no encontramos la salida a la noche en la que estamos metidos, porque nos olvidamos de que la vida del ser humano es una vida en la esperanza, y que el único que puede realizarla es Cristo.

Los milagros que Jesús realiza —narrados por San Mateo—, no son gestos de servicio social ni acciones para solucionar una problemática de salud, sino son señales de que Dios ya ha llegado a la Tierra, de que aquello que el Antiguo Testamento prometía: "Arrancar de este monte el velo que cubre todos los pueblos, el paño que obscurece a todas las naciones", se cumplió en Cristo. Son señales de que se ha realizado, que ya no es simplemente una esperanza, sino que es una realidad.

Todos tenemos que aprender a dejarnos quitar, por parte de Cristo, el velo que nos obscurece los ojos. Tenemos que exigirnos su presencia y ser muy firmes con nosotros mismos para permitir el cambio que Cristo quiere llevar a cabo en cada uno. Cuántas veces quisiéramos cambiar, pero nos da miedo transformar ciertas actitudes y comportamientos. Sin embargo, esto es como si los lisiados, ciegos, sordos, mudos y enfermos de los que nos habla el Evangelio, ante la presencia de Cristo que viene a curarlos, hubiesen dicho: mejor no me cures; déjame como estoy. Déjame enfermo, lisiado, tullido o ciego.

Creo que nadie, pudiendo curarse, preferiría seguir enfermo. Sin embargo, cuántas veces, pudiendo curar nuestro espíritu, no lo hacemos. Cuántas veces sabemos que nuestra debilidad, nuestro problema, el velo que nos cubre los ojos, las lágrimas que nacen en nuestro corazón son algo en concreto, y lo identificamos perfectamente. ¿Por qué, entonces, queremos seguir con ellos? ¿Por qué querer continuar con los ojos vendados? ¿Por qué querer seguir usando muletas cuando podemos usar nuestros pies sanados por Cristo?

Hay que permitir que Nuestro Señor actúe, porque cuando Él llega a nuestra vida, si nosotros se lo permitimos, lo hace con tal abundancia, que se ve reflejada en la multiplicación de los panes y de los peces, que no es otra cosa sino la abundancia de la presencia de Dios.

Como ya lo dije antes, Jesús no está simplemente resolviendo el problema nutritivo de los judíos. Cristo está, por encima de todo, demostrando la abundancia del Reino de Dios. Jesucristo, con este Evangelio, viene a manifestar y a hacer efectiva su presencia en nuestra vida. Tenemos que darnos cuenta de que su presencia es de tal riqueza, que no hay nada que la pueda sobrepasar.

¿Permitimos que la presencia de Cristo en nuestras vidas nos sane y nos enriquezca? ¿O preferimos quedarnos enfermos y pobres? Son los dos caminos que tenemos, no hay un tercero. Porque o es la presencia de Dios en nuestra vida, al que nosotros dejamos actuar, o es la ausencia de Dios.

Para que esta presencia eficaz y abundante se realice en nuestra alma, tenemos que cultivar la generosidad. Muchas veces el problema no es que Cristo nos convenza, ni el que no sepamos que Cristo puede transformar nuestra vida, sino que nuestro verdadero problema es un problema de generosidad ante la transformación concreta que Cristo nos pide. A algunos nos la puede pedir en el ámbito de las virtudes, a otros en el área de actitudes más profundas, a lo mejor, incluso, en modos de ver la propia vida, de ver el propio camino, en formas diferentes de ver la propia santificación. O podría suceder, también, que nuestra existencia estuviese llamada por Dios a una transformación, y nosotros resistirnos al cambio concreto que Dios quiere hacer en ella.

Debemos pedir a Dios, en todo momento, que se haga presente en nuestra vida, porque es la gracia que Él da a quien se la pide.

¡Hazte presente en mi vida de una forma eficaz, de una forma abundante! ¡Hazte presente en mi vida dándome mucha generosidad para aceptar tu presencia y tu abundancia! Que esta sea la petición interior de cada uno de nosotros en este camino de preparación a la llegada de Jesucristo, para que nuestro encuentro con Él en Navidad, no sea simplemente algo que vimos, algo que realizamos, y algo que pasó. Sino que sea algo que llegó a transformar de manera abundante y eficaz nuestra existencia.

Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 4 de diciembre de 2008

Te adoro con devoción, Divinidad oculta

La adoración del Niño Jesús, en la Noche Santa, se convierte en adoración eucarística. ¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo!

“Adoro Te devote, latens Deitas”

En esta Noche resuenan en mi corazón las primeras palabras del célebre himno eucarístico, que me acompaña día a día en la Eucaristía.

En el Hijo de la Virgen, “envuelto en pañales” y “acostado en un pesebre” (cf. Lc 2,12), reconocemos y adoramos “el pan bajado del cielo” (Jn 6,41.51), el Redentor venido a la tierra para dar la vida al mundo.

¡Belén! La ciudad donde según las Escrituras nació Jesús, en lengua hebrea, significa “casa del pan”. Allí, pues, debía nacer el Mesías, que más tarde diría de sí mismo: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6,35.48).

En Belén nació Aquél que, bajo el signo del pan partido, dejaría el memorial de la Pascua. Por esto, la adoración del Niño Jesús, en la Noche Santa, se convierte en adoración eucarística.

Te adoramos, Señor, presente realmente en el Sacramento del altar, Pan vivo que das vida al hombre. Te reconocemos como nuestro único Dios, frágil Niño que estás indefenso en el pesebre. “En la plenitud de los tiempos, te hiciste hombre entre los hombres para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con Dios” (cf. S. Ireneo, Adv. haer., IV,20,4).

Naciste en est Noche, divino Redentor nuestro, y, por nosotros, peregrino por los senderos del tiempo, te hiciste alimento de vida eterna.

¡Acuérdate de nosotros, Hijo eterno de Dios, que te encarnaste en el seno de la Virgen María! Te necesita la humanidad entera, marcada por tantas pruebas y dificultades.

¡Quédate con nosotros, Pan vivo bajado del Cielo para nuestra salvación! ¡Quédate con nosotros para siempre! Amén.

Te adoro con devoción

Te adoro con devoción, Divinidad oculta,
verdaderamente escondido bajo estas apariencias.
A ti se somete mi corazón por completo,
y se rinde totalmente al contemplarte.

La vista, el tacto, el gusto, se equivocan sobre ti,
pero basta con el oído para creer con firmeza.
Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:
nada es más cierto que esta palabra de Verdad.

En la Cruz se escondía sólo la divinidad,
pero aquí también se esconde la humanidad;
Creo y confieso ambas cosas,
pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás,
pero confieso que eres mi Dios;
Haz que yo crea más y más en Ti,
que en Ti espere; que te ame.

¡Oh, memorial de la Muerte del Señor!
Pan vivo que da la vida al hombre:
Concédele a mi alma que de ti viva,
y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, bondadoso pelícano,
límpiame, a mí inmundo, con tu sangre,
De la que una sola gota puede liberar
de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto,
te ruego que se cumpla lo que tanto ansío:
Que al mirar tu rostro ya no oculto
sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

MISA DE NOCHEBUENA. HOMILÍA DEL PAPA JUAN PABLO II Viernes 24 de diciembre de 2004

Autor: P Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 3 de diciembre de 2008

45. La carta a los Gálatas. Tan queridos y tan volubles

Lo primero que una persona hace para recibir la salvación no se debe a ninguna obra suya buena. Es una gracia que recibe de Dios totalmente gratuita.

Pablo estaba de paso por Macedonia, camino de Corinto, probablemente a principios del año 58, y un día le oyeron todos exclamar angustiado:

¡Ay, esos queridos gálatas, tan simpáticos, tan buenos, y tan inconstantes! Hace ya siete años que recibieron el Evangelio, y aquello fue magnífico.
Temiéndome algo, les hice una visita rápida hace tres años, y les conforté en la fe.
Ahora, por las noticias que me llegan, están zarandeados por los judaizantes, y los gálatas, como siempre, apegándose al que les viene con la última novedad.
Iría a verlos otra vez, pero me es imposible.

- ¿Y qué vas a hacer, Pablo?, le preguntan sus colaboradores.

