jueves, 31 de julio de 2008

Cinco llaves para entrar en la Eucaristía

El silencio, después de la comunión, es gratitud al Dios por tanto que nos ha dado.

SILENCIO

El silencio es un poder. Sin él es muy difícil escuchar. Nuestras eucaristías son deficitarias en silencio. Parece como si nos violentásemos por el simple hecho de estar unos segundos sin decir nada.

El silencio es el ruido de la oración.

El silencio, después de la homilía, es interpelación.

El silencio, después de la comunión, es gratitud al Dios por tanto que nos ha dado.

En el silencio se llena todo de nuestras intenciones personales, peticiones o deseos.

La música o el canto, los símbolos y otras cosas secundarias, nunca pueden ser una especie de tapagujeros que hagan más “digerible” la eucaristía. El silencio no es ausencia de…., es cultivar un lugar para que Dios nazca.

CONTEMPLACIÓN

La Eucaristía se hace más sabrosa cuando se la contempla. En el horizonte inmenso todo parece igual, pero cuando los ojos quedan fijos en él, surgen detalles que a simple vista parecían no existir.

Con la Eucaristía ocurre lo mismo. Es un paisaje que puede parecer todos los días igual. Sentarse, relajarse, olvidarse de lo que rodea lleva al alma contemplativa, a la persona contemplativa a vivir una serie de sensaciones que es la presencia escondida de Dios.

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile que me ayude”. Le respondió el Señor: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. (Lucas 10, 38-42).

ORACIÓN

La oración y la eucaristía van de la mano como la cerradura se acciona con la llave. La eucaristía. El diálogo con Jesús se hace más fecundo después de haber escuchado la Palabra de Dios. Para que la Eucaristía resulte vibrante, no es cuestión de recurrir a la ayuda puntual del ritmo maraquero o guitarrero. En el diálogo de las personas está el crecimiento personal y comunitario. En la oración reside uno de los potenciales más grandes para entender, comprender y vivir intensamente la Eucaristía.

"Cuando oréis, no seáis como los hipócritas que son amigos de rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas, para exhibirse ante la gente. Ya han cobrado su paga, os lo aseguro. Tú, en cambio, cuando quieras rezar, echa la llave y rézale a tu Padre que está ahí en lo escondido; Tu Padre que ve lo escondido te recompensará" (Mt. 6, 5-6).

CARIDAD

La fuente de la caridad perfecta es la Eucaristía. La fuente de la caridad que nunca se agota ni se cansa es la Eucaristía. En ella contrastamos nuestros personales egoísmos con las grandes carencias que existen en el mundo que nos rodea. Cada día que pasa es una oportunidad que Dios nos da para ofrecer algo o parte de la riqueza material o personal que podemos tener cada uno de nosotros.

Hay dos dimensiones que nunca podemos olvidar al celebrar la eucaristía: la caridad hacia Dios y la caridad hacia los hermanos. Amar a Dios con todo el corazón y con toda nuestra alma es subirse al trampolín, para saltar y amar, aunque se nos haga duro y a veces imposible, a los más próximos a nosotros. Y, esos próximos, ¡qué lejos los tenemos muchas veces del corazón y qué cerca físicamente!

Hoy, de todas maneras, está más de moda mirar horizontalmente al hombre que verticalmente acordarnos de que Dios existe.

«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, cercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» El dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

ESCUCHA

Cuando Dios habla no nos da simple información: se nos revela. Su Palabra es un escáner por el que vamos conociendo el corazón de Dios, sus sentimientos, sus pensamientos y, también, lo qué tiene pensado para cada uno de nosotros. Lo qué quiere de cada uno de nosotros.

El Antiguo Testamento nos prepara a la venida de Cristo. Las epístolas y otras lecturas nos ofrecen las reflexiones de San Pablo y de otros contemporáneos sobre Jesucristo, su vida y su mensaje. El Evangelio nos da la clave de cada encuentro eucarístico. Es el punto culminante de toda la Liturgia de la Palabra. Es en este momento, cuando puestos de pie rendimos homenaje presente en la Palabra.

Le reclamaba una vez por la noche al Señor:
¿Por qué Señor no me escuchas?, si cada noche te hablo...
- ¿Por qué Señor no me atiendes?, cuando en cada momento te pido...
- ¿Por qué Señor no te veo?, si oro constantemente...
- En esta noche Señor hablo y hablo contigo, mas no siento tu presencia, ¿por qué Señor no me tomas en cuenta?

A lo que Dios contestó:
- Cada noche escucho tu clamor, cada noche trato de atender, cada noche trato de hacerme ver delante de ti, y quisiera cumplir tus deseos. Pero me hablas y pides muchas cosas, las cuales escucho con atención, sin embargo, en cuanto terminas de agradecer y de pedir lo que necesitas, terminas tu oración, sin darme oportunidad de hablar

Una conversación es un diálogo entre dos, muchas veces hablamos con Dios pero no nos damos un tiempo para escuchar su voz. ¿Alguna vez has tratado de hablar con alguien que no te deja decir ni una sola palabra? Pues bien, Dios quiere hacernos escuchar su voz y para eso necesita que le des la oportunidad de hacerlo, y solo entonces, al escuchar su voz y guardar silencio por un momento, tu oración será completa, y Dios cumplirá su promesa de darte todo aquello que pidas con fe.

Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

Autor: J.Leoz | Fuente: Servicio católico de Evangelización Pan y Vida
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miércoles, 30 de julio de 2008

9. Empieza la segunda misión. Por las tierras de Galacia

Había pasado el Concilio apostólico de Jerusalén. Pablo y Bernabé se hallaban de nuevo en Antioquía. Felices, como podemos suponer, con tanto cristiano venido del paganismo, y sin el acoso ya de los judaizantes que les exigían la circuncisión y la observancia de la Ley de Moisés.
Así todo un año casi, hasta la primavera o tal vez el otoño del 49.
Pablo no aguantaba más la presión de su celo, de modo que un día soltó impetuoso:
-Oye, Bernabé, ¿por qué no emprendemos otro viaje hacia el Asia Menor, ya que la otra vez nos quedamos sólo por las ciudades del centro?
El bueno de Bernabé, humilde y condescendiente, acepta, aunque sabe que queda en un segundo plano, pues Pablo se ha convertido en el jefe indiscutible.

Por más que se suscitó un incidente doloroso, cuando Pablo no admitió en su compañía a Marcos, sobrino de Bernabé, por no considerarlo todavía maduro.
-¡No, Marcos no viene con nosotros! Sé lo mucho que te debo, Bernabé. Pero esta vez no cedo. Sin ti, yo no hubiera entrado en la comunidad de Jerusalén cuando todos me tenían miedo. Viniste a buscarme en Tarso y a ti te debe también todo la Iglesia de Antioquía. Pero Marcos no viene ahora con nosotros. Nos abandonó la primera vez cuando vio las montañas del Tauro, y ahora nos hará lo mismo.
Pablo y Bernabé se separaros amistosamente, porque ambos tenían un corazón muy grande.
Pablo recordará siempre agradecido a Bernabé, y tendrá en Roma a Marcos, el futuro evangelista y secretario de Pedro, como un valioso y querido ayudante.

Pablo escogió entonces por compañero a Silas, un colaborador magnífico.
Y los hermanos, como habían hecho la vez anterior, despidieron con emoción a los dos emprendedores mensajeros del Evangelio:
-¡Vayan! Aquí nos quedamos nosotros encomendándoles continuamente a la gracia de Dios y a la fuerza del Señor Jesús (Hch 15,40-41; 16,1-10)

El viaje va a estar lleno de alegrías y de incertidumbres, pues el Espíritu Santo no tiene los mismos planes que Pablo y le va a cortar los pasos más de una vez.

Empieza Pablo recorriendo unas iglesias bien conocidas, las más cercanas a Antioquía y las de Cilicia, como la de sus paisanos de Tarso. Para todas tiene palabras de aliento, pues “recorrió Siria y Cilicia consolidando las iglesias”:
-¡Animo! Ya ven cómo el Espíritu del Señor Jesús estuvo con ustedes en la reunión de los apóstoles de Jerusalén. Y ustedes, hermanos judíos, siéntanse felices con la libertad que les da el Señor.

Para internarse en el Asia Menor escoge Pablo ahora el camino más directo, pero mucho más duro que el del viaje anterior.
Les esperan quebradas angostas de muy pocos metros entre paredes montañosas de hasta cien metros de altura; ríos que habían de vadear; soledades peligrosas, pobladas de fieras y siempre al acecho de bandoleros; sin una cueva donde pasar la noche, sino bajo la enramada de un árbol o en una hendidura de alguna roca; y sin más comida que las pequeñas provisiones que podían llevar consigo. Ocho o más días de un viajar heroico.

Grandes fatigas en esta expedición misionera, pero también grandes satisfacciones al encontrarse con cristianos fervorosos en las comunidades evangelizadas en el primer viaje.
Como en Listra, donde fue Pablo lapidado hasta quedar medio muerto, y donde ahora se encuentra con el que sería su discípulo más querido: Timoteo, el mayor regalo que Dios le guardaba.
Pablo se dirige a Loida, abuela judía, y a Eunice, madre viuda del muchacho:
-¿Dejarían a su hijo y nieto Timoteo venirse con nosotros?...
Las dos, excelentes cristianas, responden generosas:
-¡Llévatelo, y que sea un gran colaborador tuyo en la obra del Señor!

Hecha la visita a las comunidades del viaje anterior, Pablo quiso evangelizar primero en las ciudades costeras como Éfeso y después en Bitinia, casi junto al Mar Negro, pero venía impedimento tras impedimento, de modo que los Hechos dicen por dos veces:
“El Espíritu Santo les impidió predicar en Asia…, no se lo permitió el Espíritu de Jesús”.

En estas idas y vueltas, Pablo, Silas y Timoteo se ven en la región de Galacia, y una circunstancia inesperada les da la oportunidad de predicar el Evangelio a sus gentes.
¿Cuál fue esta circunstancia inesperada? Una enfermedad repentina y grave de Pablo.

Y aquí se encuentran con las gentes más simpáticas, descendientes de las tribus celtas que atravesaron la Galia, la Francia actual, y vinieron hasta estas tierras a las que dieron su nombre de Galacia. Gentes simpáticas, decimos, porque como reconocía el mismo Julio César, eran “ansiosos de saber, curiosos, despiertos”.

Además, son muy generosos, como lo demuestran con Pablo, que caía gravemente enfermo. Lo curaban, lo cuidaban, lo mimaban de tal modo, que años después les escribirá Pablo:
“Saben bien que una enfermedad corporal me dio ocasión para evangelizarles por primera vez; y no obstante la prueba que suponía para ustedes mi cuerpo, no me mostraron desprecio ni repugnancia, sino que me recibieron como a un mensajero de Dios, como al mismo Cristo Jesús”.

En estas palabras adivinamos todo lo que ocurrió (Ga 4,12-14)
Una pura casualidad, aunque muy providencial, detuvo a los misioneros en Galacia.
Mientras Pablo está gravemente enfermo, pero tan cariñosamente cuidado por los habitantes del lugar, Silas y Timoteo evangelizan.
Y Pablo, apenas restablecido lo suficiente, hace igual. Entre los tres, consiguen que el nombre de Jesús llene la región entera.
No fue larga la estancia en Galacia, pero los frutos fueron muy grandes.

Ahora, ¿hacia dónde dirigirse?... ¡Al puerto de Tróade, cara al Mediterráneo! A ver qué querrá aquí el Espíritu del Señor Jesús.
Lo van a saber pronto. En Tróade, a sólo veinte kilómetros de la legendaria Troya, se encuentra Pablo con un médico antioqueno, bueno de verdad, que ya había abrazado la fe.
Lucas no sólo termina de curar a Pablo, sino que además le habla de lo que el competente médico ya conoce:
-Pablo, ¿no sabes nada de Macedonia? La tenemos muy cerca. Es la parte superior de Grecia. Mira a sus habitantes, que corren tanto por aquí. Gente magnífica, podrías hacer mucho en su tierra. Piénsalo.

Pablo quería desplegarse por las ciudades costeras del Asia Menor. Pero el Espíritu Santo no hacía más que poner estorbos.
Y ahora viene este Lucas a clavarle la espina aguda de una grave inquietud:
-¿Por qué no pasas el mar?...
Pronto veremos cómo va a parar todo tan felizmente…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 29 de julio de 2008

8. En el Concilio de Jerusalén. El triunfo de la libertad Cristiana

Nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que se salvan los paganos.

