miércoles, 30 de abril de 2008

Vocaciones y oración

Cada uno necesita crear un clima de oración, un diálogo personal con Dios, que abre el alma a descubrir y acoger la llamada divina.

El miércoles 16 de abril de 2008, el Papa Benedicto XVI dirigió un importante discurso a los obispos de Estados Unidos, en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington.

Al final de su discurso, el Papa afrontó tres preguntas formuladas por los obispos. La tercera tocaba un tema básico en la vida de la Iglesia: la disminución de vocaciones.

Benedicto XVI respondió con una actitud fraterna y confiada. Explicó, al inicio, que “la capacidad de suscitar vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa es un signo seguro de la salud de una Iglesia local. A este respecto, no queda lugar para complacencia alguna. Dios sigue llamando a los jóvenes, pero nos corresponde a nosotros animar una respuesta generosa y libre a esa llamada”.

Desde el texto de Mt 9,37-38, el Papa recordó la importancia de rezar al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. “Parecerá extraño, pero yo pienso muchas veces que la oración -el unum necessarium- es el único aspecto de las vocaciones que resulta eficaz y que nosotros tendemos con frecuencia a olvidarlo o infravalorarlo”.

¿De qué oración se trata? Benedicto XVI aclaró en seguida de que no se trata sólo de la oración por las vocaciones, que tiene tanta importancia. Se trata, sobre todo, de la oración cristiana, que se vive en familia, que se refuerza a través de la formación y de los Sacramentos, y que se convierte así en “el medio principal por el que llegamos a conocer la voluntad de Dios para nuestra vida”.

Cada bautizado necesita crear un clima de oración, un diálogo personal con Dios, que abre el alma a descubrir y acoger la llamada divina. Así resulta posible ese discernimiento vocacional que “es ante todo el fruto del diálogo íntimo entre el Señor y sus discípulos. Los jóvenes, si saben rezar, pueden tener confianza de saber qué hacer ante la llamada de Dios”.

Las necesidades más profundas de los hombres de hoy surgen a causa de la ausencia de Dios. ¿Cómo será posible que Dios “regrese” a nuestro mundo? A través de muchos jóvenes sacerdotes, de muchos jóvenes consagrados en la vida religiosa, que se comprometan plenamente a anunciar el Evangelio del Amor de Dios, la presencia de Cristo en el mundo.

Eso será posible si cada hogar, cada parroquia, cada diócesis, promueve ese clima profundo de oración en el cual los corazones se abren sencillamente a Dios y rezan, desde el santuario de la conciencia: “Señor, ¿qué quieres que yo haga? Habla, Señor, que tu siervo escucha” (cf. Hch 22,10; 1Sam 3,10).

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

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jueves, 24 de abril de 2008

Eucaristía y compromiso de caridad

El cuerpo de Cristo en la Eucaristía se identifica con el cuerpo necesitado de nuestros hermanos.

La eucaristía tiene que ser fuente de caridad para con nuestros hermanos. Es decir, la eucaristía nos tiene que lanzar a todos a practicar la caridad con nuestros hermanos. Y esto por varios motivos.

¿Cuándo nos mandó Jesús “amaos los unos a los otros”, es decir, cuándo nos dejó su mandamiento nuevo, en qué contexto? En la Última Cena, cuando nos estaba dejando la eucaristía. Por tanto, tiene que haber una estrecha relación entre eucaristía y el compromiso de caridad.

En ese ámbito cálido del Cenáculo, mientras estaban cenando en intimidad y Jesús sacó de su corazón este hermoso regalo de la eucaristía, en ese ambiente fue cuando Jesús nos pidió amarnos. Esto quiere decir que la eucaristía nos une en fraternidad, nos congrega en una misma familia donde tiene que reinar la caridad.

Hay otro motivo de unión entre eucaristía y caridad. ¿Qué nos pide Jesús antes de poner nuestra ofrenda sobre el altar, es decir, antes de venir a la eucaristía y comulgar el Cuerpo del Señor? “Si te acuerdas allí mismo que tu hermano tiene una queja contra ti, deja allí tu ofrenda, ante el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).

Esto nos habla de la seriedad y la disposición interior con las que tenemos que acercarnos a la eucaristía. Con un corazón limpio, perdonador, lleno de misericordia y caridad. Aquí entra todo el campo de las injusticias, atropellos, calumnias, maltratos, rencores, malquerencias, resquemores, odios, murmuraciones. Antes de acercarnos a la eucaristía tenemos que limpiarnos interiormente en la confesión. Asegurarnos que nuestro corazón no debe nada a nadie en todos los sentidos.

En este motivo hay algo más que llama la atención. Jesús nos dice que aún en el caso en que el otro tuviera toda la culpa del desacuerdo, soy yo quien debo emprender el proceso de reconciliación. Es decir, soy yo quien debo acercarme para ofrecerle mi perdón.

¿Por qué este motivo?

Mi ofrenda, la ofrenda que cada uno de nosotros debe presentar en cada misa (peticiones, intenciones, problemas, preocupaciones, etc.) no tendría valor a los ojos de Dios, no la escucharía Dios si es presentada con un corazón torcido, impuro, resentido, lleno de odio.

Ahora bien, si presentamos la ofrenda teniendo en el corazón esta voluntad de armonía, será aceptada por Dios como la ofrenda de Abel y no la de Caín. Éste era agricultor, y le ofrecía a Dios su ofrenda con corazón desviado y lleno de envidia y resentimiento al ver que su hermano Abel era más generoso y agradable a Dios, pues le presentaba generosamente las primicias de su ganado.

Y hay otro motivo de unión entre eucaristía y compromiso de caridad. En el discurso escatológico, es decir cuando Jesús habló de las realidades últimas de nuestra vida: muerte, juicio, infierno y cielo, habló muy claro de nuestro compromiso con los más pobres.

Jesús en la eucaristía nos dice “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”. Y aquí, en este discurso solemne, nos pide que ese cuerpo se iguale con el prójimo más pobre, y por eso mismo es un cuerpo de Jesús necesitado que tenemos que alimentar, saciar, vestir, cuidar, respetar, socorrer, proteger, instruir, aconsejar, perdonar, limpiar, atender.

San Juan Crisóstomo tiene unas palabras impresionantes: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que Él esté desnudo y no lo honres sólo en la Iglesia con telas de seda, para después tolerar, fuera de aquí, que ese mismo cuerpo muera de frío y de desnudez”.

Él que ha dicho “Esto es mi cuerpo”, ha dicho también “me habéis visto con hambre y no me habéis dado de comer” y “lo que no habéis hecho a uno de estos pequeños, no me lo habéis hecho a Mí”.

Te dejo unas líneas para tu reflexión: “Pasé hambre por ti, y ahora la padezco otra vez. Tuve sed por ti en la Cruz y ahora me abrasa en los labios de mis pobres, para que, por aquella o por esta sed, traerte a mí y por tu bien hacerte caritativo. Por los mil beneficios de que te he colmado, ¡dame algo!...No te digo: arréglame mi vida y sácame de la miseria, entrégame tus bienes, aun cuando yo me vea pobre por tu amor. Sólo te imploro pan y vestido y un poco de alivio para mi hambre. Estoy preso. No te ruego que me libres. Sólo quiero que, por tu propio bien, me hagas una visita. Con eso me bastará y por eso te regalaré el cielo. Yo te libré a ti de una prisión mil veces más dura. Pero me contento con que me vengas a ver de cuando en cuando. Pudiera, es verdad, darte tu corona sin nada de esto, pero quiero estarte agradecido y que vengas después de recibir tu premio confiadamente. Por eso, yo, que puedo alimentarme por mí mismo, prefiero dar vueltas a tu alrededor, pidiendo, y extender mi mano a tu puerta. Mi amor llegó a tanto que quiero que tú me alimentes. Por eso prefiero, como amigo, tu mesa; de eso me glorío y te muestro ante todo el mundo como mi bienhechor” (San Juan Crisóstomo, Homilía 15 sobre la epístola a los Romanos).

Estas palabras son muy profundas. Este cuerpo de Cristo en la eucaristía se iguala, se identifica con el cuerpo necesitado de nuestros hermanos. Y si nos acercamos con devoción y respeto al cuerpo de Cristo en la eucaristía, mucho más debemos acercarnos a ese cuerpo de Cristo que está detrás de cada uno de nuestros hermanos más necesitados.

Quiera el Señor que comprendamos y vivamos este gran compromiso de la caridad para que así la eucaristía se haga vida de nuestra vida.

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 23 de abril de 2008

La providencia de Dios

Hablar de providencia es hablar de seguridad y de tranquilidad existencial, sabiendo que alguien todopoderoso vela sobre nosotros.

La providencia de Dios es el cuidado y solicitud que Dios tiene sobre todas sus criaturas, procurándoles todo lo que necesitan.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que la solicitud de la divina providencia… tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los más grandes acontecimientos del mundo y de la historia (Cat 303). Pero Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio. (Cat 306).

Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y oraciones, sino también por sus sufrimientos. Entonces, llegan a ser plenamente colaboradores de Dios y de su Reino (Cat 307). Especialmente, la oración cristiana es cooperación con su providencia y su designio de amor hacia los hombres (Cat 2738).

La providencia de Dios es el amor de Dios en acción. Por eso, lo que ocurre en nuestra vida no es fatalismo determinado por el curso de los astros o de las estrellas como dice la astrología. La vida del hombre no depende de un destino ciego o de la casualidad. No estamos abandonados a nuestra suerte por un creador que se ha olvidado de nosotros; sino todo lo contrario, nos guía con amor en cada uno de nuestros pasos, como un Padre, que vigila los pasos vacilantes de su hijo pequeño.

Felizmente para nosotros, el amor y la misericordia de Dios es más grande que nuestros errores y pecados, y siempre nos da la oportunidad de rectificar el camino. Pero debemos entender que Dios no es un dictador despiadado, que nos obliga a seguir su camino a buenas o a malas. Dios quiere el amor de sus criaturas y el amor sólo es válido, cuando se ama en libertad. Ciertamente, Dios es omnipotente, pero su omnipotencia no es para destruir y matar, sino para construir, amar y hacer felices a los hombres. Su omnipotencia es omnipotencia de amor y sólo puede hacer lo que le inspire su amor hacia los hombres.

Hablar, pues, de la providencia de Dios significa hablar del amor de Dios. Creer en su amor significa creer que tiene el control de todos los detalles que nos suceden y de todo lo que pasa en el universo entero. Sí, Dios rige los astros del firmamento, guía el curso de los planetas y controla la rotación de la tierra.

Vela sobre la hormiga que trabaja en su granero, cuida a los insectos que pululan por el aire y sobre cada gota de agua del océano. Ninguna hoja de árbol se agita sin su permiso, ni una brizna de hierba muere sin Él saberlo, ni los granos de arena movidos por el viento. Vela con solicitud sobre las aves y los lirios del campo. En una palabra, creer en su amor providente significa creer que Él cuida de los pasos de cada estrella, de cada ser humano, de cada átomo…, porque su amor omnipotente mueve y da vida a todo lo que existe.

Por eso mismo, hablar de providencia es hablar de seguridad y de tranquilidad existencial, sabiendo que alguien todopoderoso vela sobre nosotros. Y que, por tanto, ningún enemigo, por poderoso que sea, y ninguna fuerza maligna puede hacernos daño, porque nuestro Padre Dios está siempre vigilante. Y, si permite que nos sucedan cosas negativas y que nos toque alguna fuerza del mal, lo hace por nuestro bien.

Santa Teresita del Niño Jesús habla de la providencia de Dios con relación a las distintas vocaciones y dice: Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían las gracias con igual medida... Me preguntaba por qué los pobres salvajes, por ejemplo, morían en gran número sin haber oído siquiera pronunciar el nombre de Dios... Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores creadas por él son bellas, que el brillo de la rosa y la blancura de la azucena no le quitan a la diminuta violeta su aroma ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que, si todas las flores pequeñas quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral, los campos ya no estarían esmaltados de florecillas... Lo mismo acontece en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de contentarse con ser margaritas o violetas, destinadas a recrearle los ojos a Dios, cuando mira al suelo. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos .

La providencia de Dios se ocupa de cada flor del campo y de cada alma en particular, como si no hubiera nadie más en el universo. Todo su amor es para cada uno y vela por cada uno en particular. Podríamos decir que la providencia de Dios dirige a todos y cada uno hacia el amor. Somos flores de jardín de Dios, luces de su divino resplandor, hijos de su gran familia, herederos de su reino, y nos ama a cada uno con todo su infinito amor.

Capítulo 4 del Libro "La providencia de Dios"

Autor: P. Ángel Peña O. A.R | Fuente: Catholic.net

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martes, 22 de abril de 2008

Lo que Cristo quiere ser para tí....

Tengo a Dios en medio de mi corazón... ¡Todo está arreglado; adiós tristeza, adiós soledad, adiós lágrimas!

Te invito a abrir el Evangelio y a descubrir eso que Cristo quiere ser para tí....

El quiere ser amigo, un amigo sincero de sus vidas (Jn.15,14)

“¿No ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” Así hablaban Cleofás y su amigo de su encuentro con Jesús. Así hablan los que experimentan su amistad. Su corazón arde.

Nosotros buscamos estima. Nadie nos estima como Él.
Buscamos aplausos. Nadie nos aplaude como Él.
Buscamos afecto. Nadie nos ama ni nos amará como Él.

Pero es un amor que nos eleva, nos hace sufrir, según el dicho: “Quien bien te quiere te hará llorar”. Porque no exigir de la persona amada que sea lo mejor, sería indifrencia, lo contrario del amor. Como el amor de Cristo a nosotros es muy sincero no puede permitir que seamos mediocres. Tu amor no me permite ser un mediocre.

Él quiere ser tu compañero, un compañero de camino, como quiso serlo, para llenarles de optimismo, de aquellos discípulos atormentados y desanimados de Emaús (Lc. 24,13-35)

No es lo mismo trabajar por Él que trabajar con Él. Tenemos que hacer el apostolado juntos: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo...”
Nos da, además, la compañía de su Madre: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”; palabras dichas por la Virgen a Juan Diego.
A veces nos empeñamos en caminar solos por la vida, como huérfanos tristes...

Él quiere ser vida, tu vida, como lo fue para aquel joven muerto de Naín o para aquel corazón también muerto por la ambición de Zaqueo (Lc. 19, 1-10)

Vida es entusiasmo, felicidad, ideal, triunfo, satisfacción, juventud perenne. Jesucristo dice tener todo esto y quiere comunicarlo. “Si conocieras...pedirías, y Él te daría agua viva”, le dijo a la Samaritana.
Cuantos jóvenes envejecidos prematuramente por el vicio, con el alma lacerada por el hastío, por el desengaño, la frustracción o el aburrimiento; su vida ha perdido la brújula, ¿para qué y por qué vivir? No tienen respueta. De aquí al suicidio no hay sino un paso lógico, que muchos, por desgracia, dan. Y todo porque no conocen ni tienen a Cristo.

Él quiere ser camino, tu camino, para ti que tanteas en las tinieblas anhelando una salida a tus ansias de felicidad (Jn.14,5)

Todos queremos ser alguien, realizarnos, valer para algo, realizar grandes cosas, ser líderes.

¿Cómo lograrlo? La Santísima Virgen nos da la solución en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga”. La solución consistió en que en que en una boda en la que faltaba el vino se sirvió el mejor vino del mundo.

Él quiere ser verdad, tu verdad por la que luches y vivas.

La verdad de la vida y de las cosas, el sentido y razón y felicidad de tu vida.
Mi vida tiene una verdad; voy rumbo al puerto, mi vida tiene esperanza, tiene frutos realizaciones, tiene plenitud con Cristo.

Él quiere ser resurrección, tu resurrección, es decir, tu esperanza, tu anhelo de una vida sin fin.

Resurrección de todas las ilusiones muertas o moribundas, también de las ilusiones humanas, intelectuales. Resurrección de las grandes ideales y metas de la vida.

Él quiere ser alegría, la fuente de tu felicidad.

La tristeza no es cristiana. La amargura y el desaliento tienen otro dueño. Mi tristeza y amargura son la cadena que me tiene amarrado al demonio.

A Cristo le gusta abrir jaulas, quitar cadenas, abrir puertas de cárceles, tender puentes en el abismo.. “He encontrado a Cristo y por tanto la alegría de vivir...”¡ A qué poco sabe el mosto, la cerveza... al lado de Cristo!

Él quiere ser amor, ese amor que inunde de plenitud tu existencia.

El deseo más fuerte del hombre es amar y ser amado. En el cielo este anhelo se transforma en éxtasis. Por la calle y por la vida pasan amores que nos acalambran por un rato...amores que engañan, que prometen felicidad total, y nos dejan con unos pétalos marchitos en las manos. Cristo es el Amor eterno, que te ama desde siempre y para siempre y te hace plenamente feliz, si tú quieres.

Él quiere ser roca, la roca en donde tu debilidad encuentre fortaleza y optimismo. (Mc, 4, 35-41)

Rompeolas, roca de cimiento, muralla que defiende. Esto significa sentir seguridad, valor, certeza, fuerza, ímpetu juvenil, audacia, pasión por la misión y por la vida.

Él quiere ser paz, paz para tu corazán a veces atribulado y a veces probado por el dolor y el sufrimiento.

Quiere que luches, pero con paz interior. “Aquí me sorprende el recuerdo de la realidad más radiante que vivimos los cristianos. Tengo a Dios en medio de mi corazón...¡ Todo está arreglado; adiós tristeza, adiós soledad, adiós lágrimas! ¡Lo tengo todo! El está conmigo, Él me consuela, Él me sanará...”

“La vida del alma, minuto a minuto es siempre bella , preciosa y emocionante, cualquiera que sea la condición del cuerpo. Ningún precio es suficiente para pagar la intimidad con Cristo”.

Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada la falta. Sólo Dios basta”.

Él quiere ser “pan”, pan que fortalezca tu espíritu en tus luchas y desgastes.
Pan espiritual que me da la vida eterna. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna...”

Pan de la ilusión y el entusiasmo por los grandes ideales.
Pan de la victoria y de los resultados.
Pan de la perseverancia.
Pan para repartir a los hambrientos.

Él quiere ser perdón, para consolarte en tus caídas y debilidades.
Un perdón eterno, de todo y de siempre. Mucho me tiene que querer el que me ha perdonado tanto. “El que siempre nos soporta y nos perdona, olvidando nuestras pequeñas o tremendas ofensas a su amor”.
“Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen”. Si algo le salió del corazón fue esta petición a su Padre. El Padre le respondió: Hijo mío, porque Tú me lo pides, y me lo pides así, los perdono”.

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

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lunes, 21 de abril de 2008

Señor ¿qué quieres que haga?

Tenemos que aprender cada vez más, a "leer" la voluntad de Dios, nuestro encargo, en los avatares de la vida diaria

Señor ¿qué quieres que haga?
Algunos santos tienen el privilegio de tener al Señor como interlocutor directo. Sí, ¡hablan con Dios! Un caso particular es "el mínimo y dulce" Francisco de Asís, que, nos cuenta su historia, dialogaba con una imagen de Cristo crucificado, en el templo de San Damián.

La Iglesia medieval de sus tiempos estaba controlada, jerárquicamente y en buena medida, por los poderosos, quienes enviaban a sus hijos no-primogénitos, es decir no herederos del poder terrenal, a incorporarse al clero. Tenían suficiente poder de influencia para conseguir que cargos eclesiásticos importantes quedaran en sus manos. Ello creaba muchos problemas a la Iglesia para cumplir su misión, y sufría grandes peligros.

Así, nos cuenta la historia, en algún momento Jesús dijo a Francisco de Asís. "Francisco ¡repara mi Iglesia!". ¿Qué podía hacer un sencillo monje como Francisco, en un pequeño pueblo de Italia, para sacudir a la Iglesia que Jesús fundó y hacerla reaccionar? Pero pudo hacerlo, Cristo le encargó que actuara humanamente, pero con el poder divino tras él.

¡Que encargo! Nosotros, los "simples mortales" de este siglo, podemos también pensar que, como los profetas y muchos santos, vinimos a este mundo para llevar a cabo alguna misión especial de Dios. A veces, toda una vida se concreta en un solo hecho o un pequeño periodo de tiempo, en que hicieron lo que Dios les había destinado hacer.

Así, pensando en que debemos obedecer al Señor y cumplir nuestra misión en el mundo, la que sea, pequeña o grande, humanamente trascendente o conocida solamente en el ámbito de Dios, podemos pensar ¿no sería bueno que el Señor me dijera qué es lo que espera de mi?

Podemos entonces ponernos frente a un crucifico, o hasta frente a un sagrario, en donde, bajo la especie de pan, está verdaderamente Cristo resucitado, y preguntarle: "Señor ¿qué quieres que haga por ti y mis hermanos los hombres?"

Qué bueno sería, pero lo más probable es que el Señor no nos lo diga de viva voz, como a Francisco de Asís. Ni siquiera como mensaje digamos "telepático". Sin embargo, el Señor tiene maneras de presentarnos su expectativa de vida para nosotros, sin usar palabras. A veces su manera de pedírnoslo, es un entusiasmo "espontáneo" que "nos nace", de hacer alguna cosa por Cristo y los hombres.

Hay por supuesto ocasiones en que podemos escuchar, como dijimos "telepáticamente", en nuestra mente, la voz de Dios, que nos dice qué desea de nosotros en algún momento, o nos dé una señal indiscutible de la vocación, el llamado que hace de nuestras vidas.

Pero, para efectos prácticos, para la vida diaria y normal del "ciudadano de a pie", el Señor no nos dirá directamente lo que espera que hagamos por Él. Más bien pondrá frente a nuestros ojos, los físicos y los del alma, situaciones que aparezcan como "oportunidades" especiales para hacer el bien.

Algo sí podemos esperar; de alguna forma, en una situación particular, vía nuestra conciencia, Dios nos hará ver lo que desea que hagamos. Casi siempre se tratará de hacer algo, de no quedarnos impasibles ante alguna necesidad de otros, próximos o desconocidos, ajenos a nosotros, o ante los ataques contra la fe.

Esas "oportunidades" pueden ser casos como ver la necesidad de un buen consejo, que esté a nuestro alcance; una limosna que dar, tender una mano, dar una sonrisa, una alegría al entristecido. Puede ser combatir un desastre natural, para salvar vidas y bienes. Abogar por el inocente de la acusación injusta; defender la vida como derecho humano primigenio. Difundir su doctrina o de alguna forma predicar su palabra. Se trata quizá de orar, para que Él intervenga.

Yendo más lejos, en un momento de crisis, vemos que la "oportunidad" es salvar a otro de grave peligro, arriesgando nuestra vida en el intento. Puede ser que toda nuestra vida nos lleve a tener que ofrecerla, en martirio, por la fe de Cristo.

Pero la mayor parte de las veces no será la petición extrema de la vida. La santidad, es decir el seguir los dictados del Señor, es una suma de pequeñas acciones. Al repasar la trayectoria de los santos, vemos que las grandes obras son sólo momentos en una vida sencilla de hacer cuanto pudieron por los demás.

¿Cuántos milagros hizo en la India la Madre Teresa de Calcuta? Nunca, que se sepa, un enfermo tocado por su pequeña mano en nombre de Dios recuperó instantáneamente la salud y se levantó del lecho gritando ¡milagro, estoy curado! No, su vida fue una constante de ayudas al alcance de los recursos que Dios puso en sus manos, por los más pobres y desvalidos, por los "intocables" de la India.

Pero a Teresa de Calcuta, este mundo moderno -cristiano o no-, la calificó como "santa en vida", una santa "moderna". Esa suma de hechos diarios por los demás, se convirtió en fuente de gracia para que muchas mujeres siguieran su ejemplo como religiosas dedicadas a la caridad asistencial, y mucha gente ayudara también a esos intocables de la India y a pobres de diversas partes del mundo.

Entonces, si nos decidimos a preguntar directamente al Señor, en un afán de entrega, en una búsqueda de nuestra misión terrena muy personal, y le decimos: ¿Señor, qué quieres de mí, qué deseas que haga por ti? siempre, de alguna manera, poniéndonos enfrente la necesidad de hacer algo por los demás y hasta por un mensaje directo, lo sabremos ¡abramos ojos y oídos!