- "Lo mismo que hice con los de Tesalónica hace ya tiempo y que dio tan buen resultado: escribirles. Una carta suplirá mi presencia. "

Así lo pensó Pablo, y así lo hizo.
Y de sus labios salieron expresiones sublimes, que el amanuense o secretario tenía que ir copiando en el papiro, al final del cual escribirá Pablo de su puño y letra unas cuantas líneas: “Ya ven qué letras tan grandes, escritas con mi propia mano”.

La carta a los Gálatas es un grito angustioso de Pablo contra sus enemigos más tenaces, los judaizantes, esos cristianos venidos de la sinagoga y empeñados en hacer del cristianismo una amalgama o mezcolanza imposible de digerir. Pablo no aguanta más, y lanza sus anatemas e imprecaciones:

“¡Maldito quien les enseñe otro evangelio diferente del que recibieron de mí, que es el del Señor!
¡Dejen de una vez la ley de Moisés con sus prescripciones insoportables, y abrácense con la libertad y el amor del Evangelio!
¡Olvídense para siempre de la circuncisión, que les ata al pueblo judío!
¡Vivan su bautismo, que es la entrada en el verdadero Israel de Dios!

“¡Y vayan con cuidado con esos que dicen que Pablo no es apóstol verdadero sino un predicador de tantos, y peor todavía, un falsario! Al desautorizar mi persona, desautorizan mi ministerio y niegan la verdad de lo que yo predico. Tengan presente que soy apóstol no por autoridad o encargo de hombres, sino por Jesucristo que se me apareció y me mandó a predicar a los gentiles. Más aún. Lo que yo predico no lo aprendí de hombres, sino que me lo reveló Jesucristo.

“Esos judaizantes y falsos hermanos que ahora les confunden a ustedes saben muy bien quién soy yo. Perseguía yo con más furor que nadie a la Iglesia de Dios.
Hasta que se corrió por Jerusalén la voz: “Aquel que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que antes quería destruir”. Y glorificaban a Dios por mi causa.

“Hice después otra visita a la Iglesia madre de Jerusalén; vi a Pedro, a Santiago y a Juan, considerados como las columnas de la Iglesia; les expuse lo que yo predico; les conté las maravillas que el Espíritu Santo obraba entre los paganos que se convertían ;me estrecharon la mano en señal de paz, igual que a Bernabé; aprobaron todo lo que yo les enseñaba a ustedes, y nos autorizaron a los dos a proseguir nuestra misión y enseñanza entre los gentiles.

“Todo esto lo saben muy bien esos falsos hermanos que les han llegado ahora enredándoles de tan mala manera. ¡Ay, gálatas insensatos! ¡Qué pronto han abandonado al que les llamó a la gracia de Cristo para seguir un evangelio falseado!”...

Así, como lo oímos, esta carta de Pablo es al principio un implacable grito de alerta.
Sigue después con algunos puntos difíciles, originados por los judaizantes, y que podría seguir explicando el mismo Pablo.

¿Saben por qué me persiguen tanto los judaizantes? Se lo voy a decir.
- Porque ellos mantienen que para salvarse hay que circuncidarse y cumplir toda la Ley de Moisés, además de bautizarse. Pero yo les contesto:
Entonces, la muerte de Cristo sobra del todo. Cristo murió inútilmente. ¿A qué viene la Cruz si la persona se salva por las obras de una Ley que cumplía escrupulosamente?... Esto es lo primero que yo enseño: que no son necesarias ni la circuncisión ni la Ley.

¿Quieren que siga con mi explicación?
- El primer acto que una persona hace para recibir la salvación no se debe a ninguna obra suya buena. Es una gracia que recibe de Dios de balde, totalmente gratuita, puro regalo de Dios.

¿Sigo todavía más, contra esos falsos hijos de Abraham? Se lo voy a decir.
- Abraham fue justificado por haber creído en Dios, antes de que se circuncidase y cuatrocientos treinta años antes de que viniera la Ley de Moisés. Por lo mismo, Abraham se hizo amigo de Dios y se salvó por la fe que tuvo en Dios y no por la circuncisión ni por las obras de la Ley.


¿Aún quieren más explicaciones? Pues ahí va una bien seria.
- Los descendientes de Abraham no son los que nacen de su linaje por generación natural, sino los que renacen por la fe en Cristo Jesús. Por lo tanto, son hijos de Abraham los gentiles y los judíos por igual si tienen la fe en Cristo Jesús. No hay distinción alguna.