¿Le esperaba mucha paz a Pablo después del primer viaje apostólico por las regiones interiores del Asia Menor? Ahora se las va a ver con otras dificultades muy serias.

La alegría en la iglesia de Antioquía era muy grande cuando todos vieron cómo Dios abría las puertas de la fe a los paganos, tal como contaban Pablo y Bernabé al regresar de su primera misión. Todos se decían con gozo:

-¡Hay que ver la cosecha enorme de creyentes que se avecina!...

Así se pensaba en Antioquía. Pero en la iglesia madre de Jerusalén, en la que habían abrazado la fe muchos sacerdotes del Templo y gran cantidad de fariseos, cundía el temor, y se decían:

-¿Qué hacen los antioquenos al abrir las puertas a tantos paganos sin obligarles a recibir la circuncisión ni observar la Ley de Moisés?... La salvación, es cierto, está en la fe del Señor Jesús; pero junto con la Ley de Dios dada a nuestros padres y al pueblo elegido.

Los que así pensaban no se detuvieron en ideas y palabras solamente, sino que enviaron emisarios a Antioquía para imponer su verdad:

-Si esos convertidos del paganismo no se circuncidan y no observan la Ley de Moisés, no se pueden salvar.

La Iglesia de Antioquía, muy preocupada, y con toda razón, determinó enviar a Jerusalén emisarios que consultaran el asunto con los Apóstoles. El grupo expedicionario siguió la costa, y, al pasar por las comunidades cristianas de Fenicia y de Samaría, Pablo y Bernabé “narraban la conversión de los gentiles y causaban grande alegría a todos los hermanos” (Hch 15,1-35)

Llegados a Jerusalén, toda la Iglesia, con los ancianos y los apóstoles a la cabeza, los recibieron gozosos y escuchaban con pasmo a los dos grandes evangelizadores:

- ¡No se imaginan ustedes cuántas cosas ha hecho Dios por nosotros! ¡Cuántos paganos han abrazado la fe del Señor Jesús!...

Pablo nos cuenta muchos más detalles. (Ga 2,10) Reconociendo la autoridad de Pedro, de Santiago y de Juan, “que eran considerados como columnas”, les pregunta en privado con sinceridad:

- ¿He actuado bien? ¿Estoy salvaguardando la verdad del Evangelio?...

Ellos, los tres, emocionados, le tendieron la mano. Era un gesto de los persas cuando aceptaban y daban una palabra, gesto que se apropiaron los judíos.

Ahora los apóstoles le dicen a Pablo:

-¡Sigue, sigue predicando a los gentiles como lo haces, mientras que nosotros nos dedicamos aquí a los judíos. Únicamente, acuérdate de los muchos pobres de aquí…

Y añade Pablo: “Esto de los pobres lo he procurado cumplir”.

Cosa que nosotros veremos cuando realice la gran colecta que él mismo llevará años más adelante a Jerusalén.

Pero mientras Pablo y Bernabé entusiasmaban a todos, los judaizantes insistían:
“Es necesario circuncidar a esos paganos convertidos y mandarles que guarden la ley de Moisés”.

No había manera… Y ante esto, se tomó la resolución:
-¡Una asamblea general, a ver qué nos dice el Espíritu Santo!...

Y así se hizo. Sin pensar en lo que serían los Concilios en la Iglesia, éste venía a ser, improvisado, el Concilio primero. Se discutía larga y acaloradamente. Pedro, aceptado por todos como suprema autoridad, habló decidido, y recordando el bautismo del centurión Cornelio, sentenció:

-Dios, por medio mío, dio testimonio a favor de los paganos comunicándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. ¿Por qué entonces se empeñan algunos en imponerles la Ley, un yugo que ni nosotros ni nuestros padres pudimos soportar?

Nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que se salvan ellos, esos paganos.

Pablo y Bernabé reventaban de alegría en medio del silencio que se produjo ante tales palabras de Pedro. E, invitados a hablar, contaban las maravillas que Dios había realizado por ellos entre los gentiles.

El golpe final, la estocada última, vino de quien menos se podía esperar: de Santiago, el judío riguroso y encargado u obispo de la Iglesia en Jerusalén, respetado de todos los judíos por su estricta observancia de la Ley a pesar de la fe en Jesús. Sus palabras fueron decisivas, aunque dichas sin la impetuosidad de Pedro o la energía de Pablo:

- ¡No se debe molestar a los gentiles que se conviertan a Dios!

Y siguió el severo Santiago:

- Únicamente hay que aconsejarles, por respeto a los judíos que podrían ofenderse, que se abstengan de comer carnes sacrificadas por los paganos a sus ídolos, que no coman carne de animales estrangulados ni la sangre, y que eviten la fornicación. Convendría mandarles una carta aconsejándoles esto. De lo demás, ¡nada!...
¿A qué venían estas observaciones de Santiago? Eran normas prácticas prudentes.

Santiago pide atención a estas costumbres, aunque ya no obliguen para nada.

La cuestión quedaba zanjada para siempre. Triunfaba la libertad cristiana. Y esto, como anotaba claramente la carta sugerida por Santiago, lo expresaban con una frase que vale por todo un mundo: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”.
Hay que aprenderlo bien: ¡El Espíritu Santo y nosotros!...

Esta será la norma invariable de la Iglesia a lo largo de los siglos: los Pastores unidos en Pedro - hoy los Obispos en comunión con el Papa- tienen la última palabra, asistida por el mismo Espíritu Santo.

¡Hay que ver la seguridad que nos dan cuando nos enseñan!...

La asamblea escribió la carta recomendada por Santiago y fue llevada personalmente por dos delegados, Judas y Silas, a las iglesias formadas por los creyentes venidos del paganismo.

¿Cómo reaccionaron los destinatarios?

Nos lo comentan los Hechos:

- En Antioquía reunieron la asamblea y entregaron la carta. La leyeron y todos se alegraron por los grandes alientos que con ella habían recibido.

Pablo había triunfado en toda la línea. Pero los judaizantes no habían muerto. Y continuarán siendo ellos la gran tortura del Apóstol.

Esta página de los Hechos sobre el Concilio de Jerusalén es de una gran importancia.
¡Y lo que debemos a Pablo! Si no hubiera sido por él, por la energía indomable con que defendió “su evangelio”, su doctrina sobre la fe en el Señor Jesús, ¡quién sabe las esclavitudes que estaríamos padeciendo en la Iglesia aún a estas horas! Que si sacrificios…, que si animales puros e impuros…, que si imágenes…, que si primogénitos de hombres y animales…, que si cuántos días de la mujer…, que si luna llena…, que si primicias…, que si mil cuentos más… “Lo que ni nosotros ni nuestros padres pudieron soportar”, dijo Pedro en la asamblea.

¡Gracias, Pablo! ¡Cuánto bien nos hiciste!...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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jueves, 24 de julio de 2008

Eucaristía y soledad

¡No dejemos solo a Jesús en la Eucaristía! Que siempre tengamos la delicadeza con Él de visitarlo durante el día.

Solemos pensar que la soledad es una situación humana dolorosa y triste de la que hay que huir a como dé lugar. Sin embargo, el hombre puede convertirla en una situación fecunda para el alma. Así la soledad no se convertirá en un oscuro túnel, sino en una oportunidad bella para el encuentro con Dios.

Hay varios tipos de soledad.

Soledad física, la ausencia total de compañía humana que puede sufrir una persona en determinadas circunstancias, o la ausencia momentánea o definitiva por haber muerto determinada persona que nos resultaba muy querida. ¡Cuántas veces Jesús aquí, en la eucaristía, sufre esta soledad física, cuando nadie lo visita! Pienso en aquellas iglesias cerradas, o en las abiertas, donde apenas entra un vivo.

Ya Jesús en su vida terrena sufrió esta soledad en Getsemaní y en el Calvario. María también experimentó esta soledad física al perder a su Hijo en el templo, y después en la Cruz.

¡No dejemos solo a Jesús en la eucaristía! Que siempre tengamos la delicadeza con Él de visitarlo durante el día. Él sufre y experimenta esta soledad y yo puedo hacerle más llevadero ese sentimiento humano. Podemos llenar esta soledad de Cristo con nuestra compañía íntima.

Existe también la soledad psicológica, que consiste en sentir o percibir que las personas que nos rodean no están de acuerdo con nosotros o no nos acompañan con su espíritu. ¡Cuántas veces Jesús aquí, en la eucaristía, sufre también esta soledad! Percibe que alguno de nosotros no está de acuerdo con su mensaje, hace lo contrario de lo que Él enseña, en su Evangelio. O están sí, pero fríos, inactivos, inconscientes, distraídos, dispersos. Por lo mismo están en otra cosa.

Ya en su vida terrena Jesús sufrió esta terrible soledad psicológica. ¡Cuántos de los que lo acompañaban no estaban de acuerdo con Él y discutían: fariseos, saduceos, jefes. O incluso sus mismos apóstoles no lo acompañaban en todo. Tenían otros anhelos y ambiciones muy distintas a los de Jesús.

María también experimentó esta soledad psicológica, sobre todo en la pasión y muerte de su Hijo. Se daba cuenta de que la mayoría no había captado como Ella la necesidad de la muerte de Jesús. ¿Dónde están los curados? ¿Dónde están los frutos de la predicación de mi Hijo? ¡Ni siquiera los Apóstoles captaron el sentido de la misión de su Hijo! Hagamos más suave esta soledad de Jesús teniendo en nuestro corazón esos mismos sentimientos.

Está también la soledad espiritual, que es la que experimenta el alma frente a las propias responsabilidades en las relaciones con Dios. Es la soledad que uno siente frente a Dios; es la soledad de quien sabe que sólo él y nadie más que él debe responder un “sí” o un “no” libres ante Dios.

Aquí en la eucaristía Jesús sufre también esta soledad. Solo Él sabe que debe quedarse aquí para siempre. Debe afrontar solo Él todos los agravios, sacrilegios, profanaciones. Él sabe y sólo Él, quien debe estar vigilante las veinticuatro horas del día, los treinta días del mes, los doce meses del año. ¡Él tiene que responder!, nadie puede sustituirlo. Independientemente que le hagamos caso o no. En su vida terrena Jesús experimentó esta soledad espiritual. Hasta parecía que su mismo Padre lo dejó solo. Y María misma sufrió esta soledad.

Aunque es verdad que a veces la situación de soledad puede dar la impresión de tristeza o sufrimiento, tengamos la seguridad de que dicha soledad está llena de Dios, si la unimos a la soledad de Cristo.

¿Cómo deberíamos vivir esta soledad?

Con amor y confianza. Dios es nuestra compañía segura; con serenidad. No tiene que ser soledad angustiosa, turbada, sino serena.

Debemos vivir la soledad también con reflexión. Es un momento para reflexionar más, rezar más. Nos capacitaría para después salir con más riqueza y repartirla a los demás.

Oración

Jesucristo Eucaristía, no queremos dejarte solo aquí en el Sagrario. Queremos hacer de tu Sagrario, nuestro lugar de recreación, de gozo profundo, de compañía íntima. Queremos llenar tu soledad con la música deliciosa y serena de nuestro corazón.

¡Qué pobres serían nuestras vidas sin tu compañía!

Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 23 de julio de 2008

7. Los judaizantes a la vista. Los tenemos que conocer.

Los judíos que no se convertían, no toleraban que el judaísmo se viniera abajo por aquel impostor que había muerto crucificado.

Me atrevo a empezar hoy con una pregunta, más que curiosa, inquietante:

Cuando oímos o leemos a San Pablo, sobre todo en las grandes cartas a los Gálatas o a los Romanos, ¿no nos enredamos muchas veces con eso de la justificación por la fe, los judaizantes, las obras de la Ley, y otras expresiones parecidas?...

Sí; nos enredamos. Esta es la verdad.

Y no entendemos tampoco por qué los judíos hubieron de hacer tanta guerra a Pablo. Lo persiguieron por todas partes. Pero no solamente los judíos que rechazaban a Jesús, sino los judíos convertidos, los cristianos judíos, llamados judaizantes.

Pablo contaba en una de sus cartas: “Cinco veces recibí de los judíos treinta y nueve azotes; tres veces he sufrido la flagelación con varas; una vez fui apedreado” (2Co 11,24).