Para ello, tenemos que aprender cada vez más, a "leer" la voluntad de Dios, nuestro encargo, en los avatares de la vida diaria. En algún momento, sabremos a ciencia cierta que Dios quiere algo de nosotros ¡nos habrá respondido! y sólo queda entonces nuestra voluntad de cumplir lo que desea.

Autor: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net

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La caridad fraterna

Necesitamos recordarlo siempre: el amor a Dios y el amor fraterno van unidos.

El amor cristiano nace desde el amor de Dios. Por amor nos creó. Por amor nos acompaña en la historia humana. Por amor nos ofrece el gran regalo de la misericordia.

El amor divino llega a su plenitud con la Encarnación de Cristo. Con labios y con voz humana, nos reveló el amor del Padre y nos enseñó a vivir como hermanos.

“El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes n. 22). Quien se une a Cristo a través del bautismo necesariamente se une a los demás hombres y mujeres del planeta, pues todos han sido invitados a descubrir que Jesús es el Salvador del mundo.

Necesitamos recordarlo siempre: el amor a Dios y el amor fraterno van unidos. “Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4,19-21).

Desde la experiencia del amor de Cristo, podemos amar profundamente, concretamente, en lo grande y en lo pequeño, a nuestros hermanos.

Incluso podemos empezar a ver al hermano como Cristo lo ve, “no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo” (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 18).

Entonces es posible percibir, comprender, lo que desea cada persona que vive a mi lado. Por amor, buscaré la mejor manera de ayudarle. Pero, sobre todo, intentaré dar algo mucho más profundo, pues mi mirada será como la de Cristo. “Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita” (Deus caritas est, n. 18).

La caridad fraterna llega, entonces, a lo más hondo de la vida de cada ser humano. Permite no sólo sobrellevar las cargas (no hay personas sin defectos), sino perdonar sinceramente. No sólo ser pacientes, sino avanzar hacia el afecto más sincero. No sólo dar de nuestras cosas, sino darnos a nosotros mismos, como los primeros cristianos (cf. 2Cor 8,1-7).

Así aprenderemos a ser como el Maestro, que no vino a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,25-28); que nos pidió, desde su entrega absoluta, que nos amemos como Él nos amó, hasta dar la vida por los otros (cf. Jn 15,12-13; 1Jn 3,16); que supo mostrarse paciente y bondadoso, con un perdón profundo que es capaz de cambiar los corazones más endurecidos.

“En conclusión, tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes. No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; por el contrario, bendecid, pues habéis sido llamados a heredar la bendición” (1P 3,8-9).

La caridad fraterna nos hace semejantes a Dios, que hace llover sobre buenos y malos (cf. Mt 5,42-48), que no deja de ofrecer amor a cada uno de sus hijos. Nos permite vivir ya en esta tierra como se vive, eternamente, en el cielo.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

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viernes, 18 de abril de 2008

La agonía continúa

Mientras tantos hombres sigan con apatía y frialdad, sin mover ni un dedo para corresponderle.

Una de las ventajas que solemos tener los hombres es que no podemos saber a ciencia cierta lo que nos ocurrirá en el futuro. Digo ventaja, ante el asombro de alguno, porque hay veces que de haber sabido con anterioridad lo que se nos venía encima, quizá nos habríamos caído muertos antes de tiempo.

A cuántas personas hemos escuchado afirmar que si hubieran sabido con antelación todo lo que les iba a ocurrir después, se lo hubieran pensado dos veces (o más) antes de tomar el rumbo que tomaron. O cuántos nos aseguran que de haber tenido noticia de lo que iban a sufrir, hubieran preferido incluso no haber estado ya vivos.

Aún así, en el horizonte de nuestra vida, a veces despunta certero, como nubarrón de tormenta, un infortunio o padecimiento que nos va a coger de lleno. Y, ¡cómo llega a inquietarse uno en esos momentos! Porque el conocer con certidumbre los propios sufrimientos futuros, suele levantar en el interior un oleaje de miedos y congojas que ponen a prueba el dique de nuestras seguridades más profundas.

Cuántos conocidos nuestros, al diagnosticárseles una enfermedad dolorosa e incurable, se tambalean o incluso se derrumban en su ánimo, viendo ante sí el derrotero de su ya breve y penosa existencia. O imaginemos, por un instante, cómo los mártires cristianos, tras una condena inicua, aguardaban el suplicio inminente. ¡Qué angustia mortal habrá atenazado el alma de algunos de ellos! ¡Qué aguda sería en otros la tentación del abandono tratando de estrangular su fe, su confianza y su amor!

Hay algo en lo más íntimo de cada hombre que se resiste rebelde ante un tormento cercano. ¡Cómo retrocede y se encoje el corazón humano ante el sufrimiento y el dolor que inexorables se avecinan!

Hace 2000 años, a las afueras de Jerusalén, un reservado huerto de olivos fue testigo silencioso de la agonía de un hombre que era, a su vez, Dios. El corazón de Jesucristo que hacía breves instantes había estallado inundando de amor el cenáculo y a los que en él se encontraban, aquella noche entre los olivos, experimentaba angustia y tristeza hasta el punto de morir.

Ahí estaba Cristo, caído rostro en tierra, vencido, aplastado por lo que le venía encima de sacrificio, de escarnio, de humillación, de traición, de soledad, de muerte. Ahí yacía, sumido en agonía por todo eso y por el peso de los pecados de la humanidad entera que grababa implacable sobre Él. También los tuyos y los míos. Todos.

Trágica agonía la de Cristo, más que nada porque conocía la indiferencia y el desprecio de tantos que pasarían aquella tarde -y seguirían pasando hasta hoy-, ante su cuerpo crucificado, como ante un objeto cualquiera. Terrible agonía suya, sobre todo porque veía la aparente inutilidad de su cruenta inmolación para tantas almas -de entonces y de ahora- insensibles y cerradas a su amor. Eso fue y sigue siendo lo más duro de su calvario...

Y en aquella hora sobrecogedora, del alma abatida de Jesús sólo pudo elevase al cielo una súplica empapada en lágrimas y en sangre: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.

Me atrevo a decir que quizá Cristo no salió consolado de aquella intensa y sincera oración. Desde luego, salió fortalecido en su adhesión a la voluntad del Padre. Salió confortado para apurar con pulso firme el cáliz amargo de su pasión y muerte. Salió alentado para aceptar incluso que el derramamiento de su sangre, pudiera haber parecido inútil para tantas y tantas almas a lo largo de los siglos. Pero no salió consolado. Al menos no del todo.

Sí, Cristo sigue en agonía. Y su agonía continuará mientras en este mundo persista la apatía y frialdad de tantos hombres, de tantos cristianos, de tantos de nosotros que ante su amor infinito, permanecemos impasibles, sin mover ni un dedo para corresponderle.

Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net

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jueves, 17 de abril de 2008

Discurso del Papa a los obispos de Estados Unidos

En el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington

WASHINGTON, jueves, 17 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que Benedicto XVI dirigió en la tarde de este miércoles a los obispos de los Estados Unidos en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington.

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Queridos Hermanos Obispos:

Grande es mi alegría al saludaros hoy, al principio de mi visita en este País, a la vez que doy las gracias al Cardenal George las amables palabras que me ha dirigido en nombre vuestro. Deseo agradecer a cada uno de vosotros, especialmente a los Oficiales de la Conferencia Episcopal, el intenso trabajo que ha afrontado para la preparación de este viaje. Expreso también mi reconocimiento al personal y a los voluntarios del Santuario Nacional, los cuales nos han acogido aquí esta tarde. Los católicos de América son conocidos por su afecto leal a la Sede de Pedro. Mi visita pastoral aquí es una ocasión para reforzar ulteriormente los vínculos de comunión que nos unen. Hemos iniciado con la celebración de la Oración de la Tarde en esta Basílica dedicada a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, santuario de especial significado para los católicos americanos, justo en el corazón de vuestra Capital. Unidos en oración con María, Madre de Jesús, encomendamos amorosamente a nuestro Padre celestial al Pueblo de Dios de cada región de Estados Unidos.

Para las comunidades católicas de Boston, Nueva York, Filadelfia y Louisville, éste es un año de celebraciones particulares, puesto que marca el bicentenario de la erección de estas Iglesias como Diócesis. Me uno a vosotros en la acción de gracias por los muchos dones celestiales concedidos a la Iglesia en estos lugares a lo largo de dos siglos. Puesto que el presente año marca también el bicentenario de la erección de la sede fundadora, Baltimor, como arquidiócesis, esto me ofrece la oportunidad de recordar con admiración y gratitud la vida y el ministerio de John Carroll, primer Obispo de Baltimor y digno pastor de la comunidad católica en vuestra Nación, independiente desde hacía poco. Sus incansables esfuerzos por difundir el Evangelio en el vasto territorio encomendado a su cuidado pastoral pusieron las bases de la vida eclesial en vuestro País y permitieron a la Iglesia en América crecer hacia su madurez. Hoy la comunidad católica que servís es una de las más vastas del mundo y una de los más influyentes. Cuán importante es, pues, procurar que vuestra luz brille ante vuestros conciudadanos y en el mundo "para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo" (Mt 5, 16).

Muchas personas, entre las cuales John Carroll y sus hermanos Obispos que ejercieron el ministerio hace dos siglos, llegaron desde lejanas tierras. La diversidad de sus orígenes está reflejada en la rica variedad de la vida eclesial de la América actual. Queridos Hermanos Obispos, deseo animaros, así como a vuestras comunidades, a seguir acogiendo a los inmigrantes que se unen hoy a vuestras filas, compartir sus alegrías y esperanzas, acompañarlos en sus sufrimientos y pruebas, y ayudarlos a prosperar en su nueva casa. Esto, por otra parte, es lo que hicieron vuestros conciudadanos durante generaciones. Ya desde el principio, ellos abrieron las puertas a los desanimados, a los pobres, a las "masas que se agolparon anhelando respirar libertad" (cf. Soneto grabado en la Estatua de la Libertad). Éstas fueron las personas que formaron América.

Entre quienes vinieron aquí para construirse una nueva vida, muchos fueron capaces de hacer buen uso de los recursos y de las oportunidades que encontraron, y alcanzar un alto nivel de prosperidad. En verdad, los ciudadanos de este País son conocidos por su gran vitalidad y creatividad. Son conocidos incluso por su generosidad. Después del ataque a las Torres Gemelas, en septiembre del 2001, y todavía después del huracán Katrina en el 2005, los americanos han mostrado su disponibilidad en ayudar a sus hermanos y hermanas necesitados. A nivel internacional, la contribución ofrecida por el pueblo de América a las operaciones de socorro y salvamento después del tsunami de diciembre del 2004 es una nueva muestra de esta compasión. Permitidme que exprese un particular reconocimiento por las innumerables formas de asistencia humanitaria ofrecidas por los católicos americanos a través de las Cáritas católicas y de otras agencias. Su generosidad ha dado sus frutos en la atención a los pobres y necesitados, como también en la energía manifestada en la construcción de la red nacional de parroquias católicas, hospitales, escuelas y universidades. Todo eso constituye un sólido motivo para dar gracias.

América es también una tierra de gran fe. Vuestra gente es bien conocida por el fervor religioso y está orgullosa de pertenecer a una comunidad orante. Tiene confianza en Dios y no duda en introducir en los discursos públicos argumentos morales basados en la fe bíblica. El respeto por la libertad de religión está profundamente arraigado en la conciencia americana, un dato que de hecho ha favorecido que este País atrajera generaciones de inmigrantes a la búsqueda de una casa donde poder dar libremente culto a Dios según las propias convicciones religiosas.

En este contexto me es grato poner de relieve la presencia entre vosotros de Obispos de todas las venerables Iglesias orientales en comunión con el Sucesor de Pedro: os saludo con especial alegría. Queridos Hermanos, os pido que comuniquéis a vuestras comunidades mi profundo afecto y la oración incesante, tanto por ellas como también por tantos hermanos y hermanas que han quedado en su tierra de origen. Vuestra presencia en este País recuerda el valiente testimonio por Cristo de numerosos miembros de vuestras comunidades que a menudo sufren en su propia Patria. Esto es también una gran riqueza para la vida eclesial en América, ya que ofrece una vigorosa expresión de la catolicidad de la Iglesia y de la variedad de sus tradiciones litúrgicas y espirituales.

