viernes, 31 de octubre de 2008

¿Te encontrarás un día entre los grandes?

Todos los Santos. Todavía hay tiempo de ganar un lugar, tu lugar, tu escaño vacío que te espera.

Mañana, Fiesta de todos los Santos...

Fiesta de muchos, de muchos valientes, de muchos que ganaron a pulso un galardón eterno.

¡Cuántos son! ¡Qué buenos son! ¡Cómo quisieras ser como ellos! Pero del quisiera al quiero, media un trecho muy grande.

Quisieras ser escritor, quisieras hablar con gracia, quisieras hablar por televisión, quisieras... Por ahí andan millones llevando durante toda la vida sus quisieras en sus pupilas y en su imaginación, y los entierran así, con sus quisieras y unas palabras de tierra.

¡Cuánto quisieras tú encontrarte un día en esa fila de bienaventurados que van llenando los escaños de la gloria! ¿Será tan difícil obtener el boleto? ¿En este momento cómo andarán tus ganancias? ¿Te encontrarás un día entre los grandes?

Son de todas las edades, de todos los tiempos, y aún no concluyen las entradas; entre las que faltan está la tuya. Todavía hay tiempo de ganar un lugar, tu lugar, tu escaño vacío que te espera.

Ser santo fue desde tu infancia un sueño dorado y en tu edad madura es un sueño que no ha muerto, sigue siendo tu meta primera: A veces parece que muere, cuando te revuelcas en tu sangre con el ánimo destrozado, pero te levantas muchas veces, todas las que es necesario, y lo vuelves a intentar. Mientras duren los días, la esperanza está abierta y se puede.

Autor: P Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net
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jueves, 30 de octubre de 2008

¿Imágenes eternas?

Ante la eternidad del cielo la fama, el triunfo, el dinero, se evaporan. Porque allí cuenta sólo lo que aquí amamos.

Gracias a los fotógrafos, hemos visto millones de veces, “inmortalizados”, a políticos y artistas, deportistas y científicos. Con su cámara y su destreza, desde ángulos y luces caprichosas, unos profesionales o simples aficionados “eternizan” acontecimientos y personajes.

¿Eternizan? ¿Inmortalizan? ¿No será que estamos abusando del lenguaje? La fotografía, ciertamente, fija, conserva, un segundo en el devenir humano. La imagen queda, pasa a los libros, a la prensa, a internet... Queda, dicen, eternamente...

Pero la eternidad es otra cosa. Las fotos nos dejan sólo eso: un instante. La sonrisa del político que ayer vencía en las elecciones hoy es una mueca de desilusiones que nadie observa. El futbolista que levanta la copa del mundo entre los aplausos de un estadio abarrotado, sufre hoy con amargura por problemas familiares. El cantante que era tan fotografiado vive ahora en un hospital con pocos amigos y mucha angustia.

En el fondo, detrás de imágenes, historias, narraciones, se esconde esa fama que depende de los muchos o pocos que admiran a los “grandes”. Una fama que cambia como el viento, que engaña, que presenta a los malos como buenos y a los buenos como malos. Una fama que a veces exalta a personajes llenos de defectos e ignora a gente sencilla de corazón de oro. Una fama que no sirve para nada a la hora de la muerte, aunque millones recuerden al cantante famoso, a la actriz excepcional, al político de la palabra fascinante.

Sería triste que la fama nos lleve a olvidar ese destino que a todos nos espera. Caminamos hacia una meta, vamos poco a poco hacia eternidades verdaderas. Esas que no duran lo poco o lo mucho que pueda durar la fama o el recuerdo de quienes un día lloran la noticia de una muerte y mañana olvidan todo lo que aplaudieron con tanto afecto.

Son verdaderas sólo aquellas eternidades que no se apoyan en papeles, historias, recuerdos, tumbas hoy rodeadas de flores y mañana llenas de agujeros. Eternidades que se basan en un Amor infinito, el del Dios eterno, que ama y que invita a amar, que cuida de cada flor, de cada jilguero, de un niño y de un anciano que no tienen albums de fotos ni fama entre los aplausos de la historia demasiado humana.

Ante la eternidad del cielo la fama, el triunfo, el dinero, se evaporan. Porque allí cuenta sólo lo que aquí amamos, lo que dimos al pobre, al hambriento, al enfermo, al triste. Porque allí entrará quien, tal vez escondido, lejos de las cámaras y la prensa, supo cuidar a su madre anciana, supo perdonar al enemigo traicionero, supo decir una palabra de esperanza a un corazón atribulado.

¿Queremos “eternizar” este día, este momento que Dios pone en nuestras manos? Entonces, simplemente, amemos. Para ser semejantes a un Dios eternamente bueno, que ama y tiende la mano (sin fotógrafos) a cada uno de sus hijos muy amados.

Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net
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miércoles, 29 de octubre de 2008

35. La tríada gloriosa. Con las tres teologales

Quien confía en Cristo, le acepta con fe en toda su verdad, espera en todo lo que le promete, y, sobre todo, le ama.

A un gran músico, y excelente director de capilla, le oí enseñar y hacer cantar esta simple oración jaculatoria que acababa de componer:

- ¡Dame tu amor, ¡oh mi Dios!, lo demás no vale nada!

Los muchachos y muchachas del coro - que formaban un grupo juvenil muy escogido y muy comprometido con la Iglesia- la cantaban como es de suponer. ¡Qué fe! ¡Qué entusiasmo! ¡Qué ardor!... Eran las tres virtudes teologales en labios cristianos…

Con este recuerdo en mi mente, he pensado en esa petición que sale tantas veces en las oraciones del culto, dicha de una manera o de otra:

“Aumenta en nosotros la fe, la esperanza y el amor”.

Cualquiera podría pensar que esas oraciones están inspiradas desde el principio de la Iglesia por Pablo, ya que tantas veces las cita juntas en sus cartas.

Como cuando dice:

“Mediante la fe, nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios; y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Ro 5,2-5)

O estas otras:

“Nosotros, en el Espíritu, esperamos la santidad anhelada, por la fe que actúa mediante la caridad” (Ga 5,5-6)

El cristiano trabaja sin rendirse nunca, siempre encendido en amor, sabiendo que la santidad y la gloria, propuestas por la fe, las tiene con la esperanza al alcance de la mano.

Como hacían aquellos cristianos a los que alaba Pablo:

“Tengo noticia de su fe en Cristo Jesús y del amor que derrochan con todos los hermanos, a causa de la esperanza de la gloria que les está reservada en los cielos” (Col 1,4-5)

¿Para qué seguir citando textos y más textos de San Pablo? Con todos ellos nos dice el Apóstol siempre lo mismo:

¡Fe!... Crean en Dios y fíense de Él.

¡Esperanza!... Vivan de ella, que quien espera no se cansa ni se agota nunca.

¡Amor!... Sobre todo, ¡amen! Que quien ama lo tiene todo. Al que ama no le falta nada en absoluto, y todo lo demás le sobra.

¿Por qué Pablo nos puede hablar así?...

Muy sencillo. Porque tenía muy claro y muy metido en la cabeza lo que dijo a los Corintios al acabar su grandioso himno al amor:

Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor. ¡Estas tres! Pero sepan y tengan siempre muy presente que, de las tres, la primera, la más importante, la más grande de todas es el Amor.

La vida cristiana se vive y se desarrolla con estas tres virtudes que llamamos “teologales”, es decir, “de Dios”, porque nos vienen directamente de Dios, infundidas por Él en el bautismo, y nos llevan también directamente a Dios.
DE Dios y A Dios. Ésta es su fórmula precisa.

Se confiesa con gran convicción: ¡Dios mío, creo en ti! No te veo, pero sé que eres Tú...

Se sigue con gran seguridad: ¡Dios mío, espero en ti! Sé que un día te veré…

Se repite mil veces con pasión: ¡Dios mío, te amo!...Y decimos la verdad.

Esto que parece tan sencillo es lo más grande que se puede hacer. Y es el Espíritu quien mueve así la oración, como nos asegura Pablo:

“Nadie es capaz de decir si quiera ‘Jesús es Señor’ sino en el Espíritu Santo” (1Co 12,3)

La grandeza de a FE la descubrimos de modo especial en unas palabras de la carta a los Hebreos (Hbr 11,1):

“Es la fe una convicción de las cosas que se esperan, una prueba de lo que no se ve”

Es decir: Dios nos ha prometido la salvación plena en Jesucristo, que un día volverá para meternos en su gloria…
¿Estamos seguros de ello? ¿Podemos fiarnos del todo? ¿Es cierto lo que Dios nos dice?...

Todas estas preguntas se las puede hacer cualquiera, pero el único que se las responde con toda firmeza es el creyente.
Y se las responde de modo especial mirando a Jesucristo en la Cruz, pues se dice cuando no ve solución a los muchos problemas de la vida:

- ¡Ahí, ahí está el que me ama y me quiere y me puede salvar!...
Se entrega entonces a Jesucristo, le acepta con fe en toda su verdad, espera en todo lo que le promete, y, sobre todo, le ama.

En este creer, en este amar y en este esperar, está la salvación. Pablo lo expresa con aquel su grito ardiente, al ver al Cristo Crucificado:

“¡Que me amó, y se entregó a la muerte por mí!”... (Ga 2,20)

¿No es esto lo que necesita el mundo moderno, que se desespera tantas veces por no saber a quién revolverse en medio de tantos males como aquejan a la humanidad?

Jesucristo creído. Jesucristo amado. Jesucristo en quien se puede esperar contra toda esperanza, es la salvación única que le resta al mundo y a cada hombre o mujer en particular. Así lo ha dispuesto Dios, y así es.

Con la fe cristiana se valoraría al hombre en lo que es, sin oprimirlo jamás.

Con el amor cristiano sería un imposible consentir tanto mal como ven nuestros ojos.

Con la esperanza cristiana en la promesa de Dios se trabajaría con ilusión, sabiendo que el trabajo no es inútil en el Señor, como nos asegura Pablo (1Co 15,58)

Estas tres palabras - fe, esperanza, amor - las mezclamos, las combinamos, les damos el orden que queramos, y siempre nos dan el mismo resultado.

¿Por qué amo? Porque espero en algo más grande que yo y que me llenará del todo.
¿Por qué espero? Porque creo en lo que se me dice, en lo que se me promete.
¿Por qué creo? Porque sé quién es el Dios que me habla y me fío de Él en todo.
La fe lleva a la esperanza.
La esperanza lleva al amor.
El amor colma todos los anhelos del corazón.

Y la esperanza, que nace de la fe y desemboca en el amor, no va a decepcionar.
Como el amor es el impulso y el motor de toda la vida, al amar se cumple todo el bien con Dios y con los hombres;
al amar, no se hace mal alguno;
al amar, se cumple con todo bien;
amando, el hombre y la mujer, el anciano igual que el niño, el sano como el enfermo, el rico y el pobre…, todos a la una se realizan plenamente en la vida, y al final quedan sepultados en el Dios “que es amor” y en el que vivirán de amor para siempre.

Aquellos jóvenes nos enseñaron a gritar a Dios:

“Dame tu amor, ¡Oh mi Dios!, lo demás no vale nada”.

Era un grito de fe, cargado de esperanza.
Y, ciertamente, que los chicos no iban por nada desorientados, sino encaminados por la mejor de las sendas…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 28 de octubre de 2008

Judas y Simón, hombres que cambiaron sus valores

Hombres que cambiaron sus valores políticos y religiosos por una vida de humildad y perdón, al lado de Cristo.

Vamos a contemplar en estos dos Apóstoles ese cambio profundo de vida. Son para nosotros los hombres que cambiaron sus valores políticos religiosos por una vida al lado de Cristo basada en la humildad, en la mansedumbre y en el perdón.

Pertenecían según podemos saber al grupo de los celotes, un grupo de judíos convencidos de su fe y de sus tradiciones, pero que combatían al opresor romano y esperaban un Mesías que los liberara de aquella opresión. Cristo les sale al paso, sin importarle su militancia y sus convicciones, y les invita a seguirle. Ello va a suponer un cambio de mentalidad, una conversión interior, un abandono de algo muy metido en sus corazones. Así se convertirán con el tiempo en hombres que lucharán por liberar al hombre de otras esclavitudes distintas a las políticas: la esclavitud del pecado, la esclavitud de las pasiones, la esclavitud, sobre todo, del propio yo. En este contexto vamos a contemplar el cambio que lógicamente se tuvo que realizar en ellos.

Del odio al amor.

