martes, 30 de junio de 2009

¿Alejamos o acercamos a Cristo?

A veces no podemos acercar a alguien a Cristo porque, simplemente, nosotros estamos muy lejos del Señor.

Sabemos que Cristo es el centro de los corazones, la plena realización del hombre, el Salvador del mundo, el Amigo que anhelamos desde lo más profundo de nuestro ser.

Sabemos, además, que millones de seres humanos buscan, de modo casi errático, otras aguas, otros “salvadores”, otras esperanzas. Pero no encuentran la verdad, no consiguen la paz, porque están lejos de Cristo.

Cristo va detrás de la oveja perdida, sigue las huellas de cada uno de sus hijos. Pero hay hijos que prefieren seguir en el mundo de la mentira en vez de caminar hacia la Verdad del Amor de Dios.

Tenemos claro todo lo anterior. Pero muchas veces, los católicos no somos capaces de ayudar a la gente a encontrarse con Cristo. Incluso a veces alejamos a la gente, les impedimos llegar a Cristo. ¿Por qué? ¿Qué nos ocurre? ¿Dónde está el fallo?

La respuesta no es fácil. A veces no podemos acercar a alguien a Cristo porque, simplemente, nosotros estamos muy lejos del Señor. Nos decimos católicos por la cultura, por la tradición, “de nombre”. Creemos que basta con ir a misa los domingos (no todos, por desgracia), con la confesión una vez al año y lo más rápido posible, con llevar a los hijos al bautizo y a los difuntos a un funeral católico. Pero hacemos eso sin el corazón, sin la fuerza de quien de verdad sabe que Cristo perdona, salva, nos ama y nos conoce profundamente. ¿Es que puede convencer de Cristo uno que tiene al Señor como un objeto de adorno en alguna pared de su casa mientras luego no es capaz de iluminar su vida con las bellezas que nos ofrece el Evangelio?

Otras veces no acercamos a Cristo porque proponemos un Cristo falso. Tenemos miedo de hablar de Jesús, creemos que la gente no está preparada para comprender que Él es el Hijo de Dios. Entonces, algunos organizan cursos de autoestima vacíos de la verdadera caridad cristiana, conferencias sobre programación neurolingüística, explicaciones del reiki y de todo tipo de doctrinas confusas y con elementos claramente anticristianos, como si así se ayudase a las personas a acercarse a Cristo, cuando lo único que se logra es crear confusión y, muchas veces, alejar del Maestro.

Ofrecer pseudociencias y pseudoprácticas psicológicas no sólo no prepara al Evangelio, sino que muchas veces hace que las personas nos digan un educado “adiós”. Les damos lo que ya el mundo les ofrece sin Cristo, les proponemos lo que una sociedad materialista y relativista difunde todos los días con una insistencia casi obsesiva.

Otras veces no acercamos a Cristo porque caemos en actitudes de desprecio, de altanería, de soberbia, de condena. Acusamos a los demás de herejes, les repetimos una y otra vez que son sinvergüenzas, apóstatas, miserables, sincretistas, adúlteros, lujuriosos, avaros... y toda una lista de adjetivos despectivos. Muchas veces no insultamos con los labios (quien tiene un mínimo de educación no llega al insulto fácil), pero sí con el corazón. Y quien recibe nuestra mirada nota una condena, siente que falta amor en nuestras almas.

La clave para acercar a alguien a Cristo consiste simplemente en Cristo. No es un error: si Dios es Amor, y si Cristo es Dios, la clave está en el Amor, está en Cristo que es Amor.

Ofrecemos realmente a Cristo a un alma atribulada, a un esposo infiel, a una mujer que ha abortado, a un empresario que ha cometido fraudes, a un político oportunista, a un joven arruinado por la droga o el alcohol... cuando nuestros ojos y nuestro corazón penetran en el otro con la misma dulzura, mansedumbre, humildad y benevolencia de Jesús de Nazaret.

Eso es posible si nosotros vivimos ya dentro de ese Amor, si estamos locos de alegría al recordar una y otra vez que quien murió en el Calvario quería perdonar nuestros pecados y darnos la vida de gracia, si sentimos que hay un lugar para nosotros, para mí, en el cielo. Para mí... y para tantos hombres y mujeres con los que me cruzo cada día, y que tienen un hambre profunda de cariño, de comprensión, de acogida, de respeto que va más allá del pecado para convertirse en inicio de salvación.

Todos estamos llamados a acercarnos a Cristo y a acercar a los demás al Señor. Dios mismo desea encontrarse con cada uno de sus hijos. Dios nos ama, desde la grandeza de su misterio eterno, desde la sencillez del llanto de un Niño nacido en Belén, desde la mansedumbre de un Cordero que dio su vida por nosotros en el Calvario.

Hoy puedo acercar algún corazón al tesoro más grande, al Amor eterno, a la dicha completa. Porque ese corazón lo necesita, porque Dios ya lo está buscando, porque mi pobre vida también quiere unirse a ese abrazo que puede producirse gracias a mi sonrisa, a mi afecto, a mis deseos sinceros de acercar, al menos a un poquito, a alguien al Maestro.

Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net
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Evangelio Diario / Jesús duerme en la barca

En los momentos difíciles, Él está en nuestra barca.

Mateo 8, 23-27

Subió a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero él estaba dormido. Acercándose ellos le despertaron diciendo: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» Díceles: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?» Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Y aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?»

Reflexión

Imagínate que estás en una barca con tus amigos. Estás en alta mar y de repente estalla una tormenta. Todo alrededor se encrespa, las olas crecen, el viento se enfurece,tú y tus amigos no saben qué hacer. Toman cubos y remos, y también con las manos y empiezan a sacar el agua que se les está metiendo. Toda una noche así, y peligra la vida, entonces, te acuerdas que todo era un simple sueño, y lo dejas por la paz.

Algo parecido les pasó a los discípulos. Ellos partieron y por la noche les agarró la tormenta. Los relampagos, los truenos, las olas y el viento los llenaron de un pavor sin igual, tanto es así que temían perder la vida. Pero se olvidaban de Quién estaba entre ellos, durmiendo apaciblemente.

Despiertan al Maestro con gritos de auxilio, y en un momento, como si se hubieran despertado de un sueño, todo queda en una profunda tranquilidad. Lo que más le dolió a Jesús fue encontrar tan poca fe en aquellos que estaba con Él. De allí la pregunta reproche: ¿por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?

Pidámosle a Cristo que aumente nuestra fe en los momentos de difíciles, para saber y comprender quién está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
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lunes, 29 de junio de 2009

Entrevista a San Pedro y San Pablo

¿Qué nos platicarían estos grandes apostoles? ¡Cuántas cosas nos enseñarían!

Vamos a hacer una entrevista a aquel pescador de Galilea llamado Simón Pedro:

Pregunta: ¿Qué sentiste al negar a Cristo?

Respuesta: Fue el día más triste de mi vida; no se lo deseo a nadie. Yo era muy duro para llorar, pero ese día lloré a mares; no lo suficiente, porque toda la vida lloré esa falta. Sin embargo, por haber negado al Señor un día, lo amé muchísimo más que si nunca lo hubiera hecho. Esas negaciones fueron un hierro candente que me traspasó el corazón.

Pregunta: ¿Prefieres el nombre de Pedro al de Simón?

Respuesta: Sí, porque el nombre de Simón me lo pusieron mis padres; el de Pedro, Cristo. Además, es un nombre que encierra un gran significado. Por un lado me hace feliz que Él me haya hecho piedra de su Iglesia; por otro lado, me produce gran confusión, porque yo no era roca, sino polvo vil. Cristo ya no me llama Simón, Él prefiere llamarme roca; y en el cielo todos me llaman Pedro.
Mi antiguo nombre ya se me olvidó. Cuando pienso en mi nuevo nombre, cuando me llaman Pedro, inmediatamente pienso en la Iglesia. Me llaman así con un sentido muy particular los demás vicarios de Cristo que me han seguido, y yo siento ganas de llamarles con el mismo nombre, porque todos somos piedra de la misma cantera, todos sostenemos a la Iglesia.

Pregunta: ¿Por qué dijiste al Señor aquellas palabras: «Señor, a quién iremos, si Tú tienes palabras de vida eterna»?

Respuesta: Me salieron del corazón. La situación era apurada, y había que hacer algo por el Maestro; veía a mis compañeros indecisos, y sentí la obligación de salvar la situación y confiar; por eso dije en plural: «¿A quien iremos Señor? Tú tienes palabras de vida eterna». Yo mismo no comprendía en ese tiempo muchas cosas del Maestro. Ni pienses que entendía la Eucaristía, pero dejé hablar al corazón, y el corazón me habló con la verdad.
Yo amaba apasionadamente al Maestro y aproveché aquel momento supremo para decir bien claro y bien fuerte: «Yo me quedo contigo». Y, de lo que entonces dije, nunca me arrepentí.

Pregunta: ¿Qué sentiste cuando Cristo Resucitado se te apareció?

Respuesta: Es difícil, muy difícil de expresar, pero lo intentaré. Por un segundo creí ver un fantasma, luego sentí tal alegría que quise abrazarlo con todas mis fuerzas. «¡Es Él!» pensé, pero luego sentí cómo se me helaba la sangre, y quedé petrificado sin atreverme a mover. Él fue quien me abrazó con tal ternura, con tal fuerza... Y oí muy claras sus palabras: «Para mí sigues siendo el mismo Pedro de siempre».

Pregunta: ¿Qué consejo nos das a los que seguimos en este mundo?

Respuesta: Puedo decirles que mi actual sucesor, Benedicto XVI, es de los mejores. Háganle caso y les irá mejor.

Pedro es el típico hombre, humilde de nacimiento, que se hizo grande al contacto con Cristo. El típico hombre, pecador como todos, pero que, arrepentido de su pecado, logró una santidad excelsa.


Entrevista en el cielo a San Pablo

Quisiéramos hoy hacerle algunas preguntas al fariseo Pablo de Tarso.

Pregunta: ¿Qué sentiste en el camino hacia Damasco, caído en el suelo, tirado en el polvo?

Respuesta: Yacía por tierra, convertido en polvo, todo mi pasado. Mis antiguas certezas, la intocable ley mosaica, mi alma de fariseo rabioso, toda mi vida anterior estaba enterrada en el polvo.