La lluvia de piedras que le dejó medio muerto la recibió de los paganos licaonios, instigados por los judíos que llegaron desde Antioquía de Pisidia e Iconio.

¿Por qué fue todo eso? ¿Por qué los judíos perseguían a Pablo?

Los judíos que no se convertían, no toleraban que el judaísmo se viniera abajo por aquel impostor que había muerto crucificado. Esto se entiende fácilmente.
La que no se entiende es la persecución de Pablo por parte de “los falsos hermanos” (2Co 11,26), es decir, de los judíos convertidos al cristianismo. ¿Qué ocurría?

Los judíos pensaban que la salvación venía por la pertenencia al pueblo de Israel, al pueblo judío, al descendiente de Abraham. Tenía como signo la circuncisión, que recibían los varones al octavo día de haber nacido. Además, había que cumplir la Ley de Moisés. Según aquellos judíos, los gentiles o paganos, sin circuncisión y sin Ley, eran todos “gente pecadora” (Tb 13,17), y no se salvaban.

Así estaban las cosas, cuando aparece Pablo predicando a Jesús, y diciendo:

Basta para salvarse creer en Jesús, darse completamente a Él, bautizarse y vivir conforme a las enseñanzas de Jesús, guiados por el Espíritu Santo, dentro de la Iglesia dirigida por los apóstoles y los pastores por ellos designados. En todo lo demás, reina la libertad.

¿Cuál de las dos partes tenía la razón?
Habían sucedido dos hechos incuestionables que convenía tener muy presentes.

Primero, el de Pedro, que bautizó al centurión pagano Cornelio y a todos los suyos sin circuncidarlos, y el Espíritu Santo bajó sobre ellos sin hacer ninguna distinción entre judíos circuncidados y paganos incircuncisos (Hch 10,44-48; 11,17-18)

Segundo, el de Pablo y Bernabé, que evangelizaron por el Asia Menor. Convirtieron a muchos gentiles, los bautizaron, sin circuncidarlos ni imponerles la Ley, y el Espíritu Santo obraba con ellos los mismos prodigios que entre los judíos de Jerusalén.

Estos dos hechos deberían hacer callar a los judaizantes, haciéndoles pensar rectamente: No hacen falta alguna ni la circuncisión ni la Ley.

Pero los judaizantes no tenían en cuenta estos hechos evidentes, estas obras del Espíritu Santo, y exigían todo lo contrario: ¡Hay que circuncidar a esos paganos que se coinvierten y obligarles a guardar la Ley!

Contra esos judaizantes, el pensamiento de Pablo era muy claro:

Abraham recibió la promesa del Salvador y la salvación por su fe antes de que se circuncidase. Por lo mismo, la salvación no se debe a la circuncisión sino a la promesa libre de Dios. La circuncisión, entonces, está de más, es inútil (Ro 4,9-12)

Y lo mismo pasa con la Ley de Moisés. Jesús aceptó la Ley y se sometió a ella, pero al mismo tiempo la hacía desaparecer con la ley de la nueva Alianza, inaugurada con la sangre de su cruz, con la moral perfecta que Él enseñaba, y con la institución de su Iglesia.

Con toda esta obra de Jesús, desaparecía lo que la antigua Ley tenía de profecía, de provisional. La Ley de Moisés era sombra de lo que tenía que venir, y que sería definitivo.

San Pablo lo expresó muy bien con aquella comparación:

La Ley de Moisés era como el pedagogo, como el criado que lleva al niño a la escuela. Una vez el niño se ha hecho mayor, camina por su cuenta, sabe guardarse a sí mismo, y sobra entonces el pedagogo.
De este modo, la Ley de Moisés llevaba al pueblo judío hasta el Cristo.

Una vez venido el Cristo, que promulgaba su ley definitiva, sobraba la ley anterior.
La Ley y la circuncisión quedaban abolidas, y bastaba la fe en Jesús.

Pero, ¿qué es la fe en Jesús? ¿En qué consiste? ,

La fe del cristiano no es decir:

"Yo creo en Jesús, y ya estoy salvado."

No basta eso. La fe en Cristo es entregarse a Él; es tomarlo como guía, después de reconocer que es Dios y que es el Salvador.
Esta fe consiste en darse a Cristo, lo cual exige bautizarse y desarrollar después la fe por la recepción del Espíritu Santo con la Confirmación.

La fe pide unirse a Cristo por la Eucaristía, que es el Pan de Vida.
Y exige: también vivir siempre a Cristo con las obras de la fe, es decir, con todo lo que impone la condición de cristianos.

Según San Pablo, la fe ha de actuar movida por el amor (Ga 5,6); de lo contrario, la fe sin obras no nos salva.

Hay que entender lo que enseñan los dos apóstoles Pablo y Santiago:

Pablo dice: Nadie se justifica por las obras, sino por la fe (Ro 3,28. Ga 2,16)
Y Santiago: La fe sin obras está realmente muerta (St 2,17 y 26)

Tan palabra de Dios es lo que dice Pablo como lo que dice Santiago, y los dos dicen lo mismo, aunque cada uno bajo su punto de vista propio.

Por lo mismo, el cristiano no queda sin ley. La Ley antigua, la de Moisés, está abolida, anulada del todo. Pero el cristiano tiene una nueva ley que cumplir: la de Jesús, la del Espíritu. Son necesarias la fe y las obras, y tan necesarias las obras como la fe.

Agarrar sólo estas palabras de Pablo: Nadie se justifica por las obras, sino por la fe (Ro 3,28. Ga 2,16), negando la necesidad de las obras cristianas, es una blasfemia contra la Biblia.

San Pablo hablaba de las obras de la Ley antigua, no de la ley de Dios impresa en nuestros corazones, ni de las normas establecidas por el Señor en el Evangelio.

Sí, amigos; la meditación de hoy ha sido algo especial, ya lo veo, y nos ha hecho discurrir un poco.

Pero nos era necesaria para entender muchas cosas de la vida de Pablo, el gran perseguido, aunque también el gran campeón de la libertad cristiana.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 22 de julio de 2008

María, la hermana de Marta

María, mujer de oración, de reflexión, de trascendencia nos ofrece la otra forma de vivir: la vida en profundidad.

María es la otra parte de la moneda. Dos hermanas santas, pero tan distintas. Ella, María, se inclina por la oración y la reflexión: para ella lo primero era oír al Maestro. Después vendría todo lo demás. Parece una postura cómoda y fácil, pero tal vez cueste más esta segunda postura que la de Marta y por ello Cristo la defiende cuando Marta la increpa, dirigiéndose a Jesús, como si buscara Marta que él confirmara su pensamiento.

María, mujer de oración, de reflexión, de trascendencia nos ofrece la otra forma de vivir: la vida en profundidad, la vida de cara a la eternidad, la vida terrena en función de la vida de cara a Dios. Se pone a los pies de Jesús, como símbolo de un interés suyo por lo que considera verdaderamente importante. Y Jesús se lo reconoce: Elegió la mejor parte y nadie se la quitará. Es que quien vive de cara a esta verdad tiene al menos sobre la vida una visión que le conducirá a la paz y al gozo verdaderos.

María es el símbolo de una parte de la humanidad que ha encontrado en la fe y en el sentido de la vida la respuesta a sus más profundos interrogantes y preocupaciones. Lo que nadie entiende con el pensamiento humano y racionalista, se ve de otra manera a la luz de la fe y de Dios. Así encuadra todo, incluso el dolor y el sufrimiento, a los que tanto tememos. En clave de fe las dificultades, las luchas, los trabajos se convierten en haces de luz que nos pueden guiar a la dicha en lugar de a la desesperación.

María nos invita a acercarnos a Dios y a ver la vida a través de Él. Será todo tan distinto, tan diverso! Inspira tanta paz María a los pies de Cristo que Marta siente envidia. Cómo necesita hoy la humanidad esta paz, esta tranquilidad, este sentido de las cosas, esta escala de valores! El mundo sería distinto sin el hombre mirara al cielo. Las familias tendrían otra consistencia si se comprendiera lo que es realmente importante. Los que sufren darían al sufrimiento un valor de eternidad. Todos seríamos más felices, porque sabríamos para qué vivimos, cuál es en definitiva el fin del hombre sobre la tierra.

Autor: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net
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lunes, 21 de julio de 2008

6. La primera misión. Chipre, y adentrándose en Asia.

Allí los llevaba el afán no de hacerse ricos con sus minas de cobre, sino el de conquistar para el Señor Jesús aquella isla prometedora.

El puerto de Seleucia presenció aquel día primaveral del año 45 una escena hasta entonces nunca vista:

-¡Adiós, hermanos!...

Lo decían a gritos entre abrazos, besos y lágrimas, los cristianos venidos de Antioquía, que distaba 25 kilómetros.

Habían venido para dar la despedida a los primeros misioneros de la Iglesia, Bernabé y Pablo, los cuales se dirigían a Chipre, cien kilómetros adentro del mar Mediterráneo.

Allí los llevaba el afán no de hacerse ricos con sus famosas minas de cobre, sino el de conquistar para el Señor Jesús aquella isla prometedora, patria del mismo Bernabé (Hch 13,4-52. 14,1-28)

Había mucha paz en la isla, gobernada por el procónsul Sergio Paulo, un romano inteligente, que se mostró interesado en la doctrina de Jesús expuesta por Pablo.

Sin embargo, se metió de por medio Satanás.
Un mago judío, llamado Elimas, se presentaba cada día al procónsul con sus impertinencias:
- No le hagas caso a este judío renegado!...

Hasta que Pablo ya no aguantó más:
- ¡Cállate, hijo del diablo! Estás repleto de todo engaño y de toda maldad. ¿Hasta cuándo vas a persistir en torcer los caminos del Señor? Para que escarmientes, te vas a quedar ciego temporalmente sin poder ver la luz del sol...

Y sigue la narración de Los Hechos:
Al instante cayeron sobre él oscuridad y tinieblas e iba dando vueltas buscando quién le llevase de la mano.

Aunque el castigo de Dios iba a ser sólo temporal, el procónsul Sergio Paulo, visto el portento, abrazó la fe del Señor Jesús.

No dicen nada más los Hechos sobre la evangelización de Chipre, pero fue muy fecunda a lo largo de los 250 kilómetros que atraviesan la isla de oriente a occidente. De hecho, Bernabé volverá allí en un viaje posterior para confirmar en su fe a los creyentes.

Ahora, dejada la isla, ¡a lanzarse a la conquista del interior del Asia Menor!
Resultaba toda una aventura el atravesar las montañas del Tauro hasta llegar a la llanura de Antioquía de Pisidia, distante más de 160 kilómetros...

Caminos ásperos, a lo más de herradura, que subían hasta una altura de 1.200 metros…
Caminar siempre al acecho de los ladrones y bandoleros, tan famosos en la región…
Dormir, después de un día agotador, sólo en el suelo de posadas míseras…
Un viaje así, de unos siete días, se hace únicamente empujados por un gran ideal.

Al fin alcanzaron la planicie en la que pastaban innumerables rebaños de cabras, y llegaron a Antioquía de Pisidia, cuya evangelización tiene una importancia tan especial porque nos muestra lo que va a ser la evangelización de todas las ciudades misionadas por Pablo:

Un ir primero a la sinagoga de los judíos;

Un exponer la historia del Antiguo Testamento, que preparaba la venida del Cristo;

Unaceptar el Evangelio sólo algunos pocos judíos;

Un pasarse Pablo a los gentiles;
y un tener que escapar de la persecución judía, aunque dejando en la ciudad bien establecida la Iglesia.

En todas partes se va a repetir el mismo esquema

La Iglesia conquistó en Antioquía muchos adeptos. Hasta que los judíos hicieron lo de siempre. Como muchas mujeres, esposas de los hombres paganos más influyentes de la ciudad, eran adictas a la sinagoga, los judíos pusieron en ellas los ojos:

- Consigan de las autoridades romanas que saquen de aquí a esos revoltosos…

Y ellas lo consiguieron, como es natural.

Pero los discípulos, “mientras se llenaban de gozo y del Espíritu Santo”, despedían a sus misioneros:
-¡Animo! Y hagan en Iconio lo mismo que aquí entre nosotros…

¡Y lo hicieron! ¡Vaya que si lo hicieron!
Y lo pudieron hacer porque en Iconio iban a detenerse “bastante tiempo”.