Sabemos que todo judío odiaba a los romanos. Aquello sólo era símbolo de una realidad que se repite en el corazón del hombre: el rencor, el odio, la acepción de personas. Al ser llamados por Cristo Judas y Simón empiezan a comprender que el Maestro centra su mensaje en el amor, en el perdón, en el olvido de las ofensas. Sin duda, en su interior tuvo que darse una revolución profunda, difícil, sangrante. Pero poco a poco empezó a entrar en ellos la comprensión de una nueva visión del hombre, no como enemigo, sino como hermano, hijo del mismo Padre, que ama a todos y hace salir el sol sobre buenos y malos. Así el odio, el rencor, la venganza fueron desapareciendo y en su lugar se situaron la paz, la oración por los enemigos, el amor.

De la ira a la mansedumbre.

Los celotas emprendían campañas de acoso violentas contra los romanos, aunque casi siempre llevaron las de perder. Les movía en rencor, y el rencor engendra ira y violencia. Desde el principio Judas y Simón empezaron a escuchar del Maestro palabras de mansedumbre: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra (Mt 5,4). ¡Qué difícil debió ser para ellos abandonar el camino de la ira para acercarse a los hombres con bondad, con respeto, con comprensión! Sin embargo, estamos seguros de que pronto comprendieron que aquel camino lograba mejores frutos en la relación entre los hombres. No les pedía Cristo que destruyeran su forma de ser, sino que emplearan para el bien aquella fuerza interior que un día usaron mal, porque la pusieron al servicio de sus pasiones.

Del Dios de la venganza al Dios del amor.

También Judas y Simón tuvieron que entrar por medio de Cristo, Dios hecho hombre, a la comprensión de un Dios distinto, un Dios que es Padre bondadoso, amable, bueno. Esta conversión debió ser dura para hombres que tenían una clara conciencia de ser parte del pueblo elegido y que precisamente rechazaban a los romanos porque éstos intentaban arrebatarles su fe, sus costumbres, sus tradiciones. Es curioso, pero Dios nos pide que amemos incluso a quienes le odian a Él, a quienes le persiguen en su Iglesia, a quienes parecen enemigos irreconciliables de la fe. Más aún, nos asegura que con el amor convenceremos al mundo de la autenticidad de nuestra fe.

A la luz del Evangelio de Cristo y del ejemplo de estos dos Apóstoles, nosotros, hombres de hoy, tenemos que revisar nuestra vida y decidir qué cambios debemos realizar para ser cristianos de veras. ¿Qué nos puede pedir Dios tomando como punto de referencia los valores de la humildad, de la pobreza y de la abnegación? Sin duda, podrían ser muchísimas cosas e, incluso, cada uno tendrá necesidades distintas. Sin embargo, vamos a repasar algunas de las exigencias contenidas en estos valores para nosotros, hombres, padres de familia, esposos, profesionales, miembros de la Iglesia.

Dios nos pide en primer lugar un cambio de mentalidad. Con frecuencia nuestra mente, nuestra inteligencia, nuestra razón están prisioneras de lo material, de lo cotidiano, de lo intrascendente, de lo inmediato. Parecemos ciudadanos de una tierra sin horizontes y sin futuro. Nos parecemos a aquel hombre rico que, tras una buena cosecha, se construye unos grandes graneros y se invita a sí mismo a vivir bien (Lc 12, 16-21). ¡Cómo necesitamos levantar nuestra mirada a la eternidad, dar prioridad a lo espiritual, apreciar más las realidades importantes de la vida como la fe, la familia, la amistad! No nos resulta fácil esta liberación, porque además vivimos en una sociedad que sólo nos habla de bienestar, de comodidad, de éxito, de eficacia. Sin embargo, con los días y con los años vamos saboreando el sabor amargo de una vida que se encierra sobre sí misma sin horizontes y sin futuro.

Tenemos que decidirnos, pues, por dar prioridad al espíritu y a sus cosas sobre la materia, poniendo a Dios como centro de nuestro vida, y no a nosotros como centro de Dios. Tenemos que optar por la oración, por los sacramentos, por las practicas religiosas en lugar de dejarlas relegadas por culpa de nuestras ocupaciones. Tenemos que ser hombres de vida interior más que de acción. Tenemos que defender más la familia que el trabajo. Tenemos que cuidar más la paz interior que las cuentas bancarias.

Dios nos pide en segundo lugar un cambio de corazón. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne (Ez 36, 26). El corazón de piedra es ese corazón endurecido por el racionalismo, el orgullo, la autosuficiencia, la vanidad, el sentido de superioridad. Y el corazón de carne es ese otro corazón humilde, anclado en la fe, sencillo, sin complicaciones, cordial. Es muy necesario para nosotros los hombres abandonar esa falsa madurez que nos conduce frecuentemente a actitudes marcadas por el individualismo, la seguridad, la fuerza, pero que encierran tal vez posturas egoístas, cobardías inconfesables, miedo a la verdad. Tenemos que hacernos como niños. Tenemos que aceptarnos como limitados. Tenemos que aprender a equivocarnos sin rubores. Tenemos que decidirnos a pedir ayuda a los demás y a recibir de los demás con paz sugerencias, correcciones. Tenemos, en definitiva, que dejar los hábitos del hombre viejo para asumir los del hombre nuevo, creado a imagen de Cristo.

Dios nos pide en tercer lugar un cambio de actitudes. Con frecuencia nuestra vida responde a un esquema que difícilmente alteramos con los años. Nos convencemos de unas prioridades que casi sacralizamos; nos instalamos en unas costumbres que no dejamos por ningún motivo; nos hacemos dueños de unos prejuicios que nadie nos hará cambiar; nos aficionamos a un estilo de vida que no nos complique nuestra relación con el entorno; nos ponemos unos límites para no dar más de nosotros mismos; nos diferenciamos de todos para poder vivir a gusto con nuestra mediocridad. Hay que cambiar en todos estos campos, tras los cuales se puede ocultar desde la pereza hasta la presunción, desde la mentira hasta la avaricia, desde la cobardía hasta la falsa prudencia.

Por el contrario, tenemos que abrirnos al cambio, abandonar prejuicios, convencernos de nuestras mentiras, romper con nuestros hábitos egoístas, abrir las puertas a una vida más marcada por los sentimientos y la afectividad. Y evidentemente todo ello para ser personas equilibradas, ricas interiormente, abiertas a la felicidad, pues Dios nos quiere así.

Autor: P Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net
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lunes, 27 de octubre de 2008

34. El himno incomparable al Amor. ¡Ese capítulo trece!

¿De qué amor ha hablado Pablo hasta ahora? ¿Del amor a Dios, o del amor al hermano? De los dos en uno solo.

Tenemos muy presente la última palabra que nos dirigió Pablo. Después de habernos hablado de tantos carismas, nos lanzaba el guante:

-¿Les señalo otro carisma mejor? ¿Lo quieren recoger? ¿Quieren amar mucho?...

Muy bien. Sin embargo, hoy no vamos a comenzar con Pablo, sino con una criatura de nuestros tiempos por demás querida: Teresa de Lisieux, más conocida como Santa Teresa del Niño Jesús.

Jovencita, y encerrada en un convento de clausura, quería tener todos los carismas, todos los dones, todas las vocaciones. Eso era imposible, naturalmente.
En su preocupación, tomó la Biblia, le salió San Pablo, y… dejémosle que nos lo cuente todo ella misma:

“Durante la oración abrí las epístolas de San Pablo y se me ofrecieron ante los ojos los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios. Leí allí que no todos pueden ser apóstoles, profetas, doctores y demás…, que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no puede ser, al mismo tiempo, la mano.
“La respuesta era clara. Yo no podía tener todos los carismas.
“Proseguí la lectura y esta frase me llenó de gozo: ‘Busquen con ardor los dones más perfectos; y yo les voy a mostrar el camino más excelente’.
“Y el Apóstol explica cómo todos los otros dones, sin el Amor, no son nada…
“Comprendí que el Amor encierra todas las vocaciones, que el Amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y todos los lugares, en una palabra, ¡que es eterno!...
“Entonces, en un exceso de alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, por fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el Amor!”.

Estemos seguros de que Pablo no ha encontrado un comentarista como esta muchacha, cuyas palabras son a estas horas inmortales.

Con amor, todos los carismas del Espíritu Santo son joyas valiosísimas, tanto para la Iglesia, que es su destinataria, como para quien ha recibido el carisma.
Sin el amor, del que Pablo nos quiere decir hoy algo, todo es pura palabrería y vaciedad.

Hay que ir ya a Pablo, que en la página del capítulo trece de la primera carta a los de Corinto se ha mostrado genial como nunca.
Este canto al amor es lo más sublime que se ha escrito y entonado en el mundo, y constituye a la vez una de las páginas más grandiosas de la Biblia.

Les viene a decir a los de Corinto:
-Se ven ustedes enriquecidos como ninguna otra comunidad con dones sin cuento del Espíritu Santo: ¡qué profetas, qué obradores de milagros! ¡hay que ver cómo hablan en otras lenguas!...

Los corintios podían sentirse halagados con estas palabras. Pero sigue Pablo:
-Sin embargo, están en los principios. Todos esos carismas que los engolosinan no valen para nada en comparación del que ahora les voy a mostrar: ¡el amor! El amor vale más que todos ellos juntos.

Pablo se presenta como si tuviese todos los carismas, para decir:
“Aunque yo hable las lenguas de todos los hombres y de los mismos ángeles, si no tengo amor soy como un bronce que suena o como un címbalo que aturde.
“Aunque tenga el don de profecía, y conozca todos los misterios y toda la ciencia; aunque tenga tanta fe que sea capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.
“Aunque reparta todos mis bienes en beneficencia, y aunque entregue mi cuerpo a las llamas como un mártir, si no tengo amor, no me aprovecha nada”.

Al dictar Pablo estas palabras a su secretario no hace sino dejar hablar a su corazón arrebatado. Sin ser poeta ni versificador, Pablo estalla en un verdadero himno como tantos de la Biblia, pero superior a todos ellos. Hasta literariamente es una obra maestra.

De esta introducción tan elevada sobre el Amor ─el amor a Dios en especial─, desciende ahora Pablo al comportamiento del amor fraterno, al parecer rutinario y trivial, pero con observaciones llenas de prudencia y de un valor psicológico extraordinario.
¿Cómo es el amor verdadero?... Y nos dice:

“El amor es paciente, es amable;
“el amor no es envidioso, ni busca aparentar;
“el amor no se engríe, ni actúa con bajeza;
“el amor no busca su interés, ni se irrita;
“el amor no guarda recuerdo de las ofensas, sino que las perdona;
“el amor nunca se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad.
“El amor todo lo excusa. Todo lo cree. Too lo espera. Todo lo soporta”.

¿De qué amor ha hablado Pablo hasta ahora? ¿Del amor a Dios, o del amor al hermano?
De los dos en uno solo. Porque para Pablo no hay dos amores, sino uno solamente.
Con el único amor de Dios ─el cual ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado─, amamos a Dios y amamos a los hermanos.

Después de enumerar Pablo las cualidades del amor que se tiene a los demás, se eleva en su himno a las mayores alturas.
Todos los carismas pasarán, todos desaparecerán.
La FE, ¿para qué, si lo estaremos viendo todo?...
La ESPERANZA, ¿para qué, si lo tendremos todo en la mano sin poderlo ya perder?...
No quedará sino la CARIDAD, el amor.
“Ahora tenemos tres cosas: la fe, la esperanza, el amor. De las tres, la mayor de todas es el Amor”.


¡De qué manera nos ha metido Pablo en la eternidad de Dios!
En Dios lo veremos todo.
En Dios lo tendremos todo.
Metidos en la hoguera infinita del amor de Dios, amaremos a Dios con su mismo amor;
nos amaremos todos, ángeles y hombres, con amor intensísimo, ardiente y puro;
y amaremos todas las cosas, transformadas en morada digna de los hijos de Dios.

¿Qué dijeron los Corintios al leer este himno de Pablo?
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que la Iglesia ─leyendo y releyendo sin cesar esta página incomparable de Pablo─ ha valorado el Amor sobre todos los carismas habidos y por haber.
El sentido común de todos, hasta de los que están lejos de nosotros, coloca en los primeros puestos de la fila a Teresita ─la jovencita que no hizo nada metida en un convento de clausura─, a la Madre Teresa y a todos los que las acompañan…

¡El Amor! ¡La Caridad!...
Dios, al ser amor, actúa siempre con amor.
Y el hombre más completo y la mujer más perfecta no se encuentran entre los qué más lucen, sino entre los que más aman.
En la Iglesia tenemos la idea muy clara: la persona que más vale es la que más ama…

Autor: P. Pedro García Cmf | Fuente: Catholic.net
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viernes, 24 de octubre de 2008

En medio de la enfermedad

He pasado una semana enfermo, débil, sin ánimo para hacer cosas. Curiosamente, no he dejado de sentir la presencia amorosa de Dios.

