domingo, 31 de agosto de 2008

17. A partir del Areópago. Un fracaso y una lección

¿Dónde radicó el fracaso de Pablo en Atenas? En la indiferencia de los judíos y en la soberbia fatua de los griegos.

¿Recordamos la inquietud y la impaciencia de la última charla? ¡Corinto a la vista!...
Sí, y de Corinto nos tocaba hoy hablar. Pero vamos a hacer una pequeña parada antes de asistir a la fundación de una Iglesia que llena de ilusión.

Debemos volver la mirada a Atenas, de la que vimos salir a Pablo muy apesadumbrado, y de la que nosotros mismos nos pudimos llevar una mala impresión.

Pablo pensó:

- Atenas, fracaso con los judíos, ¿por qué?... Atenas, fracaso con los griegos, ¿por qué?... ¿Es que el Evangelio no tiene fuerza? ¿A qué se debe lo que me ha ocurrido?...

Pablo, como lo hemos visto desde el principio, era un judío de pies a cabeza, y en todas partes se las tenía que ver con los de su raza.
Si los judíos admitían el Evangelio, en ellos encontraba colaboradores magníficos como Silas o Timoteo, o bien formaban los judíos, a la par que los gentiles, una Iglesia tan preciosa como la de Berea.

Pablo contaba siempre con la persecución.
Pero lo de los judíos de Atenas fue peor que los azotes o la expulsión de la ciudad.
Ni una conversión. Ningún interés por el Evangelio. Frialdad por todas partes. Apatía por doquier. Indiferencia absoluta.

Aquellos judíos, por lo visto, se habían acomodo a la manera floja de vivir de los atenienses, y Dios y el prometido Cristo no les importaron nada. Como si se dijeran:

- Adoramos al Dios Yahvé sin preocupaciones; ¿por qué nos vienen ahora a molestarnos tontamente?... Dejemos a todos en paz, y que cada uno siga adorando a su dios como le venga bien. ¿A qué meternos con los demás?...

Fracasado con los judíos, Pablo, tan judío, se pasó a los gentiles. Pero, ¿estaba preparado para meterse con el mundo griego?...

Dios había tenido una providencia grandísima con Pablo. Cuando lo escogió, sabía Dios a quién elegía. El judío completo, era también un griego y un romano completo.

Pablo, como hombre, encarnaba en su persona lo más rico del mundo de entonces.
Dentro de pocos años. Pablo escribirá en una de sus cartas:

“Yo soy el más pequeño de los apóstoles. Pero, por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos los demás apóstoles, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15,9-10).

Naturalmente que pudo desarrollar una actividad asombrosa y muy diferente de la llevada a cabo por los demás.

Porque ninguno de los otros apóstoles tuvo la formación que le tocó en suerte tener a Pablo.

Como judío, era un brillante maestro de la Biblia, graduado en las escuelas superiores de Jerusalén.

Como griego, era un helenista nacido y educado en Tarso, ciudad muy notable por su saber, en la que asimiló la cultura griega y pudo estar en contacto pacífico con el derecho romano y muchas costumbres del Imperio.

El discurso que Pablo pronunció en Atenas ante el Areópago no se improvisaba fácilmente.

Semejante pieza oratoria indicaba una formación griega muy valiosa, asimilada en Tarso, ciudad que marcó a Pablo con sello indeleble en su rica formación humana y social.

Aunque la fuente de su ciencia sea la Biblia, Pablo sabe también y repite dichos y sentencias de filósofos, poetas y escritores griegos.

Conoce los juegos olímpicos y en sus cartas hace alusiones estupendas a ellos, aplicando a la vida cristiana los esfuerzos y triunfos de los atletas. Está al tanto de costumbres militares, y nos describe al detalle la armadura romana.

Veremos después cómo sus cartas están llenas de alusiones a la vida griega y romana, aprendido todo durante su niñez y juventud.

Es cierto que Pablo pensaba ante todo y sobre todo con la Biblia, y que todo lo que estuviera en oposición a las Sagradas Escrituras lo rechazaba de manera fulminante.

Por poner un caso, Pablo pudo leer en Tarso la inscripción asiria junto a la estatua de Sardanápalo: “Caminante, come, bebe y pásala bien, que todo lo demás no vale la pena”.

¿Qué pensaba Pablo ante semejante brutalidad? Pues, se diría:

- ¿Eso? Los que así piensan y hablan son malos, pero discurren como tontos más que como pecadores. Ya me lo dice mi Biblia: “Los impíos, razonando neciamente, se dicen…:”Vengan y disfrutemos… gocemos de lo presente…, coronémonos de rosas antes de que de se marchiten” (Sb 2,1-8)

Aunque, junto a esa barbaridad, pudo aprende dichos como éste, de un gran filósofo de Tarso: “Para todo ser humano su conciencia es su Dios” (Atenodoro)
En la misma Atenas y sobre la Acrópolis pudo Pablo recordar las palabras de un poeta dirigidas a Zeus, el Júpiter de los griegos:

-¡Oh Zeus, yo te saludo! Toda carne puede elevar su voz a ti, pues somos de tu estirpe. Por esto quiero con gozo elevar a ti mi canto de alabanza, cantar eternamente tu alabanza” (Coleantes, en Holzner)

Por palabras de filósofos y poetas como éstos pudo valorar Pablo lo que el Espíritu de Dios había depositado en la naturaleza humana, buena como salida de la mano de Dios, aunque estropeada tan lastimosamente por obra del Maligno.

Hay que decir que Pablo dio muestras de tener un espíritu muy abierto, muy amplio, y que admitía y asimilaba todo lo que viera de bueno, de honesto, de enriquecedor.
Con todo esto vemos cómo la religión y la moral - que enseñaban los espíritus más rectos entre aquellos paganos -, bien consideradas, eran un camino abierto para el Evangelio.

¿Qué es lo que faltaba? Lo que les dijo Pablo: “Convertirse”.

¡Dejen a ese Júpiter el padre de los dioses, y vuélvanse al Dios que creó todas las cosas!

¡Dejen a muchos de sus maestros, y acudan al Maestro que yo les indico, el hombre Jesús, que un día juzgará a todos los muertos que habrán resucitado!

¡Crean en este Hombre Jesús, y vayan sin miedo a Él, que está autorizado por Dios con la resurrección de entre los muertos!

¿Dónde radicó el fracaso de Pablo en Atenas?

En la indiferencia de los judíos y en la soberbia fatua de los griegos. Pablo no pudo presentarse con más autoridad y hablar mejor a los griegos y a los judíos.

En el Pablo de Atenas aprendió también la Iglesia la gran lección del apostolado.
Todo apóstol se presenta con una preparación religiosa y humana completas. Pero ante la indiferencia que puede encontrar o ante el rechazo que le oponga la soberbia de los oyentes, siempre tendrá el apóstol cristiano - como arma eficaz - la Cruz de Cristo, que es sabiduría de Dios y fuerza de Dios para todos los que se han de salvar.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 30 de agosto de 2008

Madre de Dios

María lo amó con su corazón, como sólo una madre puede amar,

Nacer es tener una madre. Así ha sido y es para todo hombre; así ha sido para el mismo Dios, que se hizo hombre en el seno de una Virgen. Por eso, el título mariano de ´Madre de Dios´ es una de las verdades más consoladoras y más ennoblecedoras de la humanidad. El cristianismo no teme en afirmar que Dios se ha acunado en los brazos de una mujer. Una mujer, María de Nazaret, que es madre en su cuerpo y sobre todo madre en su corazón, como bellamente nos enseña san Agustín.

1. Al ritmo de la vida de Cristo. Entre la vida de Jesús y la de María hay una estupenda sincronía y un paralelismo magnífico de misterio y de donación. Junto a la Encarnación del Verbo está la Inmaculada Concepción; con el nacimiento de Jesús se relaciona inseparablemente la maternidad de María; a los pies de la cruz del Redentor se halla de pie, firme en su dolor, María, la corredentora; la ascensión de Jesús a los cielos tiene su paralelo en la asunción de María en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Vivir al ritmo de Cristo es vivir a ritmo de redención. Así vivió y vive en el cielo María. Ella se desvivió por Jesús en su vida terrena y vive con Jesús y por Jesús en el cielo. Ella no se pertenece, sino que es toda de su Hijo. Su misión es su Hijo, en la historia y en el siempre de la eternidad.

2. Múltiples relaciones. María mantiene diversas relaciones con la Iglesia. Es modelo de virtudes para todos los cristianos. Es Madre de la Iglesia, como la proclamó Pablo VI, pues ésta prolonga a Jesucristo místicamente en la historia. Es, al igual que la Iglesia, esposa del Espíritu y virgen fecunda que engendra continuamente hijos para Dios. Es espejo radiante de gracia y santidad, es pastora solícita del rebaño de Cristo, es abogada y protectora de los pecadores. Estas relaciones de María con la Iglesia y con sus hijos son relaciones vivas, ardientes, profundamente enclavadas en el alma cristiana, como se puede ver acudiendo a los santuarios de devoción mariana. ¿Y nuestras relaciones con María?

La Iglesia nos recomienda una veneración profunda hacia María. Una veneración que entraña una mezcla de algo sagrado y filial, cercano y misterioso. Sí, porque María es nuestra madre, pero al mismo tiempo está toda ella envuelta en el misterio de Dios. Una veneración, por ello, que nace de la profundidad de la fe, pero que toca también la superficie de nuestra sensibilidad. Es toda nuestra persona la que venera a María.

3. Madre del Hijo de Dios. María es la única mujer a quien Dios puede llamar madre y Jesús es el único Dios a quien una mujer puede llamar Hijo. En su seno Dios se instaló, creció, se hizo bebé. En sus brazos se acunó, en sus ojos se miró, sobre su pecho se durmió. Cogido de su mano comenzó a dar los primeros pasos por el mundo. Con sus besos María lo ungió de cariño y ternura, con sus labios le habló y le enseñó el lenguaje de su pueblo. Con su corazón lo amó, como sólo una madre puede amar.

Autor: P. Antonio Izquierdo y Florian Rodero | Fuente: Catholic.net
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viernes, 29 de agosto de 2008

¿Puede un hombre condenarse cuando Dios lo ama tanto?

Después del pecado, Dios Misericordioso pasa por nuestra alma...no lo dejemos ir.

El pecado ha crucificado a Cristo: el pecado es terrible, terrible: un Dios crucificado, azotado, escupido, golpeado; terrible. No hay palabras; el corazón prefiere callar: sólo el amor de un Dios pudo permitir esto a los hombres: realmente los amaba.

¿Pero todavía puede un hombre condenarse cuando Dios lo ama tanto? ¿Habrá realmente gente en el infierno? Sí consta que hay gente allí: hay ángeles convertidos en demonios; lo lógico es que también haya hombres; si se quiere, únicamente los que despreciaron hasta el final el amor y la redención.

El pecado dispara al hombre hacía el infierno, lo arroja del Paraíso; por donde pasa deja una desolación de muerte, arrasa con todo, mata todo brote de vida; sólo si pasa detrás la sangre de Cristo, ese valle de muerte recupera su esplendor.

El paso del pecado por una alma es desolador, pero el paso de Cristo Redentor por la misma alma resucita todo: ‘Yo soy la resurrección y la vida’. Muchas almas se parecen a Sodoma después del fuego del cielo: se eleva de sus ruinas el hedor de los cadáveres y el humo de los tizones.

Es necesario el paso de Cristo por tantos valles de la muerte, para que la vida surja de nuevo. ¿Fuiste un valle del Paraíso o un valle de la muerte?

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 28 de agosto de 2008

Intenciones en la comunión

Cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas.

Pensar en la Santa Misa –momento de Jesús en la Cruz, adelantado sacramentalmente en la Última Cena-, es tener millares de gracias de Dios. ¿Cuándo Cristo pudo esta dispuesto a hacernos más bienes que en ese cenit de Su amor, que le llevó a derramar Su preciosa sangre por nosotros? ¿Cuándo pudo sentirse con mayor intensidad Salvador del mundo? ¿Cuándo fue más rápido en conceder el Reino a quienes se lo pidieron como el buen Ladrón e, incluso, a quienes no se lo pedían como los mismos que le crucificaron?.... También fue en ese momento cuando nos regaló a su misma Madre como Madre, la “Bendita entre las mujeres”, y en quien se resume toda la gracia y la ternura hacia nosotros.