Muchos judíos y muchos paganos abrazaron la fe, sobre todo al ver los milagros que obraban los dos enviados de Dios.

Por más que la ciudad se dividió pronto en dos. Los judíos rebeldes gritaban:

-¡A apedrearlos por blasfemos!...

Aunque no lo consiguieron, por ser Iconio ciudad romana, y ser también los dos apóstoles ciudadanos romanos.

Fueron expulsados, pero en Iconio quedaba otra iglesia llena de vida y de fervor.

En Listra, el nuevo puesto de misión, la evangelización se iba a desarrollar de manera muy diferente. Era un pueblo campesino, pagano todo. Los misioneros predican en las plazas, en las calles, en el mercado, en las casas, en cualquier lugar.

Entre los oyentes, se hallaba sentado inmóvil un tullido de nacimiento que escuchaba con suma atención la palabra. Pablo lo mira fijamente, adivina que el pobrecito aceptaba la salvación por la fe, y le grita con voz imperiosa:

- ¡Ponte de pie!...

El paralítico se levanta de un salto y comienza a caminar. Y vino lo inesperado. Por todas partes se oía gritar:

-¡Dioses, dioses en forma humana han aparecido entre nosotros! Uno, Bernabé tan silencioso y solemne, es Júpiter, el dios soberano. Pablo, el que predica, es Mercurio.

Aquellos paganos y rudos campesinos pasaron de las palabras a la acción.

-¿Son dioses? Entonces, hay que adorarlos y ofrecerles sacrificios…

En el templo de Júpiter que se hallaba en la entrada de la ciudad, el sacerdote dispuso toros para el sacrificio, y la gente adornó las puertas con guirnaldas y ramos de flores para solemnizar la celebración.

Pablo y Bernabé que se enteran, rasgan sus vestiduras en señal de dolor, y se precipitan hacia la gente gritando:

- Pero, ¿qué van a hacer? ¡Cuidado! Los sacrificios son sólo para Dios! ¡No hagan esto, por favor! Porque nosotros no somos dioses, sino hombres como todos ustedes y de su misma condición…

La gente empezó a calmarse con estas palabras, aunque a duras penas se mantuvieron sin ofrecer el sacrificio. Pero judíos venidos de Antioquía de Pisidia y de Iconio se presentaron revolviendo al pueblo:
-¿Ven lo que hacen esos dos? ¡Quitarles a sus dioses!...

Agarrado entonces Pablo, lo apedrean en medio de la ciudad, y, dándolo por muerto, lo sacan a rastras hasta las afueras donde lo dejan tendido para que se lo coman los buitres y las fieras del campo.
Se echa encima la noche, y unos discípulos vienen a recoger el cadáver para darle honrosa sepultura. Pero, contra toda esperanza, Pablo daba señales de vida.
Sano del todo milagrosamente, al otro día salía tranquilo de la ciudad.

La primera misión apostólica, después de evangelizar Derbe, había durado unos cuatro años. Los dos apóstoles regresaron por las ciudades evangelizadas y animaban a los discípulos con estas palabras:

- ¡Adelante! ¡Buen ánimo siempre! Y “no olviden que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.

Llegaron por fin a Antioquía de Siria, de donde habían partido. El júbilo de la comunidad cristiana era incontenible, cuando Pablo y Bernabé “se pusieron a contar lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto a los gentiles las puertas de la fe”.

La Iglesia estaba en marcha, y nadie la podría ya detener…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 16 de julio de 2008

5. La Iglesia de Antioquía. Emociones a montón

En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos.

Un día del año 40 ó 41 se armó un serio revuelo en la primera iglesia de Jerusalén.

-¿Ya saben la noticia? Dicen que en Antioquía se ha formado una nueva comunidad de prosélitos, de piadosos y hasta de paganos. Todos creen en el Señor Jesús. Y dicen que hasta se manifiesta el Espíritu realizando en ellos grandes prodigios.

Total, que los apóstoles tomaron cartas en el asunto, y ordenaron a Bernabé, discípulo judío de Chipre, bondadoso, querido de todos, lleno del Espíritu Santo, y le encomendaron:

-Vete a Antioquía. Entérate bien de todo, y nos mandas informes.

La primera impresión de Bernabé fue una admiración profunda, acompañada de una enorme alegría:

-Pero, ¿qué esto? ¡Aquí está la mano del Señor! ¡Tantos creyentes, venidos del paganismo! No se circuncidan, pero, ¡lo unidos que viven!... (Hch 11,19-30)

¿Cómo era posible tal prodigio, precisamente en Antioquía de Siria, una ciudad corrompida de veras, la más grande del Imperio después de Roma y Alejandría?Aquellos misioneros ambulantes, surgidos de Jerusalén cuando la muerte de Esteban, anunciaron a Jesús en Antioquía y se llegó a formar aquella iglesia tan esperanzadora.

Bernabé no puede con su gozo. Aunque no se cree capaz de llevar él solo la organización de una comunidad tan numerosa y tan complicada también, de cristianos judíos, de prosélitos y de griegos o paganos.

Y fue entonces cuando tomó la decisión, que ya sabemos, de ir personalmente a Tarso para traerse consigo a Pablo.

Pasan juntos un año trabajando en la grande y bella ciudad. Un año en que sucedieron, tres acontecimientos señaladísimos.


Ante todo, con la actividad de Bernabé y el impetuoso Pablo, se unió a la Iglesia “una gran muchedumbre”. Así lo dicen literalmente los Hechos: “una gran muchedumbre”.


Después, algo que nos entusiasma y casi nos hace saltar las lágrimas de los ojos cuando lo leemos al pie de la letra: “En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos”.

¿Quién fue el pagano que tuvo la ocurrencia de llamar así a los seguidores de aquella nueva secta de los judíos?...

¡Cristianos! Esos que siguen a ese tal que ellos llaman Cristo... Así recibimos el nombre que constituye nuestro mayor orgullo.


El otro hecho fue doloroso, pero emociona al ver el amor de hermanos que entraña. Un cristiano - sí, ¡un cristiano!, así nos vamos a llamar ya siempre -, de nombre Ágabo, dotado del don de profecía, se levantó en la asamblea, y exclamó lleno del Espíritu Santo:

-Hermanos, va a venir una gran hambre sobre toda la tierra, en todo el Imperio.

El hambre se cebó especialmente en Judea, y los cristianos de Antioquía determinaron:

-¡Recursos para los hermanos de Judea! Que cada uno dé según sus posibilidades.

Fue mucho lo que se recogió, y determinaron que fuesen Bernabé y Pablo los que llevaran personalmente aquel auxilio a los hermanos de Jerusalén.

Corría el año 44. Y los dos enviados depositaron tan hermosa ofrenda a los pies de los presbíteros de la iglesia madre. Eran los días en que los apóstoles sufrían la persecución en Jerusalén, cuando el rey Herodes Agripa mandó decapitar a Santiago y encarceló a Pedro para ejecutarlo también.

En aquellas circunstancias de persecución sobre los apóstoles, Pablo y Bernabé no se detienen en Jerusalén y regresan pronto a Antioquía, donde pronto se va a realizar un hecho de importancia grandísima (Hechos 13,1-3)

Se hallaban todos en asamblea cristiana, presidida por maestros y profetas como Simeón el Negro, Lucio de Cirene, Manahem, hermano de leche de Herodes Antipas - el rey que mandó decapitar a Juan el Bautista, - además de Bernabé y Pablo.

Celebraban el culto, y se alzó la voz de un espontáneo, dotado del don de profecía:

“¡Sepárenme a Bernabé y a Pablo para la obra a que los tengo llamados!”.

Se adivinó clara la voz del Espíritu Santo, y fue obedecida prontamente.

-¿A dónde hay que ir?... Oraron todos, ayunaron, y encomendaban el asunto al Cielo mientras los dos elegidos escogían el primer puesto de misión.

Bernabé era judío helenista de Chipre, y decidieron, como lo más práctico y como la mejor prueba, empezar por esa isla. De allí darían el salto Asia Menor en el continente.

La iglesia de Antioquía fue la primera en sentirse misionera, diríamos, de manera oficial.

Sus dirigentes impusieron las manos a los dos elegidos, mientras todos los despedían emocionados:

-¡Vayan! ¡Lleven a todas partes el nombre del Señor Jesús!...


¡Qué escena tan emotiva, repetida después mil veces en la Iglesia a través de los siglos!

San Gregorio Magno, al enviar misioneros desde Roma a Inglaterra:
-¡Vayan al país que nos manda a esos hombres rubios que parecen ángeles!...

Francisco de Asís a sus frailes:
-¡Hermanos! A Marruecos, a convertir a los mahometanos o a sufrir el martirio!

Jordán de Sajonia, sucesor de Domingo de Guzmán, a los primeros dominicos:
-¿Quién quiere ir a las misiones extranjeras?... Y todos los presentes, arrodillados y generosos: -¡Padre, mándeme a mí!

Ignacio de Loyola:
-¡Maestro Javier! ¡Maestro Rodrígues!, Dios los quiere en la India… ¡José Anchieta, marcha a Brasil!

El Padre Colin:
-Bataillon, Pedro Luis Chanel, Mis hermanos Marianistas: ¡Oceanía les espera con sus islas innumerables!…

Así han sido, y así todavía siguen siendo todos los envíos de misioneros y misioneras de la Iglesia, y esto se les dice cuando se les impone el Crucifijo.

Y así lo haremos siempre, imitando el gesto que nos enseñara la iglesia antioquena con el envío de Pablo y Bernabé…

Todo esto de Antioquía nos los escribe Lucas, el querido Lucas, médico antioqueno, pagano convertido, testigo de muchas cosas que narra de aquella iglesia envidiable.

Escapado de Jerusalén cuando Dios lo libera milagrosamente de la cárcel, Pedro tendrá también en Antioquía - al menos temporalmente -, su cátedra de primado de la Iglesia.

Esta Iglesia dará después grandes Santos, como Juan Crisóstomo; pero, ante todo, Ignacio de Antioquía, una de las figuras más queridas de la antigua Iglesia, y que en estos días era un simple muchacho, discípulo de los apóstoles, entusiasmado por Jesús y su Iglesia.

¡Antioquía! Ciudad e Iglesia de tantos recuerdos cristianos…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 15 de julio de 2008

Lo que Cristo quiere ser para tí....

Tengo a Dios en medio de mi corazón... ¡Todo está arreglado; adiós tristeza, adiós soledad, adiós lágrimas!

Te invito a abrir el Evangelio y a descubrir eso que Cristo quiere ser para tí....

El quiere ser amigo, un amigo sincero de sus vidas (Jn.15,14)

“¿No ardía nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” Así hablaban Cleofás y su amigo de su encuentro con Jesús. Así hablan los que experimentan su amistad. Su corazón arde.

Nosotros buscamos estima. Nadie nos estima como Él.
Buscamos aplausos. Nadie nos aplaude como Él.
Buscamos afecto. Nadie nos ama ni nos amará como Él.

Pero es un amor que nos eleva, nos hace sufrir, según el dicho: “Quien bien te quiere te hará llorar”. Porque no exigir de la persona amada que sea lo mejor, sería indifrencia, lo contrario del amor. Como el amor de Cristo a nosotros es muy sincero no puede permitir que seamos mediocres. Tu amor no me permite ser un mediocre.

Él quiere ser tu compañero, un compañero de camino, como quiso serlo, para llenarles de optimismo, de aquellos discípulos atormentados y desanimados de Emaús (Lc. 24,13-35)

No es lo mismo trabajar por Él que trabajar con Él. Tenemos que hacer el apostolado juntos: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo...”
Nos da, además, la compañía de su Madre: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”; palabras dichas por la Virgen a Juan Diego.
A veces nos empeñamos en caminar solos por la vida, como huérfanos tristes...

Él quiere ser vida, tu vida, como lo fue para aquel joven muerto de Naín o para aquel corazón también muerto por la ambición de Zaqueo (Lc. 19, 1-10)

Vida es entusiasmo, felicidad, ideal, triunfo, satisfacción, juventud perenne. Jesucristo dice tener todo esto y quiere comunicarlo. “Si conocieras...pedirías, y Él te daría agua viva”, le dijo a la Samaritana.
Cuantos jóvenes envejecidos prematuramente por el vicio, con el alma lacerada por el hastío, por el desengaño, la frustracción o el aburrimiento; su vida ha perdido la brújula, ¿para qué y por qué vivir? No tienen respueta. De aquí al suicidio no hay sino un paso lógico, que muchos, por desgracia, dan. Y todo porque no conocen ni tienen a Cristo.