Fue cuestión de segundos. Del polvo emergía poco a poco un hombre nuevo. Los métodos fueron violentos, tajantes, «es duro dar coces contra el aguijón», pero sólo así podía aprender la dura lección.

En el camino hacia Damasco me encontré con el Maestro un día que nunca olvidaré.

Aquella voz y aquel Cristo de Damasco se me clavaron como espada en el corazón. Cristo entró a saco en mi castillo rompiendo puertas, ventanas; una experiencia terrible; pero considero aquel día como el más grande de mi vida.


Pregunta: ¿Sigues diciendo que todo lo que se sufre en este mundo es juego de niños, comparado con el cielo?

Respuesta: Lo dije y lo digo. Durante mi vida terrena contemplé el cielo por un rato; ahora estaré en él eternamente. El precio que pagué fue muy pequeño. El cielo no tiene precio. ¡Qué pena da ver a tantos hombres y mujeres aferrados a las cosas de la tierra, olvidándose de la eternidad!

Vale la pena sufrir sin fin y sin pausa para conquistar el cielo. El Cristo de Damasco será mío para siempre; llegando aquí lo primero que le he dicho al Señor ha sido: «Gracias Señor, por tirarme del caballo»; pues Él me pidió disculpas por la manera demasiado fuerte de hacerlo.

Pregunta: ¿Qué querías decir con aquellas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a Cristo?”

Respuesta: Lo que las palabras significan: que estaba seguro de que nada ni nadie jamás me separaría de Él, y así fue. Y, si en la tierra pude decir con certeza estas palabras, en el cielo las puedo decir con mayor certeza todavía.
El cielo consiste en: “Cristo es mío, yo soy de Cristo por toda la eternidad” ¿Sabes lo que se siente, cuando Él me dice: «Pablo, amigo mío?».

Pregunta: Un día dijiste aquellas palabras: “Sé en quién he creído y estoy tranquilo”. Explícanos el sentido.

Respuesta: Cuando llegué a conocerlo, no pude menos de seguirlo, de quererlo, de pasarme a sus filas; porque nadie como Él de justo, de santo, de verdadero.
Supe desde el principio que no encontraría otro como Él, que nadie me amaría tanto como aquél que se entregó a la muerte y a la cruz por mí.

Pregunta: ¿Un consejo desde el cielo para los de la tierra?

Respuesta: Uno sólo, y se los doy con toda la fuerza: “Déjense atrapar por el mismo Señor que a mi me derribó en Damasco”.

Si todos los enemigos del cristianismo fueran sinceros como Pablo de Tarso, un día u otro, la caída de un caballo, una experiencia fuerte o una caricia de Dios les haría exclamar como él: «Señor, ¿qué quieres que haga?».

Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Confesión de Pedro

MateEllos encontraron la fuerza para llevar a término su misión en la tierra

Mateo 16, 13-19

Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

Reflexión

Cristo pregunta a sus apóstoles: ¿quién dice la gente que soy yo? Pone esta pregunta sólo después de haber llevado a término su misión de enseñar lo que el Padre le ha dicho. Podría decirse que el caso ya está expuesto y ahora llega el momento de pronunciar el juicio. Sin embargo, la gente que ha visto y oído todas las pruebas necesarias para reconocerlo como Mesías, no termina por comprender sus signos. Es como si un velo cubriera sus ojos y les impidiese dar una respuesta segura y convincente: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.”

Para Pedro, al igual que para Pablo tiempo después, Cristo fue un auténtico enigma difícil de descifrar. Por ejemplo, ¿qué pensaría Pedro al ver a su maestro caminando sobre las aguas? O ¿cuáles sentimientos fluirían es su corazón cuando escucha de Cristo “sobre ti edificaré mi Iglesia” y más tarde le dice “apártate de mí Satanás.”

Este misterio sobre Cristo lo comprenderíamos mejor con los ojos de la fe que nos da el Padre. Mientras la fe no sea le oxígeno de nuestra vida, no seremos capaces de reconocer a Cristo como el Mesías. Por esto Cristo le dice a Pedro “dichoso Tú, Pedro, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre sino mi Padre que está en el cielo.”

El don de la fe se lo dona el Padre a Pedro no por mérito de Pedro ni por sus cualidades personales -era pescador- sino por su propia bondad Dios. Es el don más precioso, el de reconocer a Dios como Mesías, como la auténtica luz que guiará nuestros pasos hacia la felicidad eterna. Y gracias a la fe Pedro y Pablo encontraron la fuerza para llevar a término su misión en la tierra.

Autor: Buenaventura Acero | Fuente: Catholic.net
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viernes, 26 de junio de 2009

102. Timoteo, ¡ven!... Un testamento de Pablo

El momento de mi partida es inminente. He peleado el buen combate, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe.

Tenemos en la mano la última carta de Pablo, un grito de angustia y un testamento espiritual a su hijo más querido: Timoteo, a quien había dejado en Éfeso.

Está por acabar el año 66, pues leemos en las últimas líneas:
-Timoteo, ¡ven!... Junto con los libros de las Escrituras, especialmente los pergaminos, tráeme el abrigo que dejé en Tróade, y date prisa en llegar antes de que se eche encima el invierno (4,13 y 21)

¿Qué ha ocurrido entre las cartas anteriores a Timoteo y Tito y esta última?... Pablo podía estar por Oriente, quizá en Tróade, cuando le detuvo sin más la policía romana:

-¡Éste es el jefe cristiano que estamos buscando!...
Ya no dicen “judío”, sino “cristiano”, porque los pretorianos saben distinguir bien desde la persecución desatada por Nerón.

Si Pablo cayó en manos de la policía por el Oriente, fue llevado prisionero de nuevo a Roma después de una breve prisión en Éfeso, capital de la provincia de Asia..
Pero también pudo viajar a Roma por su cuenta a finales del año 66, y trabajar de nuevo en la Urbe, con mucha prudencia aunque se viera libre.

Quizá a este tiempo se refiere el recuerdo de su casa en la orilla izquierda del Tíber, por la Arénula, junto a la Régola.
Es muy incierto cuanto se refiere a este último año.
Pero, preso en Oriente y traído a Roma, o detenido en la misma Urbe, Pablo fue internado en la cárcel del Tulliano, llamada después popularmente la Mamertina.

Durante la primera prisión, Pablo estaba en custodia libre, en casa propia alquilada, con un soldado que lo guardaba, pero con libertad de movimientos.
Ahora, no. Ahora se hallaba atado con cadenas a una columna, sin poderse mover casi, condenado a una inacción completa.
No tiene consigo más que a Lucas, el querido y fiel Lucas, que le visita todo lo que puede. Pablo le va dictando a ratos esta carta, que para nosotros es un tesoro inapreciable, cargada de hondos sentimientos, y con enseñanzas inolvidables..

La carta comienza con desahogos muy naturales.
-¡Timoteo, mi hijo querido! Tengo deseos de verte, para que me llenes de alegría.
Ahora me tienes aquí, soportando estos sufrimientos, pero no me avergüenzo, porque estoy seguro de que Jesucristo guarda íntegra mi fe hasta aquel último día de su manifestación gloriosa (1,12)
Haz tú lo mismo. ¡Conserva la fe mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros!

Onesíforo ha sido igual que tú. Me reconfortó muchas veces y no se avergonzó de mis cadenas. Además de los servicios que me prestó en Éfeso y que tú sabes, apenas llegó a Roma me buscó hasta dar conmigo. ¡Dios lo bendiga! (1,13-18)

Ante esta amistad cariñosa y la fe tan bien conservada de Timoteo, Pablo sabe lo que es el desamor, la traición de amigos y hasta la apostasía de la fe. Aquí se queja amargamente:
-Ya sabes tú que todos de Asia me han abandonado, y entre ellos Figelo y Hermógenes. Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal.

Después de estos desahogos primeros, aparece el Pablo de siempre, el luchador incansable, ahora agotado pero no rendido:
-Timoteo, soporta las fatigas conmigo, como buen soldado de Cristo Jesús. Porque yo he peleado el buen combate. He sido el soldado de Cristo que debía ser. Él es mi jefe, y sólo a Él quiero agradarle; por eso, no me enredo en negocios de este mundo. Jesucristo, su Evangelio…, y lo demás no da conmigo. (2,3-4; 4,7)

Pasa después a otra comparación muy suya:
-Lo mismo que el atleta ─que no recibe la corona si no se ha portado según el reglamento─, yo he cubierto siempre fielmente la carrera hacia la meta. Y ahora no me queda sino la corona que me entregará el Señor como justo Juez (2,5 y 4,7-8)

Otra comparación también muy querida:
-El labrador que trabaja es el primero que tiene derecho a percibir los frutos. Si cada uno recibirá su salario según su trabajo, yo lo espero, porque somos colaboradores de Dios en ese su campo que son los creyentes. He arado y he trillado con esperanza de recibir mi parte, que me toca ya ahora (2,6; 1Co 3,8-9 y 9,10)
¿Verdad, Timoteo, que me entiendes?... (2,7)

Y vienen después esas palabras de Pablo que tantas veces se nos repiten:
-Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos; por él estoy yo sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada (2,8-9)
¡Qué riqueza la de este consejo y la de esta afirmación!
Con Jesucristo el resucitado siempre en la mente, ¡qué poco se tiembla en la vida!...

A continuación, un recuerdo familiar de Pablo para Timoteo, con otra exhortación que se nos repite sin cesar y que tenemos siempre en los labios:
-Tú, hijo mío, persevera en la fe, teniendo presentes a las que te lo enseñaron, tu abuela Loide y tu madre Eunice, pues desde niño conoces las sagradas Escrituras, las cuales te dan la sabiduría que te lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús (3,14-15)

Es imponderable este elogio de la abuelita, de la madre y de Timoteo, el hijo y nieto.
Timoteo fue Timoteo porque la abuela Loide y la madre Eunice formaron a su nieto e hijo en la piedad más honda con el amor a las Sagradas Escrituras.