Así lo ha captado la Iglesia en su liturgia de la misa. Se puede ver que en los momentos que siguen a la consagración, ora por las necesidades mayores que tiene y por sus intenciones más entrañables.

Por tanto, cuando recibo a Jesús en al comunión, aprovecharé esos momentos de la acción de gracias para pedir por mis intenciones íntimas. ¡No seré parco en pedir!, seguro de estar entonces ante la fuente misma de todas las bendiciones. ¡Abriré el corazón a la esperanza más cierta! ¡Mi confianza será completa! El ofrecimiento del cáliz de mi ser y vida, unido al de Jesús, deberá convertirse ahora en oración de súplica y de petición según las más nobles, cristianas y fervientes intenciones.

Se tratan de aquellas que son fundamentales, que nunca deberían faltar; sin duda merecen ser antepuestas a las personales, por más urgentes e inmediatas que pudieran parecer.

“Perdona nuestras ofensas”: ¿Cómo, por ejemplo, tendía mayor interés por pedir la gracia de obtener una virtud, sin antes adelantar la causa –y perorarla lo mejor posible- de que mis muchos pecado sean perdonados? El Buen Ladrón comenzó por reconocer y por confesar el mal que había hecho, sólo luego pidió con confianza la apertura de las puertas del paraíso. La Iglesia misma en sus plegarias litúrgicas adelanta siempre el reconocimiento de las culpas como preparación al rito del sacramento.

“Perdona nuestras ofensas”: así nos enseñó el Señor a orar.... Es la plegaria permanente, porque el recuerdo de nuestra incorrespondencia al amor no puede olvidarse. Mas su memoria me lleva a desear la enmienda: es decir, su desaparición; en ese momento de total confianza, expreso al Señor mi deseo de ser perdonado y de satisfacer por mis pecados; es decir, ofrezco el entero contenido del cáliz de mi vida en satisfacción por ellos y me acojo con serenidad a Su infinita misericordia.

Abierta ya la puerta de la gracia, presento las peticiones por aquellas causas que más me importan.

En primer lugar, pido por el advenimiento del Reino de Dios, porque para mi alma de apóstol nada me importa más.

Y luego interesa la Iglesia con sus grandes asuntos: las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada; el gran deseo de su unidad – “Ut sint unum”- por la que Jesús oró expresamente en la Cena; el Santo Padre, con las preocupaciones que lleva en su corazón de Pastor Supremo.

Finalmente, hago presentes también las intenciones personales y particulares. Allí no podrán faltar las grandes preocupaciones de mi pueblo y de mi patria; las necesidades de cuantos me han sido encomendados por el Señor y que me son tan queridos.

Autor: P. Cristóforo Fernández | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 27 de agosto de 2008

17. A partir del Areópago. Un fracaso y una lección

¿Recordamos la inquietud y la impaciencia de la última charla? ¡Corinto a la vista!...
Sí, y de Corinto nos tocaba hoy hablar. Pero vamos a hacer una pequeña parada antes de asistir a la fundación de una Iglesia que llena de ilusión.
Debemos volver la mirada a Atenas, de la que vimos salir a Pablo muy apesadumbrado, y de la que nosotros mismos nos pudimos llevar una mala impresión.

Pablo pensó:
-Atenas, fracaso con los judíos, ¿por qué?... Atenas, fracaso con los griegos, ¿por qué?... ¿Es que el Evangelio no tiene fuerza? ¿A qué se debe lo que me ha ocurrido?...

Pablo, como lo hemos visto desde el principio, era un judío de pies a cabeza, y en todas partes se las tenía que ver con los de su raza.
Si los judíos admitían el Evangelio, en ellos encontraba colaboradores magníficos como Silas o Timoteo, o bien formaban los judíos, a la par que los gentiles, una Iglesia tan preciosa como la de Berea.

Pablo contaba siempre con la persecución.
Pero lo de los judíos de Atenas fue peor que los azotes o la expulsión de la ciudad.
Ni una conversión. Ningún interés por el Evangelio. Frialdad por todas partes. Apatía por doquier. Indiferencia absoluta.

Aquellos judíos, por lo visto, se habían acomodo a la manera floja de vivir de los atenienses, y Dios y el prometido Cristo no les importaron nada. Como si se dijeran:
-Adoramos al Dios Yahvé sin preocupaciones; ¿por qué nos vienen ahora a molestarnos tontamente?... Dejemos a todos en paz, y que cada uno siga adorando a su dios como le venga bien. ¿A qué meternos con los demás?...

Fracasado con los judíos, Pablo, tan judío, se pasó a los gentiles. Pero, ¿estaba preparado para meterse con el mundo griego?...
Dios había tenido una providencia grandísima con Pablo. Cuando lo escogió, sabía Dios a quién elegía.
El judío completo, era también un griego y un romano completo.

Pablo, como hombre, encarnaba en su persona lo más rico del mundo de entonces.
Dentro de pocos años. Pablo escribirá en una de sus cartas:
“Yo soy el más pequeño de los apóstoles. Pero, por la gracia de Dios soy lo que soy; y la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos los demás apóstoles, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15,9-10).

Naturalmente que pudo desarrollar una actividad asombrosa y muy diferente de la llevada a cabo por los demás.
Porque ninguno de los otros apóstoles tuvo la formación que le tocó en suerte tener a Pablo.
Como judío, era un brillante maestro de la Biblia, graduado en las escuelas superiores de Jerusalén.
Como griego, era un helenista nacido y educado en Tarso, ciudad muy notable por su saber, en la que asimiló la cultura griega y pudo estar en contacto pacífico con el derecho romano y muchas costumbres del Imperio.

El discurso que Pablo pronunció en Atenas ante el Areópago no se improvisaba fácilmente.
Semejante pieza oratoria indicaba una formación griega muy valiosa, asimilada en Tarso, ciudad que marcó a Pablo con sello indeleble en su rica formación humana y social.

Aunque la fuente de su ciencia sea la Biblia, Pablo sabe también y repite dichos y sentencias de filósofos, poetas y escritores griegos.
Conoce los juegos olímpicos y en sus cartas hace alusiones estupendas a ellos, aplicando a la vida cristiana los esfuerzos y triunfos de los atletas.
Está al tanto de costumbres militares, y nos describe al detalle la armadura romana.

Veremos después cómo sus cartas están llenas de alusiones a la vida griega y romana, aprendido todo durante su niñez y juventud.

Es cierto que Pablo pensaba ante todo y sobre todo con la Biblia, y que todo lo que estuviera en oposición a las Sagradas Escrituras lo rechazaba de manera fulminante.
Por poner un caso, Pablo pudo leer en Tarso la inscripción asiria junto a la estatua de Sardanápalo: “Caminante, come, bebe y pásala bien, que todo lo demás no vale la pena”.

¿Qué pensaba Pablo ante semejante brutalidad? Pues, se diría:
-¿Eso? Los que así piensan y hablan son malos, pero discurren como tontos más que como pecadores. Ya me lo dice mi Biblia: “Los impíos, razonando neciamente, se dicen…:”Vengan y disfrutemos… gocemos de lo presente…, coronémonos de rosas antes de que de se marchiten” (Sb 2,1-8)

Aunque, junto a esa barbaridad, pudo aprende dichos como éste, de un gran filósofo de Tarso: “Para todo ser humano su conciencia es su Dios” (Atenodoro)
En la misma Atenas y sobre la Acrópolis pudo Pablo recordar las palabras de un poeta dirigidas a Zeus, el Júpiter de los griegos:
-¡Oh Zeus, yo te saludo! Toda carne puede elevar su voz a ti, pues somos de tu estirpe. Por esto quiero con gozo elevar a ti mi canto de alabanza, cantar eternamente tu alabanza” (Coleantes, en Holzner)

Por palabras de filósofos y poetas como éstos pudo valorar Pablo lo que el Espíritu de Dios había depositado en la naturaleza humana, buena como salida de la mano de Dios, aunque estropeada tan lastimosamente por obra del Maligno.

Hay que decir que Pablo dio muestras de tener un espíritu muy abierto, muy amplio, y que admitía y asimilaba todo lo que viera de bueno, de honesto, de enriquecedor.
Con todo esto vemos cómo la religión y la moral ─que enseñaban los espíritus más rectos entre aquellos paganos─, bien consideradas, eran un camino abierto para el Evangelio.

¿Qué es lo que faltaba? Lo que les dijo Pablo: “Convertirse”.
¡Dejen a ese Júpiter el padre de los dioses, y vuélvanse al Dios que creó todas las cosas!
¡Dejen a muchos de sus maestros, y acudan al Maestro que yo les indico, el hombre Jesús, que un día juzgará a todos los muertos que habrán resucitado!
¡Crean en este Hombre Jesús, y vayan sin miedo a Él, que está autorizado por Dios con la resurrección de entre los muertos!

¿Dónde radicó el fracaso de Pablo en Atenas?
En la indiferencia de los judíos y en la soberbia fatua de los griegos.
Pablo no pudo presentarse con más autoridad y hablar mejor a los griegos y a los judíos.

En el Pablo de Atenas aprendió también la Iglesia la gran lección del apostolado.
Todo apóstol se presenta con una preparación religiosa y humana completas.
Pero ante la indiferencia que puede encontrar o ante el rechazo que le oponga la soberbia de los oyentes, siempre tendrá el apóstol cristiano ─como arma eficaz─ la Cruz de Cristo, que es sabiduría de Dios y fuerza de Dios para todos los que se han de salvar.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 26 de agosto de 2008

El Pescador de hombres

Jesús sabía muy bien lo que Su presa necesitaba, la había observado durante demasiados años nadar lejos de El.

El hombre se despertó de madrugada en esa ciudad que no era la suya, a la que había ido tantas veces. No podía dormir. Pensó, ¿dónde estoy? con esa extraña sensación del que viaja demasiado y termina perdiendo sentido de tiempo y lugar. Ah, se dijo a si mismo algo confundido, aquí estoy, en esta ciudad tan bendecida por la Mano de Dios. Pero no puedo dormir.

El Rosario sobre la mesita de luz del hotel llamó su atención. Es bueno rezar a estas horas, el Señor siempre lo necesita porque es el horario en que más cosas feas pasan y los buenos están durmiendo, así que es importarte llenar este espacio oscuro con oraciones ofrecidas simplemente por las intenciones del Señor, que El las use a Su mejor conveniencia.

El pensamiento atravesó su mente, “de paso ayudo a bendecir un poco esta ciudad”. El rechazo a la idea fue inmediato, ¿qué clase de bendiciones puedo pedir yo al Señor, si es que soy literalmente “un pecado” que camina? El Señor le respondió, muy breve y conciso: “eres un pescado”. Nuestro amigo se quedó sorprendido, estupefacto. Pero Señor, yo dije que soy un “pecado que camina”, ¿y cómo es que Tú me dices que soy un pescado? El Señor le volvió a responder, tan breve y con el mismo tono de la vez anterior: “yo te pesqué”.

El señor de nuestra historia rió, y el Señor de la Historia rió también. Rieron juntos. Si, soy tu pescado, le dijo, y Tú, nadie menos que Tú, eres mi Pescador. Nuestro amigo se quedó absorto en sus pensamientos, alegre de saber que él mismo era la presa de Jesús. Y entonces recordó el signo, aquel signo que precedió a la Cruz, y que fue la forma en que se reconoció al pueblo cristiano y a Cristo mismo durante los primeros siglos de la Iglesia: el Pez. Aquel signo representaba lo que él era, no un pez, sino un pescado. Y se sintió parte de esa Iglesia primitiva, se sintió en una catacumba viendo ese signo pintado una y otra vez en las paredes alumbradas por la tenue luz de las lámparas de aceite.

Y luego recordó cómo había sido pescado por Jesús. Se imaginó al Señor pensando cual era la mejor estrategia para atrapar a Su presa, para que ese pez que andaba suelto por las peligrosas aguas del mar del mundo, mordiera su anzuelo y fuera recogido a su barca, la misma barca que San Juan Bosco viera en sus sueños, la gran Barca de la Iglesia. Jesús pensó: tengo que usar el mejor señuelo, el que tenga el color y el sabor adecuados, el que mejor llame la atención de Mi presa. El estudió al hombre, miró sus costumbres, sus gustos, sus hábitos, y trazó Su plan.