Él quiere ser camino, tu camino, para ti que tanteas en las tinieblas anhelando una salida a tus ansias de felicidad (Jn.14,5)

Todos queremos ser alguien, realizarnos, valer para algo, realizar grandes cosas, ser líderes.

¿Cómo lograrlo? La Santísima Virgen nos da la solución en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga”. La solución consistió en que en que en una boda en la que faltaba el vino se sirvió el mejor vino del mundo.

Él quiere ser verdad, tu verdad por la que luches y vivas.

La verdad de la vida y de las cosas, el sentido y razón y felicidad de tu vida.
Mi vida tiene una verdad; voy rumbo al puerto, mi vida tiene esperanza, tiene frutos realizaciones, tiene plenitud con Cristo.

Él quiere ser resurrección, tu resurrección, es decir, tu esperanza, tu anhelo de una vida sin fin.

Resurrección de todas las ilusiones muertas o moribundas, también de las ilusiones humanas, intelectuales. Resurrección de las grandes ideales y metas de la vida.

Él quiere ser alegría, la fuente de tu felicidad.

La tristeza no es cristiana. La amargura y el desaliento tienen otro dueño. Mi tristeza y amargura son la cadena que me tiene amarrado al demonio.

A Cristo le gusta abrir jaulas, quitar cadenas, abrir puertas de cárceles, tender puentes en el abismo.. “He encontrado a Cristo y por tanto la alegría de vivir...”¡ A qué poco sabe el mosto, la cerveza... al lado de Cristo!

Él quiere ser amor, ese amor que inunde de plenitud tu existencia.

El deseo más fuerte del hombre es amar y ser amado. En el cielo este anhelo se transforma en éxtasis. Por la calle y por la vida pasan amores que nos acalambran por un rato...amores que engañan, que prometen felicidad total, y nos dejan con unos pétalos marchitos en las manos. Cristo es el Amor eterno, que te ama desde siempre y para siempre y te hace plenamente feliz, si tú quieres.

Él quiere ser roca, la roca en donde tu debilidad encuentre fortaleza y optimismo. (Mc, 4, 35-41)

Rompeolas, roca de cimiento, muralla que defiende. Esto significa sentir seguridad, valor, certeza, fuerza, ímpetu juvenil, audacia, pasión por la misión y por la vida.

Él quiere ser paz, paz para tu corazán a veces atribulado y a veces probado por el dolor y el sufrimiento.

Quiere que luches, pero con paz interior. “Aquí me sorprende el recuerdo de la realidad más radiante que vivimos los cristianos. Tengo a Dios en medio de mi corazón...¡ Todo está arreglado; adiós tristeza, adiós soledad, adiós lágrimas! ¡Lo tengo todo! El está conmigo, Él me consuela, Él me sanará...”

“La vida del alma, minuto a minuto es siempre bella , preciosa y emocionante, cualquiera que sea la condición del cuerpo. Ningún precio es suficiente para pagar la intimidad con Cristo”.

Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada la falta. Sólo Dios basta”.

Él quiere ser “pan”, pan que fortalezca tu espíritu en tus luchas y desgastes.
Pan espiritual que me da la vida eterna. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna...”

Pan de la ilusión y el entusiasmo por los grandes ideales.
Pan de la victoria y de los resultados.
Pan de la perseverancia.
Pan para repartir a los hambrientos.

Él quiere ser perdón, para consolarte en tus caídas y debilidades.
Un perdón eterno, de todo y de siempre. Mucho me tiene que querer el que me ha perdonado tanto. “El que siempre nos soporta y nos perdona, olvidando nuestras pequeñas o tremendas ofensas a su amor”.
“Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen”. Si algo le salió del corazón fue esta petición a su Padre. El Padre le respondió: Hijo mío, porque Tú me lo pides, y me lo pides así, los perdono”.

Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net Continua Leyendo...

lunes, 14 de julio de 2008

4. Damasco-Jerusalén-Tarso. Primeros pasos del convertido

¡Jesús está vivo, resucitó! ¡Se me apareció a mí, el perseguidor! ¡Lo he visto con mis propios ojos!

En la meditación anterior dejamos a Pablo completamente normalizado después del tremendo choque sufrido ante las puertas de Damasco. Corría probablemente el año 34, y Pablo confesaba a todos en Damasco:

-¡Jesús está vivo, resucitó! ¡Se me apareció a mí, el perseguidor! ¡Lo he visto con mis propios ojos!…

Como no le convenía continuar en Damasco, ni era prudente ir todavía a Jerusalén, tanto por las autoridades judías como por los mismos apóstoles, toma Pablo la resolución:

-¡Me marcho a Arabia! He de meditar y prepararme para lo que el Señor me dijo y me encargó.

Y es ahora, con la reflexión, cuando va madurando el que Pablo llama “mi evangelio”.
No tiene propiamente apariciones del Señor, pero sí una asistencia clarísima del Espíritu Santo. Pablo reflexiona:

“¿De qué me ha servido la Ley? De nada. Ella no era sino una preparación para el Cristo que había de venir.

La Ley está ya de sobras. Ahora, para alcanzar la salvación, basta la fe en el Cristo crucificado y resucitado. Por lo mismo, tanto la circuncisión como la Ley con sus innumerables prescripciones están ya fuera de lugar.

Además, ¿por qué el Señor me reprochó que le perseguía a Él, si yo no lo conocía ni lo tenía conmigo para atraparlo? Yo perseguía a sus discípulos. Esto quiere decir que los bautizados no forman con Jesús sino un solo cuerpo. El Cristo y los suyos son una sola cosa…

“El Señor me dijo por Ananías, cuando vino a devolverme la vista y a bautizarme, que me iba a enviar a los gentiles…

Por lo mismo, será inútil obligarles a la circuncisión y a las prescripciones de la Ley. Les bastará a todos, judíos como gentiles, la fe en Cristo Jesús…

No necesitarán más ley que el Espíritu Santo metido en sus corazones, ese Espíritu que yo siento tan adentro de mí desde que recibí el bautismo”…

¿Nos inventamos nosotros esto?... Nosotros relatamos así, puesto en labios de Pablo, lo que él nos repetirá mil veces en sus cartas.

Pablo regresa a Damasco; predica cor ardor de Jesús; y, perseguido por los judíos, ha de huir pintorescamente, metido en una espuerta y descolgado por la muralla.

El fugitivo llega a Jerusalén, y nos cuenta:

“Personalmente, no me conocían las iglesias de Cristo en Judea. Sólo habían oído decir: ‘El que antes nos perseguía, ahora anuncia la Buena Nueva de la fe que entonces quería destruir’. Y glorificaban a Dios por mi causa”

Pero todos le temían, hasta que Bernabé lo presentó a los apóstoles y a la Iglesia:

-No le tengan miedo. “El Señor se le apareció, y en Damasco ha predicado con valentía el nombre de Jesús” (Ga 2,22-23. Hch 9,26-30)

Fue Pablo a Jerusalén, nos dice él mismo, “para ver a Cefas, y permanecí quince días en su compañía” (Ga 1,18-19)

¡Y cuántas cosas aprendió Pablo en estos días con los apóstoles que pudo tratar!, pues “andaba por Jerusalén con ellos”, nos dice Lucas.

Bastaría para convencernos espigar algo en sus cartas, como la tradición viva de la Resurrección o la institución de la Eucaristía, como escribirá Pablo después:

“Yo mismo recibí personalmente esta tradición…, y les trasmito a ustedes lo que yo recibí” (1Co 11, 23-25)

¿Qué significa todo esto?... Que Pablo se interesó sumamente por saber de los testigos los puntos capitales sobre la vida de Jesús, y que los apóstoles se lo contaban todo, todo…

Fue importantísimo para Pablo el saber la genealogía de Jesús y dónde nació:

-¿Era Jesús realmente el prometido descendiente de David? ¿Por quién y cómo? ¿Nació en Belén, según la profecía de Miqueas, o tal vez en Nazaret?,... Por eso, tuvieron que contarle la concepción virginal de Jesús y su nacimiento en Belén.
Testigo único era María su Madre, confiada por el Señor a Juan y que aún vivía con él.

Los historiadores más serios y exigentes de Pablo se han entretenido en relatar las conversaciones que Pedro y Pablo hubieron de sostener en estos días. Pedro acompañaba a Pablo a los lugares más emotivos de la vida del Señor.


En Getsemaní: -Mira, Pablo, aquí sufrió el Señor aquella agonía tan espantosa…

En el Calvario: -Sí, Pablo, aquí se alzó la cruz; aquí murió el Señor.

En el Sepulcro. -¡Míralo! Sigue vacío. De él salió triunfante el Señor.

En el Cenáculo: -Aquí nos dio el Señor su cuerpo y su sangre. Aquí recibimos el Espíritu Santo…

Pablo absorbía con verdadera pasión toda noticia sobre Jesús. La vida del Señor la iba aprendiendo de labios de todos los testigos, tan viva en la tradición de la primera comunidad, aunque no se tuvieran aún los evangelios escritos. El Jesús de la fe se sostenía en la mente de Pablo sobre la base firmísima del Jesús histórico.

Pablo “andaba por Jerusalén predicando con valentía en el nombre del Señor. Y hablaba también y discutía con los helenistas, pero éstos intentaban matarle”.

Pablo contará muchos años más tarde, dirigiéndose precisamente a los judíos que le escuchaban en Jerusalén:

“Estando orando en el Templo, caí en éxtasis, y vi al Señor que me decía: Date prisa, y sal inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí. Marcha, pues yo te enviaré lejos, a los gentiles” (Hch 22,17-21)

Entonces los jefes de los judíos tomaron la resolución que era de esperar:
-¡Hay que acabar con este Pablo!...

Pero los hermanos, conocedores de la conspiración, “lo enviaron a Cesarea y de allí lo encaminaron a Tarso”, haciéndole montar en alguna nave.

Pablo, por su parte, aceptó gustoso esta salida precipitada. Y se despidió:

-Adiós, Jerusalén! Ciudad santa, no por el Templo, sino ahora por la Cruz y por el Sepulcro del Señor.

Ocurría todo esto el año 37. ¿Qué hizo Pablo en su patria? No lo sabemos con certeza. Él nos dice que fue a las regiones de Siria y Cilicia (Ga 1,21), o sea, que durante unos cuatro años se dedicó, aunque moderadamente, a visitar las iglesias de estas regiones.

Al final de este tiempo, y antes de emprender la marcha definitiva, tuvo la gracia mística que relatará catorce años después:

“Fui arrebatado al paraíso, y escuché palabras inefables que al hombre le es imposible expresar” (2Co 12,4)

Hasta que vino Bernabé, judío helenista de Chipre, y le invitó con decisión:

-¿Qué haces aquí, Pablo? ¡Vamos, que nos esperan en la Iglesia de Antioquía!

Con los dos, iremos también nosotros a Antioquía en la meditación siguiente. Porque el atractivo de la Iglesia de Antioquía es irresistible…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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viernes, 11 de julio de 2008

Es difícil renunciar a sí mismo y cargar la cruz

Cuando Cristo nos pide renuncia, en realidad nos está invitando a vivir plenamente la vida.

No sé si a usted le ocurre lo mismo que a mí. Algunas expresiones del Evangelio me han sido difíciles de entender, cuanto más de vivirlas.

Una de ellas es la que el Santo Padre ha propuesto a los jóvenes: “En esta ocasión, deseo invitarles a reflexionar sobre las condiciones que Jesús pone a quien decide ser su discípulo: Si alguno quiere venir en pos de mí – Él dice -, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9, 23).

De las tres condiciones que Cristo pone (renunciar a sí mismo, tomar la cruz y seguirle), la primera me ha creado más dificultades de comprensión.

Parecería que Jesucristo y el mismo Papa no saben mucho de psicología y sociología humana, pues “el hombre tiene arraigado en el profundo de su ser la tendencia a pensar en sí mismo, a poner la propia persona en el centro de los intereses y a ponerse como medida de todo”. ¿Cómo, entonces, se les ocurre pedir al hombre, y más aún al joven, que renuncie a sí mismo, a su vida, a sus planes?