En esta fértil tierra, alimentada por tan numerosos y diferentes manantiales, es donde vosotros, queridos Obispos, estáis llamados hoy a esparcir la semilla del Evangelio. Esto me lleva a preguntarme ¿cómo, en el siglo veintiuno, puede un Obispo cumplir del mejor modo posible el llamado a "renovarlo todo en Cristo, nuestra esperanza"? ¿Cómo puede guiar a su pueblo al "encuentro con el Dios vivo", fuente de aquella esperanza que transforma la vida de la que habla el Evangelio? (cf. Spe salvi, 4). Quizás necesita derribar ante todo algunas barreras que impiden este encuentro. Si bien es verdad que este País está marcado por un auténtico espíritu religioso, la sutil influencia del laicismo puede indicar sin embargo el modo en el que las personas permiten que la fe influya en sus propios comportamientos. ¿Es acaso coherente profesar nuestra fe el domingo en el templo y luego, durante la semana, dedicarse a negocios o promover intervenciones médicas contrarias a esta fe? ¿Es quizás coherente para católicos practicantes ignorar o explotar a los pobres y marginados, promover comportamientos sexuales contrarios a la enseñanza moral católica, o adoptar posiciones que contradicen el derecho a la vida de cada ser humano desde su concepción hasta su muerte natural? Es necesario resistir a toda tendencia que considere la religión como un hecho privado. Sólo cuando la fe impregna cada aspecto de la vida, los cristianos se abren verdaderamente a la fuerza transformadora del Evangelio.

Para una sociedad rica, un nuevo obstáculo para un encuentro con el Dios vivo está en la sutil influencia del materialismo, que por desgracia puede centrar muy fácilmente la atención sobre el "cien veces más" prometido por Dios en esta vida, a cambio de la vida eterna que promete para el futuro (Mc 10,30). Las personas necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su existencia. Necesitan reconocer que en su interior hay una profunda sed de Dios. Necesitan tener la oportunidad de enriquecerse del pozo de su amor infinito. Es fácil ser atraídas por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y la técnica nos ofrecen; es fácil cometer el error de creer que se puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar las necesidades más profundas. Ésta es una ilusión. Sin Dios, el cual nos da lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar (cf. Spe salvi, 31), nuestras vidas están realmente vacías. Las personas necesitan ser llamadas continuamente a cultivar una relación con Cristo, que ha venido para que tuviéramos la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). La meta de toda nuestra actividad pastoral y catequética, el objeto de nuestra predicación, el centro mismo de nuestro ministerio sacramental ha de ser ayudar a las personas a establecer y alimentar semejante relación vital con "Jesucristo nuestra esperanza" (1 Tm 1,1).

En una sociedad que da mucho valor a la libertad personal y a la autonomía es fácil perder de vista nuestra dependencia de los demás, como también la responsabilidad que tenemos en las relaciones con ellos. Esta acentuación del individualismo ha influenciado incluso a la Iglesia (cf. Spe salvi, 13-15), dando origen a una forma de piedad que a veces subraya nuestra relación privada con Dios en detrimento del llamado a ser miembros de una comunidad redimida. Sin embargo, ya desde el principio, Dios vio que "no es bueno que el hombre esté solo" (Gn 2,18). Hemos sido creados como seres sociales que se realizan solamente en el amor a Dios y al prójimo. Si queremos tener verdaderamente fija la mirada hacia Él, fuente de nuestra alegría, tenemos que hacerlo como miembros del Pueblo de Dios (cf. Spe salvi, 14). Si pareciera que esto va en contra de la cultura actual, sería sencillamente una nueva prueba de la urgente necesidad de una renovada evangelización de la cultura.

Aquí en América habéis sido bendecidos con un laicado católico de considerable variedad cultural, que dedica sus propios y multiformes talentos al servicio de la Iglesia y de la sociedad en general. Este laicado mira hacia vosotros para recibir estímulo, guía y orientación. En una época saturada de informaciones, la importancia de ofrecer una sólida formación de la fe no corre el riesgo de ser sobrevalorada. Los católicos americanos han reconocido, por tradición, un alto valor a la educación religiosa, tanto en las escuelas como en el conjunto de los programas de formación para adultos: conviene mantenerlo y difundirlo. Los numerosos hombres y mujeres que se dedican generosamente a las obras caritativas han de ser ayudados a renovar su compromiso mediante una "formación del corazón": un "encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro" (Deus caritas est, 31). En una época en que el progreso de las ciencias médicas lleva nueva esperanza a muchos, pueden darse desafíos éticos impensables anteriormente. Esto hace que sea más importante que nunca asegurar una sólida formación en las enseñanzas morales de la Iglesia para aquellos católicos que trabajan en el ámbito de la salud. Es necesaria una sabia guía en todos estos campos de apostolado para que puedan producir frutos abundantes. Si de verdad quieren promover el bien integral de la persona, ellos mismos han de renovarse en Cristo nuestra esperanza.

Como anunciadores del Evangelio y guías de la comunidad católica, vosotros estáis llamados también a participar en el intercambio de ideas en la esfera pública, para ayudar a modelar actitudes culturales adecuadas. En un contexto en el que se aprecia la libertad de palabra y se anima un debate firme y honesto, se respeta vuestra voz que tiene mucho que ofrecer a la discusión sobre las cuestiones sociales y morales de la actualidad. Al promover que el Evangelio sea escuchado de modo claro, no solamente formáis a las personas de vuestra comunidad, sino que, en el ámbito de la más vasta platea de la comunicación de masas, ayudáis a difundir el mensaje de la esperanza cristiana en todo el mundo.

Está claro que la influencia de la Iglesia en el público debate se realiza a niveles muy diferentes. En Estados Unidos, como en otras partes, hay actualmente muchas leyes ya en vigor o en discusión que suscitan preocupación desde el punto de vista de la moralidad, y la comunidad católica, bajo vuestra guía, debe ofrecer un testimonio claro y unitario sobre estas materias. No obstante, es más importante aún la apertura gradual de las mentes y de los corazones de la comunidad más amplia a la verdad moral: aquí hay todavía mucho por hacer. En este ámbito es crucial el papel de los fieles laicos para actuar como "levadura" en la sociedad. Sin embargo, no se debe dar por supuesto que todos los ciudadanos católicos piensen de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia sobre las cuestiones éticas fundamentales de hoy. Una vez más es vuestro deber procurar que la formación moral ofrecida a cada nivel de la vida eclesial refleje la auténtica enseñanza del Evangelio de la vida.

A este respecto, un tema de profunda preocupación para todos nosotros es la situación de la familia dentro de la sociedad. Es verdad: el Cardenal George ha recordado antes cómo vosotros habéis fijado la consolidación del matrimonio y de la vida familiar entre las prioridades de vuestra atención pastoral en los próximos años. En el Mensaje de este año para la Jornada Mundial de la Paz, he hablado de la contribución esencial que una vida familiar sana ofrece a la paz en y entre las Naciones. En el hogar familiar se experimentan "algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo" (n. 3). La familia, además, es el lugar primario de la evangelización, en la transmisión de la fe, ayudando a los jóvenes a apreciar la importancia de la práctica religiosa y la observancia del domingo. ¿Cómo no sentirse desconcertados al observar la rápida decadencia de la familia como elemento básico de la Iglesia y de la sociedad? El divorcio y la infidelidad están aumentando, y muchos jóvenes hombres y mujeres deciden retrasar la boda o incluso evitarla completamente. Algunos jóvenes católicos consideran el vínculo sacramental del matrimonio poco distinto de una unión civil, o lo entienden incluso como un simple acuerdo para vivir con otra persona de modo informal y sin estabilidad. Como consecuencia se percibe una alarmante disminución de bodas católicas en Estados Unidos, junto con un aumento de convivencias en las que está simplemente ausente la recíproca autodonación de los novios a la manera de Cristo, mediante el sello de una promesa pública de vivir las exigencias de un compromiso indisoluble para toda la existencia. En esas circunstancias se les niega a los hijos el ambiente seguro que necesitan para crecer como seres humanos, e incluso se niegan a la sociedad aquellos pilares estables que son necesarios si se quiere mantener la cohesión y el centro moral de la comunidad.

Como enseñó mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, "el primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis es el obispo... que debe dedicar interés, atención, tiempo, personas, recursos; y sobre todo apoyo personal a las familias y a cuantos le ayudan en el pastoral de la familia" (Familiaris consortio, 73). Es vuestro deber proclamar con fuerza los argumentos de fe y de razón que hablan del instituto del matrimonio, entendido como compromiso para la vida entre un hombre y una mujer, abierto a la transmisión de la vida. Este mensaje debería resonar ante las personas de hoy, ya que es esencialmente un "sí" incondicional y sin reservas a la vida, un "sí" al amor y un "sí" a las aspiraciones del corazón de nuestra común humanidad, a la vez que nos esforzamos en realizar nuestro profundo deseo de intimidad con los demás y con el Señor.

Entre los signos contrarios al Evangelio de la vida que se pueden encontrar en América, pero también en otras partes, hay uno que causa profunda vergüenza: el abuso sexual de los menores. Muchos de vosotros me habéis hablado del enorme dolor que vuestras comunidades han sufrido cuando hombres de Iglesia han traicionado sus obligaciones y compromisos sacerdotales con semejante comportamiento gravemente inmoral. Mientras tratáis de erradicar este mal dondequiera que suceda, tenéis que sentiros apoyados por la oración del Pueblo de Dios en todo el mundo. Justamente dais prioridad a las expresiones de compasión y apoyo a las víctimas. Es una responsabilidad que os viene de Dios, como Pastores, la de fajar las heridas causadas por cada violación de la confianza, favorecer la curación, promover la reconciliación y acercaros con afectuosa preocupación a cuantos han sido tan seriamente dañados.

La respuesta a esta situación no ha sido fácil y, como ha indicado el Presidente de vuestra Conferencia Episcopal, ha sido "tratada a veces de pésimo modo". Ahora que la dimensión y gravedad del problema se comprenden más claramente, habéis podido adoptar medidas de recuperación y disciplinares más adecuadas, y promover un ambiente seguro que ofrezca mayor protección a los jóvenes. Mientras se ha de recordar que la inmensa mayoría de los sacerdotes y religiosos en América llevan a cabo una excelente labor por llevar el mensaje liberador del Evangelio a las personas confiadas a sus cuidados pastorales, es de vital importancia que los sujetos vulnerables estén siempre protegidos de cuantos pudieran causarles heridas. A este respecto, vuestros esfuerzos por aliviarlos y protegerlos están dando no sólo gran fruto para quienes están directamente bajo vuestra cuidado pastoral, sino también para toda la sociedad.

No obstante, si queremos que las medidas y estrategias adoptadas por vosotros alcancen su pleno objetivo, conviene que se apliquen en un contexto más amplio. Los niños tienen derecho a crecer con una sana comprensión de la sexualidad y de su justo papel en las relaciones humanas. A ellos se les debería evitar las manifestaciones degradantes y la vulgar manipulación de la sexualidad hoy tan preponderante. Ellos tienen derecho a ser educados en los auténticos valores morales basados en la dignidad de la persona humana. Esto nos lleva a considerar la centralidad de la familia y la necesidad de promover el Evangelio de la vida. ¿Qué significa hablar de la protección de los niños cuando en tantas casas se puede ver hoy la pornografía y la violencia a través de los medios de comunicación ampliamente disponibles? Debemos reafirmar con urgencia los valores que sostienen la sociedad, a fin de ofrecer a jóvenes y adultos una sólida formación moral. Todos tienen un papel que desarrollar en este cometido, no sólo los padres, los formadores religiosos, los profesores y los catequistas, sino también la información y la industria del ocio. Ciertamente, cada miembro de la sociedad puede contribuir a esta renovación moral y sacar beneficio de ello. Cuidarse de verdad de los jóvenes y del futuro de nuestra civilización significa reconocer nuestra responsabilidad de promover y vivir los auténticos valores morales que hacen a la persona humana capaz de prosperar. Es vuestro deber de pastores que tienen como modelo Cristo, el Buen Pastor, proclamar de modo valiente y claro este mensaje y afrontar, por tanto, el pecado de abuso en el contexto más vasto de los comportamientos sexuales. Además, al reconocer el problema y al afrontarlo cuando sucede en un contexto eclesial, vosotros podéis ofrecer una orientación a los demás, dado que esta plaga se encuentra no sólo en vuestras Diócesis, sino también en cada sector de la sociedad. Esto exige una respuesta firme y colectiva.