He pasado una semana enfermo, débil, sin ánimo para hacer cosas. Curiosamente, no he dejado de sentir la presencia amorosa de Dios.

Tus fuerzas te abandonan y tú te abandonas ante su presencia soberana. Entonces surge Dios y dice: “No temas, Yo estoy contigo”. Y todo cambia. Comprendes que hay un sentido para todo, incluso tu enfermedad.

Por momentos, acostado, me trasladaba con mi mente a una capilla donde esta expuesto Jesús Sacramentado. Me detengo frente a Jesús y lo miro. Y le digo que lo quiero. “Eres mi mejor amigo, Señor”. No hacemos más que eso. Pero me siento tan feliz de poder entregarle estos pequeños gestos de amor.

Comprendo lo frágiles que somos los humanos y la grandeza de nuestro espíritu.

Anoche, ocurrió algo significativo. Me dormí profundamente y dormido, en sueños, me puse a rezar. Entonces escuché la voz paternal de Dios que se preguntaba:
“¿Qué haré contigo?”
Yo, intuitivamente respondí:
“Devolverme la salud”.
De pronto surgió una pregunta que me estremeció:
“¿Y qué hiciste con la salud que te di?”

Me vi entonces en un tranque vehicular gritándole al conductor de al lado… luego, molesto con una cajera que no me atendió a tiempo. Surgieron así, en cuestión de segundos, cientos de situaciones similares de las que me avergoncé.

Sin dejar de amarme, Dios preguntó:
“¿Amaste?”
“Muy poco Señor”, reconocí, “creo que fui egoísta con el tiempo que me diste”.
“Está bien reconocerlo”, dijo con ternura… “Tendrás otra oportunidad. Ama y haz todo el bien que puedas”.

Entonces desperté.

Algo pasó en ese sueño, que me llenó de esperanza.

La gripe está cediendo y pronto volveré a salir. Pero esta vez seré diferente. Trataré de ver al prójimo como a mi hermano, y estaré más cerca de Dios: amando, ayudando al que pueda.
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Te invitamos a rezar la Novena por los Fieles Difuntos durante estos nueve días anteriores a la fiesta que celebramos el 2 de noviembre.

Autor: Caludio de Castro | Fuente: Catholic.net
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jueves, 23 de octubre de 2008

La Eucaristía, principio vivificante

“Si no comeís la carne del Hijo del hombre y no bebeís su sangre, no tendreís vida en vosotros”

Además de los efectos particulares que tiene la Eucaristía, el principal de los cuales es la gracia cibativa, tiene, también, un efecto general, como sacramento que se relaciona con los otros, como fin de todos ellos, como su consumación y como principio vivificante del que depende la eficacia de todos los demás.

Hay muchas especies morales de gracia: el bautismo y la penitencia regeneran; la confirmación robustece; el orden sagrado y el matrimonio son gracia de estado. Todas estas gracias tienen un elemento que santifican al hombre, o sea, lo vivifican, lo sobrenaturalizan, lo divinizan. El bautismo y la penitencia quitan el pecado y dan la vida; la confirmación robustece, pero aumentando la vida; el orden y el matrimonio dan la gracia de estado que da vida a quienen los reciben en relación al cumplimiento de los deberes de estado.

El elemento vivificante es efecto del sacramento de la Eucaristía. Por eso: “Si no comeís la carne del Hijo del hombre y no bebeís su sangre, no tendreís vida en vosotros” (Jn 6, 53).

No hay modo de vivificarnos con la vida sobrenatural sino a través de la Eucaristía. Dice Santo Tomás: “La Eucaristía tiene por sí misma poder para dar la gracia, de tal modo, que nadie tiene la gracia antes de recibir la Eucaristía al menos en deseo; en deseo personal como los adultos, en deseo de la Iglesia como los niños ... Es tal la eficacia de su poder, que con sólo su deseo recibimos la gracia, con la que nos vivificamos espiritualmente”(1) Hace crecer y perfeccionar la vida espiritual, para que el hombre en sí mismo sea perfecto por la unión con Dios.

De lo dicho se desprende que la Eucaristía se recibe in voto real cuando se recibe cualquier otro sacramento (el deseo o voto de la Eucaristía está objetivamente incluído en todos los otros ritos sacramentales). “La recepción de todos ellos viene a ser como preparación para recibir o consagrar la Eucaristía”(2).

La Eucaristía es el fin de todos los sacramentos y está en todos, como el fin está en los medios que a él conducen.

Por eso decía San Agustín:“No penséis que los niños no pueden tener la vida por estar ayunos del cuerpo y de la sangre de Cristo"(3). “No cabe dudar de que los fieles se hacen partícipes del cuerpo y la sangre del Señor cuando en el bautismo se hacen miembros del cuerpo de Cristo. Y no están alejados del consorcio del pan y del cáliz, aún en el caso de que no lo coman ni lo beban, si dejan el mundo estando ya constituídos en la unidad de este cuerpo”(4).

Dice Santo Tomás que: “a este sacramento pueden asignarse los efectos de todos los sacramentos, en cuanto que es la perfección de todo sacramento, teniendo como en principio y plenitud (o como en síntesis y en suma) todo lo que los otros sacramentos contienen particularmente”(5).

Por tanto, “es necesario concluir que la Eucaristía es un sacramento general; contiene lo de todos, hace lo de todos, actúa en todos. No se compara con ellos como uno de tantos sólo, sino, además, como el primero, principal y universal”(6).

Por tanto la Eucaristía es el principio vivificador de todos los demás sacramentos, como enseñó la Verdad Encarnada: “Si no comeís la carne del Hijo del hombre y no bebeís su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn 6, 53).


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(1) S.Th. 3, q 79, a 1, ad 1.
(2) S.Th. 3, q 73, a 3.
(3) Contra pelagianos,lib. 1, cap 22.
(4) Ps-Beda, In I Cor 10, 17; cfr. Graciano, Decretum, p 3, d 4, cn 131 Nulli est.
(5) In Sent. 4, d.8, q. 1, a.2; q a 2 ad 4: “”Ad quartum dicendum quod sacramentum habet omnem suavitatem, inquantum continet fontem omnis gratiae, quamvis non ordinatur eius usus ad omnes effectus sacramentalis gratiae. Vel dicendum, quod etiam quantum ad effectum habet omnem suavitatis effectum in reficiendo, quia hoc solum sacramentum per modum refectionis operatur. Vel dicendum secundum Dionysium (de eccles. Hier. cap. ult.) quod omnium sacramentorum effectus huic sacramento possunt ascribi, inquantum perfectio est omnis sacramenti, habens quasi in capitulo, et summa omnia quae alia sacramenta continent singillatim”
(6) R.P. Emilio Saurás, O.P., Introducción a la cuestión 79, S. Th., t. XIII, BAC, Madrid, 1957, pág. 672. Resaltado nuestro.

Autor: P. Carlos M. Buela | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 22 de octubre de 2008

33. El Espíritu en acción. Los carismas del Espíritu Santo

Al Espíritu Santo no le ata nadie la mano y prodiga sus dones en abundancia insospechada.

Era en una reunión de líderes católicos, y llevaba la batuta, como siempre, el amigo Miguel, que dijo con desenfado al final:

- ¿Para qué Dios me dio buen oído y he aprendido música? Viviré y moriré tocando y dirigiendo el canto en el culto. Éste es mi servicio a la Iglesia de Dios. Ustedes saben que así la he servido siempre. El día en que no lo haga, mándenme fuera, y que Dios se me lleve pronto. Si no “sirvo”, ¿para qué estoy en el mundo?...

Unas palabras muy sencillas, pero que todos entendimos muy bien. Miguel empleaba intencionadamente la palabra “servir”, de un significado tan hondo en la Iglesia desde los tiempos de San Pablo. ¿Y queremos saber cuál era el servicio de Miguel en la parroquia? ¡Director del coro!... A esto se reducía toda su acción.

Sin embargo, no podía Miguel expresarse mejor. Dotado singularmente para la música, no faltó nunca en una función ante las teclas del órgano y al frente de los cantores. Un ensayo, una celebración, eran para él tan importantes como la mujer y los hijos. Vivía con profunda convicción lo del apóstol San Pedro:

“Que cada cual ponga al servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios. Si alguno habla, sean palabras de Dios; si alguno presta un servicio, hágalo en virtud del poder recibido de Dios, para que Dios sea glorificado en todo por Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (1Pe 10-11)

Fuera de San Pablo, que habla de los “carismas” tan abundantemente, nadie en el Nuevo Testamento los ha mencionado sino el apóstol San Pedro con esas palabras que hemos escuchado, tan acertadas, tan estupendas, tomadas indiscutiblemente de su colega Pablo.

Hoy en la Iglesia hablamos mucho de los carismas. Es algo que está felizmente de moda y que hace tanto bien. Porque ha despertado la conciencia en muchos cristianos de que los dones que se han recibido de Dios hay que ponerlos a disposición de todos.

No todos valemos para todo. Pero todos valemos para algo. Y puesto al servicio de los demás aquello para lo cual cada uno vale, es cuando todo el Pueblo de Dios está perfectamente servido y camina con facilidad y alegría hacia el Señor.

Pasamos sin más a San Pablo, y nos preguntamos: ¿Qué son, y cuántos son los carismas en San Pablo?

Para el Apóstol, carismas son esos dones o gracias, cualidades o aficiones, que Dios da a cada uno para que los pueda poner al servicio de los demás. Y cita dos o tres listas en las tres cartas a los de Corinto, Roma y Éfeso (1Co 12-14; Ro 12,3-8; Ef 4, 11-12)

Cita, entre otros, los siguientes carismas como más significativos:

Sabiduría y ciencia, con las que se penetra en los misterios de Dios y se saben exponer.

Fe entusiasta, capaz de emprender obras grandes fiados sólo en Dios.

Curaciones y milagros, para sanar enfermos.

Profecía es el don de enseñar y predicar para edificar, exhortar y consolar.

Discreción de espíritus, que ve en las almas y capacita para dar consejos acertados.

Apostolado y evangelización, para difundir la fe y hacer conocer al Señor.

Pastoreo y gobierno, propio de los que Dios elige y pone al frente de la Iglesia.

Doctorado, que enseña con gran competencia la doctrina de Dios.
Revelaciones de misterios o verdades de Dios para bien de la Iglesia.

Ejercicio de la misericordia, con tantas obras a favor de los necesitados.

Caridad, que reparte los propios bienes.

Como se ve, son muchos y se pueden añadir otros y otros. Al Espíritu Santo no le ata nadie la mano y los prodiga en abundancia insospechada.

Sin embargo, ¿qué es lo que ocurría en tiempos de Pablo, en las Iglesias que él había fundado, y lo que ha ocurrido hoy en las asambleas carismáticas?

Pues, una equivocación que Pablo se encargó de aclarar. Se entusiasmaron los cristianos con carismas llamativos, como el don de lenguas, que era el menos importante.

Valían mucho más otros carismas menos espectaculares y que se ejercitan con mucha humildad, como el ejercicio de la caridad o misericordia y el servicio en las cosas materiales de la Iglesia.

Para Pablo, era un carisma muy bueno la profecía, o sea, el hablar, predicar o enseñar de parte de Dios las verdades de la fe, que instruyen, edifican, exhortan y reparten consuelo. Como lo es también el carisma de gobierno, tan propio de los pastores y de quienes dirigen grupos o comunidades.

Estos dones y gracias no son de santificación personal, sino de servicio social y eclesial. Se emplean y se ejercen para bien de los demás. El que los ejerce se santifica por el amor a Dios y al hermano con que los realiza.

Ponemos un ejemplo que vale por muchas explicaciones: el de la catequista que enseña a los niños la doctrina cristiana.

La catequista desempeña un carisma extraordinario y magnífico. El fruto es todo para los niños a los que ilustra y forma y lleva hacia Jesús. Y ella, ¿no gana nada para sí misma? Con el carisma, no. Pero crece mucho en santidad y en mérito para la gloria, por el amor a Dios, a la Iglesia y a los niños con que lo ejercita.

El Espíritu Santo reparte los carismas para bien de todos. A unos les da unos y a otros les da otros. Y entre los carismas de todos se llega a conseguir el bien de la Iglesia entera.

¡Qué rica es la Iglesia con tanto carisma como el Espíritu reparte entre sus miembros!

Unos carismas son extraordinarios, como el de Karol Wojtyla para convertirse en Papa Juan Pablo II, o el de Margarita María para ver al Corazón de Jesús y enseñar su devoción.

Otros carismas son bien ordinarios, como el del amigo Miguel, para dirigir con amor el coro de la parroquia.