En realidad, “Jesús no pide que se renuncie a vivir, sino que se acoja una novedad y una plenitud de vida que sólo Él puede dar”. He aquí el elemento que nos hace entender las palabras evangélicas. En realidad no se nos pide renunciar sino todo lo contrario. Se nos pide y recomienda acoger, y en concreto, acoger toda la grandeza de Dios.

Quizá un ejemplo nos ayude a entender este juego verbal entre renunciar y acoger. Cuando unos recién casados me piden bendecir su hogar me muestran, una por una, las dependencias de la casa: el comedor, la cocina -- ¡para que no se le queme la comida!, suelen comentar los maridos --, la sala de estar, la habitación del matrimonio -- me da mucho gusto cuando la preside un crucifijo o una imagen de la Virgen -- y la habitación de los niños. Ésta ordinariamente, como todavía no han llegado los bebés, está llena de todos los regalos de boda. No falta el comentario de la esposa que se excusa porque todavía no ha tenido tiempo de revisar todos los presentes recibidos.

Pero, he aquí que llega la cigüeña y es necesario preparar la habitación para el bebé. ¿Qué se hace? ¿Se renuncia a los regalos? ¡Ni mucho menos! El deseo de acoger al primer hijo, plenitud del amor y de la vida de los nuevos esposos, les mueve a buscar lugares en el hogar dónde colocar los regalos de modo ordenado.

El modo de actuar de los primerizos papás es algo parecido a lo que Cristo nos pide. Como la alegría del primer bebé ordena las cosas del hogar, así cuando “el seguimiento del Señor se convierte en el valor supremo, entonces todos los otros valores reciben de aquel su justa colocación e importancia”.

”Renunciar a sí mismo - dice el Papa - significa renunciar al propio proyecto, con frecuencia limitado y mezquino, para acoger el de Dios”. Pero debemos entenderlo correctamente. Renunciar a sí mismo no es un rechazo de la propia persona y de las buenas cosas que en nosotros hay, sino acoger a Dios en plenitud y con su luz, no con la nuestra, ordenar todos los elementos de nuestra vida.

Ante nuestros proyectos limitados y mezquinos, como los llama el Santo Padre, se encuentra la plenitud del proyecto de Dios. ¿En qué consiste esta plenitud? En primer lugar, ante el limitado plan humano del tener y poseer bienes, Dios nos ofrece la plenitud de ser un bien para los demás. En realidad, el Señor no quiere que rechacemos los bienes, por el contrario desea que nosotros nos convirtamos en un bien y usemos de lo material en la medida que nos ayude a ser ese bien para los demás. “La vida verdadera se expresa en el don de sí mismo”.

A la autolimitación del hombre que “valora las cosas de acuerdo al propio interés”, se nos propone la apertura a la plenitud de los intereses de Dios. Se nos invita a obrar con plena libertad aceptando los planes de Dios, que siempre serán mejores que los nuestros. No se nos quita la capacidad de decidir. Por el contrario, se nos ofrece la oportunidad de que nuestra libertad escoja en cada momento lo mejor para nosotros, que es la voluntad de Dios.

Por último, a la actitud humana de “cerrarse en sí mismo”, permaneciendo aislado y sólo, se nos propone el vivir “en comunión con Dios y con los hermanos”. No se nos pide dejar de ser nosotros mismos. Más bien, se nos invita a valorar lo que somos, hasta el punto de considerarnos dignos para Dios y para los demás.

En resumen, cuando Jesucristo nos pide renuncia, en realidad nos está invitando a vivir plenamente la vida.

Autor: P. Juan Carlos Ortega Rodríguez Continua Leyendo...

jueves, 10 de julio de 2008

¿Qué pan queremos?

¿Qué queremos: el pan de cebada que sólo alimenta el cuerpo, o el Pan del cielo, que alimenta el alma?

Nos quedamos maravillados por la multiplicación de los panes de cebada que hizo Jesús, alimentando a cinco mil hombres. ¡Gracias a que compartimos nuestros cinco panes y dos pescados! ¡Si no, no hubiera habido milagro, ni alegría ni sobreabundancia!

¿Qué queremos: el pan de cebada que alimenta nuestro cuerpo solamente, o también el pan del cielo, la eucaristía, que alimenta nuestra alma?

En el desierto falta todo... En el desierto, el pueblo de Israel -y nosotros con él- aprende a experimentar la condición de “pobre”, de “necesitado de todo”, especialmente del auxilio de Dios. Dios quiso probar a su pueblo, para ver qué clase de pan le pedía: el de cebada o el del cielo.

¿Qué queremos: el pan de cebada que alimenta nuestro cuerpo solamente, o también el pan del cielo, la eucaristía, que alimenta nuestra alma?

Los judíos de ese entonces, por lo visto, sólo querían el pan de cebada. Y se escandalizaron del otro pan, el pan que alimentaría su espíritu, y que Jesús les estaba prometiendo.

Nosotros hoy, cristianos del siglo XXI, ¿vivimos más interesados del pan de cebada o del pan del cielo?

Está claro que en este desierto de la vida necesitamos comer, como aquellos israelitas, a quienes Moisés sacó de Egipto y caminaron por el desierto. Durante esa travesía también comieron y alimentaron su cuerpo, por la bondad de Dios.

Pero Dios quiso probar a su pueblo, para ver qué clase de pan le pedía: el de cebada o también el del cielo. Y les dio el maná del cielo, y les supo a nada, a poco, sin sustancia, sin sabor. Quería sólo el pan de cebada.

¡No hay otra! Y se quejó el pueblo de Dios. Quiere comer carne y cebollas, como en Egipto. No quiere ese pan suave que le fortalecería, aunque no le dé gusto a su sensualidad. ¡Quiere pringarse y chuparse bien los dedos después de haberlos metido en esas ollas repletas, hondas y humeantes del Egipto seductor!

¡Nada! Ese pueblo quiere pan de cebada y acompañamiento de dinero, amor, placer, felicidad, confort, éxito y poder... no quiere ese pueblo de Israel, no, ese pan insulso del cielo ni su guarnición de fe, oración, virtudes, mandamientos, principios, valores, promesas y destinos.

Igual les pasó a aquellos judíos que siguieron a Jesús: le buscaron sólo por el pan de cebada que engordaba el estómago y el cuerpo. Y se escandalizaron cuando les quiso dar el Pan del cielo, que es Su Cuerpo que alimenta y fortalece el alma.

¡Y pensar que este Pan del cielo que nos trae Jesús, nos quita de verdad el hambre del espíritu: el hambre de amor, de seguridad, de tranquilidad, de felicidad, de reconocimiento, de prestigio, de éxito personal, matrimonial, social, profesional, etc..!

Sin el Pan del cielo, sin el Pan de la eucaristía todo es insatisfacción y tristeza y decaimiento y desgana.

¿Qué queremos: el pan de cebada que sólo alimenta el cuerpo y da gusto al estómago, o también el Pan del cielo, que alimenta el alma y da gusto al espíritu, que acalla todas nuestras hambres profundas?

¿Cuánto hacemos por el cuerpo, cuánto hacemos por nuestra alma? ¿Qué nos pide de ordinario el cuerpo?

Lo sabemos, y contesta San Pablo en la carta a los efesios (cf. Ef 4, 17ss): nos pide frivolidades. Que es lo mismo que decir sensualidades, gustos, caprichos, antojitos, satisfacción de la concupiscencia, ya sea la de la carne como la del espíritu.

¡Y así estamos, gordos, bien gordos por las cosas mundanas que comemos tan a gusto! Y, ¿el espíritu y el alma? ¿Qué nos pide el espíritu? Nos contesta de nuevo san Pablo en esta misma carta a los efesios: no proceder como los paganos, despojarnos del hombre viejo sensual, egoísta, soberbio, vanidoso, perezoso, lujurioso. El espíritu pide alimentarnos de justicia y santidad verdadera.

¿Cómo está nuestro espíritu: flaco, famélico, o fuerte y robusto? ¡Cómo nos preocupa si nuestro cuerpo enflaquece, o tiene mal color o aspecto...! ¿Y el alma?

Se cuenta que al fakir de cierto poblado, con las costillas a la intemperie y tumbado en su catre de clavos, punta al cielo, le preguntaba la gente.

¿Tú no tienes que comer?
Sí, pero no me lo pide el cuerpo.

¿Es que eres distinto de todos los demás?
Es que al cuerpo no se lo pide el espíritu.

Y sigue la leyenda: “Cuando dieron las 12, todos se fueron a casa y se sentaron a comer. El fakir se fue a su chamizo y si arrodilló en oración”. Cuando se enteró la gente, bisbiseaba lo ocurrido. Y todo porque ante el fakir, con su culto al espíritu, ellos se avergonzaban de su propio culto al cuerpo. No sé si llegaron a sospechar que si estaba delgado el fakir, se debía a que el espíritu no le pedía al cuerpo que comiera.

¿Quién manda y ordena en mí: el cuerpo o el espíritu? Ojalá que sea el espíritu quien mande en nosotros y podamos decir siempre a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan” del cielo que alimenta nuestra alma. Acerquémonos a la eucaristía que la Iglesia nos ofrece, para saciar nuestra hambre de Dios y de eternidad.

Si las sociedades decaen, si los pueblos se debilitan, si los estados se vuelcan al laicismo, si vemos a tanta gente demacrada, somnolienta, decaída y triste, si algunas familias enflaquecen en valores, si hay tantos jóvenes sin fuerza para resistir las tentaciones mundanas y luchar por la santidad de vida... ¿no será porque nos está faltando este Pan del cielo?

Señor, danos siempre de ese pan.

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 9 de julio de 2008

3. Ante las puertas de Damasco. La conversión de Pablo

Cada hombre ha tenido en su vida un momento de propia conversión. Y entonces ha surgido el gran ideal: Conocer a Jesús, hacer algo por Él.

La noticia desconcertó en Jerusalén a todas las autoridades religiosas judías:

- ¿Es que no lo saben? Saulo, o Pablo, ese judío de la diáspora, Maestro tan prometedor, ha traicionado a nuestros sumos sacerdotes, y con las cartas que llevaba consigo y le autorizaban traer presos a los de la maldita secta del Nazareno, ¡él, el mismo Saulo, se ha hecho uno de ellos!...

Esta era la dura realidad para las autoridades judías. ¿Qué había ocurrido?...
El diácono Esteban acababa de ser lapidado, y Saulo, Pablo, convertido en el mayor perseguidor de la naciente Iglesia, se dirigía a Damasco para traer a Jerusalén y condenar y ajusticiar a los discípulos helenistas allí refugiados.

Ocho días de duro caminar sobre las cabalgaduras, con el forzoso descanso del sábado.

Bajo un sol implacable y el calor sofocante del mediodía, llega la comitiva ante las puertas de la ciudad amurallada.

De repente, un globo esplendoroso de luz circunda a Pablo, y un rayo fulminante le derriba en tierra, a la vez que oye una voz de acento inefable, mientras contempla una figura que le mira de manera indescriptiblemente amorosa:

- Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?...

- ¿Quién eres tú, Señor?

- Yo soy Jesús, a quien tú persigues.

En unos segundos de densidad eterna, el caído en tierra se da cuenta perfecta de todo:

- ¡Luego Esteban tenía razón! Decía que estaba viendo al Hijo del Hombre a la derecha de Dios, ¡y era verdad! Ese Jesús a quien yo odiaba es el Mesías esperado. Al que yo llamaba “el maldito crucificado”, ¡aquí lo tengo, está Resucitado, y es Señor!...

En unos instantes ha visto Saulo todo un mundo. Y responde con generosidad admirable:

-Señor, ¿qué quieres que haga?...

Y Jesús, a quien ve Pablo con sus cinco llagas resplandecientes:

- Levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer.

Los acompañantes están perplejos, han notado la luz, han percibido una voz también, pero no han visto a nadie ni entendido nada.

Terminada la visión, Saulo apenas se puede levantar, y sus ojos cegados no ven. Lo levantan, le sostienen por las manos, lo conducen a pie hasta la ciudad, y lo dejan en casa de un judío conocido llamado Judas, sita en la calle principal.

Pablo ni ve ni habla. Ensimismado, no come, no bebe, no escucha a nadie. Sólo sus labios musitan algunas oraciones ininteligibles. Así tres días.

Hasta que al fin recibe una visita extraña. Un anciano venerable que se le presenta:

-Saulo hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me manda para que recobres la vista y te llenes del Espíritu Santo.

Saulo nota cómo Ananías le impone las manos; a su contacto se le caen de los ojos apagados unas como escamas, producidas por la luz intensa del Resucitado, y recobra la vista.