El buen pescador sabe muy bien que debe tener absolutamente todo en cuenta antes de abordar su desafío: el horario del día, la transparencia y temperatura del agua, la profundidad a la que hay que buscar a la presa, y en función de ello elige su señuelo. Los que son realmente buenos pescadores diseñan y construyen ellos mismos sus señuelos, utilizando materiales que encuentran aquí y allá. Ellos miran y sopesan una y otra vez de qué modo serán capaces de atraer la atención del pez buscado, y luego se lanzan a su misión con perseverancia, hasta hacer morder el anzuelo a su presa. ¡Entonces la alegría vale doble!

Jesús sabía muy bien lo que Su presa necesitaba, la había observado durante demasiados años nadar lejos de El. De tal modo que esta vez eligió utilizar el mejor señuelo del que disponía, uno literalmente irresistible. El lo llama de diversos modos, como Señuelo Santo, o Estrella de la Mañana, o también Rosa Mística, aunque lo más habitual es que lo llame simplemente Mamá. Con gran expectativa nuestro Pescador de hombres lanzó a las aguas del mundo a Su Gran Señuelo, y atrapó a Su presa esta vez. El pequeño hombre mordió el anzuelo con ganas, y aunque luego se resistió como todo buen pez que no quiere volverse pescado, no lo soltó nunca más.

Y así fue como se transformó en un orgulloso pescado, presa del Pescador de hombres, atrapado por no poder resistir el llamado del Señuelo Santo, de la Madrecita del mismo Dios. Nuestro amigo vio todo esto con tanta claridad que no pudo más que sonreír, abrazarse a la Cruz del Rosario, y sentirse feliz de comprender la profundidad de aquel signo que nos representa, el Pez, Ictis, símbolo de Jesucristo, Pescador de hombres. Así lo conocieron, así se presentó al mundo El desde la barca de Pedro, la misma Barca que dos mil años después sigue transportándolo por los mares del mundo, mientras El sigue pescando a hombres y mujeres de buena voluntad.

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: reinadelcielo.org
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lunes, 25 de agosto de 2008

16. Atenas. Frialdad e indiferencia

Pablo estaba interiormente que explotaba, indignado al contemplar la ciudad tan llena de ídolos.

¡Buen viaje el que vamos a hacer hoy con Pablo! Nada menos que a la soñada Atenas, el emporio del saber, del arte, de la belleza, la cuna de la cultura occidental.

Corre la primavera del año 51, y los de Berea no se atreven a dejar solo a Pablo -pues parece que está otra vez enfermo o no bien recuperado en su salud-, y lo llevan hasta Atenas. Allí, les dice Pablo agradecido:

- ¡Gracias, queridos! ¡Qué buenos son! Marchen a Berea, pero encarguen a Silas y Timoteo que vengan lo antes posible a Atenas, pues aquí me encuentro muy solo. (Hch 17,15-34)

Pablo se quedó en Atenas con el ánimo bajo los pies. Un judío como él no tenía para menos. ¡Cuántos ídolos! ¡Cuánta superstición! ¡Cuántos templos y altares a dioses falsos!

Un conocido escritor romano que visitó Atenas en aquellos mismos días, escribía irónicamente: “Está todo esto tan lleno de dioses que resulta más fácil encontrar un dios que un hombre”.

Mientras esperaba a Timoteo y Silas, nos dicen los Hechos, “Pablo estaba interiormente que explotaba, indignado al contemplar la ciudad tan llena de ídolos”.

Como en todas partes, empieza por la sinagoga, pues se dice:

- ¡Al menos aquí adorarán fervientemente a Dios!

Pero Pablo se lleva también una desilusión con los judíos. Eran pocos en Atenas, y parece que se habían amoldado a la manera floja de vivir de los atenienses.

Pablo no sería Pablo si se hubiera quedado quieto. Cada día iba al ágora, la plaza pública en que se mezclaban, de manera simpática y desesperante a la vez, toda clase de gentes.

Abundaban en ella, sobre todo, los filósofos baratos y los oyentes ociosos, que se preguntaban cada día: - ¿Qué hay de nuevo hoy?...

Los grandes sabios como Sócrates, Diógenes, Platón o Aristóteles, habían desaparecido hacía ya muchos años.

Ahora, dicen los Hechos, merodeaban los estoicos y los epicúreos, que al oír a Pablo comentaban de manera divertida:

-¿Qué dice ese charlatán, ese pajarraco que se come todos los granos esparcidos por el suelo?...

Era esto lo que en Atenas decía la gente de los filósofos baratones que se presentaban cada día. Porque eran unos sabios muy pobres, que recogían cuatro sentencias que habían escuchado de otros, y las vendían como sabiduría propia.

¡Esto es ese predicador tan curioso que nos viene con nuevos dioses, ese Jesús y esa Resurrección!...

Si no lo dijera así Lucas, que se luce en su narración, nosotros no tendríamos imaginación para inventarlo.

Como todos los dioses del Olimpo griego eran casados o se unían para engendrar otros dioses, aquí viene este Pablo ahora a predicar un dios masculino, Jesús, y una compañera femenina, Resurrección. ¡No deja de ser curiosa esta pareja de dioses!...

Así piensan los oyentes de Pablo, y para aclarar mejor las cosas, le proponen:

- ¿No podríamos oírte de esto más detenidamente en el Areópago?

La proposición era muy seria. El Areópago era el tribunal que examinaba la legitimidad de la religión y, si era preciso, juzgaba a los propagandistas de nuevos dioses. El Areópago había juzgado y condenado a muerte por impío nada menos que a Sócrates, el filósofo y el hombre más grande de Grecia.

¿Qué hará el Areópago ahora con Pablo, ese anunciador de nuevas divinidades?...

No va a hacer nada, afortunadamente. Lo de hoy no va a ser un juicio, sino un escuchar al expositor de la nueva religión.

Pablo está de pie ante sus oyentes, que le invitan:

- ¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que tú expones? Pues te oímos decir cosas extrañas y querríamos saber qué es lo que significan.

Todo es cortesía, todo es educación. Y Pablo, en su exposición, va a rayar a gran altura desde el primer momento, cuando comienza:

- Atenienses, veo que ustedes son, bajo todos los aspectos, los más respetuosos de la divinidad.

Con este comienzo, Pablo se demuestra un orador consumado, y Lucas un historiador excepcional al darnos un resumen de las mismas palabras de Pablo.

Magnífico, bello y muy profundo todo, desde luego.

El auditorio escucha con placer una filosofía semejante, y más cuando la ve confirmada por lo que dijeron algunos pensadores y poetas griegos, como lo reconoce Pablo:

- Porque somos del linaje de Dios. Y si somos del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad es algo semejante al oro, la plata o la piedra, modelados por el arte y el genio de los hombres.

Pablo está formidable. Pero viene lo malo, cuando anuncia:

- Ese Dios creador, que ha tolerado hasta ahora la ignorancia, quiere que todos se conviertan, porque todos van a ser juzgados un día por un hombre determinado, a quien Dios ha garantizado resucitándolo de entre los muertos.

Aquí se acabó el escuchar con agrado a este soñador.

¿La conversión?... No les gustaba.
¿La resurrección de los muertos? A un griego no le entraba en la cabeza.
Pero siguieron todos en su educación, y dijeron cortésmente al orador:

- Pablo, te escucharemos con gusto otra vez.

No volvieron a escucharle, porque ni ellos estaban interesados ni Pablo tenía ganas de perder más el tiempo:

- Aquí no hay nada que hacer. Estos griegos atenienses buscan sólo sabiduría, y yo no enseño más sabiduría que la de la Cruz.

No todo, sin embargo, se había perdido, como anota Lucas:

“Algunos hombres se adhirieron a Pablo y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos”.

Éstos fueron la semilla de una nueva Iglesia en Atenas, pequeña, pero allí quedaba la semilla enterrada.

Pablo, siguen diciendo los Hechos, dejando Atenas se fue a Corinto.

Esta vez no se marchaba perseguido.

Fracasado, sí.

Los pocos judíos de Atenas seguían en su indiferencia, los filosofantes griegos en su incredulidad, y Pablo con una convicción: ¡Basta de ciencia! La Cruz y nada más...

Lo va a demostrar en el nuevo campo.

¡Corinto a la vista!...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 23 de agosto de 2008

Con María, y un rosario antes de Misa…

Pide que la gracia de cada misterio se derrame en tu corazón y en el de cada uno de los que amas, para que puedan alcanzar la santidad.

Madrecita mía, hace tiempo quiero preguntarte acerca de los regalos que trae al alma el rezo del Santo Rosario antes de la Misa. Y , en este domingo, mi corazón sabe que hallara respuesta, pues, nunca desoyes a tus hijos.

Cavilo en estos pensamientos cuando una joven de la Parroquia me pide que inicie el rezo del Rosario.

Mis dedos y mi corazón van acariciando, una a una, las sencillas cuentas. Y son rosas para ti los Avemarías.

De pronto la campana, que es como tu voz, llena mi alma con tu saludo y la plena certeza de tu presencia.

Desde tu imagen te acercas, me estiras la mano y dices:

- Ven, hija, ven…

Y mientras continúo saludándote con los Avemarías del Rosario, te sigo…

Entonces, para mi asombro y alegría, muy cerquita del altar abres una puertecita que conduce a una amplísima, magnífica y delicada escalera, inundada de flores en sus barandas…

- ¡Madre, que bella escalera! Pero ¿y esta puerta? ¿Desde cuándo está aquí? ¿Por qué nunca la vi? Y la escalera ¿Adónde lleva?

Tu dulce mirada responde, una a una, mis preguntas.

- A ver, vamos despacio. La puerta, hija, siempre estuvo aquí, sólo que recién la ves porque has accionado la llave desde lo más profundo de tu corazón.

- ¿Llave, Madre? ¿Cuál llave? No tengo llave en mis manos, sólo tengo…. ¡El Rosario! ¡Oh Madre! ¿Acaso el rezo del Santo Rosario abre esta puertecita?

Asientes con una sonrisa, mientras en mí se mezclan el asombro, la alegría y el llanto…

- Así es, querida hija, el Rosario abre esta magnífica puerta. Pero aún me resta responderte dónde te lleva la escalera.

Y con el Avemaría como aire para el alma, espero tu respuesta…

- Debes verlo por ti misma.

Y continúo con la oración, lenta y suavemente. Con mi mano en la tuya siento que me llevas, delicadamente.

Y en cada Avemaría vamos subiendo un escalón.

Para mi alegría, no vengo sola. Todas las personas que rezan el rosario vienen junto a mí.

La escalera tiene cinco tramos, con cinco magníficos descansos.

Al comenzar la contemplación del segundo misterio llegamos al segundo descanso. Es grande, espacioso y el piso está lleno de pétalos de rosas, que los ángeles no cesan de arrojar pues, la escalera está poblada de ellos. El perfume es indescriptible.

Uno a uno los escalones llevan a mi corazón, de tu Mano, a una paz intensa y perfumada.

En cada descanso sacas de tu Corazón un pequeño tesoro con mi nombre. No me atrevo a preguntarte por que no me lo das.

Más, como lees mi corazón, me respondes.

- No te lo doy porque no me lo pides.

- Y ¿Qué es, madre?

- La gracia de este misterio. Verás, hija, cada misterio tiene una gracia especial para adornar tu alma.

- Pero, Madre, yo no sé cuál es la gracia de este misterio.

- No importa, hija, Tú pide. Recuerda mi promesa a Santo Domingo de Guzmán:” Toda gracia que se pida por el Rosario se concederá” Pide que la gracia de cada misterio se derrame en tu corazón y en el de cada uno de los que amas, para que puedan alcanzar la santidad. Recuerda que para alcanzar la santidad necesitas la gracia. Cada uno en su medida pues, aunque Dios no da a todos el mismo grado de gracia, da a cada uno lo suficiente…

Vienen a mi alma los consejos de San Luis María Grignion de Montfort “Para hallar la gracia, hay que hallar a María”.

Tú, Madre, eres el canal de las gracias de Dios. El Rosario es, por lo que me dices, un gran medio para alcanzarlas.

Tímidamente pero con total confianza, voy pidiendo las gracias de cada misterio, hasta llegar al final.