Pero todos son y sirven para hacer que la Iglesia crezca en santidad ante Dios y aparezca ante el mundo como la esposa privilegiada de Jesucristo.

Pablo intuyó esto como nadie; y él, que estaba cargado de carismas, pudo decirnos:

- Ponga cada uno al servicio de la Iglesia sus cualidades.

¡Aspiren a tener los mayores carismas!
Y háganme caso cuando les enseñe yo el camino mejor: ¡Amen! ¡Tengan un corazón abrasado en amor! Que con mucho amor dentro, harán maravillas…

Autor: P. Pedro García Cmf | Fuente: Catholic.net
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martes, 21 de octubre de 2008

Dios está donde le dejan entrar

Todo cambia cuando le dejamos entrar, cuando Él pasa a ser parte de nuestra vida y le dejamos actuar.

Un día, el Rabí Mendel de Kotzk, recibiendo a algunos sabios personajes, sorprendió a sus visitantes preguntando de repente: “¿Dónde habita Dios?”. Se burlaron de él: “Qué te pasa? ¿No está lleno el mundo de su magnificencia?”. El Rabí respondió: “Dios está donde le dejan entrar”.

Dios está en nuestro mundo, en medio de nosotros, en el interior de cada uno; pero hay que reconocerlo y permitirle que esté vivo. “Es aquí, en el sitio donde nos encontramos, donde se trata de hacer brillar la luz de la vida divina escondida” (M. Buber). Pablo invita a vivir como “hijos de la luz” (Ef 5,8-9). Y donde la luz tiene sus efectos todo es bondad, santidad y verdad.

Es vital reconocer que Dios está presente, que su amor lo penetra y lo envuelve todo. San Juan de la Cruz pone en boca de Cristo esta sentencia: “¡Desdichado de aquel que de mi amor ha hecho ausencia y no quiere gozar de mi presencia!”. En efecto, no hay mayor desdicha que ausentarse de Dios y huir de su presencia. No hay mayor gozo que creer en él y disfrutar de su divina presencia.

Tener conciencia de Dios, creer que nos ama y nos llama, cambia completamente la vida de las personas. Así le pasó a P. Claudel. En la Navidad de 1886, “no teniendo nada que hacer”, asiste a las Vísperas cantadas en Notre Dame de París, esperando que las ceremonias religiosas le han de brindar inspiración poética. De improviso le sobrecoge la conciencia de Dios como una gran realidad personal, como “Alguien”, y desde ese momento toda su mentalidad y su vida cambian por completo.

Dios está presente, nos llama por nuestro nombre, nos ama. Sus ojos amorosos lo ven todo y están fijos siempre en sus criaturas. Nos ve donde quiera que estemos. No se puede huir de su presencia. Él está dondequiera que vayamos. “Te ve dondequiera que estés. Te llama por tu nombre. Te mira. Te comprende. Conoce todos tus sentimientos y pensamientos íntimos, tu debilidad, tu fortaleza. Te ve en tus días de gozo y en tus días de pesar. Observa tu semblante. Oye tu voz. Percibe los latidos de tu corazón; tu misma respiración no se le escapa. Tú no puedes amarte más de lo que Él te ama” (Newman).

Creer que es un Padre amoroso, que está presente en todos los momentos de la vida y pendiente de cada uno de los seres humanos, ayuda a caminar. Creer en su bondad, en su providencia, es de gran luz para cuando la noche se acerca y se oscurece la fe.

Todo va bien cuando creemos y caminamos en la presencia de Dios. Todo cambia cuando le dejamos entrar, cuando Él pasa a ser parte de nuestra vida y le dejamos actuar. Todo es posible para aquél que cuenta con Dios.

Autor: P. Eusebio Gómez Navarro OCD | Fuente: eusebiogomeznavarro.org
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lunes, 20 de octubre de 2008

32. ¡Aquí estás presente, Señor! Pablo sobre la Eucaristía

¡Hay para caer de rodillas solamente con escucharlo!... “¡Dios está aquí!”

Dos protestantes norteamericanos se hallaban en una iglesia católica del norte de Italia. La señora, muy cristiana, acababa de perder a su esposo en el viaje, y, al no tener iglesia episcopaliana en la ciudad, iba al culto católico con la familia que la hospedaba cariñosamente.

Aquel día en la Misa, al alzarse la Sagrada Hostia en la consagración, le dice con sorna el amigo que le acompañó sólo por caballerosidad:

- ¿Te das cuenta? A eso llaman los católicos el Cuerpo de Cristo. Un simple recuerdo lo han convertido en el mismo Señor Jesucristo, y eso es lo que adoran.

La joven señora calló. Pero empezó a discurrir, y contestó seriamente a su amigo:

- ¿No está aquí Jesucristo? ¿Es la Eucaristía sólo un recuerdo? Entonces, ¿cómo dice San Pablo que el que comulga indignamente se hace reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor?...

El amigo se calló como un muerto y no supo qué responder.

Aquí estuvo todo. La señora protestante, bellísima mujer y ahora viuda, se hizo católica con sus cinco hijitos; en la Iglesia Católica comulgó muchas veces, y hoy la veneramos en los altares como la primera norteamericana canonizada: Santa Elizabeth Seton.

Mujer tan querida, nos pone hoy ante una página verdaderamente excepcional de San Pablo: los capítulos diez y once de la primera carta a los de Corinto. ¿Por qué es tan “excepcional” esta página? Porque nos narra, con una fidelidad asombrosa, la institución de la Eucaristía bastantes años antes de que lo hagan los Evangelios.

Y lo hace Pablo con las mismas palabras que Marcos, Mateo y Lucas, sin ponerse para nada de acuerdo con ninguno de los evangelistas, y con esta monición previa:

- Les transmito la tradición que recibí del Señor.

Es decir: la verdad que Pablo nos narra la ha bebido inmediatamente en la fuente más pura, como eran los apóstoles testigos de la Última Cena, y los primerísimos cristianos de las Iglesias de Damasco y de Antioquía y de Jerusalén, en las que recibió al Señor al celebrarse la Fracción del Pan.

Por eso dice: “¡Les transmití la tradición que yo mismo recibí del Señor!”.

¡Benditas palabras de Pablo, que borran en la Iglesia, independientemente de los Evangelios, cualquier duda acerca de la realidad de la Eucaristía!

“Dios está aquí”, canta desde entonces la Iglesia, y lo seguimos cantando nosotros con la misma fe de Pablo, de los demás apóstoles, de nuestros primeros hermanos en la fe.

Como los racionalistas no pueden negar las palabras de Pablo ni las pudo borrar Lutero, todos los que están fuera de la Iglesia, por más explicaciones que se les quieran dar, siempre chocan con la tremenda realidad que dice Pablo: Esto ES ni cuerpo, esta ES mi sangre.

Si ES, nada vale el cambiar la palabra por otras que se inventan a montones:

- Celebren esto; “figura” de mi Cuerpo…; hagan esto como “memoria” de mi cuerpo…; conserven esto como “recuerdo” mío…

Es inútil hablar así: Pablo el primero, y los Evangelios después, escribieron nítidamente:

“Esto ES mi cuerpo, esta Es mi sangre”. Y Juan, ya ancianito, transmite las palabras del mismo Jesús: “Porque mi carne ES verdadera comida, y mi sangre ES verdadera bebida”.

Pero, vaya, hoy no vamos a salirnos del relato de Pablo.

Los sacrificios ofrecidos a los ídolos le sirven como de introducción:

- ¿No se dan cuenta de que nosotros ofrecemos el Cuerpo y la Sangre del Señor? ¿Cómo pueden entonces ustedes comer el Cuerpo y Sangre del Señor, verdadero sacrificio cristiano, a la vez que comen el sacrificio ofrecido a Satanás?... (10,14-21)

Así, claro. El pan y el vino consagrados SON realmente el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Pablo pasa después a la institución de la Eucaristía, cargada de historia apostólica y de doctrina sublime (11,23-27). Sus palabras no tienen desperdicio alguno:

“Yo he recibido del Señor lo que les he transmitido a ustedes: que el Señor Jesús, la noche en que era entregado tomó pan, y, después de dar gracias, lo partió, diciendo: Esto es mi cuerpo, el que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía.

“Igualmente, después de la cena, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza por la sangre mía; cuantas veces lo beban, háganlo en memoria mía.

“Por lo mismo, cada vez que comen este pan y beben este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que venga.

“Por lo cual, quien coma el pan y beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor”.

¡Hay para caer de rodillas solamente con escucharlo!... “¡Dios está aquí!”.
Si sabemos analizar este párrafo grandioso, nos asombramos con cada palabra.

“Yo lo he recibido del Señor”, dice. ¿Y quién se atreve a contradecir a Pablo?...

“Después de dar gracias”, añade.
Era el rito de los judíos sobre el pan que iban a comer. Gracias se traducía al griego por “eucaristía”. Y por “Eucaristía” conocemos en la Iglesia el máximo regalo de Dios.

“Hagan esto”, dijo el Señor, y lo repite Pablo. Es decir: Hagan lo que Jesús ha hecho.
Y lo que ha hecho Jesús es convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre.

“En memoria mía”, dijo también Jesús.
Por poco hebreo que se sepa, “memoria” no es “recuerdo”, sino “memorial”.
O sea: es la misma acción que hizo el Señor, repetida por los apóstoles y sus sucesores, a los que entonces consagraba Jesús sacerdotes en sucesión ininterrumpida a través de los siglos.

“Hasta que el Señor vuelva”, añade Pablo.
Hasta el fin del mundo seguirá la Iglesia repitiendo el gesto del Señor, mientras proclama su muerte y su resurrección.

“Reo del cuerpo y de la sangre del Señor”, concluye Pablo con severidad.
¿Lo entendió bien Elizabeth Seton, la protestante, que se dio cuenta del error en que estaba y creyó después con toda su alma?...

Su magnífico esposo, al enfermar gravemente, le pidió:

- ¿No me puedes traer el recuerdo del cuerpo y la sangre del Señor?...
La esposa querida le trajo un trocito de pan y una copita de vino:
- ¡Tómalo! ¡Vete al cielo! ¡Jesús te espera!…
Elizabeth hizo lo que entonces sabía.
Después, católica, hubiera hecho más con el Pan consagrado.

A nuestra fe en la Eucaristía se ha unido siempre la poesía más inspirada y más bella.
“Una espiga dorada por el sol, el racimo que corta el viñador”…, cantamos.
La naturaleza y el hombre se han unido para poner en manos del Señor lo más rico que produce la tierra y que saben fabricar nuestras manos:
- ¡Toma, Jesús, este pan y este vino! ¿Qué vas a hacer con ellos?..., le decimos nosotros.
Y nos contesta Él:
- ¿Qué quieren que haga? Los amo mucho.
¡Tengan, coman, beban! Es el más rico manjar y la bebida más deliciosa que les puedo ofrecer en mi mesa. ¡Cómanme, que soy yo!...

Autor: P. Pedro García Cmf | Fuente: Catholic.net
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sábado, 18 de octubre de 2008

Lucas nos dió a conocer a todos a Cristo

Lucas nos diría hoy que estemos seguros de que todo esfuerzo por transmitir la fe, tiene a Dios por garantía y fruto seguro.

La Iglesia celebra a san Lucas poniendo en la liturgia el pasaje de los setenta y dos discípulos que salen a predicar la palabra de Dios. Lucas nos narra aquí la alegre partida del primer grupo de predicadores de la historia cristiana. Más adelante nos narrará, en los Hechos, los frutos imparables de esta primera predicación.

¿Sabía san Lucas que el Evangelio llegaría con la velocidad de un reguero de pólvora a todo el mundo conocido? ¿Sabía que esa locura en la que él había creído conquistaría miles de millones de vidas?

Sabemos, ciertamente que Lucas creyó, y creyó con tal fuerza que nos quiso escribir los avances incontenibles de la fe por la que había apostado en la vida y por la que había dado todo lo que tenía. Desde el cielo, Lucas nos mira continuamente y -estoy seguro- arde en deseos de gritarnos que creamos, que confiemos, que estemos seguros de que todo esfuerzo por transmitir la fe tiene a Dios por garantía infalible y que, por lo tanto, dará su fruto. Pero sin perder de vista que nuestra primera misión somos nosotros mismos.

Cristo, lo fundamental que hizo fue obedecer al Padre respecto a la voluntad que Éste tenía para Él, y así consiguió para nosotros la salvación. Pues nosotros, como empresa apostólica primera tenemos la salvación de nuestra alma, y el cumplimiento de la Voluntad de Dios sobre nosotros. No suceda, como dice san Pablo, que habiendo predicado a otros, yo vaya a ser reprobado.

Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
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viernes, 17 de octubre de 2008

Obediente hasta la cruz

Dios está cerca del dolor, sea moral o físico, siempre cerca de nosotros.