Sabiendo muy bien quién es Jesús, acepta sin más ser bautizado en una de aquellas tinas de agua de la posada de Judas.
Recupera las fuerzas con el alimento que toma después de tan prolongado ayuno, y ya tenemos ahora a Saulo, a Pablo, convertido en un ser totalmente distinto. En este hombre ha muerto todo un mundo, y ha surgido una nueva creación.

¿Qué decir de la conversión de Pablo?

Después de la Resurrección de Jesús, es el acontecimiento más extraordinario y de mayores consecuencias acontecido en la Historia de la Iglesia.

Los enemigos de Jesucristo no saben cómo revolverse ante este hecho innegable, y, para negarlo, han inventado explicaciones tan ingeniosas como necias. Todos vienen a decir lo mismo:

-¡No, semejante aparición ante Damasco no existió!...

Uno dirá:

-¿Qué ocurrió? Simplemente, con el calor sofocante del mediodía, una insolación hizo hervir los sesos de Pablo y se imaginó ver y oír a aquel a quien perseguía…

Otro apostillará:

-¡Bonito relato! ¡Vaya imaginación que tenía el escritor de los Hechos de los Apóstoles! Todo es pura fantasía.

Otro dará una nueva y más poderosa razón:

-¡Claro! No podía Pablo con los remordimientos de su conciencia por la muerte de Esteban. Y a fuerza de pensar, vino a resolverse: ¡Esteban tenía razón! ¡Jesús tiene que estar vivo! Yo no lo he visto, pero debe ser así…

Vendrá uno más, y nos dirá:

-Todo fue una perturbación mental, causada por la descarga eléctrica de una furiosa tempestad procedente de los desiertos de Siria, que trastornó a Saulo, agotado por el duro caminar, y le hizo ver precisamente aquello que tanto odiaba…

Y queda la explicación más divertida:

-Jesús, desde luego, no había resucitado, porque, de hecho, nunca murió. Estaba al tanto de lo que tramaba Saulo, se le presentó terrible y amenazante frente a Damasco, le metió miedo con la espada que blandía, y Saulo, prudente, antes que morir prefirió rendirse y pasarse al bando que perseguía…

Hace ya mucho tiempo que empezaron a decirse tales disparates por los racionalistas. ¿Por qué?... Sabían bien lo que hacían tan perversamente.

La conversión de Pablo ante las puertas de Damasco es una prueba tajante de la Resurrección de Jesús. Y si Jesús resucitó, ¿quién era Jesús?... Lo que él decía: el Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador.

Los enemigos de Jesucristo saben esto muy bien. Por eso están empeñados en negar un hecho evidente y que no tiene vuelta de hoja, como decimos.

Pero además, si Pablo no vio personalmente a Cristo Resucitado, la vida de Pablo no tiene explicación humana.

Nosotros sabemos y decimos algo muy diferente de lo que afirman esos ciegos voluntarios, que no soportan ni a Jesús ni a Pablo. Nosotros vemos que a partir de las puertas de Damasco, Pablo es el gran enamorado de Jesucristo. ¡Cómo le quiere! ¡Cómo habla de Él! ¡Cómo trabaja por Él!...
No hay cristiano que no mire a Pablo como el gran amante de Jesucristo y no quiera ser, de una manera u otra, un segundo Pablo.

Porque cada cristiano ha tenido en su vida un momento u otro de propia conversión. Y entonces ha surgido en ese cristiano el gran ideal:

-Conocer a Jesús. Amar a Jesús. Hacer algo por Jesús…

Cuando el cristiano contempla a Jesús Resucitado, en quien cree a ciegas, y le pregunta también: -Señor, ¿quién eres?..., recibe la respuesta de Saulo, pero modificada, ¡y tan modificada!: -Yo soy Jesús, a quien tú tanto amas. ¿Qué quieres hacer por mí?...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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martes, 8 de julio de 2008

Cartas de Cristo

Ser mensajeros y reflejar el amor y la misericordia de Dios a los demás.

“Sois una carta de Cristo”. Así escribía san Pablo a los Corintios (2Cor 3,3). Cada cristiano debería ser, entre sus familiares, amigos, compañeros de trabajo, de estudio o de hospital, una carta de Dios, un mensaje que lleve la esperanza, el amor, la fe, a un mundo que necesita siempre recibir un mensaje que venga de los cielos.

Ser carta de Dios, ser carta de Cristo. ¿Cómo podemos reflejar el amor y la misericordia, si somos débiles, si somos frágiles, si somos pecadores? Muchas veces nuestro papel está arrugado, nuestras líneas son torcidas, nuestra caligrafía resulta ilegible. Otras veces, quienes nos ven perciben un mensaje bastante distinto del Evangelio, si es que no leen nuestros gestos y palabras como antievangélicos. Si resulta que lo más importante para nosotros es la propia carrera, el bienestar, el placer, el favoritismo, el triunfo, la venganza, ¿qué testimonio dejamos en el mundo? ¿Qué pueden decir los demás de un “cristiano” tan poco cristiano?

En medio de tantos fallos, en medio de tanto antitestimonio, brillan con especial luz muchos corazones, muchas vidas de hombres y mujeres que sí viven en el Evangelio. No aparecen en la prensa, no son personajes famosos. Pero están ahí, junto a la cama del enfermo, en el voluntariado, en las misiones, con la madre o el padre ancianos, entre los pobres más pobres (esos que ni siquiera pueden pedir limosna), entre los ricos vacíos de esperanza. Llevan una sonrisa, una fe, un amor, una certeza. Saben perdonar, aguantan las calumnias, piden por los perseguidores, comparten incluso lo poco que tienen.

“Sois una carta de Cristo”. De muchos modos esa carta ha llegado también a nuestras vidas. Nos toca tomar el sobre, con devoción, con un corazón sediento. Nos toca leer el mensaje, mirar al cielo, dar gracias. Después, de rodillas, podemos pedirle al Padre que nos haga mensajeros, que cambie nuestro corazón, que nos enseñe a vivir, desde hoy, como cartas de su Amor, como salvados por la Cruz de su Hijo amado.

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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lunes, 7 de julio de 2008

2. Pablo y Esteban. El celoso mantenedor de la Ley

Cuando se derramó la sangre del mártir Esteban, yo también me hallaba presente, y lo aprobaba, y guardaba los vestidos de los que le mataban.

Pablo, el Pablo que admiramos y queremos tanto, avanzaba en la vida y no acababa de digerir un grave remordimiento, como lo expresa de muchas maneras en sus cartas:
¡Yo no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios (1Co 15,9)

“Con poderes recibidos de los sumos sacerdotes, yo mismo encerré a muchos santos en las cárceles; y cuando se les condenaba a muerte, yo contribuía con mi voto. Frecuentemente yo recorría todas las sinagogas, y, a fuerza de castigos, les obligaba a blasfemar; rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta las ciudades extranjeras” (Hch 26,10-11)
“Fui un blasfemo, un perseguidor, un insolente” (1Tm. 1,13)

A pesar del perdón total que le había otorgado Jesús, no olvidaba Pablo la tragedia que él desató -o al menos fomentó- en la Iglesia naciente, como lo vamos a ver ahora.

Al principio, la Iglesia de Jerusalén vivía en una gran paz, aunque los apóstoles fueran llevados alguna vez a la asamblea de los judíos, el Sanedrín, encarcelados y azotados… Pero la cosa no pasaba de ahí.

Lucas nos describe idílicamente la vida de la primitiva Iglesia de Jerusalén. “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y un sola alma”. “Todos se reunían con un mismo espíritu en el Templo dentro del pórtico de Salomón, y el pueblo hablaba de ellos con elogio, aunque ninguno se metía entre ellos”. “También una buena cantidad de sacerdotes iba aceptando la fe” (Hch 4, 5 y 6)

Estos sacerdotes no pertenecían a los sumos sacerdotes del Sanedrín ni tenían altos cargos en el Templo, sino que eran levitas sencillos, los sacerdotes de menor categoría, los “Pobres de Yahvé” que esperaban el Reino de Dios. Y no era raro que entre los creyentes hubiera muchos fariseos de buena voluntad.

Hasta que un día saltó la chispa de la iscordia entre los creyentes y no creyentes griegos venidos de la diáspora. Porque la Iglesia de Jerusalén no estaba formada solamente por judíos palestinos, sino por otros muchos venidos de fuera. Estos judíos griegos o helenistas tenían sus sinagogas propias, como los Libertos, los Alejandrinos, los Cirenenses, los de Cilicia y demás…

Los helenistas que habían abrazado la fe eran los mayores contribuyentes del crecimiento de la Iglesia, que iba ganando cada vez más adeptos, muy fieles a Dios, pero también muy libres respecto de las costumbres judías mantenidas por los escribas y fariseos.

Uno de estos fieles helenistas era el diácono Esteban, gran conocedor de la Biblia, predicador elocuente, dotado por el Espíritu Santo con el don de milagros.

Pablo pertenecía a la sinagoga de los judíos griegos de Cilicia. Con sus propios ojos veía cómo crecía tan peligrosamente aquella secta de los discípulos de Jesús el Nazareno, crucificado, y, por lo mismo, un maldito de Dios según la Biblia (Dt 21,23), y del que decían que había resucitado.

Era cuestión de tomar cartas en el asunto, y los ojos de todos se dirigieron antes que a nadie a ese Esteban que realizaba tantos prodigios (Hch 6,8-15; 7,1-60; 8,1-3) Lo citan a discusión judíos de aquellas sinagogas griegas, entre ellas la de Cilicia, la de Pablo, “y se pusieron a discutir con Esteban; pero no eran capaces de enfrentarse a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba”.

Los judíos de esas sinagogas griegas, se dicen:

- ¿Qué hacemos? Con éste no vamos a poder, aunque tenemos que acabar con él, el más peligroso de todos. ¿Por qué no lo llevamos al Sanedrín?...

- Sí, sería lo más acertado. Pero hay que acudir con una acusación concreta. ¿Por qué no escogemos a dos, que vayan y depongan en el proceso? Podrían decir, por ejemplo: “Hemos oído a éste pronunciar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios”…

Efectivamente, así se hizo. Amotinan primero al pueblo, el cual arrastra a Esteban hasta el Templo donde se había reunido el Sanedrín.

¡Y declararon los falsos testigos igual, igual que en aquel proceso de Jesús ante Caifás, el mismo sumo sacerdote que preside hoy!:

“Este hombre no para de hablar contra el lugar santo y contra la Ley, pues le hemos oído decir que Jesús, ese Nazareno, destruirá este Lugar, este Templo, y cambiará las costumbres que Moisés nos transmitió”.

La acusación era gravísima. Los del Sanedrín y todos “clavaron los ojos en Esteban y vieron su rostro como el rostro de un ángel”.

El acusado improvisó el discurso de su defensa, trayendo toda la historia de Israel, pues, igual que Pablo, se sabía la Biblia de memoria.

Todos callaban, aunque se recomían por dentro, pues adivinaban hacia dónde se dirigía.

Y no se equivocaban. Al llegar a Jesús, se descolgó Esteban con una terrible acusación:

“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Igual que sus padres, así son ustedes. Ellos mataron a los profetas que anunciaron la venida del Justo, de aquel que ahora ustedes han maldecido y asesinado”.

No podía el Sanedrín con su rabia al verse acusado de la muerte de Jesús. Arman todos un barullo enorme, y llega al colmo su furor cuando Esteban, “lleno del Espíritu Santo y clavando sus ojos en el cielo, declaró: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios”.

Esteban había firmado su sentencia de muerte.

Tapándose todos los oídos al oír tan horrenda blasfemia, se abalanzaron sobre el acusado, sin votar tan siquiera la condena a muerte, lo arrastraron a las afueras de la ciudad, y lo lanzaron a una pequeña hondonada.

Era el lugar más apropiado para la ejecución. Arrojado Esteban violentamente, y mientras aún se mantenía en pie, oró al estilo judío, con los brazos en alto:
“¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!”.

Los dos testigos principales se quitaron los mantos para obrar con más libertad, y los entregaron al joven que se llamaba Saulo, el cual contará después entre lágrimas:

“Cuando se derramó la sangre del mártir Esteban, yo también me hallaba presente, y lo aprobaba, y guardaba los vestidos de los que le mataban” (Hch 22,20)

El primer testigo tira la primera piedra, el otro la segunda, y a continuación caía toda una lluvia de piedras sobre la víctima, que aún dejó oír su voz:
“¡Señor, no les tengas en cuenta este pecado!”.