La Llena de Gracia, que no se deja vencer en generosidad, deja en mi alma, y en la de cada persona que ha rezado el Rosario, preciosos tesoros que irán fortaleciendo la fe, aliviando los cansancios, consolando las soledades e iluminando las noches oscuras del alma.

Hemos terminado el rezo del Rosario. Los ángeles te traen ramos de rosas eternas, con nuestros nombres…

No comprendo… ¿Por qué tantos ramos con mi nombre si sólo rece UN Rosario?

Y me respondes contenta:

- Porque cuando rezas en comunidad recibo, de cada uno de los que me regalan su oración, tantos ramos como personas recen…

¡Vaya, Madre! ¡Que regalo para tus hijos! ¡Qué grande es la misericordia de nuestro Dios!

Nos llevas ahora a un lugar especial en la Parroquia , para oír la misa y participar en ella con el corazón.

No es un lugar físico, más cerca o más lejos del altar, no.

Es un lugar bajo tu manto. Es un lugar cálido, sereno y perfumado, desde donde comienzas a cumplir nuestra súplica de la Salve “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”

Comienza la misa. Los ángeles adornan el altar con las rosas del Rosario.

Me acerco a recibir a Jesús Eucaristía. Mi alma se inunda del perfume que se derrama del altar…

La misa acaba. Me acompañas escaleras abajo y cierras la puerta con llave. Pero… ¡Dejas la llave colgada en ella!

No entiendo.

- Madre ¿Por qué cierras con llave si dejas la llave allí?

- Para que esté al alcance de todos, hija. Todos mis hijos pueden subir esta escalera de amor. Lo único que tienen que hacer es tomar la llave con su corazón ¿comprendes?

Madrecita nuestra, que gran gozo siente mi alma con esta enseñanza. Rezar el Rosario antes de Misa es asegurarse un sitio de privilegio (inmerecido por cierto, más, fruto de tu Misericordia) en la Misa.

¡Gracias, Madre! Gracias por tantos regalos al alma. Regalos que nos das para acercarnos más y más a Jesús… gracias.

Amigo, amiga que lees estas líneas. Tu parroquia también tiene una “puertecita escondida”. Ahora conoces el “secreto” de su llave. Ábrela, no temas, tu Madre te espera…

NOTA de la autora:

"Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por Ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."

Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net
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viernes, 22 de agosto de 2008

La viuda de Naím, la mujer ante el dolor

Demos cabida a Dios en nuestra vida para que él nos consuele, nos ayude, nos de paciencia.

Encontramos este relato en Lc 7, 11-17.

Contemplamos a Cristo siempre en acción, haciendo el bien, de ciudad en ciudad. Ahora se dirige a una ciudad llamada Naín, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. De repente en la puerta de la ciudad se cruza con un cortejo fúnebre. Se llevaba a enterrar a un muerto, hijo único de una madre viuda, tal vez muy conocida en la ciudad, porque la acompañaba mucha gente. Jesús, al ver aquella escena, se conmueve y dijo a la madre: "No llores". Luego se dirigió al féretro, lo tocó, y dijo: "Joven, a ti te digo: Levántate". El milagro fue espectacular: el joven se incorporó y se puso a hablar. Y Jesús, dice curiosamente el Evangelio, "Se lo dio a su madre". Aquel milagro provocó un gran temor y admiración y frases como "Dios ha visitado a su pueblo" empezaron a ir de boca en boca. Aquel hecho traspasó los límites del pueblo y se extendió por toda la comarca.

En la vida de la mujer, madre, esposa, soltera, viuda, joven o mayor siempre se termina dando una realidad estremecedora que es la aparición del dolor y del sufrimiento. Es una forma de participación en la cruz de Cristo. El dolor por los hijos en sus múltiples formas, el abandono de un marido, la ansiedad por un futuro no resuelto, el rechazo a la propia realidad, en anhelo de tantas cosas bellas no conseguidas, las expectativas no realizadas, la soledad que machaca a corazones generosos en afectos, la impotencia ante el mal constituyen formas innumerables de sufrimiento. Y ante el sufrimiento y el dolor siempre se experimenta la impotencia y la incapacidad. Nunca se está tan solo como ante el dolor.

El mal, el sufrimiento, el dolor han entrado al mundo por el pecado. Dios no ha querido el mal ni quiere el mal para nadie. Es una triste consecuencia, entre otras muchas, de ese pecado que desbarató el plan original de Dios sobre el hombre y la humanidad. Por ello, no echemos la culpa a Dios del sufrimiento, sino combatamos el mal que hay en el ser humano y que es la raíz de tanto dolor en el mundo. Demos cabida a Dios en nuestra vida para que él nos consuele, nos ayude, nos de paciencia. Saquemos del dolor y del sufrimiento la lección que Cristo nos ha dado en la cruz: el dolor es fuente de salvación y de mérito.

No tratemos de racionalizar el sufrimiento y el dolor. Es ya parte de una realidad que es nuestra condición humana. La razón se estrella contra el dolor. Por ello, hay que buscar otros caminos. En lugar de tratar de explicarlo, démosle sentido; en lugar de querer comprenderlo, hágamoslo meritorio; en lugar de exigirle a Dios respuestas, aceptémoslo con humildad. No llena el corazón el conocer por qué una madre ha perdido un hijo o una esposa ha sido abandonada por su marido o una mujer no encuentra quien la quiera. El dolor no se soluciona conociendo las respuestas. El dolor se asume dándole sentido. Eso es lo que el Señor nos enseña desde la Cruz.

Abramos también el corazón a la pedagogía del dolor y del sufrimiento. El dolor es liberador: enseña el desprendimiento de las cosas, educa en el deseo del cielo, proclama la cercanía de Dios, demuestra el sentido de la vida humana, proclama la caducidad de nuestras ilusiones. Además el dolor es universal: sea el físico o el moral, se hace presente en la vida de todos los seres humanos: niños y jóvenes, adultos o ancianos. Nadie se libra de su presencia. No nos engañemos ante las apariencias, si bien hay sufrimientos más desgarradores y visibles que otros. Y el dolor es salvador: el sufrimiento vivido con amor salva, acerca a Dios, hace comprender que sólo en Dios se pude encontrar consuelo.

Jesús es Perfecto Dios y Hombre Perfecto. Por eso, ante aquella visión de una mujer viuda que acompaña al cementerio a su joven hijo muerto, "tuvo compasión de ella ", como dice el Evangelio. Dios sabe en la Humanidad de Cristo lo que es sufrir. Y, por ello, cualquier sufrimiento, el sufrimiento más grande y pequeño de uno de sus hijos, le duele a Él. Dios no es insensible ante el sufrimiento humano. No es aquél que se carcajea desde las alturas cuando ve a sus hijos retorcerse de dolor y de angustia.

"Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda". En pocas frases no se puede concentrar tanto dolor y sufrimiento: -muerto, hijo único-, -madre viuda-. Parece que el mal se ha cebado en aquella familia. Una mujer que fue esposa y ahora es viuda, y una mujer que fue madre y ahora se encuentra sola. ¿Qué más podría haber pasado en aquella mujer? ¿Iba a llenar aquel vacío la presencia de aquella multitud que la acompañaba al cementerio? Después, al volver a casa, se encontraría la soledad y esa soledad la carcomería día tras día. No hay consuelo para tanto dolor.

"Al verla, el Señor tuvo compasión de ella". El Corazón de Dios se estremece ante el sufrimiento, ese sufrimiento que él no ha querido y que ha tenido que terminar aceptando, fruto del pecado querido por el hombre. Y esta historia se repite: en cualquier lugar en donde alguien sufre, allí está Dios doliéndose, consolando, animando. No podemos menos que sentirnos vistos por Dios y amados tiernamente cuando nuestro corazón rezuma cualquier tipo de dolor. Por medio de la humanidad de Cristo, el Corazón de Dios se ha metido en el corazón humano. Nada nuestro le es ajeno. Enseguida por el Corazón de Cristo pasó todo el dolor de aquella madre, lo hizo suyo e hizo lo que pudo para evitarlo.

"Joven, a ti te digo: Levántate". Dios siempre consuela y llena el corazón de paz a pesar del sufrimiento y del dolor. No siempre hace este tipo de milagros que es erradicar el hecho que lo produce. ¿Dónde están, sin embargo, los verdaderos milagros? ¿En quién se cura de una enfermedad o en quien la vive con alegría y paciencia? ¿En quien sale de un problema económico o en quien a través de dicho problema entiende mejor el sentido de la vida? ¿En quien nunca es calumniado o en quien sale robustecido en su humildad? ¿En quien nunca llora o en quien ha convertido sus lágrimas en fuente de fecundidad? Es difícil entender a Dios, ya lo hemos dicho muchas veces. Si recibimos los bienes de las manos de Dios, ¿por qué no recibimos también los males?

Tarde o temprano el sufrimiento llamará a nuestra puerta. Para algunos el dolor y el sufrimiento serán acogidos como algo irremediable, ante lo cual sólo quedará la resignación, y ni siquiera cristiana. Para nosotros, el sufrimiento y el dolor tienen que ser presencia de Cristo Crucificado. Si en mi cruz no está Cristo, todo será inútil y tal vez termine en la desesperación. El sufrimiento para el cristiano tiene que ser escuela, fuente de méritos y camino de salvación.

El sufrimiento en nuestra vida se tiene que convertir en una escuela de vida. Si me asomo al sufrimiento con ojos de fe y humildad empezaré a entender que el sufrimiento me enseña muchas cosas: me enseña a vivir desapegado de las cosas materiales, me enseña a valorar más la otra vida, me enseña a cogerme de Dios que es lo único que no falla, me enseña a aceptar una realidad normal y natural de mi existencia terrestre, me enseña a pensar más en el cielo, me enseña lo caduco de todas las cosas. El sufrimiento es una escuela de vida verdadera. Y va en contra de todas esas propuestas de una vida fácil, cómoda, placentera que la sociedad hoy nos propone.

El sufrimiento se convierte para el cristiano en fuente de méritos. Cada sufrimiento vivido con paciencia, con fe, con amor se transforma en un caudal de bienes espirituales para el alma. El ser humano se acerca a Dios y a las promesas divinas a través de los méritos por sus obras. El sufrimiento y el dolor, vividos con Cristo y por Cristo, adquieren casi un valor infinito. Si Dios llama a tu puerta con el dolor, ve en él una oportunidad de grandes méritos, permitida por un Padre que te ama y que te quiere.

El sufrimiento es camino de salvación. La cruz de Cristo es el árbol de nuestra salvación. El dolor con Cristo tiene ante el Padre un valor casi infinito que nos sirve para purificar nuestra vida en esa gran deuda que tenemos con Dios como consecuencia de las penas debidas por nuestros pecados. Pero además desde el dolor podemos cooperar con Cristo a salvar al mundo, ofreciendo siempre nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestras angustias, nuestras tristezas por la salvación de este mundo o por la salvación de alguna persona en particular. Cuando sufrimos con fe y humildad estamos colaborando a mejorar este mundo y esta sociedad.

Ante la Cruz de Cristo, en la que sufre y se entrega el Hijo de Dios, no hay mejor actitud que la contemplación y el silencio. Ante esa realidad se intuyen muchas cosas que uno tal vez no sepa explicar. Para nosotros la Cruz de Cristo es el lenguaje más fuerte del amor de Dios a cada uno de nosotros.

Para Dios nuestro sufrimiento, sobre todo la muerte, debería ser el gesto más hermoso de nuestra entrega a él, a su Voluntad. Dios quiera que nunca el sufrimiento y el dolor nos descorazonen, nos aparten de él, susciten en nosotros rebeldía, nos hundan en la tristeza, nos hagan odiar la vida. Al revés, que el sufrimiento y el dolor sirvan para hacer más luminoso nuestro corazón y para ayudarnos a comprender más a todos aquellos que sufren.

Autor: P Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net
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jueves, 21 de agosto de 2008

La Eucaristía es un banquete

¡Vengan y coman! ¡No se queden con hambre! Dios Padre nos sirve el Cuerpo y la Sangre, el alma y la divinidad de su propio Hijo, hecho Pan celestial.