¿Les digo lo último?
- Dicen mis enemigos que yo dejo a los bautizados sin ley. ¡Mienten! Los bautizados se han librado de la esclavitud de la Ley antigua, y su ley es el Espíritu Santo que vive en sus corazones. Jamás dije ni diré que el cristiano está sin ley.

Así nos iría explicando Pablo su carta a los Gálatas. Y acabaría gozoso, después de haberse desfogado vehementemente.

“¡Mis queridos gálatas! Como una mujer cuando da a luz, así sufro yo hasta que Cristo se forme en ustedes. “En nada me han ofendido. Ya saben que por una enfermedad que me ssobrevino, tuve ocasión de anunciarles el Evangelio. Y ustedes vencieron la tentación de abandonarme por evitar el contagio; al revés, me recibieron como a un ángel de Dios, como al mismo Jesús.

“¿Dónde ha quedado la alegría de entonces? Estoy seguro de que, si fuera posible, se arrancarían los ojos para dármelos a mí (4,12-20)

Pablo tiene en esta carta además unas exclamaciones de amor a Jesucristo que arrebatan.

“¡Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!”.
“Yo llevo en mi cuerpo las marcas, las llagas mismas de Jesús”.
“Porque vivo yo, pero ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí”

Preciosa esta carta a los Gálatas.
Es la carta que enseña lo que es la ley del Espíritu Santo. Y si el Espíritu divino es la ley, ¿qué mal se va a cometer, qué bien no se va a practicar?

El cristiano es el ser más libre y más fiel que existe…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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lunes, 1 de diciembre de 2008

44. Seguimos en Éfeso. Aquella puerta tan ancha

¡Qué Iglesia! Su imagen estará fija en nuestros ojos como lo mejor que hemos visto en la vida de Pablo.

¡Qué tres años los de Pablo en Éfeso!...

Los Hechos de los Apóstoles los resumen en unas palabras triunfales:

“Todos los habitantes del Asia oyeron la palabra del Señor, judíos y griegos”.

¿Qué hizo Pablo para conseguir un éxito semejante? Éfeso era la capital de la provincia de Asia, y hacia ella convergían las ciudades costeras y muchas poblaciones más como a centro del comercio y de la administración romana.

Los que leemos la Biblia conocemos muy bien por el Apocalipsis los nombres de Laodicea, Colosas, Esmirna, Filadelfia, Sardes, Hierápolis, Tiatira, Pérgamo. Todas ellas rodeaban a Éfeso, y desde Éfeso les llegó el Evangelio que Pablo anunciaba.

Porque desde allí enviaba a sus generosos discípulos:
- Tú, Epafras, predica en Colosas… Tú, Filemón, ayuda a Epafras en tu ciudad…
Los nuevos creyentes llevaban el Evangelio a todos los lugares.

El prestigio de Pablo era muy grande. Su fama de hacedor de milagros le daba la aureola de enviado de Dios. Los magos y hechiceros le temían. Y los asiarcas, custodios del templo donde se veneraba a la diosa Roma junto con Artemisa, se preciaban de ser sus amigos.

Pablo no se enlaminaba con estos triunfos, que eran obra de la gracia, sino que había de soportar trabajos, calumnias, incomprensiones, blasfemias, persecuciones continuas, como ya vimos en nuestra meditación anterior.

Pero faltaba el capítulo más serio, descrito por Lucas en Los Hechos de manera magistral: la revuelta de los orfebres.

Éfeso era la ciudad guardiana de la diosa Artemisa, que moraba en un templo grandioso, con 127 columnas de 18 metros de altura, 38 de las cuales estaban adornadas con esculturas en bajo relieve, obra de los artistas más afamados.

Artemisa, diosa de la fecundidad, con sus senos abundantes y abultados, había bajado repentinamente del cielo, y su imagen era venerada en todas partes, aunque tuviera en Éfeso su morada, el templo digno de una diosa de semejante categoría.

Con visitas y peregrinaciones continuas de sus devotos, y por la celebración de las fiestas fastuosas en honor de la diosa, la industria de imágenes, templetes, escudos…, constituía un negocio imponente, con la utilización de maderas finas, piedras y metales preciosos, aparte de los materiales bastos y baratones.