El Evangelio nos dice: Después de que llegaron al lugar llamado Calvario, ahí lo crucificaron... El laconismo no puede ser mayor. Pero ¡cuánto dolor hay detrás de estas palabras! Dolor de la humillación de ser el espectáculo del pueblo, el hazmerreír de la chusma. Dolor del pudor que siente que le arrancan los vestidos y la piel. Dolor de la sien que parece estallarle. Dolor de los clavos que penetran bajo sordos golpes del martillo y taladran hasta abrir hilos de sangre en las manos y en los pies. Dolor al ver a la Madre destrozada por la angustia. Dolor de ver la ingratitud a su amor. Dolor de conocer la esterilidad de su sacrificio en tantas almas...

Quien sufre -y a todo hombre le llega su momento, porque el dolor es la herencia del pecado- puede afrontar su sufrimiento de diversas formas: desesperación, rabia, escepticismo, odio... Otros sencillamente se resignan sin comprender jamás ni el porqué ni el para qué de su sufrimiento. Y Cristo nos deja clara la razón: el dolor por obediencia redentora.

Si miramos sin fe la cruz de Cristo, como si miramos el dolor humano desde un punto de vista meramente natural, sólo hallaremos como respuesta el absurdo.

Pero muy por encima del existencialismo desesperado de la vida, brilla la luz del misterio. Nadie me arrebata mi vida, sino que la entrego yo mismo... Éste es el mandato que recibí de mi Padre (Jn 10, 18). Ahí está la clave para comprender a Cristo crucificado y toda su doctrina y obra. Va al dolor y a la misma muerte con plena conciencia y con la más absoluta libertad. No ofrece una obediencia pasiva y resignada, "porque no hay otra alternativa", sino voluntaria y cumplida con perfección en el detalle: hasta sus últimas consecuencias. Y esto, a pesar de todo el dolor que le desgarra... Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2, 8).

Sólo a la luz de esa obediencia amorosa se comprende la muerte de Cristo. Y porque ha obedecido, dirige la mirada a su Padre con confianza. Ha terminado su obra, ha llegado al final a pesar de todas las dificultades, a pesar de la cruz y de la muerte. Y en sus últimas palabras alcanzamos a percibir que es tal su amor, tanta la paz que invade su ser después de haber consumado la Redención, que el sufrimiento, el dolor y la muerte no tienen ya ningún poder sobre Él: En tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu.

Dios está cerca del dolor, sea moral o físico, pues Él en Jesucristo también se quiso identificar con el sufrimiento humano, escogiendo la cruz para salvarnos. Por eso, el sufrimiento nos purifica, nos hace más agradables a Dios, nos educa en la recta apreciación de la vida humana y del sentido de la misma.

Autor: P. José Luis Richard
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jueves, 16 de octubre de 2008

Anunciamos tu muerte .........

Cada vez que participamos de la Santa Misa anunciamos la muerte del Señor y también "proclamamos su resurrección"

La Eucaristía: ¡Es el anuncio de la muerte del Señor!

El anuncio o representación de la muerte de Cristo, de tal manera va unido a la celebración de la Eucaristía, que no puede existir sin ella. Como enseña el Apóstol San Pablo: "Pues cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1Cor 11,26). Cada Misa es el anuncio de la muerte del Señor en la cruz del Calvario de Jerusalén.

Pero, ¿de qué manera es anuncio? No es anuncio sólo porque se dice, o sea, sólo por las palabras que se pronuncian: "Anunciamos tu muerte...", después de la consagración. Es anuncio con la realidad de los hechos, con lo que se hace. ¿Con qué se hace el anuncio? Con lo que se hace en la Misa, aunque no dijésemos las palabras: "Anunciamos tu muerte...". ¿En qué momento se hace el anuncio? En el momento de la doble consagración, es decir, con la transustanciación del pan y con la transustanciación del vino, realizadas separadamente.

Por eso: "Anunciamos tu muerte...".

1. ¿Por qué es esto así?

Esto es así, porque Cristo, ¡así la instituyó!

La Eucaristía fue de tal manera instituida por Jesucristo, la noche del Jueves Santo en el Cenáculo de Jerusalén, que en virtud de las palabras de la consagración se pone, directamente, el Cuerpo bajo la especie de la pan y se pone, directamente, la Sangre bajo la especie de vino. Ahora bien, esta separación es una separación simbólica del Cuerpo y la Sangre de Cristo; es como su muerte o inmolación mística, o sacramental; incruenta, que como por imagen real representa objetivamente la muerte de Cristo en la Cruz.

Y Cristo mandó a los apóstoles y a sus sucesores en el sacerdocio que reiterasen el mismo doble acto consecrativo sobre el pan y sobre el vino: "Haced esto en conmemoración mía". No sólo sobre una especie. Ni sólo sobre la otra especie. Sino sobre las dos especies. ¡Que maravilla de las maravillas! ¡Desde hace 2000 años que se hace así!

Y por eso: "Anunciamos tu muerte...".



Dicho de otra manera, ¿por qué no basta con la sola consagración del pan? Porque sin la consagración de ambas especies no hay representación perfecta del sacrificio de la Cruz, ya que la sola consagración del pan con las palabras de la forma "Esto es mi cuerpo...", no representa, perfectamente, la muerte del Señor.

Sólo la oposición a la otra especie – el pan opuesto al vino y el vino opuesto al pan - y sólo la oposición a la otra forma – "Este es mi Cuerpo..." opuesto a "Esta es mi Sangre..." y "Esta es mi Sangre..." opuesta a "Este es mi Cuerpo..." -, muestra su Cuerpo como separado de su Sangre y, por tanto, muestra su Cuerpo como muerto y exangüe, o sea, desangrado, sin vida, entregado, sacrificado.

Dicho de otra manera, ¿por qué no basta con la sola consagración del vino? Asimismo, la consagración sola del vino por las palabras de la forma: "Esta es mi Sangre... que será derramada...", representa la Sangre del Señor como derramada, pero no ofrece a nuestros sentidos al Cristo, íntegro y total, inmolado por nosotros por la efusión de su Sangre salida de su Cuerpo. De ahí que enseñe Santo Tomás: "Es la Eucaristía memorial de la Pasión del Señor, por la cual la Sangre de Cristo fue separada de su Cuerpo y por eso se ofrecen místicamente separados en este sacramento". Y en otra parte: "La Sangre consagrada separadamente representa en especial la Pasión de Cristo, por la que su Sangre fue separada del Cuerpo".

Por eso: "Anunciamos tu muerte...".

3. ¿Por qué primero se consagra el pan?

Es necesario que primero se consagre el pan y luego el vino, para tener primero el Cuerpo y luego la Sangre.

Porque primero debe haber el sujeto de quién se predica o anuncia algo. De ahí que es necesaria la consagración previa del Cuerpo, porque es menester, para que la representación de la Pasión pueda obtenerse, que haya sujeto, y en la Cruz lo fue el Cuerpo lacerado, es decir, golpeado, magullado, herido, lastimado y separado de su Sangre en el momento de la muerte. Por eso, primero se consagra el pan en el Cuerpo del Señor y luego, separadamente, se consagra el vino en su Sangre.

Por eso: "Anunciamos tu muerte...".

4. ¿Por qué en segundo lugar se consagra el vino?

Porque la Sangre consagrada separadamente del Cuerpo es representación viva y expresa de la Pasión de Cristo. Por eso se hace mención del efecto de la Pasión y Muerte del Señor en la consagración de la Sangre, más bien que en la consagración del Cuerpo, que es el sujeto de la Pasión. En la consagración del Cuerpo sólo se dice: "Este es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros", como si dijera que "se somete a la Pasión por vosotros". Pero en la consagración de la Sangre se menciona el poder de la Sangre derramada en la Pasión, que actúa en el sacramento y que nos obtiene tres cosas. La primera y principal, alcanzar la vida eterna, por aquello de: "Teniendo esperanza de entrar en el santuario en virtud de la Sangre de Cristo" (Heb 10, 19) y que expresamos al decir en la consagración: "Sangre de la Alianza Nueva y Eterna"; la segunda, que se ordena a quitar los obstáculos para alcanzar la vida eterna y la justificación, según aquello: "La Sangre de Cristo limpiará nuestra conciencia de las obras muertas" (Heb 9, 14), por eso se agrega: "...que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados"; y el tercer efecto de la Pasión de Cristo, nos alcanza la gracia de la justificación, que se nos da con la fe, según aquello: "A quien ha puesto Dios como propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia y para justificar a todo el que cree en Jesucristo" (Rom 3, 25-26) y esto se significa por las palabras: "Este es el misterio de la fe" o semejantes. De tal manera, que en la consagración de la Sangre se hace mención explícita de los tres grandes efectos de la Pasión que obran en la Misa: 1. Nos hace alcanzar la vida eterna, 2. nos alcanza la justificación, 3. quita los obstáculos para que alcancemos ambas.

Por eso, la consagración de la Sangre es la parte principal de la perpetuación del sacrificio de la Cruz que se verifica en la Misa, ya que en la consagración del Cuerpo se representa el sujeto de la Pasión, pero en la consagración de la Sangre se representa el misterio mismo de la Pasión de Cristo obrada por la efusión de la Sangre.

Por eso: "Anunciamos tu muerte...".

5. La Misa es un sacrificio sacramental.

En la Misa, estamos ante un sacrificio sacramental, o lo que es lo mismo, un sacramento sacrificial. Así como en el sacramento del bautismo el agua es signo sensible y eficaz, que realiza lo que significa, porque lava el alma de los pecados; así como en el sacramento de la confirmación el óleo es signo sensible y eficaz, que realiza lo que significa, porque fortalece el alma; así en el sacramento de la Eucaristía el vino consagrado separadamente del pan es signo sensible y eficaz de la separación de la Sangre del Cuerpo de nuestro Señor en la Cruz, es decir, que realiza lo que significa, por eso la Misa es la perpetuación del Sacrificio de la Cruz.

Por último, Jesucristo ofreciendo cada día, cada Misa, es Sacerdote Eterno según el orden de Melquisedec (Heb 7,17). Melquisedec ofreció sacrificio de pan y vino. Para que al tipo responda el antitipo y en la figura lo figurado es necesario que se haga también en las dos especies de pan y vino la consagración del sacrificio eucarístico.

Queridos hermanos y hermanas:

¡Qué maravilla de las maravillas! ¡Lo que ocurrió en el Cenáculo, ocurrirá aquí! ¡Lo que sucedió en el Calvario, sucederá aquí! ¡Lo que hizo Jesús en la Última Cena, anticipando el sacrificio de la Cruz, lo que luego repitieron los Santos Apóstoles y durante siglos y siglos siguieron repitiendo los santos Obispos y sacerdotes, se repetirá aquí! La Misa es sacrificio, el mismo de la Cruz, quienes comulgan de la Víctima ofrecida participan del sacrificio de la Cruz, como dice San Pablo: "¿No participan del sacrificio los que participan de las víctimas?" (1 Cor 10, 18).

Nunca olvidemos que cada vez que participamos de la Santa Misa anunciamos la muerte del Señor, pero también "proclamamos su resurrección", y no solo por un tiempo, sino "hasta que vuelva".

Pidámosle a Nuestra Señora del Rosario que recordemos siempre, de manera especial cuando rezamos los misterios dolorosos del Rosario y, sobre todo, cuando participamos de la Santa Misa, que con la Eucaristía: "Anunciamos la muerte del Señor...".

Autor: P. Carlos Buela | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 15 de octubre de 2008

31. ¡La Iglesia! A pensar como Pablo

Para Pablo no existen dudas. Basta mantenerse fieles al Papa que la cuida en nombre del mismo Señor y dirigido siempre por el Espíritu Santo.

Me tocó presenciarlo, y se lo cuento a ustedes.

Hacía un día espléndido y avanzaba la nutrida y solemne procesión por las calles de la ciudad, hasta dar en el parque donde abría sus puertas la majestuosa Catedral.
Algunos obispos, muchos sacerdotes y gran cantidad de fieles ofrecían un espectáculo digno de Dios.

El gentío se aglomeraba y apretaba para poder entrar en el templo, mientras los altoparlantes difundían el conocido cantar:

“Todos unidos, formando un solo cuerpo, un Pueblo que en la Pascua nació.
“Miembros de Cristo, en Sangre redimidos, Iglesia peregrina de Dios.
“Somos en la tierra semilla de oro Reino, somos testimonio de amor.
“Paz para las guerras, y luz entre las sombras, Iglesia peregrina de Dios”.