Pablo aprovecha eso de las Escrituras para escribir a continuación otras palabras inolvidables:
-Toda Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia o santidad; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena (4,16-17)
Entre el ejemplo de Loide y Eunice, el discípulo aprovechado Timoteo, y el maestro incomparable Pablo, se nos mete bien adentro el amor a la sagrada Biblia, tesoro singular del cristiano…

Pablo, detenido en la cárcel y enfrentado a la muerte, no se abate, y canta resignado y triunfante a la vez:
-Estoy a punto de ser inmolado en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. He peleado el buen combate, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. (4,6-7)
Sentimos envidia del valiente y estamos orgullosos de nuestro héroe.

Esto es Pablo. El testamento que escribió a Timoteo nos lo legó a todos nosotros.
Vale la pena ser cristiano. Vale la pena luchar por Jesucristo.
La vida entonces tiene sentido, ya que está toda entera al servicio de un ideal.
E ideal más alto que Jesucristo no existe, porque no puede existir…

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / La curación de un leproso

Cristo nos consuela en nuestros sufrimientos, basta confiar en Él, nuestro Padre misericordioso que quiere nuestra felicidad.

Mateo 8, 1-4

Cuando bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante él, diciendo: «Señor, si quieres puedes limpiarme». Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio». Y al instante quedó limpio de su lepra. Y Jesús le dice: «Mira, no se los digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y presenta la ofrenda que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio.

Reflexión

No hay duda que la vida de los hombres está llena de sufrimientos más o menos visibles, físicos, mentales, morales. El leproso del evangelio de hoy es una de estas miserias. Aunque los hombres se afanen por buscar las riquezas y finjan vivir en un mundo inmortal, los signos de la muerte que cada hombre lleva en sí mismo son inevitables. Los encontramos en cada paso de nuestra vida. Drogas, matrimonios deshechos, suicidios, abusos, enfermedades y un sin fin de desgracias que hasta el hombre más famoso, más rico, más sabio y más sano conoce personalmente. Para muchas personas muchas de estas realidades son hechos de cada día. Sin embargo, ellas mismas saben que a pesar de ello se debe ir adelante en la vida lo mejor posible.

Por eso, Jesús pone en sus manos este elenco de desdichas y lo transforma en gracias y en bendiciones. Realiza milagros para que veamos que es capaz de darnos una vida que no sólo es sufrimiento sino que también hay consuelos físicos y morales que, son más profundos porque tocan el alma misma. Para esto ha venido a esta vida, para traernos un reino de amor y unión.

Basta que nosotros usemos correctamente nuestra libertad para que se realicen todas las gracias que Cristo quiere darnos. Basta confiar en Él, en su palabra que nos habla del Padre misericordioso e interesado por nuestra felicidad.

Autor: Buenaventura Acero | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 24 de junio de 2009

Juan Bautista un gran hombre

Juan bautiza a quienes le hacen caso y quieren cambiar. Hoy te invita a que cambies tu.

La madre, Isabel, había escuchado no hace mucho la encantadora oración que salió espontáneamente de la boca de su prima María y que traía resonancias, como un eco lejano, del antiguo Israel. Zacarías, el padre de la criatura, permanece mudo, aunque por señas quiere hacerse entender.

Las concisas palabras del Evangelio, porque es así de escueta la narración del nacimiento después del milagroso hecho de su concepción en la mayor de las desesperanzas de sus padres, encubren la realidad que está más llena de colorido en la pequeña aldea de Zacarías e Isabel; con lógica humana y social comunes se tienen los acontecimientos de una familia como propios de todas; en la pequeña población las penas y las alegrías son de todos, los miedos y los triunfos se comparten por igual, tanto como los temores. Este nacimiento era esperado con angustiosa curiosidad. ¡Tantos años de espera! Y ahora en la ancianidad... El acontecimiento inusitado cambia la rutina gris de la gente. Por eso aquel día la noticia voló de boca en boca entre los paisanos, pasa de los corros a los tajos y hasta al campo se atrevieron a mandar recados ¡Ya ha nacido el niño y nació bien! ¡Madre e hijo se encuentran estupendamente, el acontecimiento ha sido todo un éxito!

Y a la casa llegan las felicitaciones y los parabienes. Primero, los vecinos que no se apartaron ni un minuto del portal; luego llegan otros y otros más. Por un rato, el tin-tin del herrero ha dejado de sonar. En la fuente, Betsabé rompió un cántaro, cuando resbaló emocionada por lo que contaban las comadres. Parece que hasta los perros ladran con más fuerza y los asnos rebuznan con más gracia. Todo es alegría en la pequeña aldea.

Llegó el día octavo para la circuncisión y se le debe poner el nombre por el que se le nombrará para toda la vida. Un imparcial observador descubre desde fuera que ha habido discusiones entre los parientes que han llegado desde otros pueblos para la ceremonia; tuvieron un forcejeo por la cuestión del nombre -el clan manda mucho- y parece que prevalece la elección del nombre de Zacarías que es el que lleva el padre. Pero el anciano Zacarías está inquieto y se diría que parece protestar. Cuando llega el momento decisivo, lo escribe con el punzón en una tablilla y decide que se llame Juan. No se sabe muy bien lo que ha pasado, pero lo cierto es que todo cambió. Ahora Zacarías habla, ha recuperado la facultad de expresarse del modo más natural y anda por ahí bendiciendo al Dios de Israel, a boca llena, porque se ha dignado visitar y redimir a su pueblo.

Ya no se habla más del niño hasta que llega la próxima manifestación del Reino en la que interviene. Unos dicen que tuvo que ser escondido en el desierto para librarlo de una matanza que Herodes provocó entre los bebés para salvar su reino; otros dijeron que en Qunram se hizo asceta con los esenios. El oscuro espacio intermedio no dice nada seguro hasta que «en el desierto vino la palabra de Dios sobre Juan». Se sabe que, a partir de ahora, comienza a predicar en el Jordán, ejemplarizando y gritando: ¡conversión! Bautiza a quienes le hacen caso y quieren cambiar. Todos dicen que su energía y fuerza es más que la de un profeta; hasta el mismísimo Herodes a quien no le importa demasiado Dios se ha dejado impresionar.

Y eso que él no es la Luz, sino sólo su testigo.

Autor: Archidiócesis de Madrid | Fuente: Archidiócesis de Madrid
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Evangelio Diario / Nacimiento del Bautista

Juan lo deja todo para prepararnos el camino a Jesús.

Lucas 1, 57-66.80

Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. El pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues ¿qué será este niño?» Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él. El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

Reflexión

Todas las vocaciones son historias muy interesantes. Hoy el evangelio nos narra la vocación del primer apóstol de Cristo, y no me refiero a San Andrés o a San Pedro sino a San Juan Bautista, pues él también fue apóstol. Apóstol significa enviado y justo eso fue San Juan Bautista un enviado que anticipaba la venida del salvador.

Y como toda vocación se preparó, el evangelio dice que crecía y su espíritu se fortalecía y que vivió en el desierto. Me imagino a un joven que sabe su misión, que sabe su camino - como diría el escritos español Miguel Delibes - y que pone los medios para llevarla a cabo.

El ejemplo del Bautista nos puede servir mucho pues nos damos cuenta de la importancia que tiene seguir a Cristo. El fue capaz de dejarlo todo para ir a anticipar su llegada. Hoy, gracias a Dios, nos encontramos todavía con muchos bautistas que anticipan la llegada de Cristo a nuestros corazones, son esos jóvenes generosos que escuchan la llamada de Dios y están dispuestos a seguirla. Pidamos hoy por ellos.

Autor: P. Elí Ricardo Marín | Fuente: Catholic.net
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martes, 23 de junio de 2009

100. Sacerdote y Víctima. Y el cristiano con Cristo

¡Que dignidad envuelve al cristiano al sentirse unido a Cristo Sacerdote y Víctima!

¿Somos sacerdotes todos nosotros, todos los bautizados, hasta los laicos?...

Esta pregunta es acuciante.

Porque todos los hijos de la Iglesia sienten dentro de sí el anhelo de acercarse al Altar de Dios, no como simples espectadores, sino como agentes activos en el sacrificio de Cristo que se celebra en la Sagrada Eucaristía.

Por otra parte, en la Palabra de Dios consta bien clara esta afirmación, dirigida por San Pedro a todos los creyentes:
“Ustedes son raza elegida, sacerdocio real, nación santa” (1P 2,9)

Unos textos de San Pablo ─dos o tres nada más─ van a orientar nuestra meditación de hoy sobre un tema tan interesante y de tanta actualidad.
¿Por qué Pablo presenta a Cristo ofreciendo su Cuerpo y su Sangre como el sacrificio de la Nueva Alianza?
¿Por qué Pablo dice que el cristiano ofrezca su cuerpo a Dios como una hostia santa?
¿Por qué dice Pablo que la vida del cristiano ha de ser como pan sin levadura, limpia del todo?

¿Damos respuesta a estas preguntas?

Porque Jesucristo es el verdadero y único Sacerdote nuestro.
Porque Jesucristo ha hecho a todos sus miembros, a todos los bautizados, unos participantes de su sacerdocio.
Porque Jesucristo quiere unir la vida de los suyos, como una hostia, a su propio sacrificio en el Calvario.

Conociendo la Biblia, sabemos lo que eran en Israel Aarón y sus sucesores. Llamados por el mismo Dios, eran consagrados solemnemente, adornados con vestiduras pomposas, y, una vez al año, el Sumo Sacerdote ofrecía el sacrificio de la Expiación con una ceremonia sin igual.

Este sacrificio era la renovación del sacrificio de la Alianza ofrecido por Moisés al pie del Sinaí, y revestía carácter nacional. Era sacrificio de todo el pueblo y por todo el pueblo.
Mientras que el sacrificio del cordero pascual tenía carácter familiar, ofrecido por el jefe de la familia, y recordaba el sacrificio que sacó de Egipto a los israelitas, libres de la esclavitud del faraón.

¿Para qué valían aquellos sacrificios? En sí mismos, para nada. ¿La sangre de animales iba a ser capaz de perdonar pecados?...
¿Y qué significaba ante Dios un sacerdote, simple mortal, pecador también? ¿Un hombre cargado de culpas podía representar dignamente al pueblo delante de Dios?...