Yo soy el pan, el vivo, el que bajó del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre, y por lo tanto el pan que Yo daré es la carne mía para la vida del mundo". Empezaron entonces los judíos a discutir entre ellos y a decir: "¿Cómo puede éste darnos la carne a comer?". Díjoles, pues, Jesús: "En verdad, en verdad, os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis la sangre del mismo, no tenéis vida en vosotros. El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día. Porque la carne mía verdaderamente es comida y la sangre mía verdaderamente es bebida. El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, en Mí permanece y Yo en él. De la misma manera que Yo, enviado por el Padre viviente, vivo por el Padre, así el que me come, vivirá también por Mí. Este es el pan bajado del cielo, no como aquel que comieron los padres, los cuales murieron. El que come este pan vivirá eternamente". Esto dijo en Cafarnaúm, hablando en la sinagoga. Jn 6, 51-59

La eucaristía es un banquete. ¡Vengan y coman! ¡No se queden con hambre! Es un banquete en el que Dios Padre nos sirve el Cuerpo y la Sangre, el alma y la divinidad de su propio Hijo, hecho Pan celestial. Pan sencillo, pan tierno, pan sin levadura...Pero ya no es pan, sino el Cuerpo de Cristo. ¡Vengan y coman! Sólo se necesita el traje de gala de la gracia y amistad con Dios, si no, no podemos acercarnos a la comunión, pues “quien come el Cuerpo de Cristo indignamente, come su propia condenación”, nos dice San Pablo (1 Cor 11, 27).

La eucaristía es sacrificio, donde se renueva y se actualiza la Muerte de Cristo en la Cruz para restablecer la amistad del hombre con Dios, reparar la ofensa que el hombre hizo a Dios, y volver a unir cielo y tierra, y darnos así la salvación y el rescate. ¡Muramos también nosotros con Él para después resucitar con Él!

La Eucaristía es prenda de la gloria futura. Lo dice bien claro Jesús hoy en el Evangelio: “El que come de este pan vivirá eternamente”.

Por tanto, la eucaristía no es sólo fuerza y alimento para el camino, como experimentó Elías, que comió ese pan que le ofreció Dios, prefiguración de lo que sería más tarde la eucaristía, y Elías recobró fuerza, vigor, ánimo y aliento y siguió caminando cuarenta días y cuarenta noches

La eucaristía no es sólo para el presente. Es también prenda de la gloria futura. ¿Qué significa esto: “El que come de este pan vivirá eternamente”?

Esto no quiere decir que el recibir la eucaristía nos ahorre la muerte corporal. Nosotros comulgamos con frecuencia, y a pesar de todo un día moriremos.

Acá se trata de la muerte espiritual, de la muerte eterna, lejos de Dios, en el infierno.

Este pan de la eucaristía nos libra de esta muerte y nos da la vida inmortal. Todo alimento nutre según sus propiedades. El alimento de la tierra alimenta para el tiempo. El alimento celestial, Cristo eucaristía, alimenta para la vida eterna.

Valga esta comparación: la eucaristía es como esa vacuna preventiva que nos vamos poniendo en esta vida terrena para no morir en nuestra alma y alcanzar la vida eterna. Nos va fortaleciendo el organismo espiritual como anticipo para que no se enferme con muerte eterna.

El pan de la eucaristía nos acompaña en nuestro camino por este desierto que es el mundo. Nos alimenta. Nos da fuerza, como le pasó a Elías. Pero cesará una vez alcanzada la meta del cielo. Una vez que hayamos llegado al cielo ya no necesitamos de este Pan, pues tendremos la presencia saciativa de Dios, cara a cara, sin velos y sin misterios.

Aquí vemos a Dios a través del velo de la fe: vemos pan, pero creemos que es Dios, saboreamos pan, pero creemos que es Dios.

Pero hay más; la eucaristía no sólo nos acompaña en nuestra peregrinación al cielo llenándonos de fuerza, ánimo y aliento... sino que, en cierto modo, ya desde ahora siembra algo de “Cielo” en nuestro interior, porque en la eucaristía recibimos a Cristo sufriente y glorioso.

En cuanto paciente y sufriente, Jesús nos aplica el fruto de su Pasión: el perdón de los pecados, la reconciliación con el Padre. En cuanto glorioso, nos comunica el germen de su Resurrección: una vida nueva, inmortal, feliz y eterna con Dios... Cristo con su Resurrección destruyó la muerte. Y nosotros al comulgar comemos el Cuerpo glorioso de Cristo que penetra en nuestro ser, comunicándonos la vida nueva, la vida eterna, la vida inmortal.

Por esta razón, algunos Santos Padres de la Iglesia llamaron a la eucaristía remedio de inmortalidad. San Ireneo, por ejemplo, dice: “Así como el grano de trigo cae en la tierra, se descompone, para levantarse luego, multiplicarse en espigas y alimentarnos... así nuestros cuerpos, alimentados por la eucaristía y depositados en la tierra, donde sufrirán la descomposición, se levantarán un día y se revestirán de inmortalidad”.

El hecho de que la eucaristía sea la primicia y el comienzo de nuestra glorificación y resurrección, explica su intrínseca relación con la segunda venida del Señor.

Porque el día en que el Señor vuelva, al fin de la historia, ese día la eucaristía se habrá vuelto innecesaria, así como todos los sacramentos, que son como velos a través de los cuales con la fe vemos a Dios, su presencia, su huella, su caricia... Ya no se necesitarán, cuando venga Jesús al final de la historia, porque veremos a Dios cara a cara, sin velos y sin misterios.

Ya en el cielo no necesitamos comulgar a Dios en el pan, ni en el vino. La comunión con Dios en el cielo será de otra manera: directamente, no a través de velos.

¡Cómo nos gustará saber cómo estaremos y viviremos en el cielo con Dios! Imagínate lo más hermoso y consolador de aquí en la tierra, rodeado de buenas amistades, en charla franca, amena, limpia, consoladora... y elévalo no a la enésima potencia, sino eternamente. No pasan las horas, porque en el cielo no hay tiempo. No hay cansancio ni sueños, porque en el cielo no se sufren esos condicionamientos. No hay enojos ni discusiones, no hay envidias ni borracheras ni desenfrenos... Todo allá es puro y eternamente feliz.

¿Creemos esto?

Pues bien, la eucaristía es un cachito de cielo. Se nos abre un resquicio de cielo para que ya lo deseemos ardientemente, desde acá en la tierra.

¿Qué les parece si hoy vivimos la misa, la eucaristía de otra manera? Más profunda, más íntimamente... mirando hacia esa eternidad de Dios que nos aguarda, y que la eucaristía nos promete ya como prenda futura. “Quien coma de este pan vivirá eternamente”. Amén.

Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 20 de agosto de 2008

15. Con la Biblia en la mano. La lección de los de Berea

Pablo sabía aplicar la Biblia a cualquier circunstancia de la vida. Sabía el sentido exacto de lo que decía la palabra de Dios.

Habíamos dejado a los judíos de Berea formando una Iglesia preciosa junto con los paganos que se les juntaron, convencidos de la verdad que Pablo les predicaba, porque la veían comprobada por la Sagrada Escritura. En vez de atacar a Pablo como los judíos de Antioquía de Pisidia o de Tesalónica, los de Berea fueron más sensatos.

No había afirmación de Pablo que no fuera cotejada con las profecías del Antiguo Testamento, que ellos leían en la traducción griega de los Setenta. Y todo concordaba, todo estaba en perfecta armonía con lo que Dios ya había dicho acerca de Jesús, el Cristo que había de venir.

Es inolvidable, y nos edifica hondamente, lo que dicen al pie de la letra los Hechos de los Apóstoles:

“Al llegar Pablo y Silas a Berea fueron a la sinagoga de los judíos, y éstos aceptaron la palabra de Pablo con todo el corazón. Diariamente examinaban las Escrituras para ver si las cosas eran así” (Hch 17,10-11)

“Diariamente”, anota muy bien Lucas. Esto significa que no se trataba sólo de un momento aislado el que dedicaban aquellos judíos al estudio de las Escrituras, sino que era una ocupación constante, algo que les llenaba la jornada entera del sábado, y todos los atardeceres una vez acabadas las labores del día.

Pablo disfrutó como nunca.

En vez de la consabida persecución de los judíos, aquí “creyeron muchos de ellos”, y los judíos que dudaron o no se convencieron del todo, al menos dejaron en paz a los anunciadores de Jesús.

Nosotros, aprendida la bella lección que nos dan estos judíos tan sensatos y tan queridos - pues se hacen querer sin más apenas leída esa nota de los Hechos -, nosotros, digo, acudimos ahora a Pablo para que nos instruya en el manejo de la Sagrada Biblia conforme a sus enseñanzas y a sus ejemplos.

Pablo tomaba las Sagradas Escrituras como un arma poderosa para su apostolado. Convencido de esta eficacia, escribirá un día a su discípulo:

“Toda Escritura, al ser inspirada por Dios, es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para instruir en la justicia” (2Tm 3,16)

Sus ejemplos, ante todo. Pablo dominaba la Biblia de tal manera que, podemos decir, se la sabía de memoria. De niño la empezó a leer en hebreo, aprendido a los pies del maestro en la escuela de la sinagoga de Tarso, y después en la escuela superior de Jerusalén bajo la dirección del gran Rabbí Gamaliel. Como judío heleno de la diáspora, usó siempre la Biblia en su traducción griega de los Setenta, y por sus citas vemos que se la sabía al dedillo.

Conocemos el método de aprendizaje en Jerusalén:

Los alumnos se sentaban en semicírculo sobre el suelo o encima de bancos bajitos en torno al maestro, sentado éste en sitio más alto y apoyado en una columna.

El maestro - Gamaliel en nuestro caso -, hacía leer un pasaje en hebreo que se traducía inmediatamente al arameo, la lengua que hablaba el pueblo.

El Rabbí exponía las diversas interpretaciones del pasaje escogido, y venía la discusión animada de los discípulos a base de preguntas y respuestas.

Así hacía el maestro con los discípulos jóvenes, y así hacían también los graves maestros cuando discutían entre sí.
Hacía pocos años que un niño de Nazaret, a sus doce años solamente, dejó asombrados a los doctores de la Ley cuando se sentó entre ellos…

Ahora vemos a Pablo, el joven venido de Tarso, aprender lo que era la Halakhàh, como la llamaban en la escuela, es decir, el montón de historias, tradiciones y normas de la Ley.

Venía después la Haggadàh, o sea, el sacar las consecuencias de los hechos anteriores, el aplicar todo a la vida. Aquí estaba el nudo de la cuestión en el aprendizaje de la Biblia.

Al judío no le interesaba el hecho histórico, sino el mensaje que encerraba.
El judío no miraba la historia, sino al Dios que se escondía en la historia, y también el modo de vivir que aquella historia le enseñaba.

De este modo, la historia se convierte en vida. Es lo que aprendía el judío: conocer los hechos de Israel; pero, mucho más aún, saber vivir conforme a lo que Dios quería, tal como lo manifestaban aquellos hechos prodigiosos.

Y esto es lo que hizo Pablo. La Biblia la dominaba de punta a punta. Sabía el sentido exacto de lo que decía la palabra de Dios, como lo demostró con los judíos de Berea, que se convencieron de la verdad y por eso se abrazaron la fe.

Pablo sabía aplicar la Biblia a cualquier circunstancia de la vida. De tal modo lo hacía, que en sus cartas llega a citarla más de doscientas veces, literalmente o con alusiones claras a casi todos los libros del Antiguo Testamento.

Lo único que no toleraba Pablo era la falsificación de la Biblia hecha por los herejes que empezaban a despuntar, y de los cuales decía: “Esos que adulteran la palabra de Dios”, y presentan de ese modo un Cristo adulterado también, un Cristo falsificado (2Co 4,2)

Lo que enseñaba Pedro, igual que Pablo, es hoy tan actual como entonces: “Tengan presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia” (2P 1,20)

Al contrario, Pablo admira a su querido Timoteo, al que le felicita, porque desde pequeñito le habían instruido en la Biblia su madre Eunice y su abuela Loida, fervientes judías:

“Desde niño conoces las sagradas Escrituras que te darán la sabiduría que lleva a la salvación por la fe en Cristo Jesús” (2Tm 3,15)

La enseñanza de los judíos de Berea no la olvidaremos fácilmente:

¡Biblia en mano!

La Biblia para aprender.
La Biblia para nutrir nuestro espíritu.
La Biblia para meditar.
La Biblia para orar…
Para nosotros - ¡cuántas veces repetimos esto!- la Biblia, junto con la Eucaristía, es el alimento de nuestras almas.
¡Y qué alimento tan sabroso, tan sustancioso, éste de las Sagradas Escrituras con el cual nos alimentamos!...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 19 de agosto de 2008

¿Quién es Jesucristo? Y para ti quién es...?