Un sacerdote ya entrado en edad, notable profesor de Teología en el Seminario, comentó con austera emoción:

- ¡Qué imagen más viva de la Iglesia! Peregrinando festiva, guiada por sus Pastores, y empeñada en entrar en la Gloria, para ocupar allí su puesto, como ahora este Pueblo de Dios en la catedral...

Este fue el comentario de aquel autorizado profesor.

¿Podemos nosotros ahora pensar en la Iglesia peregrina así, de la misma manera, pero a la luz de lo que sobre ella nos dice San Pablo? Espiguemos algo a través de las cartas del Apóstol.

La Iglesia camina “formando un solo cuerpo”, un solo pueblo, con unidad indivisa e indivisible, bajo la jefatura y el mando del único Señor que es Jesucristo.
Esto es fundamental en la enseñanza de Pablo.

Cuando se enteró el Apóstol que en Corinto se habían formado grupos y facciones, escribió con energía inusitada: “¿Es que por casualidad se ha dividido Cristo?” (1Co 1,13)

Dejando los gritos de enojo, pedirá después escribiendo a los de Éfeso:

“Pongan empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Porque sólo hay un cuerpo y un solo Espíritu, igual que es una sola también la esperanza a la cual han sido llamados” (Ef 4,4)

Si es uno solo el Cuerpo de Cristo, no se puede separar ninguno de sus miembros.
Si el Cuerpo está animado por el Espíritu, cualquier desgajarse del Cuerpo será entristecer al Espíritu Santo de Dios (Ef 4,30)

Comer la Eucaristía mientras se fomentan divisiones será un imposible en la Iglesia.
Porque desde el momento que es uno solo el Pan que comemos, somos también UNO SOLO cuantos comemos del mismo Pan (1Co 10,17)

¿Se quiere conservar en la Iglesia esa unidad que cantamos y vivimos?

Para Pablo no existen dudas.

Basta mantenerse fieles al Papa y los Obispos, que la cuidan en nombre del mismo Señor y dirigidos siempre por el Espíritu Santo.

Bajo su enseñanza y orientación no se resquebraja nunca la unidad del Pueblo de Dios.

Dios ha tenido con su Iglesia la gran providencia de dotarla de guías expertos, abnegados, entregados hasta el mayor sacrificio, que cuidan del rebaño como el mismo Buen Pastor, en cuyo nombre ejercen su ministerio.

Así se lo expresaba Pablo a los ancianos de Éfeso que habían llegado a Mileto para despedirlo:

“Tengan cuidado de ustedes y de toda la grey, en medio de la cual les ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo” Para Pablo no existen dudas.(Hch 20,28)

Al mencionar Pablo la Sangre de Cristo se nos va el pensamiento sin más al Calvario y también se nos remonta hasta el paraíso.
Dios le infundía a Adán un sueño profundo, le arrancaba una costilla al lado del corazón, y le presentaba poco después a Eva, la bella mujer que le entregaba como esposa.

Esto no era sino la imagen de Jesucristo, el Nuevo Adán, que, dormido en el árbol de la Cruz, al dejar salir de su costado agua y sangre, nos significaba el nacimiento de la Iglesia, la Esposa de Cristo, a la que Él ama, y cuida, y mima de modo tiernísimo.

Nacida en la Pascua, la Iglesia era proclamada clamorosamente por el Espíritu Santo el día de Pentecostés, y desde entonces ha ido adelante sin detenerse nunca en su andadura.

Los apóstoles de todos los tiempos se han encargado de llevar el Evangelio de Cristo a todas las gentes, igual que lo hiciera Pablo, el cual dice de sí mismo, con satisfacción honda y agradecimiento a Dios:

“Tengo de qué gloriarme en Cristo Jesús ante Dios…, pues desde Jerusalén y su comarca hasta Iliria he llenado todo con el Evangelio de Cristo” (Ro 15,17-19)

La marcha de la Iglesia hacia la meta última, hasta su glorificación en el Cielo, Pablo la ve significada en aquella otra marcha del Israel a través del desierto, desde la liberación de Egipto hasta la entrada en la Tierra Prometida (1Co 10,1-11)

La peregrinación de Israel estuvo llena de glorias, triunfos, infidelidades, caídas… Y lo mismo le ocurre a la Iglesia, porque junto a su elemento divino, el que le infunde Jesucristo por su Espíritu Santo, están las miserias humanas.

Pero llegará un día, el final de todos, cuando purificados todos los hijos de la Iglesia, y resucitados, serán el Reino glorioso que Jesucristo ofrendará al Padre para que sea el Dios todo en todos (1Co 15, 28)

¡La Iglesia! Jesucristo no tiene otro pensamiento ni otro amor ni otro cuidado que su Iglesia. Por ella murió, y por ella vive.

En su gloria, no tendrá Jesucristo el descanso pleno hasta que tenga consigo a cada uno de los elegidos.

Por cada uno, como nos dice Pablo, “está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros” (Ro 8,34)

Nos imaginamos a Jesús en el Cielo soñando divinamente, mientras está “preparando un lugar”, a cada cual el suyo.

Porque, como Él mismo dice en el Evangelio; “en la casa del Padre hay muchas mansiones”, tantas como son los hijos de su Iglesia que van a ser glorificados, y a los cuales quiere tener consigo para siempre (Jn 14,2-3)

¡La Iglesia!

En ella nacimos, en ella vivimos, y en ella queremos morir. Dicha más grande que ésta no la podemos ni soñar…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 14 de octubre de 2008

La oración, voz del alma

La oración despierta sentimientos que crecen sin siquiera saber nosotros de donde provienen.

Una voz se abre paso en mi interior como un susurro que me acompaña y me consuela, me comprende y me fortalece ¡Es que es mi Señor el que se hace Amigo, Hermano y Maestro cuando con humildad elevo mis palabras al Cielo! Ya no hay paredes a mi alrededor, todo es silencio y escucha, el mundo se congela por un instante, donde hasta el canto de los pájaros se ha suspendido para dar paso al dialogo santo. Los Ángeles escuchan atentos, sonríen y envuelven la escena. Son momentos donde la Divinidad se acerca a la humanidad, porque la voluntad del hombre conmueve el corazón de Dios y lo invita a alegrarse de Su creación.

Si, es el alma la que expresa su voz cuando con sinceridad nos abrimos a hablar con Dios ¡Oh, la oración, si supiera el hombre sobre los maravillosos efectos y giros que se producen en el cielo cuando un alma ora con devoción! La oración abre las puertas del Corazón de Dios, y derrama ríos de Gracia que bañan nuestra alma, la que canta, sonríe y se alegra. Pero nuestra humanidad, poco dócil y dada a la pereza espiritual, suele darnos las espaldas al deseo de orar, y así sentimos que el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. Señor, ¿cómo llegar a hablar contigo si es que no tengo la fe, la fortaleza y la perseverancia necesarias?

Jesús, nuestro Amigo, está siempre allí, del otro lado de ese desierto que debemos atravesar para llegar a Su Corazón. El desierto es nuestra humanidad que se resiste porque prefiere la comodidad a la entrega, la vanidad a la negación del ser, el mundo al Cielo. Cuando pisamos la arena caliente nos sentimos invadidos por la sequedad espiritual, pero si mantenemos la vista firme puesta en las verdes praderas que se dibujan en el horizonte, seremos capaces de caminar, y llegar.

Jesús, mi Señor, Tú me esperas allí, porque sabes que en la oración descubro el diálogo contigo. Palabras que me llevan a Ti, al abrazo fraterno que como Dios Amigo me das cuando Te busco y llamo.

El orar es una experiencia única, un nuevo descubrimiento cada vez. Si, porque la oración es siempre distinta, se nos presenta como un mar de distintas tonalidades, oleajes y hasta de diversidad en la intensidad de las mareas. Muchas veces el diálogo con Dios fluye fácil y directo, en otras oportunidades el orar se presenta como una tarea pesada y difícil como el avanzar en un océano turbulento y ventoso, mientras que en otros casos se ilumina nuestra alma con el fluir del rezo, produciendo un gozo que es difícil de explicar ¿Por qué es así?

Es Dios quien nos da la Gracia de encontrar distintos efectos en la oración. No se supone que el dialogo con Dios tenga una respuesta predecible, porque es siempre una propuesta de nuestra alma en espera de la respuesta del Señor. Así, Jesús juega muchas veces con nosotros, se oculta, o se manifiesta, nos hace ver Su sutil pero maravilloso sentido del humor, o nos insufla sentimientos profundos que nos hacen llorar sin saber por qué, o simplemente nos escucha con atención, como un verdadero Buen Amigo.

La oración despierta sentimientos que crecen sin siquiera saber nosotros de donde provienen. Es un misterio que se esconde en nuestro interior, caprichoso y ávido de sorprendernos cuando menos lo esperamos. Si, es la voz del alma. Esas emociones inexplicables son la manifestación de una vida que trasciende lo racional, porque son la expresión de nuestra vida espiritual, creada por Dios. Al orar, nuestra alma pide a gritos que reconozcamos su existencia, que comprendamos que debajo de esa maraña de pensamientos, miedos y seguridades, hay algo más, hay un puente que nos acerca a la Divinidad, a Dios.

Con los años he meditado mucho sobre esos intrincados espacios escondidos muy dentro de nuestro ser, y particularmente he descubierto en la oración y la meditación a la puerta que abre esos sentimientos. Las emociones se explican por el sentido de unidad en la Divinidad de El que me escucha, de Aquel que aguarda pacientemente el derramamiento de mis palabras, de mis pensamientos, de mis sentimientos. Esas emociones han adquirido un sentido inmenso, se manifiestan como la alegría de ser amigo de Dios, El que todo lo puede, El que todo lo da

Señor, yo te hablo, Tu me escuchas, mírame aquí, no tengo palabras para decirte lo que siento, pero Tu, Tu lo sabes todo.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: reinadelcielo.com
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lunes, 13 de octubre de 2008

30. Olimpíadas cristianas. A correr los valientes…

¿Y nosotros, los cristianos?... No una corona de laurel, ni una medalla de oro, sino la vida eterna.

Cada cuatro años, ya lo sabemos: ¡las Olimpíadas!...

Y hay que ver las horas que pasamos ante el televisor, y cómo devoramos los periódicos, y cómo contamos oros, platas y bronces, y cómo nos llenamos de orgullo con los vencedores de nuestra tierra…

Todo eso está magnífico. Felicitamos a Grecia que inventó e inició las Olimpíadas hace ya veintisiete siglos. Y las seguimos celebrando para aprender a cultivar sanamente los ideales de humanismo y de fraternidad que entrañan.

Pero, colocándonos ahora en la mente de San Pablo, queremos aprender sobre todo las enseñanzas que nos dan en orden a la vida cristiana. Sí, cristiana, como suena. El Apóstol las vivió en su tiempo y de ellas sacó lecciones inolvidables.

¿De veras que San Pablo se metió en las Olimpíadas?... Ciertamente, las aprovechó para enseñar. Lo mismo que el Papa con los deportistas de hoy.

Por ejemplo, Juan Pablo II, en el Gran Jubileo del año 2000, acudió al Estadio Olímpico de Roma para presenciar y animar el partido de fútbol durante el Jubileo organizado especialmente para los deportistas.

Unas Olimpíadas propias, se celebraban cada dos años en Corinto: eran los Juegos Ístmicos, que apasionaban a los corintios como hoy a nosotros las grandes ligas deportivas.

¿Qué hace entonces Pablo en sus cartas?... Toma las competiciones deportivas para enseñarnos lo que es la vida del cristiano:
-¡Corre como los atletas! ¡Entrénate antes como hacen ellos! ¡Lucha conforme al reglamento! ¡Conquista la corona de laurel! ¡No te canses y sigue hasta el fin!...

San Pablo recurre muchas veces a esta comparación tan bella y tan apasionante. Con frecuencia lo hace usando solamente una palabra deportiva, y se entiende lo demás.
Por ejemplo, cuando le escribe a su discípulo más querido:

“Corre al alcance de la justicia, de la piedad, de la fe, de la caridad, de la paciencia en el sufrimiento, de la dulzura” (1Tm 6,11)

O como cuando le escribe:

“Conquista la vida eterna a la que has sido llamado” (1Tim. 6,12)

Las palabra “corre” y “conquista” lo dicen todo.

El pregonero gritaba en el estadio ante la multitud: -¡Timoteo ha quedado vencedor!...
Y viene el premio: -¡Agarra la corona que te alarga Cristo como a vencedor, Timoteo!