Semejantes sacerdotes y tales sacrificios valían en tanto en cuanto significaban lo que había de venir: el sacrificio de Cristo, Sacerdote y Víctima a la vez.
Víctima, con su Sangre podía limpiar todo pecado.
Sacerdote, podía ser totalmente acepto ante Dios, al ser “santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y encumbrado sobre los cielos” (Hb 7,26)

Además, como Jesucristo sacrificado en la cruz fue una víctima que Dios aceptó, la resucitó y la subió al Cielo, allí está enseñándole al Padre sus llagas gloriosas, las mismas del Calvario, y no tiene necesidad de repetir otra vez su sacrificio. El de una vez, valió para siempre.

El Doctor de la Iglesia San Ambrosio lo explicaba así, bellísimamente, haciéndose eco de lo que enseñaba la Iglesia antigua:
“Quiso entrar en el cielo con las llagas sufridas por nuestro amor; no quiere borrarlas. Con esto presenta de continuo al Padre el precio de nuestra Redención. Está a la diestra del Padre con el trofeo de nuestra salvación. Sus cicatrices son para Él corona; para nosotros, testigos de su amor”.

Además, en la Eucaristía se ponen en el altar el mismo Sacerdote eterno y la misma Víctima glorificada, no con nuevo sacrificio, sino con el mismo de la cruz.
Los sacerdotes, consagrados por Jesucristo, actúan sólo como ministros y en nombre del mismo Jesucristo, único Sacerdote de la Nueva Alianza.
Jesucristo -en el Cielo como en el altar-, después de la Resurrección “está siempre vivo intercediendo por nosotros” (Hb 7,25)

Y nosotros, que queremos ser sacerdotes, ¿cómo lo somos?
Ya hemos oído lo que nos ha dicho el apóstol San Pedro: “Son sacerdocio real”.
Y nos había asegurado muy poco antes:
“Ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo” (1P 2,5)
Dos cosas muy claras nos dicen estas palabras del Apóstol.

Ante todo, que somos sacerdotes. ¿Cómo y por qué?
Porque Jesucristo nos ha unido a todos los bautizados a su Cuerpo haciéndonos participar de su único Sacerdocio.
Y podemos ofrecer a Dios, con Jesucristo y por Jesucristo, siempre unidos a Él, oraciones y sacrificios como verdaderos sacerdotes.

Después, nos dice el apóstol, que ofrecemos sacrificios que Dios acepta complacido.
¿Cuál es nuestro sacrificio? San Pablo nos lo especifica muy bien:
“Les exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Tal será su culto espiritual” (Ro 12,1)

El sacrificio del cristiano es esa vida sin mancha, sin pecado, con la lucha de cada día por la virtud, por el cumplimiento del deber, la oración, y las contrariedades de la vida sufridas por amor.

¿Y cuándo el cristiano se muestra sacerdote en la vida?
Siempre que ofrece su oración o sus obras limpias a Dios.
Pero ejerce y manifiesta su sacerdocio especialmente en la Eucaristía.
Al ofrecer Jesucristo su sacrificio, el cristiano se une del todo a Él, para ofrecer a Dios su propio sacrificio, el de la semana entera o el de cada día.
El cristiano que participa la Misa con adhesión ferviente, se muestra sacerdote y víctima, en unión con Cristo y plenamente agradable a Dios.

Esto es en verdad sublime.
¡Que dignidad envuelve al cristiano al sentirse unido a Cristo Sacerdote y Víctima!
Dios se complace en el cristiano como se complace en Jesucristo.
Y la vida del cristiano, así unido al Sacrificio único de Jesucristo, es una contribución poderosa, eficaz, valiosísima, para la salvación del mundo.

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Entrad por la puerta estrecha

Saber perdonar y no juzgar nunca, pagar bien por mal.

Mateo 7, 6.12-14

«No deis a los perros lo que es santo, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas, y después, volviéndose, os despedacen. Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas. «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran.

Reflexión

El camino de quien sigue a Jesús es estrecho, pero vale la pena. Es como una vereda del bosque cuyas señales se pierden entre la maleza y requiere la experiencia de un buen “scout” para reconocerla. No es fácil hallar sus pistas. Son detalles, símbolos que hay que saber interpretar. A un caminante descuidado le pasan fácilmente desapercibidos. Siempre existe el peligro de desorientarse, y entonces hay que corregir la ruta y desandar lo andado... Elegir la vía estrecha un día tras otro, ¡cuánta incomprensión nos causa! Y esto es más evidente porque cada día nos plantea la decisión.

En un mundo como el de hoy, donde la corriente arrastra con gran fuerza en dirección opuesta, empeñarse por recorrer este camino parece cosa de locos. La alternativa es la opción mayoritaria: la que promete el gozo de placeres, el triunfo humano, el poseer y el aparecer. Pese a ello, Jesús no deja de asistirnos en la elección más difícil. No nos abandona jamás. Sufrir en silencio la injusticia, saber perdonar y no juzgar nunca; pagar bien por mal; vivir con generosidad, colaborando con quienes nos necesitan y desprendido de las cosas; todo esto es seguir la vereda estrecha.

En realidad es imposible perseverar en ella sino miramos a Jesús, si su ánimo no nos sostiene y su presencia y compañía no nos alienta. Él mismo es el camino, la puerta estrecha. No vamos por un camino más difícil sin sentido y sin recompensa. Por encima de todas las dificultades y encrucijadas, de todas las decisiones y de toda prueba, sabemos que encontrándole a Él lo tenemos todo.

Autor: Buenaventura Acero | Fuente: Catholic.net
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lunes, 22 de junio de 2009

99. Hebreos. Con muchas ideas de Pablo

“Jesucristo es el mismo hoy, ayer y por los siglos”. ¡Ánimo, que vale la pena el perseverar!.

Me preguntarán ustedes: ¿Es de Pablo la carta a los Hebreos? Porque sabemos que hay muchas cuestiones sobre ella… Y hemos de decir: Pues, sí y no.

Esta Carta a los Hebreos, aunque ha figurado siempre entre las epístolas paulinas, ciertamente no es de Pablo. Con todo, la traemos nosotros también aquí. ¿Por qué?

Porque el pensamiento de Pablo recorre todo el escrito de punta a punta. Se adivina con toda claridad que el autor, culto, de hablar elegante, fue un judío helenizado, que dominaba el griego a perfección, conocedor profundo de la Biblia. Entre los discípulos de Pablo, ¿fue Bernabé? ¿fue Apolo?... Es inútil querer saberlo.

Más que una carta, parece que Hebreos fuera un “sermón”, perfectamente redactado, de un orador excelente, y que después se conservó y fue enviado a las Iglesias.

Es posible que el escrito fuera redactado en Italia en los años sesenta, antes de la destrucción del Templo y de Jerusalén.
Iba destinado a alguna comunidad judía que se encontraba en situación delicada de persecución o incluso de cansancio y apostasía.

Todo lo que se propone el autor se podría resumir en esta llamada urgente y apremiante:
-¡A perseverar!...

En fin, nosotros teníamos que decir todo esto antes de meternos en el escrito, que se centra todo en Cristo y en la Fe con que nos adherimos a Él.

Ante todo, ofrece una breve introducción sobre los ángeles y Jesucristo.

¿Tienen razón los que se emboban ante los ángeles, como si fueran los seres supremos salidos de la mano de Dios?

¡No! Por encima de todos ellos está Jesucristo.
Los ángeles son meros espíritus, mientras que Jesucristo es Dios.

¿Y qué decimos nosotros ante todo de Jesucristo?
Lo primero esto: ¡Que es Sacerdote!
Y para ser sacerdote quiso asemejarse en todo a nosotros sus hermanos, compartir todos nuestros sufrimientos, incluso la muerte.
Muriendo y resucitando, nos ha librado a los que éramos unos esclavos toda la vida por el miedo a la muerte. Ahora, ¿quién la teme?...

¿Y qué hacer si nos sentimos débiles? ¡Acudir a Jesús!
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado.
“Por lo tanto, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar el favor de un auxilio oportuno” (4,14-16)

Pasa después el autor a exponer la grandeza suprema del sacerdocio de Jesucristo.
Con pinceladas bellísimas retrata a nuestro Sumo Sacerdote, Jesús:
“Así es el sumo sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado sobre los cielos” (7,26). Y ahora está en el Cielo “siempre vivo para interceder por nosotros” (7, 25)

¿Qué se sigue de todo esto? Una gran confianza en Jesucristo nuestro Sacerdote y Mediador, a la vez que un prudente y necesario temor.

Confianza, porque Jesús nos salva:
“Acerquémonos con sincero corazón, en plenitud de fe, purificados los corazones de conciencia mala” (10,22)

Y prudente temor ante la apostasía:
“Porque si voluntariamente pecamos después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sino la terrible espera del juicio y el fuego ardiente, pronto a devorar a los rebeldes. ¡Es terrible caer en las manos del Dios vivo!” (10,26-31)

Este lenguaje es muy duro, pero es que al autor le infunde miedo el abandono de la Iglesia en que sus oyentes fueron bautizados y gustaron los mayores dones de Dios.
Aunque añade después palabras de consuelo:
“Pero de ustedes, queridos, por más que hablemos así, esperamos cosas mejores y conducentes a la salvación” (6,9)

Después de toda esta exposición sobre Jesucristo, con las exigencias que entraña, el autor hace desfilar ante nuestros ojos en cortejo impresionante a todos los santos del Antiguo Testamento, y concluye con estas palabras:

“Teniendo en torno nuestro tan gran número de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con constancia la carrera que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe, el cual, por el gozo que se le proponía, soportó la cruz sin mido a la ignominia y ahora está sentado a la derecha de Dios” (12,1-2)

¡Qué párrafo tan precioso!
Los santos del Cielo, que ya triunfaron, contemplándonos y animándonos en la lucha.

Y Jesucristo, el autor de nuestra fe, que se puso delante de la fila, nos anima ahora:
-¡No tengan miedo! Hagan como yo. El Padre me ofrecía la cruz. Y yo, viendo el premio que me venía después, aguanté firme, y aquí estoy, disfrutando de mi gloria y esperándolos a todos.

Hebreos acaba para nosotros con algunas frases lapidarias, como ésta que escuchamos tantas veces y que se ha convertido en un eslogan que no se nos cae de los labios:
“Jesucristo es el mismo hoy, ayer y por los siglos”.