Los sacerdotes necesitan también vuestra guía y cercanía durante este difícil tiempo. Ellos han experimentado vergüenza por lo que ha ocurrido y muchos de ellos se dan cuenta de que han perdido parte de aquella confianza que tenían una vez. No son pocos los que experimentan una cercanía a Cristo en su Pasión, a la vez que se esfuerzan por afrontar las consecuencias de esta crisis. El Obispo, como padre, hermano y amigo de sus sacerdotes, puede ayudarlos a sacar fruto espiritual de esta unión con Cristo, haciéndoles tomar conciencia de la consoladora presencia del Señor en medio de sus sufrimientos, y animándolos a caminar con el Señor por la senda de la esperanza (cf. Spe salvi, 39). Como observaba el Papa Juan Pablo II, hace seis años, "debemos confiar en que este tiempo de prueba lleve a la purificación de toda la comunidad católica", que conducirá "a un sacerdocio más santo, a un episcopado más santo y a una Iglesia más santa" (Mensaje a los Cardenales de Estados Unidos, 23 abril 2002, 4). Hay muchos signos de que, en el período siguiente, ha tenido de veras lugar esta purificación. La constante presencia de Cristo en medio de nuestros sufrimientos está transformando gradualmente nuestras tinieblas en luz: cada cosa es renovada realmente en Cristo Jesús, nuestra esperanza.

En este momento una parte vital de vuestra tarea es reforzar las relaciones con vuestros sacerdotes, especialmente en aquellos casos en que ha surgido tensión entre sacerdotes y Obispos como consecuencia de la crisis. Es importante que sigáis demostrándoles vuestra preocupación, vuestro apoyo y vuestra guía con el ejemplo. De esta modo los ayudaréis a encontrar al Dios vivo y los orientaréis hacia aquella esperanza que transforma la existencia de la que habla el Evangelio. Si vosotros mismos vivís de un modo que se configura íntimamente con Cristo, el Buen Pastor, que dio la vida por sus ovejas, animaréis a vuestros hermanos sacerdotes a dedicarse de nuevo al servicio de la grey con la generosidad que caracterizó a Cristo. En verdad, si queremos ir adelante es preciso concentrarse más claramente en la imitación de Cristo con la santidad de vida. Tenemos que redescubrir la alegría de vivir una existencia centrada en Cristo, cultivando las virtudes y sumergiéndonos en la oración. Cuando los fieles saben que su pastor es un hombre que reza y dedica la propia vida a su servicio, corresponden con aquel calor y afecto que alimenta y sostiene la vida de toda la comunidad.

El tiempo pasado en la oración nunca es desperdiciado, por muy importantes que sean los deberes que nos apremian por todas partes. La adoración de Cristo nuestro Señor en el Santísimo Sacramento prolonga e intensifica aquella unión con Él que se realiza mediante la Celebración eucarística (cf. Sacramentum caritatis, 66). La contemplación de los misterios del Rosario difunde toda su fuerza salvadora conformándonos, uniéndonos y consagrándonos a Jesucristo (cf. Rosarium Virginis Mariae, 11.15). La fidelidad a la Liturgia de las Horas asegura que todo nuestro día sea santificado, recordándonos continuamente la necesidad de permanecer concentrados en cumplir la obra de Dios, no obstante todas las urgencias o las distracciones que pueden surgir ante las obligaciones que se han de cumplir. De esta manera, la devoción nos ayuda a hablar y actuar in persona Christi, a enseñar, gobernar y santificar a los fieles en el nombre de Jesús, llevando su reconciliación, su curación y su amor a todos sus queridos hermanos y hermanas. Esta radical configuración con Cristo Buen Pastor es el centro de nuestro ministerio pastoral, y si través de la oración nos abrimos nosotros mismos a la fuerza del Espíritu, Él nos concederá los dones que necesitamos para cumplir nuestra enorme tarea, de modo que no nos preocupemos nunca "de cómo o qué vamos a hablar" (cf. Mt 10,19).

Al concluir este discurso dirigido a vosotros esta tarde, encomiendo de manera muy particular a la Iglesia que está en vuestro País a la materna solicitud y a la intercesión de Maria Inmaculada, Patrona de Estados Unidos. Que ella, que llevó en su propio seno la esperanza de todas las Naciones, interceda por el pueblo de esta Nación, para que todos sean renovados en Cristo Jesús, su Hijo. Queridos Hermanos Obispos, expreso a cada uno de vosotros aquí presente mi profunda amistad y mi participación en vuestras preocupaciones pastorales. A todos vosotros, al clero, a los religiosos y a los fieles laicos imparto cordialmente la Bendición Apostólica, prenda de alegría y paz en Cristo Resucitado.

[Traducción distribuida por la Santa Sede

Fuente ZENIT.org

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miércoles, 16 de abril de 2008

El Papa cumple 81 años

Los católicos elevamos por él una oración sentida, cordial, fraterna. Cristo, desde el cielo, no deja de guiar sus pasos y de iluminar su palabra.

Se dice rápido: el Papa cumple 81 años.

Quedan atrás años de aventuras, de ilusiones, de tristezas, de esperanzas. Los recuerdos se agolpan en la mente, las felicitaciones hacen presentes a corazones amigos, las ausencias dejan un sello de nostalgia.

Benedicto XVI (Joseph Ratzinger) nació un 16 de abril de 1927 en Marktl am Inn. Cuando era niño, pudo tocar el drama de un pueblo sometido a la ideología atea y racista de Adolf Hitler, uno de los más trágicos representantes de la “cultura de la muerte”.

Desde joven, en medio del profundo avance del mal que invadía Alemania y otros países, pudo percibir el Amor de Jesucristo. Sintió que Dios le llamaba, acogió una invitación superior a servir a sus hermanos en la Iglesia. Dijo que sí, fue aceptado en un seminario. En 1951, con 24 años, recibió la ordenación sacerdotal, mientras su Patria salía poco a poco de sus ruinas, y en Europa millones de seres humanos vivían sometidos a dictaduras despiadadas.

Ratzinger inició pronto una intensa vida de estudios. Llegó a ser profesor, trabajó en el Concilio Vaticano II como experto, dio conferencias, escribió libros.

En 1977, casi por sorpresa, el Papa Pablo VI lo invitó a dar un nuevo paso: ser obispo de Munich, y luego cardenal. Los libros y las clases quedaron en suspenso: el sacerdote profesor se convertía en pastor de un gran número de hermanos.

Cuando el alma está disponible, Dios no deja de pedir nuevos senderos. En 1981, Juan Pablo II quiso que el cardenal Ratzinger viniese a Roma, ayudase al Papa en un puesto difícil y hermoso: la Congregación para la doctrina de la fe. El cardenal dijo nuevamente “sí”. El sí dado al Papa era continuación de un sí más profundo e íntimo a Jesucristo.

El tiempo pasó lento, en años y años de decisiones a veces sufridas, con casos difíciles. El cardenal Ratzinger, amado por muchos, criticado por otros, esperaba la llegada de la paz, soñaba con un retiro sereno para volver a las conferencias y a los libros.

Dios, nuevamente, intervino. “Otro te ceñirá y te llevará donde no quieras”. El 19 de abril de 2005 el cónclave había escogido como Papa a Joseph Ratzinger...

Este 16 de abril será, ciertamente, un cumpleaños intenso, ahora en su visita a Estados Unidos. El Papa sentirá, en sus espaldas, el peso del tiempo y la Mano de quien le dijo “sígueme” hace muchos, muchos años, en una Alemania herida por una ideología despiadada, que necesitaba entonces, como ahora y siempre, un poco de amor y de consuelo.

El Papa cumple 81 años. Los católicos elevamos por él una oración sentida, cordial, fraterna. Cristo, desde el cielo, no deja de guiar sus pasos y de iluminar su palabra. Algún día el Maestro dirá a su servidor: “entra en el gozo de tu Señor”. Mientras ese día llegue, un anciano Papa, de ojos vivos, seguirá con las manos sobre el timón, como Pedro, y echará las redes en el inquieto océano humano.

El milagro de la pesca lo realizará, nuevamente, Cristo. Muchos corazones descubrirán, gracias a la ayuda del Papa, que la vida tiene un sentido, que el Amor es la vocación más bella de la vida humana, que un Padre nos tiene preparados un hogar, para siempre, en los cielos.

¡Muchas felicidades, Santo Padre!

Autor: P Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

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martes, 15 de abril de 2008

¡Yo amo a Jesucristo!

Jesucristo es nuestro ideal más grande, la ilusión mayor que tenemos en la vida: amarlo, hacer algo por Él..

He contado muchas veces lo que me ocurrió con una niña de la catequesis. Me emocionó entonces, y aún lo recuerdo ahora como si lo estuviera sintiendo por primera vez. Hablaba con una niña de ocho añitos que iba a recibir próximamente su Primera Comunión. Y le pregunté como a cualquier niño que quiere comulgar:

- ¿A quién vas a recibir en la Comunión?
- ¡A Jesús!
- Muy bien. ¿Y quieres mucho a Jesús?...
Se le humedecen los ojitos a la criatura, se lleva las manos al pecho, y comenta casi entre lágrimas y con el rostro encendido:
- ¿Jesús?... ¡Lo amo tanto! Lo llevo aquí dentro, aquí dentro, y le digo siempre: ¡Jesús mío!...
Yo también me emocioné, y al oír pronunciar repetidamente el nombre de Jesús con aquella inocencia y con aquel amor, hice una plegaria con palabras arrancadas al Evangelio:
- Padre Eterno, que eres el único que conoces a Jesús y que lo revelas a quien Tú quieres, ¡revélame a tu Hijo! Sobre todo, hazme amarlo con el ardor y limpieza de esta niña inocente.

Nuestra religión cristiana y católica no es una religión ni de verdades, ni de celebraciones, ni de moral, ni de oraciones, ni de ayunos, ni de nada de todo eso. Aunque tiene también todas esas cosas, y mucho más que cualquier otra religión, como algo que exige nuestra condición de hombres.

La religión católica se centra en una persona, en NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, y nada más.

Con las verdades cristianas proclamamos lo que Jesucristo nos enseñó.

Con el culto expresamos nuestro amor a Jesucristo.

Con la oración nos unimos a Jesucristo.

Con los Sacramentos nos llenamos de la vida de Jesucristo.

Con la limosna ayudamos a Jesucristo, que vive necesitado en nuestros hermanos pobres.

Con el apostolado anunciamos a Jesucristo y extendemos su reinado.

Y así con todo lo demás: Jesucristo es lo único que nos interesa.

Mirando en la Biblia a los Apóstoles, nos encontramos con el ejemplo clamoroso de San Pablo. Si alguien ha entendido lo que es el cristianismo ha sido precisamente San Pablo. Pues bien, la libertad en todas esas prácticas que hemos citado era para él algo muy importante. Y así nos dirá:
- Que cada uno siga en su propio gusto y su parecer.

Exige, eso sí, una fidelidad total a la doctrina que han aprendido, y en esto era tan riguroso que maldice al que enseñe algo contrario a lo que los apóstoles han transmitido a la Iglesia. En lo demás, lo que importaba era el amor al Señor Jesucristo, de modo que acaba su carta primera a los de Corinto:
- El que no ame a nuestro Señor Jesucristo, que sea un maldito.

Ese amor de Pablo a Jesucristo se demuestra con un hecho hermoso. En sólo trece cartas ―pues no contamos la de los Hebreos―, saca el nombre de Jesús nada menos que 640 veces en sus diversas acepciones: Jesús, Cristo, Jesucristo, el Señor... Si así lo cita cuando escribe, quiere decir que el recuerdo y el amor a Jesucristo llenaba por completo lo más íntimo de todo su ser.

Una vez hemos llegado a conocer a Jesucristo, la vida ya no es la misma. Un planeta nuevo ―lo vamos a suponer dotado de inteligencia― que se quisiera meter en sistema solar, no podría salirse de su órbita aunque quisiera. Daría vueltas y vueltas alrededor del Sol, y jamás sería capaz de escaparse de allí donde un día se metió voluntariamente.