Sin embargo, hay en las cartas ocasiones en que Pablo explana la comparación. La más notable la tenemos en la carta precisamente a los de Corinto, y poniéndose como ejemplo él mismo, como si fuera uno de los atletas:

“¿No saben que en las carreras del estadio todos corren, pero uno sólo se lleva el premio? ¡Corran ustedes de manera que lo consigan!
“Los atletas se privan de todo; y eso, ¡por una corona corruptible!; nosotros en cambio lo hacemos por una incorruptible.
“Así, pues, yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado” (1Co 9,24-27)

¡Qué párrafo tan magnífico! Soñando en una corona de laurel o de olivo, los atletas se imponían una vida austera a fin de ganarla y lucirla después en sus cabezas coronadas, con la admiración de todos:

-¡Ahí va el héroe! ¡Este es el mejor corredor de Grecia!...

¿Cuánto duraba incorrupta la corona, cuánto tiempo estaban las alabanzas en la boca de todos?...

Y para eso se imponían toda clase de sacrificios mientras duraban los entrenamientos.

Ni la satisfacción del sexo se permitían, como atestigua el poeta pagano Horacio. ¡Nada, austeridad total!

Pablo saca la consecuencia:

- ¿Y nosotros, los cristianos?... No una corona de laurel, ni una medalla de oro, sino la vida eterna, ¡qué ya es decir!... Por sacrificios y deberes que imponga la vida cristiana, ¿qué son ante la gloria que espera a los triunfadores?...

Precioso, sencillamente. Pero en una ocasión Pablo se supera a sí mismo.
Es cuando a los de Filipos les narra su conversión.

Jesucristo se le tira detrás a aquel fariseo, lo alcanza ante las puertas de Damasco, y Pablo se da cuenta de quién le ha perseguido y quién le vence.

Entonces, en vez de rendirse, Pablo se tira detrás de Jesucristo, diciéndose:

-¿Si? ¡Veremos a ver si gano o no!...
Se lanza detrás del que le ha dado alcance, y confiesa:

- No he atrapado todavía del todo a Jesucristo. Aún no soy perfecto. ¡Pero sigo adelante en mi carrera hasta alcanzarlo, igual que Cristo Jesús me alcanzó a mí! Sigo corriendo hacia la meta, al premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. (Flp 3,8-15)

Sublime lo de Pablo, que entusiasma con esto de las Olimpíadas. Y ese su discípulo que escribió la carta a los Hebreos, conocedor del pensamiento de su maestro, nos coloca a todos en el estadio.

En las gradas, como espectadores, están todos los que ya triunfaron: santos y santas innumerables, que entre gritos y aplausos van animando a todos desde el Cielo:

- ¡Venga! ¡Corre! ¡Aprisa! ¡No te detengas! ¡Que ya falta poco!...
¡Para ti una medalla de oro! Y tú, ¡no te contentes con la de bronce!...
Para correr bien, quítate de encima todo lo que te estorbe, ¡sé valiente!...
¡Mira a Jesús que va delante de ti! Él no tuvo miedo ni a la cruz, y ya ves con qué medalla lo condecoró el Padre…

Esto significa ese párrafo entusiasmante:
“También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, por el gozo que se le proponía, soportó la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios” (Hbr 1,1-4)

Las Olimpíadas que contemplamos cada cuatro años en el televisor son bellas y estimulantes, es cierto. Pero están limitadas para pocos.

Las Olimpíadas cristianas cuentan con atletas innumerables y magníficos, con un Dios que es espléndido en las medallas que reparte.

A cada uno le enseña la de oro, mientras le dice sonriendo:

-Es para ti. ¿La quieres?...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 11 de octubre de 2008

En Octubre, no dejes de rezar el Rosario

Hagamos un alto en nuestro diario vivir. Quince minutos tan solo...y con seguridad que el mundo y "nuestro mundo" será mejor.

Este mes, octubre, lo celebramos como el mes del rosario.

Rezar el rosario para algunas personas es un tiempo desperdiciado en una letanía de repetidas oraciones, que en la gran mayoría, están dichas de una manera distraída y maquinalmente. Pero no es así. El hecho de ponernos a rezarle ya es un acto de amor a la Madre de Dios. Es una súplica constante y repetida para pedir perdón y rogarle por nosotros y por todos los hombres en el presente y también en la hora de la muerte.

Rezar el rosario es meditar en los Misterios de la Vida de Cristo, de suerte que el rosario es una especie de resumen del Evangelio, un recuerdo de la vida, los sufrimientos, los momentos luminosos y transcendentales y glorificación del Señor, siempre acompañado de los momentos de grandeza de la Santísima Virgen, su Madre, siendo así una síntesis de su obra Redentora.

Rezar el rosario es un método fácil y adaptable a toda clase de personas, aún las menos instruidas y una excelente manera de ejercitar los actos más sublimes de fe y contemplación. El Padrenuestro con el que se empieza cada Misterio es la oración que Cristo nos enseñó y quienes lo han penetrado a fondo no pueden cansarse de repetirlo. En cuanto el Avemaría, toda ella está centrada en el Misterio de la Encarnación y es la oración más apropiada para honrar dicho Misterio. Aunque en el Avemaría hablamos directamente a la Santísima Virgen e invocamos su intercesión, esa oración es sobre todo una alabanza y una acción de gracias a su Hijo por la infinita misericordia que nos mostró al encarnarse en Ella y hacerse hombre para su Misión redentora.

La Santísima Virgen en sus repetidas apariciones , siempre ha sido la súplica más importante que en sus mensajes nos ha dado. Ella nos ha pedido que recemos el rosario. Ella nos lo pide insistentemente porque tiene su rezo un GRAN VALOR. Quiere que repitamos una y otra vez la súplica, la alabanza, con la esperanza puesta en su gran amor por toda la Humanidad.

Tal vez, por lo repetitivo del rezo, como decía Santa Teresa, la "loca de la casa", nuestra mente, se nos vaya de aquí para allá en pertinaz distracción, pero aún así nuestro corazón y nuestra voluntad está puesto a los pies de la Madre de Dios, y esas Avemarías son como el incienso que sube en oscilantes volutas hasta el corazón de nuestra Madre la Virgen Santísima.

Nuestro mundo se está olvidando de rezar. Tenemos fe, creemos en Dios pero no hablamos con El. El mundo actual, ahora más que nunca, necesita de muchos rosarios.

Hagamos un alto en nuestro diario vivir. Quince minutos tan solo...y con seguridad que el mundo y "nuestro mundo" será mejor.

Autor: Ma Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net
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viernes, 10 de octubre de 2008

Tus faltas...Yo las he olvidado para siempre.

Al acercarse a pedir perdón a Dios, hay que estar dispuesto a amar y perdonar al prójimo.

El creyente a Dios:

– No te acuerdes, Señor, de mis pecados.

Dios al creyente:

– ¿Qué pecados? Como tú no me los recuerdes, yo los he olvidado para siempre.


Dios, como Padre, tiene muy mala memoria para recordar pecados de sus hijos; no lleva cuentas del mal, disculpa siempre y “olvida siempre”. Como buen Padre, quiere que aprendamos a amar de tal forma que seamos capaces de perdonar.

Jesús nos habla del perdón de Dios, de las entrañas amorosas del Padre en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32).

El Padre ama al Hijo y le deja en libertad para que siga sus sueños, para que sea él mismo, para que se pueda equivocar, con el riesgo de perder su compañía y la alegría de vivir en su casa.

El Padre espera la vuelta del hijo. No la acelera, no se le agota la paciencia. Su corazón no se amarga ni se endurece en la tardanza, sino que crece en él el ánimo de abrazar, consolar y dar una fiesta, porque su hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida.

Cuando retorna el hijo arrepentido y humillado, el Padre no le niega su herencia ni le echa de casa, sigue siendo el hijo muy amado. El hijo puede olvidar tranquilamente su pasado, porque el Padre no lo recuerda.

El cristiano ora frecuentemente esta petición: “Perdona nuestras ofensas”. Dios se olvida de nuestras faltas, a no ser que alguien se las recuerde al no amar y perdonar al hermano. Es imposible amar a Dios a quien no vemos, si no amamos al hermano a quien vemos (1 Jn 4,20). Es imposible abrirse a su gracia, acoger el amor misericordioso del Padre, si no se está abierto a amar y perdonar al otro. El perdón se hace posible, “perdonándonos mutuamente como nos perdonó Dios en Cristo” (Ef 4,32).

La parábola del siervo sin entrañas, que culmina la enseñanza del Señor sobre la comunión eclesial (Mt 18,23-35), acaba con esta frase: Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada uno no perdona de corazón a su hermano.

Solamente se puede amar y perdonar con la ayuda y la gracia de Dios. En el perdón y el amor no hay límites ni medidas. A nadie hay que deber nada más que amor (Rm 13,8).

Al acercarse a pedir perdón a Dios, hay que estar dispuesto a amar y perdonar al prójimo. “Dios no acepta el sacrificio de los que provocan la desunión; los despide del altar para que antes se reconcilien con sus hermanos” (San Cipriano).

Autor: Eusebio Gómez Navarro | Fuente: Catholic.net
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jueves, 9 de octubre de 2008

La Templanza

La templanza es el equilibrio en el uso de los placeres sensibles

Un hogar sin televisión

-En casa no vemos televisión- me dijo orgulloso un buen amigo el día que me lo encontré con su esposa y sus dos niños jugando pelota en un parque.

-Un día se nos descompuso la tele y no teníamos dinero para llevarla a reparar; comenzó entonces para nosotros una nueva vida. Nos dimos cuenta de cuánto dependíamos de la televisión y, al principio, hasta nos pusimos neuróticos porque no sabíamos qué hacer con nuestro tiempo libre. Es lo que se llama síndrome de abstinencia para los que dejan una droga. Hicimos una reunión para hablar del problema y decidimos planear mejor nuestro tiempo. Ahora pasamos más tiempo juntos, mis hijos estudian mejor, nos sentamos a la mesa y comemos bien, no sólo bocadillos frente a la pantalla; nos acostamos más temprano, salimos con frecuencia y mi esposa y yo nos llevamos mejor.

-¿Y los niños están de acuerdo?- le pregunté.

-A ver, niños, ¿quieren que reparemos la televisión?- cuestionó el padre de familia dirigiéndose a los pequeños.

-¡No!- dijeron al unísono.

Y es que los niños estaban encantados con el experimento.

¿Qué son las adicciones?

La naturaleza es muy sabia y rodeó de placer los actos necesarios para la sobrevivencia del hombre. Nos causan placer, entre otras cosas, la comida, la bebida, el sueño, la fantasía, la contemplación de la belleza, los olores agradables, los sonidos armónicos, la frescura en el calor y el calor en el frío, las buenas compañías, las caricias, el conocimiento de lo que nos interesa, la sexualidad y tantas y tantas experiencias con las que se enriquece nuestra vida. La vida, toda, habla a nuestros sentidos y eso contribuye a nuestra plenitud.

El problema comienza cuando abusamos de ese placer e introducimos un desorden en nuestra forma de vivir. Cuando convertimos en fin lo que la naturaleza nos dio como un medio.

El abuso

Comedores compulsivos, alcohólicos, drogadictos, neuróticos, violentos, fumadores y demás a los que añaden la palabra “anónimos”, son un testimonio del esfuerzo por dejar de abusar de los legítimos placeres de nuestra vida.

No es malo tomar bebidas embriagantes, pero es malo embriagarse y echar a perder la propia vida y la de los demás.

Cuando se abusa de un placer constantemente, se convierte en una obsesión enfermiza que nubla la razón y la capacidad de decidir. El abuso esclaviza y enferma.

Causas

¿Por qué nos volvemos adictos? ¡Por la falta de valores!; cuando no tenemos por qué vivir ni ideales superiores, nuestra vida se vuelve obsesivamente egocéntrica y ya nada más vivimos para proporcionarnos placer: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”, como decían los hedonistas, que pensaban que todo terminaba con la muerte.

San Pablo decía de los buscadores de placeres que su dios era el vientre. Los modernos hedonistas han acuñado también su frase: “¿Qué tiene de malo, si me gusta?” y han hecho del placer sensible la regla de la moralidad.

Aquí entra la templanza

La templanza es el equilibrio en el uso de los placeres sensibles. Nos ayuda a no dejarnos llevar por la fatal atracción del abuso.

¿Qué hace que tengamos templanza? En primer lugar el aprecio de nuestra propia dignidad. El amor a los nuestros es también una fuerte motivación para liberarse de una obsesión. El amor a Dios y el querer vivir haciendo su voluntad es, para los creyentes, una fuerza poderosa que ayuda a salir de ese infierno que son todas las adicciones.

El ayuno y la abstinencia que se nos piden a los católicos en la Cuaresma son un medio de practicar la templanza y de demostrar que para nosotros el comer y el beber no es lo más importante.

Un hogar en el que hay sobriedad es la mejor forma de evitar que los hijos caigan en el alcoholismo o la drogadicción.