El mundo da mil vueltas.
Las modas pasan.
Los imperios se derrumban uno tras otro.
El único que permanece siempre inmutable e inconmovible es Jesucristo.
Y así será hasta el fin.
Y así será, ¡esto es lo más admirable!, en los siglos eternos… (13,8 y 14)

Esos siglos que nos recuerda el autor con otras palabras enormemente estimulantes:
“No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura”.

Esto va para esos que dicen que no hay que pensar en el Cielo, como si fuera algo propio de gente débil.
Realmente, que no podía acabar de manera más estimulante.
¡Hay que ver los ánimos que infunde en nuestro caminar el imaginarse y el pensar en esa ciudad, no construida por manos de hombre, sino por el mismo Dios!

Este sermón tan brillante que ahora tenemos en la Biblia, es para escucharlo y leerlo no una sino muchas veces, sabiendo que siempre nos va a repetir:
¡Ánimo, que vale la pena el perseverar!...

Autor: Pedro García Misioneo Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / El juicio sobre los otros

Si el juicio de Dios es la misericordia, ¿con qué derecho puedo juzgar a mis hermanos?

Mateo 7, 1-5

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: "Deja que te saque la brizna del ojo", teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

Reflexión:

El día de hoy Cristo quiere ayudar a sacarnos la viga del ojo. Y lo hace de una manera muy sencilla: No juzguéis al modo humano, “ojo por ojo, diente por diente”, sino más bien como él nos enseñó en el Calvario. Perdonando a todos sin excepción.

No juzga a los soldados que lo han golpeado, se han burlado de él y lo han crucificado. Dice: Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen. Tenía razones para decir lo contrario, sin embargo, sabe encontrar una disculpa: hacen esto, porque no me conocen.

Después, podría haber reclamado a san Juan, que se acercaba a la cruz, su cobardía –le había abandonado-, su amistad tan débil –no había podido rezar con él cuando lo necesitaba-, etc. Pero en todo eso no ve malicia, sino debilidad humana y muestra de ello es que no reclama, sino que se apiada de su flaqueza y le entrega a su madre.

Al final dice: “con el juicio con que juzguéis seréis juzgados”. Cristo nos enseña a usar con los demás la medida con la que a nosotros nos gustaría que nos midieran.

¿Quién puede juzgar sino sólo Dios? Y si el juicio de Dios es la misericordia, ¿con qué derecho puedo juzgar a mis hermanos?

Autor: Miguel Ángel Andrés Ugalde | Fuente: Catholic.net
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viernes, 19 de junio de 2009

Evangelio Diario / El corazón traspasado de Jesús

Un corazón que solo busca tu amor. Él nos llena de paz y de felicidad en medio del dolor.

Juan 19, 31-37

Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado - porque aquel sábado era muy solemne - rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: No se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.

Reflexión

En un estanque vivía una colonia de ranas. Y el sapo más viejo se creía también el más grande y el más fuerte de toda la especie. Cada mañana se posaba a la orilla del estanque y comenzaba a hincharse para atraer la atención de sus vecinas y para presumir su tamaño y su fuerza. Un buen día se acercó un buey a beber; y el sapo, viendo que éste era más grande que él, comenzó a hincharse e hincharse, más que en otras ocasiones, tratando de igualarse al buey. Y tanto se infló que reventó. Así sucede también a muchos hombres que, por su ambición, su soberbia y prepotencia tratan de igualarse a otro buey (y también se podría escribir con "g"). Ya muy bien lo decía san Agustín: "La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano".

Feuerbach y Nietzsche -dos filósofos ateos del siglo pasado- lanzaron sus teorías del "super-hombre" y del dominio del más fuerte. Ideas tan tristes que desembocaron en la prepotencia nazi, en un racismo aberrante y en todas las formas de totalitarismo ateo que perseguía todo tipo de religión, especialmente la católica; esas ideas fueron las causantes de la Segunda guerra mundial y originaron un abismo de inhumanidad que ni siquiera excluyeron los terribles campos de concentración y de exterminio. Esa triste "ley del más fuerte" impone muchas veces el criterio de comportamiento entre los hombres, ¡tan penosa y de tan lamentables consecuencias para la convivencia humana! Y es que el poder, la ambición desenfrenada y la soberbia prepotente pudre el corazón de los hombres y crea verdaderos infiernos.

Y, sin embargo, Jesucristo nuestro Señor nos viene a hablar hoy de humildad, de mansedumbre y de servicio: "Tomen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas"... ¿No es un mensaje ya trasnochado y pasado de moda? ¿Acaso el que triunfa, hoy en día, no es el hombre "fuerte", el "grande", el poderoso?

El pequeño, el débil y el humilde ni siquiera es tomado en cuenta; más aún, muchas veces es ridiculizado y emarginado. El mismo Nietzsche se mofaba de la humildad, diciendo que era "un vicio servil y un comportamiento de esclavos".

En el Evangelio de la fiesta del Sagrado Corazón, se nos presenta Jesús en oración bendiciendo a su Padre: "Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado los misterios del Reino a los sabios y a los poderosos, y se los has revelado a los pequeños". ¡Qué contraste tan abismal! Pensamos que las gentes felices del mundo son los ricos, los poderosos, los grandes, los fuertes y los sabios. Y, sin embargo, nuestro

Señor llamó "dichosos" precisamente a los de la parte opuesta: "Bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los pacíficos, los que padecen persecución... porque de ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5, 1-12). Y hoy, Jesús nos sale con otra de las "suyas", invitándonos a la humildad. ¿Es que Jesús está loco?

¡Con razón nadie le hace caso! Parece que Él va siempre "en sentido contrario", contra corriente. Pero, no nos viene mal preguntarnos quién es el verdadero loco. A Nietzsche, al final de su vida, "se le saltaron la tuercas" y acabó suicidándose.

Jesús siempre se presentó así: manso y humilde. Después de la multiplicación de los panes, cuando la muchedumbre quería arrebatarlo para hacerlo rey, Él se les esconde y se va solo, a la montaña, a orar. Y cuando curó al leproso de su enfermedad inmunda o devolvió la vista al ciego de nacimiento; cuando hizo caminar al paralítico, curó a la hemorroísa,resucitó a Lázaro o a la hija de Jairo, no se dedicó a tocar la trompeta para que todo el mundo se enterara... Y, finalmente, cuando se decide a entrar triunfalmente en Jerusalén, no lo hace sobre un alazán blanco o sobre un caballazo prieto azabache, rodeado de un ejército de vencedor, sino montado en un pobre burrito, que era señal de humildad y de paz.

¡Definitivamente, Jesús no hacía milagros para "ganar votos" para las elecciones, ni se aprovechó de su popularidad entre la gente para hacerse propaganda política y ocupar los mejores puestos, como muchos de nuestros gobernantes! Él no era un populista o un demagogo como los que abundan hoy en nuestras plazas y manifestaciones públicas. Él no conocía, sin duda, esa "picardía" y oportunismo interesado, ni sabía mucho de eso que nosotros llamamos "técnicas de publicidad y de imagen"...

"Aprendan de mí -nos dice- que soy manso y humilde de corazón". Sí. Él había dicho durante su vida pública que "no había venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10,45) y lo cumple al pie de la letra. ¡Aquí está la verdadera grandeza: no la del poder, sino la grandeza de la humildad, de la mansedumbre y del servicio!

Si seguimos su ejemplo, Él nos asegura los frutos que obtendremos: "Encontrarán descanso para sus almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera". La persona humilde goza de una paz muy profunda porque su corazón está sosegado. Ese yugo y esa carga se refieren a la cruz que tenemos que llevar todos los seres humanos. Pero Cristo nos llena de paz y de felicidad en medio del dolor porque su presencia y su compañía nos bastan y nos sacian. Él es nuestra paz. Y no importa que nos lluevan las persecuciones, las calumnias, las injurias y todo tipo de mentiras.

No importan las persecuciones. Cristo nos llena de paz porque su yugo es llevadero y su carga ligera. Él nos advirtió que seríamos perseguidos porque también lo persiguieron a Él y lo condenaron a muerte por calumnias. Pero llamó "bienaventurados a los perseguidos", y con Él tenemos asegurada la victoria y el triunfo definitivo. Sí. ¡Jesucristo es nuestra paz!

Autor: P. Sergio Cordova LC | Fuente: Catholic.net
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jueves, 18 de junio de 2009

Eucaristía y Sagrado Corazón

Visitando al Santísimo Sacramento, vivo en cada Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús recibe adoración y amor de nuestra parte.

La Eucaristía fue el regalo más hermoso y valioso del Sagrado Corazón de Jesús. La Eucaristía nos introduce directamente en el Corazón de Jesús y nos hace gustar sus delicias espirituales. En la eucaristía, como en la cruz, está el Corazón de Jesús abierto, dejando caer sobre nosotros torrentes de gracia y de amor.

En la Eucaristía está vivo el Corazón de Cristo y en una débil y blanca Hostia, parece dormir el sueño de la impotencia, pero su Corazón vela. Vela tanto si pensamos como si no pensamos en Él. No reposa. Día y noche vela por nosotros en todos los Sagrarios del mundo. Está pidiendo por nosotros, está pendiente de nosotros, nos espera a nosotros para consolarnos, para hacernos compañía, para intimar con nosotros.

Hay por lo tanto una relación estrechísima entre la eucaristía y el Sagrado Corazón. ¿Cuál es el mejor culto, la mejor satisfacción, la mejor devoción que podemos dar al Sagrado Corazón?

Participando en la Eucaristía, Jesús recibe de nosotros el más noble culto de adoración, acción de gracias, reparación, expiación e impetración.

Visitando al Santísimo Sacramento, vivo en cada Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús recibe adoración y amor de nuestra parte. Por eso está encendida la lamparita, símbolo de la presencia viva de ese Corazón que palpita de amor por todos.

Damos culto al Corazón de Jesús, haciendo la comunión espiritual, ya sea que estemos en el trabajo, en el estudio, en la calle. Es ese recuerdo, que es deseo profundo de querer recibir a Cristo con aquella pureza, aquella humildad y devoción con que lo recibió la Santísima Virgen. Con el mismo espíritu y fervor de los santos.