Esto le ocurre a cualquiera que ha conocido y ha llegado a amar a Jesucristo: necesita al Señor de todas maneras. No se contentará jamás con ninguna novedad que vengan a cantarle al oído. Y si en algún momento hiciera caso a voces extrañas, pronto notaría que se trata de sirenas engañosas que no le van a satisfacer y lo quieren llevar mar adentro del error. Consciente o inconscientemente volvería a Jesucristo siempre: o con al amor o con el remordimiento, pero volvería a Jesucristo.

Esta es la esencia del Cristianismo. En el amor a Jesucristo tenemos cifrada la fe verdadera. Quien ama, es porque cree. Y quien no ama a Jesucristo, aunque diga que cree en Él, en realidad no tiene fe. Ni hará nada por Jesucristo. Mientras que el que ama a Jesucristo, por Él lo hace todo.

Y es que Jesucristo es el único por quien nos podemos jugar la vida. Así lo reconocía Napoleón, cautivo después de tantas victorias que ya no le servían de nada:
- Yo he enardecido a millares y millares que murieron por mí. Pero ahora estoy aquí, atado a una roca, ¿y quién lucha por mí?... ¡Qué diferencia entre mi miseria y el reinado de Cristo, que es predicado, amado y adorado por todo el mundo y vive por siempre!...

Es triste que los grandes de la Historia hayan de reconocer tan tardíamente su error. Nosotros somos más afortunados. Nosotros amamos a Jesucristo desde siempre, y no nos equivocamos, no...

- ¿Y qué ideal? Por ti, Rey mío, la sangre dar, cantaron muchas veces los Mártires de Barbastro antes de ir a la muerte. Jesucristo es también nuestro ideal más grande, la ilusión mayor que tenemos en la vida: amarlo, hacer algo por Él....

Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

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lunes, 14 de abril de 2008

Desde el perdón, con un “gracias”

Perdón, porque no supe perdonar ni pedir perdón. Y gracias, porque existo, simplemente.

Necesitamos recordar con frecuencia dos palabras que resumen nuestra aventura humana: perdón y gracias.

Perdón, porque preferí mi egoísmo al servicio. Porque busqué mis intereses a pesar de ver a alguien necesitado de cariño o de comida. Porque ignoré al enfermo y me encerré en mis “obligaciones” cotidianas.

Perdón, porque dejé crecer mis pasiones y ya no supe controlarlas. Porque acumulé envidias en vez de darme al prójimo sin medida. Porque me encerré en mis faltas cuando estaba llamado a dar cada día un nuevo paso hacia la vida.

Perdón, porque no supe perdonar ni pedir perdón. Porque guardé rencores durante años. Porque hice daño con la lengua a quien vivía a mi lado.

Perdón, porque tantas veces confíe en mí mismo y acabé en el fracaso. Porque me olvidé de Dios y quise construir un mundo a mi medida. Porque no supe rezar en la hora de la prueba ni en los momentos de la dicha.

Perdón, porque busqué sentirme bien y aumentar mi “autoestima”, cuando muchos hermanos míos esperaban que me olvidase de mí mismo y dedicase todas mis energías a la hermosa vocación de amar hasta dar la vida.

Y gracias. Gracias porque existo, simplemente. Porque soy parte de un mundo lleno de vida, de amor y de maravillas.

Gracias, porque sale el sol por las mañanas, porque llegan nubes llenas de agua generosa, porque florece el almendro y vuelan las gaviotas.

Gracias, porque después de cada invierno viene la primavera con sus abejas ruidosas y sencillas. Y porque tras el calor del verano, el otoño llega con los frutos de la tierra.

Gracias, porque hay amor entre los hombres. Porque ese amor unió en matrimonio a mis padres. Porque un día nací rodeado de cariño y de hermanos. Porque fui cuidado, vestido, lavado, alimentado y educado por mil manos buenas.

Gracias, porque me llamaste a ser hijo en la Iglesia, porque me ofreciste la salvación desde el Calvario, porque me lavaste al ver mis muchos pecados, porque me entregaste Tu Cuerpo y Tu Sangre en la Eucaristía.

Gracias, porque nos alimentas de esperanza, nos acompañas en las pruebas, nos invitas al amor eterno. Porque nos has preparado un lugar, para siempre, en la casa de tu Padre, que es también el Padre nuestro...

Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

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sábado, 12 de abril de 2008

María es nuestra intercesora

¿Quién mejor que Ella para comprendernos y pedir por nuestras almas a Su Hijo?

Jesús, elevado en la Cruz, nos regaló una Madre para toda la eternidad. Juan, el Discípulo amado, nos representó a todos nosotros en ese momento y luego se llevó a María con él, para cuidarla por los años que restaron hasta su Asunción al Cielo.

María se transformó así no sólo en tu Madre, sino también en la Madre de nuestra propia madre terrenal, de nuestro padre, hijos, de nuestros hermanos, amigos, enemigos, ¡de todos!.

Una Madre perfecta, colocada por Dios en un sitial muchísimo más alto que el de cualquier otro fruto de la Creación. María es la mayor joya colocada en el alhajero de la Santísima Trinidad, la esperanza puesta en nosotros como punto máximo de la Creación. La criatura perfecta que se eleva sobre todas nuestras debilidades y tendencias mundanas. ¡Por eso es nuestra Madre!.

La Reina del Cielo es también el punto de unión entre la Divinidad de Dios y nuestra herencia de realeza. Nuestro legado proviene del primer paraíso, cuando como hijos auténticos del Rey Creador poseíamos pleno derecho a reinar sobre el fruto de la creación, la cual nos obedecía. Perdido ese derecho por la culpa original, obtuvimos como Embajadora a una criatura como nosotros, elevada al sitial de ser la Madre del propio Hijo de Dios.

¡Y Dios la hace Reina del Cielo, y de la tierra también!. Allí se esconde el misterio de María como la nueva Arca que nos llevará nuevamente al Palacio, a adorar el Trono del Dios Trino. María es el punto de unión entre Dios y nosotros. Por eso Ella es Embajadora, Abogada, Intercesora, Mediadora. ¿Quién mejor que Ella para comprendernos y pedir por nuestras almas a Su Hijo, el Justo Juez?. María es la prueba del infinito amor de Dios por nosotros: Dios la coloca a Ella para defendernos, sabiendo que de este modo tendremos muchas más oportunidades de salvarnos, contando con la Abogada más amorosa y misericordiosa que pueda jamás haber existido. ¿Somos realmente conscientes del regalo que nos hace Dios al darnos una Madre como Ella, que además es nuestra defensora ante Su Trono?.

Si tuvieras que elegir a alguien para que te defienda en una causa difícil, una causa en la que te va la vida. ¿A quien elegirías?.

Dios ya ha hecho la elección por ti, y vaya si ha elegido bien: tu propia Madre es Reina y Abogada, Mediadora e Intercesora.

¿Qué le pedirías a Ella, entonces?.

Reina del Cielo, sé mi guía, sé mi senda de llegada al Reino. Toca con tu suave mirada mi duro corazón, llena de esperanza mis días de oscuridad y permite que vea en ti el reflejo del fruto de tu vientre, Jesús. No dejes que Tus ojos se aparten de mi, y haz que los míos te busquen siempre a ti, ahora y en la hora de mi muerte.

Autor: oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org

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viernes, 11 de abril de 2008

Un silencio ante la muerte

Siempre que alguien muere se hace un vacío, se crea un silencio.

Siempre que alguien muere se hace un vacío, se crea un silencio. Al menos por unos instantes se suspende todo pensamiento, se ahoga toda palabra, se sofoca toda pasión. Antes de los llantos y sollozos, antes de las plegarias o los gritos, antes de las condolencias y los pésames, la muerte impone un silencio.

Cuando Cristo muere, un gran silencio envuelve la tierra... Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra está tenebrosa y sobrecogida, porque Dios ha dormido en la carne... Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.” Así lo expresa una antiquísima homilía sobre el grande y santo Sábado.

La muerte del Dios hecho hombre estremeció los cielos y sacudió la tierra. Ese día hubo oscuridad sobre toda la tierra. El velo del templo de Jerusalén se rasgó en dos de arriba abajo. Tembló la tierra y las rocas se hendieron. Qué bien lo describe aquel verso:

“Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos
piedra contra piedra”.

Quizá hizo falta todo eso porque muchos corazones humanos no experimentaron aquel día ni la más mínima conmoción ante tamaño acontecimiento. Lo que no sintieron ni de lejos algunas criaturas racionales, lo entendió sobradamente el resto de la creación, no pudiendo contener su reacción.

Tristemente también hoy bastantes personas viven la muerte de Cristo inconscientes de lo que se conmemora. No les pasará por la mente que Cristo expira en la cruz por amor ellos. No les dirá nada el que Dios mismo yazca muerto en una tumba, porque quiso hacerse hombre mortal como nosotros.

Pienso que tal vez ya no hará falta que hoy se repita aquello de las tinieblas y los terremotos sobre el globo terráqueo. Porque no faltarán densas oscuridades y hondos quebrantos en el alma de los que viven al margen de Cristo, por más que reposen bajo un sol espléndido y con aparente serenidad...

Así es, la muerte hace un silencio en la vida del hombre, pero no es aún la última palabra. La última palabra será la resurrección alcanzada por Cristo para todos.

Mañana el sepulcro de Cristo volverá a estar vacío.

Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net

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jueves, 10 de abril de 2008

Hacia la verdad, desde el amor

El amor me invita, me ofrece, un camino hacia la verdad, que es vida, que es alegría, que es eternidad.

Muchas veces no buscamos la verdad por miedo, por intereses turbios, por egoísmo, por pereza, por soberbia, por amor a la vida de placeres.

Tal vez he llegado a pensar que cuando estudio si sea o no sea malo hacer “eso”, o si busco más a fondo cómo se aplica la justicia en la vida profesional, o si pregunto sobre lo que se me pide como católico, o si me abro a las riquezas del Evangelio, me estaría “cortando las alas” y perdiendo ocasiones para “crecer” y vivir según mis gustos, hasta el “extremo” de terminar con una existencia aplastada por mandamientos y normas que hoy no se estilan y que, en el fondo, tampoco me gustan...

La perspectiva cambia totalmente si vemos la verdad como un don de Alguien que nos ama. El Evangelio, con sus mensajes austeros y magníficos, nace desde un Amor maravilloso, desde el gesto del Padre que envía a su Hijo para conducirnos hacia la verdad plena y hacia la vida eterna.

Entonces, estudiar la vida de Cristo, acoger sus enseñanzas en el Evangelio, optar por ser miembros de la Iglesia católica fundada por el Maestro, se nos presenta como una aventura maravillosa, como una respuesta llena de alegría a la llamada profunda y sincera del Dios que nos hizo y que nos espera, para siempre, en el cielo.

El camino hacia la verdad se hace gustoso, se hace más sincero, llega hasta lo más profundo de una vida, si se recorre desde el amor. Por amor Dios nos dio la vida. Por amor nos ha arropado con mil gestos de cariño. Por amor nos permitió un día ir al Catecismo, leer la Biblia, participar en los Sacramentos. Por amor me tendió la mano, una y mil veces, si el pecado manchó mi corazón débil y egoísta.

Ese amor me invita, me ofrece, un camino hacia la verdad, que es vida, que es alegría, que es eternidad. Podré, entonces, iluminar mi conciencia, denunciar pecados que tal vez acariciaba con cinismo, abrirme a horizontes de generosidad que me llevan a pensar menos en mí y más en el prójimo que me necesita.

Es hermoso, cada día, caminar hacia la verdad desde el amor. Si lo hacemos, si nos dejamos encontrar, si nos dejamos guiar por el Maestro, descubriremos que nuestra vida y nuestras palabras serán muy pronto estímulo para que también otros puedan dar un paso hacia Cristo. Serán capaces, así, de descubrir esas verdades profundas que guían los senderos de mi vida: Dios nos perdona, nos ama, y nos espera, un día, en la gran fiesta de los cielos.


Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

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miércoles, 9 de abril de 2008

ADHD, una enfermedad que está de moda

Algo sucedió en 1988 que empezó a brotar en el mundo una epidemia de niños con un ´desequilibrio químico en el cerebro´


En los años 70´s, cuando yo era una niña, no recuerdo que alguna de mis amigas tuviera ADHD. Es más, no recuerdo a nadie que tuviera eso tan raro: ni mis hermanos, ni mis primos, ni los primos de mis primos, ni los hijos de los amigos de mis papás, ni los primos de los hijos de los amigos de mis papás, ni nadie.