No ha habido en la historia de la humanidad persona tan controvertida como Él.

La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo»

Viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Ellas; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros: ¿Quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. (Mt. 16, 13-16)

No ha habido en la historia de la humanidad persona tan controvertida como Jesucristo.

Ya se ve claro en la respuesta que dan los discípulos a la pregunta del Maestro: Para unos es un personaje importante: Juan el Bautista, Elías, Jeremías u otro de los profetas. Nunca ha negado nadie -salvo algún fanático sectario- que Jesús ha sido un hombre importante en la historia humana. Alguien con una personalidad capaz de arrastrar tras sí a la gente, no sólo en su tiempo, sino siempre.

Lo que no todos son capaces de descubrir es la razón íntima por la que Jesús atrae. La respuesta la da San Pedro cuando contesta: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» Para ello hace falta -como Jesús le dice a Pedro- que lo revele el Padre eterno. Hace falta la fe, que es un don de Dios.

No se puede entender a Jesucristo si no se cree que ese hombre, que llamamos Jesús de Nazaret, encierra en sí mismo un misterio: La Segunda Persona divina, el Verbo, sin dejar de ser Dios, se hizo hombre al asumir la naturaleza humana.

Ya sabemos que en la mentalidad del judaísmo de la época de Jesús se estaba esperando próximamente al Mesías. La mujer samaritana -que no era ninguna mujer culta- le dice a Jesús: sé que está para venir el Mesías. La profecía de Daniel y otras sobre el tiempo de la venida del Mesías coincidía aproximadamente con estos años.

En estas circunstancias aparece en Galilea Jesús de Nazaret. Juan el Bautista, que tenía un gran prestigio entre todos los judíos de su tiempo -hasta Herodes le escuchaba con gusto-, da testimonio a favor de Jesús. Le llama «el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Este es de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más que yo, porque existía antes que yo Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y permanecer sobre él, ése es el que ha de bautizar en el Espíritu Santo. Y yo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios» (Jn. 1, 30-34)

Comienza Jesús a predicar y su predicación está llena de misericordia para con todos. Su doctrina es una doctrina de perdón y compasión. Enseña que Dios ama a todos los hombres y que incluso los pecadores pueden alcanzar el amor de Dios, si se convierten. El pueblo piensa y dice de él, que «nunca nadie ha hablado como este hombre» (Jn. 7, 46) porque hablaba con autoridad, no como los escribas y fariseos. Y es el mismo Jesús quien en la sinagoga de Nazaret, después de leer una profecía de Isaías referente a los tiempos del Mesías, dice: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc. 4, 21) Su doctrina va acompañada de abundantes milagros, movido por la compasión que sentía: sanar enfermedades, resucitar muertos, multiplicar la comida, etcétera.

No es de extrañar, por tanto, que la gente sencilla y los de corazón abierto le tuvieran por el Mesías esperado. Efectivamente, ¿qué mejor rey se podía tener que uno para quien no habrá problema de carestía ni de hambres? ¿Qué mejor rey que quien puede curar a los enfermos y resucitar a los muertos? ¿Quién puede gobernar mejor a un país, que un hombre que da muestras de tal sabiduría? Por todo esto no es de extrañar que en una ocasión, después de haber dado de comer a cinco mil hombres con unos pocos panes y peces, quieran proclamarle rey.

Indudablemente, a Jesús le seguía la masa del pueblo, compuesta en su mayoría por gente sencilla y humilde: ¿Acaso algún magistrado o fariseo ha creído en Él? Pero esta gente que ignora la Ley, son unos malditos(Jn. 7, 48-49) Es verdad que también algunos personajes importantes le siguieron, y aunque al principio con miedo, luego no tuvieron reparo en confesarse amigos suyos a la hora de su muerte. Así fueron Nicodemo, José de Arimatea y otros.

Estas gentes sencillas, que frecuentemente eran despreciadas por los orgullosos fariseos, ven con buenos ojos la doctrina de Jesús. Unos le seguían, efectivamente, movidos por su doctrina aunque no la entendían plenamente, como pasó con sus discípulos. Otros le seguían porque les daba de comer; otros porque hacía milagros.

Posiblemente algunos también le seguían por gratitud, al haber sido curados.

Ciertamente su bondad, su trato exquisito para con los débiles del mundo y severo para con los que obraban injustamente, serían motivos para que las masas le siguiesen.

¿Quién es para ti Jesucristo? Hoy te hace la misma pregunta que a los apóstoles y lo único que quiere es oir tu respuesta de amor. Conoce el amor y la misericordia de Dios sobre ti, y no habrá nada más importante en tu vida.

Autor: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net
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lunes, 18 de agosto de 2008

14. Tesalónica y Berea. El Evangelio por Macedonia

Ante cada afirmación que Pablo lanzaba, ellos se ponían a examinarla y comprobarla con las Escrituras.

Recordaremos siempre con cariño la fundación de la Iglesia de Filipos, y nos encontramos hoy en Tesalónica, adonde ha llegado Pablo después de un recorrido de casi 150 kilómetros hacia el Oeste. Aquí va a nacer otra Iglesia magnífica, que le causará a Pablo grandes alegrías (Hch 17,1-9)

Tesalónica era la capital de la provincia romana de Macedonia; en ella residía el Gobernador y contaba con una gran colonia de judíos.

De momento, Pablo desconoce todo.

Según su costumbre, se pone a trabajar con sus propias manos para no ser gravoso a nadie; pero sus medios de vida eran tan escasos que los cariñosos filipenses, al saberlo, se dieron prisa en socorrerle, como después les recordará Pablo con emoción: “Estando yo en Tesalónica me enviaron recursos con que atender a mi necesidad” (Flp 4,16)

Pero los apuros económicos no le detienen a Pablo. Ya el primer sábado, y en los siguientes, no se aguantaba:

- ¡A la sinagoga cuanto antes!...

Y en ella, ante numeroso público, empieza la exposición del Evangelio con el método ensayado en Antioquía de Pisidia y que recordamos bien:

- Jesús es el Hijo de la promesa a Abraham. Es el descendiente de David. Es el anunciado por todos los profetas. Es el que señaló Juan al bautizarlo en el Jordán. ¡Miren todo esto en las Escrituras!...

Iba todo bien, y los judíos aceptaban de buen grado la exposición de Pablo. Hasta que vino la discusión, de la cual nos dan la pista los Hechos. Todo estuvo en estas palabras:

“¡Cristo Jesús tenía que padecer!”.

Por aquí ya no pasaron los judíos, que razonaban y gritaban:

- El salmo 109 es bien claro, cuando dice Dios a su Cristo: “Siéntate a mi derecha y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. ¿Y ahora nos viene este Pablo con que su Cristo murió en una cruz, después de horrorosa pasión, aunque afirme que al fin resucitó y que un día volverá? ¡Nosotros no aceptamos a semejante Cristo!

No obstante, un pequeño grupo de judíos acogió el mensaje y creyó.

Pero sobre todo creyeron muchos griegos temerosos de Dios, es decir, los que adoraban con los judíos a Yahvé, y también iban creyendo muchos paganos, hasta formar una comunidad cristiana muy numerosa.

Y es aquí, al cabo de algunos meses, cuando estalló la guerra. Al ver los judíos -"recomidos de la envidia”, dicen los Hechos-, cómo crecía en Tesalónica la Iglesia, determinaron acabar con los apóstoles y echar por tierra toda su obra.

Para conseguirlo, organizaron y levantaron el motín. Comprados con dinero algunos maleantes de la ciudad, se presentan furiosos ante la casa de Jasón.

-¡Entréganos a ese Pablo a quien escondes aquí!...

-¿Pablo? En mi casa no está.

-¡O lo sacas o tendrás que venir tú, traidor!…

El judío Jasón, a estas horas ya cristiano, fue arrastrado junto con algunos otros hermanos y conducidos a los magistrados de la ciudad, gritando los maleantes:

“Esos que ha revolucionado el mundo se han presentado también aquí, y este Jasón los ha hospedado en su casa. Todos ellos actúan contra el César, pues afirman que hay otro rey, ese tal llamado Jesús”.

Ante semejante acusación se amotinaron la turba y los mismos magistrados. Pero Jasón, sereno, se dirige a la autoridad:

- Yo salgo responsable de lo que pasa. Mienten con semejante acusación, la misma que los judíos de Jerusalén presentaron ante Pilato. Jesús no es ningún rey de este mundo ni actuó contra el Emperador. Como tampoco lo hacemos nosotros.

Los magistrados entendieron: ¡Cuestiones de la religión judía!... Y actuaron con prudencia, sabedores de lo que pasó en Filipos.

- Jasón, váyase tranquilo a su casa…

Así lo hizo Jasón, pero los hermanos tomaron la precaución de sacar a Pablo y a Silas de la ciudad y encaminarlos hacia Berea.

La Iglesia de Tesalónica, aunque creciendo siempre en número y santidad, se verá continuamente acosada por la envidia judía. A Pablo le esperaban muchas alegrías a la vez que hondas preocupaciones con los tesalonicenses. Nos lo dirán un día sus preciosas cartas.

¿Y qué ocurrirá en Berea a los misioneros?
Es encantador lo que van a vivir en esta pequeña ciudad a la que han llegado después de tres días de viaje.

Pablo, como siempre, ante todo y sobre todo se dirige a la sinagoga. ¿Y con qué se encuentra en ella?

Lo más inesperado: con unos judíos que son la estampa opuesta a todo lo que hasta aquí hemos visto.

Los Hechos nos lo dicen con palabras inolvidables:

“Estos judíos eran de un natural mucho mejor que los de Tesalónica” (Hch 7,10-15)

Ya el primer día, los oyentes prestan una gran atención.

-¡Interesante, Pablo, interesante todo lo que nos dices! Seguiremos escuchándote.

“Aceptaban la palabra de todo corazón”, siguen diciendo los Hechos.

Así un día y otro día.

¿Y cómo lo hacían? No lo olvidaremos nunca, por la lección bellísima que nos dan: Biblia en mano. Ante cada afirmación que Pablo lanzaba, ellos se ponían a examinarla y comprobarla con las Escrituras:

-¡Pues tienes razón, Pablo! Así consta, y así es.

Esto no lo podíamos imaginar. Pablo estaba en la gloria, pues Lucas dice literalmente:
“Creyeron muchos de ellos, y, de entre los paganos griegos, muchas mujeres distinguidas y no pocos hombres”.

¡Qué Iglesia la que se presentaba aquí!
Pero, ¿cómo acabó este idilio de Pablo en Berea? Mal, como no podía ser menos. Los judíos de Tesalónica mandan una legación, que alborota a toda la ciudad:

-¿Y le hacen caso a ese Pablo tan embustero, que predica un Cristo tan raro, que no es en modo alguno el que espera Israel? ¡No le crean! ¡Échenlo fuera!

La guerra iba tan en serio que los hermanos, llenos de pesar, hubieron de tomar a Pablo por la noche y encaminarlo bien lejos hacia el sur, hasta que llegase a Atenas.

Pero Pablo dejaba en Berea a Silas y Timoteo:

- Queridos, guarden bien esta Iglesia. Aquí tiene el Señor muchos elegidos.

Los de Berea nos han dado una lección tan bella, que volveremos inmediatamente a ellos.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 16 de agosto de 2008

Es Facil

Queridos Hermanos, muy buenos dias tengan todos ustedes, que Dios nuestro Señor los les colme de bendiciones en este dia tan hermoso que nos ha regalado.

Hace unos minutos publique el comentario de Compromiso, lo pueden ver un poco mas abajo, y estuve meditanto un poco algunas palabras que he traido toda la semana, junto con ese compromiso, y bueno, a ver como me sale el comentario, ya tenia mucho tiempo sin escribirles, pero nunca es tarde para retomar.