Haciendo Hora Santa, Jesús recibe también reparación. Cada pecado nuestro le va destrozando e hiriendo su divino corazón. Con la Hora Santa vamos reparando nuestros pecados y los pecados de la humanidad. Así se lo pidió Cristo a santa Margarita María de Alacoque en 1673 en Paray-Le-Monial (Francia).

También los primeros viernes de cada mes son ocasión maravillosa para reparar a ese corazón que tanto ha amado a los suyos y que no recibe de ellos sino ingratitudes y desprecios.

El culto al Sagrado Corazón de Jesús es la respuesta del hombre y de cada uno de nosotros al infinito amor de Cristo que quiso quedarse en la eucaristía para siempre. Que mientras exista uno de nosotros no vuelva Jesús a quejarse: “He aquí el Corazón que tanto ha amado y ama al hombre y en respuesta no recibo sino olvido e ingratitud”.

Este culto eucarístico es la respuesta de correspondencia nuestra al amor del Corazón de Jesús, pues es en la eucaristía donde ese corazón palpita de amor por nosotros.

Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Jesús nos enseña a orar

Basta decir "Padre". Lo que importa es que somos sus hijos, quienes nos dirigimos a Él.

Mateo 6, 7-15

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.

Reflexión

Basta decir "Padre"

Un hijo tiene “algo” que su padre no puede resistir, sin poder explicar bien por qué. Así es esto de ser padre. A Dios también le pasa. Cristo nos pasó el secreto, al enseñarnos a orar, empezando con esa palabra mágica que lo puede todo, si la decimos con el corazón: “Padre”. No importa cuántas palabras digamos. Tampoco si las frases tienen sentido o belleza literaria. Lo que a Él le importa es que somos nosotros, sus hijos, quienes nos dirigimos a Él.

Un “Padrenuestro”, rezado como un acto de amor y de entrega, arranca de Dios aquello que más necesitamos. Cada una de sus palabras puede ayudarnos a hacer una nueva oración, pues contiene las verdades más profundas de nuestra fe. Que Él es nuestro Padre; y de ahí se deriva que nos ama, que nos escucha, que nos cuida, que nos espera en el cielo. Que nuestra vida tiene sentido en buscar su gloria, en instaurar su Reino en el mundo, en cumplir su voluntad. Que nos cuida de los peligros y nos da el alimento y la fuerza espiritual que necesitamos para recorrer el camino hacia ÉL.

Quizás desde muy pequeños venimos repitiendo, con mayor o menor devoción, la gran oración del cristiano. Pero sin duda, cada vez que lo hacemos, Dios “interrumpe todas sus ocupaciones” para escucharnos y atendernos como el mejor de los padres.

Autor: Ignacio Sarre | Fuente: Catholic.
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miércoles, 17 de junio de 2009

Evangelio Diario / Rectitud de intención

Hagamos las cosas por Dios y Él, que ve en lo secreto, nos recompensará.

Mateo 6, 1-6; 16-18

Estad atentos a no hacer vuestra justicia delante de los hombres para que os vean; de otra manera no tendréis recompensa ante vuestro Padre, que está en los cielos. Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Cuando des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas, que demudan su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará.

Reflexión

Qué fácil es quedarse sólo con lo que nos muestran la televisión o los periódicos. Nos entra la fiebre de la fama. Deseamos que nos vean. Queremos ser famosos. Recibir halagos. Buscamos ser tomados en consideración. El catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Dios nos creó para ser felices, sirviéndole y amándole en esta vida, y así, luego, gozar de Él eternamente. Cuando contemplamos la vida de la Madre Teresa de Calcuta; cuando escuchamos las múltiples narraciones de cientos de misioneros que, día tras día, en el anonimato, en un país que ni siquiera sabemos ubicar en el mapa, consumen sus vidas al servicio de los más necesitados, nos preguntamos: ¿quiénes son los hombres realmente felices en este mundo?

¡Cuántas personas que, aparentemente lo tienen todo, son, las más de la veces, personas inmensamente tristes. Su vida no tiene sentido. Se trata sólo de una imagen, de una apariencia más o menos hermosa.

Cuando Cristo nos pide que obremos el bien y que lo hagamos delante del Padre que ve en lo secreto, nos invita a buscar la verdadera felicidad. Esa felicidad que el “mundo” no nos puede dar. Ese ámbito del secreto, del oculto, se refiere a la conciencia. ¡Paz a vosotros! – dijo Cristo Resucitado a sus discípulos. Una paz que es serenidad interior. Paz que es armonía y amistad con Dios. Paz que es verdadera felicidad. No cabe duda de que, los hombres plenamente felices de este mundo, son los que, segundo tras segundo, dejan su vida, callada y amorosamente, para servir a sus hermanos.

¡Qué hermosa la mirada y la sonrisa del que vive delante de Dios y no de cara a los hombres! Si logramos ser fieles a la voz de Dios en nuestro interior, entonces realizaremos nuestro fin como creaturas: ser felices. “Para Ti nos hiciste Señor, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti” – decía San Agustín. Vayamos hacia Dios y Él, que ve en lo secreto, nos recompensará con creces y para siempre.

Autor: Clemente González | Fuente: Catholic.net
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lunes, 15 de junio de 2009

96. Jesucristo. La clave del arco

Siempre arrancará todo de Jesucristo y en Jesucristo vendrá a parar todo después.

Doctorada brillantemente en la Universidad y situada ya en su cátedra de Historia, se le preguntó a la joven Profesora:

-¿Cuál fue el mayor descubrimiento de Usted en la Universidad?
-¡Jesucristo!
-¿Jesucristo? ¿En una Universidad laica y tan marcadamente izquierdista?...
-Precisamente por eso. Allí me di cuenta de la ignorancia que hay sobre Jesucristo, y sin Jesucristo no se explica la Historia del mundo. Yo me di a estudiarlo, y no me arrepiento.

¡Jesucristo!... La carta primera de Pablo a Timoteo, en el centro mismo del escrito, inserta un hinmo precioso que nos haremos nuestro algo después. Es notable el modo con que Pablo comenzó su gran carta a los Romanos. Las tres palabras en que iba a encerrar toda su doctrina -“pecado”, “justificación” y “gracia”-, las hacía desembocar en la cuarta y más importante de todas: “Jesucristo”.

Porque de la sangre de Jesucristo vino el borrarse el pecado del mundo.
Por la sangre de Jesucristo, Dios nos dio su paz y la justificación.
Y de Jesucristo nos viene el que seamos los colmados de gracia, los santos y los destinados a la vida eterna.
Para Pablo, como se ve, Jesucristo es la clave del arco. Diga lo que diga, siempre arrancará todo de Jesucristo y en Jesucristo vendrá a parar todo después.

¿Qué queremos decir hoy de Jesucristo? Mejor dicho, ¿qué queremos que nos diga Pablo? ¿qué nos imaginamos que nos va a contar? ¿qué nos gustaría oír de sus labios?...

El Padre nos perdonó la culpa, nos santificó y nos dio su gracia en Cristo y por Cristo. ¿Qué hizo entonces Dios con su Cristo?...

El la carta a los de Filipos, Pablo arranca de esta afirmación:

“Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por esto Dios lo exaltó y le concedió el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre”

Pablo parte de lo que nos decía los días anteriores: de la humillación de Jesús para matar en su propia carne el pecado.
Pero viene la respuesta de Dios: resucita a su Hijo y lo eleva a las alturas del mismo Dios.
Jesucristo es el Altísimo, sentado a la derecha del Padre.
Jesucristo, a partir de su Resurrección, es constituido y declarado SEÑOR, es decir, DIOS.

Jesucristo, es el Soberano universal acatado por todos, entre los ángeles y elegidos del Cielo, entre los hombres de la tierra, y ─expresándonos a nuestro modo─, el que hace estremecer de horror a los que se han perdido en los abismos infernales.

Todos nos damos cuenta, ciertamente, de que Pablo nos va enseñando muchas cosas sobre Jesucristo y de que cada día conocemos más y mejor al Señor.

Pero Pablo es consciente de que no basta estudiar.

El conocer a Jesucristo es gracia de Dios.
Lo dijo el mismo Jesús en el Evangelio, cuando tuvo aquel arrebato sublime:
“Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, igual que nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27)

Sabiendo Pablo esto muy bien, para que conozcamos íntimamente a Jesucristo acude a la oración, y nos invita con ello a acudir con la plegaria a Dios a fin de conseguir este conocimiento sublime de Jesucristo:
“Yo, Pablo, no ceso de recordarlos siempre en mis oraciones para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda el espíritu de sabiduría e ilumine los ojos de su corazón, para conocerle en toda su perfección” (Ef 1,15-18)

Por más que esto será un imposible, desde que, según el mismo Pablo, el amor de Cristo y su misterio tiene una anchura, una longitud, una altura y una profundidad mucho mayor que los límites del universo (Ef 3,18-19)
Es un misterio y un amor sin fronteras.
Porque no tiene más fronteras que el mismo Dios, el cual es infinito.

Con la luz que tenemos recibida de Dios, vemos que Jesucristo es el que “posee en Sí la plenitud de la divinidad” (Col 1,19), y, con esa plenitud que Jesucristo, tiene llena de vida divina a todos los que se acercan a Él.

De Jesucristo, que es la Cabeza, desciende la vida de Dios a todos los miembros de su Cuerpo que es la Iglesia, y por su Iglesia, sin que el mismo mundo se dé cuenta, el mundo se va transformando poco a poco hasta que llegue el día final.

La joven Profesora lo decía muy bien: el mundo es lo que es hoy por Jesucristo. ¿Que falta mucho todavía? Ya lo sabemos.
Pero se completará la cosecha, las redes se llenarán del todo, y el fermento habrá transformado toda la masa.