Abusos que dañan a la familia:

* Amor desordenado al dinero. Avaricia.
* Exceso de trabajo en los papás que hace que descuiden a sus hijos.
* Pasatiempos que se convierten en vicios: un deporte, juegos de apuestas, colecciones, música, el mismo estudio.
* La pornografía es un adulterio virtual.
* Excesivo cuidado del cuerpo, que lleva al narcisismo y a la anorexia.
* El cultivo de amistades de una clase exclusiva y la discriminación.
* El orden y la limpieza obsesivas.
* El nacionalismo radical que se convierte en xenofobia.

Autor: P. Sergio G. Román | Fuente: Desde la fe
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Fracción en tres partes

Todas las acciones, gestos y palabras de la Misa están cargadas de profundo sentido.


Fracción en tres partes: Corpus Christi triforme

Todas las acciones, gestos y palabras de la Misa están cargadas de profundo sentido. Así, por ejemplo, la fracción de la hostia consagrada en tres partes: ¡El Corpus Christi triforme!

Luego de la primera fracción del pan consagrado en dos partes, el sacerdote, tomando una de las partes hace otra fracción más pequeña, de tal modo que queda sobre el altar el Cuerpo de Cristo en tres partes fraccionado.

1. Inmixtión o mezcla (o conmixtión)

La última parte más pequeña, el sacerdote, la echa en el cáliz donde está la Sangre de Cristo. Esto se llama inmixtión o mezcla o conmixtión. Al dejar caer una partícula en el cáliz, el sacerdote, dice en secreto: «El cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna».

Así Amalario en un escrito del 813-814 dice que:
1) La partícula mezclada con la sangre alude al Cuerpo resucitado del Señor. En sentido alegórico: desde el siglo IX se solía ver simbolizada la resurrección con creciente unanimidad. Para los antiguos el alma subsistía en la sangre, porque de hecho cuando veían que un animal se desangraba, el animal moría, por el contrario, con la sangre vuelve el alma al cuerpo. En la liturgia: «la unión de las especies, hasta ahora separadas, simboliza que ambas pertenecen a la única persona de Cristo glorioso, que está presente de forma total y viva».

2) La que comulga el sacerdote: alude a su Cuerpo existente en la tierra, es decir, la Iglesia Militante.

3) La que queda para los enfermos: significa su Cuerpo en los sepulcros.
Siglos más tarde esta alusión fue aplicada a la Iglesia celestial o triunfante, peregrinante o militante y paciente o purgante.

El Papa Sergio I, citado y comentado por Santo Tomás dice: «"El cuerpo del Señor se manifiesta en tres formas. La parte que se echa en el cáliz, simboliza el cuerpo de Cristo ya resucitado", y con Él a la bienaventurada Virgen María, y si hay algún santo con el cuerpo ya en la gloria. "La parte que se come significa el cuerpo todavía peregrino en la tierra": los que viven en la tierra son asociados al sacramento y son triturados por el sufrimiento, como el pan comido se mastica con los dientes. "La parte reservada en el altar hasta el fin de la Misa significa el Cuerpo de Cristo yacente en el sepulcro; pues en él están los cuerpos de los santos hasta el fin del mundo", aunque sus almas estén ya en el purgatorio o en el cielo. Este rito de reservar una parte hasta acabar la Misa no se observa ahora; con todo, queda el mismo simbolismo de las partes, expresado por algunos en verso de esta manera: "La hostia se divide en partes: significa la mojada a los totalmente felices; la seca, a los vivos; la reservada, a los muertos".

También hay quien opina que la parte echada al cáliz simboliza a los que viven en el mundo; la reservada, a los que son del todo felices, en cuerpo y alma; y la que se come, a los demás».

2. Unidad del sacramento bajo las dos especies

El sentido primitivo probablemente viene de Siria en el siglo V. Así Narsai (muerto hacia el 502) dice: El celebrante une ambas «para que todos confiesen que el Cuerpo y la Sangre son una misma cosa». Así la liturgia griega de Santiago y la siria oriental.

En algunas épocas hubo hasta tres conmixtiones:

Primera: de ésta muy poco se sabe. (Algunos afirman que se trataba de una partícula de otra Misa anterior, y tendría el objeto de expresar que es una misma la Eucaristía celebrada ayer y hoy. Es parecida a la idea de los nestorianos quienes a la masa con que preparaban el pan, añadían algo de la masa del pan del día anterior.

Segunda: es de la fracción del pan de la propia oblación (En la antigua Misa papal era la partícula que enviaba a los sacerdotes vecinos como expresión de la unidad de la Iglesia y de que estaban en comunión con él. Se le llamaba «fermentum» porque la eucaristía penetra en toda la Iglesia como la levadura en la masa; cfr. Mt 13,33). Sería la que en la Misa papal echaba en el cáliz al momento del Pax Domini, también se la llamaba "sancta";

Tercera: Había una tercera conmixtión antes de la comunión. Eusebio de Cesarea (8) dice que San Ireneo relataba que el Papa enviaba la Eucaristía a los obispos, en señal de que los consideraba dentro de la Iglesia, a aquellos que celebraban la Pascua en la misma fecha que él. Porque la Eucaristía es el sacramento de la unidad y manifestaba simbólicamente la unidad entre las distintas Iglesias y con el Papa.

La fracción del pan y posterior inmixtión, desde el siglo VII, son acompañadas por el canto del Agnus Dei.

3. El misterio de la Misa

Nunca deberíamos olvidarnos de que en la mezcla del pan con el vino se expresaba la acción unitiva de la Eucaristía, por encima de las distancias, y ahora, además, nos debe recordar la unidad interna del sacramento bajo las dos especies y el simbolismo de la unión entre las diversas Iglesias particulares, locales o diocesanas y las iglesias parroquiales.

La Santa Misa tiene una densidad tal de contenido, que desborda absolutamente todo entendimiento creado, que aún, en lo que podríamos considerar un detalle, echar una partícula en el Sanguis, tiene altísimos contenidos teológicos, que van edificando la espiritualidad de quienes participan en la misma de manera activa, conciente y fructuosa.

Y no quiero terminar sin resaltar que, según Santo Tomás, la inmixtión no sólo expresa de maravillas el hecho de que el Cuerpo muerto de Cristo resucita, es decir vive, sino también expresa la misma realidad que experimentan aquellos que ya han resucitado, entre los cuales, en primerísimo lugar, se encuentra el cuerpo glorificado y asunto al cielo de la Santísima Virgen María, la Reina de la Vida.

Autor: P. Carlos Buelas | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 8 de octubre de 2008

29. Una palestra de la castidad. ¡Precisamente en Corinto!

Maridos, ¡entréguense a sus esposas! Mujeres, ¡entréguense a sus maridos!.Es un derecho y una obligación de todos, a la vez que un regalo de Dios.

La carta de Pablo a los Corintios nos trae hoy una sorpresa grande. Sabemos que ciudad de Corinto no tenía más rey que el dinero ni otra reina que la lujuria.

Se popularizaba esto con dichos que nos han llegado hasta nosotros. “No cualquiera puede ir de viaje a Corinto”, decían los turistas de aquel entonces, pues la billetera tenía que estar bien llena.

Y por todas partes corría la palabra griega “corinciáceszai”, “vivir a lo corinto”, es decir, divertirse y gozar lujuriosamente, como lo enseñaban las mis sacerdotisas prostitutas de la diosa Afrodita, la Venus de los griegos, la cual tenía su templo en la cima del Acrocorinto que dominaba la ciudad.

Pues bien, en este trasfondo de la inmoralidad de Corinto, hay que situar todo lo que la carta primera de Pablo dice sobre la castidad, sobre el matrimonio, sobre la virginidad, sobre el celibato.

Por encima de las miserias humanas, que las hubo y grandes, ¿cómo es posible que se alce tan alto un ideal de pureza que casi resulta inconcebible?...

Desde luego, que en la Iglesia de Corinto había miserias. No era fácil desarraigar de repente la inclinación al vicio de algunos convertidos. Por ejemplo, el caso que hizo a Pablo levantar el grito hasta el cielo:
“¿Cómo es posible que se dé entre ustedes una fornicación que ni entre los paganos, hasta tener uno por mujer a su propia madrastra”, quitándosela a su padre? (1Co 5,1)

Y les advertía a todos, porque eran muchos los que necesitaban el aviso:

“¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y hay que tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? ¡Huyan de la fornicación!
“Su cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en ustedes, y ya no se pertenecen.
“Pues el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor” (1Co 6,13-19)

Sin embargo, aquí viene lo sorprendente. Pablo no se tiró para atrás al anunciar el Evangelio de Jesucristo, y se encontró, -¡en Corinto precisamente!-, con matrimonios bellamente unidos, y con el ideal de la virginidad y del celibato por el Reino de los Cielos.

Por lo visto fueron muchos, bastantes al menos, los que dijeron:
- Sí!, por el Señor Jesús, vale la pena…

Pablo reconoce esta gracia y este carisma del Espíritu Santo en Corinto. Recibe consultas sobre el asunto, y contesta de modo que admira y hasta nos asombra. El capítulo séptimo de la carta primera no se puede leer sin emoción.

¡Cuánta gracia de Dios!...

Pero Pablo, aunque se entusiasme y bendiga al Señor por sus queridos corintios - que le causan tantas alegrías a la vez que tantos quebraderos de cabeza-, es un hombre sensato y va respondiendo a cada pregunta con gran prudencia.

¿Quieren saber mi parecer, pues creo tener el carisma del consejo, recibido del Señor?
Está muy bien eso de la virginidad y el celibato.
¡Qué más quisiera yo sino que todos fueran esto que soy yo, célibes!
Pero cada uno tiene su propio don del Espíritu Santo: uno de una manera, otro de otra.
El celibato es un don, y el matrimonio es otro don de Dios.
El casado tiene un regalo de Dios, y el célibe tiene otro regalo venido de Dios también.

Ya en la primera respuesta indica Pablo el gran corazón que tiene. Y sigue:

Sí, me gustaría, varones, que fueran célibes; y ustedes, mujeres, que optaran por la virginidad.
Sin embargo, y ya que me lo preguntan, les digo que, para evitar la fornicación, cada uno tenga su propia mujer y cada mujer tenga su propio marido.
Sigan si quieren ese alto ideal del celibato.
Pero si les cuesta mucho, cásense, que les resultará mucho mejor.

Pablo hace gala de un gran sentido común.
Y quiere que los esposos cristianos cumplan como tales:

Maridos, ¡entréguense a sus esposas! Mujeres, ¡entréguense a sus maridos!... Es un derecho y una obligación de todos, a la vez que un regalo de Dios.

Ante la plaga del divorcio, viene ahora Pablo y repite a los de Corinto el precepto expreso de Jesucristo:

Miren lo que les mando, no yo, sino el Señor en persona: que el hombre no se separe de su mujer ni la mujer de su marido.

Este era bien claro el mandamiento de Jesús en el Evangelio. Pero, ¿qué hacer si se ha dado el caso de una separación? Ahora encarga Pablo con seriedad, pero se adivina el mucho cariño de su corazón:

- ¡No se separen! Y, si se separan, sepan que no pueden volver a casarse. Entonces, lo mejor es que, si se ha dado la separación, vuelvan a reconciliarse: el marido no rechace a la mujer, y, naturalmente, tampoco la mujer deseche al marido.

Ante la inquietud que sentían algunos casados de dejar el matrimonio para darse del todo al Señor, Pablo les sale al frente y les dice:

-¡No se les ocurra! Siga cada uno en su matrimonio. Continúen en el mismo estado que tenían cuando recibieron la fe y fueron bautizados. Porque ésa es la vocación en que fueron llamados y en la cual han de perseverar.

Como vemos a cada paso y en cada cuestión, Pablo es sensato de veras y tiene una visión amplia del cristianismo.

Por eso les insiste a sus lectores, todos ellos discípulos tan queridos:

Para que vean que no les fuerzo, les repito:

¿Estás casado o casada? No busques separación.
¿Te quieres casar? Cásate, pues no faltas.
Lo único que yo quiero es ahorrarles preocupaciones en el servicio del Señor.

Pablo no ha podido mostrarse más comprensivo, más generoso, más noble.
Al predicar y escribir así, Pablo es fiel al Señor Jesús, y es fiel también a los cristianos, que deben gozar de plena libertad en sus decisiones.

Este capítulo siete de la primera a los Corintios es de lo más notable que hay en las cartas de Pablo. ¡Qué corazón el del Apóstol! ¡Qué generosidad la de aquellos primeros cristianos!

¡Y qué lección también para el mundo de hoy!...

Sobre el ansia de placer desbordado que entontece a tantos, triunfa en muchos, hoy como entonces, la fuerza de Jesucristo, el cual no se deja vencer…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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