El seguir a Dios no es facil, si mal no recuerdo, hay mas de una ocacion en que dice Jesus, el camino es angosto, van como ovejas en medio de lobos y tengan cuidado pues habra lobos vestidos de ovejas, nos dice tambien, niegate a ti mismo, toma tu cruz y sigueme, hoy en dia, que los chavos tienen miedo incluso a tener novia porque en algun momento tendran que tomar la desicion de casarse, de tener hijos, o vivir juntos, y vaya que es triste, es triste por que nos quedamos en la mediocridad de un trabajo sin futuro, de una relacion que no te llevara a nada, de una amistad sin valores, de siempre ser segundos lugares, o octavos o doceavos, imaginen, si es triste para mi que soy una persona normal. Ahora imaginen, como seria este sentimiento para alguien que dio su vida por nosotros, que derramo su sangre en una cruz para que tu y yo nos salvaramos y tuvieramos un lugar cerca de el en el reino de su Padre, de nuestro Padre que esta en el Cielo.

Como creen que se siente cuando le decimos, Señor, me diste un don y lo voy a enterrar porque no sirve de nada, Señor, por ti soy abogado, doctor, maestro, pero no voy a hacer nada para que mis hermanos salgan adelante, se sanen o aprendan a ser mejores personas.

Hoy en dia es mas facil ser drogadicto o alcoholico, es mas facil ser pandillero, quedar embarazada prematuramente, es mas facil matarse en un accidente de autos, en una riña, es mas facil ser victima de los sicarios, de un secuestro, es mas facil ser secuestrador o ladron, es mas facil golpear a tu mujer que ser mejor marido, es mas facil divorciarse, destruir a tu misma familia o amar a los hijos, que intentar que las cosas funcionen, es mas facil decir soy ateo, es mas facil seguir a un equipo de futbol mediocre como los que tenemos aqui en Monterrey y dar la vida por ellos, el dinero, el tiempo (Yo fui Rayado de Corazon hasta el punto de no tener dinero para nada mas que para ir al juego, fui en varias ocaciones a seguir al equipo, y todo para seguir siendo mediocre.), incluso se nos hace mas facil matar una vida en un aborto, o a una persona por dinero, drogas o demas tonterias, todo esto y muchas cosas mas son mas faciles que seguir a Dios, que conocerlo, que regalarle un poco de tu tiempo.

Hermanos, seguir a Dios es dificil, pero estoy seguro que nunca iran solos, en este camino, en este camino estoy yo, en este camino tambien va mi amadisima novia, en este camino vamos 13 chavos mas de Jovenes de Dios en Mision, y esto solo somos los de mi grupo, tambien van los 13 chavos que conforman Nefes, y muchos mas que forman los grupos de mi Parroquia, ñiños, adolescentes, jovenes, adultos, adultos mayores y enfermos, somos cientos los que vamos de la mano de Jesucristo al reino de su Padre, al reino de nuestro Padre Dios, y estos solo en nuestra parroquia, si no eres de aqui, ve a tu Iglesia, estoy seguro que ahi, tampoco estaras solo.

Es mas facil sentirse derrotado antes de comenzar la carrera, que intenar ganar. Pero es mas Gratificante intentarlo, que perderlo todo sin antes intentar llegar a la meta.

Que Dios los siga colmando de Bendiciones, construyamos un mejor futuro para los que vienen, y un mejor presente para los que estamos, pasen un excelente fin de semana, cuidense mil.

"Todo lo Puedo en Cristo que me Fortalece"

Paz y Bien.

PS. El grupo de Jovenes de Dios en Mision nos juntamos todos los martes a las 8.30, y hasta que comencemos la mision estaremos juntandonos tambien los viernes, a la misma hora y en el mismo canal, osea en la Capilla de la Medalla Milagrosa, somos pocos, pero muy ruidosos. Te esperamos. Atrevete.

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Comprometerse

Quien jamás ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad

Vivimos quizá una época histórica en la que hemos visto cómo grandes utopías han quebrado. Ahora, se mantiene vigente más bien –como señala José Antonio Marina– una utopía sin pretensiones, que había permanecido latente, oscurecida por la prepotencia de las demás. Se trata de la utopía ingeniosa. La nueva humanidad se siente cómoda en un ambiente poco agresivo, tolerante, en el que los individuos, liberados por desligación de la influencia de los demás, se disponen a probarlo todo. Se ha abolido lo trágico y se navega con soltura en una afectividad ingeniosa: divertida, no comprometida, y devaluadora de lo real.

Nuestro siglo (el pasado), que ha sido, posiblemente, el más sangriento y trágico de la historia, justifica el descrédito de la seriedad, porque en el origen de las grandes tragedias que nos han conmovido aparece siempre alguien que se tomó algo demasiado en serio, fuese la raza, la nación, el partido o el sistema. La sociedad desconfía, con razón, de todo fanatismo. Hay un valor máximo, que es la libertad, y el resto son procedimientos para conseguirla. Le cuesta admitir cualquier afirmación sostenida con vigor. Cualquier norma excesivamente definida le asusta. Busca el vagabundeo incierto, el buen humor. Odia los tonos regañones y gruñones. Una consigna tácita nos ordena no tomar nada en serio, ni siquiera a nosotros mismos. Hemos descubierto las ventajas de la anestesia afectiva, todos somos divertidos, la publicidad adopta un tono humorístico, las costumbres son desenfadadas, las modas ingeniosas. Nada se libra de la atracción de la levedad.

Es cierto que hay que reconocer grandes conquistas a esta mentalidad. Entre otras cosas, haber barrido —literalmente— a toda una fauna de personajes bastante ridículos y prepotentes. Hay que reconocerlo y agradecerles sus servicios.

Sin embargo, es fácil comprobar que esa actitud de levedad produce frutos ambivalentes: pretende fortalecer el Yo, y acaba, sin embargo, propugnando un Yo débil, fluido e insolidario; en vez de exaltar la creatividad, que es lo que pretendía, engendra un sujeto errático y pasivo.

La huida de la realidad convierte al hombre en simple espectador de su vida. El rechazo del compromiso abre paso a una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual el hombre es lo que le da la gana, es decir, lo que se le ocurre, es decir, una ocurrencia imprevisible. Las equivalencias impiden la elección, porque aunque hay abundantes solicitaciones, todas son equiparables y de carácter efímero.

Eludir el compromiso es eludir la realidad. Es ineludible comprometerse porque la vida está llena de compromisos: compromisos en el plano familiar, en el profesional, en el social, en el afectivo, en el jurídico y en muchos más. La vida es optar y adquirir vínculos: quien pretenda almacenar intacta su capacidad de optar, no es libre: es un prisionero de su indecisión.

Saint-Exupéry dijo que la valía de una persona puede medirse por el número y calidad de sus vínculos. Por eso, aunque todo compromiso en algún momento de la vida resulta costoso y difícil de llevar, perder el miedo al compromiso es el único modo de evitar que sea la indecisión quien acabe por comprometernos. Quien jamás ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad.

Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes.net
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La caridad animadora de María

María, ten caridad con nosotros y enséñanos a rezar, porque nos conformamos con nuestras devociones y creemos que con eso, basta.

PENTECOSTÉS

Hechos 1, 14

Composición de Lugar: “Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con los hermanos de éste” (Hechos 1, 14). Ahí estaba María con los apóstoles, en oración íntima, preparándoles para la venida del Espíritu Santo, animándoles, pues Jesús se acababa de ir al cielo, y ellos se sentían solos, desprotegidos y con mucha añoranza del Maestro. ¿Qué les diría María? ¿Cómo les animaría? Cuántos recuerdos se agolpaban en la mente y en el corazón de María y de los apóstoles. Metámonos también nosotros en ese Cenáculo para prepararnos, con María, para la venida del Espíritu Santo. María ya tenía una larga historia personal con el Espíritu, desde la Encarnación. ¿Quién mejor que Ella para enseñarnos cómo prepararnos para Pentecostés?

Petición: Señor, que sea un gran animador entre mis hermanos los hombres, con una caridad que transmita seguridad, consuelo y aliento, a ejemplo de María en el Cenáculo.

Fruto: Ser siempre a mi alrededor un auténtico paráclito (animador y consuelo) para mis hermanos, como lo fue María en Pentecostés con los apóstoles a quienes ayudó a prepararse para recibir al Espíritu Santo.

Puntos:

1. La caridad de María les enseñaba con paciencia de madre y maestra a rezar a los apóstoles durante la espera de Pentecostés: ¡Qué dichosos los apóstoles que pudieron orar junto con la Virgen! Ella dirigiría la oración. Ella daría ejemplo de fervor. Sólo con mirarla a Ella, se disiparía el cansancio, la tibieza, las distracciones de los apóstoles. Esta caridad de María comprendía el tedio de los apóstoles que estaban ya fatigados de tanto esperar. Esta caridad de María excusaba los defectos de estos hombres tan llenos de defectos todavía, pero cuyo amor a Cristo su Hijo era evidente. Esta caridad de María animaba a estos apóstoles que experimentaron la ausencia de Cristo, después de tres años de tanta intimidad con Él. Les enseñaba a rezar. Enseñar a quien no sabe es una obra de misericordia, es un acto de caridad sublime. Enseñar a rezar, porque María sabía que la oración es fuerza, es luz, es consuelo para el camino. Les enseñaba a rezar con humildad, con confianza, con perseverancia y con corazón limpio y desinteresado. Les enseñaba esa oración personal e íntima, amasada de fe y gratitud, de entrega y humildad. Y también les enseñaba la oración comunitaria, hecha como Iglesia, en nombre de la Iglesia.

Ah, María, ten caridad con nosotros y enséñanos también a nosotros a rezar, porque nos conformamos muchas veces con nuestras devociones y creemos que con eso, basta. La oración es mucho más que rezar nuestras devociones privadas. Es abrirme y escuchar a Dios como persona, con toda mi mente, corazón, afecto y voluntad, y donde Dios me transforma poco a poco, y así poder hacer en mi vida su santísima voluntad.

2. La caridad de María les ayudó a abrir la mente, el corazón y la voluntad de los apóstoles para recibir el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés. El primer “Pentecostés” para María, por así decir, fue el día de la Anunciación, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella e hizo el milagro de la fecundación del Verbo en su seno. La caridad de María les enseñó cómo abrir la mente, el corazón y la voluntad para la venida del Espíritu Santo. Les decía que abrieran la mente, porque el Espíritu Santo es Luz que les iluminaría para que comprendiesen el mensaje de su Hijo Jesús antes de predicarlo. Les decía que abrieran el corazón, porque el Espíritu Santo es Amor que limpia toda impureza y deseos terrenos, y de esta manera harían de su corazón un auténtico oasis donde Cristo podría reponer sus fuerzas e intimar con ellos. Les decía que abrieran su voluntad, para que el Espíritu Santo les llenase de fuerzas para después ser valientes testimonios de Cristo, como realmente lo fueron. Oh, María, dime cómo tengo yo que abrirme a este Don Supremo del Espíritu.

3. La caridad de María fue aliento y estímulo para lanzar a estos apóstoles por el mundo entero predicando el evangelio de su Hijo. Les dijo que ya estaban capacitados para ir y predicar con valentía la buena nueva de su Hijo Jesús. Les dijo que no tenía que importarles lo que dijeran o dejaran de decir los otros, pues el Espíritu Santo pondría las palabras acertadas en su boca. Les alentó para que no se desanimasen ante las dificultades que encontrarían en muchas casas y ciudades. Les consoló el corazón, tan necesitado del cariño maternal. Les aseguró que el Espíritu es viento impetuoso que les llevaría con fuerza por todos los rincones del mundo. Les aseguró que el Espíritu es lengua de fuego que se les meterá en el corazón y les hará hablar sin miedo y sin cobardías, hasta convertirles en celosos apóstoles y mártires. Les aseguró que el Espíritu restaurará la unidad perdida en Babel, donde el orgullo humano fue castigado con la diversidad de lenguas.

El Espíritu es forjador de unidad y comunidad. Ahí está María en esta primera Iglesia, en esta Iglesia primitiva. Está en medio de la Iglesia naciente. Está como la madre de Jesús, amándolo en estos hombres concretos que Él había elegido.