En su carta a Timoteo, Pablo estalla en un himno precioso a Jesucristo, aunque probablemente no es de él, sino que copia y hace suyo un cantar que aquellas primeras comunidades cristianas entonaban en honor del Señor:
“Cristo, manifestado en la carne, y justificado en el Espíritu.
“Cristo, contemplado por los ángeles, y predicado a los paganos.
“Cristo, creído en el mundo, y llevado a la gloria” (1Tm 3,16)

Este himno cristiano primitivo -que Pablo cita y se hace suyo-, la Iglesia lo ha aprovechado en la liturgia de la Epifanía convirtiéndolo en plegaria fervorosa, que nosotros elevamos ahora con la ilusión con que el mismo Pablo lo recitaría en nuestro lugar:

“Oh Cristo, manifestado en la carne, santifícanos por la palabra de Dios y la oración.
“Oh Cristo, santificado en el Espíritu, líbranos de todo error.
“Oh Cristo, contemplado por los ángeles, danos a gustar ya en la tierra de los bienes de tu reino.
“Oh Cristo, predicado a los paganos, ilumina el corazón de todos los hombres con la luz de tu Espíritu.
“Oh Cristo, creído en el mundo, renueva la fe de cuantos creen en ti.
“Oh Cristo, llevado a la gloria, enciende en nosotros el deseo de tu reino”.

Precioso el himno, y preciosa de verdad la plegaria de la Iglesia.
Al leer y estudiar a Jesucristo en las cartas de Pablo, parece que el mismo Pablo nos dijera:

- Lean, repitan y canten ese himno que yo mismo recitaba, y que encierra en sí todo lo que podemos confesar de Jesucristo, que es:
el destructor del pecado,
el vencedor de la muerte,
el precio de la justificación,
el merecedor de la gracia,
el que es la esperanza nuestra.

¡Jesucristo, cómo te empezamos a conocer con Pablo!... ¡Jesucristo, cómo te admiramos!... ¡Jesucristo, cómo te queremos!... ¡Jesucristo, qué felices que vamos a ser contigo para siempre!...

Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Ojo por ojo, diente por diente

Jesús rompe los esquemas calculadores y nos traza el camino de la caridad y del perdón.

Mateo 5, 38-42.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.

Reflexión:

Perdonar es una de los más nobles trabajos de la naturaleza humana. Pero cuando se dice noble no quiere decir que sea extraordinaria. En un hombre, lo que sale de un alma limpia, es el perdón. La venganza sólo puede salir de lo que tenemos de bruto.

La primera de las virtudes es saber convivir. Un hombre bueno o un santo son como el fuego: se definen por la luz y el calor que difunden. Un fuego es aquello a lo que la gente se acerca en invierno, algo junto a lo que se está bien. El generoso olvida el mal. O al menos hace lo posible para olvidarlo.

Cuando la gente pregunta, ¿por qué el Papa está siempre feliz? La respuesta es muy simple: porque se siente querido por muchas personas, pero sobre todo por Dios. Porque nunca se ha sentido abandonado. Porque experimenta su ternura incluso en la oscuridad y en el dolor.

El Evangelio de hoy es lo que algunos llamarían «una auténtica revolución del amor». «Habéis oído que se dijo... Pero yo os digo...» Jesús rompe los esquemas calculadores y nos traza el camino de la caridad y del perdón. No lo hizo sólo con sus palabras. Lo demostró con su ejemplo y con su vida. Al soldado que le abofeteó, le puso la mejilla derecha también; dejó no sólo su túnica, que después echaron a suertes, sino todas sus vestiduras antes de subir a la cruz; le pedimos que nos acompañara una milla y se quedó caminando con nosotros hasta el final de los tiempos en la Eucaristía.

Ojalá que este pasaje nos lleve a revisar nuestra vida. Que obre en nosotros una «una auténtica revolución de amor» en nuestro corazón. Todo ello, como fruto de ese sabernos amados por Dios y por tantos y tantos hermanos nuestros en el Señor.

Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net
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viernes, 12 de junio de 2009

El mal derrotado y moribundo

Con la mirada puesta en Cristo, miles de corazones recobran la esperanza, acogen el perdón, celebran los sacramentos. Aprenden a construir, más allá de las derrotas.

Cuando el mal muerde la propia carne, cuando destruye planes que llevamos en el corazón, cuando deja cicatrices que no se cierran.

Cuando el mal aparece con su rostro más salvaje, en los niños sin alimento, en los pobres sin vestido, en los enfermos sin asistencia médica ni consuelos humanos.

Cuando el mal explota en esas guerras largas, a veces olvidadas, que alimentan odios que pasan de padres a hijos, que provocan miles de muertos y de heridos.

Cuando el mal entra en mis propios pensamientos, me arrastra hacia el egoísmo, me hunde en la pereza, me encadena a las pasiones de la carne, me adormece con el conformismo ante la mentalidad del mundo vacío y hedonista.

Cuando el mal me lleva a la desesperanza, a la apatía, a la rendición, a la postura de quien ya no quiere hacer nada...

Cuando el mal parece triunfar, en mí y en otros, y llena las páginas de la prensa, las novelas de los escritores, las pantallas del cine, la imaginación de los pueblos...

Cuando ocurre todo eso, el mal muestra toda su debilidad y su impotencia. Dejará heridas, producirá penas, destrozará corazones, provocará lágrimas. Pero será siempre pasajero, vulnerable, mezquino, débil.

Porque el mal no puede vencer a Dios, porque el bien es la palabra definitiva de la historia, porque el pecador tiene abierta ante sí las puertas del perdón, porque también hoy miles de hombres y mujeres de todas las edades y naciones dejarán de lado su egoísmo, adorarán a Dios y se pondrán a servir a sus hermanos.

La Cruz venció el mal, destruyó la muerte, derrotó al pecado. La Pascua da la clave definitiva de la historia humana. El Sepulcro está vacío, porque Cristo es el Señor del mundo y de la historia.

Con la mirada puesta en Cristo, miles de corazones recobran la esperanza, acogen el perdón, celebran los sacramentos. Aprenden a construir, más allá de las derrotas, espacios de bien en este mundo necesitado de consuelos. Ponen peldaños de alegría y misericordia que nos acercan, poco a poco, al momento del encuentro con el Padre del Amor eterno.

Autor: P Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Declaración del sexto precepto

Cristo no quiere el mal de nuestro cuerpo, quiere el bien del alma.

Mateo 5, 27-32

«Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna. «También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.

Reflexión

En la vida de San Antonio de Padua se cuenta un hecho que sucedió a raíz de este evangelio: un joven que le dio un puntapié a su madre oyendo hablar al santo sobre este pasaje evangélico se desesperó y se cortó el pie. La madre del muchacho acudió desesperada al predicador, éste vino y puso el pie en su lugar, y el joven milagrosamente fue curado.

Este evangelio no es para tomarlo al pie de la letra en lo que respecta a la integridad física, debemos tomarlo al pie de la letra en lo que atañe al bien espiritual.

Cristo es muy sabio al darnos estos consejos, porque no quiere el mal de nuestro cuerpo, quiere el bien del alma. Así como es doloroso cortarse un miembro sin anestesia, así más dolor causa al alma el perder un miembro por utilizarlo en el pecado.

Cuando hay verdadero amor de un hombre por una mujer, de una mujer por un hombre, de los enamorados entre sí, de los adolescentes a la vida,... de todos a Dios, no se puede mirar a una mujer deseándola.

Todos somos hijos del Padre Eterno, y como hijos de un mismo Padre debemos mirar no lo que llevamos encima, sino más bien lo que hay en el corazón del hombre: un pequeño reflejo del fuego del amor de Dios.

Autor: Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net
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jueves, 11 de junio de 2009

Corpus Christi, arrodillarse ante el Señor

Esta fiesta significa estar juntos en su presencia, caminar con el Señor y arrodillarse en adoración ante el Señor.

Queridos hermanos y hermanas:

(...)

¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.

Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Reunirse en la presencia del Señor

El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).

Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

Caminar con el Señor

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come -le dijo--, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.

Homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde del jueves 22 mayo 2008, solemnidad del Corpus Christi, al presidir la celebración eucarística en la plaza de la Basílica de San Juan de Letrán.

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
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Evangelio Diario / Este es mi Cuerpo y esta es mi Sangre

Recordamos la institución de la Eucaristía, durante la Última Cena al convertir Jesús el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

Marcos 14, 12-16. 22-26

El primer día de los Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?» Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ´El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos? El os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros.» Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua. Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios.» Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Reflexión

Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi. Antiguamente –y todavía hoy en muchos países católicos– se celebra esta fiesta con una procesión solemne, en la que se lleva expuesto al Santísimo Sacramento por las principales calles de la ciudad, acompañado con flores, cirios, oraciones, himnos y cánticos de los fieles. Sin duda todos hemos participado o presenciado alguna procesión del Corpus. Pero no estoy tan seguro de que todos conozcamos el origen y el significado de esta celebración.

En realidad, hasta hace poco se celebraba en día de jueves, dado que esta fiesta nació como una prolongación del Jueves Santo, y cuyo fin era tributar un culto público y solemne de adoración, de veneración, de amor y gratitud a Jesús Eucaristía por el regalo maravilloso que nos dio aquel día de la Ultima Cena, cuando quiso quedarse con nosotros para siempre en el sacramento del altar.

La solemnidad del Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Se cuenta, en efecto, que el año 1264 un sacerdote procedente de la Bohemia, un tal Pedro de Praga, dudoso sobre el misterio de la transustanciación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Hostia santa y en el vino consagrado, acudió en peregrinación a Roma para invocar sobre la tumba del apóstol san Pedro el robustecimiento de su fe. Al volver de la Ciudad Eterna, se detuvo en Bolsena y, mientras celebraba el santo Sacrificio de la Misa en la cripta de santa Cristina, la sagrada Hostia comenzó a destilar sangre hasta quedar el corporal completamente mojado. La noticia del prodigio se regó como pólvora, llegando hasta los oídos del Papa Urbano IV, que entonces se encontraba en Orvieto, una población cercana a Bolsena. Impresionado por la majestuosidad del acontecimiento, ordenó que el sagrado lino fuese transportado a Orvieto y, comprobado el milagro, instituyó enseguida la celebración de la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo.

Al poco tiempo el mismo Papa Urbano IV encargó al insigne teólogo dominico, Tomás de Aquino, la preparación de un oficio litúrgico propio para esta fiesta y la creación de cantos e himnos para celebrar a Cristo Eucaristía. Fue él quien compuso, entre otros himnos, la bellísima secuencia “Lauda Sion” que se canta en la Misa del día, tan llena de unción, de alta teología y mística devoción.