Un orfebre y joyero, llamado Demetrio, tenía en Éfeso sus numerosos talleres con abundantes artesanos especializados y muchos obreros más. Su negocio, antes viento en popa, ahora empeoraba a ojos vistas. Como la causa del desastre era evidente, reúne a todos sus trabajadores:

- Compañeros, ustedes saben de dónde sale todo nuestro dinero. Pero por culpa de ese Pablo lo vamos a perder todo y perdemos también a nuestra diosa. ¿Qué hacemos?...

Los obreros se lanzan a la calle gritando:
“¡Grande es la Artemisa de los efesios! ¡Grande es la Artemisa de los efesios!”…
En pocos momentos se ha armado un griterío enorme en toda la ciudad, que, amotinada, se va dirigiendo al gran teatro, clamando todos desaforados:

“¡Grande es la Artemisa de los efesios, grande es la Artemisa de los efesios!”…

Pablo se empeña en ir:

- ¡Déjenme! Ni Gayo ni Aristarco, arrestados, son los que han de caer. ¡He de ir yo!...

Pero Áquila y Priscila, los discípulos, y hasta sus amigos paganos los asiarcas, le disuaden:
- ¡No vayas, por favor! Vas a morir inútilmente…

En el teatro unos gritaban una cosa y otros otra, sin saber por qué ni a qué venía aquello. Pero unos judíos, que sí sabían el porqué, empujaron a Alejandro:

- ¡Sube, y cálmalos!...
Pero Alejandro oyó a la turba furiosa:
- ¡Fuera ése!...
Y siguieron durante dos horas con el grito estentóreo:
“¡Grande es la Artemisa de los efesios, grande es la Artemisa de los efesios!”…

No hubo manera, hasta que un magistrado logró calmar aquella marea con palabras muy sensatas y muy diplomáticas, que nos han conservado los Hechos:

- Efesios, ¿quién hay en el mundo que no sepa que nuestra ciudad es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua caída del cielo? Por lo mismo, siendo esto indiscutible, conviene que se calmen y no hagan nada inconsideradamente.

El magistrado hablaba de manera muy cuerda.
Sabía muy bien que no se podía jugar con las autoridades romanas, sobre todo porque Pablo era ciudadano romano y no lo podían liquidar fácilmente sin un proceso formal.

Todo paró bien. La concentración popular se disolvió, y Pablo salvó la vida una vez más.
Pero los hermanos le aconsejaron prudentemente:
- Pablo, marcha de Éfeso.
Y Pablo, con el sentimiento que podemos suponer, aceptó la recomendación:
- Me voy. Pero ustedes sigan todos con buen ánimo. Desde Macedonia les seguiré con mi recuerdo y mi oración.

En Macedonia visita a los de Filipos:
- ¡Gracias, mis queridos filipenses! Su ayuda generosa me sirvió para empezar a evangelizar cuanto antes. ¡Qué buenos que son!...

En Tesalónica, oye que le dicen:
-¡Pablo! ¡Cuánto bien que nos hiciste con tus cartas! Con los ánimos que tú nos infundiste, ya ves que seguimos todos fieles al Señor Jesús.

En Berea, dice a aquellos estudiosos de la Biblia:
-¡Qué bien que siguen ustedes! Y ya ven, desde Éfeso me acompaña su paisano Sópatro, buen colaborador en la obra del Señor.

En Corinto se demora Pablo tres meses que van a ser de una fecundidad insospechada por las dos cartas que escribirá: la de los Gálatas y la de los Romanos, que serán alimento de la Iglesia por siglos y siglos.

Además, en este viaje acaba de recoger en las Iglesias la gran colecta que va a llevar a los pobres de Jerusalén, solicitada por Pedro, Santiago y Juan: “¡No te olvides de nuestros pobres!”... Pablo se la prometió, y ahora les llevaría la gran generosidad de las Iglesias.

Nosotros no vamos a olvidar nunca a Éfeso. ¡Qué Iglesia! Su imagen estará fija en la retina de nuestros ojos como lo mejor que hemos visto en la vida de Pablo.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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