En ese entonces, según recuerdo, sólo existíamos los niños normales: traviesos, distraídos, rebeldes, inquietos, juguetones, curiosos, parlanchines y ruidosos.

Recuerdo muy bien cómo los adultos nos llamaban la atención, haciendo comparaciones graciosas con animales:

– Niña, pareces lombriz… deja de moverte.
– Niña, pareces cotorra… deja de hablar.
– Niños, parecen perros y gatos… dejen de pelearse.
– Niños, parecen caballos salvajes… esténse quietos.

Éramos sucios, olvidadizos, distraídos y desordenados:

– Niños, dejaron la cocina como un chiquero… vengan a limpiar
– Niña, tu mochila parece nido de ratones… saca todo de ahí
– Niñas, sus cajones parecen revoltijo… no salen hasta que los arreglen.
– Niño… ¿estás en la luna? Presta atención.

Algunos éramos de puro 10 en la escuela y otros de puro 6, a algunos nos gustaba leer y a otros no, unos acabábamos rápido la tarea para irnos a jugar y otros se escabullían para jugar antes de terminar la tarea, pero… todos éramos niños normales. Y eso sí: todos andábamos siempre llenos de raspaduras y moretones en las piernas y brazos, pues hacíamos cosas realmente salvajes: nos subíamos a los árboles, saltábamos del columpio, nos caíamos de la bicicleta, nos lanzábamos de cabeza por las resbaladillas y nos deslizábamos por grandes pendientes, subidos tres o cuatro (sin casco ni rodilleras) en carritos con ruedas de baleros.

Durante toda mi infancia y mi juventud, conocí sólo niños normales, pero de pronto…. algo sucedió en 1988, que empezó a brotar en el mundo, como si salieran de debajo de cada piedra, una epidemia de niños con un “desequilibrio químico en el cerebro” (que no es químicamente demostrable) que se llama ADHD o “síndrome de déficit de atención e hiperactividad” y cuyos síntomas, curiosamente, son exactamente los mismos comportamientos que tiene cualquier niño normal.

Se los enlisto, tal como los tiene publicados la Asociación Americana de Pediatría, en: http://www.aafp.org/afp/20010501/1803.html, para que los que son papás de niños normales, se rían un poco:


Los síntomas

Un niño con ADHD, dicen los psiquiatras, es el que presenta al menos seis de los siguientes síntomas:


Atención y concentración
1. Dificultad a la hora de establecer un orden en sus trabajos o pequeñas responsabilidades en la casa.
2. Le cuesta "ponerse en marcha" (para vestirse, hacer los deberes.....), pues se distrae fácilmente con cualquier otro estímulo.
3. Presentan problemas para mantener la atención hasta finalizar sus trabajos (hacen dibujitos, se distraen con el lápiz...).
4. Pierden u olvidan cosas necesarias (agenda, abrigo, bufanda, cartera, deberes.....).
5. Parecen no escuchar cuando se les habla.
6. Olvidan realizar sus trabajos cotidianos (cepillarse los dientes, recoger la ropa....).
7. Pueden tener problemas a la hora de seleccionar que es lo más importante.
8. Prestar atención a dos estímulos a la vez (por ejemplo: seguir lo que dice el profesor y tomar notas al mismo tiempo).
Impulsividad
1. Con frecuencia actúan sin pensar.
2. Hablan en momentos poco oportunos o responden precipitadamente a preguntas que todavía no se han acabado de formular (delante de una visita, a clase...).
3. Les cuesta obedecer las órdenes, no porque no quieran obedecer, sino porque no están atentos cuando se les formulan.
4. Suelen ser poco previsores y olvidan planificar (se ponen a hacer sus deberes sin el material).
5. Interrumpen a menudo durante juegos o explicaciones.
6. Tienen dificultades para pensar antes de actuar.
7. Presentan dificultades para planificar.
Hiperactividad
1. A menudo mueven los pies y las manos o se levantan de la silla.
2. Van de un lugar a otro sin motivo aparente.
3. Se columpian sobre la silla.
4. Juegan frecuentemente con objetos pequeños entre las manos.
5. A menudo tararean inadecuadamente con la boca.
6. Hablan en exceso.
7. Durante el juego les cuesta esperar su turno y jugar de forma tranquila.

La epidemia

Les confieso que en 1988, cuando empecé a notar la epidemia de niños con ADHD en el colegio de mis hijos, me preocupé, pues no sabía de qué se trataba tan famosa enfermedad, pero no me gustaba nada ver cómo mis amigas vivían angustiadas por darle a sus hijos el Ritalin u otras drogas alternas: Concerta, Focalin, Metadate, Cidrin, Cylert o Adderall.

Sin saber de qué enfermedad se trataba, me parecía francamente terrorífico que le estuvieran dando estimulantes, sedantes, calmantes, anfetaminas o como quieran llamarlos, a pequeñines de seis o siete años.

Veinte años han pasado desde entonces y en esos veinte años he tenido invitados a mi casa decenas de niños que han sido diagnosticados con ADHD a los que yo misma (qué horror!) les he tenido que dar su Ritalin, Adderall (o algo similar) en horario fijo y dosis exacta, por instrucciones de sus mamás y como condición inexcusable para que se pudieran quedar en mi casa.


¿Qué es esa extraña enfermedad?

Hasta hace unos días (muy pocos) es cuando he tenido la curiosidad de meterme a averiguar qué es esa extraña enfermedad que cada vez ataca a más y más niños de los que conviven con los míos.

Al leer los síntomas y la manera de diagnosticar la enfermedad, no supe si llorar o soltar una carcajada.

Tengo nueve hijos, el mayor de 22 años y el menor de 4. Y todos, absolutamente todos, han tenido a lo largo de su infancia, no seis, sino veintidós de los veintidós síntomas de los niños con ADHD.

Que me regañen los psiquiatras, pero... estoy totalmente segura de que todos esos síntomas son síntomas de un niño sano y normal. Esos síntomas no se curan con sedantes, sino con una sana disciplina y atención de los papás y los maestros.

Ciertamente es más cómodo para cualquier mamá tener a un niño medio sedado, sentadito toda la tarde en la tele viendo películas de Disney, que tener a un niño que brinca en los sillones, hace experimentos con lodo y shampoo, parlotea e interrumpe en todo momento y corre como caballo desbocado. Entonces, entiendo que haya muchas mamás interesadas en darles “pastillitas calmantes” a su hijos, porque es más cómodo, pero… el niño enfermo es el primero y el sano es el segundo.

Ciertamente es más cómodo para las maestras tener un grupo de niños atontados con pastillas, que no se mueven de su silla y mantienen la vista fija en el pizarrón, que tener un grupo de niños normales de siete años que avientan avioncitos de papel, ponen ranas en la silla del maestro, se paran de su silla con cualquier pretexto y se ríen de las tonterías que se les ocurren. Entonces, entiendo que haya muchas, muchísimas maestras interesadas en que los psicólogos les diagnostiquen ADHD y les receten pastillas a sus alumnos, pero… los niños enfermos son los de la mirada fija y los sanos son los otros.

Ciertamente es muy bueno para psicólogos y psiquiatras diagnosticar ADHD a sus pacientes sanos, pues, según leí, dicen que es una enfermedad crónica que no se cura con el Ritalin (ni similares), sino que “el paciente debe aprender a vivir con ella” y de esta manera aseguran un cliente que les pagará periódica y puntualmente de por vida. Entiendo, entonces, que haya muchos, muchísimos psiquiatras y psicólogos interesados en diagnosticar ADHD, pues es una hermosa enfermedad que les asegurará una vejez llena de bonanza.


Las cifras

Se me ocurrió asomarme a los informes financieros de los laboratorios que producen el Ritalín. Los pueden ver ustedes mismos en el siguiente enlace: http://www.novartis.com/investors/product-sales.shtml

Viendo estas cifras, 374 millones de dólares en el 2007 (sólo para Novartis y sólo por el Ritalin), entiendo perfectamente que los laboratorios estén interesados en que se sigan diagnosticando cada vez más niños, adolescentes y adultos, con esta enfermedad.

No creo que sea coincidencia, además, que los laboratorios que fabrican productos químicos para evitar a los niños (anticoncepción), o para matarlos una vez concebidos (DIU y PDD), sean los mismos que fabrican productos para mantener semidormidos a aquellos niños que no fueron evitados ni asesinados a tiempo.

Ya en otras ocasiones he hablado de los intereses que existen en muchas organizaciones por mantener “manipulables” a las personas, para influir en ellas con libertad y así “adueñarse del mundo de las ideas, para lograr que sus ideas sean las ideas del mundo”. Con toda seguridad estas personas también están interesadas en que los niños (especialmente los más listos e inquietos) tomen “pastillas calmantes” y así sean dóciles y manejables por todo lo que vean y oigan en los medios.

Descubrí que, alrededor de este negocio, han surgido nuevos productos creados por psicólogos y comerciantes que también han aprovechado la oportunidad de obtener ganancias fáciles con esta “enfermedad”, cuyos síntomas son padecidos por TODOS, absolutamente TODOS los niños del mundo. Terapias alternativas que ya no usan drogas, pero que son igual de caras, como la llamada Neurofeedback, con la que ahora se venden un sinfín de productos, como cascos, lentes, videos, juegos interactivos, libros, manuales, cuadernos y todo lo que se le pueda vender a un padre preocupado por mantener quieto a su hijo “hiperactivo”.

Seguramente pronto aparecerá algún oportunista que, aprovechando esta suculenta veta financiera, abrirá colegios, academias y universidades especiales para niños con ADHD, centros de ayuda para padres de niños con ADHD, gimnasios, viajes, dietas y cruceros especialmente diseñados para personas con ADHD y cosas por el estilo.


La realidad del ADHD

ADHD… ¿una farsa? ¿un grandísimo negocio? ¿comodidad para las maestras? ¿flojera de las mamás? ¿interés por mantener “manejable” a una buena parte de la población?. Creo que es todo eso.

Seguramente habrá muchos que me lean y digan que el Ritalin les salvó la vida, porque su hijo verdaderamente era insoportable. Muy bien, no niego que esto sea posible. Siempre han existido niños con desórdenes psicológicos que necesitan tratamientos y terapias especiales, sobre todo, aunque no necesariamente, cuando provienen de familias disfuncionales.

Sin embargo… esto es un exceso. Según un estudio de la clínica Mayo, el 7.5% de niños entre 6 y 19 años en USA padece ADHD. ¡Eso son 7 millones de niños! . No pretendo negar que existan algunos casos reales con problemas reales, pero… aquí hay claramente un abuso en el diagnóstico.

Si a mi hijo le diagnostican Anemia, puedo ver en los análisis de química sanguínea la falta de hierro; si le diagnostican Leucemia, puedo ver el exceso de leucocitos en una biometría hemática; si le diagnostican Cáncer, puedo ver en la biopsia las células mutantes.

¿Cuántos de ustedes, cuyo hijo ha sido diagnosticado con ADHD, han recibido los análisis químicos en los que se ve, en números y porcentajes, el “desequilibrio químico” en el cerebro de sus hijos? Hasta donde pude leer, no existen dichos análisis. ¿O sí?

Y, claro, como no hay evidencia química del tal “desequilibrio químico”, algunos han inventado que lo que sucede es que no es “químico”, sino “genético”. Ah… pero no nos dicen cuál es el daño cromosómico en los genes, pues ni siquiera analizan los cromosomas en el diagnóstico. ¿O alguien ha visto los cromosomas dañados o diferentes de su hijo con ADHD? Creo que este es un cuento aún más grande que el otro.

Hay quienes no se atreven a usar la palabra “genético” y dicen que es un mal “hereditario”. Por supuesto que los síntomas lo son, pues un hijo de padres inquietos y parlanchines, aprenderá los comportamientos de sus padres y los imitará. Pero… eso no es herencia, es simple imitación y no es una enfermedad, ni de los padres, ni del niño.

El asunto es que a todos... los del “desequilibrio químico”, los del “daño genético” y a los que lo adquirieron por “herencia”, a todos por parejo, los medican para controlar los síntomas.