El año 1290 el Papa Nicolás IV, a petición del clero y del pueblo, colocó la primera piedra de la nueva catedral que se erigiría en la ciudad de Orvieto para custodiar y venerar la sagrada reliquia. Yo personalmente he tenido la oportunidad de visitar varias veces –aquí en Italia– la basílica de Bolsena, lugar del milagro eucarístico, y el santo relicario de la catedral de Orvieto, en donde se palpa una grandísima espiritualidad.

Después de esta breve noticia histórica, parece obvio el porqué de esta celebración. La Iglesia entera –fieles y pastores, unidos en un solo corazón– quiere honrar solemnemente y tributar un especial culto de adoración a Jesucristo, realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía, memorial de su pasión, muerte y resurrección por amor a nosotros, banquete sacrificial y alimento de vida eterna.

La Iglesia siempre ha tenido en altísima estima y veneración este augusto sacramento, pues en él se contiene, real y verdaderamente, la Persona misma del Señor, con su Cuerpo santísimo, su Sangre preciosa, y toda su alma y divinidad. En los restantes sacramentos se encierra la gracia salvífica de Cristo; pero en éste hallamos al mismo Cristo, autor de nuestra salvación.

Desde aquel primer Jueves Santo, cada Misa que celebra el sacerdote en cualquier rincón de la tierra tiene un valor redentor y de salvación universal. No sólo “recordamos” la Pascua del Señor, sino que “revivimos” realmente los misterios sacrosantos de nuestra redención, por amor a nosotros. ¡Gracias a ellos, nosotros podemos tener vida eterna!

Ojalá que, a partir de ahora, vivamos con mayor conciencia, fe, amor y gratitud cada Santa Misa y acudamos con más frecuencia a visitar a Jesucristo en el Sagrario, con una profunda actitud de adoración y veneración. Y, si de verdad lo amamos, hagamos que nuestro amor a El se convierta en obras de caridad y de auténtica vida cristiana. Sólo así seremos un verdadero testimonio de Cristo ante el mundo.

Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net
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miércoles, 10 de junio de 2009

Evangelio Diario / Ustedes son la luz del mundo

Si ya no alumbras, acércate a Cristo porque Él es la luz.

Mateo 5, 13-16

«Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres. «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Reflexión

"Miren cómo se aman" decían de los primeros cristianos. Ése era su distintivo: el amor.

Parecería que Cristo nos está pidiendo que no seamos humildes: "Brille así vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras -pero es ahora donde viene lo importante:- y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

No dejemos de hacer el bien por esa falsa humildad, el secreto está en que no nos glorifiquen a nosotros sino a Dios, pero recordemos que somos luz, sal, estamos hechos para brillar, para dar sabor, que el mundo vuelva a sentir nuestra presencia, y que cuando nos vean tengan que exclamar asombrados: "Miren cómo se aman". Miren cómo brillan en el mundo, miren cómo iluminan el camino, son como una lámpara que hay que poner en lo alto, para que alumbre a todos. No se nos olvide que somos lámpara, llevamos la luz en nosotros, pero la luz es Cristo, es a Él a quien tienen que dar gloria. Se tienen que admirar de la luz, que es Cristo.

Cristo hace milagros. Dice el evangelio que si la sal se desvirtúa ya no sirve para nada, pero todo tiene solución mientras dura la vida porque Dios es omnipotente. Si tú, siendo cristiano, siendo sal de la tierra, crees que has perdido el sabor, confía plenamente en que hay uno que se lo puede devolver, confía en que hay uno que puede hacerte ser otra vez sal de la buena, de ser sal insípida a ser sal que da sabor. Si tú te consideras una lámpara sin luz, de esas que sí se tendrían que poner debajo del celemín porque ya no alumbran, acércate a Cristo porque Él es la luz, es Él el que da sentido a nuestra vida, Él nos hará ser lo que debemos ser y así prenderemos fuego al mundo entero.

Así podrán exclamar un día también de nosotros como exclamaban de los primeros cristianos: "Miren cómo se aman". ¡Ánimo! ¡Como los primeros!

Autor: P. Cristian González | Fuente: Catholic.net
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lunes, 8 de junio de 2009

94. Un solo Mediador. Gozo, confianza y seguridad

Jesucristo es el puente que une a los hombres con Dios. Un puente por el que Dios baja a los hombres y por el que los hombres suben a Dios.

En solo unas cuantas palabras ha encerrado San Pablo una verdadera arenga, íbamos a decir que llena de entusiasmo, pero, digamos mejor, llena de una sabiduría grande y de alcances muy largos.

Le escribe a su querido discípulo Timoteo:
-¡Hagan oración en las Iglesias!
¡Rueguen por las autoridades, para que tengamos paz!
¡Pidan a Dios, el cual quiere que todos los hombres se salven!
¡Y confíen, confíen, porque tenemos ante Dios un valedor poderoso!
¿Saben quién es? ¡Jesucristo! El único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús. Un Hombre como nosotros, que se entregó a Sí mismo en la Cruz como rescate por todos (1Tm 2,1-6)

La clave de esta ardiente exhortación se encuentra en una sola palabra: “Mediador”.
Jesucristo es el puente que une a los hombres con Dios. Un puente por el que Dios baja a los hombres y por el que los hombres suben a Dios. Puente firmísimo, que desafiará los siglos, por inundaciones que se echen sobre el mundo. En una orilla está Dios, en la otra, la Humanidad.

¿Y por qué Jesucristo es el único Mediador, capaz de unir a los hombres con Dios?
Por esto precisamente: porque Jesucristo es Dios, y se mantiene firmísimo en una de las orillas; y porque es también Hombre, y se mantiene firmísimo igualmente en la orilla opuesta. Por Jesucristo Dios, Dios llega a los hombres; y por Jesucristo Hombre, los hombres llegamos a Dios.

Parece que estamos jugando con las palabras, pero este es el sentido grandioso de esta afirmación de Pablo:
“Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también”.

Tal como lo vemos en todo el Antiguo Testamento, los judíos veían en Moisés al gran mediador entre Dios y el pueblo. Y lo fue ciertamente.

Impresiona a este respecto el capítulo 19 del Éxodo, donde vemos intercambiarse a Dios y el pueblo mediante el caudillo Moisés, con este diálogo:
Dice Dios: -Moisés, habla así a la casa de Jacob y anuncia esto a los hijos de Israel.
Habla Moisés: -Pueblo de Israel, estas son las palabras que Yahvé te ha mandado.
Contesta el pueblo: -Dile a Yahvé que haremos todo lo que nos ha ordenado.

Pero Moisés fue mediador únicamente en símbolo, en figura, como una representación del Mediador que había de venir, Cristo Jesús. Llegado el momento culminante de la Historia, Jesús realizó con su Misterio Pascual, su muerte y su resurrección, todo lo que la Antigua Ley significaba.
Jesucristo, Dios y Hombre a la vez, era inmensamente superior a Moisés.
Como Hijo de Dios, era Dios igual que Dios su Padre. Como hombre, nos representaba plenamente a los hombres sus hermanos.

Al ofrecerse a Sí mismo como sacrificio en la cruz, agradaba y glorificaba a Dios de una manera plena, total, porque Jesús era Dios.
Y por eso Dios otorgaba a los hombres el perdón absoluto, con una amnistía completa, anulando la condenación que pesaba sobre la Humanidad por todas sus culpas.

Mirando a Jesús, el que se ofrecía en sacrificio derramando su sangre, pasma la magnanimidad, la generosidad, el amor inmenso con que iba a la cruz este Hombre sin igual.
Pablo lo pondera con estas palabras:
-Comprendemos que haya alguien que se ofrezca a morir por un amigo, por un bienhechor, por un inocente, por una persona buena.
Pero, ¿quién es el que se ofrece a morir por un criminal?
Sin embargo, esto es precisamente lo que hizo Jesús, inocente del todo.
Cargó con nuestros pecados, y murió para que nosotros, los criminales y pecadores, nos salváramos todos ante Dios (Ro 5,8)

San Pablo, al considerar esto, saca muchas consecuencias de lo que por nosotros hizo Cristo el Señor.
Es comprensible el gozo que nos llena a los hijos de la Nueva Alianza, a los cristianos.
Sabemos que estábamos irremisiblemente perdidos, pero Cristo nuestro Mediador respondió por nosotros, ¿y qué ocurrió?

Cuando nos hallábamos sin fuerzas para salvarnos, y éramos pecadores, inmundos delante de Dios, vino Cristo y murió por nosotros, los impíos...

Ahora, ¡estamos santificados por la sangre de Jesús, y la ira de Dios ya no nos puede alcanzar!...

Somos santos, y, por lo mismo, hijos de Dios, el único Santo, que nos ha admitido a un trato íntimo con Él al darnos un espíritu filial, no el de esclavos como antes, que nos hacía temblar ante el Dios justiciero.

Pablo acaba este párrafo precioso con una confesión llena de orgullo santo:
“¡Ahora nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido la reconciliación” (Ro 5,6-11)

Juan en el Apocalipsis exclamará de la misma manera:
“Al que nos ama y con su sangre nos ha lavado de nuestros pecados, y ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para Dios y Padre suyo, a él la gloria y el poder los siglos de los siglos” (Ap 1,5-6)

Es un gozo contemplar a Jesús, en quien las figuras del Antiguo Testamento se hacen realidad.
Pasan las sombras, y la luz aparece en todo su esplendor.
Moisés, el mediador de entonces, simple hombre mortal, deja paso al Mediador verdadero y eterno.
Jesucristo, el cordero pascual, es sustituido por Jesucristo, el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, y que renueva continuamente en su Iglesia por la Eucaristía el mismo sacrificio del Calvario.
La Redención, ya no es la liberación de Egipto: sólo un pueblo, Israel, que queda libre, sino la de todos los pueblos, libres de la esclavitud del pecado y de una condenación eterna.
Los bautizados, ya no son esclavos de una Ley opresora, sino hombres y mujeres libres, hijos e hijas de Dios, sin otra ley que la del Espíritu Santo que llevan en sus corazones.

Hoy repetimos mucho la palabra de Pablo: “Hay un solo Dios, y un solo Mediador, Jesucristo el Hombre Dios”.

¡Qué feliz la sociedad que vive esta verdad grandiosa!
Vamos a caminar hacia Dios, agarrados de un Hombre hermano nuestro, Jesucristo, que sabe muy bien la senda y que no nos suelta de su mano…

Autor: Pedro garcía Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
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