Con esta plegaria en los labios, se dormía aquel testigo de Jesús, el primer mártir de la Iglesia.

“Se durmió”. ¡Qué expresión tan bella de los fieles, recogida en los Hechos de los Apóstoles! Nada de morir. El cristiano no muere, se duerme para despertarse otra vez…

Saulo, Pablo, no pudo medir las consecuencias de aquella muerte. Con la persecución sistemática emprendida aquel día contra la Iglesia, ésta rompía el corsé que la encerraba en Jerusalén, se esparció por las regiones limítrofes, crecía cada día más, y la plegaria última de Esteban la recogía Dios precisamente para convertir al perseguidor…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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sábado, 5 de julio de 2008

El camino mas corto

María es el puente, porque Ella se presenta a mí de modo cercano, para enamorarme y llevarme directo a los brazos de su Hijo.

Así lo dijo San Luis Grignon de Monfort, que el camino más corto para llegar a Jesús es a través de la Virgen. Yo quiero darles mi propio testimonio al respecto, porque lo he vivido en forma literal, en carne propia.

Si bien había tenido una educación en la fe en mi infancia, salí de la adolescencia habiendo olvidado totalmente mi religiosidad, mi espiritualidad. La enterré bajo toneladas de vanidades mundanas, anhelos de cosas vacías, una vida sin sentido espiritual. En este olvido de Dios transité más de dos décadas de mi vida, hasta que llegada la barrera de los cuarenta años me encontré enfrentado a una secuencia de calamidades personales, siendo la más conmocionarte una enfermedad que puso a riesgo o bien mi vida misma, o bien mi capacidad de una sobrevida normal.

Esta sacudida de mis cimientos me hizo circular un año en búsqueda de una nueva forma de vivir, de corregir lo que estaba mal en mi vida, sin advertir que era Dios quien me estaba llamando con Su sutil Palabra, a través del dolor.

Primero fue la Virgen la que hizo un ingreso fulgurante en mi realidad, sin saber siquiera yo quien era Ella. Pero en poco tiempo me enamoré perdidamente. ¿Quién es esta mujer, esta Niña-Madre que me llama de este modo? No podía comprender como en tan poco tiempo se había instalado en mí ese deseo de conocerla, de saber más sobre Ella. No había día en que no se presentara ante mi alguna referencia a su existencia. Joven, buena y llena de sabiduría, me llamaba.

De inmediato quise conocerla, empecé a buscar y leer escritos sobre Ella, a aprender de sus manifestaciones a través de los siglos, a su silenciosa pero fundamental presencia en los Evangelios. Alguien me dijo, tienes que rezar y meditar. ¡Pero si yo no sé hacerlo! De un día para el otro me encontré rezando el Santo Rosario a diario, mientras lloraba inexplicablemente cada vez que lo hacía. Era como liberar años de olvido, de desconocimiento, mientras una emoción interior incontenible me decía que si, que era eso lo que Ella quería.

En estos momentos me sentía absorbido por el amor que nacía en mí, pero algo me decía que había alguien más. Era Jesús, un Jesús totalmente desconocido para mí. ¿Quien es aquel que quiere robarme este amor por mi Madrecita del Cielo? Un Jesús distante, lejano, se dibujaba en el horizonte. Yo seguía mirando a María, pero Ella seguía hablando en cada texto, en cada oración, de Jesús.

Entonces, como empujado por la mano de la Niña de Galilea, empecé a querer saber de El. Poco a poco fui viendo el Rostro del Señor en cada rezo, en cada palabra que la Virgen ponía en mi camino. Jesús fue creciendo, acercándose, hasta que un día me encontré frente a El, a Su Estatura Divina.

María, entonces, se hizo a un lado y me dejó a solas con el Señor. Cada oración, cada lectura hizo centro en las Palabras de Jesús, mi Jesús. De a poco se presentó a mi alma como un Hermano, luego como un Amigo, para finalmente hacerme comprender que es infinita Su Divinidad. El abrazo de Jesús se hizo oración, se hizo meditación, pensamiento, deseo de conocerlo más y más. Nada quedaba de ese amor inicial por María, había sido superado por el amor a Jesús, un amor grande, redondo, completo, insuperable. María parecía estar a cierta distancia, sonriendo feliz de haberme llevado a El. Aprendí a orar dialogando con el Señor, compartiendo con El mis miedos y angustias, mis alegrías y sueños.

Pronto pude dimensionar mi amor por Jesús, y mi amor por María, unidos indisolublemente. Ella no puede ser pensada si no es junto a El. Mi amor inicial por la Virgen encontró su sentido, un sentido Cristocéntrico, perfecto. Pero estos giros de mi alma alrededor de Jesús y María me empezaron a mostrar que había algo más, algo que ellos compartían, como un tesoro que Ambos abrazaban y protegían. Curioso por saber de que se trataba, me encontré con la Eucaristía, y con la Iglesia toda. Llegué a la comprensión de lo que es la Iglesia por un camino espiritual, desde las suaves y firmes Palabras de Jesús y María. Las Escrituras adquirieron sentido, cerrando este círculo perfecto. La Iglesia se me presentó como el más maravilloso puente entre el Cielo y la tierra, entre espíritu y humanidad.

Mi amor por la Iglesia, de este modo, nació del amor inicial por María, que me llevó a Jesús, Quien me llevó a los Sacramentos, fundamento de la Iglesia toda. Círculos de amor, concéntricos, que se fueron acercando a un maravilloso conocimiento del tesoro que albergamos, la Santa Iglesia. Iglesia que es espiritual, pero construida en la tierra. Iglesia que es hombres, pero alimentada por el Espíritu Santo en sus venas vigorosas. Las caras humanas de la Iglesia, que somos nosotros mismos, me parecieron entonces nada, comparadas con la realidad espiritual que la sostiene. Con sólo pensar en Quien habita en el Sagrario, mi concepción de la Iglesia se torna luminosa, eterna, indestructible por más que el hombre se empecine,
equivocado, en dañarla.

Hoy, varios años por delante de aquellos momentos en que María golpeó a mi puerta, puedo ver a las claras el Plan de Dios en mi vida. María fue el puente, porque Ella se podía presentar a mí de modo cercano, para enamorarme. Pero la Reina de los corazones, la Estrella de la mañana, no se iba a detener allí. Rápida y fulgurante fue su mirada al señalarme a Dios como mi destino, Dios que es el Padre Bueno que la Creó, Dios que es el Espíritu que la alimenta, y Dios que es Su Hijo, nuestro Hermano y Salvador.

La misión de María se fue desenrollando ante mi como un tapiz que rueda frente a mi vista, mostrándome ante cada giro un poco más del diseño que esconde. Sólo cuando el tapiz estuvo totalmente extendido frente a mí fue que pude ver lo que Ella vino a traerme: La Jerusalén Celestial, que alberga a Dios Uno y Trino, junto a Santos y Ángeles, Jerusalén que es la Iglesia luminosa que nos llama, promesa de Reino.

La Eucaristía, con el Rostro de Cristo en su centro, domina a esta Ciudad Maravillosa a la que somos llamados. Allí hay una habitación preparada para cada uno de nosotros, un espacio para vivir una eternidad de felicidad y adoración. María, de este modo, se nos presenta como el camino más corto y simple para encontrar esa habitación, pese a las innumerables dificultades que nos esperan en esta vida.

¡Gloria a Dios por haber concebido un Plan tan maravilloso!

Autor: Oscar Schmidt | Fuente: www.reinadelcielo.org
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jueves, 3 de julio de 2008

Tomás, perseguido por Cristo

Vamos a contemplar la figura de Santo Tomás a la luz de ese amor de Dios, hoy que celebramos su fiesta.

El Apóstol llamado Tomás en los Evangelios (Mt 10, 3; Mc 3,18, Lc 6,15) es apodado "Dídimo" que significa "gemelo" (Jn 11,16). Entra casi en el Evangelio de una forma silenciosa. Sus primeras palabras afirman en una ocasión su deseo de morir con Jesús (Jn 11, 16).

Posteriormente se manifiesta con un estilo racionalista ante las palabras de Jesús, asombrándose de cómo se puede conocer un camino, no sabiendo a dónde se va (Jn 14,4). Finalmente conocemos su incredulidad ante el hecho de la Resurrección ( Jn 20, 24-29) y su presencia en la aparición de Jesús en el lago de Tiberíades (Jn 2, 1-14).

Tras la Ascensión lo contemplamos en Jerusalén con los demás apóstoles. La tradición le asigna como actividad misionera Persia y la India. La ciudad hindú de Calamina, donde se supone que murió, no ha sido identificada. Santo Tomás murió mártir Sus restos fueron traslados a Edesa.

Vamos a contemplar la figura de Sto. Tomás a la luz de ese amor de Dios que siempre persigue al hombre para que se salve y llegue al conocimiento de la verdad. Es una de las formas más bellas de ver la misericordia divina.

Dios siempre persigue al hombre cuando éste se sale del camino del amor y de la verdad que él le ofrece. La misericordia no es tanto una actitud pasiva de Dios, siempre dispuesto a perdonar, cuanto una acción de Dios positiva consistente en buscar la oveja perdida una y otra vez. El Evangelio está lleno de imágenes bellísimas de este estilo de Dios. Desde el buen Pastor que abandona el rebaño a buen recaudo para ir a buscar a la oveja perdida, hasta ese Cristo que providencialmente se hace presente siempre allí donde alguien le necesita, la realidad es que Dios persigue al hombre una y otra vez ofreciéndole su Corazón abierto para que vuelva.

La misericordia divina, -un atributo precioso de Dios-, se convierte así en esa larga persecución de Dios al hombre a lo largo de toda la vida por medio de innumerables gracias que respetan indudablemente la libertad del hombre. No se resigna a perder a nadie. Dios no abandona a nadie, a no ser que alguien le abandone a él.

Desde el momento en que Dios crea a cualquier ser humano, esa persona se convierte en objeto inmediato del amor de Dios. A partir de ahí Dios se hace garante de un compromiso destinado a lograr, respetando la libertad humana, la salvación del hombre. Jamás desiste Dios de este compromiso, suceda lo que suceda y pase lo que pase. Es tal el amor de Dios hacia el hombre que, aun rechazado, olvidado, abandonado, blasfemado, Dios sigue llamando a las puertas del corazón una y otra vez, hasta el último momento de la vida. Este comportamiento divino se encierra en una palabra: "alianza". Dios ha hecho una alianza de amor con el hombre que él siempre respetará.

Desgraciadamente el hombre con frecuencia toma a broma este amor de Dios. Cree que la misericordia divina consiste en burlarse del amor de Dios que siempre terminará perdonando, incluso sin que medie la petición de perdón. Así muchos seres humanos juegan inconscientemente a lo largo de la vida con la misericordia divina, olvidándose de aquellas palabras de S. Pablo: "Trabajad con temor y temblor por vuestra salvación". En esta actitud se da un equívoco de fondo. Nada tiene que ver la Misericordia infinita de Dios con la certeza de que el hombre va a estar dispuesto a pedir perdón un día. La Misericordia divina siempre estará asegurada; no así la petición de perdón del hombre. La Misericordia divina necesita la actitud humilde del hombre que reconoce su mentira, su equivocación, su deslealtad al amor de Dios.

A pesar de los pecados cometidos, una y otra vez, nunca hay motivo o razón para dudar de la Misericordia divina. El amor de Dios es más grande que nuestros pecados, por terribles que fueran. Ahí tenemos a Pedro, a Zaqueo, a la mujer adúltera, a tantas personas pecadoras con quienes Cristo se encontró. Nunca encontraron en él el reproche amargo, el rechazo cruel, la crítica amarga. Al revés, todos los pecadores, que reconocieron su pecado, encontraron en Cristo el perdón, el aliento, el ánimo, la esperanza que tanto les ayudó a encontrar el camino de la paz y del bien. No deja de tener un significado muy consolador esa imagen del Crucificado, en la que Cristo, clavado en la Cruz, tiene los brazos abiertos para siempre, convirtiéndose así en la imagen de ese Dios que siempre espera, que siempre acoge, que siempre abraza.

Autor: P. Juan J. Ferrán | Fuente: Catholic.net Continua Leyendo...