Drogas para niños

Al leer la descripción de la droga, su manera de actuar y las contraindicaciones, también me quedé helada. Yo no le administraría a mi hijo una droga que tiene diecisiete páginas de contraindicaciones y warnings acerca de sus efectos secundarios, sin una comprobación científica de que esa droga equilibrará de nuevo la química supuestamente desequilibrada de su cerebro. ¿han leído esas contraindicaciones y advertencias? Son aterradoras, hablan de daños cardiovasculares, hepáticos, oculares, recesión en el crecimiento, infertilidad, alucinaciones, anorexia, psicosis, pesadillas, agresividad, hasta casos de muerte. No estoy inventando, las pueden ver aquí, publicadas por el mismo laboratorio: http://www.pharma.us.novartis.com/product/pi/pdf/ritalin_ritalin-sr.pdf


¿Qué será de ellos cuando crezcan?

Lo que más me preocupa del tema, es el daño inmenso que se les hace a las almas de esos chiquitos. A los niños que han sido diagnosticados con ADHD se les convence de que “son incapaces de controlarse a sí mismos sin ayuda de la droga”. Eso me aterra. ¿Qué será de esos niños cuando sean unos adultos, convencidos de su incapacidad de controlar sus acciones? A estos niños ya no se les puede hablar de esfuerzo o ganas de aprovechar la fuerza de su carácter y sus pasiones para alcanzar la perfección cristiana. Están totalmente convencidos de que son incontrolables y que si no toman sus pastillas, no son responsables de sus actos y además son totalmente incapaces de hacer algo bien.

Ya termino, porque debo ir a atender a nueve hijos que, hablando en serio, los nueve tienen todos y cada uno de los síntomas de ADHD y… no están controlados con Ritalin ni nada parecido, así que… los tengo que controlar yo.

Les agradeceré sus comentarios, pues tengo a muchas amigas y personas muy queridas metidas en este problema. En verdad es algo que me preocupa.



Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic.net

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Caminos de Evangelio

Hoy es un día para caminar desde el Evangelio. A través de sus palabras el Maestro trabajará en mi alma, me guiará hacia el Amor pleno.

El Evangelio se nos presenta como un don particular, una invitación, una aventura, un tesoro por el que vale la pena venderlo todo.

Nos permite penetrar en el corazón mismo de Dios, porque nos lleva a escuchar y a ver a Jesús, Hijo del Padre e Hijo del hombre.

A través de los relatos y de las enseñanzas narradas por los evangelistas, descubrimos que Dios es amor, que la misericordia limpia los pecados, que la bondad escribe la historia humana, que el Padre ha enviado a su Hijo para buscar a la oveja descarriada.

Pero a veces notamos que la semilla no llega a lo profundo de nuestra alma. Como en la parábola del sembrador, sentimos que los afanes del mundo o una cierta dureza interior nos impiden acoger el regalo, nos colocan en un mundo demasiado “mundo” y poco abierto a la llegada del Maestro.

Necesitamos, entonces, pedir humildemente, como el ciego del camino, que Dios nos devuelva el don de la vista, que transforme ese corazón de piedra para empezar a vivir con un corazón de carne, que nos aparte de la avaricia y la soberbia para recorrer un camino interior tras las huellas del Maestro.

Con la ayuda de Dios, guiados por el Espíritu Santo, el Evangelio empieza a ser accesible, desvela sus riquezas. Aprendemos entonces a leerlo desde luz interior que viene de arriba, a comprenderlo en su belleza salvadora, a aplicarlo en las situaciones más sencillas o en los momentos más importantes de la vida.

Ante la muerte de un familiar o de un amigo; tras la pérdida del trabajo; en la hora de la enfermedad; cuando el corazón siente el cansancio del tiempo; después de un pecado vergonzoso... En tantos momentos de prueba, el Evangelio nos invita a la confianza. Tenemos un Padre que nos ama, que vela por cada uno de sus hijos. Existe un cielo preparado para recibirnos, está siempre abierta la puerta a la esperanza. Cristo, con su Palabra y su agonía, nos recuerda que el grano de trigo muerto puede dar mucho fruto.

También el gozo sano y bueno adquiere su sentido verdadero desde el Evangelio. Porque el principal motivo de la alegría cristiana radica en descubrir la bondad del Padre en los lirios, en las aves del cielo, en la lluvia, en el vino añejo. Porque aprendemos a disfrutar sanamente las maravillas del mundo con un corazón desprendido: nuestro tesoro auténtico está en los cielos.

Hoy es un día para caminar desde el Evangelio. Tal vez me bastará con leer un versículo. A través de una palabra sencilla el Maestro podrá trabajar en mi alma. Me pedirá que lo imite en su mansedumbre y su humildad. Moverá mi corazón para que perdone al enemigo, para que comparta mi pan con el hambriento. Me susurrará que le siga, paso a paso, desde la cruz de cada día.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net

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martes, 8 de abril de 2008

Dichosos los que creen sin haber visto.

¡Qué dicha encontrarse nuevamente con el Señor, había vencido verdaderamente a la Muerte!

Contemplaremos, paso a paso, un hermosísimo pasaje evangélico. Veremos a los apóstoles que, atemorizados, se escondían bajo llave. Veremos a Jesús que amorosamente se acerca a ellos y les anima. Veremos al apóstol Tomás que no se anima a creer en la Resurrección del Señor.

Cuando se está lejos de Jesús, o cuando se le desconoce, la vida de una persona se convierte en una angustia permanente. ¿Qué sucede cuando una persona que no cree en Dios se entera que ha de morir pronto por una enfermedad incurable? ¿Que sucede con una persona que no cree en Dios y pierde a un ser querido, o sufre un terrible accidente? ¿Acaso no se llena de angustia, de miedo, de duda? Pero, cuando verdaderamente se cree en Dios, la persona atribulada confía y no se angustia. Nuestro mundo de hoy vive angustiado todo el tiempo pues no conoce o no quiere aceptar a Jesucristo.

Contemplemos este pasaje evangélico que el apóstol San Juan nos transmite por medio de la Liturgia de la Palabra. Observemos, paso a paso, lo acontecido en aquella ocasión. Observemos a los protagonistas del pasaje y presenciemos personalmente lo ocurrido.

Era el día de la Resurrección. Era ya de noche. Los discípulos de Jesús, diez únicamente (pues Judas, quien había traicionado y vendido al Señor, se había quitado la vida; Tomás estaba ausente), se encontraban encerrados bajo llave en una casa. Estaban llenos de miedo por los judíos. Asustados, temerosos, no comprendían qué pasaba. Por la mañana, María Magdalena les había dicho que Jesús había resucitado, que ya no estaba en la tumba. Pedro y Juan fueron corriendo presurosos a ver el sepulcro, la tumba, donde habían depositado el cuerpo del maestro. Ellos no creían lo dicho por María Magdalena. Creían que el cuerpo había sido robado y temían que los judíos los maltratasen. Además, estaban tristes pues ¿de qué les había servido haber dejado familias, trabajo, fama y tranquilidad para seguir a Jesús durante tres años y haber terminado con la sentencia de muerte, ejecución y sepultura del maestro? Estaban desconcertados, atemorizados y tristes. ¡Pobres discípulos! Se sentían huérfanos.

Mas de pronto, en medio de esa comunidad atemorizada y encerrada bajo llave, el Señor se presenta amorosamente. ¡Cuál habrá sido el susto que ellos se habrán llevado al ver que un resucitado se les aparezca! Tres días antes lo habían enterrado muerto después de un suplicio horrible! Ahora Él se presenta en medio de ellos. Conociendo el Señor que estaban tan atemorizadas y que su aparición les iba a aumentar los temores, les dice amorosa y tiernamente: “La paz esté con Ustedes”. Ellos se tranquilizan. El Señor nuevamente les ayuda, pues les muestra las heridas causadas por los clavos en las manos, y la herida causada por la lanza en el costado. Entonces, esos discípulos que estaban llenos de miedo, de tristeza, se alegran de ver al Señor.

¡Qué dicha encontrarse nuevamente con el Señor! En esos momentos, reconocían que era verdad todo lo que les había dicho. Lo veían a Él resucitado, vivo. ¡Había vencido verdaderamente a la Muerte!.

Seguramente San Pedro se abalanzó sobre el Señor. Le habrá abrazado y besado. Habrá llorado de alegría al ver a su maestro nuevamente. Las lágrimas habrán corrido nuevamente por sus mejillas, pero ya no de tristeza por la traición, sino de alegría por el reencuentro con el maestro amado.

Y el Señor, amorosamente, les vuelve a decir que la paz esté con ellos. ¡Qué encuentro tan maravilloso! ¡Único! Jesucristo resucitado y sus amados discípulos. El reencuentro después del dolor. La alegría después de la tristeza.

Él les habla, le conforta, les da muestras de cariño, junto con nuevas indicaciones. Les da de regalo al Espíritu Santo, y el poder de perdonar los pecados. Además de abrirnos las puertas del Cielo, de la vida eterna, además de haber muerto por todos los hombres, además de habernos amado tanto, Jesús sigue regalando cosas a sus amigos, a sus amados, a sus hijos.

¡Qué alegría! ¡Qué gozo! ¡Qué tranquilidad habrá sido el volver encontrase con el maestro!. Los discípulos habrán recobrado vida después de tan duras penas sufridas.

Y el Señor se marcha… Los vuelve a dejar…

Cuando Tomás, el discípulo ausente, regresa, los compañeros le cuentan lo ocurrido. Pero él no les cree. Se imagina que el miedo y la tristeza les hace ver fantasmas o algo así. Les dice: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. ¡Pobre Tomás! No creía. Aún pedía pruebas de lo que sus compañeros le decían. Él no comprendía cómo Jesús pudo morir de forma tan vil si era Dios.

Pasan ocho días más. Era el siguiente domingo, el primero después de la Resurrección. Ese día, sí estaba Tomás con los demás discípulos. El Señor se les vuelve a aparecer. Y amorosamente le invita a que meta sus dedos en las heridas, para que crea. Al instante el buen Tomás se arrodilla y le dice “¡Señor mío y Dios mío!” A lo que le responde el Señor: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que crean sin haber visto”. En ese momento, el Señor pensó en todos nosotros, que creeríamos sin que lo hubiéramos visto.

El Señor nos invita a creer a pesar de no haber visto. A creer en el amor infinito de Dios por nosotros. Y junto con toda la Iglesia en este Jubileo del Año dos mil. Nos invita a la conversión, a volver a Dios, a alejarnos de la vida de pecado. Recordemos que para esto ha venido Jesucristo, para rescatarnos del pecado y abrirnos nuevamente las puertas el cielo. Y, para ello, recordemos que espera que cada uno de nosotros libremente lo busque a Él.

No dejemos pasar el tiempo. Volvamos a la casa del Padre. Sigamos los caminos de nuestros Señor Jesucristo: Amemos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo. Si amamos realmente estaremos en el camino de la conversión, pues quien verdaderamente ama es quien imita a Dios, pues Dios es amor, nos dice el apóstol san Juan, y el mandato de Jesucristo es: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Por ello, la auténtica conversión del corazón es la imitación de Cristo amoroso, quien nos amó y se entregó por nosotros.

La Iglesia, por medio del catecismo, nos recuerda que cada persona, tú o yo, hemos de responder libremente a la invitación que Dios nos hace para creer. Esa respuesta muy personal de cada uno, es la fe.

Nos recuerda, también, que la fe no es algo nada más personal, pues no la habríamos recibido si no hubiese otras personas que nos la transmitieran. Por ello, es necesario que todos transmitamos a otras personas esa fe.

Recordemos que no es suficiente creer en Jesucristo para que alcancemos la vida eterna y nos salvemos. Es necesario que nuestra vida se transforme en una vida llena de obras de acuerdo a los mandatos de Jesucristo: obras llenas de amor a Dios y a nuestros hermanos los hombres.

La fe no llega así porque sí a los demás. Es necesario que haya otras personas que la lleven a los que no la conoces. Todos los cristianos, todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a transmitir la fe a los demás, empezando por nuestros hijos.

Nadie puede dar lo que no conoce. Por ello es necesario que conozcamos cada día mejor nuestra fe, para que la podamos transmitir a los demás, empezando por los de casa.

Autor: Pa´ que te salves. | Fuente: Catholic.net

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