Conoce las debilidades y los miedos de esta primera comunidad eclesial y la ama en su realidad concreta. Les dice que a ellos se les ha encomendado el Reino. La pequeñez de los instrumentos no asusta a María. La presencia de María en este Cenáculo es solidaridad activa y consoladora con la comunidad de su Hijo. Ella es la que con mayor anhelo y fuerza implora la venida del Espíritu. Ella es la Madre de la Iglesia. Todo su amor y todos sus desvelos son ahora para esa Iglesia naciente que es la continuación de la obra de Jesús. Ella acompaña la difusión de la Palabra, goza con los avances del Reino, sigue sufriendo con los dolores de la persecución y las dificultades apostólicas. Ignoramos cómo transcurrieron los últimos años de María y también cuándo y dónde aconteció el final de su vida terrena. Pero seguramente fueron años de íntima unión con Cristo y con su obra. Y ese final marcó el inicio de otra forma de existencia, junto al Señor glorificado y junto a nosotros. Ella desde el Cielo sigue derramando su caridad con su mediación e intercesión por nosotros, sus hijos.

Preguntas para reflexionar:

· ¿Qué experiencia tengo del Espíritu Santo en mi vida? ¿Puedo decir que es para mí Luz para mi mente, consuelo para mi corazón y fuerza para mi voluntad?
· ¿Suelo ser para mis hermanos “paráclito”, es decir, consuelo y aliento, como lo fue María para los apóstoles? ¿O por el contrario los demás se apartan de mí porque soy portador de negativismo, disgustos y reclamos?
· ¿El Espíritu Santo me lanza a llevar el mensaje de Cristo por todas partes: en mi casa, entre mis vecinos, en mi trabajo, con mi grupo de amigos? ¿O soy cobarde y tengo respeto humano para hablar y dar testimonio de Cristo?
· ¿Cómo es mi relación con María Santísima, madre de Cristo, madre de la Iglesia y madre mía: filial e íntima, esporádica o constante?

Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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viernes, 15 de agosto de 2008

María ha subido al cielo en cuerpo y alma

Ahí nos espera; en ninguna otra parte, con los brazos abiertos para abrirnos la puerta de la gloria.

El triunfo de María es también el triunfo de sus hijos. María ha subido al cielo en cuerpo y alma para decirnos que un día estaremos con Ella, de manera semejante. Ahí nos espera; en ninguna otra parte, con los brazos abiertos para abrirnos la puerta de la gloria.

La mujer que podemos definir como Amor vivió en este mundo sólo amando: amando a Dios, a su Hijo Jesús desde que lo llevaba en su seno hasta que lo tuvo en brazos desclavado de la cruz. Amó a su querido esposo san José, y amó a todos y cada uno de sus hijos desde que Jesús la proclamó madre de todos ellos.

Desde su asunción a los cielos ha seguido amando durante dos mil años a Dios y a los hombres: Es un amor muy largo y profundo. Y apenas ha comenzado la eternidad de su amor.

Dentro de ese océano de ternura que es el Corazón de María estamos tú y yo para alegrarnos infinitamente. Desde el cielo una Madre nos ama con singular predilección. La fe en este amor debe llenar nuestra vida de alegría, de paz y de esperanza.

Dios adelantó el reloj de la eternidad para que María pudiese inaugurar con su hijo nuestra eternidad. Mientras nosotros esperamos, Ella goza de Dios con su cuerpo inmaculado, el que fue cuna de Jesús durante nueve meses.

El cuerpo en el que Dios habitó es digno de todo respeto. Está eternizado en el cielo, incorrupto, feliz como estará un día el nuestro. El cuerpo que vivirá eternamente en el cielo es digno de todo respeto. No se debe degradar lo que será tan dignamente tratado. Pasará por la corrupción, pero sólo para resucitar en nueva espiga y nuevo cuerpo inmortal, incorrupto, puro y santo.

"Voy a prepararos un lugar": Así hablaba Jesús a los apóstoles con emoción contenida. Personalmente se encargaría de tener listo ese lugar. Pero sabemos quién le ayudaría cariñosamente a preparar dicho lugar: María Santísima. Ella le ayudó -y de qué manera tan eficaz- en sus primeros pasos a la Iglesia militante. Ella sigue ayudando con su amorosa intercesión a la Iglesia purgante y, de manera muy particular, a preparar la definitiva estancia a la Iglesia triunfante.

Podremos estar seguros de ver un ramo de flores con una tarjeta y nuestro nombre: Hijo, hija, cuánto me costaste. Pero ya estás aquí. También habrá un crucifijo con esta leyenda: “Te amé y me entregué a la muerte por ti”. Jesús. Habrá un ramo de almendro florido colocado por Jesús de parte de María.

El premio de los justos es el cielo, la felicidad eterna. Poco lo pensamos. Mucho lo ponemos en peligro. “Alegraos más bien de que vuestros nombres estén escritos en el cielo”. Sabremos entonces por qué decía Jesús estas solemnes palabras, cuando veamos con los ojos extasiados lo que ha preparado Dios a sus hijos. Si les dio su sangre y su vida, ¿no les iba a dar el cielo?

Pero aquí andamos distraídos, perdidos, olvidados, comiendo los frutos agraces del pecado que pudre la sangre y envenena el alma. Cuantas veces emprendimos el camino del infierno. Tantas otras una mano cariñosa y firme nos hizo volver al camino del cielo. Pensamos en todo menos en los mejor y lo más hermoso. ¡Pobres ignorantes, ingratos, desconsiderados!

El cielo es cielo por Dios y María. Al fin nos encontraremos cara a cara con los dos más grandes amores de nuestra vida. Entonces sabremos lo que es estar locamente enamorados y para siempre de las personas más dignas de ser amadas. Enamorados de Dios, en un éxtasis eterno de amor: amados por el Amor Infinito, la Bondad Infinita. Ahí comprenderemos los misterios del amor aquí muy poco comprendidos. Volveremos a Belén a amar infinitamente, eternamente a aquel Dios hecho niño por nosotros. Volveremos a la fuente de Nazareth donde Jesús llenó el cántaro de María tantas veces. Volveremos al Cenáculo a quedar de rodillas y extasiados ante la institución de la Eucaristía, y comprenderemos las palabras del evangelista Juan: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

Volveremos al Calvario y querremos quedarnos allí mucho, mucho tiempo, siglos para contemplar con el corazón en llamas el amor más grande, la ternura más delicada, y comprenderemos cada uno lo que Pablo decía: “Líbreme Dios de gloriarme en nada si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Pediremos permiso de bajar a la tierra para visitar los Santos lugares no como turistas sino como locamente enamorados.

Al cielo subió la Puerta del cielo. Sueño en ese momento en que tocaré a la puerta. Y saldrá a abrirme con los brazos abiertos y una sonrisa celestial María Santísima. Tendré que sostenerme para no morir otra vez, pero de puro gozo al ver sus ojos de cielo, su rostro bellísimo, su amor increíble pero real.

María es la mujer más triunfadora. La humilde esclava del Señor ha logrado lo que ninguna mujer famosa ha conseguido. Eligió como meta cumplir la voluntad de Dios; como motivación el amor. El Premio: La Asunción los cielos en cuerpo y alma. Así nos enseña de forma contundente la mejor forma de vivir.

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 14 de agosto de 2008

¿Cada cuánto debemos comulgar?

¡Cada vez que podamos! Dios siempre nos ganará en generosidad de gracias.


La Comunión frecuente

«Un capitán de navío que comulgaba todos los días, también montaba en cólera ruidosa por su carácter. Un oficial le dijo:
Hay algo que no entiendo, mi capitán, usted es piadoso, comulga todos los días, y sin embargo, le suele dominar la cólera.
Y el capitán le contestó:
Muchacho, si no comulgara todos los días, ya hace tiempo que los hubiera arrojado a todos por la borda »

La Eucaristía es centro de la vida de la Iglesia, su columna vertebral, la presencia real de Jesucristo entre nosotros. Es el gran tesoro de la Iglesia y de cada uno de los cristianos.

La Iglesia, conociendo la grandeza de la Eucaristía y sabiendo que la comunión es indispensable para que el alma viva y se fortalezca, nos pide en su tercer mandamiento que comulguemos al menos una vez al año en tiempo de Pascua, para que, a la vez que nos alimentamos, recordemos también la Resurrección de Jesús.

Pero, como los frutos de la Eucaristía son tan maravillosos, la Iglesia nos invita y aconseja vivamente que comulguemos frecuentemente: cada día, si es posible.

Si todos los miembros de la Iglesia nos alimentamos frecuentemente del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, estaremos unidos íntimamente a Él y nos fortaleceremos, fortaleciendo así a toda la Iglesia.

Si el sarmiento permanece unido a la vid, dará mucho fruto y su fruto permanecerá .

San Francisco de Sales, en su Introducción a la vida devota nos habla de la comunión frecuente:

«Si les preguntan por qué comulgan tan a menudo, respondan que es para aprender a amar a Dios, para limpiarse de las propias imperfecciones, librarse de sus miserias y consolarse en sus quebrantos.

Dos clases de gente necesitan comulgar a menudo:

Los perfectos, porque no deben alejarse de Aquel que es fuente y manantial de su perfección y los imperfectos, para que puedan aspirar a la perfección;

Los fuertes para no debilitarse y los débiles para fortalecerse;

Los enfermos para sanar y los sanos para no enfermar…

Y en cuanto a ti, imperfecto, débil y enfermo, debes comulgar frecuentemente
para recibir a Aquél que es tu perfección, tu fuerza y tu médico.

Los que tienen poco trabajo, necesitan comulgar frecuentemente porque les sobra tiempo y la ociosidad es peligrosa para el espíritu, y los que están muy atareados,
por la necesidad de alimento que requiere un arduo trabajo.

Digan a los que les pregunten, que comulgan a menudo para aprender a hacerlo bien, porque es imposible hacer algo bien
si no se practica con mucha frecuencia.

Comulguen a menudo, lo más a menudo que puedan.

Creedme, si las liebres en las montañas se vuelven blancas en invierno de tanto ver la nieve, así ustedes también, de adorar y comer la misma hermosura, bondad y pureza
en este divino Sacramento, llegarán a ser hermosura, bondad y pureza.»

La comunión espiritual

Cuando no sea posible por una u otra razón recibir a Cristo en forma sacramental, o en cualquier momento en que uno desee ardientemente recibir a Jesús, se le puede recibir espiritualmente, pronunciando la siguiente fórmula con fervor, demostrándole a Jesús el deseo sincero de estar con Él. Con la comunión espiritual, Jesús nos dará las gracias que necesitemos en ese momento para ser fieles a nuestra misión de ser testigos del Amor de Dios ante todos los hombres.

Creo Señor mío que éstas realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar.
Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma; pero, no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón.
Y como si te hubiese recibido, me abrazo y me uno todo a Ti;
Oh Señor, no permitas que me separe de Ti.

Autor: Catholic. net | Fuente: Catholic. net
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miércoles, 13 de agosto de 2008

Los Votos del Matrimonio


Emisiones en Podcast para reflexionar sobre cada uno de los votos matrimoniales, y descubrir la formas de hacerlos vida


Los Votos del Matrimonio
Algo que me ha sorprendido fuertemente en los años que llevo impartiendo cursos de religión y conferencias de teología, es que la mayoría de las personas casadas que tengo por alumnos no pueden siquiera mencionar cuáles son los votos que hicieron ante el altar, porque no los recuerdan, o peor aún, porque no los saben

En estas cuatro emisiones reflexionaremos sobre cada uno de los votos matrimoniales, y descubriremos formas de hacerlos vida.


Los Votos Matrimoniales (1/4)
El casado hace un voto de fidelidad perpetua. La fidelidad se suele entender como "no poner nuestros ojos en nadie más", no obstante, el verdadero sentido de la fidelidad matrimonial es distinto y mucho más profundo.

Escucha y renueva tu voto.

Los Votos Matrimoniales (2/4)
El sacramento del matrimonio se hace realidad cuando los novios se hacen una promesa de amor eterno ante el altar. Tras la luna de miel, cae el velo del enamoramiento y es en la vida diaria, con sus altibajos, donde se ha de vivir este amor sacramental.

¿Cómo hacer para que el amor de los casados sea una ofrenda constante a Dios en lo próspero... y en lo adverso?

Los Votos Matrimoniales (3/4)
El respeto entre las parejas es algo tan obvio, que muchas veces se da por sentado, y al hacerlo, se corre el riesgo de ignorarlo. Pero en el sacramento del matrimonio, el respeto resulta un voto perpetuo que se hace ante el altar. ¿Cuáles son los riesgos que pueden llevar a los esposos a fallar en este aspecto?

Los Votos Matrimoniales (4/4)
Autor: Mauricio I. Pérez, | Fuente: http://semillas.podomatic.com/
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